Sobre el fetichismo

Sobre el fetichismo

Raúl Prada Alcoreza

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Sabemos que fetiche es un artefacto o muñeco al que se le atribuyen poderes mágicos. Fetichismo es la devoción hacia los objetos materiales, a los que se ha denominado fetiches. El fetichismo es una superstición y práctica animista; donde inciertos artefactos poseen poderes mágicos, que protegen al portador de los malos espíritus. Los amuletos también son considerados fetiches. La palabra fetiche viene del término portugués feitiço, que significa hechizo. El término fue dado a conocer en Europa por el erudito francés Charles Brosses en 1757. Entonces, cuando se habla de fetichismo se alude, en última instancia, al sentido dado en su raíz etimológica, hechizo. En la modernidad se ha usado el término para referirse a la atracción perversa por objetos o prendas íntimas apreciadas tanto por las portadoras como por los apasionados por estos objetos, que al no tener a la mujer que desean, cargan la libido en las prendas sueltas, sin que la mujer se las ponga, en ausencia de la mujer. También se ha extendido este uso semántico de la palabra al fetichismo de toda clase, cuando se atribuyen a los objetos deseados, si no poderes mágicos, por lo menos poderes sociales, relacionados a símbolos jerárquicos. Karl Marx usó el término de fetichismo de la mercancía para ilustrar sobre la atribución a las cosas del mercado de propiedades económicas propias, sobre todo cuando son consideradas desde la medida del equivalente general, el dinero. Esta cosificación, que considera la economía como si las mercancías establecieran relaciones por sí solas, olvidando que se trata de relaciones sociales y no de relaciones de objetos, es la que explica la “ideología” capitalista. Este es el sentido de fetichismo, cuando se alude a la “ideología” y a este fenómeno de la cosificación.

Llama la atención que un juicio de opinión política hable de fetichismo de los recursos naturales, atribuyendo este fetichismo a los defensores de los recursos naturales.  No es pues un uso adecuado del concepto, sino más bien forzado. En todo caso, el fetichismo no podría venir del lado de los defensores de los recursos naturales, pues no considerarían a estos recursos como cosas, sino como parte de la soberanía. El fetichismo es atribuible a las empresas, sean privadas o públicas, sean nacionales o trasnacionales, pues es desde ahí, desde el campo económico, para no usar otros conceptos, como el de modo de producción capitalista,  que se convierte a los yacimientos en recursos naturales; es decir, en materias primas, como inicio del proceso de producción. Es en la economía capitalista donde se da el fenómeno de la valorización de los recursos naturales; por lo tanto, no solo convirtiéndolos en objetos, sino calculando su renta. Se daría lugar como un fetichismo de segunda potencia, pues no solo se trata de la cosificación de estos yacimientos, convertidos en recursos naturales, por lo tanto, en materias primas, sino que también se les atribuye un valor valorizable. ¿Por qué entonces forzar los términos, usar de esta manera inadecuada el concepto de fetichismo? ¿Para descalificar a los defensores de los recursos naturales, para calificar a los que cosifican a los recursos naturales, convirtiéndolos en mercancía?  Este uso es por cierto polémico y tergiversado.

Si se quiere tratar la “ideología” relacionada a la defensa de los recursos naturales no podría ser desde un supuesto fetichismo de los recursos naturales, inherente a los defensores de estos recursos, aunque estos defensores sufran de otros fetichismos, respecto de otros objetos y de otras maneras. Se puede abordar esta “ideología” desde la perspectiva del mito; mito del Estado-nación, mito de la nación, mito de la soberanía; sin embargo, es difícil hablar desde esta interpretación, que expresa la esperanza de independencia, de soberanía, de desarrollo, de progreso, de modernización, caracterizándola de fetichismo de los recursos naturales, peor si se quiere acercar la figura a la del fetichismo de la mercancía. Esto no es más que retórica política insostenible.

Si bien se puede decir que los nacionalistas revolucionarios el siglo XX consideraban a los yacimientos como recursos naturales y a estos recursos como objetos supremos de la soberanía, la “ideología” nacionalista funciona aquí, en este caso, operando, no en base al fetichismo de los recursos naturales, que sólo es atribuible a la economía capitalista, atribuible, por lo tanto, a los empresarios y economistas,  sino en base al fetichismo del Estado. En consecuencia, no se dice que no hay fetichismo en la “ideología” nacionalista, sino que se trata, mas bien, del fetichismo del Estado, no del fetichismo de los recursos naturales, que es atribuible, mas bien, a los empresarios y economistas.

Ahora bien, si se quiere utilizar la frase el fetichismo de los recursos naturales, todo el mundo puede hacerlo, está en su libertad; pero, si se le quiere dar un carácter de enunciado, es indispensable reconceptualizar esto del fetichismo, que es la metáfora animista convertida en concepto económico-político. Decir por ejemplo, el fetichismo, en este caso, no se entiende como Marx usa el concepto, es decir, como cosificación, sino como magia, atribuyéndole poderes sobrenaturales al artefacto. Con esto volveríamos al sentido inicial del término fetiche, muy próximo a su raíz etimológica de hechizo. Entonces la frase, convertida en enunciado, adquiere un sentido antropológico, si no es religioso, que no es la intención, pues se quiere usar como metáfora, en un juicio que pretende ser crítica. Por lo tanto, en este caso, los defensores de los recursos naturales serían definidos como fetichistas al esperar de estos recursos la magia de la transformación. Salir de la condición de dependencia para lograr la independencia, salir de la condición de subordinación para realizarse soberanamente, salir del atraso logrando el desarrollo. De esta manera, se comprende lo que se quiere decir; de lo contrario, la frase usada, en la provisionalidad de la diatriba, no hace otra cosa que generar malos entendidos. Sin embargo, cuando se lo logra, cuando se reconceptualiza de esta manera, antropológica, el sentido economicista prácticamente desaparece, cuando precisamente eso es lo que se quería hacer; hacer pasar la condición de cosificación del modo de producción capitalista a la forma populista de gubernamentalidad, que es más bien, si se quiere, un modelo político y no tanto un modelo económico.

La forma de gubernamentalidad clientelar, que caracteriza al populismo, de todas maneras aparece como dispositivo político en la expansión interna del capitalismo dependiente, en el contexto de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Sin embargo, esto no convierte al populismo en un aparato económico, siendo, mas bien, una de las formas del Estado rentista.

El debate es necesario en estos temas cruciales en las historias efectivas de las formaciones históricas singulares, de los países particulares. El debate, no la diatriba. El debate confronta concepciones y también a las concepciones con la realidad efectiva, ayuda entonces a esclarecer, así como a revisar las concepciones o desecharlas. La diatriba, en cambio, tiene otro objetivo, su polémica apunta a la descalificación; es parte de la lucha “ideológica” y política.

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