De la valoración y de la ética

De la valoración y de   la ética

Raúl Prada Alcoreza

 

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La valoración es una conmensuración, una medida, tanto cuantitativa como cualitativa. Se valora lo que, en el fondo se compara; por decir algo, el peso económico, en el caso de los precios; ciertamente el peso económico en el mercado. En lo que respecta a la ética, se valora lo que llamaremos el peso cultural. Como se ha podido ver, nos distanciamos de las concepciones tradicionales de la ética, incluso en sus versiones filosóficas. En estas versiones se considera a la ética como la ramificación de la filosofía dedicada a la teoría de los comportamientos. Estos comportamientos pueden ser considerados como buenos o malos. La ética tiene como referente a las acciones humanas, las conductas y prácticas que se relacionan con el bien, la virtud, el deber, la felicidad y la vida plena. Ya hicimos la crítica al esquematismo dual de bien y mal, de bueno y malo; en lo que respecta a la virtud, consideramos que su concepción, su simbolización, su significación, dependen de del sensus communis en un horizonte histórico-cultural dado. No tan así, en lo que respecta a la felicidad, que, mas bien, está vinculada al placer, es decir, a la experiencia de goce del cuerpo. Y en lo que respecta a la vida plena, tan en boga ahora, con las traducciones al castellano del sumaj qamaña y sumak kausay, depende de las finalidades inherentes a las sociedades históricamente dadas. De ninguna manera se trata de verdades naturales, verdades culturales ancestrales, ni nada parecido, que nos devuelve a la metafísica de las esencias y sustancias. Entonces, la ética, que es un término universal, por lo menos con pretensiones universales, retomada por nosotros provisionalmente, abarca las simbolizaciones y conceptualizaciones sociales de la virtud, las experiencias, memorias, simbolizaciones y conceptualizaciones de la felicidad, figuraciones sociales de la vida plena.

Comprendiendo de esta manera la ética, se entiende que el ejercicio de la ética, su práctica social, sea recurrente en lo que respecta a la valorización de las acciones, comportamientos y conductas, involucradas en estos ámbitos culturales, relativos a la ética. Se valora no tanto los comportamientos y las conductas, sino lo inherente en ellas, lo inherente relativo al atribuido peso cultural. Pero, ¿de qué clase de peso cultural estamos hablando? Hablamos del peso cultural relativo a la virtud, a la felicidad y a la vida plena. Hay pues en esto como una calificación social. Se pondera no la conducta en general, sino conductas específicas, en relación a un deber ser, según los códigos sociales; se mide entonces la distancia de las conductas especificas respecto a este ideal; por lo tanto, se valora la proximidad o el alejamiento respecto a este ideal.

Esto en lo que respecta a la valoración social; pero, ¿qué pasa con la experiencia ética, la vivencia ética? Que es lo que importa, en última instancia, pues la ética es, mas bien, praxis, no teorisis; la efectuación ética, es decir, su realización, depende de las decisiones de los sujetos involucrados, aunque sus decisiones terminen generando consecuencias inesperadas. Lo que importa es cómo es asumida la ética en tanto prescripción social por parte de los sujetos, cómo es convertida en prácticas, comportamientos y conductas. Ciertamente, esta no es una decisión racional, deductiva, después inductiva; no responde a un cálculo racional, tampoco a una reflexión abstracta, sino es producto del campo de fuerzas que pugnan en el espesor del cuerpo. La fuerzas vitales, relativas a la vida, a la fenomenología de la percepción, por un lado; las fuerzas institucionales, relativas a las prescripciones sociales; como en el medio, lo que llamaremos las fuerzas subjetivas, relativas a la constitución del sujeto, quién, por último, es el que toma la decisión y ejecuta.

Esto que Nietzsche llamó genealogía de la moral, que nosotros, ampliando, podemos llamar genealogía ética, tiene que ver pues, tal como lo expuso el pensador crítico, con la semiótica de los afectos, es decir, con la mecánica y dinámica de las sensaciones, imaginaciones y racionalizaciones; en otras palabras, con la semántica y sintomática de la percepción. La experiencia social ética es pues un espesor de intensidad condicionante de las conductas, comportamientos y prácticas sociales de una época.

A modo de ilustración, podemos esquematizar de la siguiente manera:

La huellas de la experiencia se inscriben en los cuerpos, los cuales convierten estas inscripciones perceptuales en memoria, sedimentándolas en un tejido gramatológico, por así decirlo, donde las huellas hacen de señales, se conectan, se articulan, se asocian y componen de variadas maneras, dependiendo de las necesidades en un presente. También se inscriben huellas de segundo orden, por así decirlo; la huellas institucionales, que se inscriben políticamente, en el sentido de la gubernamentalidad o si se quiere, dicho de manera sencilla, en el sentido de gobierno de uno mismo, gobierno de la familia, gobierno de la ciudad, ahora gobierno de la sociedad. Las inscripciones de las primeras huellas o de primer orden constituyen la memoria primordial del cuerpo singular, memoria, que va a ser la base primordial de la constitución del sujeto. Las inscripciones de las segundas huellas o huellas de segundo orden, las huellas institucionales, constituyen la memoria, por así decirlo, secundaria, del cuerpo, memoria que va a ser la base secundaria; empero, operativa, de la constitución del sujeto social.

El sujeto formado, que es ciertamente un término incierto e indeterminado, se encuentra hipotéticamente en condiciones de tomar decisiones. Lo hace operando con las dos memorias o con las dos estratificaciones de la memoria, lo hace resistiendo o aceptando las presiones institucionales, lo hace con más o menos intensidad, dependiendo de su propia voluntad singular.

Nietzsche critica el supuesto del libre albedrío, como argumento de la inoculación de la culpabilidad; entonces, el pensador crítico se inclina por la necesidad, como régimen de los sucesos, eventos, hechos, acciones, prácticas y conductas. Descarta sorprendentemente el azar, que el mismo pensador postula, en su concepción trágica de la historia. Es difícil sostener la preponderancia de la necesidad en los ámbitos existenciales, cuya condición paradójica es evidente; paradojas que se pueden resumir al juego del azar y la necesidad. Es también difícil sostener que no hay libre albedrío, en el sentido de la toma de decisiones de los sujetos. De esta manera desaparecería la voluntad de los ámbitos de las acciones, las prácticas y las conductas. Es difícil sostener que no hay elección y selección, por lo tanto, que no hay decisiones, correspondiendo todo a procesos ciegos del universo. Con todas estas desapariciones también desaparecerían los sujetos y las subjetividades; nada de esto sería necesario para explicar el funcionamiento de una física social, física entendida en sentido newtoniano.

Nuestra apreciación es distinta. La física relativista y cuántica, nuestro suelo epistemológico contemporáneo, nos enseña un tejido espacio-tiempo complejo, en distintas escalas, donde cada partícula es ya una asociación y composición; las partículas infinitesimales son composiciones energéticas y componen las fuerzas fundamentales del universo. Esto de la asociación universal, usando este término provisionalmente, invita, de alguna manera – ya lo había previsto Gabriel Tarde – a considerar una sociología de los cuerpos, si se quiere sociologías de las partículas, de los cuerpos infinitesimales, atómicos, moleculares y molares. Es decir, una sociología con características universales, mejor dicho, pluriversales.  Esto apunta hacia una teoría unificada no solamente de la física, tampoco solamente de la física y la química, incluyendo a la biología, sino también incluyendo a las llamadas ciencias sociales.

Entonces, tiene sentido hablar de moral, hacer la crítica de la moral, como lo hace Nietzsche, hablar de genealogía de la ética, como lo hacemos nosotros, incluso hablar de la crítica de las teorías del sujeto, en la medida que consideramos la voluntad, es decir, la constelación de voluntades. Por lo tanto, en la medida que consideramos la toma de decisiones,  que se denominó como libre albedrío.

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