La esencia del cristianismo

La esencia del cristianismo 

Crítica filosófica de la religión

FEUERBACH La esencia del cristianismo.pdf

CAPÍTULO PRIMERO

La esencia del hombre

La religión descansa en la diferencia esencial que existe entre el hombre y el animal -los animales no tienen ninguna religión. Los antiguos naturalistas, careciendo de un criterio científico, atribuían al elefante, entre otras particularidades loables, también la virtud de la religiosidad; pero la religión del elefante pertenece al reino de las fábulas.

Cuvier, uno de los más grandes conocedores del reino animal, sostiene, a base de observaciones propias, que el elefante no tiene fuerza intelectual mayor que la del perro.

Pero, ¿en qué consiste esa diferencia esencial que hay entre el hombre y el animal? La contestación más sencilla y más generalizada, y también la más popular, es: en la conciencia -pero no la conciencia, en el sentido de una sensación de sí mismo, de una fuerza de distinción sensual, de la percepción y hasta de un juicio de los objetos sensibles según características determinadas y perceptibles, pues semejante conciencia no puede negarse a los animales. En cambio la conciencia, en el sentido estricto, sólo se encuentra allí donde un ser tiene por objeto de reflexión su propia esencia, su propia especie. El animal, por cierto, puede tener como objeto de su observación la propia individualidad y por eso, tiene la sensación de sí mismo, pero no puede considerar esa individualidad como esencia, como especie. Por consiguiente le falta a aquella conciencia que deriva su nombre del saber. Donde hay conciencia, allí existe la facultad del saber, y con ello la ciencia. La ciencia es la conciencia de las especies. En la vida, nosotros tratamos con los individuos; en la ciencia, con las especies. Pero sólo un ser cuyo objeto de reflexión es su propia especie, su propia ciencia, puede tener por objeto de reflexión otras cosas o seres, según su naturaleza esencial.

Por eso el animal tiene solamente una vida sencilla. El hombre, en cambio, posee una vida doble, pues para el animal la vida interior se identifica con la exterior. El hombre, empero tiene una vida interior y una exterior. La vida interior del hombre es la vida en relación a su especie, a su esencia. El hombre piensa, quiere decir, conversa, habla consigo mismo. El animal no puede ejecutar ninguna función propia de su especie sin otro ser fuera de él, pero el hombre puede ejecutar la función propia de su especie, o sea: la de pensar y la de hablar -pues ambas son verdaderas funciones de la especie-, independientemente de otro individuo. El hombre es a la vez para sí mismo el yo y el tú: él puede colocarse en el lugar del otro, precisamente porque no solamente su individualidad, sino también su especie y su esencia, son los objetos de su reflexión.

La esencia del hombre que lo distingue del animal no es solamente la causa, sino también el objeto de la religión. Pero la religión es la conciencia del infinito; es, por lo tanto, la conciencia que tiene el hombre, de su esencia no finita, no limitada, sino infinita. Y no puede ser otra cosa; pues una esencia verdaderamente finita no tiene ni la más remota idea, por no decir conciencia, de un ser infinito; porque el límite del ser es también el límite de la conciencia. La conciencia de una oruga, cuya vida y esencia está limitada a determinadas especies de plantas, no se extiende tampoco hasta más allá de ese terreno limitado: ella distingue estas plantas de las demás; pero más no sabe. A semejante conciencia limitada, que justamente por su limitación es infalible, la llamamos por eso instinto y no conciencia. La conciencia, en el sentido riguroso o propio de la palabra, es inseparable de la conciencia del infinito; la conciencia limitada no es ninguna conciencia: la conciencia es esencialmente de un carácter universal e infinito. La conciencia del infinito no es otra cosa que la conciencia de la propia infinitud. En otras palabras, en la conciencia del infinito el hombre consciente tiene por objeto de su conciencia la infinitud de su propia esencia.

Pero ¿cómo es entonces la esencia del hombre de la cual éste es consciente, o en qué consiste la especie, la humanidad propiamente dicha en el hombre? (1) Consiste en la razón, en la voluntad y en el corazón. Para que el hombre sea perfecto, debe tener la fuerza del raciocinio, la fuerza de la voluntad y la fuerza del corazón. La fuerza del raciocinio es la luz de la inteligencia; la fuerza de la voluntad es la energía del carácter y la fuerza del corazón es el amor. La razón, el amor y la fuerza de la voluntad, son perfecciones, son las fuerzas más altas, son la esencia absoluta del hombre como hombre y el objeto de su existencia. El hombre existe para conocer, para amar y para querer. Pero ¿cuál es el objeto de la razón? Es la razón. ¿Y el amor? Es el amor. ¿Y el de la voluntad? Es la libertad de la voluntad. Nosotros conocemos para conocer, amamos para amar y queremos para querer, esto es, para ser libres. La esencia verdadera es un ser que piensa, ama y quiere. Veraz, perfecto y divino es solamente lo que existe por sí mismo. Pero ése es el amor, ésa es la razón, ésa es la voluntad. La trinidad divina en el hombre que existe por encima del hombre individual, es la unidad de la razón, del amor y de la voluntad. La razón (fuerza imaginativa, fantasía, ideas, opinión), la voluntad y el amor o corazón, no son de ninguna manera fuerzas que el hombre tiene -pues él no puede existir sin ellas; él es lo que es, solamente, por ellas-; ellas constituyen, en calidad de elementos que fundamentan su ser que él no tiene ni puede hacer, aquellas fuerzas que lo animan, que lo determinan y lo dominan -aquellas fuerzas absolutas y divinas a las cuales no puede oponer ninguna resistencia (2).

En efecto ¿cómo podría resistir un hombre sensible al sentimiento, un hombre amante al amor, un hombre razonable a la razón? ¿Quién no ha experimentado la fuerza fascinadora de la música? ¿Pero acaso es la fuerza de la música otra cosa que la fuerza de los sentimientos? La música es el lenguaje del sentimiento -el sonido es el sentimiento en alta voz, es el sentimiento que se comunica. ¿Quién no ha experimentado el poder del amor, o por lo menos no ha oído hablar de él? ¿Quién es más fuerte, el amor o el hombre individual? ¿Es el hombre quien posee al amor o es más bien el amor quien posee al hombre? Cuando el amor determina al hombre hasta a morir con alegría por el ser querido, ¿esta fuerza que vence a la muerte sólo acaso es la propia fuerza individual o no es más bien la fuerza del amor? ¿Y cuál de los que verdaderamente han pensado, no ha experimentado alguna vez la fuerza del pensar, esa fuerza realmente tranquila y silenciosa? Cuando estás absorto en pensamientos profundos, cuando te olvidas de ti mismo y de todo cuanto te rodea ¿eres tú el que domina la razón o es más bien ella la que te domina y absorbe? ¿No es acaso el entusiasmo por la ciencia el triunfo más bello que celebra la razón sobre ti? ¿No es la fuerza del instinto de saber sencillamente una fuerza irresistible que vence a todos los obstáculos? Cuando suprimes una pasión, cuando reprimes una costumbre, en una palabra cuando obtienes una victoria sobre ti mismo, ¿es esa fuerza vencedora tu propia fuerza personal en sí, o no es más bien la energía de la voluntad la fuerza de la moral, que se apodera de ti en forma irresistible y que te llena de indignación contra ti mismo y contra tus debilidades individuales? (3)

Sin tener un objeto, el hombre es una nada. Grandes hombres ejemplares, hombres que nos revelaron la esencia del hombre, confirman esta verdad con su vida. Ellos tenían una sola pasión predominante y fundamental: la realización del objeto cuyo principal fin era lo más esencial de su actividad. Pero el objeto al cual se refiere esencial y necesariamente un sujeto, no es otra cosa que la propia esencia objetivada de ese sujeto, si este objeto es común a varios individuos que según la especie son iguales, pero según la clase diferentes, entonces él es su propia esencia pero objetivada, por lo menos en cuanto es el objeto de aquellos individuos según la diferencia que tienen.

De igual manera es el Sol el objeto común de los planetas; pero no es de la misma manera el objeto para la Tierra como lo es para Mercurio, Venus y Urano. Cada planeta tiene su propio sol, el sol que ilumina y calienta a Urano y tal como lo ilumina y calienta, no tiene ninguna existencia física (sólo una astronómica, científica) para la Tierra; y el Sol no sólo aparece de diferente manera, sino es también realmente para los habitantes de Urano otro sol que para los habitantes de la Tierra. La conducta de la Tierra frente al Sol es, por eso y al mismo tiempo, una conducta de la Tierra frente a sí misma o sea para con su propia esencia, pues la medida del tamaño y de la intensidad de la luz en que el sol es el objeto de la Tierra, es también la medida de la distancia que caracteriza la naturaleza propia de la Tierra. Cada planeta tiene, por lo tanto, en el Sol el espejo de su propia esencia.

De ahí que el hombre sea consciente de sí mismo debido al objeto: la conciencia del objeto es, para el hombre, la conciencia de sí mismo.

Por el objeto se conoce al hombre; en aquél se manifiesta su esencia: el objeto es su esencia manifestada, su verdadero yo objetivo. Y esto, no sólo vale por los objetos espirituales, sino también por los perceptibles. También los objetos más remotos con respecto al hombre, porque y en cuanto le son objetos, son revelaciones de la esencia humana. También la luna, también el sol, también las estrellas le dicen al hombre, conócete a ti mismo. El hecho de que ve aquellos cuerpos y que los ve así como los ve, es un testimonio de su propia esencia. El animal sólo es representado por el rayo de luz necesario para la vida; el hombre en cambio se emociona también por el rayo indiferente de las estrellas más remotas. Sólo el hombre tiene alegrías y efectos puramente intelectuales; sólo el hombre celebra fiestas puramente teóricas para sus ojos. El ojo que contempla el firmamento, observando aquella luz que no le aprovecha ni le perjudica, que nada tiene de común con la Tierra y sus necesidades, ve en esta luz su propia esencia, su propio origen. El ojo es de una naturaleza celestial. Por eso el hombre se eleva sobre la Tierra sólo con el ojo, por eso la teoría empieza con la mirada hacia el cielo. Los primeros filósofos eran astrónomos, el cielo recuerda a los hombres su destino, o sea, que no solamente son creados para obrar, sino también para contemplar.

El ser absoluto, el Dios del hombre, es su propia esencia. El poder que ejerce el objeto sobre él, es por lo tanto, el poder de su propia esencia. En forma análoga el poder que ejerce el objeto del sentimiento, es el poder del sentimiento; y el poder que ejerce el objeto de la razón es el poder de la razón misma; y finalmente, el poder que ejerce el objeto de la voluntad es el poder de esta misma voluntad. El hombre cuya esencia es determinada por el sonido, domina el sentimiento, por lo menos aquel sentimiento que encuentra en el sonido su elemento correspondiente. Pero no es el sonido en sí, sino el sonido expresivo, sensual, sensitivo que tiene el poder sobre el sentimiento. El sentimiento sólo es determinado por lo sensitivo, quiere decir, por sí mismo, por su propia esencia. En forma análoga lo es también la voluntad y también la razón. Por lo tanto, cualquiera que sea el objeto que se presente a nuestra conciencia, siempre nos hacemos al mismo tiempo conscientes de nuestra propia esencia; no podemos activar otra cosa, sin activamos al mismo tiempo también a nosotros mismos. Y dado que el querer sentir y pensar son perfecciones, esencias y realidades, es imposible que percibamos con la razón la razón, con el sentimiento la sensación, y con la voluntad la voluntad, como fuerzas limitadas finitas, es decir, fútiles; finito es un eufemismo para fútil, finito es la expresión metafísica y teórica; fútil la expresión patológica y práctica. Lo que es finito para la inteligencia es, fútil para el corazón. Pero es imposible que seamos conscientes de la voluntad del sentimiento y de la razón como de fuerzas finitas; porque cada perfección, cada fuerza y esencia es la verificación y la afirmación inmediata de sí misma. No es posible amar, querer y pensar, sin sentir estas actividades como perfecciones; no es posible percibir que uno es un ser amante que quiere y que piensa, sin sentir por ello una inmensa alegría. La conciencia significa, para un ser, que es objeto de sí mismo; por lo tanto, no es algo particular, no es algo diferente del ser que es consciente de sí mismo. De otro modo ¿cómo podría ser consciente de sí mismo? Por eso es imposible ser consciente de una perfección como si fuera una imperfección; es imposible sentir el sentimiento como limitado e imposible pensar el pensamiento como limitado.

La conciencia significa activarse a sí mismo, afirmarse a sí mismo, amarse a sí mismo; significa alegría de la propia perfección. La conciencia es el signo característico de un ser consciente; la conciencia sólo existe en un ser satisfecho y perfecto. Hasta la propia vanidad humana confirma esta verdad. El hombre se mira en el espejo; él tiene complacencia en su figura. Esta complacencia es una consecuencia necesaria y gratuita de la perfección, de la belleza de su figura. La figura hermosa está satisfecha en sí misma; necesariamente se alegra de sí, necesariamente se complace en sí misma. Sólo es vanidad, cuando el hombre mira con complacencia solamente su propia figura individual; pero no cuando él admira su propia figura humana. El debe admirar; no puede imaginarse ninguna figura más bella, más sublime que la humana (4).

En verdad, cada ser se ama a sí mismo, ama lo que es y debe amarlo, la existencia es un bien, todo lo que es digno de la existencia, dice Bacon, es digno también del saber. Todo lo que existe tiene valor, es un ser dotado de distinción; por eso se afirma, por eso se sostiene. Pero la forma más alta de la afirmación de sí mismo, aquella forma que hasta es por sí sola una distinción, una perfección, un privilegio y un bien es la conciencia.

Cada limitación de la razón o de la esencia del hombre en general, se debe a una equivocación o a un error. Por cierto el individuo humano puede y debe sentirse limitado a reconocerse como tal -pues en esto consiste su diferencia del individuo animal-; pero sólo puede ser consciente de que es limitado y finito, porque su objeto es la perfección, la infinitud de la especie, ya sea como objeto del sentimiento o de la conciencia o de la inteligencia. Cuando el individuo humano atribuye su propia limitación a la especie, se debe esto a la equivocación de que se confunde con la especie -una equivocación que yo sepa que es exclusivamente mía, me humilla, me avergüenza y me intranquiliza. Por eso, para librarme de esta vergüenza, de esta intranquilidad, atribuyo los límites de mi individualidad a una cosa inherente a la esencia humana misma. Lo que para mí es inconcebible lo será también para los demás; luego ¿por qué me preocupo de eso? pues no es culpa mía. No es la culpa de mi inteligencia; es la culpa de la inteligencia de la misma especie. Pero es una locura, una locura ridícula y a la vez injuriosa declarar como limitado y finito lo que constituye la naturaleza del hombre, la esencia de la especie, que es la esencia absoluta, del individuo. Cada esencia se basta a sí misma. Ninguna esencia puede negarse a sí misma, es decir, negar lo que es; ninguna esencia es para sí misma una esencia limitada. Cada esencia es más bien infinita en sí y para sí, lleva su Dios, su Ser Supremo, en sí misma. Cada límite de una esencia, existe sólo para otro ser que está fuera y por encima de él. La vida de la especie llamada efímera, es extraordinariamente breve en comparación con los animales que viven más tiempo; y, sin embargo, es para ella esta vida breve tan larga como para otros una vida de años. La hoja en que vive la oruga es para ella un mundo, un universo infinito.

Lo que hace que un ser sea lo que es, es precisamente, su fortuna, su riqueza y su ornamento. ¿Cómo sería posible considerar un ser como no existente, sus riquezas como miserias, su talento como estupidez? Si las plantas tuvieran ojos, gusto y juicio, cada planta declararía su flor como la más bella; pues su inteligencia, su gusto, no alcanzaría más allá de la fuerza esencial productiva. Lo que la fuerza esencial productiva de una especie elabora como producto máximo, también su gusto y su juicio debe reconocerlo y afirmarlo como lo más sublime. Lo que afirma la esencia no pueden negarlo la inteligencia, el gusto, el juicio; de lo contrario la inteligencia y el juicio, ya no serán la inteligencia y el juicio de ese determinado ser, sino de algún otro. La medida de un ser es también la medida de su inteligencia. Si un ser es limitado, lo es también su sentimiento y su inteligencia. Pero para un ser ilimitado, la inteligencia limitada no es ninguna barrera; más bien se siente enteramente feliz y satisfecho de ella; la siente, la alaba y la enaltece como una fuerza soberbia y divina, y la inteligencia limitada, a su vez, alaba al ser limitado cuya inteligencia se le identifica. Ambas cosas coinciden lo más exactamente. ¿Cómo podrían desunirse? La inteligencia es el campo visual de un ser. Hasta donde llega tu mirada, alcanza tu ser y viceversa. El ojo del animal no llega más allá de su necesidad y su ser tampoco crece más allá de su necesidad. Y hasta donde llega tu ser, alcanza también su sensación ilimitada de ti mismo, y hasta allí eres Dios. La disensión entre la inteligencia y la esencia, entre la fuerza intelectual y la fuerza productiva en la conciencia humana, es, por un lado, sólo individual y sin significado general; por el otro, sólo aparente. Quien reconoce que sus poesías son malas, no es, en su inteligencia y por ende tampoco en su esencia, tan limitado como aquel que alaba con su inteligencia sus malas poesías.

En consecuencia, si piensas en lo infinito, piensas y afirmas la infinitud de la facultad intelectual; si sientes lo infinito, sientes y afirmas la infinitud del poder sensitivo. El objeto de la razón es la razón que se tiene como objeto a sí misma; el objeto del sentimiento es el sentimiento que se tiene como objeto a sí mismo. Si no tienes ningún sentido, ningún sentimiento para la música, entonces, ni con la más bella música percibirás otra sensación que la que te causa el viento cuando sopla, o el arroyo que susurra a tus pies. ¿Qué es, pues, lo que te emociona, cuando oyes la música? ¿Qué percibes en ella? ¿Qué otra cosa que la voz de tu propio corazón? Por eso sólo el sentimiento habla al sentimiento; por eso sólo el sentimiento es comprensible al sentimiento, quiere decir, a sí mismo -es por eso que el objeto del sentimiento es el sentimiento mismo-. La música es un monólogo del sentimiento. Pero, también, el diálogo del filósofo es en verdad sólo un monólogo de la razón; la idea sólo habla a la idea. El brillo multicolor de los cristales encanta a los sentidos; a la razón sólo le interesan las leyes de la cristalografía. Porque para la razón sólo puede ser objeto lo razonable (5).

Por eso, todo lo que, en el sentido de la especulación trascendental, de la religión, tiene solamente el significado de algo derivado, subjetivo, humano o también de un medio, de un órgano, tiene en el sentido de la verdad el significado de lo original, de lo divino, de lo esencial y del objeto mismo. Si, por ejemplo, el sentimiento es el órgano esencial de la religión, entonces la esencia de Dios no expresa otra cosa que la esencia del sentimiento. El verdadero, pero oculto sentido de la frase: El sentimiento es el órgano de lo divino, es: El sentimiento es lo más noble, lo más sublime y, por lo tanto, lo más divino, en el hombre. ¿Cómo podrías percibir lo divino por el sentimiento, si éste no fuera de naturaleza divina? Pues lo divino sólo es percibido por lo divino. Dios sólo puede ser percibido por sí mismo. La esencia divina, percibida por el sentimiento, no es, en realidad, otra cosa que la esencia del sentimiento deleitada consigo misma -el sentimiento feliz y embriagado de sí mismo.

Esto sólo ya se desprende por el hecho de que allí donde el sentimiento se convierte en un órgano del individuo y en la esencia subjetiva de la religión, el objeto de ésta pierde su valor. De esta manera, el contenido sagrado de la fe cristiana, se ha convertido en una cosa indiferente, desde que han hecho el sentimiento como cosa principal de la religión. Si también desde el punto de vista del sentimiento se atribuye todavía algún valor al objeto, lo tiene solamente por el sentimiento, el cual posiblemente sólo por razones contingentes se relaciona con él. Si otro objeto excitara los mismos sentimientos, nos sería en igual modo bienvenido. Pero el objeto del sentimiento sólo por eso se nos hace indiferente, porque, donde se declara el sentimiento como esencia subjetiva de la religión, dicho sentimiento es también, en realidad, la esencia subjetiva de la religión, aunque esto no se diga clara y directamente. Digo directamente, porque indirectamente se confiesa por el hecho de que el sentimiento se declara como tal religioso, luego se anula la diferencia entre los sentimientos religiosos propiamente dichos y los sentimientos irreligiosos o, por lo menos, no religiosos -una consecuencia necesaria desde el punto de vista que declara únicamente el sentimiento como órgano de lo divino. Pues, ¿qué otra cosa te induce a declarar el sentimiento como órgano de la esencia divina e infinita a no ser la esencia y la naturaleza del sentimiento? Pero la naturaleza del sentimiento es general; ¿no es acaso, la naturaleza de todo sentimiento especial, cualquiera que sea su objeto? ¿Qué es, por lo tanto, lo que hace de este sentimiento un sentimiento religioso? ¿Acaso lo es un objeto determinado? Por cierto, no; pues este objeto mismo sólo es religioso cuando no es objeto de la inteligencia fría o de la memoria, sino del sentimiento. ¿Qué diremos por lo tanto de la naturaleza de los sentimientos, en que cada uno de ellos, sin distinción, participa del objeto? El sentimiento es, por lo tanto, declarado santo, sólo porque es sentimiento; la causa de su religiosidad es la naturaleza del sentimiento, hasta en el mismo. Pero ¿no se ha declarado de este modo el sentimiento como lo absoluto, lo divino mismo? Cuando el sentimiento es bueno y religioso por sí mismo, es decir, santo y divino, ¿acaso no lleva entonces el sentimiento en sí mismo a su Dios?

Pero si quieres, sin embargo, establecer un objeto del sentimiento, declarando a la vez, y no obstante, tu sentimiento como verdadero, sin introducir en tu reflexión algo extraño, ¿qué otra cosa te queda que distinguir entre tus sentimientos individuales y la esencia general, o sea; la naturaleza del sentimiento y separar la naturaleza del sentimiento de las influencias perturbadoras e impuras, ligadas al sentimiento que existe en ti, el individuo limitado? Por eso, lo único que puedes objetivar y declarar por infinito y determinar cómo su esencia, es solamente la naturaleza del sentimiento. No hay aquí otra definición de Dios que la siguiente: Dios es el sentimiento puro, limitado y libre. Cualquier otro Dios que pones aquí, es un Dios impuesto a tu sentimiento por fuerzas extrañas. El sentimiento es ateo en el sentido de la fe ortodoxa y, como tal, la religión necesita un objeto externo. El sentimiento niega un Dios objetivado -es en sí mismo, Dios-. La negación del sentimiento exclusivo significa para el punto de vista del sentimiento la negación de Dios. Eres solamente demasiado cobarde o demasiado limitado como para confesar con tus palabras lo que tu sentimiento, subrepticiamente, afirma. Ligado a consideraciones de orden social, incapaz de concebir la magnanimidad del sentimiento, te asustas del ateísmo religioso de tu corazón y destruyes, dominado por este terror, la unidad de tu sentimiento contigo mismo imaginándote un ser objetivado, diferente de tu sentimiento y lanzándote de este modo necesariamente a las viejas preguntas y dudas, de si existe un Dios o si no existe. Tales preguntas y dudas han desaparecido y hasta son imposibles, donde se declara como esencia de la religión el sentimiento. El sentimiento es, el poder más íntimo que tienes y, sin embargo, es a la vez, el poder más independiente y más diferente de ti: se encuentra en ti y a la vez sobre ti; es tu esencia más propia, pero que te domina como si fuera otro ser: en una palabra, es tu Dios. ¿Cómo quieres entonces distinguir de este ser otro ser objetivado en ti? ¿Cómo quieres ir más allá de tu sentimiento?

Pero el sentimiento ha sido indicado aquí sólo como un ejemplo. Lo mismo vale de cualquier otra fuerza, facultad, potencia, realidad y actividad -el nombre es indiferente-, que se defina como órgano esencial de un objeto. Lo que tiene subjetivamente, o sea, en el hombre, el significado de la esencia, esto mismo lo tiene también objetivamente, o sea en el objeto. El hombre no puede ir más allá de su esencia verdadera. Por medio de la fantasía puede imaginarse individuos de otra clase que se supone superiores, pero jamás podrá prescindir de su especie, de su esencia. Las definiciones de esencia que da de aquellos otros individuos, son definiciones tomadas siempre de su propia esencia, definiciones con las cuales, en verdad, sólo se representa y objetiva a sí mismo. Por cierto, hay fuera del hombre seres intelectuales en los cuerpos celestes; pero suponiendo tales seres, no cambiamos nuestro punto de vista -lo enriquecemos cuantitativamente. No cualitativamente-; pues del mismo modo que rigen allí nuestras leyes estáticas, valen también allí las leyes del sentimiento y del pensamiento que nos rigen. En efecto, no suponemos de ningún modo que haya vida en los demás cuerpos celestes con el objeto de encontrar allí seres diferentes de nosotros, sino de encontrar seres iguales o semejantes (6).

Notas

(1)   El materialista dice: El hombre se distingue del animal sólo por la conciencia; es un animal pero con conciencia; luego no toma en cuenta que en un ser en el cual se despierta la conciencia, se produce un cambio cualitativo de toda la esencia. Por lo demás, la esencia de los animales no es rebajada por lo que he dicho. No es este lugar para entrar en más detalles.

(2)   Toute opinion est assez forte pour se faire exposer au prix de la vie, Montaigne.

(3)   La cuestión de si esta diferencia entre el individuo -una palabra que como todas las palabras abstractas es sumamente vaga y equívoca- y el amor, la inteligencia, la voluntad, sea fundada o no en la naturaleza, es para el tema de este libro absolutamente indiferente. La religión saca las fuerzas, propiedades, determinaciones esenciales del hombre y quitándoselas las adivina como si fueran seres independientes -no es de importancia si ellas se transforman, como en el politeísmo, cada una en un ser especial, o, como en el monoteísmo, todas juntas en un solo ser-; luego también en la explicación, en la reducción de estos seres divinos al hombre debe hacerse dicha diferencia. Por lo demás es esta diferencia no solamente impuesta por el objeto, sino que es también fundada filológicamente y, lo que es lo mismo, lógicamente; porque el hombre se distingue de su espíritu, de su cabeza, de su corazón, como si él fuera algo sin ellos.

(4)   El hombre es lo más bello para el hombre, (Cicerón, De nat. deor. lib, 1). Y esto no es un signo de estrechez mental; porque él encuentra también otros seres bellos fuera de él; él se deleita también en la belleza de los animales, en la hermosura de las plantas, en la belleza de la naturaleza en general. Pero sólo la forma absoluta y perfecta puede deleitarse, sin envidia, en las formas de otros seres.

(5)   La inteligencia es sólo para la inteligencia y lo que emana de ella es sensible, Reimarus. (Verdad de la religión natural, IV capítulo, párrafo 8).

(6)   Así dice por ejemplo Christ Huygens en su Cosmotheoros, lib, 1: Es probable que el placer de la música y de la matemática no sólo se limite a nosotros los hombres, sino que se extienda también a varios otros seres. Esto quiere decir: la cualidad es idéntica; el sentido para la música y para la ciencia es el mismo; sólo el número de los que disfrutan la música y la ciencia debe ser ilimitado.

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