La invención del enemigo

La invención del enemigo

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La invención del enemigo

 

No sabemos cuánto de lo que llamamos pasado pesa en el presente; hablando en términos de la suposición del tiempo, que no ha dejado de ser una suposición y una concepción lineal. No sabemos cómo pesa condicionantemente el paradigma religioso inaugural en las formas de pensar, incluso en aquellas que no solo se consideran ateas sino críticas de la religión. Estos primiciales paradigmas parecen inscribirse perdurablemente en la carne y los huesos, de tal manera, que su modelo es pre-formativo en todo lo que viene después.  Falta pues comprender esta relación con las matrices civilizatorias cuando comenzamos nuestras interpretaciones del mundo y nuestras narraciones. La manera cómo concebimos un mundo en un principio. La tesis moderna de la evolución, con sus derivados conceptuales en el “desarrollo” y el “progreso”, se han desentendido no solo de esta herencia, sino, sobre todo, de los condicionamientos de los primeros pasos de la hominización y de la humanidad.

 

No se puede negar que son las religiones las que sistematizaron las narraciones míticas del origen de la humanidad. Las que convirtieron a los mitos iniciales en una versión elaborada y abstracta de la unidad divina. Son estas religiones las que inscribieron en los cuerpos un modelo inaugural en las formas de pensar. La unidad, lo uno, la totalidad, lo trascendental, lo inmanente, incluso, desde aquellos tiempos lejanos, lo que se llamó, después, en la modernidad, lo universal, son conceptos construido por las grandes religiones, sobre todo monoteístas. A pesar de que la historia de la filosofía crea encontrar el nacimiento de la filosofía en la disociación de la filosofía respecto a la mitología, la mirada arqueología no puede desentenderse de este substrato religioso, que conlleva la filosofía. Las religiones antecedieron a la filosofía; esto lo reconoce hasta el mismo Platón, el primer filósofo propiamente dicho, desde la perspectiva de esta historia de la filosofía. Se puede decir que la religión cristiana y la religión musulmana, que son posteriores a la filosofía de la Grecia antigua, le deben mucho, sobre todo sus conceptualizaciones teológicas, a las apropiaciones singulares que hicieron de la filosofía griega. Sin embargo, la arqueología de la filosofía nos muestra, mas bien, que la historia de las estructuras de pensamiento comienzan con estas mitologías y estas religiones.

 

A propósito, la política, en el sentido institucional, que se constituye como tal, a partir de la definición del enemigo, no podría comprenderse sin el paradigma inicial del dualismo fiel/infiel, instaurado por las religiones monoteístas. El substrato imaginario del esquematismo dualista amigo/enemigo se encuentra en el esquematismo dualista religioso de fiel/infiel. A pesar de los discursos modernos sobre la política, emitidos y difundidos en la discursividad política, que comprende sus propias teorías, que tiene como referente, el enemigo, como imaginario, que es el infiel como antecedente imaginario. Se trata al enemigo como se trataba al infiel; es el demonio o, si se quiere, el poseído por el demonio, el endemoniado. Como dijimos en otro escrito[1], al enemigo se lo demoniza, es, en el fondo, el monstruo, contra-natura, contra-moral, contra-racional. Se le atribuye al enemigo todo lo peor; se lo descalifica. Al combatir contra la monstruosidad, entonces, se justifica su aniquilación.
El problema radica en que todo esto es imaginario. Se lucha contra un fantasma, la representación del enemigo; se desconoce lo que es, en realidad, el enemigo. ¿Qué se piensa, exactamente o de una manera equivalente, del que se considera, a su vez, el enemigo? Se inventa el enemigo para combatirlo, para afirmarse, para ungirse de toda legitimidad, de legalidad y de razón, en la lucha contra un enemigo tan despreciable.

 

Como dijimos, en ese escrito mencionado, el enemigo es necesario para la propia identificación como partidario del bien en guerra contra el mal. El enemigo es necesario no solamente para la guerra, sino para política.  Por eso, concluimos que los enemigos, paradójicamente, son cómplices. Los enemigos se requieren mutuamente para reproducir el poder.

 

Sabemos que la denominada “derecha”, que es una variedad de posiciones, recurre a este estigma del enemigo para justificar la represión, para legitimar sus guerras. Sin embargo, de esta actitud o conducta no escapa la llamada “izquierda”, que también es una variedad. La respuesta de la “izquierda” a la estigmatización hecha por la “derecha” es, a su vez, la estigmatización de esa “derecha”.  Es el enemigo; por tanto, el monstruo. Se puede entender que esta reacción de defensa y, después, de ataque, ayude “ideológicamente” a cohesionar y fortalecer las luchas contra las dominaciones; sin embargo, termina incorporando a la “izquierda” en el círculo vicioso del poder.  Cuando la “izquierda” toma el poder, convierte esta estigmatización   “ideológica” en una descalificación institucional. No se da cuenta que hace lo mismo que hizo la “derecha”.  No se trata de una defensa formalista de los derechos civiles y políticos liberales, sino de señalar una recurrencia compartida, la de la reproducción del poder, del esquematismo dualista del poder.

 

En el fondo, se cobija el “huevo de la serpiente”, utilizando esta metáfora de la película que lleva el mismo título, de Ingmar Bergman; la “izquierda”, de víctima, pasa a ser, el verdugo. No se trata, de ninguna manera, de pacifismo, ni de humanismo light, sino de comprender una fenomenología perversa, la del poder. Para decirlo, de alguna manera, al poder no le interesa que sea la “derecha” o la “izquierda” la que esté en el poder, sino que lo que le interesa es su reproducción; que el poder se reproduzca como tal, como poder, como maquinaria abstracta, que captura fuerzas de la potencia social.

 

Dijimos que no es suficiente la denuncia contra el poder, contra el Estado, contra el gobierno, aunque ayude a describir los efectos destructivos del poder, pues la denuncia, a secas, nos convierte en víctimas, que es la figura paradójica que forma parte de la reproducción de poder. El poder requiere de víctimas pues son sus cuerpos, los de las víctimas, objeto y materia del poder, donde el poder inscribe en la superficie de los cuerpos la historia política y en el espesor de los cuerpos constituye las subjetividades domesticadas, disciplinadas, controladas. Las víctimas al mostrar sus heridas, reconocen al amo, al verdugo, de quién piden conmiseración, a quien le reclaman reivindicaciones. No es que sea incorrecto que se la pida o las consiga, mejor si obtiene estos resultados, sino que el amo también se reivindica al cumplir con sus exigencias, incluso al no cumplirlas, inventando excusa para no hacerlo.  Las víctimas forman parte de la paradoja del poder víctima/verdugo.

 

Para romper con la reproducción del poder se requiere salir de este papel de víctimas; se requiere asumir la condición de guerreros y guerreras. Los guerreros y las guerreras, a diferencia de las víctimas, no muestran las heridas al amo para obtener su conmiseración, sino que luchan contra su condición de amo, luchan por abolir esta condición, luchan por destruir la estructura de poder. Se trata de rechazar el marco institucional en el que se mueven y funcionan estas relaciones de dominación, amo/víctima, patrón/siervo, burgués/proletario, patriarca/mujer, blanco/indio, blanco/negro, dominante/subalterno.

 

Cosa distinta es comprender las transiciones obligadas, los pasajes obligados, debido a las correlaciones de fuerzas, que condicionan diálogos, negociaciones, concesiones, acuerdos, en el camino, entre dominadores y dominados; acuerdos obligados en la lucha. De ninguna manera esto implica jugar el papel de víctimas. Este papel esconde un arquetipo religioso, el de ángeles y demonios. Las víctimas son los ángeles, los amos, verdugos, patrones, en definitiva, el enemigo, son los demonios. Este arquetipo religioso no solamente encierra la descalificación del enemigo, convertido en demonio, sino que justifica su ajusticiamiento y aniquilación. No hay ningún horror aquí, en lo que decimos, a la violencia revolucionaria, a la cual no se renuncia, sino que se señala un paralelo simétrico a las actuaciones políticas del enemigo. No se sale del modelo reiterativo de la política institucional, que es, no otra cosa, que la política estatal. No se sale del círculo vicioso del poder, que entrampa precisamente a los y las que son los y las explotadas, a los y las subalternas, a los y las colonizadas, en las mallas reiterativas del poder.

 

La reiteración de este modelo político, en su estructura profunda, aunque varían las formas, los discursos, los nombres en el discurso, aunque varíen los objetivos por los que se hace esto, la reproducción del poder, sean diferentes y opuestos, termina reproduciendo, si no es lo mismo, por lo menos, lo equivalente, de las formas de poder. Una nueva élite se hace cargo del poder a nombre de las víctimas; las víctimas no dejan de serlo, pues la élite de “revolucionarios” las requiere, precisamente para mantenerse en el poder, restregando su existencia a la élite derrocada. Las historias políticas de la modernidad, sobre todo las referidas a las revoluciones, no solo socialistas, sino también populistas y nacionalistas, son una constatación de estas paradojas históricas del poder.

 

La “izquierda” sigue demonizando al enemigo; con lo que, se impide el conocimiento de la mecánica de las fuerzas en juego. Si bien la estigmatización del enemigo sirvió en las convocatorias y en las luchas “ideológicas”, sobre todo para cohesionar y fortalecer las propias fuerzas, cuando se requiere de trasformaciones, sobre todo de la continuación de la lucha y de la revolución, estos procedimientos, mas bien, estancan, inhiben las fuerzas, obstaculizan en el camino, arrastrando a las movilizaciones y movimientos sociales a preservar las estructuras de poder contra las que combatieron. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que haya que amortiguar la lucha, que se tenga que ser menos virulentos, sino que no se debe apuntalar las fuerzas sociales desbordantes de la revolución a reiterar el arquetipo dualista de poder; se debe apuntalar las fuerzas a la destrucción del poder y a liberar la potencia social.

 

La crítica a los gobiernos progresistas, que, obviamente, no es la misma crítica e interpelación que la hecha a los gobiernos neoliberales, no debería efectuarse en el mismo sentido del dualismo amigo/enemigo, estigmatizando al enemigo, con la demonización del enemigo; viendo en él un monstruo. Esto no es otra cosa que hacer lo mismo, que hace precisamente el criticado, el gobierno progresista, que estigmatiza y demoniza, a su enemigo, a los movimientos sociales que lo interpelan y a las críticas que lo cuestionan. Al hacer lo mismo se fortalece, paradójicamente, al que se quiere interpelar y criticar, pues se usa su mismo método descalificador, usando el mismo paradigma de poder.

 

Esta “izquierda”, la que crítica al gobierno populista, por más buenas intenciones que tenga, incuba el “huevo de la serpiente”. Estando en el gobierno haría prácticamente lo mismo, incluso en el caso que lo haga mejor. Las víctimas no solamente se convierten en verdugos, sino en jueces absolutos. Los ángeles llevan a la hoguera a los demonios. Son los nuevos artífices del nuevo poder, quiéranlo o no. Esta premonición se anticipa, en este papel de víctimas, en esta figuración de ángeles o “revolucionarios” consecuentes, frente a los demonios o “reaccionarios”, también “traidores”. En el fondo, todo esto son juegos de poder. Se demanda reconocimiento, sobre todo a sus papeles. Decimos la verdad, los otros mienten, de la misma manera que lo hacen lo voceros del gobierno populista, solo que desde distintas posiciones. Somos los “revolucionarios” consecuentes, los otros son los “traidores”, somos los “descolonizadores” consecuentes, los otros los continuadores de la colonialidad. No se trata, de ninguna manera, de quitar responsabilidades a los actos gubernamentales ni a los personajes patéticos que ocupan el gobierno, sino de no limitar, restringir, empobrecer, la comprensión de lo que sucede; por lo tanto, de no limitar los alcances de las acciones y prácticas revolucionarias.

 

Ni hay ángeles peleando contra demonios, ni víctimas contra perversos monstruos, no hay “revolucionarios” absolutos peleando contra “traidores” absolutos; no es sostenible este esquematismo dualista.  Se trata de luchas efectivas, concretas, de los pueblos, sociedades, comunidades, incluso individuos, contra las formas de dominación polimorfas, contra las estructuras de poder recurrentes. Esta lucha, para ser efectiva, tiene que desmantelar el Estado, tiene que deconstruir las mallas institucionales, donde se sostienen las dominaciones, tiene que desvanecer las relaciones donde se tejen las estructuras de poder. La política más allá de la política es la que se construye en la perspectiva y práctica que está más allá del esquematismo dual amigo/enemigo.

 

 

 

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Más allá del amigo y el enemigo. Dinámicas moleculares. La Paz 2015.

 

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Un pensamiento en “La invención del enemigo”

  1. Y por que no podria ser al reves? En lo pertinente a “La Invencion del Enemigo”?Kripke ya plantea lo que denomina como el “abandono de la bivalencia” en cuanto a solucion a las paradojas semanticas. Es decir pretender otorgar al “otro” extraordinarias facultades del “inventar”. Como traviesa justificacion de la auto-derrota.y por tanto inconciente victimizacion de la identidad cientifica.A mi me agobia el que hayan “demorado” tanto Rafo,elcorcho,.Alejandro,vos Chato,Yoyo, Nano y el Cachin,entre muchos otros pares del pensar.En visibilizar el verdadero YO detras la ilusion del proceso de cambio.Acaso el conspicuo silencio al ocultar LA VERDAD anterior, no fue reprochablemente bivalente? Plagado de relatividad moral acorde al costo-beneficio de la politica oportunidad ? O fueron realmente asi descomunalmente de ingenuos?

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