La extemporaneidad de la política

La extemporaneidad de la política

Raúl Prada Alcoreza

 

La extemporaneidad de la política

 

 

 

Llama la atención que la política institucionalizada esté retrasada respecto al presente. Sus referencias discursivas son las de un pasado, aunque sea un pasado inmediato, si no es mediato. Al imaginario político institucionalizado le cuesta tomar en cuenta el presente; no se encuentra en el presente. Pertenece a un pasado; por lo tanto, considera ese presente, que no toma en cuenta, pero, sin embargo, está situado en ese momento, desde las referencias y cuadros retenidos de un pasado. Los enemigos – pues la política, en sentido restringido, se construye a partir de la definición del enemigo -, a los que se refiere este discurso político, son los del pasado; cree que sigue peleando con ellos, aunque, en el presente ya no estén. Como por ejemplo, cuando el discurso oficial se refiere a los derrocados por la movilización prolongada (2000-2005), como si estuvieran en un presente (2015), y no ausentes, como si estuvieran tan activos, incluso en el poder, cuando, mas bien, fueron derrotados y en el presente sufren las consecuencias de su derrota. Este discurso no dice nada de los problemas en este presente, sobre todo no identifica a los obstáculos del proceso de cambio, sino que sigue culpando a esos enemigos o sus fantasmas de los males o tropiezos del proceso. Por eso, sus argumentos resultan anacrónicos, cuando quiere explicar sus dilemas en un presente, que no entienden ni toma en cuenta. Empero, se requiere, de todas maneras, hablar de sus dilemas, buscar explicar sus conductas y comportamientos, que a la vista saltan que son contradictorios, hasta confusos, incluso incongruentes.

El discurso político funciona para mantener una rutina, la emisión de palabras que, aunque no expliquen ni aclaren las políticas emprendidas, de todas maneras, custodian el contacto con el público, sobre todo con la masa de seguidores. No se trata de convencer a convencidos, pues este discurso no sirve para convencer, menos a los no convencidos, sino de alimentar sus afincados prejuicios, sus cristalizadas creencias, que comparten con el partido y los gobernantes. Pero, el problema que tratamos ahora no es éste, el de las concomitancias y complicidades entre bases y partido, sino el de la extemporaneidad de la política. Interesa saber o, por lo menos, entrever por qué sucede esto.

Una primera hipótesis interpretativa, que se nos ocurre, es que a la política institucionalizada no le interesa el presente, lo que ocurre en el presente, lo que hace al presente, pues no actúa en el presente; por más sorprendente que pueda parecer, aunque se encuentre, de todas maneras en ese presente. Actúa en el pasado. Este pasado se encuentra en el imaginario popular; por lo menos, es uno de los ámbitos del tejido complejo del imaginario social. Actúa, no en la memoria, pero si en los recuerdos, que no son exactamente la memoria, que, mas bien, es dinámica. Esta actuación refuerza los aspectos conservadores de lo popular, en vez de cuestionarlos; en cambio, desecha los aspectos avanzados, críticos e interpoladores de lo popular. De esta forma, en vez de apuntalar por el camino emancipador, mas bien, refuerza las cadenas heredadas por el pueblo.

Los analistas políticos se equivocan, sobre todo los analistas de “izquierda”, ya que a ellos les interesa el cambio, en hallar en la efectuación de la política institucionalizada populista el carácter progresista, que justificaría la presencia diligente del populismo. No ven que en lo popular hay, también, herencias conservadoras, cristalizadas, inscritas en los cuerpos y en las subjetividades constituidas; lo que ha permitido precisamente las dominaciones. Cuando se rebela el pueblo o las clases sociales explotadas y subordinadas, lo hace no desde esta herencia conservadora, que más bien inhibe la capacidad de lucha, sino desde la intuición subversiva ; esta forma de saber colectivo, que intuye la totalidad de la crisis y actúa para quebrar la maquinaria fabulosa de las dominaciones. La intuición subversiva es un acontecimiento explosivo, desbordante, conectivo, irradiante, tejedor de alianzas rebeldes. Cuando emerge, también tiene su ciclo, por así decirlo; no persevera por sí misma, una vez aparecida; se requiere para que ocurra esto de un activismo constante, que sea capaz de activar los tejidos, las alianzas, las reflexiones colectivas, como consecuencia de la intuición subversiva. Cuando este activismo desaparece o se pierde o es disipado, si no es reprimido, la intuición subversiva espontanea tiende a continuar su ciclo; una vez apagados los fuegos de la batalla, las subjetividades sociales tiende a volver al conformismo, que les ha caracterizado.

Uno de los síntomas del conservadurismo de los gobiernos progresistas, fuera de los que ya hablamos en otro escrito , es esta extemporaneidad de la política. Ligada a ésta concurre la faena discursiva gubernamental y partidaria de reforzamiento de los esquematismos conservadores, de los imaginarios del poder, inscritos en la carne y paseantes en la mente. Se nota claramente esta tendencia cuando los gobernantes, ungidos por la gloria de la revolución, efectuada por los movimientos sociales anti-sistémicos, descartan, descalifican y reprimen la crítica. La crítica no es aceptable, pues no se quiere ni pensar en la posibilidad de errores y contradicciones, pues, en efecto, lo que menos importa es el cambio y las transformaciones. Lo que importa es la conservación del poder, lo que llamamos prolongación del círculo vicioso del poder.

El análisis político de “izquierda” y los apologistas de estos gobiernos progresistas, al final, también, refuerzan, con este tipo de análisis y con esas apologías acríticas, los aspectos conservadores de lo popular; aspectos que tienen que ver con la inscripción en el cuerpo de las dominaciones perdurables. Por eso, también es indispensable interpelar a ese análisis político y a esa apología, como parte de las estructuras de dominación heredadas.

En esta interpelación, que es parte de la lucha libertaria y de emancipaciones múltiples, no interesa caer en el juego imberbe de las investiduras y las hipóstasis ; juego de disfraces, de quién es más “revolucionario” o de quién es “consecuente” con el “proceso de cambio”, que para los políticos oficialistas, la consecuencia se reduce a la lealtad al gobierno, a la cúpula palaciega, al partido, aunque todas estas instancias manifiesten elocuentemente contradicciones y contrasentidos, respecto al proceso mismo y la Constitución. La síntesis o el sumun de esta lealtad es la lealtad al caudillo. Con esto la dependencia popular, por lo menos, de la masa conformista popular, se hace no solo patente, sino que manifiesta claramente también un sumun de las dominaciones, que es precisamente la dominación patriarcal. Aunque se invista al mito del caudillo con oropeles progresistas, de todas maneras no deja de ser la encarnación de la estructura patriarcal, resumida en el nombre y el cuerpo del caudillo.

La interpelación y la critica a este análisis político de “izquierda” y a esta apología, no solamente es indispensable, debido al papel “ideológico” que juegan, sino es necesario, por cuanto este análisis y esta apología forman no solamente parte del reforzamiento de los aspectos conservadores populares, sino porque forman parte activa de esta reproducción conservadora de las dominaciones polimorfas, aunque hablen a nombre de la “revolución” y digan perseguir la emancipación y la liberación. Pues esto mismo, esta manera de presentarse, como “vanguardia”, cuando, en realidad, son los dispositivos más destructivos de las capacidades de luchas populares. Al investirse de “revolucionarios” y al efectuar este papel “ideológico” conservador de preservar las formas y las estructuras de poder, aunque cambien las élites, las consecuencias destructivas de las capacidades de lucha son más efectivas que si los hubieran realizado los dispositivos del Estado en mano de la llamada “derecha”.

Las revoluciones, los procesos de cambio, son importantes, entre otras cosas, además de poner en suspenso los mecanismos de dominación, ya sea por un momento, ya sea por un lapso, un periodo, corto o largo, por la pedagogía política multitudinaria. Lo indispensable es que esta pedagogía política continúe; esto no puede ocurrir sino por la tarea constante de la crítica, de la deconstrucción de los imaginarios heredados, por la crítica y desmontaje de la institucionalidad heredada, liberando la potencia social, su capacidad de autogobierno y construcción de decisiones colectivas. Empero, es esto, precisamente lo que no ocurre, una vez tomado el poder. Como por la atracción de una forma de gravitación, las revoluciones tienden a reforzar toda la malla institucional heredada, aunque le cambien de nombre, incluso, aunque efectúen reformas. Entonces, tienden a desechar la pedagogía política multitudinaria, optando más bien, en el mejor de los casos, por la “formación” de cuadros sumisos, que repiten los manuales; en el peor de los casos, por no dar lugar a ninguna formación, pues basta la claridad del caudillo y su clarividente.

La extemporaneidad de la política institucionalizada es un fenómeno compartido, en la historia política de la modernidad, por distintas formas de gubernamentalidad, sean de “izquierda” o de “derecha”. Solo que en el caso de la “izquierda”, resalta la extemporaneidad, debido a que se trata de posiciones que persiguen el cambio, las transformaciones, la revolución, aunque sean éstas representaciones meramente imágenes de propaganda.

 

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