El conservadurismo de los gobiernos progresistas

El conservadurismo de los gobiernos progresistas

 

Raúl Prada Alcoreza

El conservadurismo de los gobiernos progresistas

Se denomina gobiernos progresistas a estas expresiones políticas que forman parte del llamado viraje a la “izquierda”, dado por los gobiernos populistas, con pretensiones del nuevo socialismo, el del siglo XXI. Después de la experiencia política vivida respecto de estos gobiernos, que incluso han continuado secuenciales gestiones, podemos preguntarnos sobre el carácter de este progresismo, calificativo atribuido por los intelectuales de “izquierda”.

Se dice que estos gobiernos son progresistas porque se oponen al neoliberalismo, que remplazan a los gobiernos neoliberales, que los antecedieron; siguiendo otra ruta, la de la soberanía nacional, la de la recuperación de los recursos naturales, en manos extranjeras; la de la ampliación de los derechos democráticos, no solo reestableciendo los derechos del trabajo y sociales, anulados por el neoliberalismo, sino incorporando derechos colectivos. Se identifica este viraje a la “izquierda” con la declarada transición al socialismo, puesta como finalidad de estos gobiernos. Se puede llegar a aceptar estos contrastes de los gobiernos progresistas respecto a los gobiernos neoliberales; empero, ¿es suficiente este contraste para decláralos progresistas? ¿Progresismo respecto a qué? ¿Al neoliberalismo? Por cierto, que puede ser; sin embargo, ¿se puede sostener este calificativo de progresismo cuando hablamos de las problemáticas enfrentadas en la actualidad? Por ejemplo, el impacto destructivo del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. ¿No observamos acaso que estos gobiernos progresistas son los más compulsivos extractivistas? ¿Podemos hablar en este caso de progresismo? ¿No es más bien lo contrario, conservadurismo? Otro ejemplo, los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, que corresponden a las tareas de descolonización. ¿No han mostrado, patentemente, más bien, estos gobiernos progresistas, su apego, hasta fanático, por el desarrollo y el progreso; mitos cuestionados en la contemporaneidad, llevándoles, esta ansiedad moderna, a políticas anti-indígenas?  ¿Dónde está aquí el progresismo? ¿Si hablamos de la profundización de la democracia, no han manifestado abiertamente un endurecimiento centralista, autoritario, vertical y burocrático, llevando al extremo el culto a la personalidad del caudillo; mito al que recurren para cohesionarse, en vez de las convocatorias democráticas y participativas? ¿Dónde está aquí lo progresista? Más parece, evidentemente, retornos a los conservadurismos recalcitrantes de formas de poder centralizantes, verticalistas, autoritarias, burocráticas, que caracterizaron a los gobiernos conservadores y nacionalistas de “derecha”. Entonces, ¿qué quieren decir los intelectuales de “izquierda” cuando hablan de progresista, calificando a estos gobiernos del viraje a la “izquierda”?

Podemos, incluso, ir a más detalle. Cuando revisamos sus políticas soberanas, vemos, que después de nacionalizar, si es que lo hicieron, en vez de comprar acciones, como en cualquier bolsa de valores, terminan cediendo a las presiones de las empresas trasnacionales “nacionalizadas”, a las que se les indemniza, se les restituye “gastos declarados”, sin control; empresas, que siguen teniendo el control general de los mercados y del monopolio de la industrialización, incluso, como en el caso de Bolivia, el control técnico de la empresa nacionalizada. Industrialización, ahora, en manos de las llamadas potencias emergentes, industrialización que subsume las materias primas a la vorágine de la valorización. Los gobiernos progresistas vuelven a convocar a las empresas privadas, sobre todo trasnacionales, para otorgarles concesiones. ¿Dónde está el progresismo aquí? Sobre todo teniendo en cuenta, que no nos encontramos en la mitad del siglo XX, cuando los gobiernos nacionalistas de “izquierda” y populistas nacionalizaban expropiando e intentaban la ruta de la sustitución de importaciones. Nos encontramos ya en el siglo XXI cuando el mito de la industrialización se ha desvanecido ante el avance de la revolución tecnológica, científica y cibernética. Los gobiernos progresistas del siglo XXI no son consecuentes como lo fueron los gobiernos nacionalistas de “izquierda” y populistas del siglo XX, en estos temas. Vemos que en esto, hay por lo menos un doble reforzamiento conservador; respecto a los gobiernos nacionalistas de “izquierda” del siglo XX, están en rezago y distantes, pues no son consecuentes como aquéllos lo fueron. Ciertamente hay que considerar el anacronismo, parcialmente alterativo[1], del gobierno bolivariano de Venezuela, que a diferencia de los otros gobiernos progresistas, forma parte protagónica de la revolución nacional-popular, denominada revolución bolivariana, combinada con la conformación de comunas autogestionarias y de misiones, que son, estas últimas, los proyectos sociales del gobierno, en gran escala, como disposiciones y recorridos a lo que llama socialismo del siglo XXI.

Respecto a la revolución tecnológica-científica-cibernética, los gobiernos progresistas no la han asumido ni la entienden, salvo quizás lo que ocurre con el gobierno progresista de la potencia emergente de Brasil; no entra en su imaginario, solo atinan a repetir tardíamente el anhelo de reproducir la revolución industrial británica en su país y dos siglos después. Con el aditamento que no tienen el cuidado de conformar las condiciones de posibilidad de la industrialización; condiciones de posibilidad, que obviamente, no se restringen a la nacionalización, pues se requiere una revolución cultural y científica, incluso, aunque no compartimos, con características modernas, de las más actuales, requiere de la masa crítica de científicos, por lo tanto, de su formación. Otra vez, en este caso, es una excepción Brasil, pero también Argentina; sin embargo, en el caso Argentino, esto es logro del pasado; las irradiaciones de la revolución industrial peronista, no tanto así una preocupación del momento. Por eso mismo, se puede decir que Brasil está más avanzado, ahora, en lo que corresponde a tomar en cuenta e implementar, parcialmente, las revoluciones tecnológicas, científicas y cibernéticas. ¿Dónde está pues el progresismo de estos gobiernos? En la cabeza de los intelectuales de “izquierda”, que se han convertido en los apologistas de estos gobiernos barrocos.

El panorama se complica, si relacionamos a estos gobiernos progresistas con las responsabilidades y tareas ecológicas, que nos compete a las sociedades humanas en la contemporaneidad. Los gobiernos progresistas han convertido a la ecología en una enemiga, casi aliada, si no lo es ya, en su imaginario, del “imperialismo”. Llama la atención esta conducta anti-ecologista, no solamente debido al contraste de esta conducta extractivista con su demagogia de “defensa de la madre tierra”, sino porque, hoy, la lucha ecologista forma parte de la lucha anti-capitalista, del capitalismo de hoy, no del fantasma del capitalismo de mediados del siglo XX, que es la figura que tienen en su imaginario los gobiernos progresistas. No hablamos del ecologismo “light”[2], sino del ecologismo como tal, como teoría de la complejidad, como práctica de integración de las sociedades humanas a los ciclos vitales de los ecosistemas[3]. Los gobiernos progresistas no defienden, efectivamente, es decir, en la práctica, a la madre tierra, menos los derechos de los seres de la madre tierra y sus ciclos vitales; tampoco son, efectivamente, en la práctica, anti-capitalistas, salvo solo de palabra, en dramáticos discursos, donde se desgarran las vestiduras; empero, promueven, efectivamente, el capitalismo, en todas sus formas, desde el capitalismo salvaje hasta el capitalismo monopólico trasnacional, pasando por el capitalismo cooperativo, el capitalismo comercial, llegando a promover el capitalismo más devastador, el capitalismo financiero, íntimamente vinculado al capitalismo extractivista.

Si comparamos a los gobiernos progresistas con todos estos otros referentes, dejando la comparación con los gobiernos neoliberales, que es el único referente donde podría llamarse a estos gobiernos como progresistas relativos, vemos que estos gobiernos son abrumadoramente conservadores.

La caracterización exhaustiva de estos gobiernos “progresistas” adquiere un tono grave si comparamos sus políticas, su perfil político, con las tareas urgentes, emancipadoras, de desmotar las estructuras patriarcales, que en conjunto, hacen a la matriz de los diagramas de poder patriarcal. La exacerbación machista, en todas sus formas, se exalta en estos gobiernos populistas. Es aquí, en este lugar, donde vemos claramente el barroco perfil, el contenido, la expresión conservadores de estos gobiernos “progresistas”.

Añadiendo un tópico más, si comparamos a los gobiernos progresistas con la tan decantada e institucionalizada tarea de integración continental, la integración de América Latina y el caribe, vemos que a lo único que llegan estos gobiernos es, saliendo del imaginario del discurso de integración, a conformar instituciones de integración, que alimentan la burocracia de las utopías no cumplidas. Estos gobiernos están lejos de encaminarse a la constitución la Patria Grande; en la práctica, reviven la reproducción, en distintas versiones, de las repúblicas que instauraron sus oligarquías.

Entonces la insostenibilidad de una caracterización como la de los gobiernos progresistas es problema del imaginario intelectual de “izquierda”, que prefiere recurrir al esquematismo dual de conservadores/progresistas, derechas/izquierdas, neoliberales/posneoliberales, para justificar sus tibias posiciones críticas y sus cómplices posiciones inactivas, empero si apologistas.

 

¿Qué son los gobiernos progresistas?

La diferencia que los distingue de los gobiernos neoliberales solo los caracteriza parcialmente; hay que buscar, en el orden de relaciones con el mundo, otras peculiaridades de estos gobiernos, para lograr una caracterización completa, por lo menos en una coyuntura, mejor si es una gestión, mucho más en gestiones de un periodo. Como hemos visto, las otras peculiaridades logradas, precisamente por estas relaciones en el orden del mundo, pero, también en el desorden del mundo, por así decirlo, muestran, mas bien, analogías que comparten con otras formas de gobierno, incluso los gobiernos neoliberales. Analogías que tienen que ver, en primer lugar, con la forma de Estado; se trata del Estado liberal, instaurado, después de las guerras de independencia. No se puede decir que esta forma de Estado haya cambiado, ni con la revolución nacional-popular, ni menos, ahora, con la llegada de los gobiernos progresistas. Siguen siendo repúblicas, por más que el discurso de uno de los gobiernos progresistas, el que se reclama de “gobierno de los movimientos sociales”, incluso pretende ser “gobierno indígena”, diga que no lo es. La república se caracteriza por la forma de Estado, que separa sociedad de Estado, que constituye la formalidad institucionalizada de la democracia representativa, conformando la división de poderes, que, aunque no se cumplan en la práctica, encontrándose los órganos de poder controlados por el ejecutivo, de todas maneras está en la arquitectura estructural del Estado y en el modelo ideal del funcionamiento de este Estado, está en su Constitución. Ni con la revolución nacional, ni con la llamada “revolución cultural y democrática”, en otro país se llama “revolución ciudadana”, el Estado ha dejado de ser liberal. Las palabras y los discursos no tienen la magia para cambiar la forma de Estado. Que la Constitución establezca la condición y la estructura jurídica-política de Estado Plurinacional, no quiere decir que se cumpla, por arte de norma establecida; pues para que ocurra esto tienen que darse transformaciones estructurales e institucionales, que trastoquen la forma de Estado. Esto no ha ocurrido. En la historia política moderna, los únicos lugares donde se ha dado el trastrocamiento en la forma de Estado es donde se dieron las llamadas revoluciones socialistas, que conformaron lo que se conoce como socialismo real.

Los gobiernos progresistas no efectuaron las transformaciones estructurales e institucionales, que ocasionen la transformación de la forma de Estado, como ocurrió en el socialismo real. Estas transformaciones podían haber sido de otra manera, con otras rutas, como lo que establece la Constitución boliviana, instaurando, jurídicamente, la condición plurinacional, la condición comunitaria, la condición autonómica, la condición intercultural, la condición participativa y la condición ecológica. Sin embargo, estas condiciones quedaron en la Constitución; el gobierno progresista boliviano ha consolidado, como no lo hizo el gobierno de la revolución nacional, el Estado-nación; es decir, ha avanzado más en la consolidación del Estado-nación que lo efectuado por el gobierno de la revolución nacional.

Los dos gobiernos progresistas, cuyas constituciones establecen la condición plurinacional del Estado, han dejado esta condición jurídico-política en la Constitución, para abocarse, en la práctica, a consolidar el Estado-nación. El gobierno progresista de Venezuela, cuya Constitución no tiene la pretensión plurinacional, sino claramente de consolidación plena y soberana de Estado-nación, no manifiesta, en la práctica, este desajuste, esta dislocación entre Constitución y las prácticas políticas. Sin embargo, la Constitución bolivariana expresa la condición participativa, incluso comunitaria del Estado; participación que llegó hasta la conformación de las comunas. Ahí se quedó, pues la participación no salió de esta innegable experiencia autogestionaria, aunque sea parcialmente autogestionaria, tal como establece la Constitución, empero, circunscrita a áreas delimitadas de la sociedad, sin llegar a transformar la relación Estado y sociedad. El Estado sigue siendo la institución imaginaria de la sociedad y la sociedad sigue subordinada, desvalorizada frente al ideal del Estado, que pretende ser la síntesis de la sociedad, la sociedad política.  Las prácticas políticas no han dejado su elaboración burocrática, la racionalidad vertical y diferida, concentrada desmesuradamente en la función presidencialista; no han abandonado, de ninguna manera, la razón de Estado.  A pesar de los avances, se está lejos de la democracia participativa integral y de una sociedad comunitaria autogestionaria, como proyecta la Constitución.

En lo que respecta al gobierno progresistas de Brasil, recogiendo lo que dijimos en Acontecimiento Brasil, en Gramatología del acontecimiento y en Acontecimiento Político[4], queda claro que la práctica política de las gestiones de gobierno del Partido de los Trabajadores está muy lejos del proyecto socialista del PT. Ciertamente las condiciones sociales de amplias mayorías han mejorado, sobre todo en el sentido de su aburguesamiento, incorporando a grandes contingentes poblacionales a las clases medias; cincuenta millones según Raúl Zibechi[5]. Pero, se está lejos de haber atendido las necesidades de los otros grandes contingentes de un país de más de 200 millones de habitantes. También no se ven sustanciales avances en lo que respecta a su independencia económica, a pesar de ser considerada Brasil potencia emergente. Francisco de Oliveira denomina a la composición abigarrada de la formación económica-social brasilera el neo-atraso brasilero, comparándola, metafóricamente, con un ornitorrinco[6]. Estamos ante la prolongación social, pues no podemos llamarla socialista, de lo que Francisco de Oliveira llama la modernización conservadora.

Los otros gobiernos progresistas, que se parecen menos a serlo, pues están mucho más cerca de lo que fueron los gobiernos neoliberales, que lo que ocurre con los anteriores gobiernos progresistas mencionados, son los gobiernos de Argentina y de Uruguay. Usando una descripción figurativa de Mariestella Svampa, en lo que respecta a Argentina, podemos decir que se vive la prolongación del eterno retorno peronista. No se trata, de ninguna manera, de desconocer los desplazamientos logrados en la formación económico-social argentina por la revolución populista. Indudablemente el peronismo fue un acto de soberanía, con todas las contradicciones que arrastró esta revolución populista, como en el caso de Getúlio Vargas, en Brasil; tampoco de desconocer desplazamientos, de menor envergadura, de los gobiernos kirchneristas respecto a los gobiernos neoliberales; sino de conmensurar la magnitud del progresismo de estos gobiernos rioplatenses en comparación de la magnitud del progresismo de los anteriores gobiernos progresistas mencionados. Si bien todos los gobiernos progresistas, incluyendo al gobierno progresista de Nicaragua, del que no mencionamos todavía, ni tampoco auscultaremos en este ensayo, además de otros gobiernos no progresistas, conforman el ALBA, haciéndolos afines en lo que respecta a la integración latinoamericana y del Caribe, esto no quiere decir que sean por igual progresistas.

Estamos en menos condiciones para decir algo que no sea una generalidad, en lo que respecta a Uruguay. Nos falta información; posponemos su caracterización más detallada para después; otro ensayo. De todas maneras, la impresión que tenemos es que el progresismo uruguayo no abandonó el modelo neoliberal; incluso estaría rezagado en esto en comparación con el gobierno progresista argentino.

Volviendo a la pregunta ¿qué son los gobiernos progresistas?, proponemos las siguientes caracterizaciones:

Caracterización genealógica de los gobiernos progresistas

  1. Los gobiernos progresistas del siglo XXI son la expresión crepuscular del Estado-nación, en plena crisis múltiple Crisis no solo de legitimación, por lo tanto, crisis “ideológica”, sino crisis estructural de la forma Estado, en todas sus variaciones. Se trata de la crisis del Estado como institución imaginaria de la sociedad y como estructura de poder institucionalizada. Si se muestran progresistas, a los ojos bondadosos de los intelectuales de “izquierda”, es porque la crisis múltiple del Estado-nación la experimentan acompañados por el pueblo, que también ve con ojos esperanzadores a estos gobiernos del viraje a la “izquierda.
  1. En los gobiernos progresistas se manifiesta políticamente la crisis social, la crisis de la sociedad, que ha sido capturada por las mallas institucionales del Estado. Sociedades institucionalizadas que todavía apuestan a la esperanza y expectativa de lograr transiciones adecuadas, en el camino de las emancipaciones, a través de estos gobiernos progresistas, que tienen de progresistas más en las pretensiones discursivas que en el ejercicio práctico del poder, en el ejercicio y ejecución de las política de gestiones, que son, mas bien, la recurrencia reiterativa de las políticas burocráticas establecidas en la arquitectura del Estado moderno y en las prescripciones del orden mundial.
  1. Los gobiernos progresistas juegan y se mueven en los límites de los márgenes de maniobra, que deja abiertos el sistema-mundo capitalista. No cruzan estos límites, se quedan como en el umbral del otro horizonte o los otros horizontes histórico-políticos-culturales-civilizatorios por venir. En este sentido, los gobiernos progresistas forman parte del sistema-mundo capitalista, de la economía-mundo capitalista y del orden mundial, del imperio. Garantizan en las periferias del sistema-mundo el funcionamiento de la geopolítica del sistema-mundo, que ahora diferencia tres de espaciamientos; centros, periferias y potencias emergentes, entonces, mediaciones geopolíticos de amortiguamiento.
  1. Desde la perspectiva de las estructuras de larga duración, los gobiernos progresistas son la continuidad apaciguada de la colonialidad. Se comportan como los gobiernos conservadores, después liberales, seguidos por los nacionalistas, en esta secuencia, por los gobiernos neoliberales, culminando con los gobiernos populistas, en lo que respecta a las naciones y pueblos indígenas originarios. Como todos los gobiernos mencionados, tienen en sus cabezas una vaga astronomía del desarrollo, convertido en mito y finalidad suprema. Este imaginario desarrollista, que, sin embargo, adquiere connotaciones paradójicas con su apego al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, los lleva a comportarse como gobiernos anti-indígenas. En el fondo, aunque no lo declaren abiertamente, las más de las veces, de todas maneras, develándose, de vez en cuando, en declaraciones repentinas y agitadas ante las interpelaciones de los pueblos indígenas, conciben a las naciones y pueblos indígenas, a sus comunidades y territorios como obstáculos para el desarrollo.
  1. Los gobiernos progresistas, como los otros gobiernos, son anti-ecologistas. Su imaginario desarrollista obstruye su visión, la que se ciega ante la evidencia de la crisis ecológica, llamada eufemísticamente cambio climático.
  1. Los gobiernos progresistas son patriarcales hasta la médula del hueso. Si bien, toman en sus discursos las “reivindicaciones de las mujeres”, esto no los hace no patriarcales y no machistas; es apenas un gesto magnánimo de condolencia sobre las dominadas y subordinadas mujeres de parte del patriarca progresista.
  1. Los gobiernos progresistas son la evolución, usando ilustrativamente este término discutible, de la matriz republicana, instaurada por las oligarquías regionales del continente, que se opusieron al proyecto de la patria grande, tanto en la versión indígena de Túpac Amaru, como en la versión liberal de Simón Bolívar.

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Anacronismos conservadores. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/anacronismos-conservadores-o-anacronismos-alterativos/.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Ecologismo “light”. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. También https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/19/el-ecologismo-light/.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Episteme compleja. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.  http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/episteme-compleja/.

[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político, también Gramatología del acontecimiento. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[5] Ver de Raúl Zibechi Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo. Ediciones desde abajo; Bogotá, D.C. – Colombia, marzo de 2012. Raúl Zibechi escribe: Como puede observarse… la mayoría absoluta de la población era pobre, pues tenía un ingreso familiar menor a tres salarios mínimos. Para 2010 las clases medias (el grupo C) crecieron en 30 millones de personas llegando a ser el 50% de la población, y en 2014 se estima llegará al 56%, unos 113 millones117. En tanto los sectores más pobres llegarían a ser por primera vez en la historia de Brasil menos de un tercio de la población. Estamos hablando de más de 50 millones de personas que ingresroan al consumo de masas. Ob. Cit.; págs. 50-51.

[6] Ver de Francisco de Oliveira El neo-atraso brasilero. El proceso de modernización conservadora, de Getúlio a Lula. Siglo XXI; Buenos Aires 2009.

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