Clientelismo y corrupción

Clientelismo y corrupción

Raúl Prada Alcoreza

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El Estado-nación no deja de ser lo que es, sea el gobierno que sea; liberal, nacionalista, neoliberal o, en su caso, progresista. El Estado-nación subalterno, concesione sin soberanía al modo neoliberal o nacionalice al modo progresista los recursos naturales, no deja de transferir las materias primas de las periferias al centro del sistema-mundo capitalista. El Estado es el dispositivo de poder y de gobernabilidad del orden mundial, en el país o la región para administrar esta transferencia de los recursos naturales en el proceso de acumulación originaria y ampliada de capital.  Digan lo que digan los discursos, pretendan lo que pretendan los gobiernos, incluso, en el caso difícil de darse, de las buenas intenciones, no es posible modificar esta estructura de dominación impuesta por la geopolítica del sistema-mundo capitalista: Las periferias no han dejado de ser las colonias donde se extraen los recursos naturales para alimentar la vorágine del proceso de la renovada y móvil revolución industrial del capitalismo, en constante traslación. Incluso en el caso de las nacionalizaciones, que es el acto soberano de recuperación del control de las materias primas y los recursos, además de las empresas, reparaciones que modifican los términos de intercambio. Esta especie de condena se debe a la división del trabajo y del mercado mundial. En el mejor de los casos, en las condiciones dadas por la denominada sustitución de importaciones; es decir, de la revolución industrial local, lo que ocurre es, en la mejor perspectiva, poco probable por cierto, de la emergencia de una nueva potencia industrial, es de ingresar a la zona privilegiada del centro móvil del sistema-mundo capitalista, sin cambiarlo, indiscutiblemente. En casos de menor alcance, puede ocurrir que se mejore solamente las relaciones de los términos de intercambio; empero, lo que es difícil es salir de la condición de dependencia.

En estas condiciones económicas, que parecen repetir una regularidad de las genealogías del poder, se reproducen también formas de dominación perversas, que hemos llamado economía política del chantaje; formas en las que entra como clasificación la corrosión institucional y la corrupción, en sus variadas formas. Este procedimiento de poder es compartido por las distintas formas gubernamentales modernas; las liberales, nacionalistas y populistas. El poder no se disocia de su continuidad perversa, la corrosión institucional y la corrupción. Los gobiernos populistas realizan este procedimiento implícito del poder en su forma clientelar.  Procedimiento al cual los gobiernos no populistas están restringidos, pues no tienen la convocatoria de estos gobiernos mesiánicos. Si los gobiernos populistas emergen de una “revolución” o de una movilización prolongada, una vez concluida la “revolución” o, en su caso, la movilización, una vez agotada la legitimidad otorgada por la “revolución” o la movilización, continúan la preservación del poder por la expansión cuantitativa y masiva del clientelismo, que es una relación difundida del diagrama de poder del modelo patriarcal proliferante; el mito del caudillo.

Las relaciones clientelares destruyen a las organizaciones sociales, destruyen sus autonomías organizativas, desmantelan las relaciones de las bases con las dirigencias, cooptando a las dirigencias. Vinculan subordinadamente a las dirigencias con el caudillo, en una relación de seducción y sumisión. El caudillo, sobre todo su entorno cómplice, logra mantener la “seducción” comprometiendo a la dirigencia sindical en las redes de relaciones clientelares. Se incita compromisos con distribución de fondos que amarran a las dirigencias con usos no lícitos de recursos dinerarios, con pleno conocimiento de los gobernantes. Cuando estalla el escándalo, los que pagan son las dirigencias y no los gobernantes y su gabinete, que tuvo, en su momento, pleno conocimiento de lo que ocurría. Este es un desenlace calculado por los gobernantes, quienes desplegaron estos métodos clientelares, comprometiendo a las dirigencias para cooptarlas.

El escándalo del Fondo Indígena en Bolivia, de la manera como es manejado por los medios de comunicación, es presentado como si la corrupción se restringiera a la dirigencia sindical, incluso la dirigencia indígena, sea oficialista o no. Esta manera de presentar los hechos es no solamente circunscrita, además de desinformada y segada, sino que, además de la aparente ingenuidad, es oficiosa, pues oculta y encubre, intencionadamente o no; es cómplice de lo que llamamos el diagrama de poder de la corrupción. El chivo expiatorio son las dirigencias visibles, pero no serán tocadas las cabezas del gobierno, que impulsaron estas cazas y cooptaciones de dirigencias vulnerables por procedimientos clientelares.  Lo que los medios de comunicación no pusieron en evidencia, es el papel que cumplen los gobernantes en esta estructura de poder de la economía política del chantaje.

No se trata de quitar responsabilidades a las dirigencias comprometidas, sino de comprender el alcance de la estrategia de las estructuras del poder clientelares, su funcionamiento en las formas de preservación del poder y de mantención de la figura del caudillo, recurriendo a las concomitancias del entorno palaciego y a toda clase de encubrimientos burocráticos y comunicacionales.

El Fondo Indígena, que fue diseñado, en principio, para apoyar las formas de gestión comunitarias, las formas de economía comunitarias, sostenidas por normas y procedimientos propios, por instituciones propias y autoridades originarias, terminó adulterada por intervención gubernamental, incorporando al Ministerio de Economía y Finanzas públicas, a las organizaciones campesinas, quienes se llevan la mayor parte sustantiva de los fondos, en proyectos no comunitarios. Estas adulteraciones se deformaron al punto de encontrar en el Fondo Indígena el mecanismo indispensable de cooptación de la dirigencia por medio del enriquecimiento privado y personal. Formando esta cooptación parte de el diagrama de poder de la corrupción, que sostiene al gobierno populista en la función de dominio político en la que se encuentra, a pesar de todo.

Para lograr el cumplimiento de los objetivos de las relaciones clientelares, se mueve todo el aparato estatal, incluyendo también al órgano judicial, así como a la Contraloría, de tal manera, que si el escándalo alcanza magnitudes incontrolables, pueda juzgarse a los peces chicos, pero no a los peces grandes. Entonces ocurre como la instalación velada de un régimen de complicidades no dichas, empero efectivas y pragmáticas, no solo del aparato estatal, de la burocracia gubernamental, además de los medios de comunicación, sino también, y esto es lo más grave, de contingentes de la sociedad misma. Este conformismo, si podemos hablar así, es pues cómplice de la corrupción descollante.

Por cierto, no es el Fondo Indígena el único dispositivo de este diagrama de poder de la corrupción; en verdad, es un mapa de dispositivos económicos que funcionan como redes clientelares en los circuitos de una economía extractivista y un Estado rentista.

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