Del autoengaño

Del autoengaño

Raúl Prada Alcoreza

Del autoengaño

Autoengaño 5

Se sabe que las formas de vida tienen recursos para defenderse, para atacar, para seducir o atraer; entonces, se camufla, se mimetiza, cuando es necesario; se engaña al depredador, a la presa, a la conquista. Lo que podría llamarse la mentira, en sentido amplio de la palabra, es pues un recurso de las formas de vida para la sobrevivencia y para la reproducción. Sin embargo, uno de los animales, el que hemos llamado el animal metafísico, el hombre, además de recurrir a este recurso ancestral, tiene la peculiar característica de auto-engañarse; es decir, de creer en su propio engaño, de convertirse en su propio engaño. Esto ya no es sobrevivencia ni reproducción, sino, se parece más, a una autodestrucción.

¿Por qué el hombre opta por este efecto nocivo de su estrategia primera, la del engaño, convirtiéndola en un autoengaño, como si la presa fuera él mismo, como si el sujeto de seducción fuera él mismo? ¿Se confunde tanto con sus métodos que se termina convirtiendo en eso, en un método? ¿Método para qué, con qué fin, si el fin era él mismo, su sobrevivencia, su reproducción? Como se dice, el hombre cae en sus propias redes, en su propia trampa. ¿Éste es un exceso de imaginación? ¿Ya no se sabe quién es la presa, quién el depredador, quién el cazador, quién el seductor o quién el sujeto de la seducción? Este actor, como todo animal; sin embargo, como animal metafísico tiene la característica peculiar de confundirse con su propia actuación. Se convierte en la actuación misma. Ya no actúa para los demás, sino para sí mismo, como si él mismo estuviera también en el público, además de estar en el palco.

¿Es el placer lo que lo lleva a este autoengaño? Primero, el placer de actuar para los demás; segundo, el placer de sentirse como se imagina que lo ven los demás, después de convencerlos con su actuación; tercero, el placer de sentirse la imagen de la imaginación social. Este placer, este hedonismo es lo que lo lleva a su perdición.

En este sentido va lo de la verdad. La verdad es una mentira, que forma parte del autoengaño sistemático del hombre. Se imagina haber logrado el conocimiento de la esencia de las cosas, de la realidad, de la humanidad. Se entienda la verdad como se entienda, como adecuación de las hipótesis a la realidad, como la define Tarsky, como absoluta síntesis sujeto-objeto, como la concibe Hegel, como conocimiento histórico, como la define el marxismo, la verdad supone un absoluto universal, alcanzable o no alcanzable, tenido al alcance o como ideal a alcanzar. La verdad es la supuesta estática imposible en un universo dinámico. Es como anclar, imposible deseo de realizarse, en un espacio-tiempo en constante movimiento.

La primera versión de verdad es religiosa, sobre todo de las religiones monoteístas, que convierten el Uno, la unicidad absoluta, concepto abstracto, totalidad imaginada, en Dios. La segunda versión de la verdad es filosófica, que asumen este Uno como principio y fin, como infinito, como totalidad conceptual, como estructura absoluta del saber. La tercera versión de la verdad es científica, que asume la verdad como verificación, como correspondencia entre teoría y realidad, ya se entienda como generalización o como estructura o sistema inherente. Estas son las tres versiones fuertes de verdad; sin embargo, hay como una cuarta versión de verdad, no fuerte, más bien débil, y se podría decir vulgar, la concepción “ideológica” de la verdad. La “ideología” asume la verdad como derecho, como justicia, como real, en sentido de realidad restringida al prejuicio. La “ideología” tiene como un aire deportivo; se pone una camiseta en la concurrencia “ideológica”; defiende su “ideología” como se defiende una camiseta de equipo. Más que razones ofrece pasiones, amor a la camiseta.

Los conceptos, las teorías, ya se entiendan en sentido de filosofías o en el mejor sentido, de ciencias, son herramientas de orientación, son instrumentos de sobrevivencia; por eso son corregibles, cambiables y desechables. Creer en las teorías es como creer, en el sentido de fe, en corpus representativos. Esta creencia equivale a confundir la representación con el referente representado; al final se termina apostando a la representación y no al referente representado, que era el tema primordial, el tópico vital, en relación al que se debe desplegar acciones. El hombre termina efectuando acciones y prácticas en relación a las representaciones, olvidando la desmesura del referente efectivo. El hombre ha confundido el mundo de las representaciones con el mundo efectivo.

Este autoengaño ha resultado peligroso, aun cuando las teorías científicas han servido y sirven todavía para orientarse, puesto que se convierte en un obstáculo epistemológico. Por otra parte, esto es lo peor, se cree que cuando se manipulan representaciones, se afecta, al mismo tiempo, corporeidades efectivas del mundo efectivo; cuando, en realidad, se acciona sobre referentes efectivos, que desbordan a las representaciones. Peor es la situación en filosofía, pues es aquí donde el mundo de las representaciones se ha convertido en el único mundo de estos habitantes divagantes, los filósofos. Ya es una catástrofe, por cierto, con lo que ocurre en los ámbitos “ideológicos”.

Para ilustrar, para evitar malas interpretaciones, o acusaciones insólitas, podemos decir que no se puede creer ni en la propia teoría o en la teoría que se comparte. Cuando ocurre esto, pasa lo que criticamos; se cae en el autoengaño. La propia teoría o la teoría compartida es una herramienta de orientación, provisional y desechable. Lo que importa no es la verdad de la teoría sino su utilidad en la orientación misma, en las prácticas, en las acciones, en los ámbitos de relaciones, en lo que respecta a la sobrevivencia, sobre todo en lo que respecta a la comunicación con la pluralidad de seres del universo.

De las formas de autoengaño no nos vamos a referir a las que consideramos más conocidas, como las religiones, tampoco a formas que se consideran amantes de la verdad, como las filosofías, sino a ciertas formas “ideológicas” ligadas a conductas y comportamientos políticos.   Hay una forma peculiar, que pretende responder a la razón, a la racionalidad, al conocimiento racional, al conocimiento histórico; esta forma considera que la realidad es racional y la razón es real; entonces esta conmutación absoluta, basada en esta premisa, concluye que por tener razón, por contar con la razón, sus planteamientos no solamente deben ser escuchados, convencer racionalmente, sino que deben ser verificados por el curso de la historia. Una variante de este estilo de autoengaño es el discurso meramente denunciativo que, por considerar que está en lo justo, que demanda justicia, que denuncia las injusticias, el entuerto está resuelto. De la injusticia se debe pasar a la justicia, del desconocimiento y violación de los derechos se debe pasar al reconocimiento de los mismos y la garantía de su cumplimiento. Este estilo considera que el mundo no es solamente racional sino lógico; por lo tanto, tiene que adecuarse a esta sus características profundas. Se trata entonces de convencimiento racional, además del convencimiento moral. Todas estas creencias forman parte del mundo de las representaciones.

El problema es que el mundo efectivo no es el mundo de las representaciones; éste último no abarca el tejido espacio-tiempo-territorial-social-cultural del mundo efectivo. Es más, no se encuentra fuera del mundo efectivo, por el contrario, forma parte del mundo efectivo como corpus imaginarios que expresan momentos de la experiencia social. Momentos convertidos en estructuras representativas; sin embargo, estas estructuras, en tanto separadas de la materialidad efectiva, quedan momificadas en el momento de su revelación. No son más que fotografías de un momento, recortes parciales, con pretensiones representativas, en el sentido de muestreo, aunque estos recortes incluso hayan cambiado, dejado se ser, para formas parte de otros contextos.

El autoengaño es múltiple, en distintos planos; mencionaremos sólo dos. Por una parte, los corpus representativos pretenden haber revelado el núcleo de la realidad, si se quiere su causa inicial o primera, o pretenden haber encontrado la estructura primordial, el sistema lógico que rige la existencia de su referente, de su objeto de estudio y de análisis. Por otra parte, como considera que se trata de una lucha de ideas, lucha de teorías, lucha de conceptos, cree que es cuestión de que la razón, el conocimiento, el saber, la ciencia y la justicia se impongan, por el solo hecho de que son razones necesarias y suficientes.

El otro problema es que este concepto de razón es restrictivo, esta racionalidad instrumental es limitada; está lejos de la razón dinámica, de la razón vital,  que forma parte de la integralidad de la percepción, de la experiencia y de la memoria social. Está lejos de la racionalidad integrada a la percepción capaz de crear, de inventarse, de transformarse, dinamizando las formas de conocimiento, de saber y de interpretación, si se quiere objetiva, científica, considerando la ciencia también como herramienta cambiable.

El tercer problema es que al creer que es un asunto de la razón y de la racionalidad inherente a la historia, a la sociedad, a la realidad, se trata de la fuerza de la razón, de la fuerza de los conceptos, y no de las fuerzas efectivas, que intervienen en los distintos campos y espesores de la complejidad, que es sinónimo de realidad. Por lo tanto, al olvidar que el mundo efectivo se desenvuelve por asociaciones, composiciones, combinaciones de fuerzas, termina perdiendo su combate en el terreno efectivo para imaginar que lo gana en el espacio de las ideas, en el mundo de las representaciones.

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