Parasitismos y sensacionalismos

Parasitismos y sensacionalismos

Raúl Prada Alcoreza

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Sabemos que el parásito es el animal que se alimenta de otro animal, se incrusta al cuerpo de otro, hace de huésped, para succionarle sangre, para alimentarse, succionando la energía al cuerpo que lo hospeda, invadido por su parasitismo; acoplándose a ese cuerpo, que le es ajeno, que, sin embargo a partir de su intromisión es también suyo. Las economías políticas capitalistas han generado también sus parasitismos; formas parásitas que se incrustan al cuerpo económico para absorber el excedente generado; para succionar la plusvalía, sin generar un ápice de valor. Estas formas parásitas son de toda clase; quizás las más conocidas y, a la vez, más extendidas son las formas especulativas de absorción de plusvalía; entre esta formas la que ocupa el lugar central es la forma de capitalismo financiero. Sin embargo, en su etapa tardía, incluso antes, en el sistema capitalista se han generado otras formas parásitas de absorción de plusvalía. Nombraremos entre ellas como notorias a las formas de lo que llamamos la economía política del chantaje; en esta economía política adulterada se encuentran como expansivas las formas de tráfico; sobre todo el conocido narcotráfico. Los circuitos y las redes de tráficos vienen acompañados por las prácticas de corrupción, las formas de poder paralelas a la institucionalidad del poder formal. Lo que tienen en común, estas formas parásitas de la economía, entre otras cosas frecuentes, es el imaginario obsesivo y compulsivo del fetichismo del dinero.

Los personajes involucrados con las formas parásitas de la economía conciben al dinero como la clave para todo, la llave del paraíso, incluso de la felicidad, que  no se sabe exactamente cómo la decodifican e interpretan. Estos personajes han reducido su concepción de vida a esto, al fetichismo del dinero. Consideran que todo responde a relaciones dinerarias; ante esta interpretación delirante, las relaciones sociales, las relaciones entre sujetos han desaparecido; sólo hay relaciones dinerarias. Todo se compra, todo tiene precio; todas las conciencias se compran, todo hombre tiene precio. Entonces de lo que se trata es de tener dinero; mucho mejor si es mucho dinero. Para ellos también el poder es eso, dinero. Nada más.

No se crea que solo los capos de los tráficos tienen esa mentalidad fetichista; también los capos de la corrupción; los capos o líderes políticos enamorados del poder. Ni se crea que aquí termina la lista; pues es mucho más larga. Están no solo los miembros de la clase política institucional; sino también los jerarcas de los organismos financieros internacionales y nacionales. No podemos extender este imaginario fetichista dinerario a toda la burguesía, aunque la burguesía entera, con todos sus estratos, sufra del fetichismo de la mercancía, que no es, ciertamente, el mismo fetichismo. La burguesía industrial, por ejemplo; a pesar de su fetichismo de la mercancía, sabe que el dinero no es capital; que el capital es la inversión productiva que retorna incrementada, sabe que la valorización se da como valor agregado, aunque no crea que la valorización se da en la producción por efecto de la explotación de la fuerza de trabajo. El valor agregado es el valor técnico agregado en el proceso productivo. Entre esta burguesía industrial, que ahora, en plena etapa de hegemonía y dominio del capitalismo financiero, es casi una pieza de museo, y la “burguesía” parásita hay pues diferencia.  La burguesía industrial genera valor, aunque no crea que esa valorización la genera la fuerza de trabajo; de todas maneras es un factor en el proceso de valorización, como propietaria de los medios de producción. En cambio, la “burguesía” parásita, que, en realidad, más que burguesía es la conjunción abigarrada de los nuevos ricos, no genera un ápice de valor; por el contrario, absorbe valor; succiona la plusvalía generada en la sociedad.

En este panorama de decadencia del sistema-mundo capitalista, es notoria la desbordante especulación de todo tipo; no solo hablamos de la especulación financiera, sino de formas de especulación de todo tipo. Demostraciones desmesuradas de ostentación, pretendiendo jerarquía en el desmesurado despliegue de gastos suntuarios. También, acompañando o haciendo eco de estas demagogias ornamentales, los medios de comunicación de masa se han dedicado al sensacionalismo. Crean líderes mediáticos, es decir, fachadas publicitarias, cuyo vacío abismal se oculta con el bullicio. También se ocupan de sucesos alucinantes por su espectacularidad, como, por ejemplo, de la huida de un capo de la cárcel de más alta seguridad. No se nota en este sensacionalismo un esmero por la información, menos se les puede pedir una mínima dedicación a fragmentos de reflexión, de descripción o de interpretación de estos hechos sensacionales. Solo hacen eso, hacer gala del amarillismo mediático, difundiendo hechos impactantes sin situar los mismos en contextos, mucho menos sin descifrar mínimamente estos hechos.

No se crea que se trata de un llamado de atención, de un reclamo moral por valores perdidos; de ninguna manera. Estamos lejos de este apego a la moral, que no deja de ser hipócrita. Al final, entre la moral hipócrita, y la “inmoralidad” cínica de los parásitos, a pesar de sus disposiciones diametralmente opuestas, sus discursividades encontradas, sus oposiciones, el reclamo adolorido de unos, los moralistas, la risa desencajada de los otros, los cínicos, forman parte de la paradoja perversa del poder. Los moralistas son la cara linda, bondadosa, inocente, de la estructura de dominaciones, que se presenta en su dualidad contradictoria; empero, cómplice. No es entonces ningún llamado de atención, ninguna convocatoria al retorno a la moral perdida. Se trata, más bien, de conmensurar las magnitudes de la decadencia de la sociedad institucionalizada, abocada, en cada vez más extensión, al parasitismo; abocada, en cada vez más intensidad, al sensacionalismo.

En todas las épocas, sobre todo hablando de la modernidad, los perseguidos, incluso los calificados como criminales o delincuentes por el discurso jurídico, han sido tomados como héroes populares. Pueden serlo o no serlo, dependiendo de los códigos y valores tanto de estas micro-sociedades cómplices, llámense del hampa, sociedades secretas, mafias, carteles, lo que se quiera, incluso dependiendo de los códigos morales difundidos popularmente; lo que llama la atención es que los medios de comunicación de masa, aunque no los señalen necesariamente como héroes, se ocupen de eso, de transmitir sensacionalismo, demagogia noticiosa,  desinformación, atiborrando los ambientes sociales, los escenarios mediáticos, de por sí estridentes, con más ruido y bulla que sentido.

Tampoco se disputa o descalifica que se llamen a los personajes mediáticos en cuestión, sobre todo a los que “arriesgan el pellejo”, por así decirlo, el que se los denomine como héroes, directa o indirectamente; esta no es, de ninguna manera, la cuestión. Sino de señalar el inmenso vacío, incluso el inmenso y abismal nihilismo ordinario de los medios de comunicación y de este imaginario compartido del fetichismo dinerario. Por ejemplo, tratándose de los personajes que hacen  noticia, de los “héroes” o “antihéroes”, los medios de comunicación no se ocupan de auscultar su perfil humano; ¿quiénes son?, ¿cómo han llegado a ser lo que son? Se comparte, aunque seducidos, los mismos prejuicios que los detractores moralistas de estos personajes cuestionados, que los consideran taxativamente monstruos o anormales.  Al final, los usuarios de los medios con lo único que se quedan es con el prejuicio compartido, son monstruos; en unos casos seductores, por lo tanto, apreciables; en otros casos, abominables, criaturas dignas de hacer desaparecer de la faz de la tierra. Después de estos apabullantes sensacionalismos, los usuarios no habrán aprendido nada, tampoco comprendido nada de lo que pasa; se mantienen indemnes las circulaciones de prejuicios compartidos.

Fetichismo dinerario

En lo que respecta al imaginario del fetichismo dinerario se añade un delirio representativo más a lo que se conoce como fetichismo de la mercancía, que corresponde a la cosificación. Este añadido tiene que ver con una especie de imaginario o creencia en algo así como la magia; hablamos de la magia del dinero, como si fuese una barita mágica. Si el fetichismo de la mercancía reducía a las relaciones sociales como si fuesen relaciones entre cosas, el fetichismo dinerario reduce las relaciones sociales, reducidas ya a cosas, a relaciones no de cosas sino de algo así como fantasmas de las cosas; relaciones de fortunas o, en su defecto, relaciones de infortunios; lo que la jerga prepotente de esta gente llama relaciones de perdedores, en contraste de las relaciones entre ganadores. En resumidas cuentas este imaginario fetichista concibe que todo se puede adquirir con dinero, dependiendo de las cantidades dinerarias. Podríamos llamar a este fenómeno imaginario, que duplica la potencia fetichista, no exactamente des-cosificación, que puede interpretarse, mas bien, positivamente como recuperación, sino, lo que parece más adecuado es denominarla fantasmagorización. Pues desaparecen inclusive las cosas o las representaciones de las cosas.

Los fetichistas del dinero no se enamoran, por así decirlo, de cosas, de artefactos, de prendas, ni de mercancías, sino se encandilan por la supuesta propia potencia del dinero. Tener dinero es como tener el mundo a la mano. La forma cómo funciona el sistema-mundo pareciera darles la razón; sin embargo, hay que distinguir que lo que tienen a mano, utilizando el dinero, es el intercambio de cantidades por cualidades singulares, dependiendo de sus deseos e intereses. Estas cualidades no son exactamente el mundo efectivo, sino, otra vez, las cosas o, si se quiere, las mercancías, que, como sabemos, no son relaciones de cosas sino, en realidad, relaciones sociales. Si los filósofos confunden el mundo con la representación del mundo, estos señores fetichistas dinerarios confunden el mundo con el precio, con los signos monetarios. Ciertamente, para decir algo, la “cosmovisión”, que ya es mucho decir, de estos fetichistas del dinero, es muchísimo más pobre que la cosmovisión de los filósofos, incluso mucho más pobre que las concepciones del imaginario del fetichismo de la mercancía. La imaginación se habría reducido a la falta de imaginación; por lo tanto, habría desaparecido.

De la cosificación hemos pasado a la dinerización; de la magia de las mercancías habríamos pasado a la magia del signo monetario; es decir, a la linealidad discreta, discontinua, aunque de magnitudes abultadas, de los números.

Este mundo reducido a los números es ciertamente mucho más pobre que el mundo reducido a las cosas y muchísimo más pobre que el mundo reducido a las representaciones. Estamos entonces ante el fenómeno del encogimiento del mundo a las dimensiones exiguas del signo monetario. El empobrecimiento mundano implica también, como se puede ver, un empobrecimiento de la condición humana, que ya había sufrido, con el capitalismo clásico, el fenómeno de la cosificación, condición humana reducida a la circunscripción limitada y elemental monetaria. Este vacío abrumador es ocultado por el brillo artificial de lo suntuario, del consumismo compulsivo de chatarras y  desechables, por espectáculos mediáticos, que hacen ostentación de la desmesura de las banalidades. Como dijimos, este nihilismo vulgar es encubierto por el sensacionalismo estridente de los medios de comunicación.

De la impunidad

Los fetichistas del dinero se creen impunes. Los son hasta cierto punto, más bien, corto tiempo que largo, mientras puedan usar el dinero como coerción y chantaje, mientras haya gente que se vende al mejor postor, mientras las instituciones se encuentren corroídas y mantengan este deterioro como funcionamiento. Puede parecer mucho tiempo a algunos este lapso, que no deja de ser corto en comparación con los ciclos largos de la historia; sin embargo, tampoco la impunidad es cierta, pues se trata de la representación de la intocabilidad. En primer lugar, son tocados por su propio descalabro, por su propia decadencia y degradación. La felicidad anhelada no es alcanzable por medio de la desmesura de la opulencia, del derroche, de lo descomunal suntuario, que lo único que manifiesta es su desesperación a gritos por el reconocimiento de prestigio, de jerarquía, de distinción. Sólo lo logran con sus entornos, que son tan dramáticamente tristes y grises como ellos; solo sus aduladores, sus esbirros, sus guaruras, los protegen provisionalmente de las contingencias de la realidad efectiva, que disemina como viento el vaho pestilente de estos ambientes ficticios. Montajes artificiales, estridentes, brillantes y bulliciosos, que no los cubren de las vulnerabilidades de los cuerpos, desvanecidos en los en el goce efímero de placeres comprados.

Sus impunidades son también creencias de estas micro-sociedades cómplices. La pregunta es: ¿para qué hacen todo lo que hacen? ¿Han logrado la gloria que buscaban? Paranoicos, pues sus consciencias desdichadas los desgarra en los dilemas angustiosos de sus consciencias culpables; llegan a creer que todos conspiran contra ellos, contra el “esfuerzo empeñado”, todos son enemigos, hasta sus sombras. Se vuelven violentos, incluso con sus allegados. Su trato deriva en una conducta despiadada, que combina, intermitentemente, de vez en cuando, con actos sorprendentes de cariño infantil, que reclama, en el fondo, el hogar perdido. Estos personajes, que los moralistas consideran monstruos, que sus entornos consideran “héroes”, incluso en espacios populares hasta “santos”, como ocurre en México con ciertos jóvenes, que rinden ceremonia religiosa al “santo de los narcos”, no son más que víctimas, aunque usted no lo crea, del mismo engaño generalizado del imaginario del fetichismo del dinero.

Usan palos blancos para lavar sus dineros. Creen que así se cubren del panoptismo de la vigilancia institucional. A los únicos que engañan es a ellos mismos; no se puede ocultar un secreto a voces. Lo que pasa es que hay complicidades de todo tipo; primero, la de sus cómplices propiamente dichos, de su banda, de su cartel, de su red clientelar; segundo, de las instituciones corroídas, atravesadas por relaciones de poder paralelas, por los corruptos, que, como ellos también buscan lograr llenar el hueco de sus angustias con dinero; tercero, por los imaginarios populares, que miran como opción y alternativa ante la hipocresía institucional, ante la desventurada vida cargada, ante la abrumadora proliferación persistente de sus necesidades, esta alteración de las conductas institucionalizadas, aunque en verdad no cumplidas; miran como opción esta finta distinta y hasta aventurera. Se engañan a ellos mismos, pues lo que ganan es como un adormecimiento momentáneo, una burbuja de fábula, que sustituye la felicidad inalcanzable por el artificio de goce comprado.

Como dijimos, no se crea que comparten este fetichismo dinerario solo los capos de los tráficos; de ninguna manera. Comparten este fetichismo todos los capos, tanto de los tráficos, de las finanzas, del poder, todos los capos de las formas de la economía política del chantaje. Todos ellos, sino forman una clase, que se podría nombrar como “burguesía” de la economía política del chantaje, conforman, por lo menos, como un bloque de poder compuesto, en su heterogeneidad distribuida, por relaciones de poder perversas, basadas en la coerción, en el chantaje, en la especulación.  Pueden aparentemente entrar en contradicción, hasta aparecer antagónicas, cuando, generalmente los hombres del poder institucional, incluso los hombres y las damas del dominio financiero, proclaman la “lucha contra la corrupción, el narcotráfico, los tráficos, los delitos y los crímenes”.  Sin embargo, estas contradicciones no son más que guerras y pugnas internas por reacomodos de esta estructura y diagramas de poder de la economía política del chantaje.  En el fondo, no hay distinción entre unos y otros, en lo que respecta al diagrama de poder del chantaje, a las cartografías de fuerzas de las coerciones y las especulaciones. Son, prácticamente, lo mismo en esta combinación y composición de microfísicas y macrofísicas del poder. Unos se consideran de más prestigio que otros por sus títulos nobiliarios, o sus funciones institucionalizadas, considerando a los otros como la escoria de la sociedad, cuando ambos, forman parte de la decadencia del sistema-mundo capitalista.

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