El mundo como espectáculo

El mundo como espectáculo

Raúl Prada Alcoreza

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Índice:

Prologo                                                                   

Emancipaciones y alteridad

Epistemología pluralista y descolonización

Anacronismos conservadores

o anacronismos alterativos                                                    

En el ojo de la coyuntura

Estados delincuenciales                                                          

La comparsa “autonómica”                                                  

Artilugios de las farsas                                        

Condena del imaginario llunk’u                           

Psicología del llunk’u                                            

La derrota del gobierno                                      

El conservadurismo

de los gobiernos progresistas                            

Decadencia

Itinerario de una decadencia                              

Juzgar, poder y culpabilidad                               

Alteridad

Alteridad y complejidad                                       

 

 

 

 

Prologo

Desde Anti-producción iniciamos una secuencia, se podría decir, ya tierra adentro, en lo que consideramos el espesor intenso de la episteme de la complejidad. Le sigue Diseminaciones, después viene El mundo como espectáculo; el ensayo que presentamos. Como decíamos, estos tres ensayos forman parte de las incursiones, tierra adentro, en lo que denominamos el pensamiento complejo. La explosión de la vida y Más acá y más allá de la mirada humana, que ya se concebían como desplazamientos, incluso como rupturas, respecto a la producción crítica anterior, vale decir la producción teórica que se viene acumulando desde Horizontes de la descolonización hasta Pensamiento propio, pasando por Descolonización y transición, siguiéndole Acontecimiento político, se pueden considerar como puentes que cruzan el rio, que separa estos bloques enunciativos. Miseria de la geopolítica corresponde a esta etapa; se trata de la crítica a la geopolítica extractivista del gobierno populista.  Aunque ya, en este transcurso de cruce, atravesando los umbrales y límites, ya se exponen consideraciones epistemológicas, que suponen el zócalo de la nueva episteme, denominada episteme compleja; zócalo epistemológico, que corresponde a la física contemporánea, la física relativista y la física cuántica. Se puede decir que estos ensayos de desplazamiento y, también, de ruptura, son, además de aventura de viaje, alejamiento, abandono e inicio de un nuevo comienzo, son, así mismo, el arribo al borde o la orilla de la nueva tierra. En Episteme compleja, se inicia la reflexión apropiada al pensamiento complejo, una vez arribados a las nuevas tierras.

En cambio, Cartografías histórico-políticas, Gramatología del acontecimiento, México: Intensidades sociales y territoriales, Continentes y océanos, estratificaciones y flujos de fuga, corresponden a lo que podemos decir la clausura de la acumulación crítica. Una especie de balance crítico de la crítica misma, así como un mapeo de las cartografías de poder y de las gramatologías de los acontecimientos. Una irradiación de estos ensayos es Las mallas del poder, que procede de la misma manera que los anteriores ensayos, ahora procedimiento aplicado a la evaluación crítica de las cartografías de poder en Bolivia, en el transcurso del llamado “proceso de cambio”. Lo mismo se puede decir de Paradojas de la revolución, que corresponde al debate con la “izquierda” tradicional marxista. En estos transcursos nos encontramos con Cartografías políticas y económicas del chantaje, que es como la irradiación crítica de estas cartografías y gramatologías, aplicadas a la interpelación de la gubernamentalidad clientelar del Estado rentista, correspondiente a la economía colonial extractivista del capitalismo dependiente. Acontecimiento libertario, es, mas bien, otra irradiación, empero, correspondiente a la acumulación crítica. Si hay algún desplazamiento y alguna ruptura, tiene que ver más con desplazamientos y rupturas políticas, pues se trata de la perspectiva anarquista, que se rebela a la perspectiva marxista, que considera obsoleta y conservadora.

Crítica de la economía política generalizada y La inscripción de la deuda, su conversión infinita forma parte de esta crítica de la economía política generalizada integrada a la crítica genealógica del poder. Se podría decir, que estos textos son como transversales en el recorrido de los desplazamientos que describimos, pues retoman perspectivas nómadas, que se encuentran expuestas ya en Acontecimiento político.

Crítica y complejidad, Contrastaciones, Signo-movimiento y Más allá de Nietzsche, forman parte del debate con la corriente conservadora, auto-identificada como liberal, que pretende hacer crítica del populismo, así como del marxismo; sin embargo, lo que hace es, buscar afirmar sus prejuicios “ideológicos” de clase y de casta.

Volviendo a la presentación de El mundo como espectáculo, que forma parte de la triada de ensayos que usan el pensamiento complejo, por lo tanto, moviéndose sueltamente en las aguas de la episteme compleja, para hacer la lectura e interpretación de la complejidad reconocida en los acontecimientos del presente. Se consideran los tejidos entrelazados de la complejidad, su simultaneidad dinámica integral de los acontecimientos, en sus distintas escalas, planos y espesores de intensidad. Se retoma la crítica, empero, ahora, desde la perspectiva, móvil, simultánea, desenvuelta, del pensamiento complejo.

La estructura de exposición se inicia con una reflexión teórica, para después tocar tópicos empíricos y singulares, que estallan como rosas de pólvora negra, usando las metáforas de Federico García Lorca. Luego se retoma la reflexión teórico, buscando las consecuencias del análisis complejo.

Emancipaciones y alteridad

Epistemología pluralista y descolonización[1]

Por decir algo, aproximándonos a lo que queremos decir, a partir de la experiencia y la memoria sensible, que es la vida misma. Por lo tanto, intentando hacer esto, desde la perspectiva de la complejidad; trataremos de abordar esos temas y tópicos, tan caros para nosotros, sobre todo tomando en cuenta la crítica epistemológica, que desplegamos, con distintas tonalidades y alcances, desde 1985. En este sentido, abordaremos dos temáticas y dos tópicos, el de la epistemología pluralista y el de la descolonización, a partir, ahora, desde la perspectiva de la complejidad.

Como se ha podido ver, desde nuestro punto de vista, las teorías de la complejidad, que avanzan a la conformación de lo que llamamos episteme compleja, perciben, expresan, interpretan y se explican, de manera integral, lo que es el acontecimiento, como combinación y composición dinámica de múltiples singularidades y procesos singulares. En este sentido, cuando hablamos de epistemología, en el sentido de desplazamientos y rupturas, y cuando hablamos de descolonización, en el sentido del desmontaje de relaciones de dominación, inscritas en los cuerpos, desde la perspectiva de la complejidad, no pueden estar disociados ambos tópicos.  El pensamiento o la experiencia del pensamiento es, también, al mismo tiempo, una acción, una actividad, una actitud material; si se quiere, para darle la dirección que queremos abordar, una actitud política.

No se puede hablar entonces de desplazamiento epistemológico y de ruptura epistemológica, desplazamiento y ruptura encaminados a un nuevo horizonte epistemológico, si al mismo tiempo, no se da una acción desbordante, transgresora, subversiva, que hace estallar las relaciones, las estructuras, las instituciones, relaciones, estructuras e instituciones consolidadas y heredadas. El desplazamiento y la ruptura se dan por mutación y transformación de las prácticas. Ciertamente las prácticas se mueven en distintos planos de intensidad; por lo tanto, son diferenciales. Precisamente se trata de esto, de la modificación en la estructura de las prácticas.

El pensamiento, si bien se expresa a través de discursos o de otras formas de expresión, no es una entelequia, no es un espíritu; se sostiene y es posible por la materialidad de determinadas funciones corporales, vinculadas a la percepción, por la materialidad de un conjunto de prácticas sociales, abocadas a sostener este devenir del pensamiento. En este sentido, la descolonización no podría darse solo por la mera denuncia, por más descriptiva y apropiada que sea, pues requiere de una manera de pensar des-institucionalizada, liberada de las capturas y redes institucionales. Esta manera de pensar se hace posible cuando otras prácticas transgreden los formatos de las prácticas acostumbradas. Prácticas tanto vinculadas a la integralidad de la percepción, así como prácticas vinculadas a la reproducción de las relaciones sociales, las estructuras y las instituciones sociales.

La limitante de los movimientos de descolonización anteriores, es decir, los que se extendieron a lo largo del siglo XX, es que consideraron la descolonización, primero, como una actitud teórica, crítica de las formas de dominación colonial. Después, consideraron la descolonización como movimientos políticos anti-imperialistas; para más tarde, en la etapa más madura, por así decirlo, de estos movimientos descolonizadores, vincularlos a las luchas de los pueblos indígenas. Como se puede ver, de alguna manera, bajo el lente de esta interpretación, la descolonización es primero, un acto crítico, primordialmente teórico, aunque haya sido antecedido por la denuncia. Después, desde la teoría, o si se quiere, el paradigma que se logró conformar, crítico descolonizador, todavía sin distinguirlo por corrientes, se interpretan los movimientos y las luchas descolonizadoras. De esta manera, hay un como un peso fuerte previo conceptual, que hace la lectura de los movimientos descolonizadores. Esta preponderancia teórica, limita los alcances de las posibilidades hermenéuticas de los movimientos, pues los conceptos, los discursos teóricos, las interpretaciones, incluso las descripciones, no emergen de la potencia desbordante de las movilizaciones.

En otras palabras, se cierra el camino a la elaboración teórica y a la interpretación política desde la experiencia social de las movilizaciones. No se trata, de ninguna manera, de clausurar la teoría; al contrario, se trata de integrar la teoría a la complejidad misma del acontecimiento. Se trata de potenciar la teoría desde la experiencia y la memoria social. Desde esta perspectiva, como hemos dicho antes, la teoría no es la mirada abstracta que hace inteligible los hechos, las secuencias y conglomerados de hechos, eventos, sucesos, contextos, coyunturas, periodos, épocas, sino un instrumento dinámico para interpretar y transformar la realidad[2]; donde el acontecimiento se hace inteligible en la interpretación de la experiencia social. La teoría, desde la perspectiva de la complejidad, es, más que mirada, percepción, por lo tanto, articulación de sensaciones, de imaginaciones, de razones, que registran integralmente los fenómenos del entorno y de lo interno.

Lo que llamamos antes epistemología pluralista, viene a ser una dinámica de composiciones, que integran imaginarios colectivos, o mejor dicho, sus desplazamientos y rupturas, sensaciones sociales, o mejor dicho sus desplazamientos y rupturas, racionalizaciones sociales y colectivas, aunque sean resumidas por grupos de “intelectuales”, o mejor dicho sus desplazamientos y rupturas. Es este espesor integral lo que hace al emergente horizonte epistemológico de la complejidad.

Lo que llamamos antes descolonización, viene a ser el desborde social respecto a las mallas institucionales, sobre todo en lo que respecta a las formas coloniales heredadas de estas mallas institucionales. La descolonización no se da cuando un discurso teórico, de cualquiera de las corrientes de-coloniales, atribuye valores descolonizadores a ciertas prácticas sociales, colectivas y comunitarias, más relacionadas a las resistencias, sino cuando las prácticas de rebelión, de amotinamiento, de subversión, desde dimensiones individuales hasta dimensiones multitudinarias, desde geografías locales hasta la geografía mundial, logran transformar los escenarios del mundo. Logran definir otras territorialidades contrastadas a las cartografías del poder. En este sentido, los “intelectuales” críticos de-coloniales, por sobreponer la teoría crítica a las prácticas de las movilizaciones, siempre están en rezago de los desplazamientos efectivos, histórico-políticos-culturales, que provocan las movilizaciones y las luchas sociales.

Para dejar en claro lo que decimos, no se trata de desconocer el papel que jugaron los discursos y las teorías de-coloniales, sino de evaluar el alcance de este papel, en una lucha primordial, que es esta de la descolonización. No se trata, de ninguna manera, de juzgarlas, como hacen entre ellas las corrientes de-coloniales, como si estuvieran en una competencia de quién es más descolonizador. Así como ocurría antes entre las corrientes marxistas, de quién es más revolucionario. Sino se trata de comprender la ubicación, la función, que ocuparon y que realizaron, en la complejidad misma del acontecimiento.

Volviendo a nuestras discusiones anteriores, decíamos que la epistemología pluralista comprende la realidad como acontecimiento, realidad, que se presenta, en sus distintos planos y espesores de intensidad, de manera plural. En este sentido, decíamos que la pluralidad aparece como una condición de posibilidad primordial existencial. Todo es manifestación de lo plural, desde las singularidades de las partículas infinitesimales hasta los universos, pasando por sus constelaciones y agujeros negros. También decíamos, ya avanzando a las teorías de la complejidad, que la pluralidad es precisamente la condición de posibilidad del concepto, que supone la articulación, antes que la unidad, la integración, antes que la universalidad. También decíamos, que se trata de retomar la unidad, como concepto filosófico y la universalidad como concepto epistemológico, no de una manera abstracta y estática, sino precisamente en sus devenires dinámicos y cambiantes[3].

Desde la perspectiva de la complejidad, el pluralismo, como condición de posibilidad existencial, no desaparece, al contrario, es percibido y pensado en la paradoja pluralidad/unidad, y en la paradoja de singularidad y universalidad. Es entonces pensado como integralidad dinámica simultánea y compleja.

En Episteme compleja, texto que ya forma parte de nuestra incursión en la perspectiva de la complejidad, tal como nosotros la entendemos, dijimos que las formas de expresión son, más bien, de articulación e integración de distintos planos y espesores de intensidad; estas formas de expresión aparecen como bricolajes. En este sentido, salíamos de la visón teoricista y del racionalismo, del racionalismo abstracto de la modernidad, que lo bautizamos con el nombre de razón fantasma[4].  Para comprender las mismas teorías, las mismas formaciones discursivas, era indispensable comprender los ambientes, por así decirlo, donde se conforman y constituyen, se consolidan, difunden y reproducen estas teorías.  Entonces las teorías se encuentran íntimamente ligadas a determinadas estructuras y mapas institucionales; de las más conocidas son las instituciones académicas; empero, no son las únicas. En consecuencia, las teorías, al estar sostenidas por estructuras institucionales, no dejan de ser formas expresivas de esta institucionalidad. No dejan de legitimar, usando metafóricamente este término, a estas estructuras institucionales y al contexto de las mallas institucionales donde están insertas.

Dicho esto, el problema aparece en las limitaciones, cohibiciones e inhibiciones impuestas por las mallas institucionales, a las prácticas teóricas.  En vez de potenciar la teoría, la convierten en una sirvienta al servicio de los intereses y objetivos institucionales, aunque estos objetivos e intereses no aparezcan de manera explícita en los discursos teóricos. En consecuencia, no basta efectuar la crítica teórica a las teorías, consideradas por las críticas, conservadoras, obsoletas, rezagadas o segadas, pues no es un problema teórico el problema de la teoría, sino un problema inherente en la composición compleja de una realidad social determinada. Esto, el considerar unas teorías más auténticas que otras, es como creer que unas teorías, las nuevas o las críticas, tienen el atributo de tener más razón que las otras, ser más verdaderas que las otras. Estos criterios no son otra cosa que conclusiones heredadas de la historia de la metafísica.

No es que unas teorías tengan más razón que otras, tengan más verdad que otras, sino que unas teorías pueden tener más incidencia que otras en el acontecer de la realidad concreta. Y esto se debe, casi siempre, a las liberaciones logradas por las teorías o, mas bien, por las prácticas teóricas, respecto a las ataduras institucionales. De ninguna manera, tampoco se niega la evaluación de la verificación y de la corroboración de las teorías, sino que la misma verificación, que en la historia de las ciencias y de la filosofía, así como en la historia de la epistemología, durante la modernidad, estuvo ligada a estas liberaciones de paradigmas oprimentes, que eran precisamente las estructuras narrativas religiosas, paradigmas sostenido por el control de las iglesias.  Si bien en una etapa casi inaugural, aunque fue como subsecuente a la inauguración misma de las ciencias, las interpretaciones de la revolución metodológica, por así decirlo, fueron básicamente positivistas, por el valor que le daban a la experimentación, esto no quiere decir, como se demostró después, con la concurrencia de las otras corrientes epistemológicas y metodológicas, que era la única interpretación adecuada.

Se puede decir que las distintas corrientes metodológicas y epistemológicas posteriores expresaban, de manera racionalizada, teórica y abstracta, las liberaciones que se daban de las prácticas teóricas respecto a las restricciones institucionales. Ciertamente, cada corriente posterior, se consideraba la superación de la corriente criticada; si bien esto puede tener una connotación relativamente acertada, lo cierto es que lo que acontecía era un conjunto de mutaciones y transformaciones en las prácticas, un conjunto de desplazamientos y rupturas en las elaboraciones conceptuales. Esto no quiere decir otra cosa que lo que se daba efectivamente eran trastrocamientos en los espesores mismos de esas composiciones sociales institucionales, que se expresan discursivamente.

Una de las conclusiones, por lo menos hipotética, que podemos sacar de lo que decimos, es que la apertura a nuevos horizontes epistemológicos, para hablar en plural, y la salida de las mallas, estructuras, diagramas, cartografías de poder, inscritas en la carne, que tienen que ver con la genealogía de la colonialidad, son posibles en la medida que se dan lugar mutaciones y transformaciones en los ámbitos sociales institucionalizados. Que ocurra esto depende de los efectos desbordantes, incluso imperceptibles, de las prácticas mismas diferenciadas en los distintos planos y espesores de intensidad, componentes de la denominada realidad, que es sinónimo de complejidad.

Anacronismos conservadores o anacronismos alterativos

Dedicado a Martin Calizaya Illapa, cientista social aymara. Docente de la UPEA; activista entregado de las resistencias político-culturales andinas y a la lucha emancipadora de las naciones y pueblos indígenas-originarios de Abya Yala.

Anacronismo, que viene del griego νά, que quiere decir contra, combinado con χρόνος, que quiere decir tiempo, contiene significados que expresan la experiencia del desfase, de la descolocación; es decir, de la disociación de algo o alguien respecto a su entorno, a su contexto, a su hábitat y ambiente. El término anacronismo expresa la no correspondencia temporal de un fenómeno en un periodo o en una época. Aparece como desfase respecto a un contexto temporal.  Se identifican como dos formas de anacronismos, estos son los paracronismos y los procronismos. El paracronismo se refiere a la perseverancia del pasado en una época posterior. El procronismo se refiere a la anticipación del futuro en una época anterior. El anacronismo señala un fuera de lugar en arqueología o geología. Acrónimo, en inglés oopart, de out of place artifact, que quiere decir artefacto fuera de lugar. Metafóricamente, se usa el término de anacronismo para señalar la in-actualidad de fenómenos. En psicología se habla de anacronismo cuando se manifiesta la creencia obsesiva de que se pertenece a otro período o época, creencia que descoloca al sujeto respecto al presente[5].

Tomando en cuenta estas denotaciones y connotaciones, hablaremos de anacronismos conservadores para referirnos a las resistencias de conductas y comportamientos, acompañados de discursos, por lo tanto, de imaginarios e “ideologías”, opuestas a considerar las transformaciones dadas en el mundo. En consecuencia, su relación con el mundo se circunscribe al recorte seleccionado más adecuado para sostener su interpretación restringida del mundo.

Esta actitud, si bien aparece como resistencia frente a desplazamientos y trastrocamientos del mundo no aceptados, obstaculiza convertir la resistencia en una rebeldía y rebelión efectivas, pues se restringe la información respecto de la estructura y composición del mundo cambiado, ocasionando el debilitamiento y la limitación de la propia resistencia. Al final este anacronismo termina acomodándose al mundo no aceptado, apareciendo como vestigio funcional al sistema-mundo.

El anacronismo conservador caracteriza la paradoja de las resistencias, que se restringen a valorizar lo perdido, sin abrirse a actualizar lo perdido en un mundo transformado. Si bien la resistencia restringida a la valorización de la herencia es fundamental para defender lo propio, en la medida que no pasa de la nostalgia a la actualización, por lo tanto, a preservar lo propio en el contexto de las transformaciones mundanas, se pierde propiamente la propiedad de lo propio. Lo propio se vuelve inapropiado, aunque no necesariamente ajeno, de tal forma que lo propio se convierte en un anacronismo funcional al sistema-mundo, evitando la transformación del mundo no aceptado, en la perspectiva de recuperar lo propio en los nuevos contextos mundanos.

Hay que comprender, desde la perspectiva de la complejidad, la formación de las composiciones, así como el perfil y la configuración de las composiciones, abarcando también las estructuras cambiantes de las composiciones. Recordando lo escrito en La explosión de la vida y Más acá y más allá de la mirada humana[6], hablamos de composiciones como asociaciones y combinaciones de mónadas, de singularidades, de particularidades, desde infinitesimales, moleculares, hasta molares, masivas. Esta tesis comprende la conformación de una singularidad, cualquiera sea ésta, a partir de su composición plural, asociativa y combinatoria.

En este sentido, es imprescindible comprender la situación, en estas formaciones complejas, las características de lo que llamamos anacronismos, aunque lo hagamos de una manera provisional. ¿A partir de las conformaciones y configuraciones de las singularidades, qué son los anacronismos que contienen? ¿Los anacronismos son parte coherente de la composición singular o, usando un término discutible, son anomalías en la composición misma? Las respuestas a estas preguntas tienen consecuencias condicionantes epistemológicas, por así decirlo.

En el caso que los anacronismos se entiendan como anomalías, la consecuencia epistemológica condicionante es que los anacronismos se comprendan como, lo que dijimos a un principio, desfases, descolocaciones, disociaciones. Variaciones anormales en la composición misma. En el caso que los anacronismos, mas bien, formen parte congruente de la composición misma, dejan de ser anacronismos para aparecer como singularidades propias de composiciones enmarañadas, proponiendo una caracterización también provisional.

Vamos a reflexionar sobre ambas posibilidades, para buscar aclararnos sobre las interpretaciones consecuentes a estas posibilidades mismas. En el primer caso, la interpretación es, de alguna manera, conocida. En distintas versiones teóricas, filosóficas, epistemológicas y metodológicas, se han desplegados explicaciones de estas situaciones a partir del presupuesto de anomalía, sea asumido este concepto de una manera o de otra. Una de las versiones es precisamente el contexto epistemológico, que supone nuestro discurso inicial. No vamos a redundar, entonces, en el análisis de estas interpretaciones del anacronismo a partir del presupuesto de anomalía.

Nos interesa detenernos en el segundo caso, el de la congruencia del anacronismo con las composiciones enmarañadas. Para tal efecto, retomaremos la perspectiva de la simultaneidad dinámica[7], que sustituye a la conjetura de secuencia, de temporalidad, todavía inherente en las anteriores versiones interpretativas, las que suponen la anomalía del anacronismo.

Si partimos de la mirada de la simultaneidad dinámica, no habría pues ana-cronismo, debido a que no hay tiempo; entonces, mal se hablaría al pronunciar la relación con cronos, con el tiempo, de estos supuestos rezagos o adelantos en las composiciones. Desde la perspectiva de la simultaneidad dinámica, es menester interpretar estos llamados anacronismos en la configuración del tejido espacio-temporal.

Las características del supuesto anacronismo se describen, en el espesor intenso del tejido espacio-temporal, como congruencias propias de composiciones enmarañadas. Los llamados anacronismos son, entonces, coherencias congruentes en el espesor del tejido espacio-temporal, tejido que entrelaza fuerzas fundamentales.

Ahora bien, ¿cómo es posible esta explicación?, ¿cómo se expone esta explicación? Si no hay desfases, descolocaciones, dislocaciones, disociaciones, rezagos o adelantos, entonces, las composiciones enmarañadas, donde los anacronismos son, mas bien, coherencias congruentes, sugieren composiciones y combinaciones abigarradas de las fuerzas fundamentales. No hay pues anacronismo que no esté sostenido por fuerzas, por determinada relación de fuerzas. Hay que preguntarse pues por las características de la relación de fuerzas, en la que se sostiene el anacronismo como presencia en el contexto de la composición.

Hablando figurativamente, es como si la composición de la relación de fuerzas singulares produjera a propósito ese supuesto anacronismo. Desde la perspectiva de la simultaneidad dinámica, la presencia de los anacronismos, en la composición de la que forman parte, se explican por la estructura propia de complejidad singular de la composición enmarañada; estructura propia de la composición enmarañada que hay que desentrañar.

Hipótesis prospectivas sobre las composiciones enmarañadas

1.   Los supuestos anacronismos parecen eso, anacrónicos, en composiciones singulares concebidas a partir de su propia individualidad; sin embargo, esta impresión desaparece cuando se observa el anacronismo señalado, no desde la composición de donde parce formar parte, sino desde la constelación de composiciones donde se encuentra inserta la composición individualizada.

2.   Desde la perspectiva de la constelación de composiciones, el supuesto anacronismo forma parte de un tejido complejo en el ámbito de relaciones entre composiciones de la constelación.

3.   Por decirlo figurativamente, el supuesto anacronismo forma parte de una configuración compleja del tejido donde juega su papel, en composiciones de composiciones y en combinaciones de combinaciones dadas en la constelación.

4.   Los llamados anacronismos se explican en la simultaneidad dinámica del universo o del pluriverso. Por decirlo también figurativamente, otorgan armonía a la dinámica del tejido espacio-temporal en devenir y en movimiento.

5.   Los llamados anacronismos parecen piezas claves, por así decirlo, en los desplazamientos, cambios y dinámicas dadas en el universo o que, mas bien, hacen al universo.

6.   Por ejemplo, los anacronismos evitan que las composiciones singulares sean homogéneas, con lo que puede que las composiciones logren su equilibrio y determinen su estática; es decir, su inmovilidad.

7.   Parece que las composiciones no pueden ser estáticas, pues las composiciones parecen, también, suponer descomposiciones y re-composiciones. Los anacronismos evitan que las composiciones caigan en esta situación de inmovilidad. Dando lugar no solamente a esta dinámica de composición-descomposición-recomposición, sino al movimiento complejo del conjunto de composiciones de la constelación, por lo tanto, dando lugar al movimiento complejo mismo de la constelación.

8.   No podríamos describir adecuadamente esta función dinámica del anacronismo con el concepto de diferencia, que adquiere un alcance fuerte en ámbitos de relaciones dentro de la composición singular. Es preferible describir la función dinámica del anacronismo usando al concepto de alteridad.

9.   La alteridad sería función constitutiva no solamente del tejido-espacio-temporal, del pluriverso o universo, de la constelación de composiciones, sino también, de la composición singular misma.

10.       Sin alteridad no hay composición. No podría darse la existencia.

Estas son todavía hipótesis prospectivas muy generales; debemos avanzar a hipótesis más concretas; empero, esto lo dejaremos para después. Por el momento, nos interesa utilizar lo que expusimos para reflexionar sobre fenómenos sociales particulares, precisamente los identificados como anacrónicos. En principio, tocaremos la problemática que plantean las resistencias culturales en el contexto cultural moderno.

¿Resistencias culturales, anacronismos o congruencias en el tejido espacio-temporal-social-territorial

Como dijimos, hay que distinguir, de entrada, la resistencia restringida de la resistencia abierta, que se convierte en alteridad. La resistencia acotada a defender lo que se pierde, sin darse cuenta que lo que se pierde adquiere otras connotaciones en el ámbito de relaciones, donde las desposesiones y los despojamientos se convierten en el pan de cada día, que hay que atender a estas connotaciones para, precisamente recuperar lo perdido. Es como un reconocimiento del nuevo escenario del conflicto y de las reivindicaciones. Negarse a este desplazamiento no solo de reconocimiento del nuevo escenario sino, también, negarse a la necesidad de una nueva mirada, devenida de la experiencia dramática y hasta traumática, incluso trágica, de las pérdidas culturales, territoriales y sociales, por lo tanto, negarse a una nueva evaluación de las fuerzas y de las circunstancias de las luchas del pueblo y de la nación agredida, en la coyuntura álgida, es como apostar a la inquietud e impaciencia, derivados de la derrota, reclamando ineficazmente el retorno al tiempo anterior.

Esta forma de resistencia acotada, es, en todo caso, como el comienzo de la genealogía de las luchas; este es su aspecto positivo y aleccionador. Por más importante sea este comienzo, incluyendo las denuncias, las demandas y los pliegos, de principio, detenerse en la recurrente repetición de estas acciones, conductas, comportamientos, reclamos, incluso, adornados como finalidades telúricas o histórico-políticas, estanca las luchas emancipadoras en su comienzo, que se vuelve circulo vicioso. Esta primera experiencia social, comunitaria, nacional, es apenas, también, el comienzo, de una inmensa experiencia social, que se desarrolla, precisamente en la consecución de las luchas de liberación. Negarse a esta genealogía de la experiencia social, deteniendo su acumulación, afincándose en la nostalgia, convirtiéndola en un paradigma, que termina mitificando el pasado, es desarmarse en la lucha descolonizadora, anticolonial, anti-moderna y anticapitalista.

Por más despojamiento y desposesión que se haya sufrido no se pierde la arqueología de los saberes del pueblo y de la nación, de las comunidades y de la sociedad nativa, tampoco se pierde la capacidad a la convocatoria multitudinaria; empero, para acceder a la memoria social, que es dinámica, y para acceder a la capacidad de convocatoria, es menester abrirse a los nuevos horizontes abiertos por la irrupción de la guerra de conquista y la violencia colonial. Es menester asumir esta experiencia social como desafío, buscando la interpretación de la experiencia social en la comprensión de los nuevos escenarios, de los nuevos campos de fuerza, de las nuevas formas de la llamada realidad, sinónimo de complejidad.

Una cultura se enriquece en la comunicación con otras culturas; podemos decir que una cultura está precisamente para eso, para comunicarse con otras culturas. Un saber se desarrolla en el aprendizaje de otros saberes, sin dejar de ser el saber propio. Teóricamente, por lo menos, está la posibilidad vital de que las culturas, las civilizaciones, los pueblos, las sociedades, se complementen y al complementarse se enriquezcan mutuamente, transformando sus estructuras internas. Que no ocurra esto en la historia efectiva, parece deberse a las distorsiones destructivas que incorporan el poder, las formas de poder, las formas de dominación múltiples, siendo entre ellas la forma colonial, forma plural y polifacética de las dominaciones coloniales, la que se inscriben en los cuerpos modulándolos en la degradante descalificación racial.

Luchar contra una genealogía del poder, que ha logrado la dominación mundial, que ha alcanzado el control global, ahora institucionalizado en el orden mundial, en el imperio, a costa de las culturas, civilizaciones, naciones y pueblos de los continentes, sobre todo de aquellos que tienen que ver con la conquista colonial de Abya Yala y la esclavización de los pueblos del África, exige el desplazamiento de la cultura y la civilización propias, en la misma cobertura mundial. Fijar esta lucha descolonizadora a su recorte local es apostar a la derrota.

Esta tarea, este desplazamiento, implica el desarrollo de los saberes nativos, en el intercambio e interpretación de otros saberes, construyendo saberes subversivos, saberes activistas, que son los que logran conocer el mundo, el sistema-mundo, la economía-mundo, por lo tanto, también las características y condiciones de los campos de luchas y de fuerzas. Fijar el saber en las dimensiones recordadas, no es más que anularlo como saber, compensando esta notoria ausencia con la “ideología”, que mitifica la cultura del pasado, momificándola, por lo tanto, matándola; en vez de dejar desenvolverse a la propia vitalidad del saber, aprendiendo de la experiencia social, de las historias efectivas, del intercambio con otras formaciones discursivas, otras formaciones simbólicas, otras armaduras culturales.

En este sentido, las resistencias culturales pueden terminar siendo anacronismos conservadores, interpretables y describibles desde el paradigma del tiempo, que es el de la historia. Anacronismos conservadores que inhiben las capacidades creativas de los pueblos en resistencia. Una de las formas, entre muchas, que ocurra esto, incluso que esto se institucionalize, forma, por lo demás bondadosa en los diagramas mismos del poder, en las cartografías mismas de dominación, es el multiculturalismo. Otra forma, para no tocar todas, la forma más deplorable y humillante, es circunscribir y convertir la propia cultura, las propias reivindicaciones culturales, incluso políticas, al tamaño delimitado del folclore, que es precisamente lo que hacen los gobiernos populistas, que, ahora, incluso se reclaman de gobiernos indígenas.

La resistencias culturales, que son, como anotamos, congruencias en la constelación de composiciones del mundo y del universo, se convierten en procesos alterativos, cuando se deja que las resistencias culturales experimenten la realización de sus propias posibilidades y capacidades inherentes, abriéndose a la experiencia social y a la memoria social, siempre dinámica y en constante actualización, ahora, inserta en la complejidad del mundo.

En el ojo de la coyuntura

Estados delincuenciales

La “ideología” conservadora estadounidense se ha inventado el seudo-concepto de “Estado fallido”, más conocido como “Estado canalla”. Pretendiendo describir, hasta definir, a los estados no cumplidos, estados que no habrían logrado su legitimidad. Aunque no toquen a propósito, el concepto de soberanía, corrigiendo su falla teórica, podemos decir, que no cumplirían con la soberanía; esto último sobre todo para describir mejor la descripción incompleta que hacen esos seudo-discursos teóricos. Un “Estado fallido” sería un Estado que ha fallado como Estado; es decir, como sociedad política, usando el discurso de la ciencia política y de la filosofía política. Que sintetiza la sociedad civil, plural y diversa. Este discurso prácticamente se queda ahí en cuanto a la descripción del tema que pone en mesa. No acude a buscar las causas de este fenómeno, usando su propia lógica y metodología; salvo sus hipótesis sobre la ausencia institucional, la falta de democracia. Hipótesis dichas de manera general, tan general, que puede ser usada para cualquier parte, por lo tanto, para ninguna.

El problema de este discurso conservador de la “ideología” reaccionaria norteamericana, es que, primero, se basa en un concepto pobre de Estado. Estado como institucionalidad liberal lograda, parecida, obviamente, a los moldes que experimentan en sus países. La misma discusión de la filosofía política, que ya es conservadora desde sus inicios, en el buen sentido de la palabra, es reducida a las grises conclusiones de que el Estado democrático es equivalente al Estado liberal. Sobre esta base pobre y, por cierto, débil, se construye la opaca figura del “Estado fallido”. Sin embargo, lo que les tiene sin cuidado a los “intelectuales” de semejante “ideología” política es la consistencia teórica; esto puede quedar en apariencias, difundidas en ediciones numerosas por el mundo. Lo que interesan son las conclusiones políticas. ¿Qué se hace con los “estados fallidos”? Como no tienen legitimidad, se los ignora, se ignora la soberanía, que no tienen; tienen que ser conducidos hacia el cumplimiento del Estado liberal, el fin de la historia.

A partir de este discurso “ideológico” conservador, se ha montado toda una estrategia mundial; en la práctica se desconoce la soberanía de los identificados como “estados fallidos”. Llevando, primero, a intervenciones dispersas y fragmentarias; para después, convertirse en intervenciones secuenciales, en distintos planos, que pueden terminar con intervenciones militares. Aunque estas intervenciones sean veladas, como en el caso de las concomitancias de sus agencias de inteligencia con los carteles mexicanos, incluso antes con los carteles colombianos, o, en su caso, de forma más elaborada, con la conformación de un supuesto Estado Islámico, que destroza la soberanía de Estado-nación árabes. La forma más parecida a las intervenciones imperialista del siglo XX, son las que son evidentes intervenciones militares de los ejércitos de las potencias dominantes del orden mundial.

Hay que decirlo, el “Estado fallido” no es un concepto; es un dispositivo “ideológico” de intervención militar. No ayuda ni a describir una singularidad histórica-política, menos a comprender su estructura, su historia política, por así decirlo. Se trata de un dispositivo discursivo, que ayuda a llenar vacíos, con el objeto, de una aparente descripción de algo que no se comprende ni se conoce; pero, si se conoce lo que se quiere. Se quiere dominar, expandirse, ampliar las fronteras del extractivismo destructivo.

Al respecto, es indispensable que todos los pueblos del mundo, accedan a la información de lo que ocurre, sobre todo los pueblos de estas potencias dominantes. Pues los pueblos de estas potencias son también víctimas de la híper-burguesía dominante, compuesta de capitalismo especulativo y capitalismo extractivista, ahora fuertemente articulado con el capitalismo perverso de las mafias, los carteles y los tráficos.

Lo irónico de los postulantes del seudo-discurso del “Estado fallido” es que su estrategia mundial contra los llamados “estados canallas”, arrastró a sus países a una metamorfosis perversa, convirtiéndolos en “estados delincuentes”, sobre todo por sus conexiones con carteles, mafias, para-militares, simulaciones terroristas, tráficos, lavados de dólares en gran escala; particularmente por medio del mismo sistema financiero internacional.

Estado delincuente

En principio vamos a usar este término de Estado delincuente como dispositivo contra-ideológico, por así decirlo. Sin pretensiones conceptuales. Tan solo intentando desarmar no solamente el discurso de “Estado fallido”, sino también poner en evidencia la estrategia policial mundial e intervencionista de las potencias dominantes del orden mundial, que llamamos imperio. También, en segundo lugar, nos interesa describir, las características políticas, policiales y militares de estas intervenciones, de guerras de laboratorio. Por último, en tercer lugar, intentaremos pasar del dispositivo contra-ideológico de Estado delincuente a un concepto, que quizás tenga que adquirir otro nombre.

El Estado delincuente es un Estado, es decir, una malla institucional nacional, con redes y conexiones mundiales, en lo que llamamos la estructura de poder del orden mundial. Se describe como Estado delincuente por sus conexiones con las redes de los tráficos, los ejércitos paramilitares, con los circuitos de lavados a gran escala, usando los medios institucionales financieros. En principio, se cree usar estas conexiones tácticamente, como sabotaje; sin embargo, lo que ha mostrado la historia reciente, es que se convierte esta provisionalidad en perdurable. Este es el caso, por ejemplo, de la contemplación magnánima, por parte de los servicios de inteligencia, el Congreso y el gobierno de la híper-potencia mundial, de las mallas y redes y concomitancias encadenadas de burguesía y mafias en Colombia. No estamos pues ante una táctica provisional, sino ante una estrategia practicada, aunque no se la quiera, por lo menos, en parte del gobierno y del Congreso.

A pesar de la virulencia, la perversidad de estas formas de manifestarse de lo que llamamos el fenómeno del Estado delincuencial, la característica delincuencial más evidente y extensa es la dada por las formas de la exacción financiera. Se ha empujado, no solamente a los pueblos del sur, sino, también a los del norte, a crisis financieras, a precios de inflación, a crisis hipotecarias, llevando no solamente a cientos de miles de familias a la ruina y a la perdición, sino hasta millones de familias. Como era de esperar, en este capitalismo especulativo, la intervención financiera para salvar de la crisis, atendió a los bancos y al bolsillo de familias de esta híper-burguesía.  Si comparamos el impacto cuantitativo de esta destrucción del capitalismo especulativo en la cohesión social, vamos a observar que es muchísimo mayor y más importante, que el propio impacto cuantitativo de los tráficos, que también son cifras no despreciables. Entonces no es incoherente afirmar que el capitalismo financiero y el capitalismo de los tráficos, teniendo en el medio al capitalismo extractivista, van de la mano.

¿Por qué las potencias dominantes de la geopolítica del sistema-mundo capitalista han caído en esto? Para no extendernos en esto, remitiéndonos a lo que escribimos, diremos, como hemos dicho, que ya no estamos en el modo de producción capitalista, sino en el modo de des-producción del capitalismo especulativo, que ya no estamos en la política, en sentido, incluso restringido, sino en la anti-política; por lo tanto, que ya no estamos en la economía, sino en la anti-economía. Todo esto forma parte del sistema-mundo del capitalismo especulativo. En estas condiciones, lo que menos interesa es la producción; obviamente, mucho más lejos se encuentra alguna alusión al bienestar general y al equilibrio ecológico. Lo que importa es la especulación; lograr súper-ganancias en el más corto tiempo posible; sobre todo vendiendo gato por liebre.

Si el Estado, en su genealogía, que para nosotros es un imaginario institucional, alguna vez pareció ser, por lo menos en las formaciones discursivas de la filosofía política, en su inicial modernidad, factor indispensable de cohesión social, de soberanía popular y de democracia formal, es, ahora, todo lo contrario, por así decirlo. El Estado delincuencial destruye toda cohesión social, hace dependiente a familias, a individuos, a colectivos diseminados. El Estado delincuencial anula toda soberanía popular posible, no solamente en los Estado-nación subalternos, sino, incluso, esto es lo llamativo, en los Estado-nación dominantes.  El Estado delincuencial no acepta la democracia, incluso formal, pues atenta contra la propia existencia de esta geopolítica extractivista-financiera-traficante; en este sentido, puede difundir una demagogia seudo-democrática, que en la práctica, es la muerte de la democracia, incluso formal. Bastan como ejemplos las llamadas leyes antiterroristas aplicadas en los estados.

¿Dónde se encuentra, si no es la legitimidad, la simulación de legitimidad, de semejante Estado delincuencial? En los medios de comunicación de masas, cuyas cadenas funcionan mundialmente. Para decir algo, no es con la realidad con la que están en contacto y de la que informan estos medios de información y de comunicación, sino con el deseo de la gente, deseo manipulado por los medios de comunicación de masa. Asistimos pues a la transformación del mundo; empero, en el sentido de su radical decadencia.

El nihilismo extremo: la desaparición

Asistimos a la radicalidad extrema del nihilismo, la desaparición. El nihilismo de hoy se diferencia del nihilismo de los siglos pasados, que abarca la llamada modernidad, en que no solo se trata de la suspensión de los valores, la inversión de los valores, la apuesta por la metafísica, incluso, la apuesta por la economía política generalizada, sino por la desaparición de todo lo que implica la cohesión social. Algún discurso economicista supone que la intervención confeccionada en el medio oriente, destruyendo la soberanía de los Estado-nación árabes se debe al angurriento control de los recursos petroleros. El control, incluso en caso de propiedades estatales, y políticas soberanas, la tienen los monopolios de los mercados, de los procesos industriales, de las ciencias y las tecnologías, de las comunicaciones y del aparato fabuloso militar. No necesitan ni siquiera intervenir para mantener el control. Esta tesis nacionalista siempre pecó de esa debilidad; reducía el conjunto de relaciones de poder a temas de propiedad. Esta ingenuidad, si bien sirvió, en el siglo XX para cohesionar discursos ideológicos contra-hegemónicos, ahora son obstáculos epistemológicos para comprender la problemática del poder en la actualidad.

En este desenlace, la primera impresión, es que se trata del deseo del deseo, algo imposible de cumplir. La permanente insatisfacción creciente. Sin embargo, parece que no es tan así, a pesar de lo sugerente de la hipótesis psicoanalítica. En primer lugar habría que decir por qué hay deseo del deseo, en estas condiciones histórica-políticas mundiales y con estas características. Hablando de una manera menos teórica, lo insólito de lo que ocurre, es que parece que se trata no solo de dominio y control, sino de verificar, por así decirlo, el dominio y el control. Esta enfermedad metodológica parece atravesar a las mallas institucionales, sobre todo las mallas que cubren al campo opaco de los servicios de inteligencia, de las potencias dominantes del sistema-mundo capitalista. ¿Por qué esta necesidad incontestable? La hipótesis terrible que lanzamos, no tanto para afirmar alguna pretensión de explicación, sino para provocar un debate urgente, es: Los dispositivos de poder mundial ahora funcionan para la desaparición.

La comparsa “autonómica”

No es difícil demostrar que los “estatutos autonómicos” no tienen nada que ver con la Constitución; por lo tanto, con el Estado plurinacional comunitario y autonómico. Ya lo hicimos en anteriores escritos[8]. No vamos a volver sobre esto; lo que importa ahora, es explicarse el por qué, a pesar de todo, se insiste en aprobar cartas autonómicas que no cumplen con la Constitución, que no han sido deliberadas participativamente, como demanda la Constitución, que son impuestas por la autoridad y el abuso de mando de un gobierno populista. Vamos a tratar de describir los mecanismos de este engranaje condenado que embarca al gobierno progresista a no solo un montaje grotesco, sino a una usurpación de los derechos democráticos participativos de la población, sin precedentes; a una comparsa “autonómica”

La secuencia, si podemos hablar así, por lo menos ilustrativamente, es larga; el desarrollo legislativo gubernamental no corresponde a la Constitución, aprobada por el pueblo, sino a la herencia de la anterior Constitución liberal. Ya la Ley Marco de Autonomía es un desmantelamiento de la Constitución, en lo que compete a este tema, relativo a los gobiernos autonómicos, en los distintos niveles territoriales. Esta ley no solo ha cerrado la posibilidad de establecer autonomías, como manda la Constitución, según el entramado de sus competencias, sino que se ha mantenido el mismo régimen centralista financiero nacional del Estado-nación; se ha negado desesperadamente a abrirse a un sistema financiero comunitario y autonómico, además de plurinacional. ¿Qué es lo que requieren después de haber negado la posibilidad institucional a las autonomías? Terminar de plasmar esta usurpación, esta abolición de los derechos autonómicos y de sus competencias.

Las estructuras de poder vigentes; para decirlo ilustrativamente, metafóricamente, el poder económico y el poder político, se han coaligado para imponer las “autonomías” que les conviene; es decir, limitando todo lo que se pueda a las autonomías, manteniendo el control de sus regiones y del país. Si tomamos en cuenta el estatuto autonómico de La Paz y el estatuto autonómico de Santa Cruz, ambos, uno respondiendo al poder político, el otro, respondiendo al poder económico, han impuesto estatutos que convienen al interés de la clase política dominante y de la burguesía agroindustrial. El pueblo boliviano ha sido burlado en sus anhelos y esperanzas emancipatorias.

Lo grave de todo esto, es que a la convocatoria al referéndum por las cartas orgánicas van asistir una mayoría que avalará, por el hecho de asistir a esta comparsa, la usurpación de sus derechos democráticos y autonómicos. Este fenómeno corresponde, como dijimos antes, al deseo del amo. También al conformismo; quizás también a no encontrar alternativas y salidas. Los y las que voten son cómplices de la renuncia a la autonomía, a la participación, a los derechos democráticos de lo que denomina la Constitución Sistema de Gobierno Pluralista, de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

Si bien la denominada “oposición” convoca a votar por el No, este llamamiento, por los resultados estimados, también avalará la usurpación de la voluntad de las naciones y pueblos. Oposición que para nosotros, no es otra cosa que un aditivo, aparentemente opuesto, al gobierno; sin embargo, hace de complemento al poder de la gubernamentalidad populista, bajo la sombra del caudillo[9]. ¿Es posible salir de este círculo vicioso del poder?

A pesar de que se pueda demostrar la razón de la crítica a semejante violencia institucional, la de la expropiación de la voluntad popular, por medio de esta comparsa autonómica, ¿de qué sirve tener la razón, si en el campo político se resuelve por la correlación de fuerzas? No parece tratarse solamente de demostrar que los estatutos no tienen nada que ver con la Constitución, sino que parece prioritario activar la potencia social, hundida en lo profundo de los cuerpos múltiples de la gente, después de optar por el conformismo. ¿Cómo hacerlo?

No parece bastar solo el discurso denunciativo, que por cierto sirve. Tampoco, mejorando, el discurso crítico; parece indispensable ir más allá de estos discursos. Ingresar a un activismo integral, que interpele el conformismo de la gente y active la potencia social, inhibida. No basta señalar a los gobernantes como responsables de la decadencia del “proceso de cambio”, sino que es indispensable mostrar la corresponsabilidad de las mayorías en lo que ocurre. La complicidad se da cuando se deja hacer a los gobernantes lo que quieren hacer. Restaurar el Estado-nación, folclorizar el Estado plurinacional; es decir, disfrazar el anterior Estado-nación con máscaras simbólicas; expandir el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; preservar las estrategias clientelares del Estado rentista. Esta tarea, la del activismo integral, parece ser más difícil que las anteriores formas activistas, denunciativas, interpeladoras, críticas. Esta tarea difícil, es la que hay que poder efectuarla, pues, de lo contrario, si no se puede hacer esto, incluso los activismos anteriores, se cae en las redes y mallas del poder, legitimándolo, aunque no se lo quiera.

Algunas consideraciones sobre los estatutos

De todas maneras, a pesar que dijimos, que no íbamos a volver a la demostración de la inconstitucionalidad de los estatutos, vamos a decir unas cuantas cosas; puntualizaciones comparativas generales. Sobre todo para mostrar algunos contrastes de los estatutos autonómicos, en un contexto de analogías cómplices contra la Constitución.

El estatuto de Santa Cruz se distingue del de La Paz porque maneja mejor las competencias establecidas en la Constitución; La Paz prácticamente ignora estas competencias. Sin embargo, Santa Cruz lo hace de una manera notoriamente segada; toma lo que le conviene al grupo de poder económico, ignora todo lo que no le conviene. Ignora las competencias de las autonomías indígenas, además de las otras autonomías, las municipales, sobre todo las regionales. La de La Paz obedece a la consigna centralista de un gobierno, que responde a la defensa nacionalista del Estado-nación; pero, también, y esto parece innecesario, a sus criterios excesivamente centralistas. Cuenta con el aval del gobierno, hablando de las fuerzas intervinientes; empero, está más lejos que la de Santa Cruz de la Constitución, hablando de la estructura de competencias autonómicas.

La de Santa Cruz no solamente desconoce las autonomías indígenas y las autonomías regionales, sino que también desconoce la voluntad popular. El poder económico se arroga la representación del pueblo cruceño, al que no ha acudido para consultarle sobre numerables, temas indispensables para una convivencia democrática en la región. Hace en menor escala, regional, lo que hace el gobierno en mayor escala, nacional. Desconocer el contexto y los marcos jurídico-políticos de la Constitución; desconocer las voluntades populares, de pueblos, naciones y regiones. Sobre todo, desconocer la condición de plurinacionalidad, la condición comunitaria y la condición autonómica, en su multiplicidad.

Esta situación de contrastes y de complicidades, entre los estatutos de La Paz y Santa Cruz, entre el poder político y el poder económico, nos muestra la alianza subrepticia entre ambos, el acuerdo de poder; es decir, de dominación, entre ambos. Solo los ingenuos no lo ven; aclarando que estos ingenuos son la masa de llunk’us que obedecen ciegamente las consignas gubernamentales. Como nunca, en ellos, en esta clase de gente, con la que cuenta todo gobierno, solo que en los gobiernos populistas de una manera masiva, solo que en este gobierno, incluso con algunos pretendidos “bolcheviques” solitarios, no se esfuerzan por argumentar; solo atinan a descalificar de una manera ineficaz y general. Asumiendo, no se sabe por qué, que son los buenos; es decir, los “revolucionarios”; mientras todos los que se oponen, sean de donde sean, vengan de donde vengan, son “reaccionarios”. Esta actitud deportiva, muestra no solamente los niveles de la decadencia de la política y de la “ideología”, sino también demuestra la escasez argumentativa de este movimiento al socialismo.

Si bien compartimos las preocupaciones, por lo menos parte de ellas, de todos los que convocan a votar por el NO, en el referéndum autonómico, les recordamos que la victoria del nulo en la elección de los magistrados no sirvió efectivamente, pues el gobierno se refugió en su mayoría congresal para legalizar un desconocimiento antidemocrático, al validar esa elección anulada por la propia votación. Además de no olvidar que cuenta con la complicidad sumisa del Órgano electoral, que, a pesar de incorporar “notables”, de otro estilo que los “notables” del periodo neoliberal, no ha corregido su falencia fundamental; su subordinación  y dependencia de las determinaciones del ejecutivo. El nulo no es lo mismo que el NO, ciertamente; empero, el mapa institucional en el que se mueve esta elección es el mismo mapa, definido por la gubernamentalidad clientelar.

No parece pues una salida efectiva, esto de votar por el NO, aunque logre una victoria simbólica, por segunda vez, sobre un gobierno, un Estado, en verdad, pues están comprometidos todos los poderes del Estado con las relaciones clientelares del gobierno populista.  ¿Qué hacer?

Nuestra posición ha sido y es la de que estas decisiones deben ser construcciones colectivas. Ciertamente no hay tiempo, fuera de que parece que tampoco hay voluntad de las mayorías para construir decisiones participativas. Sin embargo, no creemos que se deba renunciar nunca a convocar a la construcción colectiva de la decisión política, por lo menos, como pedagogía política. Es posible que sea tarde para esto; sin renunciar a que, los que apuesten a eso, se convoque a votar por el NO, es menester, en lo que respecta a los activistas, buscar la activación de la potencia social. Por otra parte, no olvidar, pase lo que pase, en esta coyuntura, que ¡la lucha continua! ¿Qué gana el gobierno? No mucho, hace lo mismo que ha hecho hasta ahora, desmantelar la Constitución; hablar a nombre de ella, como si respondieran sus actos a esta Constitución; sin embargo, seguir con la consolidación del Estado-nación, el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, manipulando a las mayorías con el cuento de hadas del “proceso de cambio”. Solo gana tiempo; pues, por dentro esta carcomido por el avance demoledor de la implosión.

Artilugios de las farsas

En los ámbitos de relaciones entre los seres, el juego de mensajes y de interpretaciones, acompañadas de respuestas, forma parte de las entrelazadas ecologías de las que conforman. En el conjunto de estos mensajes emitidos, percibidos, codificados y decodificados, hay un grupo de ellos que es indispensable tener en cuenta por sus características; hablamos de los mensajes engañosos, emitidos con el objeto de simular. Quizás, mejor dicho, de aparentar, de dar una apariencia; para que esta sea interpretada ya como una amenaza, ya como una advertencia. En atmósferas no agresivas, quizás el tenor es de atraer y seducir. Podemos decir, con cierta pretensión de generalidad, que se trata de impresionar. Se busca con los mensajes emitidos de cierta forma, de cierta manera, con la intención de causar una determinada decodificación; es decir, interpretación. Estas estrategias de comunicación han sido hartamente desarrolladas por las sociedades humanas y de una manera proliferante, hasta lograr estilos sofisticados y aristocráticos. El arte ha recogido esta experiencia y memoria social, convirtiendo las estrategias de seducción en regocijos estéticos.

Sin embargo, hay muchas direcciones de las rutas que toman estas estrategias de comunicación manipuladas, ya no en el arte, sino, por ejemplo, en la política, en la diplomacia, en ámbitos microfísicos y macrofísicos de poder. Hay personas que exaltan o extreman el uso de estas estrategias impresionistas – para darle un nombre, aunque sea provisional -, con el objeto de reconocimiento social, que puede llegar a convertirse en exigencia de reconocimiento de la “grandeza”, que reclaman ser.  Son los “héroes” ignorados, son los “sabios” no reconocidos a primera vista, son los “hombres consagrados”, que la humanidad no descubre, hasta que estos personajes reclaman a voz en cuello. Se buscan frases sonoras, que impresionen, aunque no digan nada; lo importante es que parezcan que dicen algo importante.  Son los últimos en hablar en una conversación, pues buscan cerrarla con sus conclusiones “sabias”. Se muestran como los dedicados, mucho más que otros, los mortales, aparecen como los más disciplinados; cuando se trata de ámbitos intelectuales, se muestran como los más lectores. Hacen conocer la cantidad innumerable de libros que tienen en su biblioteca, que hacen suponer que los han leído todos. Publican, sobre todo cuando cuentan con los recursos del Estado, aunque sus publicaciones sean repetitivas y reiterativas de lo que escribían, cuando eran más interesantes. Esto en el mejor de los casos; cuando no ocurre esto, cuando más bien, han decaído hacia la escritura torpe, sin estilo ni gracia, de la propaganda o de la diatriba panfletaria. Pues ahora parecen aburridos y aletargados; ofreciendo libros, que los funcionarios están como obligados a leer, aunque no los lean, debido a que no están acostumbrados a hacerlo.

Como cuentan con la atmósfera forzada de las adulaciones y sumisiones de sus entornos subordinados, se sienten confirmados en su “gloria”, en su “verdad”; por lo tanto, consideran obligación de parte de ellos llamar la atención. Cuando se trata de críticas, de descalificarlas como si fuesen el sagrado guerrero San Jorge, enfrentándose a dragones. Terminan, por este camino, adquiriendo un aire despiadado de vengadores, venidos desde lo profundo de los tiempos olvidados, para castigar a los impíos. Es, de alguna manera, de esperar, que todo esto, se lo crean; empero, lo que llama la atención, que terminen creyendo no los entornos subalternos, sino la llamada izquierda internacional.  Aunque se trate de una izquierda oficiosa, enamorada de los fantasmas de la “revolución”, sobre todo de los fantasmas institucionalizados, fantasmas y mitos a quienes les ofrecen ritos y ceremonialidades, de todas maneras, se esperaría, de esta izquierda, un mínimo de sentido crítico común. Pero, no. Esta izquierda internacional cree en los mensajes emitidos por estos personajes histriónicos y exigentes, que se muestran con todos los rasgos fantasmagóricos de los “revolucionarios” muertos, institucionalizados e idolatrados.

Asistimos pues a espectáculos. En foros internacionales se presentan a estos personajes emuladores como la expresión auténtica de “procesos de cambio” en curso. Los asistentes a estos foros, por lo menos, en su mayoría, sienten que se encuentra en las proximidades de los resplandores de una “revolución” presente, que se da en el país del invitado a hablar. No interesa, al respecto, ninguna verificación. Menos escuchar críticas, que vienen, precisamente del país donde supuestamente está en curso una “revolución”; por lo tanto, no se las puede tomar en serio. A lo mejor son no solamente desatinadas, inconformes y resentidas, sino hasta pueden tener secretas vinculaciones con la conspiración de la “derecha”.

Como se puede ver, lo importante no es lo que realmente ocurre y pasa en el país del “proceso de cambio”, sino que se crea que ocurra, que se tenga fe en lo que se dice que pasa. Los izquierdistas se aferran a sus esperanzas, que llaman utopías, se aferran a sus deseos, que llaman proyectos en curso. No son capaces de evaluar las circunstancias, los sucesos, con ojos críticos, sobre todo para apoyar las posibilidades de las transformaciones inherentes en las coyunturas dramáticas. Al hacer apología de “procesos de cambio”, que no dejan de ser contradictorios, se convierten ellos, los izquierdistas oficiosos, en una trampa más, en el recorrido accidentado del “proceso”. Pues, en vez de lograr una buena información, una buena evaluación de los hechos, por lo tanto, en consecuencia, una buena interpretación y análisis, terminan enamorándose de su propia ficción. Este es el momento sintomático, que señala no solo la decadencia misma del decantado “proceso de cambio”, sino de que los supuestos defensores de la revolución del siglo XXI se han convertido, en la práctica, efectivamente, en sus sepultureros.

De los apologistas, “ideólogos”, aduladores, del “proceso de cambio”, hay unos cuantos, contados con los dedos de una mano, que quizás no lleguen ni a dos, que hacen enormes esfuerzos por mantener su seducción artificial por medio de la estrategia impresionista. En vez de debatir contra la crítica que se les hace, prefieren descalificar a los emisores, aludiendo a supuestos dramas figurativos. En vez de contra-argumentar, prefieren inventarse artefactos de palabras sonoras, que brillen por su halito espectacular, aunque no digan nada. Con esto tienen la esperanza de haber impresionado, no tanto a sus interlocutores, a quienes los ignoran despreciativamente, sino a sus entornos subalternos, a la masa de llunk’us, a los escuchas, que aunque no sean de sus entornos, pueda afectarles este teatro elocuente de frases sonoras, empero, huecas.

Todos estos mensajes, que hemos agrupado o clasificado como engañosos o, si se quiere, impresionistas, usando este término provisionalmente, para ilustrar mejor, forman parte de una maraña mayor y quizás más complicada, la de los juegos de poder; en toda su variedad, estilos y proliferaciones abundantes; también microfísicas y macrofísicas de poder. Como dijimos en otros escritos[10], no busquemos culpables, cayendo en el mismo esquematismo dualista político del amigo/enemigo, que se asienta en el matricial esquematismo dualista religioso del fiel/infiel; peor aún, caer en el clima dramático de la consciencia desdichada del espíritu de venganza. Estos personajes histriónicos son víctimas de su propio entramado; de la trama que asumen como guion de sus vidas. Asumen el papel de protagonistas; descargan el peso de este papel en sus cuerpos, sufren con los sufrimientos del personaje que emulan, que termina siendo ellos mismos. Su vida, de esta manera, se ha convertido en un teatro. No salgamos por el lado fácil de que mienten, de que engañan conscientemente y a propósito, como maquiavelos, de la versión francesa. Nada de esto es sostenible. No tienen el control de lo que sucede, como tampoco nadie lo tiene; nadie controla todas las variables intervinientes en su vida. Si hablamos de mensajes engañosos, no es porque se engaña en el sentido simple, sino porque se alude a estrategias de simulación, inherentes a las estrategias de sobrevivencia de los seres orgánicos.  El tema es que esta estrategia de mensajes engañosos se convierte en una hipertrofia de las conductas en personajes públicos de la política. Entonces la estrategia se convierte en una trampa, no solo para quienes se emite el mensaje, sino para los propios entornos del personaje en cuestión, y para el propio personaje de la emulación.

Llamemos a este fenómeno de entrampamiento, que en otro lugar, escrito, llamamos encaracolamiento[11], fenómeno de la burbuja. Los personajes en cuestión habitan burbujas, el mundo se reduce a estas burbujas, la realidad se reduce a lo que se ve desde estas burbujas. Entonces la relación con el mundo es burbujeante, por así decirlo. No es pues una maldad la que motiva el comportamiento de estos hombres públicos, como asumen los otros sacerdotes jueces juzgadores, que tampoco han salido del cirulo vicioso del poder, sino que la dramática del poder se encuentra en esta manera de ver el mundo, incluso de concebirlo, desde su burbuja, que es una atmosfera propia, que a la vez de cobijarlos, los atrapa en la ilusión del aislamiento, de la impunidad, de la creencia en una suerte de invulnerabilidad. Aunque mucha gente no lo crea, la vida de estos personajes es dramática, por eso mismo triste, drama sólo compensado con la ilusión de que las ceremonias del poder verifican el dominio absoluto del Estado. Las ceremonias no verifican nada, sino que reproducen la institución imaginaria del Estado.

Manteniendo nuestra metáfora ilustrativa, si el problema burbujeante quedara ahí, en esta reducida extensión climática y atmosférica de los entornos del poder crepuscular, no sería tan grave; sin embargo, no es así. Aunque no se encuentren en la burbuja, las muchedumbres que se encuentran seducidas por el poder, por sus figuras, ya se den en forma del mito del caudillo u otra forma institucional, ven el mundo, no desde la burbuja, pues no se encuentran ahí, sino desde el reflejo del mundo en la superficie curva de la burbuja. Ven el mundo desde el espejo del poder. Entonces, no solamente los personajes públicos de la política, los entornos, sino también las muchedumbres seguidoras, se encuentran atrapadas por el fenómeno burbujeante de estos climas y atmosferas envolventes del poder.

No se trata de castigar a nadie, ni ponerlo en el cadalso, después de acusarlo y ponerlo en el banquillo de los acusados; esto sería, no salir del círculo vicioso del poder. Se trata de romper con este circuito vicioso, con este círculo, con esta orbita perversa. Se trata de salir de estas órbitas y generar fugas de las gravitaciones del poder, creando con los recorridos libres otros mundos, incluso otros universos.

Condena del imaginario llunk’u

También forman parte de máquinas de poder estas prácticas de adulación, de sumisión y subordinación de los zalameros de jefes. Incluso ampliando, con la condición de introducir descripciones más completas, se puede incorporar a partidos, a partidos-Estado, a “ideologías” absolutistas.  Entonces se hablaría de dogmatismos ciegos al partido y a la ideología del partido. Hasta ahora se ha entendido estas prácticas aduladoras como si tuvieran su origen sólo en el comportamiento servil y sumiso, en la falta de dignidad; pero, no. No parece que sea solo así, que tenga que ver con la falta de ética, de moral y decoro individual de esta gente dedicada al culto del jefe, sino que, lo condicionante, parece ser que se trata de roles, de estructura de roles, establecidos en máquinas de poder. Si no cumplen unos esos papeles, otros lo hacen. Aunque varíen de acuerdo a sus perfiles personales y, quizás, de acuerdo a su siluetas particulares, al mayor o menor decoro, a mayor o menor iniciativa propia o, caso contrario, indiferencia galopante, los papeles se cumplen. Pero, ¿qué clase de roles, qué clase de papeles son estos?

No se trata tanto, por cierto, como se ha creído, de convencer a la opinión pública de que el jefe es el caudillo, de que el caudillo es el mesías político, de que está en curso un “proceso de cambio”. Introduciendo la ampliación de la que hablamos, diríamos, de que el partido es la vanguardia histórica, la conciencia histórica, el horizonte epistemológico del momento; el Estado revolucionario es la emancipación en curso, si no es ya la realización, por decreto, de la sociedad sin clases.  Pues esta tarea, en todo caso esta mal efectuada; no es convincente.  ¿Se trata de convencer acaso al jefe que ellos son consecuentemente leales, fieles, indispensables? ¿Requiere esta demostración el jefe?  Siguiendo con nuestra ampliación, ¿de convencer al partido que son los militantes puros, profesionales, dedicados? En todo caso, no parece ser lo más indispensable. Lo que parece, mas bien, importante, es mantener las burbujas de los climas y atmósferas cerradas del poder; es menester mantener el equilibrio interno de las temperaturas y los climas, en una relación adecuada con los climas, atmósferas y corrientes externas a las burbujas; es menester preservar las burbujas, reproducirlas, aferrarlas a sus existencias. La tarea entonces de estos funcionarios de la subalternidad, la sumisión, la adulación y las zalamerías, es preservar las burbujas frente a las contingencias.

No tiene sentido discutir con ellos, con sus discursos, sus propagandas, sus publicidades, sus débiles, repetitivos y reiterados argumentos, poco ingeniosos. Pues la función de estos discursos no es el del debate, el de la discusión, tampoco exactamente el convencer, sino el de mantener un ambiente, o, mejor dicho, los ambientes de los climas del poder. Así como en un restaurant de prestigio o en las mesas de una recepción de gala se debe mantener la indumentaria, el decoro, la distribución de los utensilios y el buen aspecto del ambiente, de la misma manera, las burbujas del poder deben preservar sus aspectos acostumbrados, que por tanto repetirse parecen  permanentes, incluso, la realidad incontestable.

Lo que hay que estudiar no son sus discursos, pues no se gana mucho con esto, incluso, en el caso, que alguno se esmere por decir algo, sino sus distribuciones funcionales en las estructuras climáticas del poder. Lo que hay que analizar es sus funciones y desempeños, como engranajes y prácticas, en las máquinas de poder.

Las burbujas del poder aferran su existencia como toda forma de existencia. El tema es que en las formas de vida las estrategias de sobrevivencia tienen que ver fundamentalmente con la memoria sensible, con la inteligencia adaptativa, de adecuación constante, en persistente equilibración; por lo tanto, inventiva, en los entornos y ecologías, donde emergen y perduran, cambiando estas formas. En cambio, en la artificialidad de las formas de poder, se pierde la memoria sensible, también la inteligencia adaptativa, de adecuación constante y de equilibraciones cambiantes. Se opone a la información desbordante de los desafiantes entornos y los entramados ecológicos, la seguridad ilusoria de los imaginarios del poder, que resuelve su legitimidad en las tramas teleológicas, donde su verdad se realiza porque está inscrita en la verdad del origen institucional. Por eso mismo, se entiende, que su perseverancia se deba sobre todo al incremento de la violencia institucionalizada. La perseverancia de las burbujas del poder es proporcional al incremento de la violencia monopólica.

No se crea que este decurso de la perseverancia del poder se resuelve, de alguna manera, aunque sea mejorando, con la modificación aperturante de nuevos discursos, de nuevos proyectos de poder. Este fue el camino de los discursos revolucionarios. Lo que ha ocurrido es que se han ensanchado las posibilidades argumentativas, quizás ampliado los diámetros de las burbujas; empero, no se ha dejado la artificialidad de estas formas provisionales de la institucionalidad de las formas de poder. Los costos de esta mantención, la de las burbujas del poder, son altos; cada vez más altos. Ahora, las burbujas proliferantes del poder, coaligadas en una fabulosa maquinaria imperial, globalizada, exigen no solo el cumplimiento masivo de estos estructurados roles aduladores, zalameros, subordinados y sumisos, sino que exigen, obligando a las muchedumbres desoladas, a creer en los reflejos edulcorantes de las curvaturas de las burbujas del poder. Lo más grave es que los costos son tan altos que exigen el consumo destructivo de los recursos naturales, de los bosques, de los ciclos del agua, de los ciclos del aire, de los ciclos del suelo, de los ciclos vitales.

No es pues una culpa heredada la que traga, en el drama cotidiano, a estos funcionarios de la adulación y la zalamería, sino el diseño, mejor dicho, la arquitectura, de las maquinarias de poder, que define roles, papeles, funciones, prácticas, constantes, para mantener los climas y las atmosferas de estas burbujas, que preservan ambientes artificiales, a costos muy altos para la vida. Por cierto, no se resuelve el problema cambiando a unos aduladores por otros; los nuevos serán también zalameros, aunque intentes dignidad y tomar iniciativas. Mientras esta arquitectura, este diseño, que sostiene los climas artificiales de las burbujas se mantenga, siempre habrá quienes cumplan estas indignas funciones y prácticas de sumisión, quiéranlo o no.

Si la vida tiene que continuar, hablando de las sociedades humanas, que forman parte de las ecologías, es menester que estas burbujas artificiales, que pueden haber servido en periodos anteriores, por decir algo, estallen, abriéndose a los climas desbordantes, espontáneos, creativos, de los entramados ecológicos. Es menester no construir estas artificialidades provisionales, sino vínculos adecuados con los entramados ecológicos.

A modo de conclusión preliminar

Es necesario salir de un pretendido debate, que no existe, por cierto, pues lo que hay es un monopolio y control de la opinión pública, por medio del copar casi absoluto de los medios de comunicación, sean públicos o privados. En todo caso el análisis, la crítica, no puede estar dirigida a los que no la reciben, no la escuchan, ni la leen, que son los encargados de la propaganda, publicidad y supuesta argumentación en defensa del gobierno progresista, sino a los y las activistas, de las nuevas generaciones de luchas, jóvenes rebeldes e iconoclastas, con quienes se aprende y se delibera sobre las interpretaciones de la crisis estructural, orgánica y civilizatoria del sistema-mundo capitalista.

En vez de esto, de un debate que no existe, es indispensable estudiar los mapas de las distribuciones de funciones y prácticas de estos engranajes detallados del poder, que tienen que ver con estas subjetividades aduladoras y zalameras, sumisas y subordinadas, de esta burocracia inquieta, dedicada a mantener ambientes institucionales como protocolos y repertorios ostentosos.

Psicología del llunk’u

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

Federico García Lorca: Romance de la guardia civil española; en Romancero gitano.

Crecen a la sombra del caudillo. Paradójicamente viven opacados por el brillo del líder; quien, en vez de calor, los alimenta de frío. No son auténticos ni veraces; solo emulan los deseos del que vanaglorian como Dios o como padre de todos. Por eso, consideran “traición a la patria”, cuando escuchan críticas u observaciones, ya sea al caudillo o a su gobierno, que creen que es la cúspide de la política. Nuca argumentan, solo se resienten y hacen escuchar su resentimiento bulliciosamente, para que les escuche el caudillo y los tenga en cuenta. Creen que la lealtad es idolatrar todos los actos y rasgos del caudillo; para ellos no hay errores, ni contradicciones. Estos atributos son invento de los “traidores” o de los “conspiradores”, vengan de donde vengan, de las “derechas” o de las “izquierdas” radicales, que para ellos se les antoja que coadyuvan a los planes de la “oligarquía” o del “imperialismo”. No se sabe por qué, pero, así es, indiscutiblemente.

En el fondo, saben que dependen del caudillo; por eso, requieren que esté siempre presente, como en el cielo. Confunden la permanencia con la eternidad en el poder. Sin el patriarca otoñal no podrían ser algo, alguien, pues no tienen cualidades naturales, carecen de cualidades propias, pues han aprendido a simular bien. Incluso, cuando conviene que el líder se retire a sopesar, para evitar su desgaste, y volver más fuerte al escenario político, prefieren mantenerlo, como cuando a un enfermo terminal se lo mantiene artificialmente. Este es un ejemplo exagerado para ilustrar.  En este caso, si bien viven y sobreviven por el caudillo, al mantenerlo, de esta forma al jefe, le hacen pagar un costo alto, su desgaste continuo, después escabroso, para poder sostenerse ellos todo lo que se pueda estirar el elástico de sus dominios usurpados.

Como en las guerras sagradas de la celosas religiones, cuando se atenta contra su verdad o se la cuestiona, acudiendo al argumento de pecado con Dios, acusando de deicidio, usan el argumento de “traición a la patria”, pues el caudillo es la patria; por lo tanto, ellos son la patria, que hay que respetar sin miramientos, como devotos chauvinistas. La patria se les antoja una vitrina de adulaciones y peregrinas figuras de museo. Su imaginario llega donde llegan sus alabanzas; para ellos se ciega su visión en el espejo. El mundo es la imagen en el espejo de su devota entrega a las compulsiones delirantes del caudillo y a las pulsiones de muerte del poder.

No se dan cuenta que ocultan a su líder la efectiva realidad, compleja, profusa y paradójica. Por eso no atinan a resolver problemas sino a ocasionar más problemas con su actitud incierta, descomedida e indigna.  Al final son ellos los que entierran al caudillo, después de haber mirado con ojos claudicantes su cuerpo simbólico, que oculta el cuerpo humano.

La derrota del gobierno

Perder como ha perdido el gobierno y su ocupación de los aparatos del Estado, en el referéndum autonómico sobre los estatutos, es perder cuantitativamente y cualitativamente. Ha perdido en los departamentos donde se hizo la consulta. En Chuquisaca el No gano por casi el 57%, en La Paz por cerca de 70% (68%), en Cochabamba el No ganó por cerca del 62%, en Oruro el No llega al 74% y en Potosí llega a casi el 70% (68%). En cambio, el Si llega en Chuquisaca a cerca del 43%, en La Paz al 32%, en Cochabamba al 38%, en Oruro al 26%, y en Potosí al 32%.  La suma no llega al 100%, la diferencia corresponde a los votos blancos y nulos. Las cifras nos hablan de una diferencia porcentual que viene del 14%, en el caso de Chuquisaca, al 48%, en el caso de Oruro. En La Paz la diferencia es del orden del 38%, en Cochabamba es del orden del 24% y en Potosí del orden del 39%. Esta es la magnitud de la derrota. No hay por donde perderse; sin embargo, parece que hay gente que se pierde, de todas maneras, a pesar de los números. Esto se nota en las estrambóticas interpretaciones. El decir que el mensaje de los resultados del referéndum autonómico es que el occidente del país no quiere autonomías, también se ha dicho que no está preparado para las autonomías, no está maduro, no es otra cosa que muestra de desesperación delirante, ante la contundente derrota.

Desde que el gobierno impuso la Ley Marco de autonomías, con su ocupación institucional del Estado, usando los órganos de poder como apéndices del ejecutivo, se vio claramente que el gobierno no quiere autonomías, no quiere acatar la Constitución, no quiere construir un Estado Plurinacional Comunitario y autonómico, como manda la Constitución. El “ideólogo” gubernamental, sus apologistas y la masa de llunk’us que merodean, creen que se puede manipular doblemente; en el terreno de los discursos, creen que se pueden manipular los sentidos, los significados, los conceptos, que transmiten los discursos, sobre todo lo que está escrito en la Constitución. En el terreno de la realidad, por así decirlo, sin pretender sacar de la realidad a los discursos, sino usando la figura del sentido común, creen que se pueden manipular los hechos, los sucesos, los eventos, implementando una maquinaria monopólica de la desinformación, que es la ocupación casi total de la esfera comunicacional, efectuada por el control de los medios de comunicación. Esta es su pretensión descomunal y desfachatada; sin embargo, sabemos que no se puede hacer esto, aunque lo hagan provisionalmente, recurriendo a artilugios, al dominio coyuntural, a la prepotencia insistente. En todo caso, los sentidos, los significados, los conceptos, no responden a maniobras verbales, sino a estructuras conceptuarles y categoriales, teóricas, o incluso meramente discursivas, intentando quizás, en el mejor de los casos, la pretensión descriptiva. La llamada realidad no responde al capricho paranoico y absolutista de los gobernantes, sino al juego de azar y necesidad, que se efectúa en la concurrencia de las fuerzas.

Al hablar de fuerzas no nos referimos al contar con el monopolio de la violencia; esto último es apenas un efecto del juego de las fuerzas. Nos referimos a las relaciones de fuerzas, a las estructuras, diagramas, cartografías de fuerza, distribuidas en los espacios, espesores, territorios, donde estas fuerzas concurren.

Entonces, si los significados inherentes y los conceptos ventilados no responden al capricho verbal, tampoco los hechos responden a la obsesión absolutista de los gobernantes, qué es lo que ocurre cuando el “ideólogo” del populismo del siglo XXI dice que el mensaje es que no se quiere autonomías, sino un “Estado centralista y fuerte”. Los estatutos autonómicos están muy lejos de expresar a las autonomías, a lo establecido en la Constitución en el entramado de competencias, a lo establecido en la Constitución en lo que respecta a esa articulación dinámica de lo plurinacional, comunitario y autonómico. Más parecen garabatos mal dibujados de lo que opacamente se entiende por autonomía y por lo que establece la Constitución. Pretender que el rechazo popular a esta propuesta mamarracho de estatutos es un mensaje negativo para las autonomías es una muestra patética no solamente de delirante desesperación por la derrota, sino una muestra de estar hace tiempo completamente desenfocado, fuera de la realidad, acurrucado en su burbuja, la que, a pesar de su vaguedad, vulnerabilidad y provisionalidad, pretende reducir al mundo a la curvatura cristalina de sus propias angustias.

Lo que hay que hacer es explicarse la mecánica de la derrota, por así decirlo. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Descartamos desde ya el exaltado triunfalismo de la llamada “oposición”, que cree, equivocadamente, que esta actitud popular se debe a su convocatoria. Esta oposición, llamada “derecha” por el oficialismo, que no se sabe que tiene de “izquierda”, no tiene la fuerza de esa convocatoria que pretende. No es por aquí por donde hay que buscar las causas, usando una figura usual. Para responder a esta inquietud es indispensable hacer investigaciones al respecto, usando metodologías sociodemográficas y de las ciencias sociales, auscultando en el detalle de las circunscripciones. Nosotros no pretendemos sustituir esta investigación, provisionalmente, con hipótesis; sino sugerir falencias por el lado del gobierno, al ingresar al referéndum autonómico. La fenomenología de las decisiones tomadas por el pueblo votante tendrá que captarse en las investigaciones mencionadas.

Sin tocar la Ley Marco de autonomías, que es, mas bien, un dispositivo de autonomicidio, el elaborar estatutos sin la participación necesaria y requerida de la población, es no solamente una vulneración de los derechos democráticos, en el alcance participativo establecido en la Constitución, sino un abuso de poder, contando con la connivencia y complicidad de los delegados de las asambleas departamentales y ciertamente del triste Ministerio de autonomías. No vamos a hablar aquí, ya lo hicimos en otro escrito[12], de la distancia enorme que despliegan los estatutos con lo establecido en la Constitución; sino apuntar un dato conocido por todos; los estatutos eran desconocidos para los votantes. ¿Qué se pretendía? ¿Qué voten a ciegas? Por mera confianza en el líder. Esto es una muestra de desprecio a la gente, al pueblo, a los votantes. Como si no tuvieran derecho a pensar, a decidir por ellos mismos; su obligación supuesta sería la de la obediencia. ¿Qué es lo que les ha llevado a los gobernantes y sus “estrategas” hacerles creer que esta exigencia, a lo que consideran las masas capturadas de manera absolutista, iba a ser respondida dócilmente, que iban a actuar de una manera tan sumisa, tan esclava? ¿Su exacerbado orgullo? ¿Su extravagante alucinación de grandeza? ¿Por ser ellos los “héroes” asumidos de un “proceso de cambio”, que aunque no aparezca por ninguna parte, esta difundido por todos los medios, propaganda y publicidades,  buscando dar vida a una de las ficciones del poder: Creer que cambio es que ellos estén en vez de otros?

Se puede incorporar, en estas sugerencias, los escándalos de corrupción, que estallaron y fueron conocidos públicamente, la larga lista de atropellos a la Constitución, a las naciones y pueblos indígenas originarios, la vulneración de la misma soberanía, cuando desnacionalizan con los contratos de operaciones, lo que nacionalizaron solo por un año, la traición a la patria efectuada en su Ley minera, que entrega los recursos minerales a las empresas trasnacionales extractivitas en condiciones altamente onerosas, incluso más de lo que hacían los propios neoliberales. Sobre todo, retomar, en esta secuencia, el conflicto potosino, que conmovió a Bolivia, menos al gobierno.  Sin embargo, si bien estos son eventos que marcan decursos histórico-político-económicos en la coyuntura, no sabemos, de qué manera han impactado en la consciencia popular y por lo tanto en su decisión subsecuente. La respuesta a esta pregunta corresponde a las investigaciones mencionadas. Lo que sí se puede constatar, en los resultados del referéndum autonómico, es que, esta vez, la que se considera masa capturada por la sombra del caudillo y por la demagogia populista no ha acatado a sus órdenes, ha decidido por sí mima. Como cuando quisieron imponer los magistrados, legalizando la imposición, a pesar de haber ganado el voto nulo; aunque, de todas maneras, torpemente, lo hicieron, de todas formas, quedó el veredicto popular inscrito en los resultados de esa votación; el pueblo anulo esas elecciones de magistrados.

El conservadurismo de los gobiernos progresistas

Se denomina gobiernos progresistas a estas expresiones políticas que forman parte del llamado viraje a la “izquierda”, dado por los gobiernos populistas, con pretensiones del nuevo socialismo, el del siglo XXI. Después de la experiencia política vivida respecto de estos gobiernos, que incluso han continuado secuenciales gestiones, podemos preguntarnos sobre el carácter de este progresismo, calificativo atribuido por los intelectuales de “izquierda”.

Se dice que estos gobiernos son progresistas porque se oponen al neoliberalismo, que remplazan a los gobiernos neoliberales, que los antecedieron; siguiendo otra ruta, la de la soberanía nacional, la de la recuperación de los recursos naturales, en manos extranjeras; la de la ampliación de los derechos democráticos, no solo reestableciendo los derechos del trabajo y sociales, anulados por el neoliberalismo, sino incorporando derechos colectivos. Se identifica este viraje a la “izquierda” con la declarada transición al socialismo, puesta como finalidad de estos gobiernos. Se puede llegar a aceptar estos contrastes de los gobiernos progresistas respecto a los gobiernos neoliberales; empero, ¿es suficiente este contraste para decláralos progresistas? ¿Progresismo respecto a qué? ¿Al neoliberalismo? Por cierto, que puede ser; sin embargo, ¿se puede sostener este calificativo de progresismo cuando hablamos de las problemáticas enfrentadas en la actualidad? Por ejemplo, el impacto destructivo del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. ¿No observamos acaso que estos gobiernos progresistas son los más compulsivos extractivistas? ¿Podemos hablar en este caso de progresismo? ¿No es más bien lo contrario, conservadurismo? Otro ejemplo, los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, que corresponden a las tareas de descolonización. ¿No han mostrado, patentemente, más bien, estos gobiernos progresistas, su apego, hasta fanático, por el desarrollo y el progreso; mitos cuestionados en la contemporaneidad, llevándoles, esta ansiedad moderna, a políticas anti-indígenas?  ¿Dónde está aquí el progresismo? ¿Si hablamos de la profundización de la democracia, no han manifestado abiertamente un endurecimiento centralista, autoritario, vertical y burocrático, llevando al extremo el culto a la personalidad del caudillo; mito al que recurren para cohesionarse, en vez de las convocatorias democráticas y participativas? ¿Dónde está aquí lo progresista? Más parece, evidentemente, retornos a los conservadurismos recalcitrantes de formas de poder centralizantes, verticalistas, autoritarias, burocráticas, que caracterizaron a los gobiernos conservadores y nacionalistas de “derecha”. Entonces, ¿qué quieren decir los intelectuales de “izquierda” cuando hablan de progresista, calificando a estos gobiernos del viraje a la “izquierda”?

Podemos, incluso, ir a más detalle. Cuando revisamos sus políticas soberanas, vemos, que después de nacionalizar, si es que lo hicieron, en vez de comprar acciones, como en cualquier bolsa de valores, terminan cediendo a las presiones de las empresas trasnacionales “nacionalizadas”, a las que se les indemniza, se les restituye “gastos declarados”, sin control; empresas, que siguen teniendo el control general de los mercados y del monopolio de la industrialización, incluso, como en el caso de Bolivia, el control técnico de la empresa nacionalizada. Industrialización, ahora, en manos de las llamadas potencias emergentes, industrialización que subsume las materias primas a la vorágine de la valorización. Los gobiernos progresistas vuelven a convocar a las empresas privadas, sobre todo trasnacionales, para otorgarles concesiones. ¿Dónde está el progresismo aquí? Sobre todo teniendo en cuenta, que no nos encontramos en la mitad del siglo XX, cuando los gobiernos nacionalistas de “izquierda” y populistas nacionalizaban expropiando e intentaban la ruta de la sustitución de importaciones. Nos encontramos ya en el siglo XXI cuando el mito de la industrialización se ha desvanecido ante el avance de la revolución tecnológica, científica y cibernética. Los gobiernos progresistas del siglo XXI no son consecuentes como lo fueron los gobiernos nacionalistas de “izquierda” y populistas del siglo XX, en estos temas. Vemos que en esto, hay por lo menos un doble reforzamiento conservador; respecto a los gobiernos nacionalistas de “izquierda” del siglo XX, están en rezago y distantes, pues no son consecuentes como aquéllos lo fueron. Ciertamente hay que considerar el anacronismo, parcialmente alterativo[13], del gobierno bolivariano de Venezuela, que a diferencia de los otros gobiernos progresistas, forma parte protagónica de la revolución nacional-popular, denominada revolución bolivariana, combinada con la conformación de comunas autogestionarias y demisiones, que son, estas últimas, los proyectos sociales del gobierno, en gran escala, como disposiciones y recorridos a lo que llama socialismo del siglo XXI.

Respecto a la revolución tecnológica-científica-cibernética, los gobiernos progresistas no la han asumido ni la entienden, salvo quizás lo que ocurre con el gobierno progresista de la potencia emergente de Brasil; no entra en su imaginario, solo atinan a repetir tardíamente el anhelo de reproducir la revolución industrial británica en su país y dos siglos después. Con el aditamento que no tienen el cuidado de conformar las condiciones de posibilidad de la industrialización; condiciones de posibilidad, que obviamente, no se restringen a la nacionalización, pues se requiere una revolución cultural y científica, incluso, aunque no compartimos, con características modernas, de las más actuales, requiere de la masa crítica de científicos, por lo tanto, de su formación. Otra vez, en este caso, es una excepción Brasil, pero también Argentina; sin embargo, en el caso Argentino, esto es logro del pasado; las irradiaciones de la revolución industrial peronista, no tanto así una preocupación del momento. Por eso mismo, se puede decir que Brasil está más avanzado, ahora, en lo que corresponde a tomar en cuenta e implementar, parcialmente, las revoluciones tecnológicas, científicas y cibernéticas. ¿Dónde está pues el progresismo de estos gobiernos? En la cabeza de los intelectuales de “izquierda”, que se han convertido en los apologistas de estos gobiernos barrocos.

El panorama se complica, si relacionamos a estos gobiernos progresistas con las responsabilidades y tareas ecológicas, que nos compete a las sociedades humanas en la contemporaneidad. Los gobiernos progresistas han convertido a la ecología en una enemiga, casi aliada, si no lo es ya, en su imaginario, del “imperialismo”. Llama la atención esta conducta anti-ecologista, no solamente debido al contraste de esta conducta extractivista con su demagogia de “defensa de la madre tierra”, sino porque, hoy, la lucha ecologista forma parte de la lucha anti-capitalista, del capitalismo de hoy, no del fantasma del capitalismo de mediados del siglo XX, que es la figura que tienen en su imaginario los gobiernos progresistas. No hablamos del ecologismo “light”[14], sino del ecologismo como tal, como teoría de la complejidad, como práctica de integración de las sociedades humanas a los ciclos vitales de los ecosistemas[15]. Los gobiernos progresistas no defienden, efectivamente, es decir, en la práctica, a la madre tierra, menos los derechos de los seres de la madre tierra y sus ciclos vitales; tampoco son, efectivamente, en la práctica, anti-capitalistas, salvo solo de palabra, en dramáticos discursos, donde se desgarran las vestiduras; empero, promueven, efectivamente, el capitalismo, en todas sus formas, desde el capitalismo salvaje hasta el capitalismo monopólico trasnacional, pasando por el capitalismo cooperativo, el capitalismo comercial, llegando a promover el capitalismo más devastador, el capitalismo financiero, íntimamente vinculado al capitalismo extractivista.

Si comparamos a los gobiernos progresistas con todos estos otros referentes, dejando la comparación con los gobiernos neoliberales, que es el único referente donde podría llamarse a estos gobiernos como progresistas relativos, vemos que estos gobiernos son abrumadoramente conservadores.

La caracterización exhaustiva de estos gobiernos “progresistas” adquiere un tono grave si comparamos sus políticas, su perfil político, con las tareas urgentes, emancipadoras, de desmotar las estructuras patriarcales, que en conjunto, hacen a la matriz de los diagramas de poder patriarcal. La exacerbación machista, en todas sus formas, se exalta en estos gobiernos populistas. Es aquí, en este lugar, donde vemos claramente el barroco perfil, el contenido, la expresión conservadores de estos gobiernos “progresistas”.

Añadiendo un tópico más, si comparamos a los gobiernos progresistas con la tan decantada e institucionalizada tarea de integración continental, la integración de América Latina y el caribe, vemos que a lo único que llegan estos gobiernos es, saliendo del imaginario del discurso de integración, a conformar instituciones de integración, que alimentan la burocracia de las utopías no cumplidas. Estos gobiernos están lejos de encaminarse a la constitución la Patria Grande; en la práctica, reviven la reproducción, en distintas versiones, de las repúblicas que instauraron sus oligarquías.

Entonces la insostenibilidad de una caracterización como la de los gobiernos progresistas es problema del imaginario intelectual de “izquierda”, que prefiere recurrir al esquematismo dual de conservadores/progresistas, derechas/izquierdas, neoliberales/posneoliberales, para justificar sus tibias posiciones críticas y sus cómplices posiciones inactivas, empero si apologistas.

¿Qué son los gobiernos progresistas?

La diferencia que los distingue de los gobiernos neoliberales solo los caracteriza parcialmente; hay que buscar, en el orden de relaciones con el mundo, otras peculiaridades de estos gobiernos, para lograr una caracterización completa, por lo menos en una coyuntura, mejor si es una gestión, mucho más en gestiones de un periodo. Como hemos visto, las otras peculiaridades logradas, precisamente por estas relaciones en el orden del mundo, pero, también en el desorden del mundo, por así decirlo, muestran, mas bien, analogías que comparten con otras formas de gobierno, incluso los gobiernos neoliberales. Analogías que tienen que ver, en primer lugar, con la forma de Estado; se trata del Estado liberal, instaurado, después de las guerras de independencia. No se puede decir que esta forma de Estado haya cambiado, ni con la revolución nacional-popular, ni menos, ahora, con la llegada de los gobiernos progresistas. Siguen siendo repúblicas, por más que el discurso de uno de los gobiernos progresistas, el que se reclama de “gobierno de los movimientos sociales”, incluso pretende ser “gobierno indígena”, diga que no lo es. La república se caracteriza por la forma de Estado, que separa sociedad de Estado, que constituye la formalidad institucionalizada de la democracia representativa, conformando la división de poderes, que, aunque no se cumplan en la práctica, encontrándose los órganos de poder controlados por el ejecutivo, de todas maneras, está en la arquitectura estructural del Estado y en el modelo ideal del funcionamiento de este Estado, está en su Constitución. Ni con la revolución nacional, ni con la llamada “revolución cultural y democrática”, en otro país se llama “revolución ciudadana”, el Estado ha dejado de ser liberal. Las palabras y los discursos no tienen la magia para cambiar la forma de Estado. Que la Constitución establezca la condición y la estructura jurídica-política de Estado Plurinacional, no quiere decir que se cumpla, por arte de norma establecida; pues para que ocurra esto tienen que darse transformaciones estructurales e institucionales, que trastoquen la forma de Estado. Esto no ha ocurrido. En la historia política moderna, los únicos lugares donde se ha dado el trastrocamiento en la forma de Estado es donde se dieron las llamadas revoluciones socialistas, que conformaron lo que se conoce como socialismo real.

Los gobiernos progresistas no efectuaron las transformaciones estructurales e institucionales, que ocasionen la transformación de la forma de Estado, como ocurrió en el socialismo real. Estas transformaciones podían haber sido de otra manera, con otras rutas, como lo que establece la Constitución boliviana, instaurando, jurídicamente y políticamente, la condición plurinacional, la condición comunitaria, la condición autonómica, la condición intercultural, la condición participativa y la condición ecológica. Sin embargo, estas condiciones quedaron en la Constitución; el gobierno progresista boliviano ha consolidado, como no lo hizo el gobierno de la revolución nacional, el Estado-nación; es decir, ha avanzado más en la consolidación del Estado-nación que lo efectuado por el gobierno de la revolución nacional.

Los dos gobiernos progresistas, cuyas constituciones establecen la condición plurinacional del Estado, han dejado esta condición jurídico-política en la Constitución, para abocarse, en la práctica, a consolidar el Estado-nación. El gobierno progresista de Venezuela, cuya Constitución no tiene la pretensión plurinacional, sino claramente de consolidación plena y soberana de Estado-nación, no manifiesta, en la práctica, este desajuste, esta dislocación entre Constitución y las prácticas políticas. Sin embargo, la Constitución bolivariana expresa la condición participativa, incluso comunitaria del Estado; participación que llegó hasta la conformación de las comunas. Ahí se quedó, pues la participación no salió de esta innegable experiencia autogestionaria, aunque sea parcialmente autogestionaria, tal como establece la Constitución, empero, circunscrita a áreas delimitadas de la sociedad, sin llegar a transformar la relación Estado y sociedad. El Estado sigue siendo la institución imaginaria de la sociedad y la sociedad sigue subordinada, desvalorizada frente al ideal del Estado, que pretende ser la síntesis de la sociedad, la sociedad política.  Las prácticas políticas no han dejado su elaboración burocrática, la racionalidad vertical y diferida, concentrada desmesuradamente en la función presidencialista; no han abandonado, de ninguna manera, la razón de Estado.  A pesar de los avances, se está lejos de la democracia participativa integral y de una sociedad comunitaria autogestionaria, como proyecta la Constitución.

En lo que respecta al gobierno progresistas de Brasil, recogiendo lo que dijimos en Acontecimiento Brasil, en Gramatología del acontecimiento y en Acontecimiento Político[16], queda claro que la práctica política de las gestiones de gobierno del Partido de los Trabajadores está muy lejos del proyecto socialista del PT. Ciertamente las condiciones sociales de amplias mayorías han mejorado, sobre todo en el sentido de su aburguesamiento, incorporando a grandes contingentes poblacionales a las clases medias; cincuenta millones según Raúl Zibechi[17]. Pero, se está lejos de haber atendido las necesidades de los otros grandes contingentes de un país de más de 200 millones de habitantes. También no se ven sustanciales avances en lo que respecta a su independencia económica, a pesar de ser considerada Brasil potencia emergente. Francisco de Oliveira denomina a la composición abigarrada de la formación económica-social brasilera el neo-atraso brasilero, comparándola, metafóricamente, con un ornitorrinco[18]. Estamos ante la prolongación social, pues no podemos llamarla socialista, de lo que Francisco de Oliveira llama la modernización conservadora.

Los otros gobiernos progresistas, que se parecen menos a serlo, pues están mucho más cerca de lo que fueron los gobiernos neoliberales, que lo que ocurre con los anteriores gobiernos progresistas mencionados, son los gobiernos de Argentina y de Uruguay. Usando una descripción figurativa de Mariestella Svampa, en lo que respecta a Argentina, podemos decir que se vive la prolongación del eterno retorno peronista. No se trata, de ninguna manera, de desconocer los desplazamientos logrados en la formación económico-social argentina por la revolución populista. Indudablemente el peronismo fue un acto de soberanía, con todas las contradicciones que arrastró esta revolución populista, como en el caso de Getúlio Vargas, en Brasil; tampoco de desconocer desplazamientos, de menor envergadura, de los gobiernos kirchneristas respecto a los gobiernos neoliberales; sino de conmensurar la magnitud del progresismo de estos gobiernos rioplatenses en comparación de la magnitud del progresismo de los anteriores gobiernos progresistas mencionados. Si bien todos los gobiernos progresistas, incluyendo al gobierno progresista de Nicaragua, del que no mencionamos todavía, ni tampoco auscultaremos en este ensayo, además de otros gobiernos no progresistas, conforman el ALBA, haciéndolos afines en lo que respecta a la integración latinoamericana y del Caribe, esto no quiere decir que sean por igual progresistas.

Estamos en menos condiciones para decir algo que no sea una generalidad, en lo que respecta a Uruguay. Nos falta información; posponemos su caracterización más detallada para después; otro ensayo. De todas maneras, la impresión que tenemos es que el progresismo uruguayo no abandonó el modelo neoliberal; incluso estaría rezagado en esto en comparación con el gobierno progresista argentino.

Volviendo a la pregunta ¿qué son los gobiernos progresistas?, proponemos las siguientes caracterizaciones:

Caracterización genealógica de los gobiernos progresistas

1.   Los gobiernos progresistas del siglo XXI son la expresión crepuscular del Estado-nación, en plena crisis múltiple desenvuelta. Crisis no solo de legitimación, por lo tanto, crisis “ideológica”, sino crisis estructural de la forma Estado, en todas sus variaciones. Se trata de la crisis del Estado como institución imaginaria de la sociedad y como estructura de poder institucionalizada. Si se muestran progresistas, a los ojos bondadosos de los intelectuales de “izquierda”, es porque la crisis múltiple del Estado-nación la experimentan acompañados por el pueblo, que también ve con ojos esperanzadores a estos gobiernos del viraje a la “izquierda.

2.   En los gobiernos progresistas se manifiesta políticamente la crisis social, la crisis de la sociedad, que ha sido capturada por las mallas institucionales del Estado. Sociedades institucionalizadas que todavía apuestan a la esperanza y expectativa de lograr transiciones adecuadas, en el camino de las emancipaciones, a través de estos gobiernos progresistas, que tienen de progresistas más en las pretensiones discursivas que en el ejercicio práctico del poder, en el ejercicio y ejecución de las política de gestiones, que son, mas bien, la recurrencia reiterativa de las políticas burocráticas establecidas en la arquitectura del Estado moderno y en las prescripciones del orden mundial.

3.   Los gobiernos progresistas juegan y se mueven en los límites de los márgenes de maniobra, que deja abiertos el sistema-mundo capitalista. No cruzan estos límites, se quedan como en el umbral del otro horizonte o los otros horizontes histórico-políticos-culturales-civilizatorios por venir. En este sentido, los gobiernos progresistas forman parte del sistema-mundo capitalista, de la economía-mundo capitalista y del orden mundial, del imperio. Garantizan en las periferias del sistema-mundo el funcionamiento de la geopolítica del sistema-mundo, que ahora diferencia tres de espaciamientos; centros, periferias y potencias emergentes, entonces, mediaciones geopolíticos de amortiguamiento.

4.   Desde la perspectiva de las estructuras de larga duración, los gobiernos progresistas son la continuidad apaciguada de la colonialidad. Se comportan como los gobiernos conservadores, después liberales, seguidos por los nacionalistas, en esta secuencia, por los gobiernos neoliberales, culminando con los gobiernos populistas, en lo que respecta a las naciones y pueblos indígenas originarios. Como todos los gobiernos mencionados, tienen en sus cabezas una vaga astronomía del desarrollo, convertido en mito y finalidad suprema. Este imaginario desarrollista, que, sin embargo, adquiere connotaciones paradójicas con su apego al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, los lleva a comportarse como gobiernos anti-indígenas. En el fondo, aunque no lo declaren abiertamente, las más de las veces, de todas maneras, develándose, de vez en cuando, en declaraciones repentinas y agitadas ante las interpelaciones de los pueblos indígenas, conciben a las naciones y pueblos indígenas, a sus comunidades y territorios como obstáculos para el desarrollo.

5.   Los gobiernos progresistas, como los otros gobiernos, son anti-ecologistas. Su imaginario desarrollista obstruye su visión, la que se ciega ante la evidencia de la crisis ecológica, llamada eufemísticamente cambio climático.

6.   Los gobiernos progresistas son patriarcales hasta la médula del hueso. Si bien, toman en sus discursos las “reivindicaciones de las mujeres”, esto no los hace no patriarcales y no machistas; es apenas un gesto magnánimo de condolencia sobre las dominadas y subordinadas mujeres de parte del patriarca progresista.

7.   Los gobiernos progresistas son la evolución, usando ilustrativamente este término discutible, de la matriz republicana, instaurada por las oligarquías regionales del continente, que se opusieron al proyecto de la patria grande, tanto en la versión indígena de Túpac Amaru, como en la versión liberal de Simón Bolívar.

Decadencia

Itinerario de una decadencia

Parece que hay que cambiar la perspectiva acostumbrada del análisis político, sobre todo de la crítica de la política. Este análisis, dicho de manera general, sin embargo, caracterizando un paradigma compartido, diferencia “ideologías”, corrientes políticas, posiciones políticas e “ideológicas”, de acuerdo a las formaciones discursivas. Esta práctica analítica puede haber servido para describir el mapa de las colocaciones “ideológicas”; sin embargo, las diferencias discursivas no borran, de ninguna manera, las analogías compartidas por todas las formas de poder de la modernidad.  Estas analogías parecen ser más profundas que las diferencias; se trata de estructuras dadas por las analogías, manteniendo el concepto discutible de estructura, más condicionantes, que las estructuras dadas por las diferencias.

Por ejemplo, a pesar de las distintas formas de gobierno, las diferentes formas de gubernamentalidad, incluso, se puede decir, de las distintas formas de Estado-nación, las formas diferentes conservan distribuciones repetidas de estructuras de poder compartidas. En primer lugar, la jerarquía del Estado; la organización vertical de los mandos; por lo tanto, también de las obediencias. En segundo lugar, la ritualidad respecto a las autoridades, convertidas en los símbolos, no solo del Estado, sino de lo que se plantea el Estado como telos, como fin. En tercer lugar, la distribución de funciones de la burocracia, de los funcionarios, de los voceros. Se distinguen los políticos de los “técnicos”, así como los “ideólogos” de los propagandistas. Se distinguen los indispensables, por lo menos en periodos, de los desechables. Todo Estado, sea liberal, nacionalista, o, en su caso, socialista, requiere de este mapa de distribuciones funcionales, que definen tareas de reproducción del poder. En esta descripción no pueden faltar los que mantienen el ambiente climático del poder; se ocupan no solo de los protocolos, sino, sobre todo, de repetir, recurrentemente, como oración de misa, el valor, la calidad, la consecuencia, del gobierno y sus gobernantes. Se ocupan de calificar al proceso en curso como “revolucionario”, en el caso de los “procesos de cambio”; o de institucional o democrático, en el caso de los “procesos liberales”. Pueden distinguirse por sus discursos, por sus “ideologías”; pueden considerarse unos, proclives al capitalismo, sistema que puede mejorarse; estos son los liberales; pueden considerarse los otros, anti-capitalistas, sistema que tienen que cambiar. Sin embargo, a pesar de estas diferencias discursivas, incluso diferencias de posiciones y de políticas implementadas, esta función de mantenimiento del ambiente climático de poder, de distribución de la indumentaria, se repite en ambos casos.

Por eso, parece que no es adecuado o suficiente atender las diferencias “ideológicas” y políticas para comprender no solo sus conflictos, contradicciones, hasta antagonismos, sino también sus crisis políticas y de legitimidad. En un caso, crisis institucionales, en el otro caso crisis del “proceso de cambio”. Parece necesario descartar la tesis del análisis político, mantenida mecánicamente, de que por que no se cumple con la ley, con la estructura institucional, con la normativa, es que se entra en la crisis institucional y de legitimidad. Esto, en un caso, en el liberal, en el otro caso, el populista y socialista, se dice que es porque no se cumple con el programa, no se cumple con la estructura del Estado socialista, o, si se quiere, ampliando el panorama, no se cumple con la democracia socialista, que emerge la crisis política y de legitimidad de los regímenes socialistas. Hay matices de la tesis política que pueden plantearse o la imposibilidad del socialismo en las condiciones de un capitalismo atrasado y dependiente; también pueden plantearse el descuido de la diferencial de las transiciones políticas.

Estas tesis ayudaron a avanzar en la comprensión de la problemática política en la modernidad; empero, se estancaron en la interpretación de la crisis política a partir de factores presentes o ausentes. No podían ir más lejos, pues su horizonte epistemológico no llega a la crítica radical del poder y de las dominaciones. Era menester develar no solo las diferencias, sino, como dijimos, las analogías en las formas de poder.

Ciertamente, también se ventilan interpretaciones más “ideológicas” o morales, que se explican la crisis política y de legitimidad debido a la traición de los conductores, a la inmoralidad, a la corrupción; es decir, a las conductas personales de los gobernantes. Incluso, pueden darle una forma teórica a estas interpretaciones al introducir las teorías de la conspiración, aunque lo hagan fragmentariamente. Estas interpretaciones son más débiles que las anteriores, pues su núcleo de alcance es solamente moral; reduciendo, por lo tanto, el alcance del análisis político. Pero, ambos conjuntos de interpretaciones, tanto las más académicas, por así decirlo, como las más de sentido común, comparten una limitante; se quedan en las diferencias, toman en serio las diferencias, como criterios absolutos, no solamente de distinción, sino de explicación. No pueden vislumbrar la profunda concomitancia con las estructuras matriciales del poder de estas diferentes formas de gobierno, de estas diferentes formas gubernamentales, de estas diferentes formas de Estado-nación. En consecuencia, no pueden acceder a los mecanismos y dinámicas de fuerza que atraviesan estas formas políticas, empujándolas, primero, a su ascenso, después a su decadencia.

Revisando las historias políticas en la modernidad, parece posible constatar ciertas regularidades asombrosas. Obviamente, no hablamos de algo tan general y trivial como de esta figura conocida de ascenso y decadencia, sino de estructuras de distribución de funciones, de prácticas, de especialidades, de perfiles, que se repiten, en su seca insistencia, en las distintas formas políticas, formaciones discursivas y formaciones “ideológicas”. Es importante analizar estas analogías para comprender, mejor que antes, las dinámicas de las fuerzas capturadas por el poder; considerando distintos periodos, contextos y coyunturas.

En el caso de las llamadas revoluciones o, en su caso, “procesos de cambio”, es indispensable distinguir la etapa de las luchas de la etapa de gobierno, en la lectura de estas analogías estructurales, de las que hablamos. Por ejemplo, el perfil de los y las involucradas en las luchas es distinto al perfil de los y las involucradas en el gobierno o en apoyo al gobierno. Sin entrar a fondo y a detalle, se puede sugerir que el perfil en la etapa de las luchas es el que corresponde a la interpelación institucional, al gobierno, a las leyes, al Estado, incluso, a la moral vigente. En cambio, el perfil en la etapa de gobierno corresponde a lo contrario; a la apología institucional, aunque se diga que ha cambiado la institucionalidad – lo que  no es cierto, ni puede serlo -; a la propaganda exaltada del gobierno, aunque se diga que se trata de un gobierno revolucionario – algo que puede serlo solo parcialmente -; a la sacralización de las leyes, aunque se diga que estas leyes son el desarrollo legislativo de la Constitución – lo que a todas luces no es cierto -; sobre todo se convierte al Estado, tomado por el pueblo, en el fin de la historia. Son estos últimos, los del perfil gubernamental,  los que se convierten en los jueces inquisidores; resuelven qué es de “izquierda”, qué es de “derecha”; que es “revolucionario”, que no lo es. Invisten a unos de “revolucionarios” y a otros sino de traidores, por lo menos, de inconsecuentes compañeros de ruta. Estos personajes jueces gubernamentales no dudan, acosan, además de acusar. Se consideran, en el fondo de su imaginario delirante, más que jueces, verdugos de la “revolución”. Una especie de terror necesario.

A diferencia del primer perfil, el de los y las combatientes, en la etapa de luchas, su discursividad, la del segundo perfil, el gubernamental, es, mas bien, estrecha. Se resume a la alabanza al jefe, lo que ya es una pobreza no solo política sino moral, por su falta de dignidad; se resume a asumir, sin demostrar, que se está viviendo un “proceso de cambio” en constante asenso. Cierran los ojos desesperadamente ante toda contradicción, ante toda contrastación, que desmiente su interpretación. Quizás, con algún ingenio, se llega a matizar las contradicciones denominándolas tensiones; empero, a pesar de este ingenio, se niegan a sacar las consecuencias políticas de las llamadas tensiones. Entonces, estamos ante un perfil más elemental; sin embargo, más funcional al poder. Estos jueces, investidos, por la gloria de la revolución pasada, aunque no hayan participado en ella, son indispensables al Estado, tomado por el pueblo, como lo son los garzones que mantienen el orden y el ambiente de un restaurante de lujo.

En la secuencia de análisis críticos que hicimos, describimos lo que llamamos itinerario de una decadencia[19]. No queremos volver a estas descripciones; nos remitimos a los escritos citados. Lo que queremos ahora, es sugerir hipótesis interpretativas prospectivas respecto a las compartidas estructuras de analogías del poder.

Pero, antes, a modo de ayuda memoria, haremos un breve resumen de esta descripción de la decadencia. El resumen es expuesto en forma de conclusiones, conclusiones a las que llegamos en los textos mencionados.

Itinerario de una decadencia

El problema es el de mantener la estructura colonial, a pesar del discurso decolonial y de la lucha descolonizadora. Si se preserva la estructura colonial lo único que se hace es ocupar el lugar que ocupaba el amo, antes de descabezarlo. El problema colonial no se resuelve ocupando el lugar deseado, el lugar de mando del poder; tampoco se resuelve con quién ocupa este lugar, que puede ser el antes esclavo, el antes siervo, el antes pongo, el antes subalterno, o, por lo menos, uno de ellos; porque quien ocupe el lugar va cumplir las funciones encomendadas por el lugar de la estructura de poder conservada. El problema colonial se resuelve destruyendo la estructura colonial.

El problema del poder y las dominaciones no se resuelven con la toma del poder, con la toma del Estado-nación. Lo que pasa, cuando ocurre esto, es que el poder se preserva, cambiando de inquilinos, por así decirlo, de ocupantes, aunque estos ocupantes puedan provocar desplazamientos de los márgenes de maniobra. Con lo que se corrobora un acierto del saber popular de la historia reciente; no se toma el poder, es el poder el que te toma.

No se emancipa a los pueblos representándolos en el Estado, por más consecuentes que se pueda ser. Lo que pasa es que se termina usurpando las voluntades populares, por más buenas intenciones que se tenga. Los representantes y delegados no son el pueblo, no pueden serlo, solo simbolizan representarlo; sin embargo, la voluntad que despliegan los representantes no es la voluntad múltiple del pueblo, sino la voluntad abstracta y burocrática del Estado. Entonces, a nombre de la voluntad popular, se cumple efectivamente la voluntad del Estado.

No se sale de la dependencia continuando con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, por más nacionalizaciones que se efectúen.  Aunque mejoren los términos de las relaciones de intercambio, la estructura de la dependencia y de la subordinación se preserva, reproduciendo la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Salir de la dependencia es salir del modelo extractivista, que implica salir de la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

No se salen de las prácticas paralelas de la economía política del chantaje preservando las estructuras institucionalizadas del poder, manteniendo la forma Estado de la administración del poder. La genealogía del poder contiene la genealogía de la corrupción. Las prácticas paralelas del poder son los recursos complementarios de la preservación y reproducción del poder. De la legitimidad y entusiasmo iniciales se pasa a las relaciones clientelares para mantener las convocatorias, en el caso de la gubernamentalidad populista o socialista; se pasa a las concomitancias y complicidades privadas para mantener los equilibrios, en el caso de la gubernamentalidad liberal.

No se construyen transiciones políticas, por ejemplo, hacia el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, si no se desmantela el Estado-nación, la herencia colonial en la modernidad. Lo que se hace es consolidar el Estado-nación de una manera más extensa y más profunda.

No se lucha efectivamente con el imperialismo actual, que es el imperio globalizado, si se concibe a este imperialismo de una manera estática, como si no hubiera cambiado desde la guerra del Vietnam. Lo que ocurre es que se despotrica contra el fantasma del imperialismo pasado, sin afectar al imperialismo presente. Este “anti-imperialismo” es el mejor favor que le hacemos al imperialismo actual, pues se ataca lo que ha dejado de ser y no se ataca a lo que es efectivamente ahora. Esa composición integral de capitalismo financiero dominante y de capitalismo extractivista expansivo, subordinando al capitalismo industrial al papel de productor de stocks, que no se venden; empero, sirven para la especulación financiera e inflacionaria.

No se avanza un solo paso hacia el ejercicio de la democracia participativa, hacia la efectuación de la democracia plural, directa, comunitaria y representativa, si se mantiene el sistema liberal de elección representativa y delegativa, buscando el monopolio político del partido de gobierno, aglutinado a la sombra del caudillo. Estas recurrencias institucionales y clientelares son la destrucción misma de la democracia participativa.

Hipótesis interpretativas prospectivas

Estructuras del poder compartidas

1.   Las estructuras estructurantes del poder, usando un concepto de Pierre Bourdieu, tienden a conservar su diseño matricial, no tanto enfrentando los cambios, las contingencias, las perturbaciones y transformaciones, sino usando precisamente estas transformaciones con el objeto de la conservación.

2.   Las composiciones de las estructuras estructurantes del poder distribuyen funciones, especializaciones, poderes institucionales, rubros, actividades, tareas, políticas y prácticas. De esta manera, sobre esta bases orgánica, distribuye y ubica perfiles subjetivos de autoridades, representantes, delegados y encargados de todo tipo. Estas distribuciones, la orgánica y la subjetiva, garantizan no solo el funcionamiento de la maquinaria fabulosa del poder, sino que garantizan su reproducción.

3.   Se explica entonces, que, a pesar de las diferencias en las formas de gubernamentalidad, en la diferencia de sus “ideologías” y políticas, el cuadro de estas diferenciaciones, sus desplazamientos, sus contradicciones y antagonismos, conformen las variaciones históricas-políticas de las estructuras estructurantes del poder. Reproducen, a pesar de sus diferencias, la composición matricial de las estructuras de las dominaciones.

4.   En este sentido, se puede visualizar, con todas sus variaciones, regularidades en los decursos de los procesos políticos inherentes. Por cierto, fuera de distinguir un periodo ascendente de otro periodo decadente, se puede observar el recurso a la violencia, en la medida que se pierde el entusiasmo inicial de la gente, sobre todo cuando se pierde legitimidad, reducida ya a la legalidad del Estado. Incluso los métodos de este empleo de la violencia se terminan pareciendo; es más, el recurso a la ley, para legalizar la violencia, y, peor aún, las argumentaciones políticas se parecen.

5.   Entre las analogías y regularidades, es menester mencionar, el parecido de las clases políticas, aunque hablen discursos distintos y se justifiquen de distinta manera; el parecido de sus conductas y comportamientos; sobre todo, su espíritu de cuerpo.

6.   En la tardía modernidad, en la historia reciente, las analogías se suman y acercan tanto las formas políticas diferenciales, que comparten plenamente los estilos de la simulación, del control, y los disciplinamientos, en lo que respecta a los diagramas de poder. El apego compulsivo al uso desmesurado de los medios de comunicación, corrobora esta apreciación; sobre todo su pretensión de sustituir la facticidad de los hechos por la proliferante virtualidad de las noticias, de las desinformaciones, de las comedias.

7.   A pesar que unos se identifican como pro-capitalistas y los otros como anti-capitalistas, ambos coexisten en la esfera del sistema-mundo capitalista, ambos forman parte de su geopolítica global y diferencial, ambos aceptan el dominio del capital financiero y la expansión necesaria del extractivismo.

8.   Todo esto, más parecen disputas por cuotas de control regional que verdaderas contradicciones, que verdaderos antagonismos. Incluso disputas por cuotas de control de mercados, de materias primas, de reservas, de circuitos, de tráficos.

9.   Otra analogía sobresaliente es su apego firme a la guerra, a la conformación de máquinas de guerra. No ven el horizonte otra cosa que la destrucción del enemigo, que, dadas las condiciones de la capacidad tecnológica militar, puede también implicar su propia destrucción.

Coyuntura de la decadencia

El alcance de la decadencia se puede apreciar en los síntomas del hundimiento, síntomas que muestran la intensificación expansiva de las formas de la deterioro. En primer lugar, cuando la corrosión institucional y la corrupción se han convertido en dominantes, atravesando de manera determinante las estructuras institucionales; entonces, la decadencia ha cruzado el umbral, cuando todavía podía revertirse, por lo menos en algo, este proceso nihilista. Cuando las practicas paralelas, no institucionales, se han vuelto preponderantes, entonces las instituciones se han vuelto cascaras de otra pulpa, la pulpa podrida de la degeneración política. Cuando las economías paralelas, por así decirlo, han copado el espacio y desplazado a la economía formal institucionalizada, entonces no solo el capitalismo especulativo enseñorea, sino que la economía política del chantaje se ha convertido en el ejercicio “normal” de los intercambios.

Considerando este panorama decadente, las llamadas formas democráticas, que todavía se mantienen, aunque solo por apariencia, como elecciones, referéndums, cartas autonómicas, consultas, se convierten en los dispositivos legitimadores de la decadencia descrita.

Juzgar, poder y culpabilidad

Juzgar es un acto de poder, por lo tanto, de dominación. El juzgar también es culpar, hallar al o la culpable; señalarlo o señalarla, acusarla, denunciarla. Por eso mismo, por esta “lógica” inherente y esta estrategia acusadora, es que, simétricamente, el que juzga se coloca como el bueno, el moral, el inocente, la víctima, o, en tanto juez, en la regla que mide el tamaño del crimen, del delito, la magnitud de la culpabilidad.

Este es uno de los problemas del círculo viciosos del poder. Cuando se castiga al o la culpable, el poder se ha realizado, dejando un escarmiento en el cuerpo del o la culpable. El poder ha demostrado que el crimen, el delito, la culpa, la anomalía, no escapan al orden del poder, al dominio del poder. Esa es la manera de enterrar tanto la culpa como el delito; sin embargo, no podría acabar ahí, pues el poder, para reproducirse, necesita más culpables, necesita que se cometan crímenes, delitos, anomalías, precisamente para poder reproducirse como dominación del orden.

¿Cómo explicar el círculo vicioso del poder? ¿Cómo explicar que los “revolucionarios” terminan, después de un tiempo, dependiendo de la singularidad, contexto y características de un “proceso de cambio”, haciendo lo mismo, algo parecido o equivalente de que lo que hacían a los que denunciaba; los hombres del poder derrocado? Recurrir al sentido común, que encuentra el mal en esos hombres, es tomar la ruta que no conduce a ninguna parte, por lo menos, en lo que respecta a comprender la mecánica y dinámica de lo que ocurre. Es otro círculo vicioso. Hay nuevos culpables, los traidores, los que han traicionado a la “revolución”. Basta con que estos nuevos juzgadores se encuentren en el lugar de los criticados, para comprobar que vuelve a suceder algo equivalente, aunque sea distinto, incluso mejorando las conductas y las políticas. Si es que no termina en tragedia o en caídas abruptas.

No se encuentra la salida en un cambio de personas, tampoco en que se mantengan las mismas personas. Si la estructura de poder se mantiene, aunque cambien las formas gubernamentales, aunque mejoren las políticas, incluso las gestiones y administraciones, entonces, la estructura de la trama se preserva; varían sus singulares y concretas narraciones, varían los personajes, quizás los contextos, las escenas.

Cuando los jueces son los que señalan a los traidores, repiten el acto inicial, por así decirlo, del primer juez, el sacerdote monoteísta de la única religión verdadera, de la única escritura sagrada. Juzgan al culpable de traición, colocándose en el lugar de la consecuencia, de la verdadera revolución. Vuelve a parecer la figura del juzgador, que es figura del poder y de la dominación. Por lo tanto, es el nuevo sustituto del personaje del poder.

No se dice, de ninguna manera, que no hay que denunciar, que no hay que describir la decadencia de un “proceso de cambio”, sino se apunta los límites de la denuncia, de la mera denuncia; denuncia que puede terminar siendo cómplice involuntaria de la reproducción del poder, al convertir la denuncia en un acto del juzgar, del juez, por lo tanto, del poder.

Para comenzar, basta con que se denuncie, para mostrar que, de todas maneras, hay una democracia, aunque sea opaca y difícil de reconocer. La situación se agrava, cuando la denuncia ingresa a los tribunales y es tratada institucionalmente. Con esto, el poder, por así decirlo, para ilustrar, se da la oportunidad de hacer funcionar todo el aparato jurídico, que forma parte del poder, como estructura normativa; también se da la oportunidad de evaluar el alcance de la denuncia, la consistencia de la misma. Lo mejor que puede ocurrir es que la denuncia sea aceptada, y, en consecuencia, se retribuya, reponga o reivindique a las víctimas. Con esto, las víctimas concretas se habrán reivindicado; empero, volverán a aparecer múltiples víctimas, las que no han tenido la oportunidad de señalar al poder, a las violencias de las dominaciones polimorfas. Con el resarcimiento de estas víctimas, el poder habrá ocultado, si es que no avalado, a las múltiples víctimas silenciosas o silenciadas. En el peor de los casos, la denuncia será rechazada por insostenible o por la presencia de circunstancias atenuantes o que explican las razones involuntarias del por qué ha ocurrido el drama desencadenado, empero, no buscado.  En el medio, de este intervalo, puede resultar una negociación de las partes. En todo caso, no dejará de haber víctimas, pues las víctimas son necesarias para la reproducción del poder. Lo paradójico es que con la reparación de unas víctimas, por parte de los culpables, se termina ocultando o justificando la situación de las múltiples victimas silenciosas o silenciadas.

La mera denuncia forma parte del funcionamiento de la estructura de poder, querámoslo o no.  La única manera de salir del círculo vicioso del poder es destruyendo la estructura de poder, que es la que constituye e instituye tanto a los verdugos y las víctimas, tanto a los culpables y los inocentes. Los “revolucionarios”, ungidos de piedad, de “moral revolucionaria”, de “consecuencia”, sobre todo de la potestad de juzgar, son los que remplazan a los anteriores sacerdotes, juzgadores institucionalizados, a los anteriores amos, patrones, autoritarios, déspotas y dictadores, aunque lo hagan de otra manera, en otros escenarios, en otros contextos, con otros personajes y con otros discursos.

En consecuencia, el contra-poder no juzga, no es juez, ni señala culpables, tampoco traidores, sino busca dinamitar al poder mismo, a la matriz de las dominaciones. Para hacerlo requiere de la comprensión de la mecánica y dinámica de las fuerzas intervinientes, entender el funcionamiento del evento, del suceso, de las secuencias de hechos, incluso de la participación y el papel de los personajes, protagonistas y actores del drama político. Se trata de preguntarse por qué ocurre, no así quién es el culpable.

Hipotéticamente, en teoría, si desaparece la estructura estructurante del poder, por lo tanto, la matriz instituida y constitutiva de las dominaciones, desaparecen también los que dominan, los que usan la violencia, sea legitima o no. Lo que conforma y configura todo esto son los diagramas de poder. En el fondo lo que constituye e instituye todo esto – fuera, obviamente de las responsabilidades subjetivas, personales, que no desaparecen, que atingen a quien compete, porque, al final uno o una escoge, decide, qué hace; decisiones que atingen a los dominantes y dominados, a los verdugos y víctimas –, es precisamente la estructura estructurante de poder, la matriz reproductora de las dominaciones.

Salir del círculo vicioso del poder es salir de la gravitación que lo genera. Es crear otros campos de fuerzas, que no generen el círculo o las orbitas del poder, sino que permitan el juego abierto de la potencia social. Si bien, lo que decimos resulta teórico, incluso hipotético, tiene más perspectiva en alterar el horizonte de poder de la modernidad, abriéndose al recorrido de otros horizontes, los cuales, por lo menos, pueden abandonar el círculo vicioso del poder. Hasta que no vivamos esas experiencias, hasta que no nos atrevamos a vivir otras experiencias, creando nuevas asociaciones, composiciones, estructuras institucionales, que sean herramientas de las sociedades y no sus principios y fines, no sus amos y señores normativos, no sabremos que otras problemáticas, en estos otros contextos, tendremos que afrontar. Volviendo a repetir, lo que tantas veces dijimos, parafraseando a Marx, no hay peor derrota que no haber intentado.

Como dijimos, si descartamos juzgar, si desechamos el juzgar, no es para convertir a los o las que se llama culpables por el sentido común, el sentido religioso, el sentido “ideológico”, el sentido político, en inocentes o en algo parecido, sino comprender la responsabilidad de cada quien. La culpabilidad es un concepto inoculado religiosamente; en principio, la culpa es algo parecido al pecado. La culpa más grande, se podría decir absoluta, es el pecado original. La culpa es manifestación subjetiva, intima, privada, de la consciencia culpable; en complementariedad recíproca, se encuentra el espíritu de venganza, que no es más que la metamorfosis inversa de la consciencia culpable. La función de la culpabilidad es hallar nuevamente al pecador en las acciones de los hombres, sobre todo cuando no cumplen con los mandamientos, después, con la ley del rey, del soberano, más tarde, con la ley de la república, también con la moral vigente. La culpabilidad funciona como explicación anticipada, predicha, presupuesta, preformada. Es la trama inaugural de la lucha del bien y el mal. Si, en un principio, se “explica” desde esta trama de ángeles y demonios, religiosamente, después, se explica “ideológicamente”, desde la misma trama, solo que en otra narración, donde los ángeles son los inocentes que luchan contra los culpables, son las víctimas que luchan contra los verdugos. La religión es la matriz, el substrato, de todas las “ideologías”; procede de la misma manera, basándose en la lógica inherente del esquematismo dual. Aunque los jueces modernos pretendan con su discurso “analítico”, incluso reclamado como discurso “científico”, por una corriente “ideológica”, que reclama de esta cualidad objetiva, la matriz, el substrato, de esta formación discursiva, no ha dejado el horizonte religioso, que hace de zócalo imaginario.

Ciertamente, no se deja de tener responsabilidad con los actos, las acciones y las prácticas, que se despliegan. La decisión, cualquiera sea esta, de cualquier forma que se conforme, se construye, se llegue, ya sea consciente, semiconsciente, incluso inconsciente, es tomada por cada quien. La responsabilidad es coraje – usando la palabra en el sentido dado por Foucault en Coraje de la verdad – o, en su defecto, cobardía; también es compromiso, así como incumbencia, del mismo modo, obligación; pero también sensatez, madurez, prudencia y equilibrio. En el código jurídico se la reclama como deber; aunque en este caso se vuelve a aproximar al paradigma religioso, bajo un discurso normativo. Lejos de esta connotación, circunscrita a los dualismos de la ley, la responsabilidad tiene que ver con el compromiso social, con la incumbencia en sociedad, con el cometido y o propósito individual, grupal, colectivo; también con la madurez lograda, con el cumplimiento alcanzado. Etimológicamente, la responsabilidad deriva de responsum, palabra latina, que alude a una forma de ser considerado sujeto de una deuda u obligación.

Desde esta perspectiva, no religiosa, no moral, no “ideológica”, la responsabilidad se asume como compromiso en los tejidos de la cohesión social. En este sentido los actores, los protagonistas, los ejecutores de las acciones, los que toman decisiones, son responsables. Siguiendo el hilo o, mejor dicho, los hilos, del tejido de nuestra argumentación, la responsabilidad no se juzga, positiva o negativamente, para bien o para mal, sino se la valora cualitativamente como incumbencia en la cohesión social.

La responsabilidad desde la complejidad

Lo que se llama responsabilidad, en las formaciones discursivas de las ciencias humanas, así también en las formaciones discursivas morales, también en las formaciones discursivas normativas, corresponde a lo que se presenta, impactando en distintos planos de intensidad del tejido social, como incidencia de los actos, las conductas, los comportamientos, las prácticas, así como acompañadas por códigos, decodificaciones, interpretaciones colectivas, imaginarios, vinculados a sensaciones, sentimientos, predisposiciones anímicas de las subjetividades sociales, en lo que respecta a la cohesión social.

La responsabilidad es una manifestación que acaece, por así decirlo, tanto en el interior como en el exterior de los cuerpos – usando estos términos dualistas, que ya desechamos; empero, lo hacemos didácticamente, para ilustrar mejor lo que queremos decir -; constelación de cuerpos entrelazados en ámbitos, campos y territorios de relaciones y prácticas. En la modernidad se habló de responsabilidad, en sus distintas tonalidades y acepciones, circunscribiendo este imperativo categórico, que es como deber, en la esfera del sujeto, obviando, por así decirlo, la exterioridad del sujeto, donde su acto y acción tiene impacto.  Esta manera de ver, se explica por la división del trabajo del análisis dado en las disciplinas científicas, en las facultades, en la modernidad. Sus objetos de estudio corresponden a esta división del trabajo como recortes selectivos de la realidad, para mejor control analítico y metodológico. De tal suerte, que también las teorías se correspondieron como a una división del trabajo de los saberes especializados. La consecuencia de esta división y especialización de los saberes modernos es que concibieron conceptos abstractos, homogéneos, cuya estructura categorial, corresponde a estos recortes de realidad, que, como se puede ver, no de dan efectivamente en la realidad, sinónimo de complejidad. Las ciencias humanas y sociales de la modernidad, ciertamente, captaron lo que consideraban características, condiciones, estructuras, regularidades, representativas y significativas, desentendiéndose del conjunto abigarrado de planos y espesores de intensidad, entrelazados, tal como se presenta la complejidad. Sin embargo, a pesar de la eficacia, a pesar de haber construido teorías descriptivas y explicativas de los procesos y fenómenos sociales, no pudo dar cuenta de la complejidad de estos fenómenos, de estos procesos, por lo tanto, de sus singularidades diferenciadas. Por eso optó, entre otras razones, por la generalización, así como por la universalización de las regularidades y estructuras que creía encontrar. Esta generalización y esta universalización, con la que creía resguardarse de las contrastaciones efectivas, muestran, mas bien, su vulnerabilidad, su debilidad, para explicar la complejidad, sinónimo de realidad.

Sin desconocer el aporte de estas ciencias humanas y sociales, es menester abrirse a la mirada plural, en la perspectiva del pensamiento complejo, ahora, en la incursión en la episteme de la complejidad, que corresponde a la experiencia social contemporánea, que devela la complejidad de los fenómenos sociales, que aparecen atravesando distintos planos y espesores de intensidad, del tejido social.

Nosotros interpretamos la llamada responsabilidad, que ciertamente tiene que adquirir otro nombre, en el acontecimiento social, como simultaneidad dinámica de percepciones, decodificaciones, imaginarios e instituciones sociales, que forman precisamente las articulaciones complejas de esta manifestación ético-social-política-cultural, que es la responsabilidad.

Sin seguir con la exposición teórica, que la dejamos para después, retomando el hilo de la exposición anterior, podemos ver que la consecuencia de lo que decimos es que nadie escapa a su responsabilidad. Ahora bien, como dijimos, la responsabilidad, vista de esta manera, no se juzga ni se norma; la responsabilidad es como la complementariedad empática y consensuada en sociedades alterativas.

Alteridad

Alteridad

Alteridad y complejidad

Más acá y el más allá de la mirada humana, del que hablamos[20], el más allá del bien y del mal, que habló Friedrich Nietzsche[21], el más allá del amigo y enemigo, del que hablamos también[22], el más allá del hombre y la mujer, del que habló Jacques Derrida, buscando ir más allá de la política[23], concebida, de manera restringida, como alianzas y complicidades estratégicas masculinas, se encuentran más allá de las mallas institucionales constituidas, instituidas, consolidadas, reproducidas, continuadas, incluso en sus formas cambiantes; mallas institucionales construidas sobre la base preformada de las genealogías de las dominaciones y el poder. Estos más acá y más allá se encuentran en proliferación intensa, transgresora, rebelde, trastrocadora, de la alteridad, inscrita en las dinámicas simultáneas del tejido espacio-temporal-territorial-social.

Para ir más acá y más allá de la mirada humana – que no quiere decir lo mismo que ser humano, ser que se integra al cuerpo, al entrelazamiento ecológico de los cuerpos, recuperando comunicaciones materiales y corporales, olvidadas por el hombre; figura dominante de humano, sobre todo en la modernidad – es menester salir del mundo del espectáculo, del mundo de las representaciones, del mundo de la simulación y el montaje. Es necesario asumir el mundo tal como es, en constante devenir, como acontecer de acontecimientos plurales e integrados.

Vivir el mundo como devenir es comprender nuestra profunda vinculación con el universo o el pluriverso, en sus distintas escalas, planos y espesores de intensidad. Es comprender qué somos en el universo, en la integralidad dinámica de la complejidad inherente al universo. Es sobre todo dar apertura a la percepción dinámica, compleja, integrante de sensaciones, imaginaciones, razones, que captan información de los entornos, creando el mundo que nos rodea, que, a su vez nos crea. Es retomar el arte, la estética, que comprenden la danza, la música, la pictórica, las narrativas, a-gramáticas y gramáticas, en sus sentidos iniciales, inaugurales y creativos, que implican eso, creación, participación en el mundo y la hermenéutica festiva de la comunicación complementaria dinámica de los seres.

¿Cómo lograrlo? ¿Cómo escapar del mundo sostenido por las mallas institucionales dominantes? ¿Cómo recuperar el tiempo perdido, el largo tiempo histórico, que inventamos como secuencia de formaciones institucionales dominantes, que funcionan como redes de captura y de estratificación, como dispositivos de la economía política generalizada, que se vino consolidando a través de sus genealogías componentes? No parece fácil lograrlo, incluso se presenta como algo más que difícil; sin embargo, no imposible. Sorprende que nos parezca difícil prescindir de las instituciones dominantes que construimos; esto debería, teóricamente, parecernos, mas bien, fácil, pues son nuestras criaturas. Sorprende también que nos parezca poco menos que imposible recuperar la espontaneidad creativa de los cuerpos, cuando precisamente esta es nuestra cualidad propia, natural, por así decirlo. Por lo tanto, lo que hay que evaluar es este imaginario que fetichiza a las instituciones, nuestras criaturas, y desvaloriza nuestras capacidades y facultades corporales, la potencia social.

No es que sea difícil lograr recuperar el tiempo perdido, liberar la potencia social; lo que parece complicado es liberarnos del imaginario fetichista institucional, que nos hace ver a las instituciones como poco menos que divinas. ¿Por qué? Esta es la pregunta. Tal parece, haciendo hincapié en el parece, en el que nos parece, que nuestras creencias son más poderosas que las dinámicas de la vida misma. ¿Por qué, si las dinámicas de la vida sostienen a los imaginarios?  ¿Por qué nos inclinamos a someternos a nuestras propias ilusiones y engaños? ¿Por qué preferimos aferrarnos a las representaciones, que son, mas bien, provisionales, que a la experiencia de la vida? ¿Qué hace que nos inclinemos a esta distorsión? Sería muy débil el argumento si nos inclináramos al presupuesto de un instinto de muerte o de destrucción, pues habría que explicar coherentemente como es que este instinto aparece y es más fuerte, por así decirlo, que el instinto de sobrevivencia. Más aun cuando se cree que, precisamente, nuestras ilusiones, materializadas en instituciones dominantes, se las considera, mas bien, dispositivos de sobrevivencia. Hay que renunciar a estas hipótesis o tesis fáciles. Es indispensable buscar en los ámbitos de relaciones sociales, donde se generan las genealogías del poder, los indicios, las claves, de lo que pasa.

Podríamos decir, para hacerlo de manera resumida, que es una tipología de relaciones sociales la que nos empuja a quedar atrapados en las mismas instituciones que construimos. Englobándolas, un poco abusivamente, empero, con el objeto de ilustrar, se puede decir que se trata de relaciones que definen jerarquías, que instauran jerarquías, que establecen diferencias, a partir de estas jerarquías, convertidas en códigos y símbolos sociales. Estas diferencias jerárquicas, no toda diferenciación, son las base de lo que viene; converten las interpretaciones jerárquicas, que se refieren a este tipo de relaciones, también de prácticas, correspondientes a estas relaciones, en relaciones de dominación. Entonces, las instituciones conformadas, sobre la base de estas relaciones de jerarquía, son precisamente las instituciones que consolidan las dominaciones, las institucionalizan y las hacen perdurables.

¿Cómo es qué aparecen estas relaciones de jerarquía? Esta respuesta solo nos podrían dar las investigaciones arqueológicas. No podemos especular al respecto. Sin embargo, podemos proponer alguna hipótesis provisional, mientras tanto. De alguna manera, porque esto ocurre, la inscripción en  la piel de los códigos de las jerarquías, en muchas partes, lugares, momentos, lapsos y periodos de la historia del mundo, se da nacimiento a lo que llamamos, de una manera universal, entonces inapropiada, Estado; es decir, en principio, una forma de dispositivo inicial de captura. Un dispositivo que permite convertir otra fuerza u otras fuerzas en presas del dispositivo y de la relación jerárquica, que se convierte en relación de dominación. Un dispositivo inicial, que inviste a los primeros dominantes singulares y a los muchos dominados singulares.  Pero, ¿cómo pudo haberse dado este dispositivo inaugural de las genealogías del poder? No vamos a responder a esta pregunta, cuya respuesta depende de las investigaciones arqueológicas.

Esta ruta, estos primeros pasos, en la hominización, son los que, de alguna manera, condicionaron las direcciones problemáticas de nuestras sociedades. ¿Por qué, al mismo tiempo, no nos dimos, la oportunidad de evaluar, de retroceder, de cambiar de ruta, por lo tanto, de inaugurar, por así decirlo, otras historias? Para decirlo de manera fuerte: ¿Por qué nos condenamos a seguir una ruta equivocada? ¿Poco críticos, nada críticos, como ahora, cuando se persigue a la crítica, tanto en las versiones gubernamentales calificadas de “derecha” como en las versiones gubernamentales calificadas de “izquierda”? Para hacer sencilla la exposición, preguntamos: ¿por qué se evitaron otras alternativas? ¿Por qué fetichizar los comienzos inciertos de la humanidad? Sobre todo, sabiendo que la vida prueba todos los caminos posibles. Aquí, tampoco vamos a optar por esas hipótesis o tesis fáciles, que creen encontrar una inclinación esencial en el humano al determinismo absoluto. Cualquiera de estas interpretaciones esencialistas son explicaciones insostenibles, fetichistas, casi mágicas. Lo que parece, mas bien, más apropiado, es decir, que, a pesar de la ruta por la consolidación jerárquica, por lo tanto, por la consolidación de las instituciones de poder, las sociedades humanas han podido desbordar las estructuras institucionales, mediante acumulación de alteraciones imperceptibles o, en su caso, con alteraciones radicales, ocasionando recorridos alternativos. Por eso, la variedad y pluralidad de sociedades y culturas; por eso, las historias diferenciales; también, por eso, los cambios constantes, cada cierto periodo de estas sociedades.

Entonces, la pregunta es, más bien, ¿por qué, a pesar de esta pujanza, que ha desbordado a las malla institucionales, en un momento, incluso en un periodo, las sociedades restauran, después de haberlas derribado, las instituciones destruidas, aunque dándoles otras formas? Otra vez volvemos a las creencias. Las sociedades que destruyen instituciones odiadas las reconstruyen, aunque de otras formas, porque creen que las instituciones, las nuevas instituciones, garantizan su sobrevivencia y su felicidad. No pueden ver que su felicidad solo puede ser un acto creativo de ellas mismas, de las sociedades, de su potencia social, no de las instituciones. El apego al fetichismo institucional solo puede explicarse por el apego a las religiones, a la esperanza en la salvación, que ofrecen las religiones monoteístas. ¿Por qué querría salvarse el humano, y de qué? ¿De la vida? ¿De la muerte? ¿Por qué temer a la muerte si es parte de la vida?

El problema parece darse cuando las religiones monoteístas interpretan que la muerte es mala, que es como un castigo a la vida, por haber pecado contra Dios. Se refieren al hombre; aunque no mencionen a los otros seres orgánicos, que también experimentan la muerte singular. Lo que no aclaran es por qué castigar a estos otros seres, qué pecado habrían cometido contra Dios, para ser castigados con la muerte. No se entiende; sin embargo, este es el presupuesto primordial de las religiones.

La dominación solo es posible, entre otras cosas, por el chantaje: solo podrás salvarte si me obedeces, si me haces caso, para salvarte tienes que cumplir con los mandamientos, con las tablas que nos entregó Dios. Después, este discurso se convierte en la alusión a la Ley del rey, a la Ley del soberano, que luego es la Ley el Estado moderno, la república; en este último caso, se trata de las leyes liberales. Viene después, como consecuencia de una nueva revolución francesa generalizada, haciendo hincapié en lo social, el cumplimiento con la Ley socialista. De esta manera, lo instaurado, como acto inaugural del Estado, por las religiones monoteístas, se convierte en paradigma, seguido por las “ideologías” y los modelos políticos concurrentes en la modernidad.

Como se podrá entrever, lo que sugerimos como hipótesis interpretativa provisional, es que, a pesar de los esfuerzos hechos por las sociedades, que de todas maneras configuraron variaciones, diferencias, historias singulares, en las sociedades humanas, no han sido suficientes estos esfuerzos, no han sido de gran alcance e impacto, como para lograr, no solo las variaciones y diferencias estatales y de las formas de las sociedades institucionalizadas, sino, también,  para lograr alterar el decurso completo, su direccionalidad desencadenada, optando por otras rutas completamente distintas.

Sin embargo, no podríamos comprender la alteridad, en sus múltiples variedades y formas, en distintas escalas, si, a su vez, no la contextuamos en el tejido entrelazado y complejo, también a distintas escalas, espacio-temporal. La alteridad adquiere su pleno sentido, usando este término ilustrativamente, en la complejidad. La alteridad altera, por así decirlo, pues en el tejido de la complejidad aparece como movimiento del mismo tejido. Incluso podríamos acercarnos, todavía metafóricamente, a la teoría de las cuerdas[24]. La alteridad, en sus plurales y múltiples formas vibra, al hacerlo, da no solo movimiento, en sus distintas singularidades, sino tonalidades materiales diversas a las composiciones singulares del tejido espacio-temporal. Al usar la alteridad en los planos de intensidad y espesores de intensidad del tejido espacio-temporal-territorial-social, nos referimos a que funciona como cuerdas, todavía lo decimos figurativamente, que vibran en el tejido social, ocasionando distintas asociaciones, composiciones y combinaciones sociales.

Ahora bien, si fuese así, ¿cómo explicar las genealogías del poder, que describimos, observamos, criticamos e interpelamos? Resumiendo y diciéndolo de manera sintética, dijimos que las instituciones relativas a las genealogías del poder se oponen a la alteridad, buscan truncarla, no sólo inhibirla y hasta hacerla desaparecer, entones cómo explicar a estas instituciones en tanto composiciones sociales, perdurables, aferradas a permanecer. La anti-alteridad, usando un término antagónico, que despliega como prácticas, como actividades, reglamentadas y normadas, las instituciones, solo podría explicarse también por una relación de captura de la alteridad. La anti-alteridad institucional reabsorbería las vibraciones de la alteridad, otorgándoles tonalidades distintas o, mas bien, usando las tonalidades en composiciones distintas, hasta opuestas.

Con esto decimos que las instituciones no producen nada, no crean nada, no tienen esta cualidad creativa, ni tampoco producente. Lo que hacen es apropiarse de las vibraciones, tonalidades, energía, potencia, de la alteridad, restringiendo su alcance, sus melodías, su espontaneidad creativa, fragmentándola, encajonándola, empobreciéndola, hasta convertirla en un ave disecada.

Cuando dijimos, en La explosión de la vida[25], que las sociedades, en realidad nunca dejaron de ser alterativas; que lo que pasa es que se lee a las sociedades desde teorías estatalistas. Con esto las ciencias sociales y humanas se ciegan los ojos y no pueden ver la alteridad, como dinámica efectiva de todas las sociedades.

Se requiere entonces, no solo la configuración de teorías no estatalistas, teorías no solo críticas, sino sensibles a la fenomenología de la alteridad, sino también, liberar la potencia social, capturada en las mallas institucionales, además de expandir desbordantemente la potencia social, constante, permanente, dinámica, en devenir, que fluye en la sociedad, en campos, territorios, planos y espesores de intensidad no capturados por las instituciones.

 


[1] Exposición dada en la Academia de ciencias en el seminario Epistemología pluralista y descolonización, organizado por la profesora Rosario Aquim Chávez de la Maestría en Filosofía Andina, Carrera de Filosofía, Facultad de Humanidades de la UMSA.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Episteme compleja. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-15.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza La explosión de la vida; también Más acá y más allá de la mirada humana. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Razón fantasma; también Antiproducción. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[5] Texto:  Anacronismo. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Anacronismo?oldid=83727192 Colaboradores: Oblongo, Rosarino, Dodo, Digigalos, Elhombresinatributos, Yrbot, FlaBot, Varano, BOTijo, YurikBot, Chimalli, Eskimbot, Jorge, Thijs!bot, RoyFocker, JAnDbot, TXiKiBoT, Netito777, VolkovBot, Synthebot, 3coma14, SieBot, Drinibot, Bigsus-bot, BOTarate, Marcelo, Leonpolanco, Açipni-Lovrij, UA31, AVBOT, Diegusjaimes, Luckas-bot, Ptbotgourou, AUTODIOS, Diogeneselcinico42, Dreitmen, D’ohBot, MondalorBot, TobeBot, Danie1996, AnselmiJuan, AXRL, Cem-auxBOT, ZéroBot, Grillitus, JackieBot, MerlIwBot, KLBot2, Tctronix y Anónimos: 44.

[6] Ver de Raúl Prada Alcoreza La explosión de la vida y Más acá y más allá de la mirada humana. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[7] Ver de Raúl Prada Alcoreza Gramatología del acontecimiento. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[8] Ver de Raúl Prada Alcoreza Autonomicidio; también Autonomía y descolonización, así mismo Descolonización y transición. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-2015. El último, publicado por Abya Yala; Quito.

[9] Ver de Raúl Prada Alcoreza A la sombra del caudillo. Bolpress; La Paz 2015. Dinámicas moleculares 2015.

[10] Ver de Raúl Prada Alcoreza Más allá del amigo y el enemigo. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[11] Ver de Raúl Prada Alcoreza Encaracolamiento. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[12] Ver de Raúl Prada Alcoreza Autonomicidio; también La comparsa autonómica. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[13] Ver de Raúl Prada Alcoreza Anacronismos conservadores. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/anacronismos-conservadores-o-anacronismos-alterativos/.

[14] Ver de Raúl Prada Alcoreza Ecologismo “light”. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. También https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/19/el-ecologismo-light/.

[15] Ver de Raúl Prada Alcoreza Episteme compleja. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.  http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/episteme-compleja/.

[16] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político, también Gramatología del acontecimiento. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[17] Ver de Raúl Zibechi Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo. Ediciones desde abajo; Bogotá, D.C. – Colombia, marzo de 2012. Raúl Zibechi escribe: Como puede observarse… la mayoría absoluta de la población era pobre, pues tenía un ingreso familiar menor a tres salarios mínimos. Para 2010 las clases medias (el grupo C) crecieron en 30 millones de personas llegando a ser el 50% de la población, y en 2014 se estima llegará al 56%, unos 113 millones117. En tanto los sectores más pobres llegarían a ser por primera vez en la historia de Brasil menos de un tercio de la población. Estamos hablando de más de 50 millones de personas que ingresroan al consumo de masas. Ob. Cit.; págs. 50-51.

[18] Ver de Francisco de Oliveira El neo-atraso brasilero. El proceso de modernización conservadora, de Getúlio a Lula. Siglo XXI; Buenos Aires 2009.

[19] Revisar de Raúl Prada Alcoreza, siguiendo una secuencia madurada, Horizontes de la descolonización; también Descolonización y transición; así como Acontecimiento político. Siguiendo la secuencia, aconsejamos revisar Miseria de la geopolítica, Interpretaciones de las huellas políticas, Cartografías histórico-políticas, Las mallas del poder, Paradojas de la “revolución” y Pensamiento propio. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-politico-/. Amazon: https://kdp.amazon.com/bookshelf. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/miseria-de-la-geopolitica/.  Amazon:  https://kdp.amazon.com/bookshelf. También aconsejamos ver del autor Gramatología del acontecimiento. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/gramatologia-del-acontecimiento-/. Amazon: https://kdp.amazon.com/bookshelf.

[20] Ver de Raúl Prada Alcoreza Más acá y más allá de la mirada humana. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-aca-y-mas-alla-de-la-mirada-humana/. Amazon: https://kdp.amazon.com/bookshelf.

[22] Ver de Raúl Prada Alcoreza Más allá del amigo y enemigo. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.   http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

[24] Ver, próximamente, Alteridad y nomadismo, de Raúl Prada Alcoreza. Texto todavía inédito. Dinámicas moleculares; La paz 2015.

[25] Ver de Raúl Prada Alcoreza La explosión de la vida. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-explosion-de-la-vida/.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-mundo-como-espectaculo/
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