Encaracolamientos

Encaracolamientos

Raúl Prada Alcoreza

 

Encaracolamiento

 

 

 

Es como un encaracolmiento, si podemos manejar esta palabra, un tanto inventada, cuyo sentido, el que queremos darle; también puede decirse, algo así como encuevamiento. Aunque lo que connotan estas palabras no expresen el alcance de las significaciones que queremos darle.  Se trata como de un síndrome, sufrido por los políticos, la clase política, sobre todo cuando se encuentran en el poder, en función de gobierno. Esta clase política se encueva, por así decirlo, o si se quiere, se encaracola. En otras palabras, los gobernantes se encierran en su propio imaginario; no solo ven el mundo desde las tramas tejidas por su imaginario; cosa que sucede prácticamente a todos, sólo que de distintas maneras y formas, con diferente connotación y consecuencia; lo que no sería extraño, sino que su imaginario se convierte como en la concha donde se encaracolan, donde se refugian.  Entonces, no solo ven el mundo desde su imaginario, sino que su imaginario, es decir, su concha, se convierte en el mundo. El mundo se reduce a su concha.

Todo lo que no está en su concha no es verdad; no es del mundo, que se imaginan, sino un invento de los enemigos. Este síndrome del encaracolamiento es como una especie de autismo político, combinado con una esquizofrenia, dramatizada en el teatro político; esquizofrenia que empuja a cada político, según sus características, a actuar, de acuerdo a los escenarios donde tiene que desenvolverse. Tiene un discurso para cada uno de ellos, y sin embargo, ni se inmuta. Asume estas disonancias como si fueran lo mismo, el mismo discurso; no es un mismo discurso, obviamente, sino que es la misma actitud en distintos discursos pronunciados. La actitud de actuar para los escenarios, para los interlocutores, para el auditorio, a quienes busca satisfacer, decirles lo que quisieran escuchar.

 

El autismo político puede llegar al extremo de hacer desaparecer lo que comúnmente se llama realidad. Se pierde el contacto con los fenómenos, hechos, eventos, situaciones concurrentes, diremos, a modo de ilustrar, en la exterioridad, que la interioridad imaginaria del autismo político hace desaparecer. Para el autista político lo que hay, lo que existe, es el esqueleto de la trama, que sostiene su argumentación. Todo lo que no es este esqueleto traumático de la trama, no existe, corresponde a la conspiración de los enemigos. Para decirlo en términos conocidos en el psicoanálisis, usandolos también para ilustrar, al renunciar al principio de realidad, el autista político, cree que preserva el principio del placer; es más, cree que se preserva el placer. Sin embargo, al engañar, aunque pueda ser sin querer, de esta manera enajenada, termina engañándose a sí mismo, incluso no sólo en lo que respecta a la información del entorno, sino también respecto a su propio placer. No lo alcanza, no lo logra, no se satisface; el placer queda como promesa no cumplida. Este personaje entonces resulta ser un sujeto insatisfecho, un sujeto carente, no de medios, de recursos, de riqueza, sino de felicidad. Es una consciencia desdichada, es decir, en sentido hegeliano, un sujeto desgarrado.

 

Los gobernantes no gozan, ni tienen placer. Sólo acceden a representaciones de lo que podría, hipotéticamente, corresponder al gozo y al placer; solo acceden al simbolismo. Simbolizan el poder; sin embargo, es el poder el que manda; como máquina abstracta, singularizada en la malla de agenciamientos concretos de poder, la red institucional, es el dominio que se ejerce sobre ellos, quienes ni siquiera ejercen el poder, en términos efectivos. Ordenan, aparentemente deciden; sin embargo, sus órdenes ya forman parte de los engranajes preformados del poder.

 

 

En ciertas sociedades ancestrales, las que se organizan en jefaturas, el jefe o el rey, aparece como el lugar del escarnio del grupo y del colectivo. Si bien, no es esto lo que ocurre, con el caso en cuestión; el del síndrome político del encaracolamiento, nos ilustra, en contraste, lo que sucede, en las sociedades modernas, en los Estado-nación, en la etapa del capitalismo tardío. Estos símbolos del poder, que son sus cuerpos, como fachada del simbolismo, incluso sus nombres, no son otra cosa que significantes vacíos, que el poder usa para otorgar los significados precisos, dependiendo de la coyuntura, el contexto, el periodo; dependiendo si hay crisis o no; de la intensidad de la crisis. Los significados del poder, si se quiere, las tramas del poder, tiene que ver con la proliferación de las dominaciones; por lo tanto, también con la preservación de las dominaciones. La domesticación, la subordinación, la sumisión, el disciplinamiento, la vigilancia, el control y la simulación.

 

Se entiende pues, que estos personajes sean en parte fantasmas imaginarios y en parte consciencias desdichadas, que sufren del síndrome del encaracolamiento, del autismo político; que estos personajes resulten algo parecido a ser marionetas. Marionetas no necesariamente de otros personajes, que pueden encontrarse en niveles más jerárquicos del poder, o en estructuras de poder mayores, sino de hilos, por así decirlo, de la maquinaria abstracta de poder.

 

Entre las paradojas del poder, ésta, la del síndrome del encarcolamiento, tiene su particularidad anecdótica; los hombres de gobierno, símbolos del poder, son impotentes, además de ser títeres de la maquinaria abstracta del poder. Se mueven en márgenes de maniobra ya definidos, precisamente por el contexto del juego de las máquinas abstractas del poder, conformadas en el sistema-mundo capitalista. Lo llamativo es que, incluso, en estos márgenes de maniobra no aprovechan el espacio de posibilidades, sino que, generalmente, tienden a responder a la media de los comportamientos gubernamentales de los Estado-nación subalternos, que es de la obsecuente subalternidad. Pueden hacer lo mismo con distintos discursos, aparentemente contrapuestos y hasta antagónicos, o pueden desplazarse en el margen de maniobra; en este último caso, si bien deciden, en estrecha autonomía, lo hacen sin poder atravesar los límites impuestos por la geopolítica de la economía-mundo capitalista.

 

El papel de estos personajes es trágico-cómico, pues, a pesar de la creencia, de sentido común, de que su situación es privilegiada, vista por unos, envidiable, vista por otros, oportuna, vista por unos terceros, en realidad, son representaciones, con nombres distintos, de tramas preformadas del poder. Pueden hasta imaginarse que controlan el Estado, que toman decisiones libremente y a su antojo; pero, esto no es más que una creencia o, si se quiere, una pretensión. Estos personajes ocupan un lugar en la arquitectura del poder ya establecida, cumplen roles ya definidos. El que ocupa el lugar, venga de donde venga, de la “derecha”, de la “izquierda”, cumplirá su rol; no por determinismo, ni causalismo, ni tampoco como condena, sino que al formar parte de la malla institucional, de la maquinaria institucional, su actuación ya está regulada. Como dijimos, puede moverse en el espacio de los márgenes de maniobra; empero, no puede quebrar los limites, salvo si se destruye la arquitectura del poder, la malla institucional establecida.

 

Las experiencias políticas, en la modernidad, que llegaron a cruzar los límites, fueron las revoluciones socialistas, pues destruyeron el Estado antiguo, el viejo régimen; sin embargo, inmediatamente reestructuraron el poder, la máquina abstracta de las dominaciones, como nuevos despotismos, otras jerarquías, reiterados monopolios, sobre todo el relativo al monopolio de la violencia, de una manera equivalente a lo que ocurría antes, solo que ejercido el poder a nombre de la dictadura del proletariado. Esta maniobra socialista derivó en la recreación de márgenes de maniobra para los gobiernos socialistas, márgenes dados en el contexto del juego de las máquinas abstractas del poder en el mundo.  En la medida que participan del sistema-mundo, también terminan definiendo los roles preformados, tanto de los gobiernos, así como de los hombres símbolos del poder.  Se puede decir, que estas son las ironías de la historia, además de una de las expresiones de las paradojas del poder.

 

Los gobiernos populistas no llegan a cruzar los límites; en el mejor de los casos, se acercan a los umbrales. Lo que hacen es cuestionar el régimen de propiedad de los recursos naturales, también, dado el caso, el régimen de propiedad de las empresas de explotación extractivista. El cambio de propiedad, de manos privadas, generalmente de empresas trasnacionales, a manos públicas, mejora los términos de intercambio y, si se quiere, mejorando la situación, en algunos casos, mejora el control de los recursos en el territorio del país; sin embargo, al no salir de su condición preponderantemente de economía extractivista, no hacen más que reproducir la dependencia, aunque en condiciones mejoradas, pero, de la misma dependencia.

 

La condición de marionetas de máquinas abstractas del poder de estos personajes, símbolos del poder, se hace patética, cuando intentan mostrar soltura, pretendida independencia, sobre todo cuando hacen desplantes de soberbia.  Cuando se asumen como jueces absolutos, cuando definen, en un mapa esquemático, que tienen en sus cabezas, quienes dicen la verdad y quienes mienten, quienes son buenos y quienes son malos, quienes quieren el “desarrollo” del país y quienes no lo quieren, quienes defienden la soberanía y quienes “quieren entregar las tierras a extranjeros”, hablando de las denominadas áreas protegidas, que, en realidad, corresponden a los territorios indígenas, según la Constitución. Entonces la conclusión peregrina no se deja esperar: estamos obligados a defender al gobierno, al Estado, al proceso de cambio, y, en este sentido, es indispensable la intervención estatal; controlar, vigilar, reprimir, con dosis adecuadas, según el tamaño de la amenaza. Desde esta perspectiva, resulta que la amenaza se encuentra en la ONGs, que defienden las áreas protegidas, los territorios indígenas, la amenaza se encuentra en los medios de comunicación, que no siguen el libreto. Por lo tanto, se les ocurre a estos personajes del poder, que estos medios mienten.

 

Llama la atención el discurso de los llamados gobiernos progresistas, sobre todo en lo que corresponde a cómo se conciben a sí mismos. Se consideran víctimas de la conspiración foránea e interna. Si las cosas no marchan bien es porque la conspiración boicotea; si el “proceso de cambio” no avanza, como era de esperar, es porque la conspiración no deja que ocurra esto.  Ya dijimos en otro escrito[1], que si bien puede haber conspiraciones y conspiradores, éstas y éstos no explican la crisis política, la crisis económica, en algunos casos, la crisis social, pues ni las conspiraciones ni los conspiradores gozarían de la potestad de controlar las condiciones y las variables de la coyuntura, de los contextos y de la historia. En todo caso, podrían aprovechar circunstancias críticas; empero, lo que queda claro es que estas circunstancias críticas ya se dieron, para que puedan ser aprovechadas.

 

La condición de víctima, en el imaginario populista, hace que el otro, el enemigo, el conspirador, la conspiración, sean los culpables. Entonces la explicación de la crisis ya está resuelta, sólo que imaginariamente. Este tipo de explicaciones adolecen de simplismo, esquematismo, además de repetir el dualismo religioso de la culpabilidad. La problemática, efectivamente dada, en el juego y los campos de fuerza, plantea varios desafíos; uno de ellos, quizás como condición preliminar interpretativa, es comprender la situación, la estructura de la situación, la composición histórica-social-política-económica-cultural de la coyuntura. Cuando se cree tener resuelto esto, cuando se cuenta con verdades, con explicaciones anteladas, es cuando precisamente se obstaculiza la posibilidad de la comprensión del problema. Ahí mismo se cierra el camino para poder resolver la problemática, reducir la complejidad de la realidad, conformando complejidad en las formas de organización y en las formas prácticas del accionar. Al cerrarse el camino de esta forma, recurren a la costumbre cristalizada en los aparatos de Estado, repitiendo las mismas prácticas, emergidas en otra época, en otro periodo, para otros problemas. Entonces, al hacerlo, al repetir, anacrónicamente, el formato estatal, estos gobiernos terminan siendo parte del problema a resolver, quizás hasta una de las partes más agudas de la problemática.

 

 

 

 

 

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-politico-/. Amazon: https://kdp.amazon.com/bookshelf.

 

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