De la anti-política

De la anti-política

Raúl Prada Alcoreza

De la antipolitica

Así como hablamos de la anti-economía, también podemos hacerlo de la anti-política, no necesariamente por analogía, sino por las características destructivas de la política por parte de ciertas prácticas de poder. Si acordamos que la política es la democracia misma, el ejercicio pleno de la democracia, efectuada en sentido radical, tal como lo entiende Jacques Rancière, como suspensión de los mecanismos de dominación, ejercicio efectuado sobre o en base al principio de igualdad, entonces la anti-política viene a ser lo que destruye este ejercicio, lo que destruye y obstaculiza las prácticas democráticas, en pleno sentido de la palabra. Paradójicamente la democracia efectiva acaba cuando se constituye la democracia institucionalizada. Cuando la política y la democracia se institucionalizan, mejor dicho, se estatalizan; comienza la genealogía de la anti-política.

En segundo lugar, en los mismos contextos de la política y la democracia institucionalizadas, en las formas de la democracia formal, aparecen formas anti-políticas, en sentido, mas bien, restringido; formas  anti-políticas que atentan contra las formas políticas, es decir, contra la política, en sentido restringido, contra la democracia, en sentido formal. Por ejemplo, cuando se atenta contra las reglas acordadas, cuando se quiebran las normas instituidas, cuando se desechan las leyes; por lo tanto cuando se rompe con las prácticas políticas asumidas, acordadas y consensuadas, como base de la convivencia política, que admite la deliberación, los contrastes y las oposiciones. Quizás, en este caso, las formas anti-políticas más conocidas en la historia política sean las dictaduras, los golpes de Estado. Sin embargo, no son las únicas formas anti-políticas, en sentido restringido;  hay formas anti-políticas que incluso pueden mantener las apariencias formales e institucionales; sin embargo, manipulan en el ejercicio del poder, desviando las prácticas políticas, en sentido restringido. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se manipulan las leyes, administrando ilegalismo; cuando se manipulan las normas y las reglas, otorgándoles otro sentido, interpretándolos de otra manera, abusando de  los desbordes de sus significaciones. Esto pasa con la demagogia, con los recursos tramposos y de engaño, con el decir una cosa y hacer otra, creyendo que esto es astucia política.

En la modernidad tardía, una forma sobresaliente de anti-política aparece con la cultura de la simulación.  Lo que importa es la apariencia, no lo que efectivamente es u ocurre. Lo que importan son los escenarios, los montajes, las publicidades, no los hechos, los eventos, los sucesos, lo que ocurre efectivamente. En estos ambientes, los de la simulación,  la anti-política emerge como una de las formas de la simulación; que popularmente se nombra como impostura.

En tercer lugar, la anti-política aparece como un estilo del cinismo, desprendido elocuentemente en la clase política contemporánea, sean de “derechas” o de “izquierdas”.  La clase política considera que  siempre tiene que dar razón de todo; es más, que siempre tiene la razón, incluso en los casos más insólitos e increíbles, donde se hace evidente la irracionalidad, por decirlo así, para ilustrar. Este estilo cínico supone que la realidad se reduce a las representaciones – no hablamos, por cierto, de las representaciones filosóficas o teóricas, sino de las representaciones ordinarias del discurso político -, que de lo que se trata es de ganar en la guerra por las significaciones del mundo; significaciones que se inscriben por tanto insistir en su propagación discursiva. Entonces, el estilo cínico de la argumentación política, de la retórica política, hace denodados esfuerzos, verdaderos malabarismos, para demostrar lo indemostrable. Cuando acaban de hacerlo, de argumentar, de esta manera, creen que han cumplido con el cometido, y muestran sus caras de satisfacción.

Así como cuando se pierde el raciocinio, la deliberación, la comunicación, en el ejercicio democrático, sobre todo parlamentario, tal como lo describía Jürgen Habermas, así también, se puede decir, que cuando desaparecen las prácticas políticas, incluso formales, el respeto a las reglas de juego, cuando se miente indiscriminadamente, creyendo que en el repetir la mentira la convierte en verdad, desaparece también la política, incluso en sentido restringido, formal, institucional, estatal.

Ahora repasaremos algunos criterios, abordados por el sentido común de la ciencia política, sobre las definiciones del concepto de a-política.

 

Definiciones de la a-política

Apolítica es lo contrario, lo antónimo, la antítesis, de política, en su acepción aceptada. Las prácticas apolíticas son in-composturas derivadas de juicios negativos o, si se quiere, pre-juicios, sobre la política; estos pre-juicios pueden proliferar  en coyunturas  de crisis; desembocando en juicios escépticos y devaluativos de la política, en conclusiones devaluadoras  de la política. De todas maneras, la in-compostura apolítica reconoce, tácitamente, la incompatibilidad de sostener la posibilidad de una sociedad sin política; teniendo en cuenta esta limitante, la conducta apolítica se reduce a la disidencia, negándose a la participación en la política. En las llamadas democracias formales, esta disidencia se manifiesta en la omisión del voto, en la abstención.

Recordemos que política viene del griego polys, que significa mucho; también del sánscrito puru, que significa muchedumbre.  Poli, en el sentido de varios, sobre todo relativo a su uso semántico en palabras como polisemia, poligamia, polígono. Así mismo, poli del griego polis, que significa ciudad, también pluralidad, por lo tanto, en el sentido de polis, en su significación política. Poli, significa multitud, pluralidad, también muchedumbre. En sus composiciones conceptuales, política, tiene su raíz en el griego πολιτικος, politikós, cuyo significado implica ordenamiento de la ciudad, de la pluralidad, de los ciudadanos, de  lo que podríamos llamar ahora sociedad civil. Según se dice, en la Grecia antigua, en la época de Aristóteles, la política era también denominada policía, que puede interpretarse, en esta acepción antigua, como pueblo. De las tres formas griegas de gobierno, reconocidas por Aristóteles, monarquía, aristocracia y democracia; esta última, era la forma de gobierno que se constituía mediante las elecciones de la muchedumbre, del pópulo, de lo que podríamos llamar ahora lo popular; es decir,  el sujeto social de la democracia. El pueblo, denominado también, según la acepción antigua, gobierno de policía, vigilaba la conducta de todos los cargos elegidos por el pueblo; por lo tanto, hacía policía, en el sentido antiguo de la palabra. Esto supone que la soberanía radica en el pueblo.

Una consecuencia formal, jurídica, filosófica, incluso ética, del denominado apoliticismo, seria considerar que los derechos políticos son inherentes al ser humano, que son naturales; en consecuencia, teóricamente, intransferibles a terceros, inalienables; por lo tanto, no delegables.

La in-compostura apolítica se opone a la política, en sentido restringido,  de transferencia de derechos y poderes; no necesariamente a la política como tal; en la concepción apolítica se admite que, de todas maneras, todos somos homopoliticus.  Aristóteles definía como animales políticos. Zoon politikón; en griego ζον, zỗion, que significa animal, y πoλιτικόνpolitikón, que significa político, derivado de la polis, cívico.

En resumen, el apoliticismo se caracteriza porque se opone idealmente mediante una in-compostura disidente, sea ésta pasiva o, en su caso, activa, sea ésta disidencia moral o, en su cao, disidencia  intelectual, en relación a la política, en sentido restringido. Actitud disidente que  niega la transferencia o delegación de la representación o delegación.

En las llamadas democracias formales, la actitud de omitir el voto, que no es votar en blanco, tampoco necesariamente indiferencia en la política, insinúa, subjetiva u objetivamente, que no quiere transferir su soberanía política, sus derechos políticos,  a representantes y delegados, transfiriendo las voluntades singulares a la voluntad general[1].

Como se puede ver, estas consideraciones del sentido común de la ciencia política, sobre la anti-política, se basan en el referente o perfil de la apolítica. En este sentido, restringen la comprensión de la fenomenología de la anti-política a las manifestaciones ordinarias de la apolítica. Restringiéndose, por lo tanto, una comprensión del fenómeno de la anti-política.

Poder, política y anti-política

Sin embargo, no puede haber una anti-política, ni si quiera, como se ha podido ver, una apolítica, separada de la política; más aún, la política misma es un acontecimiento comprensible en las genealogías del poder. La pregunta, entonces, es: ¿cuáles son las relaciones entre la anti-política y la política? La otra pregunta, más importante aún, es: ¿cuál es la relación de la anti-política con el poder?

Volviendo a las tesis, que compartimos, de Rancière, si la política, en sentido pleno, es contra-poder, si el ejercicio pleno de la democracia es contra-poder, pone en suspenso los mecanismos de dominación, barre con la incubación de desigualdades, de jerarquías, de monopolios, en este caso, de monopolios de la violencia, de monopolios de la disponibilidad de fuerzas. Por eso, cuando el poder constituido limita los alcances del poder constituyente, cuando restringe el ejercicio pleno de la política, cuando restringe el ejercicio pleno de la democracia, lo hace para preservar los mecanismos de dominación o inventar otras tecnologías de poder. En consecuencia, el poder mismo, las formas polimorfas de dominación, las genealogías del poder, son, en el fondo, anti-política.

Cuando la política, el ejercicio de la política por parte del pueblo, de lo popular, del proletariado nómada, de los pueblos indígenas, de los colectivos, comunidades, subjetividades diversas, desbordan al poder constituido, cuando retoman el ejercicio de la democracia, en pleno sentido, es cuando las formas institucionalizadas de la política recurren a las prácticas elementales de la anti-política para restaurar el orden y la autoridad.

Por lo tanto, podemos decir, que la anti-política es concomitante con la política restringida, con la política institucionalizada; por lo mismo, es concomitante con la democracia formal, la democracia limitada a las mediaciones burocráticas, a las representaciones y delegaciones; democracia, cuya legitimidad se basa en el mito de la voluntad general. Las prácticas anti-políticas se entrelazan, coexisten, con las prácticas políticas de la democracia formal, de la política institucionalizada.  Forman parte de los diagramas de poder, las cartografías de fuerza, las tecnologías de poder, los mecanismos y engranajes de las dominaciones. La política institucionalizada se presenta como la norma ideal de las prácticas, en tanto que la anti-política es denunciada como desviación de la norma, incluso, en casos extremos, como atentado de la norma. Sin embargo, el recurso a la anti-política es efectuado por los mismos, la misma clase política, en las mismas instituciones, que exigen el cumplimiento de la norma, el respeto a las leyes y a las reglas políticas institucionalizadas. Esto quiere decir, que lo que se ejerce efectivamente es el poder, usando la política, en sentido restringido, y cuando es necesario, en situaciones emergentes, crisis intensas, incluso en situaciones ordinarias,  cuando la crisis es diferida, se recurre a las prácticas anti-políticas para preservar el poder, el orden, la autoridad; en palabras claras, para preservar las dominaciones.

[1] Texto: Apolítico Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Apol%C3%ADtico?oldid=81094265 Colaboradores: AlGarcia, Nihilo, CEM-bot, Pacostein, Dhidalgo, VolkovBot, Muro Bot, Sageo, Tirithel, Javierito92, Leonpolanco, UA31, AVBOT, Yearuk, Luckas-bot, Marcomogollon, ArthurBot, SuperBraulio13, AstaBOTh15, Rosymonterrey, Grillitus, ChuispastonBot, WikitanvirBot, Hυgo, MerlIwBot, KLBot2, Xaquiles, IPhonak y Anónimos: 17.

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