Los mitos liberales

Los mitos liberales

Raúl Prada Alcoreza

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La modernidad ha creado sus propios mitos, una vez que ha creído que ha desterrado los mitos pre-modernos o, si se quiere, no-modernos, para no darle un carácter de glosa evolutiva a esta interpretación.  Los mitos no son algo atribuible solo a las sociedades ancestrales y a las sociedades antiguas, los mitos forman parte constitutiva del imaginario humano. El mito, recogiendo la interpretación de Aristóteles, es la trama original, primordial, como dice Paul Ricoeur; es la interpretación del origen del mundo; interpretación conformada por la narrativa también arquetípica de los comienzos: supone un principio, una mediación y un fin. El mito ocasiona la figuración, la configuración y la refiguración que construye el sentido de la experiencia, articulándolo y componiéndolo con la integración de las sensaciones, las imaginaciones, las racionalizaciones, dando lugar a los tejidos de la trama primordial[1]. Que unos mitos hablen de los orígenes del cosmos, de la humanidad, del fuego, de la cultura, de los instrumentos de caza y de la agricultura, y otros mitos hablen de historia, de desarrollo, progreso, racionalidad abstracta, no convierte a los últimos en no-mitos, en representaciones racionales, independizadas definitivamente de la irradiación de los mitos, del entramado mitológico, como si fuesen representaciones liberadas del imaginario de los mitos; la trama, el mito, es lo que da sentido a la experiencia[2]. Horkheimer y Adorno mostraron, en Dialéctica del iluminismo, que la modernidad no salió del horizonte de los mitos, sino que  creó otros, para hacer comprensible el mundo en devenir, mediante la narrativa histórica[3]. Otro mito es el relativo a la dominación de la naturaleza. Los teóricos de la Escuela de Frankfurt nos muestran también que este es  un mito, pues no se domina la naturaleza; esta devuelve la agresión de la revolución industrial con la contaminación y los efectos climáticos.

De la misma manera, las formaciones enunciativas de la modernidad han conformado sus propios mitos, a menor escala. Lo mismo ocurre con las formaciones discursivas políticas. Los teóricos e ideólogos liberales, de antaño y contemporáneos, creen en sus mitos; por ejemplo, creen que el Estado liberal es la realización de la historia, por eso, se puede concluir que se trata del fin de la historia[4]. La civilización moderna, calificada como racional, obviamente instrumental y abstracta, sería la realización plena de la evolución de la humanidad; por lo tanto, el fin cumplido. Como todo sujeto, atrapado en el mito, considera que esta esfera mítica es la realidad, en consecuencia, vive en el mito, imaginariamente; también considera que la interpretación misma en el mito, es decir, la narrativa, la trama, es la verdad. En esto no se diferencian los liberales de los que consideran sus antípodas, los socialistas, tampoco de otras versiones garbosas, como los populistas. Todos ellos, todas estas formaciones discursivas políticas e “ideológicas” viven en el mito y consideran verdad la narrativa del mito.

Que unos consideren el Estado liberal como fin de la historia y otros consideren el Estado socialista como fin de la historia es la diferencia “ideológica”, política y discursiva de la mitología  moderna, que tiene que ver con la historia.  Una de las versiones más evidentes de esta interpretación es la filosofía de la historia, otra de las versiones evidentes del funcionamiento del mito moderno es la historia universal. Los liberales se consideran opuestos y contarios al autoritarismo socialista y populista, cuando al ser el opuesto del opuesto son el otro lado del mismo dualismo. Dualismo construido en la paradójica situación de la contradicción, incluso antagonismo, cómplice. En el fondo, de una manera estructural, piensan de la misma manera, solo que lo hacen como de espejos simétricos, donde, en esta simetría, los discursos, la manera de presentar los discursos, las concepciones, la política, invierten los valores, modificando la jerarquía de los mismos. Los liberales construyen su política haciendo preponderar la libertad, en abstracto, con respecto a la igualdad humana; en tanto que los socialistas hacen preponderar la igualdad sobre la libertad.

Sus regímenes aparecen como opuestos, cuando los socialistas atribuyen el papel activo al Estado, en tanto que los liberales atribuyen este papel al mercado. Sin embargo, ambos conciben el Estado no solo como indispensable sino necesario; es la necesidad inherente a las sociedades mismas. En consecuencia, la acusación de autoritarismo no solo alcanza a los socialistas y populistas, con sus distintos matices, sino también a los liberales, aunque sus autoritarismos se manifiesten de distinta manera; si se quiere, para ilustrar, de una manera abierta en los socialistas y populistas, de una manera edulcorada en los liberales. La misma representación y delegación institucionalizadas en la democracia formal, es decir, democracia restringida al orden, es ya autoritarismo estatal. En el fondo, esta forma de organización social, esta forma de representar al pueblo, se efectúa descalificando a los y las componentes del pueblo, como dependientes, aunque se los convoque como representados,  incapaces de realizar por sí mismo su autodeterminación. Los liberales, que hablan de racionalidad, que pretenden comportarse racionalmente, rechazan esta condición racional a las mayorías, inclinadas, mas bien,  por las herencias autoritarias e irracionales; por lo tanto, requeridas de tutores, representantes, delegados, clarividentes racionales, consejeros de los buenos comportamientos y de las buenas costumbres, intelectuales liberales que son, como los otros, intelectuales socialistas y populistas, los nuevos sacerdotes de las nuevas religiones, aunque no usen sotana. Los liberales, que pretenden lograda la separación entre el Estado y la iglesia, reproducen con esto un religioso prejuicio por las jerarquías.

Como toda “ideología” se extiende al fundamentalismo; en el caso liberal, el fundamentalismo consiste en concebirse como centro referencial de lo justo, lo racional, lo democrático, lo tolerante, en tanto que estigmatiza a los otros como injustos, irracionales, autoritarios, intolerantes. Basta revisar la historia efectiva, no la historia imaginaria de los “ideólogos” de toda laña, para comprobar que el esquematismo dual fiel/infiel persiste en el esquematismo dual amigo/enemigo; en el caso liberar se alude, en los discursos, como el amigo de las libertades y el enemigo de éstas. En consecuencia, este dualismo se apoya en otro; el dualismo amigo/enemigo se apoya en el dualismo bueno/malo, siendo el bueno este locus desde donde se ve y se dice. Estos dualismos, como se observa, arrancan de los dualismos religiosos. Corroborando la hipótesis interpretativa de una suerte de continuidad y persistencia, podemos decir que la modernidad no se separó de las tradiciones religiosas, menos del substrato religioso, solo que realiza esta teología con medios laicos[5].

Los liberales no son un ejemplo de absoluta diferencia con los socialistas y populistas, sino que son una de las versiones de estas estructuras de pensamiento, de comportamiento, de conductas, recogidas en los  imaginarios dualistas. Esta vez no entramos a discutir la necesidad del socialismo para cumplir con la condición de igualdad de los humanos, debido a que, en este caso, no es el tema principal. La pretensión socialista es que el socialismo realiza la igualdad humana, aboliendo las clases; la pretensión liberal es que realiza la libertad, aboliendo la autoridad carismática, otorgando a los humanos instituciones jurídica-políticas que garantizan el cumplimiento de los derechos.  Esta complicidad paradójica de los enemigos habla mucho más de las mecánicas y dinámicas de las fuerzas sociales, en la historia efectiva, que las disquisiciones sobre las astucias de la razón en la historia o sobre el papel de la “civilización” occidental. En consecuencia, nos enseña mucho más sobre la mecánica y dinámica de las fuerzas en el campo político. Los opuestos no son distintos sino simétricos y cómplices en la reproducción viciosa del poder, modificando la jerarquía de los valores en el discurso.

Al respecto, hay que hacer una anotación, que nos parece importante. Los enemigos entablan guerras, luchando unos contra otros, actuando en representaciones, tanto en el sentido de actuación como en el sentido de símbolo, signos, conceptos, usando estas representaciones; por lo tanto, lo que al final luchan son representaciones contra representaciones, imaginarios contra imaginarios; a no ser que se crea que las representaciones en uso son la realidad misma.  Si las representaciones no abarcan la complejidad, sinónimo de realidad, si son recortes de realidad interpretados en las narrativas teóricas, políticas, “ideológicas”, entonces no es que se enfrenta una parte de la sociedad con la otra parte de la sociedad, sino que lo hacen mediando las representaciones.   En el esquema dualista político de amigo/enemigo, el mismo se enfrenta con el otro, reducido a representación, a la imagen que tiene el sí mismo del otro. Del otro no sabe lo que es, salvo las imágenes construidas del otro y quizás el perfil obtenido a través de su trato, que casi siempre es de dominación. Pretender la verdad del otro es la obsesión de las ciencias sociales; cuando esta obsesión se activa en política, en sentido restringido, la obsesión por la verdad del otro se convierte en dominación. Del ejercicio de las dominaciones no escapan los liberales, a pesar de su pretendida democracia, que no es más que policía, no política, pues es la institución que garantiza el orden[6].

El problema del poder, que los liberales reducen al problema del autoritarismo, no se genera por inclinaciones ancestrales recurrentes, por imaginarios autoritarios, por la vocación irracionalista, en otras palabras, por maldad, que es el substrato de sentido inherente en esta pretendida alocución racional, haciendo la arqueología del discurso liberal, sino por estructuras de dominación establecidas en las sociedades. Con esto, la pose antiautoritaria liberal cae de por sí; los liberales no son consecuentes, pues no interpelan y no cuestionan estas estructuras de dominación subyacentes a las relaciones sociales. Lo mismo ocurre con socialistas y populistas, solo que con otros matices, otros discursos y otras tonalidades. El problema del poder está resuelto, imaginariamente, por todos estos “modernos”; basta con culpabilizar al enemigo de los males manifiestos, basta con explicarse el fenómeno de las dominaciones y autoritarismos atribuyendo la causa a paradigmas culturales no deliberativos, no racionales, no democráticos, en un caso, a paradigmas “ideológicos” cosificantes, individualistas, no-igualitarios, en otro caso. Estas son representaciones; el poder corresponde a campos y espesores de fuerzas. La problemática del  poder y el autoritarismo no se resuelve cambiando de forma de autoridad, pasar del caudillo al Estado de derecho, pues, aunque parezcan distintas estas instancias, encarnan, a su modo, las formas de dominación o, si se quiere, ocultan a su modo las formas de la dominación.


[1] Ver de Paul Ricoeur Tiempo y narración; tomos I-III. Siglo XXI; México 1996.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Filosofía, literatura y colonialidad. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-15.

[3] Ver de Teodoro Adorno y Max Horkheimer Dialéctica del iluminismo. TROTTA; Madrid.

[4] Ver de Francis Fukuyama: América en la encrucijada. Ediciones B. Trust: la confianza. Ediciones de Bolsillo, 1998. La construcción del Estado: hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI. Ediciones de Bolsillo, 2004. El fin de la historia y el último hombre. Editorial Planeta, 1992. El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica. Zeta Bolsillo, 2008. La gran ruptura, Punto de Lectura, 2001.

[5] Ver de Michel Onfray Tratado de Ateología. Anagrama; Barcelona 2006.

[6] Ver de Rancière El Desacuerdo. Política y filosofía. Ediciones Nueva Visión; Buenos Aires.

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