El aprendizaje dramático de la lucha de clases

El aprendizaje dramático de la lucha de clases

Raúl Prada Alcoreza

 

 

El aprendizaje dramático de la lucha de clases

 

 

 

 

Decodificaciones paralelas

Hay que reflexionar sobre la experiencia del proletariado y la constitución de su memoria. ¿Cómo aprende, en su experiencia, los símbolos y signos de la lucha de clases? ¿Cómo percibe los discursos interpeladores de su explotación; sobre todo y particularmente los discursos marxistas? ¿Cómo combina su aprendizaje por experiencia directa y la interpretación, la suya, de los discursos? ¿Cómo todo esto se convierte en una predisposición y en una voluntad para actuar? Es importante atender el detalle de las funciones, mecanismo y flujos de este aprendizaje. Se ha descuidado este detalle, pues se ha optado por supuestos racionalistas, como el que acepta sin dudar que la razón de una ciencia social y económica llega directamente o indirectamente al trabajador, pues él la vive en su cotidianidad. Entonces, se supone una misma estructura de funcionamiento tanto en el campo económico, así como en el campo social, y en el campo teórico; por lo menos, en lo que se refiere a la teoría “científica”. Los partidarios de este supuesto no se hacen problemas sobre la llegada del discurso teórico, “ideológico” y político, al interlocutor, al pueblo, al proletariado, a la nación. Pues la equivalencia estructural, entre teoría y realidad, sostiene la linealidad causa-efecto, o la linealidad determinista; incluso, en casos aparentemente más complejos, como cuando se supone una racionalidad inmanente a la historia.

 

El problema mayúsculo aparece aquí, cuando la complejidad, sinónimo de realidad, es no solamente reducida, como lo hace la teoría, a una explicación representativa, sino es reducida a la mínima expresión de la linealidad causal y determinista, incluso, un poco más compleja, dialéctica.

No nos vamos a detener en esta discusión, que se encuentra ya en otros textos[1]; nos interesa ahora recoger la problemática planteada, analizarla y buscar hipótesis interpretativas, en lo posible desde la perspectiva de la complejidad.

 

A diferencia del supuesto de equivalencia, anteriormente expuesto, partimos de que no hay equivalencia entre la estructura narrativa teórica y las estructuras de los planos de intensidad del acontecimiento. Por ejemplo, la experiencia del proletariado minero boliviano, correspondiente al periodo intenso político de 1946 a 1971, se conformó en el ciclo extractivista de la minería, preponderantemente del estaño, relativa al ciclo hegemónico estadounidense del capitalismo, una vez tomada la posta, por así decirlo, con el declive del ciclo hegemónico británico. Hablamos de la introducción de alta tecnología y de un desplazamiento en las formas administrativas y de comunicación, en comparación con el ciclo extractivista de la minería anterior, preponderantemente de la plata, correspondiente al ciclo hegemónico británico del capitalismo. Si bien no se puede homogeneizar la misma condición tecnológica en todo el mapa minero boliviano, de todas maneras, el hecho que un sector minero, precisamente el más pujante, cuente con la tecnología extractivista de punta, de ese entonces, arrastra al resto de los sectores mineros a un ordenamiento, que sitúa su eje en este sector tecnológicamente más avanzado; incluso, se puede decir, conformando rentas diferenciales mineras, en beneficio de las empresas tecnológicamente más avanzadas. Lo que nos interesa es señalar que hablamos ya de un proletariado minero cuya relación con la herramienta extractiva es esta tecnológicamente más avanzada. También nos encontramos con un proletariado minero que conforma una organización sindical más compuesta, respondiendo a los cambios en la división del trabajo, la división de secciones, división de interior mina e ingenio, distribución del vínculo diferencial en formas de heterogéneos medios coordinados e integrados de extracción de minerales, de lixiviación, de traslado y desmontes. También el campamento minero es más extenso, cuyo asentamiento responde a un diseño ordenado, diferenciándose del poblado cercano. Si bien no en toda la minería, por lo menos, en este sector tecnológicamente más avanzado, los campamentos cuentan con pulpería. Ciertamente, el grueso de la minería presenta condiciones más parecidas a las formas dispersas y provisionales del ciclo de la minería de la plata, de todas maneras, la presencia de estos campamentos modernos, por así decirlo, es un referente para el resto del proletariado minero y para el resto de las empresas mineras. Pero, por otra parte, en lo que respecta a los salarios, ocurre, un tanto al revés, por así decirlo, que lo que ocurre con la renta diferencial minera, donde se benefician los sectores mineros más pujantes. Las peores condiciones de la mayoría del proletariado minero arrastran a bajar los salarios del proletariado minero de estas empresas extractivistas pujante. Se puede decir que, en general, la tendencia es a disminuir los salarios de los trabajadores, debido al mapa precario de la mayoría del proletariado minero. Se explica entonces que uno de los principales conflictos sea precisamente la lucha por un salario digno.

 

El proletariado minero unifica sus luchas reivindicativas con la constitución y conformación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, instituida en 1945. Que al siguiente año sea la Tesis de Pulacayo la Tesis asumida por la FSTMB, habla también de la expresión “ideológica” del proletariado; expresión que se plantea un programa político de transición hacia el socialismo. ¿Cómo explicar esta politización del proletariado? Ciertamente tiene que ver con el activismo del POR; sin embargo, el hecho de que este activismo logró cosechar su siembra, se debe a que la actividad formativa y de difusión se efectuaba en el espesor de una larga lucha del proletariado, que había sedimentado una memoria social de duración prolongada. Estamos hablando de un proletariado que ya era rebelde.

 

Es como decir que hablamos de una sensibilidad social mayor, de una interpretación social espontanea de mayor alcance, debido a la experiencia y la memoria de las luchas. Por otra parte, el proletariado boliviano se enfrenta a una oligarquía minera que no deja de ser afectada por la herencia colonial, incorporando rasgos coloniales en su relación con los trabajadores mineros. Esta relación colonial, heredada y combinada con las relaciones capitalistas, aunque las relaciones capitalistas sean preponderantes, particularmente determinantes, si se quiere, en el sentido de sobre-determinación, le da un contenido anticolonial a la interpelación del proletariado al Estado oligárquico. Por otra parte, la certidumbre de que la riqueza de los “Barones del Estaño” no se quedaba en el país, sino se internacionaliza, también le da un contenido antiimperialista a la lucha del proletariado contra una burguesía nativa internacionalizada. En otras palabras, este caudal abigarrado de las contradicciones – usando todavía un concepto que no es del pensamiento complejo, sino que responde a los esquematismos dualistas de la modernidad politiza tempranamente al proletariado minero.

 

Se puede decir que, si bien, la periferia del sistema-mundo capitalista se especializa en transferencia de materias primas hacia los centros del sistema-mundo, cerrándose con este modelo extractivista a la industrialización, pareciera, por así decirlo, para ilustrar, que el proletariado de la periferia se politiza tempranamente, en comparación con el tiempo que necesita de experiencia el proletariado del centro.

No pretendemos convertir esta interpretación, que corresponde a una región y lugares concretos, en un periodo determinado, en una hipótesis de generalización. Esto no se puede hacer, desde la perspectiva de la complejidad, pues cada lugar es singular, cada región es singular; estas singularidades responden a composiciones particulares de distintos planos y espesores de intensidad. Puede llegarse a encontrar ciertos rasgos parecidos en el proletariado de las periferias del sistema-mundo, sobre todo, tendencias paralelas; sin embargo, el proletariado de las periferias se presenta, más bien, en su diversidad heterogénea, dependiendo de sus historias singulares, sus experiencias y memorias sociales singulares, además de sus propias historias coloniales y republicanas. Recordemos que el pensamiento complejo busca la comprensión de las singularidades y de su pluralidad; el pensamiento complejo comprende el acontecimiento como multiplicidad de singularidades. No se trata de generalizaciones, tampoco de universalizaciones, como era el procedimiento metodológico en la modernidad, sino de comprender y entender las formas integrales de estas singularidades y de los acontecimientos singulares. Esto, esta enunciación compleja, puede entenderse, como dijimos en otro escrito[2], como universalización compleja, que corresponde a la simultaneidad dinámica e integral.

Entonces la singularidad del proletariado boliviano, en el periodo correspondiente de intensidad política, tiene que ver con la temprana politización. Que puede explicarse por su experiencia intensa y su memoria dinámica. Esta experiencia y esta memoria hacen de substratos de la intuición subversiva del proletariado. Es esta intuición subversiva, que ya es saber, en el sentido amplio de la palabra, o mejor dicho hace de matriz perceptiva de saberes críticos e interpoladores, la que interpreta las formaciones discursivas criticas del capitalismo, de la dependencia, del Estado oligárquico, del imperialismo. Como se dice popularmente, no es en oídos sordos a los que hablan los discursos marxistas; también hay que incluir al discurso del nacionalismo revolucionario, aunque tenga otras características y objetivos de menor alcance, coincidiendo, por lo menos, en una etapa inicial, con el antiimperialismo, aunque sea solo de palabra; y coincidiendo, aún más, con la lucha por la soberanía nacional, aunque le otorgue otro contenido.

 

Lo que importa aquí es la relación entre percepción social proletaria, intuición subversiva minera, y las formaciones discursivas marxistas. Se produce una interpretación por ambas partes; también, si se quiere, traducción a los propios códigos, símbolos e imaginarios, por ambos lados. El proletariado minero – déjennos todavía hablar con cierta generalidad, por cierto inapropiada, con objeto de ilustrar – interpretó los discursos marxistas como continuidad de sus luchas acumuladas; los marxistas interpretaron la escucha y la acción proletaria como corroboración de sus teorías. Se puede decir que, paradójicamente, se daba lugar a un entendimiento, pero, también a una incomprensión. Los mensajes llegaron, a ambos lados, de acuerdo a las propias expectativas, dejando de lado lo que no llegaba del mensaje emitido por el otro lado. La traducción se efectuaba según los propios códigos de una manera incompleta; así mismo la interpretación se dio parcialmente, sin lograr una interpretación completa del mensaje.

 

Ciertamente, esto no solo pasa, en este caso, el de la relación comunicativa, en el periodo en cuestión, entre el proletariado minero y los discursos marxistas, sino en toda comunicación lingüística, restringida al leguaje hablado y escrito. Este es un problema compartido no solo por la teoría política sino por toda comunicación lingüística, aunque se dé la diferencia en distintas tonalidades. Por eso, es indispensable corregir esta falencia con comunicaciones integrales, que, además del uso del lenguaje, se efectúe el contacto con otras formas de comunicación, captables por la percepción social. No hablamos solo de estética, de arte, de música, sino también de formas afectivas, de formas de empatía, formas éticas de comunicación.

La comunicación como tal, completa, no ha dejado de ser perceptual; es decir, corporal, haciendo participar a todo el cuerpo, a las sensaciones, a los sentidos, a la imaginación, a la razón integrada a la percepción. Lo que pasa es que, a partir de un momento o lapso, si se quiere, de momentos o lapsos dispersos, las sociedades han inducido restricciones en el cuerpo, en la percepción, llevándola a poner en la sombra u en el olvido la integralidad de la percepción, enfocando su actividad en el privilegio de una razón “separada” de la percepción, la razón abstracta, que llamamos razón fantasma. Subordinando la imaginación a esta razón fantasma, subsumiendo, por así decirlo, las sensaciones, los sentidos, también distanciados entre sí, desarticulados, desintegrados, a la imaginación subordinada a la razón fantasma. La comunicación se restringe al lenguaje hablado y escrito. Esta ortopedia del cuerpo, esta especialización del cuerpo, que corresponde a las modulaciones exigidas por determinadas formas de sociedad institucionalizadas, formas de sociedad, que a su vez, se miran en el espejo del Estado, que es la institución imaginaria de la sociedad, si bien lleva a la eficacia de la comunicación lingüística, “racional”, instrumental, sobre todo intencionada institucionalmente, premeditada, orientada a fines, la restringe y acota a sus connotaciones racionales abstractas. Convirtiendo la misma comunicación en un medio al servicio de los fines. La comunicación instrumentalizada e institucionalizada, de esta manera, se reduce y empobrece, reduciendo y empobreciendo las dimensiones humanas.

Las falencias comunicativas, de las que hablamos, llevan a las distorsiones del lenguaje, a decodificaciones disonantes o no equivalentes, sino, mas bien, adaptadas a las propias expectativas. Paradójicamente, el mundo de las comunicaciones, vive, a la vez, los efectos de una comunicación in-comunicante y de una incomunicación comunicante. En este fenómeno paradójico de la comunicación in-comunicante se dan distintas tonalidades, distintas formas, desde las más próximas al error de códigos hasta las más próximas a la exactitud de la decodificación. Ciertamente, en el caso tratado, el de la relación de los discursos marxistas y la escucha social del proletariado minero, en el periodo correspondiente, no estamos tan alejados de la exactitud de la codificación ni tan cerca del error de códigos; sin embargo, nos encontramos en un intervalo, por así decirlo, donde las distorsiones y adaptaciones del mensaje ocasionan errores de apreciación, generando mitos, como aquella de la consciencia de clase.

 

Este fenómeno de la adaptación y adecuación del mensaje, recortado y deformado, de acuerdo a las expectativas es, en realidad, general, por así decirlo, en todos los ámbitos de la comunicación moderna. Sirve para legitimar pretensiones, finalidades, programas, teorías, sobre todo, formas, estructuras, relaciones de poder. Esto se ve claramente, en el tema y tópico que tocamos, en el papel de la “vanguardia”; la “vanguardia” va enseñar, no a aprender. Es el proletariado el que aprende. Esta relación entre maestros y alumnos, por así decirlo, metafóricamente, reproduce la relación jerárquica, que no es otra que una de las formas de las dominaciones.  Obviamente, no necesariamente se efectúa esta relación intencionadamente, conscientemente, buscando ese objetivo; todo lo contrario, se enseña a liberarse, a emanciparse, a tener consciencia histórica de clase. Sin embargo, la relación de maestro y alumno, la relación jerárquica, incluso diremos iluminista, reproduce veladamente el sistema que se quiere destruir. Esta es una de las paradojas de la revolución[3].

 

Tampoco se trata de la falsa humildad, que habla de retaguardia intelectual, pues al no haber vanguardia tampoco hay retaguardia, que es una versión oculta de la vanguardia. La retaguardia como la vanguardia también enseña, no aprende.  Una relación comunicativa entre equivalentes, entre iguales, es la que aprende por ambos lados. Se trata del aprendizaje mutuo, que mejora constantemente la comunicación, que rescata, cada vez mejor y más apropiadamente los mensajes, que integra a ambos lados en composiciones autogestionarias sociales, sobre todo, en composiciones autogestionarias de la rebelión y de la subversión.

 

Después de esta introducción teórica, ahora pasaremos a ejemplos descriptivos e ilustrativos de la experiencia por aprendizaje dramático del proletariado minero.

 

 

 

Del aprendizaje dramático

 

La masacre de Catavi

El gobierno del “súper Estado minero” declaró zona de control militar a todas las minas, alegando la obligación de suministro de materias primas a los países aliados en la segunda guerra mundial, contra la Alemania nazi. Los aliados demandaban recursos naturales, principalmente el estaño, en el caso de Bolivia, para la industria de guerra. En consecuencia, en el país se requería de orden social, de seguridad y disciplina, sobre todo, en los campamentos mineros. El conflicto social había estallado en la minas; las reivindicaciones salariales se hicieron presentes en Uncía, Catavi y Siglo XX, ya desde antes, por lo menos, de una manera intermitente desde 1941. Se hizo oficial la demanda salarial en el complejo minero de Catavi – Siglo XX. Como la empresa no responde adecuadamente, tampoco el Ministerio de Trabajo, el conflicto se orientó hacia una huelga general, emprendida el 14 de diciembre de 1942. En respuesta a la huelga, el gobierno despachó al regimiento Ingavi, al mando del Coronel Luis Cuenca. Con el regimiento en Catavi, la tensión se incrementó, poniendo al vilo las infructuosas negociaciones y reuniones, particularmente debido a la intransigencia empresarial y subordinación del ejército a los “Barones del Estaño”. La secuencia de sucesos se desató dramáticamente; el 21 de diciembre, en dos ocasiones, las tropas dispararon, primero, contra un grupo de mujeres. Quienes intentaban ingresar a Catavi   , en busca de víveres y bienes.  Ese fue como el comienzo del drama; posteriormente la represión se ensañó contra una masiva manifestación de rechazo a la represión gubernamental, indignada por las iniciales muertes. Cerca de dos centenares de soldados, una media docena de sargentos, dirigidos por tres oficiales, dispararon a mansalva contra una manifestación de alrededor de siete mil mineros y familiares, hombres, mujeres y niños. La masacre perpetrada dio como resultado más de una veintena de muertos y medio centenar de heridos[4].

 

A pesar de que la represión al pueblo ya tiene historia y las masacres ya se conocía, la masacre de Catavi marca un hito. Es como quien dice, la gota que hizo desbordar el vaso.

Después de la masacre, una vez conocida por la opinión pública, se dio lugar el requerimiento parlamentario de los diputados movimientistas, el interrogatorio, la denuncia oficial y la interpelación al gobierno por su responsabilidad en la masacre. Especialmente fue destacada la exposición del diputado Víctor Paz Estenssoro. Habiendo sido ya Ministro de Hacienda del gobierno de Gualberto Villarroel López, por lo tanto conocido, su popularidad creció a partir de este momento.  Desde entonces el MNR no solo era el partido nacionalista, que apoyo y coparticipó en el gobierno de Villarroel, sino aparecía como un partido defensor del pueblo, incluso revolucionario, a los ojos populares.  Este partido, el MNR, que adquiere el perfil discursivo del nacionalismo revolucionario, participó activamente en el movimiento obrero; en Catavi promovió al movimiento de trabajadores mineros, movimiento que se encontraba ya organizado. Movimiento proletario, que adquirió madurez, por así decirlo, después de esta experiencia de la masacre de Catavi. También desde este momento trágico, la imagen y la legitimidad, tanto del “Súper Estado Minero”, del gobierno asesino y de la casta de los “Barones del Estaño”, no solamente se deterioró, sino que se convirtió en el enemigo sanguinario del pueblo, del proletariado y de la nación.

 

 

La Guerra Civil de 1949

El quinto mes del año 1949, estalló una huelga general; en el mapa de la huelga general, el campamento minero de Siglo XX se convirtió en un centro de operaciones; allí se desencadenó un grave conflicto en el campamento, que era propiedad de Simón I. Patiño. El presidente interino, de entonces, Mamerto Urriolagoitia, que después va a ser presidente de la república, dispuso el arresto de dirigentes sindicales. Como respuesta a esta represión, los trabajadores mineros tomaron como rehenes a dos empleados extranjeros; después los ajusticiaron. La represalia gubernamental no se hizo esperar; vino enseguida la operación militar de ocupación del campamento, con su consecuente masacre de trabajadores mineros. Este evento trágico se conoce como la Masacre de Siglo XX.

Tres meses después del hecho, el 27 de agosto de 1949, se desencadenó una sublevación de proporciones. Esta rebelión fue encauzada por el MNR, en coordinación con el POR y con la izquierda del PIR. El alzamiento armado se extendió a cuatro departamentos y fueron tomadas sus cuatro ciudades capitales; Santa Cruz, Cochabamba, Potosí y Sucre. A pesar de que Cochabamba iba a ser el centro de comando de la insurrección, se conformó un gobierno paralelo en Santa Cruz, bajo la presidencia interina de Edmundo Roca, de Acción Obrera, incorporada al MNR. Esto debido a las dificultades que ocasionó el enfrentamiento en Cochabamba. Los insurrectos llegaron a controlar más de la mitad de la geografía política del país. Ya en los desenlaces del conflicto bélico, sobrevinieron rápidamente las batallas; se produjo un choque militar grave en Incahuasi, otro en Camiri y un tercero, de la misma magnitud, en Yacuiba, jurisdicción que se hallaba bajo control rebelde, al mando de Froilán Calleja. La insurrección proclamó a Víctor Paz Estenssoro, que se encontraba exiliado, como presidente de la republica insurrecta, y a Edmundo Roca como vicepresidente. Mamerto Urriolagoitia mandó tropas del ejército, al mando del General Ovidio Quiroga. El ejército regular retomó Cochabamba, después, Santa Cruz, lugar donde se trasladó el centro de operaciones de la insurrección. El gobierno recurrió a todo su arsenal para impedir el avance de la insurrección armada, incluso apeló a la aviación; se bombardearon las ciudades de Santa Cruz y Cochabamba. Cuando en Potosí, el ejército regular retomó la plaza de armas, se arrestaron a los rebeldes, que después fueron fusilados, contando con un juicio sumario. Otros fueron fusilados en el cuartel Manchego, como Lidio Ustarez.

Ante esta arremetida gubernamental, los trabajadores mineros tomaron los centros mineros, declarándose la huelga en los campamentos mineros. Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos heroicos, los primeros días de septiembre el gobierno retomó el control de todo el territorio. Al finalizar las dos semanas del mes, varios de los implicados en la subversión de Santa Cruz se vieron obligados a salir de Bolivia en aviones del Lloyd Aéreo Boliviano.

La Guerra Civil de 1949 marcó otro hito importante y crucial en el devenir histórico-político de Bolivia; tanto por su expansión, así como por su intensidad, en cuatro de los departamentos y ciudades capitales, también por sus desenlaces bélicos y dramáticos introdujo al pueblo a un lapso intenso de características insurreccionales. Comparándola con la Guerra Federal de 1899, la Guerra Civil de 1949 fue la sublevación y asonada más transcendental desde la Guerra Federal de fines de siglo.

Sin embargo, la irradiación de la Guerra Civil de 1949 no culminó con la victoria del gobierno. El 18 de mayo de 1950 se lanzó la convocatoria a una huelga general; esta convocatoria desplegó acciones y movilizaciones sociales, particularmente en la zona norte, en el barrio fabril de La Paz, en el bosquecillo de Villa Victoria. La reacción gubernamental fue inmediata; el ejército embistió con varios regimientos ocupando la ciudad. Los fabriles alzados resistieron esta acometida; se dio lugar el repliegue obrero; empero, la defensa proletaria se efectuó en el puente de Villa Victoria, donde casi una cincuentena de trabajadores defendió bravamente sus posiciones hasta la retirada final. El ejército procedió inclementemente; quedaron los muertos tendidos, que fueron recogidos por carros basureros[5].

 

 

La revolución de 1952

Las versiones de los protagonistas van a variar; son, ciertamente distintas. Los historiadores del MNR van a llevar agua a su molino; mostrar cómo el MNR se convierte en la figura del héroe de la revolución. Este partido aparece como operador en distintos terrenos; desde la resistencia, después del colgamiento de Villarroel, hasta la acción armada, pasando por la conspiración de un golpe de Estado. La versión del POR va a descartar esta versión, mostrando, mas bien, que desde un principio, el MNR trata de eludir lo que se venía, una insurrección, a pesar de su participación en la Guerra Civil de 1949. La opción del golpe de Estado era una manera de evitar la intervención de las masas, sobre todo, del proletariado, que, según la experiencia movimientista, cuando intervenía, tendía a inscribir en los eventos su propia perspectiva radical. Para el POR, el fracaso del golpe de Estado movimientista es convertido en una insurrección victoriosa por el proletariado minero y fabril, acompañado por lo popular urbano. La versión del PC, aunque tardía, en la evaluación hecha, retrospectivamente por René Zabaleta Mercado, es que, si bien se da un poder dual o algo parecido, entre la COB y el gobierno nacionalista-revolucionario, también se da el Co-gobierno, por lo menos en un año. Que el poder dual no dura, sino que es como una transición, que tiende a su propia resolución, ya sea de una forma o de otra, ya sea que la cuestión la resuelva el proletariado a su favor o el Estado burgués la resuelva a su favor. No podía perdurar por mucho tiempo esta situación de dualidad de poderes. Según el teórico marxista del PC, el POR no supo resolver este dilema. Por otra parte, la historiografía trata de apegarse a la mera descripción de los hechos, basándose en fuentes; sin embargo, al hacerlo no logra explicar el decurso de los eventos, sucesos y de la revolución misma.

 

Nosotros, como escribimos[6], consideramos que la interpretación más adecuada es aquella que comprende la complejidad de la coyuntura. Por un lado, en su secuencia, se tiene a un partido populista, nacionalista-revolucionario, que llega a radicalizarse en la Guerra Civil de 1949, participando conjuntamente con el POR y el ala izquierda del PIR en la insurrección. Este partido gana las elecciones de 1951; victoria que es escamoteada por la oligarquía, que decide, truncar su llegada al poder por la vía democrática, haciendo intervenir un golpe de Estado. Este partido conspira contra el gobierno de facto, usurpador de la victoria electoral, combinando la conspiración con la preparación de comandos armados movimientistas; no con  la intención de provocar una insurrección, como la de 1949, sino como apoyo al golpe militar. El golpe fracasa; empero, para su propia sorpresa, la insurrección popular estalla y vence al ejército, durante tres días de enfrentamiento.  En una situación pos-insurreccional, donde no hay ejército, sino, en sustitución, están las milicias obreras y campesinas, armadas y victoriosas, no le queda de otra que seguir a la presión del proletariado armado y del campesinado en armas, que toma tierras. Las milicias, las organizaciones sindicales, obreras y campesinas, obligan a la nacionalización de las minas y a la reforma agraria.

 

Por otro lado, tenemos a un POR que, en parte, opta por el entrismo al partido nacionalista-revolucionario, quedando la otra parte, opuesta a esta táctica, en contraposición de un régimen que considera, desde un  principio, como pequeño burgués, destinado a claudicar ante el imperialismo. Los poristas del entrismo no dividen el partido populista de masas, por lo tanto, tampoco conforman el partido revolucionario de masas; se quedan cómodamente en el partido en el gobierno. El POR, que queda, se reorganiza, forma cuadros, sobre todo, trabajadores mineros, aclara y explica las contradicciones inherentes del gobierno, del régimen y del nacionalismo-revolucionario; sin embargo, no puede incidir en el decurso de los acontecimientos, para convertir esta revolución proletaria, que lleva al poder a los nacionalistas-revolucionarios, en una revolución socialista.

 

El PC, que sufre un desgarramiento, cuando parte del comité central expulsa a Sergio Almaraz Paz y otros jóvenes fundadores del PC, retomando una de las tradiciones estalisnistas del PIR, la matriz del PC, interviene en la organización del proletariado y se da a la tarea se controlar sindicatos, en un ambiente de fuerte influencia “ideológica” trotskista, en un entorno de organización proletaria de tradiciones anarcosindicalistas.

 

El proletariado minero y el proletariado en general, que había asumido como programa la Tesis de Pulacayo, tanto como Tesis de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, así como Tesis de la COB, vota por dirigentes marxistas, salvo en lo que respecta al máximo dirigente movimientista, del ala izquierda del MNR, Juan Lechín Oquendo; empero, se inclina pragmáticamente por el MNR como gobierno.

 

La mayoría de la población, que era campesina, todavía en ese entonces, esta seducida por el MNR, partido que le entrega tierras y decreta la Reforma Agraria. En las urbes, aunque un tanto divididas, se nota, por lo menos, al principio, casi hasta la finalización de la primera década de gobiernos movimientistas, la inclinación de una mayoría por el MNR, en las votaciones; ciertamente, atendiendo a las diferencias de región y de ciudad.

 

Ante esta distribución de interpretaciones, de tendencias, de inclinaciones “ideológicas”, así como de clase, lo apropiado es considerar como importante, en 1952, la espontanea, por así decirlo, inclinación popular por la insurrección; particularmente del proletariado minero y fabril. No hay que olvidar que habían pasado sólo entre tres o cuatro años desde la Guerra Civil de 1949; además de enfrentar a un  gobierno ilegitimo. El proletariado va actuar en consecuencia, casi, como una continuación de la Guerra Civil de 1949 perdida; el proletariado fabril va actuar como una especie de continuidad de su alzamiento armado de 1950. El pueblo que sale a las calles a combatir y colaborar con los insurrectos lo hace por la propia crisis y derrumbe del gobierno, hundimiento de un Estado oligárquico aterido, además de estar aguijoneado por los comandos armados movimientistas.  Es más sostenible, desde la perspectiva de la descripción y de las fuentes, la versión de que la insurrección proletaria convierte un golpe de Estado fracasado en una insurrección popular victoriosa.

En abril de 1952, durante los primeros días del mes, el Ministro de Gobierno, Antonio Seleme, trabó comunicación con el MNR; se dice que lo hizo con Hernán Siles Zuazo y Juan Lechín Oquendo. También lo hizo con la FSB, con Oscar Únzaga de la Vega. Sin embargo, la segunda semana de abril, la FSB optó por la evacuación de Falange del golpe de Estado, sobre todo, debido a divergencias con el programa de gobierno, así como por desacuerdos en la provisional repartición de carteras ministeriales. El golpe de Estado fue proyectado, en principio, para el 12 de abril; el plan se tuvo que adelantar, pues el General Ballivián anunció su disposición de reestructurar el gabinete. En la concepción de la conspiración golpista, la plataforma de la asonada se circunscribía a los carabineros; policía compuesta por 2500 efectivos. A la madrugada del 9 de abril, los carabineros ocuparon el centro de la ciudad de La Paz. El General Ballivián intentó llegar a la base aérea de El Alto; pero, fue interceptado en el recorrido. Tuvo que desviarse al Colegio Militar, en la zona sur de La Paz. Ballivián se atrinchero allí hasta el 12 de abril, cuando se evidenció la derrota del gobierno y del ejército. El presidente de facto destronado, dejó el Colegio Militar, para asilarse en la embajada de Chile[7].

 

Es innegable, a pesar de la versión movimientista, que se atribuye el papel decisivo en los sucesos, que la intervención del proletariado organizado, tanto minero como fabril, fue decisiva en el desenlace. El descuelgue de los mineros de Milluni de la Ceja de El Alto, la toma, por parte de ellos, de una parte estratégica de la ciudad de La Paz. La toma de Oruro por parte de los mineros, cortando la posibilidad de refuerzos militares, que venían desde el sur; las victorias militares en lugares estratégicos, contando, además con el repliegue militar a zonas relativamente alejadas del centro de la ciudad, para resguardar a la tropa, dejando en manos de los insurrectos a gran parte de la ciudad; fueron eventos decisivos en la sucesión de los desenlaces. Gracias al pueblo insurrecto, el MNR llega al gobierno.

 

 

 

Conclusiones

 

  1. Más que consciencia de clase, que no solo es un concepto hegeliano, sino que hace hincapié en el sujeto, no solo como individuo, lo que, ya de por sí, no puede expresar la composición múltiple de lo colectivo, sino, que además, se trata de un sujeto racional, en sentido abstracto y cognoscente. Entonces, estamos ante una de las tradiciones caras de la metafísica. ¿Cómo una filosofía materialista dialéctica puede afincar uno de sus conceptos más claves, relativos a la teoría de la lucha de clases, en un concepto idealista de esta tradición densa de la metafísica?

 

  1. Hay pues un uso no crítico de la tradición filosófica hegeliana en el marxismo.

 

 

  1. Se trata, mas bien, del aprendizaje social del proletariado, que por su propia semántica, implica Aprendizaje en la experiencia.

 

  1. El proletariado aprende de la experiencia y en la experiencia aprende a interpretar los símbolos y signos de los acontecimientos. Aprende de las inscripciones en su piel, de las hendiduras en su cuerpo. Aprende de la memoria social compartida por la clase.

 

 

  1. El proletariado aprende de las formaciones discursivas, sobre todo, de las formaciones discursivas críticas e interpoladoras de la dominación capitalista, que somete al proletariado a la explotación de su fuerza de trabajo, que somete a su pueblo al dominio del Estado burgués, que somete a su nación al dominio del imperialismo y al dominio de la colonialidad.

 

  1. El proletariado aprende de su capacidad intuitiva social, sobre todo, de su intuición subversiva. Intuición que se manifiesta en acciones, también en saberes colectivos rebeldes, heterodoxos e iconoclastas. Así como también, en comunicación, con saberes “ideológicos”, políticos, filosóficos, científicos, haciendo de su intuición subversiva una hermenéutica que interpreta estos saberes, adecúa estos saberes a los requerimientos de las acciones de sus luchas.

 

 

  1. El aprendizaje social es acumulativo, enriquece y dinamiza, además de actualizar, su memoria social. Sin embargo, en contraste, también puede darse lugar una especie de des-aprendizaje, ocasionando, en consecuencia, olvido. Esto ha ocurrido desde la relocalización de los trabajadores mineros, después del decreto inaugural del periodo neoliberal en Bolivia, el 21060, en 1985. El impacto de esa relocalización, en la memoria social del proletariado, es devastador. El proletariado sindicalizado, que es una minoría, se ha convertido, en un país destruido por el costo social del neoliberalismo, en una clase privilegiada, perdida en un océano demográfico, donde abunda la precariedad en la condición del proletariado nómada, la mayoría. Es más, el proletariado minero, ha olvidado su “ideología” constitutiva, ha reducido su interpretación al más descarnado pragmatismo y oportunismo. Sus dirigentes, que no son cuadros formados, expresan, en su perfil y conducta, las más lamentables formas de cooptación y clientelismo. Esta es la decadencia, de una clase, la sindicalizada, que en otro tiempo, fue heroica, el referente y el orgullo, no solo del proletariado, en general, sino del mismo pueblo boliviano.

 

  1. Para recuperar el tiempo perdido, es menester reactivar la memoria, actualizarla, dejando que su propia dinámica, su simultaneidad dinámica, pueda no solamente reconstruir los tejidos, sino tejer nuevos tejidos. que entrelacen al proletariado con el tiempo presente y con las luchas actuales sociales contra las formas del capitalismo y las dominaciones contemporáneas.

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Las armas de la crítica en la ontología de la praxis. Este ensayo, Las armas de la crítica en la ontología de la praxis, si se puede hablar así, corresponde a una publicación colectiva, que titulaba Las Armas de la utopía, que se publicó en 1996, bajo el techo académico del CIDES-UMSA y la editorial Punto Cero. La edición estuvo a cargo de Raquel Gutiérrez Aguilar y Jaime Iturri Salmón. Publicaron Álvaro García Linera, Raquél Gutiérrez, Jaime Iturri, Raúl Prada Alcoreza, Alison Spedding, Hugo José Suarez y Alfonso Velarde. También revisar Acontecimiento político. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

 

 

 

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Episteme compleja. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Paradojas de la revolución. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[4] EDUCA: http://www.educa.com.bo/1936-1952-viejo-orden/la-masacre-de-catavi.

[5] http://www.educa.com.bo/1936-1952-viejo-orden/la-llamada-guerra-civil-de-1949-y-los-hechos-de-villa-victoria.

 

[6] Ver de Raúl Prada Alcoreza Marxismo de guardatojo. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[7] http://www.educa.com.bo/1936-1952-viejo-orden/la-revolucion-del-9-de-abril.

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