El miedo a la crítica

El miedo a la crítica

 

Raúl Prada Alcoreza

 

El miedo a la crítica

Autoengaño 5

El poder, los encargados de proteger el poder, que antes eran los sacerdotes, los que se ocupaban de los ritos sagrado, han expresado elocuentemente su terror a la crítica, a las otras interpretaciones, a la interpelación, pues con esto se cuestiona la legitimidad del poder, también el origen del poder,  que no es otro que la violencia; ahora convertida en monopolio legitimo del Estado.  Los sacerdotes han proliferado en la modernidad; ya no visten sotana, ni tienen el vínculo de afiliación formal a alguna iglesia religiosa; empero, se han inventado otras “iglesias” y otras “religiones”, “ideológicas”, políticas. También acompañan a los sacerdotes, lo que en jerga cristiana se llama los monaguillos; estos se inician en la “liturgia”  de la consagración de lo sagrado, que ahora, en las “ideologías” no es otra cosa que sustituir la providencia por leyes de la historia, que no es otra cosa que reincorporar la providencia en la historia. Los menos listos tienen más bien una actitud deportiva; es como ponerse la camiseta y defender al equipo con toda clase de argumentos, no importa si con sentido o sin sentido. Lo que vale es la manifestación de catarsis.

Todas estas figuras, desde los sacerdotes de toda clase hasta estos monaguillos menos listos, son figuras no solamente de defensa incondicional del poder, de las formas de dominación, sino son subjetividades donde se han combinado los más recalcitrantes conservadurismos y los más bulliciosos oportunismos. Toda esta gente tiene en común el miedo a la crítica.

Quizás fue más difícil desmarcarse de estas actuaciones dramáticas de los impostores y usurpadores de la revolución en tiempos del socialismo real, pues, en todo caso, se apostaba, con lo que se tenía, a transformaciones estructurales. Ahora se ha aprendido la dura lección, no se toma el poder, porque, en realidad, el poder te toma, te vuelve engranaje de sus lógicas despiadadas, aunque se crea tener la potestad de controlarlo. Sin embargo, queda claro que es muy fácil distinguir la impostura de proyectos reformistas contemporáneos, que tampoco cuentan con el acto heroico de los nacionalismos de mitades del siglo XX, pues son grotescas imitaciones, tanto del socialismo real, como de estos nacionalismos heroicos. Nos son más que vulgares agentes de las empresas trasnacionales extractivistas, que dominan el mundo, no son más que engranajes del imperio, que es el orden mundial, dominado y hegemonizado por el capitalismo financiero. Aunque hacen el teatro de desgarrarse las vestiduras  contra el “imperialismo”, que creen que es el de mitades del siglo XX, sin tener la menor noción de sus transformaciones. Pelean entonces con el fantasma del “imperialismo”, siendo los mejores aliados del imperio, pues desarman al pueblo con su demagogia estridente pretendidamente socialista. Se parecen más a los gobiernos que han derrocado las movilizaciones sociales que a la propia Constitución. De la que están muy lejos y han preferido vulnerarla, restaurando el Estado-nación.

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