De la violencia Estatal

De la violencia Estatal

Raúl Prada Alcoreza

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El Estado se define también como el monopolio múltiple de la violencia, donde destacan el monopolio de la violencia simbólica y el monopolio de la violencia física. La violencia simbólica esconde el carácter violento de las dominaciones, mostrándolas como si fuesen naturales. Se da como una especie de obediencia espontánea a las órdenes, normas, reglamentos y regulaciones estatales, regulaciones estatales inscritas en los esquemas de conductas y en las prácticas cotidianas. Todo esto forma parte de la teoría del campo burocrático, que efectúa el análisis del Estado a partir de una sociología y genética del Estado. Pero, ¿qué se puede decir ante los manejos torpes de un gobierno que violenta los derechos fundamentales, los derechos de las naciones y pueblos indígenas, los derechos democráticos, desconociendo las garantías consagradas en la Constitución y las representaciones orgánicas de las naciones y pueblos indígenas? ¿Qué clase de ejercicio del poder es este? Ciertamente no es exactamente una violencia simbólica, tampoco del todo una violencia física; podemos decir, en principio que se trata de un abuso de autoridad, delito tipificado. Se trata de un uso arbitrario del gobierno y de los puestos ejecutivos para imponer una voluntad cuestionada. El desconocimiento de las representaciones orgánicas de los pueblos indígenas, el desplazarse a firmar un convenio con parte de los corregidores del TIPNIS y del polígono siete es una muestra patética de los forcejeos de gobierno, en contra de los hábitos democráticos.

Hablamos de acciones de gobierno bizarras, torpes, forzadas, no del todo simbólicas, ni del todo físicas, sino mezcladas. Hacer trampas, manipular, maniobrar, desconocer, contar una versión de los hechos sin sostén empírico, pero con mucha propaganda y publicidad, forman parte ciertamente de prácticas políticas, pero, que mucho no tienen que ver con la estabilidad normativa del ejercicio burocrático y del ejercicio normado, legal y legítimo de un Estado. Esto expresa una psicología especial de los gobernantes,  quienes consideran que el poder lo puede todo, puede inventarse realidades, puede domesticar la realidad como si ésta fuera un animal salvaje, susceptible de docilización.  Creen que la Constitución, las leyes, las reglas, son susceptibles de manipulación y de arbitrarias interpretaciones. Consideran que el poder es como una barita mágica que los unge de impunidad, otorgándoles alcance sin límites a sus acciones. Son personajes desconectados de la realidad, con un imaginario delirante, que acompasa la sobrevalorada soberbia e inflados egos. Sus entornos acompañan aplaudiendo estos devaneos, adulándolos y filtrando información. Todos se comportan con celo y alto servilismo. Entonces, se puede entender que estas acciones bizarras gubernamentales se efectúan y son posibles en estas atmósferas pusilánimes y condescendientes.

Una primera hipótesis puede ayudarnos a dibujar una explicación de lo que acontece y ayudarnos a caracterizar estas formas de gobierno bizarras. Se trata de un campo burocrático específico vulnerable, de una Constitución ideal, tenida como utopía, un sistema legal poroso, reglamentos transgredidles,  sistema de gobierno cooptado por un ejecutivo celoso, atrapado en la gravitación simbólica del caudillo indómito. Para el logro del ejercicio de poder no basta entonces con acudir a la violencia simbólica, tampoco, en momentos de emergencia, a la violencia física estatal. Es menester acudir a la mezcla, a la manipulación, al forcejeo de las leyes, las normas, las reglas. Intentando legitimarlas con versiones antojadizas, exacerbando el uso de la propaganda y la publicidad, buscando cooptar también los medios de comunicación. Nada de esto se podría hacer sin la sumisa condescendencia de grupos de aduladores y oportunistas, quienes también buscan beneficios en el flujo de los circuitos de influencias y redes de corrupción. Se trata de una forma de gubernabilidad espuria y bizarra, que exacerba los procedimientos astutos, la provisionalidad institucional, improvisando políticas públicas. Reduciendo también las estrategias a  la intensidad y variabilidad de las tácticas. Esta forma de gubernamentalidad bizarra no gobierna exactamente sobre territorios, como lo hace la gubernabilidad absoluta, tampoco sobre pueblos, como lo hace la gubernabilidad republicana, así mismo no gobierna sobre sociedades como lo hace la gubernabilidad liberal, menos gobierna sobre poblaciones como lo hace el biopoder neo-liberal, sino que gobierna sobre demandantes y miserias, por lo tanto, demandas y necesidades, despertando expectativas y recurriendo a un permanente chantaje y coerción. En el fondo, el populismo es eso, una demagogia permanente y circular que mantiene en vilo a los pobres, quienes esperan el cumplimiento de promesas. Se gobierna manipulando esperanzas.

La verificación  de esta hipótesis se la puede encontrar en el conflicto del TIPNIS, que envuelve los recorridos, las atmósferas, los esfuerzos de los marchistas, las movilizaciones de apoyos de las redes de solidaridad, los compromisos de los activistas, por un lado; así como los actos desorbitados de acusaciones, basadas en la teoría de la conspiración, de dudosa consistencia, la itinerante aparición de la represión, la desmedida violencia física a marchas pacificas, combinadas con descaradas declaraciones teatrales de escuchar a los “verdaderos indígenas”,  velando por los deseos de progreso que expresan los pueblos indígenas. El trayecto sinuoso de la conducta de gobierno muestra al perfil de un Estado tramposo. Derrotado el gobierno por la VIII marcha, interpreta el enunciado de la intangibilidad de la ley 180 a su antojo, como afectara a todo el TIPNIS, olvidando la clasificación del SERNAP, que distingue tres clases de territorio donde se definen distintas acciones, contemplando un núcleo territorial de alta vulnerabilidad. Sin poder abrogar la ley 180, de protección del TIPNIS, promulga una ley, la 222, que impone un cuestionario al que le llama ingenuamente “consulta”, violando la estructura conceptual y normativa del Convenio 169, la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, la Constitución, en lo que respecta a las condiciones de la consulta previa, con consentimiento, libre e informada. Cuando llega la IX marcha indígena a la ciudad de La Paz y vuelve a recibir apoyo de la ciudadanía, el gobierno, con antelación, divide a las comunidades, coopta dirigentes comunitarios, compromete a los corregidores, trae nuevamente a la dirigencia del CONISUR, que pertenecen al polígono siete y a las federaciones cocaleras, para firmar un convenio sobre la “consulta”, desconociendo a la representaciones orgánicas de los pueblos indígenas y de la IX marcha.  Todo esto el gobierno lo hace ante la mirada atónita de la ciudadanía, que en parte no puede creer lo que ve, es incrédula ante semejante desborde de incoherencias, que en parte se ve sorprendida y adelantada ante el desborde de una violencia bizarra y tramposa.

Lo que llama la atención  de todo esto es que esta forma de gobierno tiene patas cortas, su alcance es coyuntural, incluso en el caso que las maniobras y las políticas públicas forzadas, inconsultas, que no cuentan con participación, como establece la Constitución, se impongan.   Como lo dijo Boaventura de Sousa Santos, si pasa, al fin, la carretera por el Territorio Indígena y Parque Isiboro-Sécure,  si la voluntad inconstitucional del gobierno se impone, será la derrota de Evo Morales. Su triunfo en el conflicto del TIPNIS tendrá un alto costo político, del que no podrá recuperarse. ¿Por qué se arriesga a tanto el gobierno? ¿Grandes intereses en juego? ¿La gravitación de estructuras y relaciones de poder consolidadas en la región? ¿Las consecuencias indirectas y directas de la expansión de la economía política de la cocaína? ¿El decurso dramático de los hombres atrapados en la lógica del poder? ¿Cómo saberlo? Los gobernantes nunca confesaran su drama y el guión en el que están metidos. Debemos contentarnos, por el momento, con hipótesis interpretativas. Empero, lo que importa es constatar el deterioro del gobierno popular, de sus desgarradoras contradicciones, sus regresiones sostenidas y restauraciones conservadoras, acompañadas por un discurso que hace los esfuerzos inmensos por aparentar optimismo, por sus exageradas demostraciones de pretender que están en lo cierto, pretensiones que caen pos su peso debido al uso rutilante de la engaño y de la simulación.

La forma de gubernabilidad populista responde a una estrategia de mediano alcance; es difícil prever, por ejemplo, la inscripción de estructuras estructurantes, como en el caso de formas de gubernabilidad que responden a estrategias de gran alcance. La forma de gubernabilidad populista es, mas bien, adyacente a formas de gubernabilidad inscritas con anterioridad, como la forma de gubernabilidad territorial y la forma de gubernabilidad de la sociedad. En este caso, la formación de la institucionalidad nacional y, en el otro caso, la forma de institucionalidad disciplinaria, anteceden a la aparición de la forma de gubernabilidad populista. Estas formas heredadas anteceden aunque sea como composiciones burocráticas y administrativas impuestas, como es lo que ha ocurrido en la historia de la colonización, la colonialidad y los periodos republicanos. Puede ocurrir que estas formas de gubernabilidad anteriores no se hayan convertido en sistemas, presenten, mas bien, un panorama de inacabamiento; empero, sobre estos mapas, inconcluso puede aparecer la emergencia de una gubernabilidad populista, que, más bien, es adyacente y reutiliza los dispositivos de las formas de gubernabilidad heredadas. La forma de gubernabilidad populista no pretende sustituir las estrategias montadas con anterioridad; por ejemplo, el control territorial, así también, por otra parte, la formación de individuos modernos y ciudadanos, estableciendo reformas institucionales o construcciones institucionales modernas, basadas en los múltiples disciplinamientos. Estos diagramas de poder no son retirados, se los mantiene como apoyo institucional; en tanto se ejerce gobierno como convocatoria permanente, como llamado constante a los demandantes, ofreciendo esperanzas y satisfaciendo provisoriamente sus necesidades. Se trata de políticas que mantienen abiertas las expectativas, se hace política sobre la base de las necesidades expuestas. Se convoca al sujeto demandante; empero, no se apunta a cambiar su condición, sino a mantenerlo en constante dependencia. Los pobres se convierten en rehenes de un gobierno rentista.

El alcance de esta forma de gubernabilidad puede  lograr ampliaciones democráticas significativas, sobre todo debido al contenido de la convocatoria, a la movilización popular: sin embargo, estas ampliaciones democráticas no transgreden las estructuras e institucionalidad ya establecida. Se trata de reformas políticas que no apuntan a transformaciones estructurales ni transformaciones institucionales. Por lo tanto, tampoco se constituyen nuevos esquemas de comportamiento y un nuevo habitus, no se da lugar a la constitución de un sujeto nuevo, sino se trabaja los sujetos ya constituidos, convirtiéndolos en sujetos dependientes. La dominación simbólica no se da como en los otros casos, sobre todo en el caso de la gubernabilidad republicana y la gubernabilidad liberal, de manera espontánea, como si se tratara de algo dado con naturalidad, como si el Estado no interviniera, pues el Estado ya está internalizado. Sino que la cohesión y la integración se logran por la centralidad simbólica y carismática del caudillo, el gran padre. En este sentido, se entiende que la obediencia que se da es exigida y no espontánea, es anhelante y no cotidiana.

Llama la atención que esta forma de cohesión estatal carismática no sólo se haya dado con las experiencias populistas sino también con las experiencias de las revoluciones socialistas; en este caso, con la práctica que se ha venido a conocer como culto a la personalidad. Ocurre como si esta reproducciones políticas, esta recurrencia a los imaginarios de los caudillos, tuviera que hacerse a través de una utilización reiterada y abierta de la propaganda, acompañada de la mitificación. Esta recurrencia parece obligada debido a que no se construyó una gubernabilidad socialista[1], sino también adyacente a las formas de gubernabilidad heredadas. Entonces, lo que pasa es que tampoco la estrategia es de largo alcance, como la de constituir estructuras estructurantes que se transformen en estructuras mentales, sino sólo mantener una convocatoria y movilización permanentes en defensa de la patria socialista o en defensa del gobierno popular.

Ciertamente en el caso de las revoluciones socialistas se ha dado lugar a transformaciones estructurales y transformaciones institucionales en el sentido de la igualación de las clases sociales, sobre todo en el sentido del acceso total a la salud, a la educación y al trabajo. Sin embargo, la diferenciación se generó en otro lugar; emerge una burocracia que sustituye a la burguesía, y se da una distancia abismal entre los que controlar los dispositivos de poder estatal y los que no lo hacen. Por otra parte, en la medida que se construye nuevamente un Estado, esta vez con perfiles de control absoluto y de estatalización total. La contradicción inherente es que, teóricamente, la revolución socialista es anti-estatal, en la perspectiva de una transición al comunismo, en tanto que en la práctica se construye un Estado absoluto. La otra contradicción inherente es que el socialismo no es posible en un solo país, las experiencias vividas se han dado en un sólo país. Entonces, la gama de contradicciones se hicieron sentir con el tiempo, tanto las contradicciones en el orden interno, sobre todo contradicciones con la sociedad, como las contradicciones en el orden externo, un sistema-mundo y economía-mundo capitalista que incluía la participación de los países socialistas en el mercado y en el sistema financiero, además del orden mundial. Las contradicciones hundieron a los estados socialistas de la Europa oriental; absorbieron a las formas de producción, de comercialización, financieras; transformaron al Estado socialista de la China Popular; aislaron a la isla socialista de Cuba, como también a la península socialista de Corea del Norte y terminaron de tragarse a la victoriosa revolución vietnamita.

Los populismos resisten menos, tienen menos cuerpo, no efectúan transformaciones estructurales, se quedan en reformas democráticas o en nacionalizaciones, que quedan ahí, como un paso indispensable de recuperación de los recursos naturales; pero, que no pueden continuar hacia la industrialización o la independencia económica. Los proyectos populistas tienen una vida más corta, logran menos cosas, sus objetivos son más limitados, nuca salen no sólo del sistema-mundo capitalista sino de la forma de capitalismo dependiente del modelo extractivista, impuesto desde la colonia. Por eso, quizás las tramas de sus historias sean dramáticas y teatrales. A pesar de las intenciones que tengan sus gobernantes, el caldo bullente en el que se mueven estos gobiernos termina cocinándolos. Las contradicciones proliferantes también terminan hundiéndolos, aunque de una manera más rápida que los proyectos socialistas.

¿Cómo salir de este desiderátum? La fuerza de estas revoluciones socialistas y los proyectos populistas se encuentra en sus movilizaciones iniciales, en sus actos revolucionarios y en los desbordes de la participación popular. Las primeras equivocaciones consisten en limitar la potencia social. La movilización prolongada de Bolivia ha logrado escribir y aprobar, además de promulgar, a pesar de todas las dificultades en el camino y la construcción dramática del pacto social, una Constitución, que se abre a una transición pos-capitalista, que se concibe de manera pluralista y participativa. Este es un proyecto que contempla la integración y la internacional de los pueblos en defensa de la madre tierra, en contra del capitalismo. El peor error que se puede cometer es restringir este horizonte abierto a las perspectivas de un pragmatismo y realismo político, pragmatismo que destaca las limitaciones inherentes de los proyectos populistas y nacionalistas. Es este error el que comete el gobierno de Evo Morales Ayma, restaurando el Estado-nación y postergando las transformaciones estructurales e institucionales que pueden sostener la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. El conflicto del TIPNIS devela profundas contradicciones en el proceso, mostrando a un gobierno aferrado a la vieja institucionalidad y al imaginario nacionalista, opuesto a la experiencia de la condición plurinacional, comunitaria y autonómica, opuesto a la condición de la posibilidad de una gubernabilidad plurinacional e intercultural. Estas tareas son por ciertos difíciles; sin embargo, si no se intentan, nos encaminamos a una derrota anunciada sin haber intentado el camino de las transformaciones pluralistas, sabiendo que la peor derrota es no haberlo intentado.


[1] Revisar de Michel Foucault Nacimiento de la biopolítica. Fondo de Cultura económica 2007. México.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/de-la-violencia-estatal/
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