Juzgar, poder y culpabilidad

Juzgar, poder y culpabilidad

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Juzgar, poder y culpabilidad

 

 

 

Juzgar es un acto de poder, por lo tanto, de dominación. El juzgar también es culpar, hallar al o la culpable; señalarlo o señalarla, acusarla, denunciarla. Por eso mismo, por esta “lógica” inherente y esta estrategia acusadora, es que, simétricamente, el que juzga se coloca como el bueno, el moral, el inocente, la víctima, o, en tanto juez, en la regla que mide el tamaño del crimen, del delito, la magnitud de la culpabilidad.

 

Este es uno de los problemas del círculo viciosos del poder. Cuando se castiga al o la culpable, el poder se ha realizado, dejando un escarmiento en el cuerpo del o la culpable. El poder ha demostrado que el crimen, el delito, la culpa, la anomalía, no escapan al orden del poder, al dominio del poder. Esa es la manera de enterrar tanto la culpa como el delito; sin embargo, no podría acabar ahí, pues el poder, para reproducirse, necesita más culpables, necesita que se cometan crímenes, delitos, anomalías, precisamente para poder reproducirse como dominación del orden.

¿Cómo explicar el círculo vicioso del poder? ¿Cómo explicar que los “revolucionarios” terminan, después de un tiempo, dependiendo de la singularidad, contexto y características de un “proceso de cambio”, haciendo lo mismo, algo parecido o equivalente de que lo que hacían a los que denunciaba; los hombres del poder derrocado? Recurrir al sentido común, que encuentra el mal en esos hombres, es tomar la ruta que no conduce a ninguna parte, por lo menos, en lo que respecta a comprender la mecánica y dinámica de lo que ocurre. Es otro círculo vicioso. Hay nuevos culpables, los traidores, los que han traicionado a la “revolución”. Basta con que estos nuevos juzgadores se encuentren en el lugar de los criticados, para comprobar que vuelve a suceder algo equivalente, aunque sea distinto, incluso mejorando las conductas y las políticas. Si es que no termina en tragedia o en caídas abruptas.

 

No se encuentra la salida en un cambio de personas, tampoco en que se mantengan las mismas personas. Si la estructura de poder se mantiene, aunque cambien las formas gubernamentales, aunque mejoren las políticas, incluso las gestiones y administraciones, entonces, la estructura de la trama se preserva; varían sus singulares y concretas narraciones, varían los personajes, quizás los contextos, las escenas.

 

Cuando los jueces son los que señalan a los traidores, repiten el acto inicial, por así decirlo, del primer juez, el sacerdote monoteísta de la única religión verdadera, de la única escritura sagrada. Juzgan al culpable de traición, colocándose en el lugar de la consecuencia, de la verdadera revolución. Vuelve a parecer la figura del juzgador, que es figura del poder y de la dominación. Por lo tanto, es el nuevo sustituto del personaje del poder.

 

No se dice, de ninguna manera, que no hay que denunciar, que no hay que describir la decadencia de un “proceso de cambio”, sino se apunta los límites de la denuncia, de la mera denuncia; denuncia que puede terminar siendo cómplice involuntaria de la reproducción del poder, al convertir la denuncia en un acto del juzgar, del juez, por lo tanto, del poder.

 

Para comenzar, basta con que se denuncie, para mostrar que, de todas maneras, hay una democracia, aunque sea opaca y difícil de reconocer. La situación se agrava, cuando la denuncia ingresa a los tribunales y es tratada institucionalmente. Con esto, el poder, por así decirlo, para ilustrar, se da la oportunidad de hacer funcionar todo el aparato jurídico, que forma parte del poder, como estructura normativa; también se da la oportunidad de evaluar el alcance de la denuncia, la consistencia de la misma. Lo mejor que puede ocurrir es que la denuncia sea aceptada, y, en consecuencia, se retribuya, reponga o reivindique a las víctimas. Con esto, las víctimas concretas se habrán reivindicado; empero, volverán a aparecer múltiples víctimas, las que no han tenido la oportunidad de señalar al poder, a las violencias de las dominaciones polimorfas. Con el resarcimiento de estas víctimas, el poder habrá ocultado, si es que no avalado, a las múltiples víctimas silenciosas o silenciadas. En el peor de los casos, la denuncia será rechazada por insostenible o por la presencia de circunstancias atenuantes o que explican las razones involuntarias del por qué ha ocurrido el drama desencadenado, empero, no buscado.  En el medio, de este intervalo, puede resultar una negociación de las partes. En todo caso, no dejará de haber víctimas, pues las víctimas son necesarias para la reproducción del poder. Lo paradójico es que con la reparación de unas víctimas, por parte de los culpables, se termina ocultando o justificando la situación de las múltiples victimas silenciosas o silenciadas.

 

La mera denuncia forma parte del funcionamiento de la estructura de poder, querámoslo o no.  La única manera de salir del círculo vicioso del poder es destruyendo la estructura de poder, que es la que constituye e instituye tanto a los verdugos y las víctimas, tanto a los culpables y los inocentes. Los “revolucionarios”, ungidos de piedad, de “moral revolucionaria”, de “consecuencia”, sobre todo de la potestad de juzgar, son los que remplazan a los anteriores sacerdotes, juzgadores institucionalizados, a los anteriores amos, patrones, autoritarios, déspotas y dictadores, aunque lo hagan de otra manera, en otros escenarios, en otros contextos, con otros personajes y con otros discursos.

 

En consecuencia, el contra-poder no juzga, no es juez, ni señala culpables, tampoco traidores, sino busca dinamitar al poder mismo, a la matriz de las dominaciones. Para hacerlo requiere de la comprensión de la mecánica y dinámica de las fuerzas intervinientes, entender el funcionamiento del evento, del suceso, de las secuencias de hechos, incluso de la participación y el papel de los personajes, protagonistas y actores del drama político. Se trata de preguntarse por qué ocurre, no así quién es el culpable.

 

Hipotéticamente, en teoría, si desaparece la estructura estructurante del poder, por lo tanto, la matriz instituida y constitutiva de las dominaciones, desaparecen también los que dominan, los que usan la violencia, sea legitima o no. Lo que conforma y configura todo esto son los diagramas de poder. En el fondo lo que constituye e instituye todo esto – fuera, obviamente de las responsabilidades subjetivas, personales, que no desaparecen, que atingen a quien compete, porque, al final uno o una escoge, decide, qué hace; decisiones que atingen a los dominantes y dominados, a los verdugos y víctimas –, es precisamente la estructura estructurante de poder, la matriz reproductora de las dominaciones.

 

Salir del círculo vicioso del poder es salir de la gravitación que lo genera. Es crear otros campos de fuerzas, que no generen el círculo o las orbitas del poder, sino que permitan el juego abierto de la potencia social. Si bien, lo que decimos resulta teórico, incluso hipotético, tiene más perspectiva en alterar el horizonte de poder de la modernidad, abriéndose al recorrido de otros horizontes, los cuales, por lo menos, pueden abandonar el círculo vicioso del poder. Hasta que no vivamos esas experiencias, hasta que no nos atrevamos a vivir otras experiencias, creando nuevas asociaciones, composiciones, estructuras institucionales, que sean herramientas de las sociedades y no sus principios y fines, no sus amos y señores normativos, no sabremos que otras problemáticas, en estos otros contextos, tendremos que afrontar. Volviendo a repetir, lo que tantas veces dijimos, parafraseando a Marx, no hay peor derrota que no haber intentado.

 

 

Como dijimos, si descartamos juzgar, si desechamos el juzgar, no es para convertir a los o las que se llama culpables por el sentido común, el sentido religioso, el sentido “ideológico”, el sentido político, en inocentes o en algo parecido, sino comprender la responsabilidad de cada quien. La culpabilidad es un concepto inoculado religiosamente; en principio, la culpa es algo parecido al pecado. La culpa más grande, se podría decir absoluta, es el pecado original. La culpa es manifestación subjetiva, intima, privada, de la consciencia culpable; en complementariedad recíproca, se encuentra el espíritu de venganza, que no es más que la metamorfosis inversa de la consciencia culpable. La función de la culpabilidad es hallar nuevamente al pecador en las acciones de los hombres, sobre todo cuando no cumplen con los mandamientos, después, con la ley del rey, del soberano, más tarde, con la ley de la república, también con la moral vigente. La culpabilidad funciona como explicación anticipada, predicha, presupuesta, preformada. Es la trama inaugural de la lucha del bien y el mal. Si, en un principio, se “explica” desde esta trama de ángeles y demonios, religiosamente, después, se explica “ideológicamente”, desde la misma trama, solo que en otra narración, donde los ángeles son los inocentes que luchan contra los culpables, son las víctimas que luchan contra los verdugos. La religión es la matriz, el substrato, de todas las “ideologías”; procede de la misma manera, basándose en la lógica inherente del esquematismo dual. Aunque los jueces modernos pretendan con su discurso “analítico”, incluso reclamado como discurso “científico”, por una corriente “ideológica”, que reclama de esta cualidad objetiva, la matriz, el substrato, de esta formación discursiva, no ha dejado el horizonte religioso, que hace de zócalo imaginario.

 

Ciertamente, no se deja de tener responsabilidad con los actos, las acciones y las prácticas, que se despliegan. La decisión, cualquiera sea esta, de cualquier forma que se conforme, se construye, se llegue, ya sea consciente, semiconsciente, incluso inconsciente, es tomada por cada quien. La responsabilidad es coraje – usando la palabra en el sentido dado por Foucault en Coraje de la verdad – o, en su defecto, cobardía; también es compromiso, así como incumbencia, del mismo modo, obligación; pero también sensatez, madurez, prudencia y equilibrio. En el código jurídico se la reclama como deber; aunque en este caso se vuelve a aproximar al paradigma religioso, bajo un discurso normativo. Lejos de esta connotación, circunscrita a los dualismos de la ley, la responsabilidad tiene que ver con el compromiso social, con la incumbencia en sociedad, con el cometido y o propósito individual, grupal, colectivo; también con la madurez lograda, con el cumplimiento alcanzado. Etimológicamente, la responsabilidad deriva de responsum, palabra latina, que alude a una forma de ser considerado sujeto de una deuda u obligación.

 

Desde esta perspectiva, no religiosa, no moral, no “ideológica”, la responsabilidad se asume como compromiso en los tejidos de la cohesión social. En este sentido los actores, los protagonistas, los ejecutores de las acciones, los que toman decisiones, son responsables. Siguiendo el hilo o, mejor dicho, los hilos, del tejido de nuestra argumentación, la responsabilidad no se juzga, positiva o negativamente, para bien o para mal, sino se la valora cualitativamente como incumbencia en la cohesión social.

 

La responsabilidad desde la complejidad

 

Lo que se llama responsabilidad, en las formaciones discursivas de las ciencias humanas, así también en las formaciones discursivas morales, también en las formaciones discursivas normativas, corresponde a lo que se presenta, impactando en distintos planos de intensidad del tejido social, como incidencia de los actos, las conductas, los comportamientos, las prácticas, así como acompañadas por códigos, decodificaciones, interpretaciones colectivas, imaginarios, vinculados a sensaciones, sentimientos, predisposiciones anímicas de las subjetividades sociales, en lo que respecta a la cohesión social.

 

La responsabilidad es una manifestación que acaece, por así decirlo, tanto en el interior como en el exterior de los cuerpos – usando estos términos dualistas, que ya desechamos; empero, lo hacemos didácticamente, para ilustrar mejor lo que queremos decir -; constelación de cuerpos entrelazados en ámbitos, campos y territorios de relaciones y prácticas. En la modernidad se habló de responsabilidad, en sus distintas tonalidades y acepciones, circunscribiendo este imperativo categórico, que es como deber, en la esfera del sujeto, obviando, por así decirlo, la exterioridad del sujeto, donde su acto y acción tiene impacto.  Esta manera de ver, se explica por la división del trabajo del análisis dado en las disciplinas científicas, en las facultades, en la modernidad. Sus objetos de estudio corresponden a esta división del trabajo como recortes selectivos de la realidad, para mejor control analítico y metodológico. De tal suerte, que también las teorías se correspondieron como a una división del trabajo de los saberes especializados. La consecuencia de esta división y especialización de los saberes modernos es que concibieron conceptos abstractos, homogéneos, cuya estructura categorial, corresponde a estos recortes de realidad, que, como se puede ver, no de dan efectivamente en la realidad, sinónimo de complejidad. Las ciencias humanas y sociales de la modernidad, ciertamente, captaron lo que consideraban características, condiciones, estructuras, regularidades, representativas y significativas, desentendiéndose del conjunto abigarrado de planos y espesores de intensidad, entrelazados, tal como se presenta la complejidad. Sin embargo, a pesar de la eficacia, a pesar de haber construido teorías descriptivas y explicativas de los procesos y fenómenos sociales, no pudo dar cuenta de la complejidad de estos fenómenos, de estos procesos, por lo tanto, de sus singularidades diferenciadas. Por eso optó, entre otras razones, por la generalización, así como por la universalización de las regularidades y estructuras que creía encontrar. Esta generalización y esta universalización, con la que creía resguardarse de las contrastaciones efectivas, muestran, mas bien, su vulnerabilidad, su debilidad, para explicar la complejidad, sinónimo de realidad.

 

Sin desconocer el aporte de estas ciencias humanas y sociales, es menester abrirse a la mirada plural, en la perspectiva del pensamiento complejo, ahora, en la incursión en la episteme de la complejidad, que corresponde a la experiencia social contemporánea, que devela la complejidad de los fenómenos sociales, que aparecen atravesando distintos planos y espesores de intensidad, del tejido social.

 

Nosotros interpretamos la llamada responsabilidad, que ciertamente tiene que adquirir otro nombre, en el acontecimiento social, como simultaneidad dinámica de percepciones, decodificaciones, imaginarios e instituciones sociales, que forman precisamente las articulaciones complejas de esta manifestación ético-social-política-cultural, que es la responsabilidad.

 

Sin seguir con la exposición teórica, que la dejamos para después, retomando el hilo de la exposición anterior, podemos ver que la consecuencia de lo que decimos es que nadie escapa a su responsabilidad. Ahora bien, como dijimos, la responsabilidad, vista de esta manera, no se juzga ni se norma; la responsabilidad es como la complementariedad empática y consensuada en sociedades alterativas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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