Tejidos Comunitarios Nro. 1

Tejidos Comunitarios    Nro. 1

 

Chuqui-Apu 2015. Territorio de Abya Yala; la Patria grande.

La descolonización en serio comienza con la borradura de fronteras y el desconocimiento de estados, incluyendo a los Estado-nación, inventados por los conquistadores y sus herederos, sean mestizos o indígenas. Los y las anarquistas de Abya Yala estamos en esto.

Inscripciones y huellas de Comuna

Activismo autogestionario libertario

Convocatoria a conformar colectivos, pueblos, sociedades y confederaciones autogestionarias y de autogobierno

Perspectiva de la complejidad

Consideraciones libertarias 1

Sobre el autogobierno popular

(Denominado en la modernidad democracia)

Los humanos nacen libres e iguales. Son las dominaciones las que los esclavizan, las que los someten y subordinan, capturando sus fuerzas en las instituciones del poder. Esta libertad e igualdad son características de la vida como potencia. En las sociedades, como potencia social. En la vida, se trata de capacidades creativas de las dinámicas vitales.  En las sociedades, se trata también de capacidades vitales, solo que desenvueltas en los planos y espesores de intensidad de las sociedades, que codifican y decodifican, que interpretan, estos despliegues, de acuerdo a los imaginarios y narrativas configurados por las sociedades. En la modernidad se nombró como libertad a estas capacidades sociales, asociadas a la voluntad; la igualdad es el concepto de reconocimiento mutuo de los seres humanos en tanto tales. Entonces la libertad y la igualdad adquieren la condición histórica-política que les otorga la revolución, como acontecimiento político, cristalizándose después como derecho adquirido en el Estado-nación.

Las desigualdades vuelven a aparecer en las sociedades modernas estratificadas, representadas en la sociedad política, que es el Estado. Estas desigualdades son las consecuencias de las nuevas formas de dominación en la modernidad; situación que corresponde a la perdida de libertades, después de habérselas conquistado con la revolución. La revolución es a subversión de la sociedad contra el Estado; no solamente contra el Estado del antiguo régimen, sino contra todo Estado; pues el Estado no es otra cosa que la maquinaria abstracta de las dominaciones polimorfas. Las formas de dominación pueden cambiar; en los hechos han cambiado, al pasar de un régimen a otro; se puede decir que, las dominaciones se modernizan. Las sociedades que no son atravesadas por relaciones y estructuras de dominación no requieren de Estado.

No se puede considerar de revolucionarios a quienes postulan el Estado como fin de la revolución, limitando el alcance y el carácter desbordante de la revolución. Cuando aparecen estos personajes, autonombrados como “revolucionarios”, no son otra cosa que los nuevos sacerdotes de la contra-revolución en marcha y de la restauración. Es el discurso barnizado de demagogias el que se presta para efectuar esta tarea de manera más efectiva, al desarmar a los pueblos, edulcorando la contra-marcha de la contra-revolución. Hay diferencias entre estos nuevos amos y los patrones anteriores; la diferencia consiste, primero, en que el llamado gobierno “revolucionario” emerge de las contradicciones de la revolución, es un producto de la misma rebelión de las masas; por otra parte, al estar vinculados, por lo menos, al principio, a la movilización popular, efectúan medidas que favorecen socialmente, también políticamente, a las clases subalternas y al propio país, en cuanto nación o naciones. Sin embargo, estas medidas quedan ahí, atrapadas en la maquinaria del poder refaccionado. Entonces resultan medidas que no conforman una totalidad, por así decirlo, que integre los cambios, para llevar a cabo las transformaciones conectadas y complementarias de la sociedad.

Esta “revolución” inconclusa es institucionalizada por el gobierno “revolucionario” como “revolución” lograda. De esta manera finaliza la revolución; los mismos “revolucionarios” en el poder, hacen de termidorianos de la revolución; dan fin a la revolución.

La revolución solo puede continuar con la destrucción del Estado; con la conformación del autogobierno del pueblo, de los pueblos. Con la construcción de otras instituciones, que sean tomadas como instrumentos al servicio de la sociedad, al servicio de la sobrevivencia humana, al servicio del desenvolvimiento y despliegue de la potencia social. Las instituciones no son fines, no son ni trascendentes ni inmanentes a las relaciones y prácticas sociales, como ocurría y ocurre en las sociedades estratificadas y desiguales, en las sociedades representadas, capturadas, domesticadas, disciplinadas, vigiladas y controladas por el Estado.  Las instituciones libertarias no capturan fuerzas, no las someten al servicio de las instituciones, al servicio de la reproducción abstracta del poder; las instituciones libertarias no asumen ni la representación ni la delegación de la sociedad. Son instrumentos desechables, cambiables, modificables, dependiendo de los requerimientos, las problemáticas, los contextos, las coyunturas y los periodos.

En tercer lugar, el Estado, así como las instituciones, son criaturas humanas, así como sus mitos, sus religiones, sus “ideologías”, sus narrativas, sus teorías, sus ciencias; son instrumentos de la potencia social, al servicio de la humanidad y de la vida. El que se hayan convertido en trascendentes e inmanentes es consecuencia de las relaciones de dominación, que con esta inversión imaginaria de las instituciones, convirtiéndolas en divinas, naturales, históricas, han legitimado sus dominaciones. Al mismo tiempo, al hacerlo, han atrofiado a las instituciones, deteniendo sus transformaciones. Las dominaciones inhibieron la potencia social, las capacidades creativas, al mismo tiempo, convirtieron a las instituciones en instrumentos obsoletos y anacrónicos, que si bien sirvieron a las estructuras de poder para su legitimación, para su reproducción abstracta del poder, en periodos prolongados, al final arrastran a crisis a las sociedades, también a crisis políticas, empujando a las mismas clases dominantes a su propio cataclismo. El problema es que estas instituciones obsoletas y anacrónicas se convierten no solamente en obstáculos para el despliegue libre y creativo de la potencia social, sino que terminan convirtiéndose en amenazas para la sobrevivencia humana.

Ante el peligro que comportan estas instituciones fosilizadas, las sociedades han desatado alteraciones, que apuntan a modificar esta situación. Desde alteraciones imperceptibles, aunque constantes, que desplazan las composiciones de las instituciones, hasta alteraciones perceptibles de gran alcance, que trastocan las antiguas instituciones, sustituyéndolas por otras, más modernas. Este reacomodo entre sociedad y mallas institucionales libera fuerzas, libera parte de la potencia social, dejando desplegar sus capacidades creativas, que se notan en las transformaciones tecnológicas, en la ampliación cualitativa de los conocimientos, en las transfiguraciones de las subjetividades, que al ser más libres, terminan constituyendo perfiles más autónomos. Sin embargo, en la medida que se vuelven a convertir las nuevas instituciones en fines, en trascendentes e inmanentes, por sobre la sociedad, incluso inventándose el mito de que son el origen de las comunidades y las sociedades, se vuelve, en otro contexto, en otras condiciones, a la captura de fuerzas, a la inhibición de la fuerza social, a recrear nuevas desigualdades, a coartar las libertades.

Este es el círculo vicioso del poder. Lo ha experimentado la llamada revolución burguesa, también, después, la llamada revolución socialista. Para salir de este círculo vicioso del poder, que atrapa a las sociedades en la historia, es decir, en la narrativa metafísica de la evolución lineal de las sociedades, en consecuencia, que condena a las sociedades a su subordinación a las formas de poder, es menester destruir el poder, toda posibilidad de poder, colocar a las instituciones en el lugar que les corresponde, como criaturas humanas, como meros instrumentos desechables y cambiables, en servicio de la sobrevivencia humana y de la vida, en sentido pleno.

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