Spectaculum ridiculus

Spectaculum ridiculus

Raúl Prada Alcoreza

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Comedia 2

 

La política se ha vuelto una comedia y los políticos unos comediantes. Si, de alguna manera, el espectáculo ha estado ligado siempre al poder; sobre todo por la búsqueda de magnificencia, por mostrar la desmesura demoledora del poder, evidenciando que eso es lo que se necesita, que lo que necesita el poder. Requiere que se crea en esta desmesura contundente de sus fuerzas demoledoras. Como sin esta creencia no sería nada el poder. Estará reducido a su ordinaria realidad, la de formar parte de la cotidianidades y miserias humanas, de las elocuentes pretensiones y demostraciones rituales. Sin embargo, en la actualidad, la de la modernidad tardía, el espectáculo se ha trastrocado en montaje aparatoso y hasta ridículo. Los actores, es decir, los comediantes, hablamos de los políticos, ponen cara de circunstancia, adquieren un aire de solemnidad exagerada, le dan un tono trágico a su voz, para hablar de temas triviales.

Como se trata de temas tan triviales, que inclusive no se requiere que se haga noticia de ellos, llenan los comediantes este vacío con poses abultadas, como queriendo darle un contenido a sus pamplinas. Este comportamiento fantoche se observa en la llamada clase política, sean de un lado o de otro, sean de “derechas” o de “izquierdas”. Cuando el poder no contaba con medios de comunicación de masa, como ahora, el espectáculo público directo, que concentraba gente alrededor, que se manifestaba ante los ojos, se esmeraba en la crueldad o en la demostración de grandeza, en el mejor de los casos, en el arte, por ejemplo la danza. Sin embargo, cuando los medios de comunicación de masa desbordan a este espectáculo antiguo, dejándolo aislado y escaso ante los recursos mediáticos, se pierde el esmero en la crueldad teatral y en la manifestación monumental, sobre todo se deja de lado lo mejor que se tenía, el arte involucrado en estas ceremonias. El poder recurre ahora a los medios; se ha vuelto mediático. El espectáculo se ha transferido a la pantalla, a la radio y a los periódicos. Entonces se trata de un espectáculo indirecto, espectáculo, que ya es una representación, representado por la transmisión mediática. Los actores, comediantes, es decir, los políticos, se esmeran menos por demostrar su distancia abismal pretendida. Cumplen con letanía una práctica recurrente, ordinaria, respondiendo a la inercia del poder.

Un ministro de gobierno hace gala de estos atributos comediantes de la clase política. Presenta ante los medios, encandilados por tal motivo, el de la captura de un prófugo, quién se escapó de lo más fácilmente,  a quién se lo capturó también de lo más fácilmente.  Esto habla no solamente de la bufonería del poder sino también de la miseria de los comunicadores. Ambos, poder, en este caso, gobierno, y medios, se complementan, se apoyan en su insuficiencia. El ministro quiere presentar lo que ha ocurrido como un logro de la eficacia de la policía, institución que tiene centenares de casos no resueltos ni aclarados; para tal efecto convierte el prendimiento del prófugo en escena de película, digna de la aventuras del agente 007, famoso en las pantallas. Han intervenido satélites, desplazamientos de élite, estrategias militares envolventes, minuciosidad técnica, para capturar a un prófugo que estaba a su alcance, todo el tiempo.

Está el espectáculo ridículo, sin embargo, no se aclara nada. ¿Por qué no se entregó antes al reclamado por la fiscalía peruana? ¿Por qué no se esmeraron tanto el gobierno peruano como el gobierno boliviano en apresurar los trámites y en ejecutar lo que decían que buscaban? ¿Por qué se metieron en este intrincado suceso de pedido de extradición, de burocracia jurídica, por ultimo de fuga y captura? Algo tan fácil de aclarar queda en suspenso. Lo que queda claro es la pretensión grandilocuente del poder de haber hecho algo sobresaliente, en un océano de inutilidades.

Ciertamente no es un hecho aislado; se trata del comportamiento regular del poder, tanto en nuestro país como en el resto del mundo. Lo que se constata es el vacío desbordante del poder; su inutilidad; el estar ahí, donde está, por inercia, por arraigo a las costumbres y a los habitus. Por lo tanto, la única manera de convencer de que es necesario es hacer este espectáculo ridículo de exageraciones

El poder es un artefacto demás, por más fabuloso que sea; excedente, que debería estar en el museo de antigüedades; sin embargo, se lo mantiene artificialmente por transfusión debido al apego de las sociedades, por lo menos gran parte de ellas, a las dominaciones acostumbradas. Entonces, el problema no es tanto que este artefacto, esta maquinaria fabulosa, esta antigüedad, siga funcionando, sino que los pueblos lo mantengan artificialmente. El problema se encuentra en esta actitud dócil, de sumisión y sometimiento; en este conformismo, en este deseo del amo.

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