La “ideología” de la autocomplacencia Lecciones de la guerra del Chaco

La “ideología” de la autocomplacencia

Lecciones de la guerra del Chaco

Raúl Prada Alcoreza

 

Lecciones de la guerra del Chaco

 

 

 

En Defender la sociedad Miche Foucault dice la guerra hace inteligible a la sociedad; nosotros expresamos este enunciado diciendo que la guerra hace inteligible la formación social, haciendo visibles su capas profundas, las que no se ven. Podemos deducir entonces que la guerra del Chaco ha hecho inteligible la formación social boliviana, en ese entonces, el periodo que corresponde a la guerra. Temporalidad, por así decirlo, que no se circunscribe a los tres años de la guerra, sino al medio siglo que se dilata desde la guerra Federal, de fines del siglo XIX, al segundo año al comenzar el segundo medio siglo XX, cuando la revolución nacional de 1952. Por eso, podemos usar lo acontecido en esa guerra, su descripción, su mapa de batallas, movimiento de tropas, desplazamientos, tomas y perdidas de fortín, en un constante retroceso del ejército boliviano, hasta parapetarse en Villamontes, como una hermenéutica dinámica de la formación social boliviana, incluyendo, claro está, a su Estado, a las estructuras de poder, que atraviesan la sociedad. Esto es precisamente lo que vamos a intentar a hacer, convirtiendo a los hechos, a los personajes, al drama mismo, a los muertos desparramados, a los heridos desatendidos o mal atendidos, a los prisioneros, a los agotados, hambrientos y sedientos soldados, en unos casos sitiados, en otro caso, emboscados, en otro retirándose, retrocediendo, derrotados, en síntomas de una semiología de esta guerra singular. También son códigos figurativos otros personajes, oficiales fanfarrones, que más que estar en una guerra, parecía que estaban en una campaña de popularidad, en beneficio a una posterior campaña presidencial. Generales que mostraban más su orgullo que el intento de una comprensión del teatro de operaciones. Así mismo, convertir en signos y síntomas las estrategias sin sustento, las tácticas erráticas, incluso, cuando se ejecutan los planes abordados, el hecho precario de no concluirlos. Esta guerra devela ateridas estructuras de poder fosilizadas en la sociedad boliviana, estructuras que se aferraban tenazmente, basadas en la creencia de un derecho innato a gobernar. Hablamos de gobiernos que reducían la gubernamentalidad a la administración dilapidadora, de lo poco que dejaban los magros tributos de las empresas mineras privadas, y a la retórica del liberalismo criollo, que consideraba que el progreso era instalar ferrocarriles hacia el Pacífico, para sacar los minerales al mercado internacional. Una gubernamentalidad que reducía, también, a látigo, por así decirlo, cuando los “indios” o los obreros se rebelaban.  Hablamos de un Congreso donde la oposición se ocupaba de intrigar contra el gobierno de turno, buscando en triquiñuelas su desacreditación. En fin, gobiernos que sustentaban su orgullo en la economía minera boliviana, sin aclararse nunca, que esa economía no estaba en manos y control boliviano, sino que ya se había internacionalizado, formando parte de la economía-mundo capitalista. Su misma burguesía, la de los “Barones del Estaño”, era parte de la burguesía del sistema-mundo capitalista. Es esta sociedad institucionalizada, de esta manera, la que va a la guerra, es esta sociedad institucionalizada la que hace en la guerra lo que hace en su forma de gubernamentalidad liberar criolla; improvisar, alardear, fanfarronear, en consecuencia, perder la guerra.

 

Así como René Zavaleta Mercado definía una metodología de la crisis para comprender las formaciones sociales abigarradas, pues decía si no es el capitalismo el que ilumina la comprensión de las formaciones sociales abigarradas, lo es la crisis; momento de síntesis intensa de lo que son estas formaciones barrocas. Así también podemos proponer que es la guerra, la experiencia dramática, la que hace inteligible las formaciones sociales; por lo tanto, puede convertirse su interpretación como una hermenéutica y metodología para comprender las estructuras, procesos, composiciones y asociaciones del acontecimiento singular de la formación social.

 

La guerra del Chaco muestra a un ejército ensimismado en sus representaciones autocomplacientes de sí mismo. Un ejército que no solo asistió confiado a la campaña, sino que no tomo más precauciones como cuando se va a una maniobra militar. Como si lo que se hacía no iba a durar mucho tiempo; máximo, algunos meses, en el transcurro del año. Confiado en una solución diplomática en el diferendo, dadas las posiciones avanzadas y estables bolivianas. Sería insólito considerar lo que parece, mas bien, una exagerada declaración, con fines publicitarios, cuando se dijo que el tratado de paz se lo firmaría en Asunción.  Sin embargo, como sabemos, el conflicto bélico duró el transcurso de tres años (1932-1935). El primer choque, propiamente hablando, fue en el fortín Boquerón. A pesar de la tenaz y heroica defensa boliviana del fortín, al final, en el transcurso del mes de septiembre de 1932, Boquerón cayó, cuando el destacamento sitiado, quedo agotado, hambriento, sediento y sin municiones. Este fue el comienzo del desastre. Que puso en evidencia las debilidades, vulnerabilidades, atascamientos, obsolescencias, del ejército boliviano, además de la incapacidad del mando. Esta situación, esta figura del deterioro y del rezago del ejército, resume pues, en el teatro de la guerra, por medio de los signos y síntomas de la guerra, lo que es la sociedad institucionalizada y el Estado. Ciertamente, se trata de dos acontecimientos diferentes; no se quiere, de ninguna manera, reducir la complejidad de la sociedad a la complejidad de la guerra. Lo que se hace es interpretar la guerra como una sintomatología de la formación social, pues es esta sociedad singular la que va a la guerra y hace en la guerra lo que sabe hacer. Repitiendo sus habitus y prácticas, sus estructuras y relaciones, en los escenarios de la guerra, aunque lo haga de otra manera, en el modus operandi de la conflagración.

 

El Estado se desnudó en la guerra, pues en la guerra aparece intensamente, en su emergencia, el Estado. Un Estado ilusionado con su imagen; sin embargo, como se pudo ver, un Estado, que en la práctica, era de barro, por así decirlo. Un Estado edificado en representaciones autocomplacientes, en narrativas épicas, en imaginarios desbordantes, que no se sostenían en una materialidad donde puedan encontrar su cimiento. La materialidad del Estado no era otra cosa que una sencilla malla institucional conformada sobre la herencia colonial; empero, de una parte de la administración virreinal, en los límites y el tamaño de una Audiencia, la Audiencia de Charcas. La oligarquía regional de esta geografía política restringida impuso el tamaño mezquino de una república, de por sí restringida, como ha ocurrido con todas las repúblicas de América Latina, después de la independencia, salvo Brasil, que conservó el tamaño del imperio. Estas oligarquías estaban lejos de la decisión estratégica y de unificación de las trece provincias del norte, que se independizaron de la corona británica, en el siglo pasado al siglo de su independencia.

 

Los doctorcitos de Charcas confundieron la forma jurídica de la República con las formas y contenidos efectivos de una República real, que fuera de tener un marco jurídico liberal, es un acontecimiento democrático. El acontecimiento democrático no ocurrió, salvo en lo que respecta al discurso liberal. Esto es como vivir en el imaginario jurídico y no en la historia efectiva. Este es quizás el desfase inicial entre mito y realidad. Hay un apego, desde el comienzo de estas historias republicanas, en las periferias del sistema-mundo capitalista, más al mundo de las representaciones que al mundo efectivo. Ciertamente, que a pesar de este fetichismo jurídico-político, no se deja de vivir en el mundo efectivo; empero, es en el mundo efectivo donde se afecta, se incide, se deforman las composiciones institucionales. El mundo de las representaciones aterido inhibe, restringe, enquista, en el mundo efectivo, las conformaciones institucionales. Por ejemplo, se cree que se está en un Estado liberal, porque esa es su Constitución; sin embargo, efectivamente, es un Estado gamonal.

 

Entonces las relaciones de dominación gamonal, que atraviesan la sociedad, la estructura social, relaciones que se tejen entre propiedad latitudinaria y pongos, por un lado, entre latifundios o haciendas y comunidades, por otro lado. Este arquetipo social se trasmite a otros ámbitos, se repite, por ejemplo, en las relaciones entre empresarios y trabajadores. Así como entre gobernantes y gobernados, entre oficiales y soldados. En la guerra se asistió al traslado de estas relaciones gamonales a los escenarios de la conflagración. Puede ser cierto, como dice el discurso del nacionalismo revolucionario, que es en las trincheras del Chaco donde la sangre boliviana se encuentra. Criollos, mestizos e indios comparten el drama, sufren y mueren juntos. Su narrativa, la del nacionalismo revolucionario, convierte este hecho en la epopeya de la formación de la consciencia nacional. Esto tiene un alcance interpretativo metafórico. Sin embargo, no se puede convertir la metáfora en una descripción empírica, pues no lo es. Pasaron todavía diecisiete años para que se de la revolución nacional de 1952, cuando se puede constatar el hecho democrático de la reforma agraria, del voto universal, y el hecho soberano de la nacionalización de las minas.

 

Esta narrativa, por más sugerente que sea, metafóricamente, no puede sustituir a los devenires de la complejidad, sinónimo de realidad. Lo que ocurrió en 1952 está más cerca de la lucha de clases que de la consciencia nacional, que, por otra parte, es más el símbolo romántico de la formación del Estado-nación.  Lo que se consolidó en 1952, en la forma o la modalidad de una segunda fundación de la república, es el Estado-nación, en la versión única que podía darse como tal y no como ficción jurídica, como acontecimiento democrático.  Para decirlo en términos del discurso marxista, con el objeto de ilustrar, más que la consciencia nacional asistimos a la presencia del ser social nacional.  ¿Qué ocurrió después? ¿El nuevo Estado, la nueva sociedad institucionalizada, salió del círculo vicioso de las representaciones autocomplacientes?

 

La revolución de 1952 la hizo el pueblo, el proletariado minero y fabril, lo popular urbano, y el campesinado, proveniente de naciones y pueblos indígenas. El acontecimiento democrático radica en esta subversión multitudinaria, no, de ninguna manera, como quiere hacer creer el discurso del nacionalismo revolucionario, en la conspiración de un partido populista. El pueblo sublevado abrió otro horizonte histórico-cultural-político. Sin embargo, El Estado-nación preservó esta inclinación por el mundo de las representaciones, además autocomplacientes. La nueva narrativa, la nacionalista revolucionaria, se encargó de la legitimación institucional del Estado-nación, interpretando el proceso de nacionalización, de reforma agraria, de voto un universal, de reforma educativa, como si fuesen procesos que se definen en el campo jurídico y no en la práctica, en la materialidad de las transformaciones institucionales. Entonces, una vez decretada la nacionalización de las minas, se creyó que eso bastaba, que por arte de inercia, la nacionalización se realizaría y lograría lo que, por lo menos, en el discurso político se decía pretender, la industrialización, la formación de una burguesía nacional. El mundo efectivo no se mueve por artículos, leyes, normas, reglas jurídicas; estas sirven para ordenar, interpretar, dirimir, pero no son las fuerzas efectivas, que hacen al mundo efectivo. Lo que menos hicieron los gobiernos del periodo de la revolución nacional (1952-1964) es crear una logística para sostener el proceso de industrialización. Al contrario, sabotearon la posibilidad de esta logística, contentándose, ahora, con ser ellos los encargados de transferir las materias primas de la periferia al centro del sistema-mundo capitalista.  Estos son los límites de esa revolución nacional. Convertir la dependencia, controlada por los “Barones del Estaño, en una dependencia controlada por la burocracia estatal.

 

Entonces el problema vuelve aparecer. El autoengaño persiste, solo que ahora, ya no en versión liberar criolla, sino en versión nacionalista revolucionaria. Podemos ver, que no es tan cierto lo que dice la narrativa épica del nacionalismo revolucionario, que la consciencia nacional nace en las arenas del Chaco, que deberíamos entender como que se ha aprendido las dramáticas lecciones de la guerra. Tomar en serio la derrota sufrida, el develamiento de la evidencia de un Estado aterido en conservadurismos recalcitrantes, equivale a transformar radicalmente no solo las instituciones, que hacen al Estado, sino colocar nuevos cimientos. Esto no ha ocurrido. Al retorno, la crisis del liberalismo llevo al poder a los oficiales que perdieron la guerra. ¿Cómo pueden cambiar un Estado, ni siquiera manejarlo bien, oficiales que no supieron conducir la guerra? Sin embargo, el pueblo que había sido llevado y convertido en carne de caño, en una carnicería inocua, dejó que esto pase.

 

Alguien, apegado al imaginario y a la “ideología” del nacionalismo revolucionario, de la izquierda nacional, puede reclamar: pero, se nacionalizó la Standar Oil.  Si, era lo mínimo que se podía hacer, después de la guerra y el comportamiento de la Standard Oil en la guerra. Para decirlo de una manera exagerada, empero, ilustrativa, esto podía haberlo hecho cualquiera.  Lo hicieron los militares, que no se sabe por qué, los denominaron “socialistas”. Aparte quizás de hacer catarsis de la culpa, estos militares, se anticiparon a los del MNR, en creer que la nacionalización es un acto jurídico. Se olvidaron que la nacionalización implica su realización material, logística, tecnológica, científica, industrial, administrativa, generadora de efectos multiplicadores en el campo económico y social. No podían sino olvidarse, pues no podían recordar, pues no lo tenían en su memoria; estaban atrapados en su “ideología”, que en este caso era la “ideología” caudillista del militar.

 

Llama la atención que la izquierda nacional haya convertido en un mito político revolucionario la figura simbólica de estos personajes, que por cierto no tienen la culpa de que pase, pues este simbolismo es producto de imaginarios sociales, apegados al arquetipo mesiánico y milenarista. La izquierda nacional cifra todas sus esperanzas de liberación nacional, de independencia económica, incluso de industrialización, en el símbolo cargado de sentimientos y de afectos románticos del héroe de uniforme. La izquierda nacional basa su política en la epopeya, no en la lucha efectiva de las fuerzas, no en el pueblo explotado. Reemplaza su mínima incidencia en los eventos político, debido a su pequeñez,   por la exaltación de un símbolo, que sintetizaría la consciencia nacional. Como en los otros casos, es otra manera de eludir la responsabilidad de la acción efectivamente transformadora, efectivamente liberadora. Prefieren jugar al prestigio, por cierto imaginario y aislado, de tener la razón histórica, la verdad de la nación, que aparece como un sujeto histórico, que se debate contra el mal, en las redes de la historia. Esto, como en otros caso, no es más que juegos de poder.

 

Claro que la guerra del Chaco provocó una crisis múltiple del Estado liberal, como cuando la derrota de la guerra del Pacífico ocasionó la crisis múltiple del Estado oligárquico conservador.  Claro que a consecuencia de estas crisis se dieron lugar desplazamientos institucionales, que afectaron también a la sociedad. Empero, lo que se preservó como herencia persistente es la estructura constitutiva del Estado, esa composición aterida donde la representaciones autocomplacientes subsumen las mecánicas efectivas del Estado en el mundo efectivo. Dicho de manera sencilla, se optó por el fetichismo jurídico, dejando de lado la preocupación por construir el Estado-nación en la materialidad institucional, en las prácticas y estructuras institucionales. Ni Estado ni sociedad institucionalizada pudieron salir del círculo vicioso de las representaciones complacientes y de una estructura de poder aterida en conservadurismos recalcitrantes.

 

Lo grave es que esto haya vuelto a ocurrir con la revolución de 1952, obviamente en una escala más grande, con una intensidad mayor. A diferencia de las experiencias anteriores, la el liberalismo criollo y la del llamado “socialismo” militar, la revolución nacional efectuó desplazamientos, modificaciones y hasta transformaciones institucionales; empero, esto se quedó en los primeros pasos. Después, como efecto de una gravitación densa, que viene precisamente de esta composición aterida del Estado, la revolución reprodujó el fetichismo institucional, que combinaba, en este caso, el fetichismo jurídico con el fetichismo del fin de la revolución. En otras palabras, se han dado lugar a habitus, a prácticas, aunque nuevas, pero, que responden a la “ideología” y no a la transformación efectiva. Una de estas prácticas, quizás la más extendida, la que explica la nueva forma de gubernamentalidad populista, son las prácticas vinculadas a los circuitos y redes clientelares, que sustituyen a la convocatoria movilizada.

 

Se entiende que todo esto afecta al rendimiento del funcionamiento del Estado, también del funcionamiento de la sociedad institucionalizada, entidades que prefieren la ilusión de sus imaginarios que la tarea exigente de las realizaciones efectivas. Seguimos siendo un Estado vulnerable, aterido en sus anacronismos conservadores, que inhibien la potencia social, restringiéndola en los límites de las representaciones auto-contemplativas. Lo que ha hecho la revolución de 1952 es democratizar y generalizar este autoengaño.

 

En la historia reciente, ha vuelto a pasar este circuito reiterativo y recurrente del dominio del mundo de las representaciones autocomplacientes, después de la movilización prolongada (2000-2005). La aplicación del ajuste estructural neoliberal, ocasiona un alto costo social, también el desmembramiento de la soberanía y el control nacional sobre los recursos naturales, perdiendo sus empresas públicas y privatizando su ahorro, además de suspender derechos sociales y laborales. El paso del proyecto neoliberal provoca una destruición devastadora como si hubiera habido una guerra y la hayamos perdido. Lo movilización prolongada es la potencia social que emerge desde lo profundo de la experiencia y la memoria social. Es una movilización que combina el levantamiento indígena y la subversión nacional-popular. La crisis múltiple del Estado-nación llega más lejos, tan lejos, que el cuestionamiento e interpelación de las multitudes es al mismo Estado-nación, proponiendo la transformación del mismo Estado; convertirlo de Estado-nación en Estado plurinacional, comunitario y autonómico. Esta intensión, deseo, proyecto, multitudinario, se llegó a escribir como texto constitucional, con todo lo pactado que implica una Constitución. Sin embargo, el único paso efectivo que se dio, en la perspectiva trazada por la movilización prolongada, fue el Decreto Ley Héroes del Chaco, por medio del cual se nacionalizaron los hidrocarburos; empero, para desnacionalizarlos con los contratos de operaciones. Las demás medidas del gobierno progresista se circunscriben, otra vez, en la ficción del circulo vicioso de las representaciones autocomplacientes, en el fetichismo jurídico, en el fetichismo institucional, reestableciendo el fetichismo del Estado-nación, al que le han cambiado de nombre, llamándolo Estado plurinacional. Sosteniendo las representaciones autocomplacientes en una nueva narrativa, la narrativa de la “revolución democrática y cultural”, la narrativa de la descolonización, la narrativa de los movimientos sociales, la narrativa del socialismo comunitario. A diferencia de la narrativa del nacionalismo revolucionario, que operaba con una formación discursiva completada, haciendo operar una trama estructurada, estamos, ahora, en cambio, ante discursos que, en verdad, no llegan a ser narrativas, pues son discursos fragmentados, como hilachas improvisadas, para decir algo, dependiendo de las premuras y las dificultades de legitimación.

 

El gobierno progresista, su partido, la dirigencia cooptada, las organizaciones sociales convertidas en apéndices del ejecutivo, la masa de llunk’us, creen que el “proceso de cambio” se realiza en el imaginario, sobre todo cuando este imaginario se transmite en propaganda y publicidad. Creen que las problemáticas de la “revolución democrática y cultural”, de la descolonización, se resuelven en los discursos altisonantes, que ya aparecen en formas o elocuencias cada vez más extravagantes. Lo que sorprende es que, esta manifestación de la composición dominante de las representaciones autocomplacientes aparezca de una forma extrema, sin dejar resquicios al ejercer efectivo. Como nunca antes no hay duda de nada, como nunca antes, no hay debate, toda crítica, incluso toda observación es considerada reaccionaria, conspirativa, contra-revolucionaria. Como nunca antes estas figuras anacrónicas de las formas clientelares del conservadurismo recalcitrante populista han adquirido tonalidades delirantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Itinerario de una derrota

 

Con la victoria en Boquerón, el ejército paraguayo, contando ya con 15,000 efectivos, continuó su avance en dirección al fortín Arce. El General Estigarribia reajustó la composición de sus tropas, conformando la 4.ª División, al mando del Teniente Coronel Nicolás Delgado; oficial formado en Francia,  país donde había consumado sus estudios en la Escuela de Guerra[1].

Las tropas del Destacamento Peñaranda, además de unidades auxiliares, que se encontraban agotadas y desmoralizadas, se replegaron hacia Arce, donde presentaron tenue resistencia, a unos 11 km de ese fortín. El despliegue paraguayo suscitó que tres regimientos bolivianos desatendieran sus posiciones sin combatir:

 

En la tarde de hoy [30 de septiembre de 1932] se nota movimiento entre los soldados y se ve alejarse varios grupos con dirección al camino. Nosotros hacemos lo mismo y en el tropel abandonamos nuestras posiciones. Es un acto vergonzoso. Se deserta en conjunto frente al enemigo. Pero en estos momentos nadie piensa. Llegamos a Arce, [que dista] 5 leguas[2].

 

El General Estigarribia envió una división por el camino Yujra-Arce, simultáneamente una segunda división avanzó por la derecha, para ganar la espalda a los contrincantes. La tercera división quedó, en cambio, como reserva. En el avance, una patrulla paraguaya capturó al Teniente Coronel Humberto Cárdenas, comandante del RI-35 del ejército de Bolivia; este oficial quedó empantanado, en el camino Arce-Yujra, con 5 camiones[3].

Cerca de Yujra, una segmento del regimiento Loa fue rodeada por el RI-1 Dos de Mayo y el RI-3 Corrales; en el curso de una confusa capitulación fueron capturados el mayor boliviano Francisco Arias, 7 oficiales y 80 soldados[4]. El ejército paraguayo ocupó los fortines Ramírez y Castillo, el 8 de octubre, Lara, el 11 de octubre, y Yujra, el 12 de octubre. Al amanecer del 22 de octubre se emprendió el ataque al fortín Arce; en estas operaciones, para el mediodía los regimientos paraguayos rodearon las líneas bolivianas, separándolas de su retaguardia. Cuando se dieron cuenta de esta maniobra, cuatro regimientos bolivianos abandonaron sus posiciones, manifestando los efectos aflictivos de la desmoralización. El coronel Peñaranda ordenó la retirada. El ministro de Guerra, Joaquín Espada Antezana, quién se encontraba en Arce, buscó vanamente detener este desastroso impacto de la desmoralización generalizada y del desorden ocasionado. En estas condiciones y circunstancias, se ordenó un nuevo repliegue hacia Alihuatá. Sin embargo, todo se vino abajo, el frente prácticamente se derrumbó. Los soldados en desbande se volcaron al camino, a las sendas, abrió senderos en el monte a machetazos, abandonando por todas partes su armamento. Como si fuera poco, la sed, el hambre y el agotamiento aniquilaron a parte de la tropa; las rutas de retirada se marcaron con los cadáveres en actitudes grotescas[5].

 

En el panorama de este caos, el alto mando boliviano envió al fortín Arce, dentro de cajas con botellas de whisky, dos frascos conteniendo Vibrión Colérico, para contaminar las lagunas dejadas, buscando causar una epidemia de cólera en el ejército paraguayo. El General Peñaranda entregó los frascos al doctor Gabriel Arze Quiroga, con la orden de ejecutar el acto; sin embargo, por razones morales y sanitarias, el doctor desobedeció la orden, tapando este contenido bayo tierra.  Hecho que hubiera afectado incluso a las tropas bolivianas[6].

 

El 23 de octubre, a las 13:30 horas, las fuerzas paraguayas entraron en el fortín Arce, renombrado como fortín Francia, encontrándolo vacío y en ruinas, a causa del incendio de sus instalaciones, equipos y armamentos abandonados. Los 4,000 defensores se retiraron a Alihuatá y Saavedra. La toma del fortín Arce, base del comando de la 4.ª División boliviana, modificó el escenario gravemente, ocasionó un golpe duro para el abastecimiento de agua; tenía un gran reservorio de agua; por otra parte, era como una encrucijada de caminos, en dirección hacia el sur y el oeste. Desde la plataforma del fortín, el ejército paraguayo ocupó el fortín Falcón, Rojas Silva, el día 25 de octubre, Alihuatá, el día 26 del mismo mes, y Fernández, Herrera, el 30 de octubre.

 

A pesar del desbande, la resistencia al avance paraguayo se dio lugar a siete kilómetros del fortín Saavedra, al borde de un largo y ancho pajonal, que los paraguayos debían atravesar si querían llegar a Muñoz. En este lugar de la resistencia, se posicionó la 4.ª División, al mando del Teniente Coronel Bernardino Bilbao Rioja, remplazante del General Peñaranda, quien se alejó por motivos de salud.

 

En Bolivia la sorpresa y el descontento llegó lejos, las críticas arreciaron tanto contra el presidente Salamanca como contra el alto mando. La opinión pública pedía el retorno de Kundt. El General Quintanilla respondió amargamente que ni el general Kundt ni nadie podrían remediar la falta de efectivos, armamentos y deficiencias orgánicas, que eran los males que aquejaban al ejército. Este general dejó el mando el 11 de octubre de 1932[7].

 

Volvió entonces el general boliviano-alemán Hans Kundt, a fines de diciembre de 1932. Lo primero que hizo este general es completar la movilización del segundo ejército conformado. Considerando el nuevo escenario, la conformación de un segundo ejército boliviano, además del el comienzo de las lluvias, fuera del alargamiento de la logística en 200 km, sumándose la falta de camiones y el agotamiento físico de los soldados, despues de 3 meses de ofensiva continua, el entonces todavía Coronel Estigarribia, resolvió pasar estratégicamente a la «defensa activa».

 

Describiendo este panorama, el doctor paraguayo Cañete, escribe:

 

Una visita hecha a las distintas enfermerías del regimiento, péneme en condiciones de afirmar que persistiendo en causas pauperizantes anotadas en informes anteriores (ración insuficiente, vigilias, cansancio, desnudez, etc.) los soldados van desmejorando ostensiblemente día a día. […] desde hace días van tomando incremento alarmante un mal cuyas manifestaciones aparentes son: edema generalizada, laxitud muscular y ligamentosa, y disturbios digestivos que atribuimos a la ración insuficiente en vitaminas[8].

 

Sobre las trincheras del Kilómetro 7, el 4 de diciembre de 1932, el capitán de la aviación boliviana, Rafael Pabón, piloteando un Vickers Scout type 143, se enfrentó al teniente Benítez Vera, quién piloteaba un Potez 25 A2, n.º 6, que llevaba de observador a un oficial del Estado Mayor.  El incidente aéreo terminó con la destrucción del aparato paraguayo, ocasionando la muerte de sus dos ocupantes[9].

 

Sin embargo, en este escenario caótico para el ejército boliviano, no todo fue desbande y retirada, como ya anotamos con la resistencia cerca de Saavedra, sino incluso se efectuó una ofensiva. Esto ocurrió en diciembre de 1932 y se prolongó hasta agosto de 1933. El presidente Daniel Salamanca convocó al General Hans Kundt, forzado por los airados reclamos y pedidos de la opinión pública. El General Kundt requirió a Salamanca la cantidad de 25,000 efectivos,  pues, según su apreciación, «más soldados […] le estorbarían y no quería imponerle al país más gastos[10]». Sin embargo, después de una difícil experiencia y complicada relación con la oficialidad de los mandos, Kundt se va a lamentar:

 

No tuve un amigo en los comandos para transmitirle mis inquietudes y quejas; parecía que todos formaban un bloque, solo para aplastarme personalmente, y hacerme fracasar en la campaña[11].

 

El General Kundt ordenó que el Segundo Cuerpo, 8.ª y 3.ª División, tomaran los fortines Corrales, Toledo y Fernández, en tanto que el Primer Cuerpo, 7.ª División, trabajado por las tropas defensoras de las regiones de Agua Rica, Murguía y Cuatro Vientos, sumando algunos regimientos de la 4.ª División, capturara Nanawa. El fortín Nanawa era estratégico; desde allí se podía avanzar hacia el norte, en dirección de Arce-Isla Poí, centro de operaciones paraguayo; también dirigirse al este y salir al río Paraguay frente a la ciudad de Concepción. El 20 de enero de 1933, se libró la primera batalla de Nanawa. Hans Kundt, confiado, se arriesgó a estimar la hora en que caería el fortín atacado. La 7.ª División, al mando del coronel Gerardo Rodríguez,  con fuerte apoyo de artillería, contando con la cooperación de doce aviones, se dividió en tres columnas.  El plan era rodear el fortín, ocuparlo mediante ataques frontales. El fortín estaba defendido por la 5.ª División paraguaya, al mando del Teniente Coronel Luis Irrazábal, que regresaba de su formación en Bélgica. Sin embargo, otra vez reaparecieron errores de coordinación y de ejecución. En el ala norte, los atacantes cerraron prematuramente su avance, chocando con el flanco derecho de las fortificaciones. Tampoco prosperó el ataque sobre el ala sur. En un momento de la batalla, la 5.ª División paraguaya comenzó a quedarse sin municiones. La temporada de lluvias dificultó el abastecimiento. Para resolver este problema, se construyó una pista de aterrizaje, para reaprovisionar el fortín por medio de los aviones. Las tropas bolivianas, que atacaban, sufrieron grandes bajas; a este costo se consolidaron en un agresivo semicírculo alrededor de Nanawa. Este frente se afianzó en el alargamiento de combates menores, acompañados por duelos de artillería, en lo que va de febrero a junio de 1933; lapso en que ambas bandos corrigieron sus respectivas posiciones. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, el ataque fracasó, evaluando desde los objetivos trazados. El historiador estadounidense Zook adjudicó el fracaso del ataque boliviano a cuatro factores:

 

  • Insuficiencia en la coordinación.
  • Falta de información necesaria antes de la acción.
  • Violación del principio de economía de las fuerzas.
  • Subestimar al adversario[12].

 

La 8.ª División boliviana, al mando del coronel Roberto Schnor, desalojó fácilmente al regimiento RC-1 paraguayo del fortín Platanillos, nudo de las comunicaciones entre los fortines bolivianos antes de la guerra. Desde allí, el 14 de enero, avanzó contra el fortín Fernández, Herrera, con solo 575 soldados, asumiendo que los defensores serían unos 200 soldados. El fortín estaba defendido por el regimiento RI-1 Dos de Mayo, al mando del Mayor Paulino Antola, quien contaba con unos 1000 hombres. Recién el día 21 de mayo, las tropas bolivianas atacaron el fortín; pero, también, en este caso, la falta de coordinación, el ataque frontal, la ausencia de reservas, además de la resistencia de los defensores causaron unas 300 bajas. Dos días después, ya con 2,400 hombres y el apoyo de 4 cañones, el coronel Schnor reinició las operaciones. Los defensores paraguayos rechazaron el ataque produciendo bajas, del orden del 25 % de las tropas atacantes[13]. El regimiento boliviano Colorados resultó prácticamente diezmado. El día 26 de enero de 1933 Schnor suspendió el ataque, retirándose a Platanillos. Después de este fracaso, el General Kundt reemplazó a Schnor y a su jefe de Estado Mayor, el Mayor Raúl Barrientos, por el Coronel Rafael Morant y el Mayor Alfredo Sánchez, respectivamente[14].

 

 

Cumpliendo con la Directiva N.º 2, del general Kundt, del 27 de diciembre de 1932, el día 1.º de enero de 1933, la 3.ª División, al mando del Coronel Gamarra, atacó el fortín Corrales. A las 12:00 horas, el capitán paraguayo Aguirre, ante el peligro de ser cercado, abandonó el fortín rumbo a Toledo. El General Estigarribia, informado erróneamente sobre el número de tropas enemigas, ordenó, el día 20 de enero, al Teniente Coronel Ayala, asentado en Toledo, que atacara el sector Corrales-Platanillos, buscando  aliviar la presión boliviana sobre Nanawa y Fernández, Herrera. Ayala, al mando del Segundo Cuerpo de Ejército, compuesto por dos divisiones, atacó Corrales. El ataque duro cuatro días, desde el 27 al 30 de enero. Sin mayores resultados, considerando la acción un error, complicada su situación por problemas en el abastecimiento de agua, además en el suministro de combustible, decidió cancelar el ataque, retirándose a Toledo[15].

 

El General Kundt, ante esta inusitada retirada y la insistencia del Teniente Coronel Toro, su jefe de operaciones, ordenó a la 3.ª División, reforzada con partes de la 8.ª División, que ocupara y amenazara la Colonia Menonita y la ruta de toda la logística paraguaya. Después de una lenta marcha de 22 días, debido a la temporada de lluvias, el 25 de febrero, la 3.ª División boliviana, al mando del Teniente Coronel Luis Gamarra, atacó a el fortín Toledo. El destacamento paraguayo contaba con tropas sin experiencia en combate, carecía de los armamentos reglamentarios o los que tenía eran obsoletos. Una peste de disentería y tifoidea afectaba a muchos soldados. Por esa razón y para aumentar el control, el Comandante Ayala organizó la defensa, no en líneas continuas, sino en centros de resistencia. Estos centros hacían de erizos, apuntaban para todos lados, dejando espacios abiertos, utilizadas como trampas[16].

 

Pese al apoyo de la artillería y de 10 aviones que bombardearon y ametrallaron toda la zona, el vigoroso ataque frontal de la 3.ª División boliviana no logró su objetivo, sufriendo una gran cantidad de bajas[17]. No fue eficiente el apoyo de la aviación boliviana porque el objetivo estaba cubierto por densos bosques, lo que permitía esconderse al enemigo. Los aviones debían recorrer, desde Muñoz hasta Toledo, unos 150 km. Lo que muestra el complicado enlace entre el comando del Segundo Cuerpo, situado Yayucubas, y el comando de la Fuerza Aérea, ubicado en Muñoz[18].

 

Otra vez se propaló la desmoralización en diversos regimientos bolivianos, después de los infructuosos ataques realizados. Para desanudar la complicada situación el General Kundt ordenó a la 8,ª División, de Muñoz,  efectuar una acción distractora:

 

6-III-33. Hora 15:00. C II. CE. Cif. 86/300. Día 9 en la madrugada Octava División debe realizar un ataque demostrativo a Fernández, Herrera[19].

Cuando el 10 de marzo, el Comandante Ayala, ordenó el contraataque, algunos regimientos bolivianos, totalmente agotados por el esfuerzo realizado, se amotinaron, huyendo sin sus oficiales; llegando incluso a disparar contra las propias fuerzas que trataban de contenerlos[20]. El 11 de marzo, la batalla culminó con la retirada de la diezmada 3.ª División del ejército de Bolivia, se desplegó hasta 15 km, en las proximidades de Corrales; lugar donde estableció una línea defensiva. Aquí también se repitieron errores; el alto mando boliviano no concentró en la zona una concentración de fuerzas significativa[21].

 

Hans Kundt destituyó al Teniente Coronel Gamarra y a su jefe de Estado Mayor, el mayor Luis Añez y nombró en su lugar al coronel José M. Quintela y provisoriamente al Teniente Armando Pereyra. Este último, un excelente oficial, se suicidaría cuatro meses después afectado psicológicamente por los combates frente a Toledo[22].

 

 

La ofensiva boliviana quedó estancada en sus extremos norte y sur, la 3.ª División entre Corrales y Toledo y la 7.ª División delante de Nanawa. Las otras dos divisiones tampoco adelantaron sus objetivos. Entre la 4.ª División, establecida en el Kilómetro 7, y la 8.ª y 3.ª Divisiones, movilizada en el ala izquierda, existía un vacío de más de 50 km, sin solución de continuidad. Kundt planeó atacar por ese sector para aliviar a la 4.ª División, que seguía combatiendo en Kilómetro 7. Con la recientemente creada División de Reserva, 9.ª División, salió en el flanco derecho paraguayo, capturando, el día 13 de marzo el fortín Alihuatá. Este ataque, pese a estar bien organizado, tuvo errores de ejecución lo que produjo bajas desproporcionadas al objetivo, en contraste de los pocos soldados paraguayos que defendían ese fortín de tránsito logístico[23].

 

La captura de Alihuatá fue un contratiempo para el Coronel Estigarribia, que no esperaba una penetración tan audaz. El regimiento boliviano Campos cortó al camino Alihuatá-Saavedra, ruta de abastecimiento de la 1.ª División paraguaya, al mando del Teniente Coronel Fernández, que combatía en Kilómetro 7, Kilómetro 12 y Campo Jordán. A su vez, la 4.ª División boliviana, con 3,000 hombres, aumentó la presión sobre esa división. Estigarribia trató de sacar provecho concentrando fuerzas en Arce, para envolver a su vez a la 9.ª División; le pidió a Fernández que tratara de sostenerse en su posición hasta el 20 de marzo. Fernández, pese al pedido de su jefe, viendo que la situación logística era cada vez más delicada tomó la decisión de abandonar su posición.

 

La retirada de la 1.ª División paraguaya, hacia la zona de Gondra, fue efectuada por un camino abierto al tránsito de camiones, sin pérdida de hombres ni material pesado. […] en previsión de nuestro desprendimiento, dispuse ya desde el día 15 que desde el atardecer la artillería bombardeara las posiciones enemigas […] y que las tropas efectuasen fuego de hostigamiento en forma decreciente hasta la media noche acortando su duración en una hora […] Cada noche ese grandioso crepitar de todas las armas terminaba más temprano, de tal modo que en la noche del 17 de marzo de 1933, al cesar el fuego a eso de las 19 horas, el enemigo no se dio cuenta en absoluto de que la primera línea era evacuada casi íntegramente[24].

 

En seguida a la captura de Alihuatá, la 9.ª División boliviana atacó Arce, Francia, llegando a 5 km del fortín. Tres regimientos bolivianos intentaron quebrar las defensas, sufriendo fuertes bajas, correspondientes al 33% de sus tropas. Cuando Kundt se dio cuenta que esas líneas defensivas ni siquiera eran las principales ordenó suspender el ataque[25].

 

Decidió atacar nuevamente Fernández, Herrera, para luego volver sobre Arce, desde dos direcciones, sur y noroeste. La 8.ª División boliviana, al mando del Coronel Rafael Morant, avanzó hacia Fernández, Herrera, el 10 de marzo de 1933. Compuesta por 5 regimientos y 2 grupos de artillería: 61 oficiales, 1,900 soldados, 52 automáticas, 7 cañones y apoyo de la aviación[26]. El Coronel Morant envió al Coronel Luis Saavedra con dos regimientos, para que rodeara el fortín y cortara el camino que lo unía con Arce. La columna Saavedra se desorientó en el monte. Sin saber dónde estaba el grupo Saavedra, Morant inició sucesivos y sangrientos ataques frontales, que fueron repelidos por los defensores paraguayos. Cuando Saavedra llegó finalmente a su objetivo, fue atacado por fuerzas que venían de Arce y tuvo que volver a su base de partida[27]. El día 27 de marzo de 1933, después de varios días de ataques, las fuerzas bolivianas se retiraron hacia Platanillos. Las importantes bajas afectaron la moral de los combatientes bolivianos[28]. Cuando se ordenó la suspensión del ataque la situación de los soldados no era buena:

 

Parecían seres resignados a morir, absolutamente carentes de sentimientos y totalmente insensibles. Se empleó con ellos la persuasión, el ruego y la amenaza, sin resultado alguno. Les aseguramos que los paraguayos acostumbraban a castrar a sus prisioneros, pero seguían inconmovibles […] como último recurso, tomé una medida desesperada. Di orden a los oficiales que cortaran varas de los árboles y arrearan a palos a aquellos soldados que se negaban a marchar[29]

 

El General Kundt criticó la actuación del comandante de la 8.ª División, lo que provocó malestar por ser injustas y desconsideradas[30]. En seis meses de ofensiva, el general Kundt solo había logrado tomar Corrales, Alihuatá y corregir la penetración paraguaya en Kilómetro 7 y 12. Entonces volvió a su plan original: capturar el estratégico fortín Nanawa, al sur.

 

El 15 de diciembre de 1932, cuando el ejército boliviano había alcanzado su máximo poderío en el Chaco y se detenía la ofensiva paraguaya, la Comisión de Neutrales propuso el cese de hostilidades y el retiro y desmovilización de los ejércitos. El ejército paraguayo debía replegarse al río Paraguay y el boliviano detrás de una línea que iba de Ballivian a Vitriones. Esta postura fue reforzada con la sucesiva adhesión de 13 países americanos, más los 5 que figuraban en la Comisión. El Paraguay rechazó la misma por no ser «ni satisfactorias ni justas» pues dejaba a su ejército fuera del Chaco mientras el ejército boliviano permanecía en el medio del mismo. Sostenía además que para «restablecer el imperio del derecho era menester una severa investigación que señale al culpable de esta guerra inicua[31]». En los meses de diciembre de 1932 y enero de 1933 fracasaron dos intentos de mediación llevados adelante por la Argentina y Chile, separadamente, en cuanto integrantes del grupo ABCP (Argentina, Brasil, Chile y Perú) o sea países limítrofes de Bolivia y Paraguay. Los mediadores solicitaban:

 

  • La suspensión de las hostilidades.
  • Retirar los ejércitos de la zona de operaciones.
  • Someter la cuestión litigiosa a la Corte Permanente de Justicia Internacional.
  • La desmovilización y la devolución de prisioneros.

 

 

El 25 de enero de 1933, Argentina y Chile, ahora en forma conjunta, con el acuerdo del Brasil, enviaron a los Gobiernos de Bolivia y Paraguay, en forma confidencial, una nueva propuesta que luego se denominó Acta de Mendoza, la cual fue entregada oficialmente un mes después, el día 24 de febrero. El 27 de febrero, Bolivia y Paraguay aceptaron el Acta con una serie de objeciones. El ministro paraguayo Vicente Rivarola, destacado en Buenos Aires, anticipó a su Gobierno que Bolivia no iba a aceptar la propuesta del grupo ABCP, teniendo en cuenta la postura que venía sosteniendo desde siempre. Sugirió que el Paraguay debería declarar oficialmente la guerra a Bolivia para aislarla de todo apoyo externo y dar a sus dirigentes una justificación, que les permitiera cambiar su postura[32].

 

Durante el mes de marzo y buena parte de abril las negociaciones se estancaron. Por esa razón, los días 21 y 22 de abril, el grupo ABCP insistió a las partes para que suspendieran las hostilidades. El 23 de abril, el Gobierno paraguayo retiró sus objeciones para facilitar las negociaciones. Pero Bolivia, tres días después, objetó la presión, que supuestamente recibía del grupo ABCP. El día 8 de mayo los Gobiernos de Chile y Argentina acusaron a Bolivia de hacer fracasar la negociación. El Gobierno paraguayo, reconociendo que Bolivia solo intentaba demorar las propuestas, mientras mantenía la ofensiva desatada desde diciembre de 1932, con la cual pretendía ganar la guerra o, por lo menos, una posición más favorable para negociar, decidió declarar formalmente la guerra a Bolivia, el 10 de mayo de 1933. El objetivo, además de complicar el abastecimiento de armas y suministros a su oponente, fue eliminar la mediación de la Comisión de Neutrales, liderada por los Estados Unidos, que el Paraguay presumía favorable a Bolivia. Así, dicha Comisión, debido a sus sistemáticos fracasos desde antes de la guerra, cesó en su actividad de mediador el 27 de junio de 1933.

 

Los informes de inteligencia paraguayos indicaron que Kundt estaba concentrando grandes fuerzas frente a Nanawa. La preocupación de Estigarribia se centró en dilucidar si el enemigo pensaba atacar el fortín o seguir de largo y haciendo un rodeo salir en la punta del riel de Casado, en la retaguardia de todo el ejército paraguayo o avanzar hacia el este, hacia el río Paraguay y salir casi frente a la ciudad de Concepción. Cuando Kundt inició el ataque frontal contra el fortín, Estigarribia comprendió el error de su adversario y ordenó al Teniente Coronel Irrazábal que resistiera hasta el último hombre, para lograr el mayor desgaste posible del ejército boliviano.

 

Meses antes, el presidente Salamanca había advertido a Kundt:

 

Permítame ahora expresarle inquietud Gobierno respecto ataque Nanawa, donde seguramente el enemigo ha concentrado sus elementos y hará máximo esfuerzo […] si sufrimos un rechazo, nuestra situación en el Chaco quedará pérdida, o poco menos[33].

 

Teniendo en cuenta la importancia política, militar y personal que significaba la captura de Nanawa, Kundt concentró todo lo que tenía para lograr ese objetivo. En julio de 1933 terminó la preparación para el ataque. Tenía superioridad en hombres, aviones y artillería. Contaba con dos grupos de tanques Vickers y los novedosos lanzallamas, pero carecía de buenos conductores. El coronel Gerardo Rodríguez, comandante de la 7.ª División, encargado del ataque, había inspeccionado la primera línea solo tres veces en los meses anteriores y nunca en forma completa. Kundt le exigió que lo hiciera con más frecuencia:

 

A pesar de estas medidas no han figurado muchas. Se cita este asunto vergonzoso para dejar constancia de cómo la colaboración de los comandos subalternos no siempre estuvo a la altura de las operaciones ni fue tan activa como los intereses de Bolivia y el Ejército lo exigían[34].

 

Las posiciones paraguayas de Nanawa se reformaron en los meses posteriores al primer ataque. Los bolivianos utilizaron la fuerza aérea y tanques como apoyo cercano y contaron, además, con una enorme superioridad en artillería, pero los ataques frontales carecieron de una coordinación precisa entre aviones, artillería, tanques y la infantería.

 

Los atacantes lograron penetrar, con gran heroísmo y derroche de bajas, en varios sectores del sistema defensivo paraguayo; pero, agotados y diezmados por el esfuerzo realizado, fueron rechazados por el contraataque de las reservas[35].  El ataque produjo más de 2,000 bajas bolivianas, en comparación con las 189 muertos y 447 heridos paraguayos, proporción esperable en un ataque de este tipo. Fue la primera derrota importante de Kundt y le permitió a Salamanca insistir en que las operaciones debían hacerse economizando hombres. Ya desde junio de 1933, Kundt quería dejar su cargo, a causa de las intrigas de los oficiales bajo su mando, pero, recién en septiembre puso su renuncia a disposición de Salamanca, la que no fue aceptada[36]. El Teniente Coronel Luis Irrazábal fue ascendido a coronel por su desempeño en la defensa de Nanawa.

 

Aprovechando la concentración de fuerzas frente a Nanawa y el posterior fracaso del ataque boliviano, el teniente coronel paraguayo Rafael Franco planeó la destrucción de la 4.ª División boliviana al mando del coronel Peñaranda. Fiel a su estilo de conducción y contrariando los manuales militares, Franco abrió por el flanco sur una picada hacia la retaguardia enemiga y envió un regimiento a más de 20 km de su base buscando compensar ese riesgo con los efectos multiplicadores de la sorpresa. El 11 de julio de 1933, el regimiento paraguayo RI-4 más un batallón de refuerzo avanzó por esa picada y al día siguiente cortó el único camino de aprovisionamiento enemigo, casi en el puesto de mando de Peñaranda y su artillería divisionaria. Toda la sanidad de la 4.ª División fue capturada, especialmente un importante parque de medicamentos. Aprovechando la confusión en la retaguardia, Franco lanzó un ataque frontal que penetró en las posiciones bolivianas. Kundt comentó:

 

El comando de la 4.ª División, que durante la noche había dado parte de un gran triunfo obtenido, en estos partes nunca faltan la indicación de que el campo está cubierto de cadáveres, enemigos, se ve a la luz del próximo día completamente cortado y amenazado por el ataque de fuerzas superiores desde su retaguardia. El desarrollo es muy típico. No hay reservas disponibles. No obstante todas las indicaciones del Comando Superior, las picadas a retaguardia están completamente abandonadas[37].

 

Sin embargo, tres factores jugaron en contra de esta ambiciosa operación:

 

  • La masa de maniobra paraguaya en la retaguardia boliviana resultó ser demasiado débil para lograr rápidamente la desarticulación de las fuerzas enemigas.
  • La rápida decisión de Peñaranda y Moscoso, a cargo del Estado Mayor, de ordenar la retirada de la 4.ª División hacia Alihuatá, abriendo una picada hacia el noroeste, llamada Picada de Salvación.
  • El clima frío, que permitió que las fuerzas bolivianas subsistieran más tiempo con las reservas de agua disponibles, al momento del ataque enemigo. Cuando el día 15 de julio de 1933, las fuerzas paraguayas cortaron finalmente la ruta de escape hacia Alihuatá, la 4.ª División se había escurrido totalmente del cerco.

 

El ataque al fortín Rojas Silva, Falcón, planeado por Kundt, tenía como objetivo cortar la ruta de abastecimiento de la 1.ª División, que defendía Gondra y aliviar la comprometida situación de la 4.ª División. También tenía un objetivo psicológico y político:

Después del fracaso en Nanawa y la retirada de la 4.ª División de Gondra, Kundt quería tomar Rojas Silva, Falcón, haciéndolo coincidir con el 6 de agosto de 1933, día de la independencia de Bolivia, para borrar la impresión del fracaso de su ofensiva y la pérdida de la iniciativa. Sin esperar los refuerzos para reconstruir sus mermadas y cansadas unidades, Kundt inició un ataque demostrativo general en todo el frente, para ocultar su intención de ocupar los caminos Gondra-Pirizal y Pirizal-Falcón, llegando, en este último caso, el día 4 de agosto, a Campo Aceval, a 15 kilómetros de Falcón. En forma independiente, el día 3 de agosto de 1933, dos regimientos de la 9.ª División, el RI-18 Junín, al mando del mayor Condarco, y el RI-36, al mando del mayor Jorge Rodríguez, comandados por este último, salieron de Alihuatá y, abriendo una picada angosta para no ser detectados, salieron sorpresivamente el día 5 de agosto, frente al fortín Falcón, tras dos días de marcha agotadora. El ataque debía coincidir con otro en la zona de Campo Aceval. Producido ese ataque distractorio, el regimiento paraguayo Batallón 40 salió hacia el sur, dejando un claro en la defensa del fortín, por donde se infiltró la columna de Rodríguez, que salió de noche, en la retaguardia de un escuadrón del RC-9 Capitán Bado y llegó hasta el puesto de mando de su jefe, el capitán Nicolás Goldsmith, que se salvó milagrosamente pues fue ametrallado mientras dormía. Iniciado el combate, las fuerzas bolivianas, que habían capturado las primeras líneas con facilidad, atacaron la segunda línea y pese al cansancio intentaron tomarla. Pero, perdida la sorpresa y enfrentando fuerzas que acudían de todas partes, el mayor Rodríguez, casi sin municiones y con sus fuerzas diezmadas, tuvo que retirarse a los montes cercanos donde, después de un breve descanso, dejó muertos y heridos y se retiró de vuelta hacia Alihuatá. Kundt repitió el error de enviar fuerzas insuficientes a gran distancia, sin apoyo de reservas y con pocas posibilidades de lograr un resultado favorable, pese a que en esta circunstancia había logrado una sorpresa total.

 

El traslado de fuerzas bolivianas para sostener los ataques y contraataques en la zona Bullo-Gondra, debilitaron el sector avanzado del fortín Alihuatá, defendido por tres unidades bolivianas: el regimiento RC-2 Ballivián, en Campo Grande, a la izquierda de Alihuatá; el regimiento RI-27 Chacaltaya, en el centro, sobre el camino Alihuatá-Arce; y una pequeña compañía del regimiento RI-18 Junín, en Pozo Favorito.

 

La 7.ª División paraguaya, al mando del Teniente Coronel Ortiz, al comprobar el débil enlace entre ellas, realizó tres cercos separados, siendo el principal el que realizó contra el regimiento Ballivián. Los regimientos RI-4 Loa y RI-8 Ayacucho, fueron trasladados desde el sur para ayudar. El regimiento Loa cayó en el cerco; el ataque del Ayacucho no pudo romper el envolvimiento paraguayo. Tanto el general Kundt como su jefe de operaciones, el Teniente Coronel Toro, apreciaron erróneamente la intención, magnitud y la dirección principal del ataque paraguayo. Apreciación que ocasionó una mala distribución de las tropas bolivianas[38]. El día 15 de septiembre de 1933, los regimientos Ballivián y Loa capitularon; obligados por la falta de agua y el constante hostigamiento, cada vez más intenso, del ejército paraguayo. Un total de 509 soldados, con 2 jefes, 11 oficiales, 3 médicos y 10 suboficiales se rindieron. La compañía del regimiento Junín, cercada en Pozo Favorito, también se rindió. En el centro, el regimiento Chacaltaya pudo salvarse, gracias a los regimientos RC-5 Lanza y RI-22 Campos, que después de duros combates, abrieron una brecha por donde pudo escapar.

 

«No sé qué hacer. Pienso en suicidarme, entregarme al enemigo o pasar a la Argentina», dijo Kundt. Pero el Teniente Coronel Toro lo tranquilizó: «No se aflija mi general, ya veremos la forma de redactar el informativo[39]». Kundt ocultó los resultados al presidente Salamanca:

 

No mencionó la captura de la compañía Junín (I/RI-18) en Pozo Favorito, recalcó la liberación del Chacaltaya; con respecto a Campo Grande comentó: Ocurrió un hecho absolutamente insospechado e inexplicable. Después de combate victorioso, considerables fracciones de regimientos Loa y Ballivían se dejaron [sic] rodear completamente[40].

 

El entonces todavía Coronel Estigarribia, aprovechó que el ejército boliviano estaba atacando en la zona de Pirizal y Gondra, para golpear al norte de Alihuatá, desde Campo Grande a Pozo Favorito. Este ataque, imprevisto, teniendo en cuenta el lugar y la velocidad de su realización, puso a Kundt en la disyuntiva de continuar el ataque o reconocer que había perdido la iniciativa; e este caso, estaba obligado a defenderse. Sin contar con la información necesaria o no dando importancia a la que recibía de sus subalternos, Kundt asumió que el ataque paraguayo era meramente «distractivo». Por eso, de mala gana, movió las reservas destinadas a su ofensiva, trayéndolas desde Pirizal, Bullo, Gondra e incluso desde Nanawa, para romper los cercos paraguayos, cuando estos ya se habían consolidado; era sobradamente tardía la reacción. En la batalla de Campo Grande, se manifestó un cambio en la estrategia del ejército paraguayo; se trataba de un ensayo, en pequeña escala, de lo que vendría después. En mérito a su elaboración y ejecución, Estigarribia fue ascendido al rango de general de brigada.

 

No puedo evitar ocultar a usted el angustioso dolor que me causa el pensar en el derramamiento de sangre en el Chaco. Confío en que usted sepa economizar nuestro cruel desgaste, en cuanto sea posible, sin comprometer el éxito final de la campaña. Salamanca recomendó a Kundt no repetir los ataques como el de Nanawa, sugiriendo una estrategia defensiva, con el menor costo posible en vidas y materiales, que desgastase al enemigo hasta obligarlo a llegar a un tratado de paz razonable[41].

 

Daniel Salamanca, ya no pensaba, como un año antes, firmar en Asunción, el final de la guerra[42].

 

El mayor boliviano Oscar Moscoso le hizo conocer al General Kundt el deplorable estado en el que se encontraban las tropas bolivianas, después de los combates de julio a septiembre; sugiriendo una retirada estratégica de 150 km, a la línea Magariños-Platanillos. Hacer descansar a los soldados, aprovechar el tiempo para concentrar, previamente, un contingente de 80,000 efectivos, antes de retomar la iniciativa. Hans Kundt objetó; dijo que esto implicaba ceder muchos fortines, que Bolivia no tenía los recursos para conformar, sobre todo, mantener un ejército tan grande en el Chaco. Moscoso señaló que entonces existía el peligro de perder los fortines, los hombres y las armas[43].

 

El día 3 de octubre, el presidente paraguayo Ayala viajó al Chaco, para ascender a Estigarribia al rango de General. En esa reunión aprobó el Plan de Operaciones, donde el ejército paraguayo retomaba la actitud ofensiva. Se comprometió apoyar, en consecuencia, enviar el máximo de recursos, para garantizar su éxito.

 

En su visita a La Paz, el 10 de octubre de 1933, Kundt afirmó, ante Salamanca y su gabinete:

 

«No existe absolutamente posibilidad de derrota […] podemos esperar con toda tranquilidad en nuestras posiciones fortificadas […] con la seguridad de no perder terreno[44]».

 

Aprovechando esta ausencia, Toro envió a Roberto Bilbao La Vieja a los comandos de las grandes unidades para reunir opiniones desfavorables sobre Kundt, para lograr su remoción[45].

 

Los representantes de Argentina y Brasil firmaron el Acta de Río de Janeiro, el 11 de octubre de 1933, en la que declararon que el conflicto del Chaco podía ser resuelto por medio del arbitraje. El Paraguay aceptó la propuesta; sin embargo, Bolivia la rechazó. El día 23 de octubre de 1933, luego de reunir importantes fuerzas y recursos, el General Estigarribia, inició una serie de ataques de aferramiento contra la 9.ª División boliviana, al mando del coronel Carlos Banzer. Esta primera fase del plan consistía en empujarla a sus líneas principales. Una vez fijadas las posiciones de los defensores, que opusieron una tenaz resistencia, pasó a la segunda fase: rodear por el oeste su flanco izquierdo. Esta maniobra la encabezó la 7.ª División paraguaya. Durante todo el mes de noviembre las fuerzas paraguayas avanzaron sobre el ala izquierda de la 9.ª División, desbordándola permanentemente, pese a los refuerzos que enviaba Kundt, quién no advertía el tamaño de la concentración de las tropas paraguayos, tampoco descifraba su estrategia.  La iniciativa está en manos del coronel paraguayo Ayala, quién, la lleva a cabo de manera decidida. El ejército boliviano combate, condicionado por esta estrategia aplicada por el ejército paraguayo. Los regimientos paraguayos atacan, aferran, se infiltran, asaltan en todos los sectores, del amplio frente de batalla[46].

 

La vanguardia de esta pujante concentración en movimiento de la maniobra paraguaya, el 3 de diciembre de 1933, aprovechando una fuerte tormenta, que dificultaba la logística y las comunicaciones radiales, llegó hasta los bordes del Campo 31, cortando  el camino Saavedra-Alihuatá, poniendo a la 9.ª División ente el peligro de ser copada. Ese día, el general Estigarribia asumió personalmente la dirección táctica de las operaciones, en reemplazo del dubitativo Coronel Ayala. Otras tropas paraguayas cortaron una segunda ruta, que por Pozo Negro, también iba hacia Saavedra.

 

Viendo que no iba a recibir una ayuda masiva, para contener el cerco en ciernes, Banzer decidió, el día 7 de diciembre de 1933, replegar su división, por una tercera ruta, que todavía quedaba libre. El fortín Alihuatá fue evacuado e incendiado. Noticia que el gobierno ocultó al pueblo boliviano.

 

Los 7,000 efectivos de la 9.ª División abandonaron silenciosamente las trincheras, exponiéndose al asedio, a la sed; se dirigieron trabajosamente en dirección sureste, hacia la 4.ª División; la que combatía en la zona de Gondra. En ese mismo momento, en Muñoz, sede del alto mando, algunos oficiales bolivianos mostraban otras preocupaciones:

 

De Muñoz. 5/12/33. 11:40 horas. Para Villamontes. Cifrado 1/150. Favor aumentar a pedido 10 botellas de Cinzano. Para mí otras 10. Un tarro de cerveza para el coronel Vázquez. Dígale a Acosta que me preste el dinero que falte[47].

 

Lo que Banzer no pudo prever fue que, el mismo día 7 de diciembre de 1933, a las 4:35 horas, el frente de Gondra, a cargo de la 4.ª División, colapsó ante el sorpresivo ataque nocturno, que por propia iniciativa, efectuara el Teniente Coronel Rafael Franco, al mando de la 1.ª División paraguaya. La División boliviana, rebalsada en varios sectores, no tuvo otra opción que replegarse hacia la misma zona donde convergía la 9.ª División. Esta imprevista ruptura sorprendió al General Estigarribia, quién pidió varias veces la confirmación de que efectivamente Franco estaba avanzando por el sur, cerrando las vías de escape de dos divisiones bolivianas.

 

La 9.ª y 4.ª División bolivianas se encontraron en Campo Vía, donde quedaron inmovilizadas por los dos brazos de la tenaza paraguaya. Millares de hombres de color tierra circulaban sobre el pequeño campo, esperando la orden de partida. Trípodes, morteros, cajas de municiones, cañones de repuesto, granadas, ametralladoras y fusiles, amén del equipo, se transportaban en los hombros no en la espalda […] [En un camino] de cinco metro de ancho a través del bosque […] descansaba nuestra columna de camiones […] cargados con piezas de artillería y municiones para las diversas armas, ora con tanques destinados al aprovisionamiento de agua y gasolina, ora, en fin, cargados de víveres, carpas y equipos. Una mayor parte de las tropas de la 4.ª y 9.ª. División que se encontraban detenidas en su marcha, cubrían cuanto espacio libre quedaba sobre la ruta y sobre todo, a lo largo de la columna de automóviles […]. Así, embotelladas […] en la picada, reducidas a un estrecho radio de acción, […] toda maniobra más que difícil se hacía imposible […] Tal era nuestra situación el día nueve [de diciembre] en la tarde, grave en extremo y más aún si se toma en cuenta el agotamiento físico y la consiguiente depresión moral[48].

 

Se completó el anillo el 10 de diciembre de 1933. El General Kundt calificó como alarmistas e erróneos los informes de los pilotos y de Banzer, ya que estaba convencido de que el ejército paraguayo no estaba capacitado para llevar a cabo operaciones coordinadas, con una gran cantidad de unidades, 5 divisiones, en un frente tan amplio. Kundt recriminó a Peñaranda porque se había retirado inexplicablemente desde Kilómetro 21 hacia Saavedra, al sur, y le ordenó que volviera a esa posición para ayudar a las dos divisiones cercadas. Banzer intentó abrir una picada para poder escapar; la presión paraguaya, la espesura del monte, el calor y el cansancio de los zapadores bolivianos, impidieron su concreción.

 

El 10 de diciembre de 1933, a las 17:00 horas, los bolivianos intentaron romper el cerco pero por error la aviación boliviana bombardeó a fuerzas del regimiento RI-50 Murgia, al mando del capitán Antezana Villagrán, hecho que a posteriori algunos historiadores bolivianos trataron de ocultar[49]. Solo el regimiento Lanza, en una lucha feroz, con grandes pérdidas, logró abrirse paso; muy pocos soldados lograron escapar. El día 11 de diciembre de 1933, las dos divisiones cercadas, sin ninguna opción, tuvieron que rendirse. Las pérdidas bolivianas fueron importantes, murieron 2,600 soldados y aproximadamente 7,500 cayeron prisioneros (18 jefes, 170 oficiales, 7,271 soldados)[50]. De un solo golpe, más de dos tercios del ejército boliviano fue destruido. Solo escaparon 1,500 efectivos, que en su mayoría pertenecían a las tropas de Peñaranda, las que no estuvieron dentro del cerco. Cuando se comunicó a La Paz que se había salvado Peñaranda, éste nunca aclaró la situación; la cosechó en su favor, como si fuera el héroe de la jornada, razón por la cual Daniel Salamanca lo promovió, en lugar de Kundt[51]. Cuando el 11 de diciembre de 1933 los ministros y Toro llegaron a Muñoz, para destituir al General Kundt; los recibió en su puesto de mando:

 

Ya no estaba en el rol del dios Thor, que molería sus míseras existencias de funcionarios en un yunque, con su martillo de trueno. Más bien, deslizó con amargura, que se sentía enfermo y agobiado no solo por las preocupaciones de la campaña y sus últimos resultados, sino por la situación de su familia y sus negocios[52].

 

La rendición de Campo Vía proporcionó al Paraguay gran cantidad de armas y equipos: 8000 fusiles, 536 ametralladoras, 25 morteros, 20 piezas de artillería, 2 tanques Vickers, muchos camiones y una gran cantidad de municiones. El resto del ejército boliviano se retiró hacia Magariños. En Muñoz, centro del comando boliviano, en el sur, el día 14 de diciembre de 1933, a las 10:00 horas, en medio del trajín para desalojar el fortín y destruir sus instalaciones, el destituido general Kundt subió a un trimotor Junkers 52 del Lloyd Aéreo Boliviano; partió del Chaco para siempre.

 

A la tarde, el Servicio de Escucha paraguayo descifró el siguiente parte:

 

De Muñoz, n.º 319, diciembre 14, 1933, 18 horas. Para Director Etapas. Villamontes. Cifrado 724/171. Si no hay carga urgente para trimotor, puede traer mañana cigarrillos, coca, alcohol, unas botellas de pisco y pastillas agridulces para tropa que llega en malas condiciones físicas[53].

 

Ese mismo día, a 50 km al este, con la presencia del General Estigarribia, la bandera paraguaya reemplazó a la boliviana en el mástil del fortín Saavedra, donde había ondeado, desde su fundación, en el año 1924[54].

 

El fortín Muñoz comenzó a arder al atardecer del día 19 de diciembre de 1933. El día 20, luego de un ligero bombardeo de la artillería paraguaya, ingresaron lentamente los soldados del RC-7 San Martín[55]. El 24 de diciembre de 1933, en el fortín Ballivián, nueva sede del comando boliviano, a 200 km al noroeste de Campo Vía, se reunieron para festejar la Navidad los oficiales: Enrique Peñaranda, Ángel Rodríguez, Óscar Moscoso, David Toro y su protegido Germán Busch. Los nuevos jefes se reunieron alrededor de una larga mesa, para celebrar su encumbramiento. El desastre de Campo Vía quedó olvidado. El principal culpable [Kundt] estaba confinado […] sus espíritus retozaban de libertad y alegría. Ellos eran ahora los dueños de la situación y sabrían demostrar al país y al mundo que podían bastarse a sí mismos, conduciendo la campaña como no lo pudieron hacer ni Quintanilla, ni Guillén, ni Lanza, ni Kundt. El licor corrió sin tasa. Era la primera de las parrandas con que los integrantes de esos comandos, con contadas excepciones, iban a sumar, a su fracaso como estrategas, la fama de intemperantes[56].

 

Al ejército boliviano solo le quedó la 7.ª División, con las derrotas en Alihuatá y Campo Vía; la 7.ª División  tuvo que retirarse de la zona de Nanawa hacia Magariños. La propuesta del teniente coronel Franco de utilizar todos los camiones disponibles para avanzar rápidamente hacia Ballivián-Villamontes, para terminar con el resto del ejército boliviano, no cuajó. El presidente Ayala supuso que había ganado la guerra; que Bolivia, sin ejército, no tenía otra opción que capitular y solicitar la paz. Con el objeto de dar tiempo a la diplomacia, planteó un armisticio, que el gobierno boliviano aceptó raudamente. El armisticio de veinte días, del 19 de diciembre de 1933 al 6 de enero de 1934, favoreció a Bolivia. Se aceptó el armisticio para ganar un tiempo, un lapso para formar un nuevo ejército. Durante el primer año y medio de guerra, Bolivia había movilizado 77,000 hombres de los cuales solo quedaban 7,000 combatientes en el Chaco, la 7.ª División, además de 8,000 hombres, que prestaban diversos tipos de servicios. Del resto, 14,000 habían muerto, 32,000 fueron evacuados por heridas o enfermedades, 10,000 cayeron prisioneros, 6,000 desertaron[57]. Cuando el armisticio caducó, el nuevo ejército logró conformar 18 regimientos, cuyos efectivos eran superiores al que había comandado el General Hans Kundt un año antes[58]. Sin embargo, el nuevo ejército adolecía de tres falencias:

 

  • Miles de campesinos, cuyas tierras fueron expropiadas por los terratenientes, que dieron lugar a levantamientos, fueron reclutados como soldados, trasladados al Chaco, tan diferente al Altiplano. A los flamantes soldados les faltaba una buena preparación, además de no contar con experiencia de combate; en estas condiciones se suma una moral baja. Incluso, en muchos casos, se reclutaron soldados no aptos físicamente, para soportar las exigencias de la geografía chaqueña[59]. Se quejaban de la mala y escasa comida, del temor a la selva chaqueña y de los fusilamientos de desertores, que estaban obligados a presenciar[60]. A principios de 1934, el alto mando consideró que, para la defensa de posiciones, se necesitaban 2 soldados recién reclutados por cada soldado paraguayo, siempre que estuvieran bien alimentados y con el apoyo de ametralladoras y artillería. Para amarrar esta relación, la estimación subía a 4 reclutas bolivianos por cada soldado paraguayo[61]. Esto complicaba la logística, problema que Kundt ya había analizado el año anterior, especialmente en el consumo de alimentos, agua y municiones, que los reclutas solían derrochar:

 

Si hoy come la tropa 600 gramos, aumentando el efectivo del ejército, se tendría que racionar por 300 gramos por soldado […] Se ha citado a mi comando por no haber pedido más gente. Las razones se encuentran en este informe. Hubieran muerto de hambre[62].

 

  • El cuadro de oficiales estaba muy raleado. El mando de los regimientos se dio a capitanes o mayores con poca experiencia; además se contrató oficiales mercenarios extranjeros, especialmente chilenos, que en número de 105 ingresaron desde abril hasta fines de 1934[63]. Para sorpresa de muchos, los oficiales chilenos pudieron superar las barreras de la nacionalidad, raza, color, clase y lenguaje, que los separaba de sus soldados. A diferencia de los oficiales bolivianos, que preferían mantenerse en la retaguardia, huir al primer problema, los oficiales chilenos permanecían con sus hombres en el combate, la retirada o cuando se rendían[64]. Pese a que esto motivó roces diplomáticos entre el Paraguay y Chile, los mercenarios chilenos fueron tratados por el ejército paraguayo, bajo los mismos derechos que la Convención de Ginebra amparaba a los combatientes y prisioneros bolivianos; no bajo la figura jurídica de «combatientes ilegales», quienes arriesgaban penas de prisión o fusilamiento. Mientras el ejército paraguayo preparaba a los estudiantes para oficiales, su par boliviano los alistaba como soldados. Suele atribuirse la poca capacitación y cantidad de oficiales a la estructura de la sociedad boliviana, al elitismo y al racismo[65]. Los amigos y parientes de los políticos y los jóvenes de la burguesía, en todas sus capas, ocuparon puestos burocráticos, en la retaguardia, eludiendo así ir al frente de batalla[66]. Según el General Peñaranda, esta carencia de oficiales y clases transformó al ejército boliviano en un «cuerpo sin alma[67]».

 

  • La derrota de Alihuatá-Campo Vía no mejoró la relación del ejército con el gobierno, sino todo lo contrario. Las camarillas se fracturaron aún más. Cuando el nuevo comandante en jefe quiso nombrar al coronel David Toro como Jefe del Estado Mayor, se opusieron varios altos oficiales, por lo que el General Peñaranda recibió una severa advertencia de Salamanca:

Está usted al borde de una rebelión militar frente al enemigo extranjero. Reflexione bien y deténgase a tiempo […] Su deber es cumplir la orden que le he reiterado ya cuatro veces y que ahora le reitero por quinta vez[68].

 

Como solución, Toro fue nombrado comandante del Primer Cuerpo de Ejército. Éste nombró a su vez, como jefe de Estado Mayor de esa unidad a Germán Busch, un joven oficial de 29 años. En un ambiente confuso, emergió como una atmósfera de insubordinación, dentro del ejército, contra el presidente Salamanca; el 5 de abril de 1934 se amotinaron los cadetes del Colegio Militar, apoyados por la policía. Salieran de su cuartel, ocuparon gran parte de la ciudad de La Paz. Este motín fracasó por la falta de apoyo popular y del sector militar que lideraba Peñaranda[69].  El presidente Salamanca, dudando cada vez más de la eficacia de los militares bolivianos, intentó penetrar de dos maneras en el «feudo», que estos habían construido en el Chaco. En primer lugar, a fines de abril de 1934, intentó crear el cargo de inspector general del ejército, con la función de enlace entre el presidente y el alto mando. Propuso para el cargo a un civil, el doctor Joaquín Espada. La oposición del General Peñaranda y la inmediata e indisciplinada reacción del Teniente Coronel Moscoso, hizo que Salamanca le pidiera inmediatamente su renuncia como jefe del Estado Mayor, la que se hizo efectiva, pese a los ruegos en contrario de Peñaranda. En segundo lugar, en el mes de mayo de 1934, llegó la misión militar checa contratada por Salamanca, compuesta de cinco oficiales de alta graduación, todos a cargo del general Vilem Placek, para que asesorara al gobierno en sectores claves de ejército. Esta medida también despertó el total desacuerdo de los jefes de Cuerpo y de División[70].

 

 

Durante enero-diciembre de 1934, el ejército paraguayo, continuó su avance, capturando los fortines Platanillos, Loa, Esteros, Jayucubás. El ejército boliviano, en actitud defensiva, intentó crear diversas líneas de contención. A partir de Campo Vía, el ejército paraguayo comenzó a sufrir el mismo problema que había afectado al ejército boliviano desde el comienzo de la guerra: el alargamiento de su línea logística. Con un parque de camiones siempre escaso, con cubiertas y motores desgastados, por el uso intensivo, en condiciones de extremado calor, además de la necesidad de derivar más hombres para cuidar y sostener la fluidez de esas líneas de aprovisionamiento, el General Estigarribia tuvo que sujetar sus decisiones estratégicas a estas limitaciones logísticas. La captura de gran cantidad de soldados enemigos, en las distintas batallas y cercos, a los cuales había que trasladar a la retaguardia, alimentar y sobre todo proveer de agua, dificultó también la persecución de las tropas bolivianas en retirada[71].

 

Tras la derrota de Campo Vía, el alto mando boliviano decidió retirarse hasta la línea Magariños-La China. Allí el Primer Cuerpo boliviano construyó el sistema defensivo mejor realizado de toda la guerra. A comienzos de febrero de 1934, el ejército paraguayo avanzó sobre el sector de La China, constató que los bolivianos trasladaban tropas desde Magariños para aumentar la defensa. Con el objeto de cortar ese movimiento, el 10 de febrero, se planeó un ataque demostrativo sobre la zona de Magariños, para fijar allí la mayor cantidad de tropas bolivianas. El día 11 de febrero, para sorpresa del comando paraguayo, el ataque logró abrir una brecha de 300 metros en esa magnífica línea defensiva, brecha por donde los paraguayos penetraron 7 kilómetros hacia la retaguardia. Al día siguiente, los defensores abandonaron las fortificaciones sin combatir. Los bolivianos tuvieron 60 bajas entre muertos y heridos, los paraguayos 10 muertos y 27 heridos. El fortín Magariños fue abandonado y destruido, antes de la retirada.

 

En febrero de 1934, la nueva 9.ª División boliviana fue puesta al mando del Coronel Francisco Peña. Su misión era defender la desértica zona de Picuiba, a cuyo efecto desplazó al RI-18 Montes, con 1,500 efectivos, al mando del Teniente Coronel Bavía, hacia Garrapatal, con rumbo a Cañada Tarija. Peña ubicó su puesto de mando en Carandaitý, fuera del desierto, a 250 km de Garrapatal. El alto mando paraguayo supuso que estas tropas podían afectar sus operaciones frente al fortín Ballivián; entonces decidió atacarlas[72].

 

El 20 de marzo de 1934, la 6.ª División paraguaya, al mando del Teniente Coronel Federico W. Smith, interceptó en Cañada Tarija al RI-18 Montes. El mayor boliviano Juan Belmonte, ubicado en Picuiba, fue el encargado de actuar de enlace entre Bavía y el lejano comandante Peña. Esto lo obligó al uso intensivo de los medios radiotelegráficos, que fueron interceptados y descifrados por los paraguayos, lo que permitía anticipar sus movimientos. Por esta razón esta batalla se conoce también como «Batalla de los Criptógrafos[73]».

 

El comandante paraguayo rodeó a dos batallones bolivianos, capturando todo el parque de municiones del regimiento. Belmonte trató de salvar a los cercados, pero, tuvo que retirarse hacia Garrapatal[74]. El regimiento boliviano se rindió perdiendo más de 1,000 efectivos, entre muertos, prisioneros, heridos y extraviados, además de todo su armamento. Su jefe, Ángel Bavía, intentó suicidarse; fue trasladado a un hospital paraguayo, donde falleció el 5 de abril de 1934[75]. Fueron capturados los nuevos códigos bolivianos, importantes mapas e informes sobre la inexistencia de pozos de agua en todo el desierto hasta Carandaitý.

 

El 28 de marzo de 1934, las tropas paraguayas ocuparon Garrapatal; establecieron posiciones defensivas más allá del fortín. El resultado de esta batalla afectó seriamente a la opinión pública boliviana, ya que demostraba que el nuevo ejército no estaba aún a la altura de las exigencias de las operaciones[76]. Lo que el pueblo boliviano desconocía eran las bacanales del Coronel Peña y sus subalternos en Carandaitý, con mujeres traídas desde Villamontes, que fueran denunciadas por el diputado Roberto Ballivián Yanguas, que en la reunión secreta del Congreso del 20 de agosto de 1934 dijo:

 

«Acumuladas como fueron todas las provisiones destinadas para la orgía, se llevó una banda del ejército para que las amenizara […] danzaban los jefes y oficiales [de la 9.ª División] desaforadamente con las daifas […] descuidado de la manera más criminal sus deberes militares».

 

La nueva línea boliviana tenía una gran debilidad: el espacio abierto entre los dos Cuerpos de ejército, que defendían Ballivián. El comando paraguayo decidió penetrar por ella hasta alcanzar el río Pilcomayo, aislando al Primer Cuerpo boliviano, que defendía Ballivián. La aviación boliviana descubrió la picada oculta, que abrían los paraguayos en el monte, en la que se trabajaba por las noches.

 

El Coronel Ángel Rodríguez, del Estado Mayor boliviano, resolvió dejar que los paraguayos avanzaran hasta cierto límite, para poder encerrarlos mediante una maniobra concéntrica, que juntase a sus espaldas a regimientos del Primer y Segundo Cuerpo.

 

El día 10 de mayo de 1934, los 9 regimientos y la artillería, que componían el Primer Cuerpo paraguayo avanzaron por el claro existente entre los dos Cuerpos bolivianos, sin sospechar que se metían en una trampa. La vigorosa 9.ª División boliviana, contando con 14,000 efectivos, trasladada secretamente desde el norte, dividida en dos columnas, cortó el camino El Lóbrego, en la retaguardia de los 5,500 hombres de la 7.ª y 2.ª División paraguaya. En su avance encerró a un batallón paraguayo de 200 soldados del RI-16 Mariscal López, al mando del Capitán Joel Estigarribia, quién circunstancialmente quedó en el medio de las dos columnas. Sin ninguna necesidad táctica, los bolivianos se empecinaron en aniquilarlo, rodeándolo con un triple cerco, perdiendo así el objetivo central de la maniobra, además de un tiempo valioso, por la obstinada resistencia de esa pequeña unidad paraguaya. Debido a esta demora fracasó también el envolvimiento de los regimientos bolivianos Jordán y Loa del Segundo Cuerpo, brazo norte del cerco, llegando al límite de su radio de maniobra. Al no poder unirse a la 9.ª División, quedaron con su retaguardia y flanco expuestos a las fuerzas enemigas, las que intentaban escapar. Pasada la sorpresa inicial, gracias a la demora en cerrar las dos tenazas, los regimientos paraguayos lograron salir, por sendas construidas al efecto, también aún no controladas; en caso necesario, se abrieron paso a la fuerza. Varios batallones de la 2.ª División paraguaya, que se desorientaron en el monte, durante la retirada, no tuvieron otra opción que rendirse. El combate tuvo lugar del 18 hasta el 25 de mayo de 1934. El ejército boliviano logró capturar a 67 oficiales y 1,389 soldados, más de la mitad de los que capturarían en toda la guerra, pertenecientes a los regimientos Sauce, Capitán Bado, Dos de Mayo y Mariscal López, pertenecientes a la 2.ª División, que, primero, dudó en retirarse, después, se desorientó en el monte. Además de los prisioneros se capturaron armas livianas y diez camiones. Toda la artillería divisionaria paraguaya logró evadir el cerco.

 

Los prisioneros paraguayos muestran un semblante alegre, casi jovial. Apenas se ve alguna cara triste. Conversan con sus oficiales con toda naturalidad; ríen, parecen satisfechos de su situación, a pesar de que traen las manos amarradas con cuerdas […] Los prisioneros paraguayos se han caracterizado siempre por su hinchada altivez y ante todo por su fe absoluta en el triunfo de su ejército en esta guerra. […] «Nosotros somos del Dos de Mayo ―me informa un prisionero, blanco, barbudo, que debe frisar en los 40 años―. Éramos los mejores del ejército, gente escogida[77]».

 

La batalla de Cañada Strongest no tuvo el resultado planeado: la aniquilación de todo un Cuerpo de Ejército paraguayo; sin embargo, su resultado parcial tonificó la moral del comando, combatientes y población del país. El comando paraguayo aprendió a no menospreciar la capacidad de su oponente; volvió a ajustar todos los recaudos de seguridad, que se habían violado al principio de esta batalla: patrullajes cercanos y lejanos, inteligencia sobre el enemigo. El Estado Mayor paraguayo no sabía que la 9.ª División se había trasladado desde el norte. Por otra parte, recordó la necesidad de la sorpresa para sus acciones ofensivas.

 

Pese al traspié en Cañada Strongest, el comando paraguayo insistió en ocupar Ballivián. De junio a la primera quincena de agosto de 1934, se sucedieron intensos ataques y contraataques, llevando la peor parte las tropas bolivianas. El historiador y excombatiente boliviano Hugo René Pol, menciona el estado físico y mental en que se encontraban las unidades bolivianas después de meses de combates:

 

Será menester apuntar que la fatiga y otros factores […] quebraron en más de una vez la moral de nuestras aguerridas unidades, como en los casos de la ruptura de la línea fortificada del denodado regimiento Pérez (R-3), en la madrugada del 18 de junio [en Ballivián]. Se creyó o arguyó que esta ruptura se debía a un descuido […] Sin embargo […] el 8 de julio, el regimiento Manchego (R-12), a pesar de las medidas de precaución tomadas la noche anterior, a la primera presión del enemigo dejó sus posiciones […] dos días después, el desarrollo de una operación tendiente a envolver al enemigo en sus posiciones nos fue malogrado por el desbande del regimiento Colorados (R-41), uno de los mejores del 1er Cuerpo de Ejército[78].

 

La guerra llegó a un equilibrio: el ejército boliviano, al no abandonar Ballivián, carecía de la superioridad necesaria para lanzar una ofensiva en otro sector. En ese fortín estaban inmovilizados 18,000 soldados, 20 cañones, 600 ametralladoras pesadas, 200 camiones, 5 millones de proyectiles de fusil y 5,000 granadas de cañón, además de mortero[79]. El ejército paraguayo tampoco tenía la superioridad necesaria para capturar Ballivián, lo que no impidió que realizara un ataque aéreo con 4 aviones Potez, 25 el día 8 de julio de 1934; bombardeo que dañó en suelo 5 aviones Curtiss-Wrigth Osprey, camiones, tanques de combustibles de aviación y la pista aérea[80]. De los tres aviones bolivianos que salieron en persecución de los atacantes, uno fue derribado, falleciendo el mayor boliviano Nery y su copiloto, el Teniente Dorado[81].

 

Ante esta situación, el presidente Salamanca consideró que existían condiciones para una acción diplomática, que se podían fijar los límites sobre las líneas alcanzadas por ambos ejércitos. Previamente, y para compensar los malos resultados de la guerra, pensó que se podía ocupar una zona en el alto río Paraguay, sin presencia paraguaya, para un futuro puerto hacia el Atlántico. Salamanca suponía que esto no afectaría en nada al Paraguay ni a las negociaciones diplomáticas; para Bolivia justificaría, en el frente interno, la guerra y su resultado. A tal efecto comenzó a formar el Tercer Cuerpo de Ejército, al mando del General Lanza, pese a la oposición del alto mando, que consideraba este plan, propuesto por el General Osorio, en agosto de 1932, como una distracción de recursos[82]. Debido a la demora en la ejecución, el 16 de junio de 1934, Salamanca reclamó al general Peñaranda:

 

Su cifrado 60 me lleva a insistir a ese comando en el proyecto de preparar la campaña en el norte para salir al río Paraguay. […] Nuestra presencia en el río Paraguay sería un golpe mortal para el enemigo y la victoria para nosotros. Juzgo que lo más práctico sería preparar ya una campaña o un golpe de sorpresa sobre Bahía Negra. Como solo la estación seca es aprovechable conviene no perder tiempo[83].

 

Vicuña Vergara escribe:

 

Cuando el General Estigarribia fue informado de que el nuevo Cuerpo de Ejército boliviano tenía como objetivo el alto río Paraguay, lo que podía afectar al Puerto Casado, desde donde se abastecía todo el ejército paraguayo, ordenó la inmediata exploración aérea de todo ese sector. El 31 de julio avanzó su puesto de mando al fortín Camacho, primer síntoma de que pensaba modificar el teatro principal de operaciones, llevándolo a la zona más desértica del Chaco[84]. Este es el momento épico de la estrategia del General Estigarribia, pues mediante pacientes fintas y gran serenidad de espíritu, se colocaba en el fiel de la balanza para poder ser más fuerte en el sitio y momentos precisos […] para poder contrarrestar […] la nueva iniciativa y la superioridad numérica del contrincante, que él había tenido el talento de diluir en el gigantesco escenario de las operaciones[85].

 

El 12 de agosto de 1934, el piloto paraguayo Peralta, cuando volvía a su base, después de explorar esa zona, fue atacado por un avión boliviano, que terminó siendo derribado. El piloto fallecido resultó ser el mayor Pabón, que había destruido un avión paraguayo, en diciembre de 1932.

 

El Coronel Franco recibió la misión de ocupar el fortín 27 de Noviembre, aislar logísticamente al fortín Ingavi, punto de partida del futuro avance boliviano, hacia el alto río Paraguay. El día 13 de agosto de 1934, salió de Garrapatal; dos días después, capturó el fortín Picuiba, tomando 450 prisioneros y un lote importante de armas, al costo de muy pocas bajas y heridos. El día 17 de agosto, se apoderó del fortín 27 de Noviembre, dando por terminada su misión luego de avanzar 120 km. en solo cinco días.

 

Dándose cuenta de que había sorprendido al comando boliviano, el General Estigarribia permitió que la fuerza motorizada de Franco girara hacia el oeste, rumbo a Carandaitý, teniendo, ahora, como objetivo el río Parapetí, además de amenazar la zona petrolífera boliviana[86]. A gran velocidad y riesgo, el día 20 de agosto, el regimiento paraguayo RI-14 Cerro Corá, después de recorrer 100 km, desde el fortín 27 de Noviembre, llegó cerca del cruce de Huirapitindí, a 45 km del río Parapetí. Por su parte, más al sur y en forma paralela, la 6.ª División paraguaya, avanzó 160 km, en 13 días, a través de un desierto con colinas de arena y malezales, dejando en la retaguardia su propia artillería, además de a tropas enemigas en retirada. El 22 de agosto aniquiló en Algodonal a un destacamento boliviano, al mando del experimentado Teniente Hugo René Pol; en el enfrentamiento se causaron muchas bajas bolivianas, además de capturar un depósito de armas sin usar.

 

El militar e historiador boliviano Antezana Villagrán, escribe:

 

Este récord de un avance célere, con acción táctica sucesiva […] resulta [en el] movimiento de la 6.ª División paraguaya [un] precedente de las divisiones panzer de Guderian, especialmente por la escasez de agua en el trayecto[87].

 

El 27 de agosto de 1934, la 6.ª División paraguaya llegó a 5 km de Carandaitý, a más de 50 km al norte de Villamontes, en la retaguardia de todo el ejército boliviano en el Chaco. En ese punto tuvo que detenerse, por el agotamiento de los soldados y problemas logísticos. El agua debía traerse desde Garrapatal, a 250 km de distancia al sureste. La falta de este vital elemento fue una constante preocupación para el Coronel Franco, que dispuso perforar pozos en distintos puntos[88].

 

Alarmado por el curso de los eventos de la guerra, el presidente Salamanca viajó con urgencia al Chaco, buscando la salida a este inesperado y vertiginoso avance paraguayo.

 

Después de la urgente reunión en la sede del comando del ejército boliviano, en Samayhuate, donde estuvieron presentes Salamanca, varios ministros y todos los altos jefes del ejército; Peñaranda, Toro, Sanjinéz, Bilbao y Rivera. Reunión en la cual algunos oficiales propusieron «tramitar la paz en cualquier condición» e incluso la capitulación[89], se acordó conformar el llamado Cuerpo de Caballería, integrado por los mejores regimientos bolivianos, cuyo comando, por razones políticas, se entregó al Coronel David Toro.

 

Frente a esta nueva situación, el General Estigarribia cambió la misión estratégica del Coronel Franco. Ahora este debía retirarse lentamente para ir alejando progresivamente a esta vigorosa tropa boliviana, de las operaciones que se estaban planeando en Cañada El Carmen, zona central del dispositivo boliviano. Así David Toro se enfrentó al oficial más hábil e impredecible del ejército paraguayo, Rafael Franco; el mismo que, por propia iniciativa, había cerrado sorpresivamente la ruta de escape de dos divisiones bolivianas en Campo Vía. La distribución estratégica del ejército boliviano en el Chaco, cuyo porcentaje mayor seguía acantonado en el fortín Ballivián, se modificó lentamente, por el traslado de tropas hacia el noreste, para formar el Cuerpo de Caballería de Toro, además del nuevo Cuerpo de Ejército, al mando del Coronel Bilbao Rioja, en la zona del Parapetí:

 

Era [un] conjunto [de] 20,000 hombres de magnífica tropa y dotada de gran potencia de fuego: vale añadir, la flor y nata del ejército[90].

 

Todo concurría tal cual había planeado Estigarribia, con la maniobra de Franco hacia Carandaitý: que la zona central, Cañada El Carmen, se debilitara, posibilitando la fractura en dos del ejército boliviano, además del aislamiento de las tropas ubicadas en el fortín Ballivián, en el extremo sur. Desde principios de septiembre de 1934, el Cuerpo de Caballería comenzó la persecución de las dos divisiones del Segundo Cuerpo paraguayo. Según el Coronel Toro, una vez destruida esa unidad, se estaría «en situación de copar el grueso del ejército paraguayo, que operaba contra Ballivián-Villamontes, al oeste, aislarlo de sus principales bases y obligarlo, por lo menos, a una desordenada retirada hacia el sudeste[91]».

 

El avance boliviano por el desierto, en pleno verano, contra un enemigo que, según el plan de Estigarribia, se debía dejar «mordisquear» y huir, iba estirando su línea de aprovisionamiento, debilitaba su seguridad e iba agotando física y moralmente a los soldados. Desde el lado paraguayo, los oficiales eran conscientes de que sus soldados eran excelentes en la ofensiva, pero, que no se adaptaban tan fácilmente a las maniobras de permanente retirada[92].

 

A principios de septiembre de 1934, el Coronel Toro dispuso la ejecución, a través de órdenes muy detalladas, de un amplio cerco lineal de 50 km de radio, en una zona de montes muy densos y difíciles de atravesar. Los dos brazos debían unirse en Puesto Burro, en la retaguardia de la 6.ª División paraguaya, al mando del Teniente Coronel Paulino Antola. Esta maniobra adoleció de diversas deficiencias tácticas:

 

La amplitud del cerco; la desigual dosificación de las fuerzas envolventes donde el brazo norte, que era el más fuerte, debía recorrer la mayor distancia; y la apreciación despectiva que tenía el Coronel Toro sobre la capacidad física y de maniobra que tenían las escasas tropas paraguayas[93].

 

El día 5 de septiembre, Toro ordenó a sus hombres que cercaran a la 6.ª División, lo que se hizo recién el día 8. […] Sin ningún rastro de modestia en su personalidad, el día 9, Toro anunció que su victoria le hacía recordar el triunfo del ejército alemán en Tannenberg, en la Primera Guerra Mundial. Pero, precisamente ese día, mientras se auto-felicitaba por el triunfo, los paraguayos de la 6.ª División arruinaron la celebración, escapando silenciosamente, por una brecha[94].

 

La aviación boliviana lanzó panfletos, instando a los paraguayos a rendirse, cuando estos ya se habían escurrido del cerco. Toro acusó a la aviación por la falta de cooperación y su poca capacidad para detectar, desde el aire, el movimiento y la ubicación del enemigo[95].

 

El día 10 de septiembre, el Mayor Ichazo informó al Coronel Ángel Rodríguez, del Estado Mayor General, que el cerco había fracasado. Este aprovechó para advertirle que las fuerzas bolivianas, teniendo en cuenta los problemas logísticos que planteaba el desierto, no deberían ir más allá de Algodonal; solo con pequeñas fuerzas, mientras que el grueso debería concentrarse en Santa Fe, sobre el río Parapetí. Desde allí emprender una acción ofensiva contra el fortín 27 de Noviembre. Toro rechazó de mala manera estas sugerencias, porque lo dejaban en un papel secundario:

 

Pensamos con Ichazo que sus medidas para futuras operaciones son prematuras. No encontramos explicación para la enorme acumulación tropas en el norte, ya que con las que tengo, reforzadas tal vez con [el regimiento] Ingavi, podemos tomar La Faye, en una operación rápida, pues el efectivo total del enemigo, [que] opera [en] este sector, es solo 2,461 hombres[96].

 

Los siguientes tres meses de combates para llegar a La Faye, mostraron la certera visión estratégica del Coronel Rodríguez, de no caer en la trampa diseñada por Estigarribia, que ni Peñaranda ni Toro tuvieron en cuenta[97].

 

El presidente Salamanca, el día 17 de septiembre de 1934, hizo un resumen crítico de todas estas acciones:

 

Con angustia veo que el enemigo nos empuja rápidamente y que luego nos detiene donde quiere. De un golpe nos lleva a Carandaitý y ahora nos ataja en Algodonal y 27 de Noviembre. Lo peor es que nos cierra el paso [al fortín] Ingavi, desbaratando los proyectos tardíamente acogidos por ese comando[98].

 

El día 22 de septiembre, nuevamente Toro rodeó a la 6.ª División paraguaya, en Algodonal, maniobra que consideró como «la operación mejor ejecutada» de toda la campaña[99]. Este rodeo lineal también fue imperfecto porque:

 

  1. a) El ala sur, por donde era de esperar que el enemigo intentara escapar, era el más débil.
  2. b) No existió coordinación en tiempo y lugar entre ambas alas.
  3. c) No se fijó un punto de encuentro de las mismas.

 

 

El Coronel Franco dispuso, como método de seguridad, rodear exteriormente sus fuerzas con gran cantidad de retenes, compuestos por 3 o 4 hombres, diseminados en el desierto, unidos por picadas de enlace, que eran recorridas por un soldado 2 o 3 veces por día. Esta tenue y sensible telaraña le permitía descubrir con anticipación el movimiento del enemigo, sin que éste se diera cuenta de que había sido detectado[100].

 

El Teniente Coronel paraguayo Paulino Antola, antes de que las tropas bolivianas consoliden sus posiciones, concentró todas sus fuerzas en un punto. El regimiento paraguayo RC-1 Valois Rivarola rompió las líneas del RC-3 Chuquisaca, abrió el cerco a toda la División, hacia La Rosa, de donde también logró zafarse sin problemas[101].

 

El ejército boliviano realizó estas maniobras de envolvimiento y búsqueda con mucho sacrificio y bajas[102]. La segunda reunión fue al día siguiente con la presencia de Salamanca, Peñaranda, Tejada Sorzano y Rivera. Como si las relaciones entre Salamanca y los mandos militares necesitaran ser peores, Salamanca tenía en las manos una carta de Toro en la que reclamaba que su «victoria» de Algodonal no había tenido suficiente cobertura en la prensa. Toro manifestaba que 7,000 bolivianos habían vencido a 8,000 paraguayos que, sin poder escapar a través de ninguna brecha, se vieron obligados a un ataque masivo, para salir del cerco por arriba de los cuerpos de los defensores bolivianos. Toro parecía pasar por alto que pese a las dificultades del enemigo para escapar, esto no lo transformaba en una victoria. Incluso duplicaba el tamaño de las fuerzas paraguayas encerradas y subestimaba las propias fuerzas[103].

 

El Coronel Franco preparó la defensa de Yrendagüé; para su sorpresa Toro detuvo su avance, para concentrar mayor cantidad de unidades. Para prever un ataque desde la zona de Ravelo, al norte, Estigarribia ordenó la captura del fortín Ingavi. Franco envió un batallón de 150 hombres, apoyados por 5 camiones, que estaban estacionados en la laguna Pitiantuta, desde julio de 1932. Esa unidad, luego de una marcha de 220 kilómetros, a través de un monte impenetrable, capturó el fortín el 5 de octubre de 1934.

 

El 9 de noviembre, el Coronel Toro, con tres divisiones más dos regimientos, que logró sacarle al Segundo Cuerpo, volvió a cercar en Yrendagüé a la 6.ª División y a la DRG (División de Reserva General). Toro esperaba lograr una gran victoria, que lo llevaría políticamente a la presidencia de Bolivia. Invitó a los generales Peñaranda y Rivera y los ministros Alvéstegui y Sanjinez a su puesto de mando, para presenciar el curso de la batalla[104]. Una vez más, el lento aferramiento boliviano, permitió que las fuerzas paraguayas tuvieran plena libertad para reagruparse.

 

El 11 de noviembre de 1934, el Coronel Franco concentró todas sus tropas sobre el Regimiento boliviano Cochabamba; rompió el cerco y se retiró hacia Picuiba. El historiador boliviano Luis F. Guachalla definió como «torista» a estas maniobras del coronel Toro, que se caracterizaron por ser:

 

Rodeos lineales con reducido radio, con una fuerza equivalente en ambas alas de maniobra, la cual anulaba, en la práctica, la eficacia de un centro de gravedad (…). El Comando paraguayo, conocedor de esta modalidad estereotipada, disponía siempre, con acierto y oportunidad, lo que procedía hacer, para burlar estos ganchos, destinados a cerrarse detrás de sus efectivos, vale decir: escurría sus tropas por el espacio todavía abierto, o rompía la línea cercadora necesariamente débil, o accionaba enérgicamente contra una de las dos alas del rodeo, impidiendo o retrasando el cumplimiento de su cometido[105].

 

Toro atribuyó el fracaso al Coronel Ayoroa e indirectamente a su eterno rival, el Coronel Bilbao Rioja, por no haberlo ayudado con sus fuerzas. Se burló además de la captura del fortín 27 de Noviembre, realizada por este último:

 

No faltó la nota teatral en esta memorable jornada. Las fuerzas del Segundo Cuerpo que avanzaron sobre el fortín 27 de Noviembre, anunciaron por orden del comando [Bilbao Rioja], que habían cercado a un regimiento enemigo. El parte dirigido a los ministros Alvéstegui y Sanjinés fue prontamente rectificado. Se trataba solo de un batallón enemigo, resultando luego que no había ni una sombra dentro del cerco, acabando los cercadores por hacerse fuego entre ellos[106].

 

A fines de noviembre las fuerzas paraguayas tuvieron que abandonar el fortín Picuíba, donde habían retrocedido. Así, lo que el Coronel Franco logró en 16 días, de Picuíba a Carandaitý, el Coronel Toro lo revirtió en agotadores y costosos tres meses de lucha, de septiembre a fines de noviembre de 1934. Años después de terminada la guerra, el Coronel Toro escribió en su libro que «esas acciones constituyeron las páginas más brillantes de nuestra historia[107]».

 

En 1944, el coronel Ángel Rodríguez criticó estos comentarios de Toro, diciendo que si él se había adjudicado como una «victoria» la retirada de Conchitas, con más razón los paraguayos debían adjudicarse como victorias las retiradas de Carandaitý, Algodonal, La Rosa, etc., donde además de burlar las tenazas se llevaron prisioneros y armamentos bolivianos[108].

El presidente Salamanca, como si intuyera lo que iba a suceder, intentó hacer algunos cambios en el comando del ejército boliviano. Pidió que, en el cargo de jefe del Estado Mayor, el Coronel Bilbao Rioja reemplazara al Coronel Rivera. Peñaranda y Toro se opusieron, el primero porque prefería que su pariente siguiera en ese cargo y el segundo porque temía que Bilbao Rioja lo opacara totalmente[109]. Poco después Salamanca acordó con Peñaranda que el teniente Coronel Moscoso reemplazaría al Coronel Ángel Rodríguez, en el cargo de Jefe de Operaciones Militares; pero, Moscoso terminó haciéndose cargo del Cuerpo de Reserva, cuyas dos divisiones, bien equipadas y con 10,000 efectivos, operaban en la zona de El Carmen.

 

El día 10 de noviembre, mientras el Coronel Toro intentaba cercar a las tropas del Coronel Franco en Yrendagüé, el General Estigarribia inició la maniobra militar mejor ejecutada en todo el conflicto chaqueño. Tres divisiones paraguayas avanzaron sorpresivamente sobre la 1.ª División de Reserva boliviana, al mando del Coronel Zacarías Murillo, ubicada delante de Cañada El Carmen, en el sector central; el más débil de la línea boliviana. La 1.ª División paraguaya la atacó frontalmente, para fijarla a su posición, mientras la 8.ª y la 2.ª División se infiltraron por sus flancos norte y sur, utilizando picadas, previamente relevadas, a través de patrullajes lejanos. Pese a la detección de patrullas enemigas, en su flanco norte, además de la emboscada paraguaya, en la que murió el mayor boliviano Celso Camacho, del Estado Mayor, quién tenía en su poder importante documentación, Murillo no hizo ningún cambio, ni intentó retirarse, pues hubiera dejado aislados a los 18,000 hombres del Primer Cuerpo de Ejército boliviano, que defendían el fortín Ballivian, al sur de El Carmen[110].

 

Edmundo Ariñez Zapata escribe:

 

El día 11 de noviembre, fui invitado a celebrar copiosamente [sic] el cumpleaños del Moronel Murillo con la acostumbrada serenata de la víspera, en la que aparte de la música, se hizo nutrido fuego, con toda clase de armas, que disponía la División[111].

 

Dos días después, el 13 de noviembre de 1934, tropas de la 2.ª División paraguaya aparecieron sorpresivamente en el fortín El Carmen, apoderándose del parque de municiones de la División; por poco capturaron al Coronel Murillo en su propio puesto de mando. El 16 de noviembre, toda su División quedó cercada, cuando la 8.ª División, al mando del Coronel Garay, y la 2.ª División, al mando del Teniente Coronel Rivas Ortellado, se unieron en su retaguardia. También cayó en la trampa otra División boliviana, la 2.ª División de Reserva, al mando del coronel boliviano Walter Méndez, que acudió en socorro de la primera, sin conocer la magnitud ni la intención del enemigo. Al igual que en el cerco de Campo Vía, un año antes, el 16 de noviembre de 1934, las dos divisiones del Cuerpo de Reserva boliviano, al mando del Coronel Óscar Moscoso, con más de 7,000 efectivos, acosados por la presión paraguaya, el calor y la sed, mezclados y apretujados, ya sin disciplina alguna, comenzaron a rendirse. Se capturó un parque importante de armamentos y equipos; estas divisiones se estaban preparando para atacar por el oeste a las tropas del coronel Rafael Franco, en la zona de Picuiba[112].

 

En el Informe del director general de la Sanidad Paraguaya, se describe un espectáculo desolador:

 

El teatro del cerco […] no podía ser más desolado y triste. Bosques en formación, con arbustos raquíticos […] con hojas chicas y espinosas […]. En este panorama triste y hostil estaban agrupados los cercados. Reinaba la desesperación. Todos tenían el semblante desencajado, la mirada ausente, las pupilas dilatadas, los ojos hundidos, los labios resecos y agrietados, la gran mayoría sufría de alucinaciones. Algunos se desnudaban, cavaban con las manos hoyos profundos donde penetraban, otros gateaban yendo de un lugar al otro[113].

 

A propósito de estos dramas humanos de la guerra, el General Estigarribia escribe:

 

El ejército paraguayo tuvo que proveer de agua y alimentos, en forma perentoria, a esa gran cantidad de prisioneros, que duplicaba su capacidad logística. Muchos prisioneros bolivianos estaban tan debilitados, que por el zarandeo de los camiones, que los llevaban a nuestra retaguardia, perdían el equilibrio y caían al camino, donde nadie los recogía. Así se llenó la ruta de un tendal de cadáveres; algunos muertos por la sed, otros atropellados por los camiones que, debido a la oscuridad o la polvareda, no los podían esquivar[114].

 

Como consecuencia de esta ruptura en dos del ejército boliviano, el General Peñaranda ordenó el inmediato abandono del fortín Ballivián al sur, siguiendo la rápida retirada hacia Villamontes, antes que otros 18,000 hombres pudieran quedar aislados por el ejército paraguayo. Cayó así, sin combatir, el vigoroso fortín Ballivián, que era todo un símbolo de la presencia de Bolivia en el Chaco. Esta retirada fue considerada como la mejor maniobra realizada por el ejército boliviano durante la guerra, siendo favorecida por la debilidad, problemas logísticos y el desconocimiento del terreno que acuciaban al ejército paraguayo[115].

 

El 5 de diciembre, las instalaciones de Samayhuate, sede del comando de Peñaranda, desde antes de la batalla de Cañada Strongest, después de ser abandonadas por soldados, personal hospitalario y civil, fueron demolidas e incendiadas[116]. Al pasar por allí, los desmoralizados y sedientos soldados bolivianos, que se retiraban desde Ballivián pudieron observar un montículo de casi 300 metros de largo de botellas de cerveza vacías, consumidas por los oficiales del alto mando boliviano, durante su permanencia en el lugar. Esto confirmó que era cierto el abuso en el consumo de alcohol, que había denunciado Salamanca a Peñaranda, en septiembre de 1934; corroborando el buen sentido del nombre de «alto tomando», como llamaban los soldados al alto mando boliviano[117].

 

En un telegrama, del 17 de noviembre, dirigido al presidente Salamanca, el general Peñaranda intentó justificar la derrota de El Carmen:

 

Conclusión, falla material hombre que el enemigo posee en primera calidad. No tenemos oficiales ni clases suficientes [nuestra fuerza] es un cuerpo sin alma […]. El adversario, además de contar con iniciativa, […] tiene en abundancia oficial y clases […] que reúnen sus tropas y guían sus hombres. Estos hechos […] que fueron explicados a V.E. verbalmente, se han confirmado en últimas acciones[118].

 

El presidente Salamanca comentó:

 

Sobrevino la derrota del Carmen, que en mi concepto era responsabilidad inexcusable del comando. El más grosero descuido o, poco más o menos, a sabiendas del peligro, ocasionó este funesto desastre. Imaginé que el comando estaría humillado y que era ocasión de renovarlo para salvar a Bolivia[119].

 

En su larga lucha contra lo que consideraba como una ineptitud crónica de los comandantes bolivianos, el presidente Salamanca comenzó a buscar un reemplazante de Peñaranda, convencido cada vez más de que este carecía de los conocimientos y el carácter para dirigir al ejército boliviano.

 

Con las tropas enemigas acercándose a Villamontes, el presidente Salamanca decidió viajar en persona a esa localidad para destituir al General Peñaranda y reemplazarlo por el General José L. Lanza. La relación de Salamanca con Peñaranda fue siempre áspera, lindante casi con la insubordinación. En un radiograma a Peñaranda, luego de la derrota de El Carmen y de la retirada de Ballivián, Salamanca le manifestó:

 

Hago saber a ustedes que el pueblo ya no tiene confianza en la pericia del comando[120].

 

La respuesta de Peñaranda fue descomedida:

 

Aquí en la línea se piensa lo mismo de su gobierno y no por ello nos alarmamos[121].

 

Ovidio Urioste describe el desenlace:

 

Fue un error de Salamanca abandonar La Paz, mucho más sin la custodia adecuada. El 27 de noviembre de 1934, sectores politizados de las tropas bolivianas, leales al General Peñaranda y al Coronel Toro, se resistieron a la orden presidencial. Tropas al mando del mayor Germán Bush cercaron el chalet de la Casa Staudt, donde se había alojado el presidente Salamanca. En medio del mayor despliegue de fuerzas, se apresó al presidente y Capitán General del Ejército […] quien no tenía siquiera una pequeña escolta[122].

 

A propósito de este hecho insólito, el historiador Roberto Querejazu Calvo, llega la siguiente conclusión:

 

De todas las revoluciones o golpes de Estado en Bolivia, esta fue una de las más grotescas. Se extrajeron tropas de las trincheras, que se encontraban en plena zona de operaciones, a doce kilómetros del enemigo. Los principales jefes hicieron apuntar cañones a la residencia donde se alojaba el envejecido jefe del gobierno, la rodearon de soldados armados con fusiles y ametralladoras, que manifestaban abiertamente actitudes valentonas, incitadas, en algunos de ellos, por el alcohol libado durante la noche de vigilia. Aprisionaron a su víctima; más tarde le exigieron su renuncia. Salamanca firmó el documento casi gozoso de que los militares, a quienes nunca había estimado, a quienes culpaba de los desastres de la guerra, quitasen de sus espaldas una cruz, que se le había hecho demasiado pesada, condenándose a sí mismos ante el juicio de la historia, con un acto, que por el lugar y las circunstancias en que se producía, tenía las características de una traición a la Patria[123].

 

Los militares amotinados y golpista, convinieron con el vicepresidente José Luis Tejada Sorzano, para que asumiera la presidencia vacante. Evaluando, la ironía de la historia, que jugó a los militares bolivianos, se puede decir que fue el mejor cerco que lograron realizar los comandantes, en toda la guerra. Salamanca no se privó de declararlo. Daniel Salamanca retornó por vía aérea a Cochabamba. Once días después hubiera tenido que soportar el desastre de Yrendagüé. Se liberó así de la responsabilidad, pero no del temor que acrecentaba su decaimiento desde un año atrás: El temor de que Bolivia se viera obligada a firmar la paz, en condiciones de sometimiento, con el ejército paraguayo, pisando territorio históricamente boliviano. Responsabilidad ésta que acarrean los errores de los comandantes golpistas. Esa ocupación era responsabilidad de Tejada Sorzano, de Elio y sus correligionarios liberales; sobre todo del ejército, el que había iniciado su desplazamiento hacia la toma del poder.

 

 

Pese a la derrota boliviana en El Carmen, del 16 de noviembre de 1934, aguijoneados por la creciente sospecha, de muchos oficiales bolivianos, sobre las inexplicables retiradas del Segundo Cuerpo paraguayo, desde posiciones favorables, el Coronel Toro, después de ocupar Picuiba, siguió avanzando, para desalojarlo de La Faye. El Teniente Coronel Félix Tabera escribe:

 

[…] las tropas del Cuerpo de Caballería, […] agotadas en su estúpido avance hacia el desierto de Picuiba, donde era sobradamente conocido por todos, llegaron piel y huesos, fueron obligadas a trabajar día y noche en los forzados servicios de exploración y seguridad en el caprichoso y disparatado dispositivo «ofensivo-defensivo» ideado por Toro[124].

 

Luego de equiparla las armas capturadas a los bolivianos en El Carmen, después de un breve descanso dado a los soldados, el General Estigarribia devolvió la 8.ª División el Segundo Cuerpo paraguayo. A principio de diciembre de 1934, dicha División contaba con 5,500 efectivos. De todas maneras, su situación era un tanto complicada. Antes que el Coronel Toro concentrara más de 12,000 efectivos sobre La Faye, el Coronel Franco, fiel a su estilo de conducción, planeó la maniobra más audaz, además de sorpresiva de la guerra. La recién llegada 8.ª División debía infiltrarse entre dos divisiones bolivianas, con rumbo a los pozos de agua del fortín Yrendagüé. Para ello debía recorrer 70 km de desierto, en pleno verano, con más de 45 grados de calor a la sombra, atravesar los montes, sin abrir una picada para no ser detectada por las patrullas y la aviación boliviana; tomar el fortín para dejar sin agua a todo el Cuerpo de Caballería boliviano, desplegado en el desierto, entre Picuiba y La Faye. La 8.ª División paraguaya, al mando del coronel Eugenio A. Garay, inició la marcha el día 5 de diciembre de 1934; con gran esfuerzo y con sus hombres al borde de la deshidratación, llegó a Yrendagüé, tres días después. Tomó el fortín y los pozos, cortando así el suministro de agua y las comunicaciones bolivianas. El sorprendido Coronel Toro, su jefe de Estado Mayor y los comandantes de las dos divisiones, quedaron aislados en la placentera Carandaitý, a 160 km de distancia de sus tropas, las que combatían en el desierto frente a La Faye. El Teniente Coronel Félix Tabera, circunstancialmente a cargo de esas unidades, ordenó la inmediata retirada hacia el fortín 27 de Noviembre, asumiendo la responsabilidad de esa decisión, en contra de las órdenes, desconectadas de todo principio de realidad, enviaba el Coronel Toro por avión desde Carandaitý. Sin agua, las tropas bolivianas comenzaron a desintegrarse. Muchos soldados salvaron sus vidas entregándose. Los días 9 y 10 de diciembre, miles de soldados bolivianos, que habían abandonado armas y equipos, murieron de sed o se suicidaron, desperdigados por el desierto. Fue una de las batallas más crueles de la guerra. Este drama engendró una profunda impresión en el pueblo boliviano, cuando conoció el padecimiento sufrido por los soldados. El coronel boliviano Díaz Arguedas evaluó el drama en varios miles los muertos, por falta de agua, en 3,000 los prisioneros, además de la pérdida de gran cantidad de armas abandonadas en el desierto: 60 morteros Stokes Brandt, 79 ametralladoras pesadas, 498 livianas, 590 pistolas-ametralladoras, 11,200 fusiles, sumándose a esta contabilidad 200 camiones, que fueron a parar al ejército paraguayo[125].

 

En los depósitos de Yrendagüé los soldados paraguayos lograron rescatar de las llamas, cajas con botellas de champagne, vinos finos del Rhin y una enorme cantidad de botellas de cerveza[126]. Significativamente, entre los 3,000 prisioneros capturados no figuró ningún oficial boliviano, debido a que estos habían abandonado a sus tropas en el desierto. Toro, que por ese tiempo gustaba hacerse llamar el «Mussolini boliviano», acusó a sus subordinados[127].

 

El mensaje del Coronel Toro fue el siguiente:

 

Uno no debe tener finalmente ninguna consideración con la fatiga de los soldados a quienes es de vital importancia exigir el máximo esfuerzo. Uno o dos días de sacrificio…pueden ser suficientes para lograr el total aniquilamiento del enemigo que nos ha dado más de un ejemplo sobre este tema, mostrando que es posible vivir incluso meses careciendo de la mayoría de recursos (…) Le exijo mayor decisión y energía en el comando[128].

 

El coronel Ángel Rodríguez justificó corporativamente el desastre, atribuyéndolo a la falta de oficiales, a la «mala suerte» y al «optimismo» de Toro[129]. Ante la falta de un castigo ejemplar por parte de Peñaranda, oficiales de la 8.ª División boliviana intentaron hacer justicia por mano propia; eligieron por sorteo al Teniente Gualberto Villarroel para que liquidara al Coronel Toro por ser el principal responsable del desastre de Picuiba, intento que no pudo llevarse a cabo[130].

 

El historiador estadounidense Bruce W. Farcau equiparó la conducción del Coronel Franco con la del general estadounidense George Patton en la Segunda Guerra Mundial:

 

«La movilidad depende más de la personalidad del comandante y su estado mental, que de la velocidad de los vehículos que puedan tener a su disposición[131]».

 

Después de la derrota en El Carmen y el abandono de Ballivián, el Primer Cuerpo boliviano, Divisiones 4.ª y 9.ª , al mando del coronel Enrique Frías, estableció una nueva línea defensiva en Ybibobó, a 70 km al noroeste de El Carmen; lugar donde comienzan las primeras estribaciones andinas. Los 2,500 hombres de la 9.ª División, al mando del Coronel Jenaro Blacutt, protegían un frente de 18 km. Pese a que la aviación boliviana descubrió partes de una picada, que construían los paraguayos hacia ese lugar, el comando boliviano desestimó toda posibilidad de ataque en ese sector. El 28 de diciembre de 1934, aprovechando una tormenta, una división paraguaya, al mando del mayor Alfredo Ramos, se infiltró entre la 9.ª y 8.ª División boliviana, cortando el camino de retirada de la 9.ª División.

 

Juan Lechín Suarez describe:

 

Una noche de lluvia, mientras nuestras tropas, a causa de la fatiga, ocasionada por el repliegue, descansaban y dormían, tapadas con sus carpas, el enemigo pasa por nuestras líneas, sin disparar un solo tiro, cerrando a los regimientos Sucre y Aroma, […] Los comandos no pueden hacer nada si la tropa no duerme […] y si existe falta de oficiales, que deben vigilar a la tropa[132].

 

 

Todas las líneas de mando colapsaron causando una gran confusión. La artillería divisionaria abandonó sus posiciones, al iniciarse el ataque, muchos soldados huyeron hacia el río Pilcomayo, otros rompieron el cerco por iniciativa propia, el resto se rindió. En los primeros días de enero, 1,200 soldados bolivianos fueron hechos prisioneros, unos 200 se ahogaron en el cruce del Pilcomayo.

 

La 9.ª División se desintegró; se salvaron los coroneles Frías y Blacutt y otros oficiales. Ybybobó era uno de los tres pasos para acceder a las primeras serranías andinas, además de un importante punto estratégico, desde donde se podía atacar Villamontes, desde el sureste. Después de la derrota de Ybibobó, el comando boliviano estableció una nueva línea de defensas en Villamontes. Con sus arsenales, depósitos y líneas de comunicación, este pueblo era el último punto de apoyo de Bolivia en el Chaco. Su pérdida hubiera abierto el camino a Tarija. Teniendo en cuenta las precarias líneas de comunicaciones bolivianas, hubiera dejado toda esa zona en manos de los paraguayos. La tarea de defender Villamontes fue encomendada a los coroneles Bernardino Bilbao Rioja y Óscar Moscoso. Apoyada por la gran concentración de artillería y bajo la protección de extensas fortificaciones, la moral del ejército boliviano experimentó un repunte. En el sector sur del sistema defensivo, el río Pilcomayo sirvió de defensa natural a la 4.ª División boliviana, que se atrincheró a lo largo de la ribera sur de ese río, que a esa altura ya no sirve de límite con la Argentina[133]. Por su parte, el presidente Tejada Sorzano decretó, en diciembre de 1934, la movilización de todos los bolivianos en edad de prestar el servicio militar.

 

Este nuevo ejército boliviano, con sus 36 regimientos, duplicó al anterior. Por tercera vez, desde el inicio de la guerra, Bolivia tuvo una superioridad significativa de efectivos y medios sobre el Paraguay. Sin embargo, los problemas siguieron siendo los mismos: los soldados reclutados masivamente, aunque estaban bien armados, carecían de preparación y experiencia para el combate, a lo que se sumaba defectos muy ostensibles en la conducción. Por esa razón, y en contra de todo lo esperable, el ejército paraguayo, pese a su inferioridad numérica, escasos recursos y extensa línea logística, mantuvo la iniciativa. El 11 de enero de 1935, dos regimientos de la 3.ª División boliviana fueron rodeados en Capirendá, sufriendo 330 muertos y 200 prisioneros; el resto fue obligado a retirarse hacia Villamontes. Un destacamento paraguayo de 1,100 hombres, sin apoyo de artillería y reservas, al mando del mayor Caballero Irala, avanzó casi 100 km, desde 27 de Noviembre, hacia el río Parapetí. Luego de aniquilar a los regimientos Ingavi y Junín, además de batallones auxiliares, capturó Amboró y Santa Fe, los días 16 y 18 de enero. Avanzó hacia Casa Alta y Cambeití[134].

 

El día 23 de enero cayó Carandaitý en poder de la DRG, División de Reserva General. Las tropas paraguayas avanzaron sobre Boyuibé. El día 28 de enero, desalojaron de esa posición a las divisiones bolivianas DC-1, DC-2 y DI-7, cortando el camino, que unía Villamontes con Santa Cruz de la Sierra. Diez días después, en febrero de 1935, las mismas tropas envolvieron el flanco derecho del regimiento boliviano RI-12 Manchego, en Ñancorainza, en plena sierra. Este regimiento, al recibir ayuda de los regimientos de la 1.ª División de Caballería (DC-1), pudo salvarse. Las tropas paraguayas tuvieran que retirarse nuevamente hacia Boyuibé. En un último esfuerzo por terminar la guerra, el General Estigarribia decidió tomar Villamontes el 13 de febrero de 1935, contando solo 15,000 hombres, casi sin apoyo de artillería[135].

 

El Coronel Bilbao Rioja, contando con una concentración de 21,000 efectivos, sin nombrar los cuadros de oficiales y suboficiales[136], además de la superioridad aérea, estar protegios por excelentes fortificaciones, abundante artillería, pudo contener los sucesivos intentos paraguayos de ensanchar la ruptura inicial de 3 km, que se produjo en la línea defensiva boliviana[137]. El ataque fracasó con importantes bajas para los atacantes paraguayos. El 5 de abril de 1935, un destacamento paraguayo de 2,600 hombres, bajo las órdenes del Coronel Garay, a pesar de su inferioridad numérica y de medios, cruzó el río Parapetí, desalojó de la ribera occidental a 5,000 soldados, pertenecientes a dos divisiones bolivianas, al mando del Coronel Anze; luego de empujarlas más de 50 km, hacia el oeste capturó, el 16 de abril y por unos pocos días, el poblado guaraní de Charagua. El impacto político que produjo la caída de Charagua, la amenaza que implicaba a las instalaciones petrolíferas de la Standard Oil, en Camiri, a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, obligó al comando boliviano a lanzar, prematuramente, su planeada ofensiva, para recuperar todo el terreno perdido, desde enero de 1935. Del 14 al 16 de abril, el ejército boliviano arrolló las líneas paraguayas en el sector central a lo largo del camino a Camatindý. En el sur, el 19 de abril de 1935, los bolivianos retomaron Tarari, obligando al coronel Fernández y sus tropas a retirarse.

 

Entre el 24 y el 27 de abril, dos divisiones reforzadas cercaron firmemente a la 8.ª División paraguaya en Cambeiti. El Teniente Coronel Vergara Vicuña escribe:

 

Naturalmente que el futuro de las operaciones bolivianas […] y el ritmo a imprimir al avance, dependía [inicialmente] de infligirle al ejército paraguayo un golpe recio que lo hubiera paralizado traumaticamente […]. Y el pensamiento militar boliviano y las ansias del país todo, se afincaron en el cerco de Cambeiti, en el cual, durante cuatro días, se mantuvo en suspenso una febril incógnita. Grande debió ser el desencanto cuando el Comando Superior boliviano […] en un comunicado, de fecha 28 de abril de 1935, concluía con las esperanzas, muy factibles por cierto, que se habían forjado en torno al, hasta hacia poco, bien anillado cerco del sector central norte[138].

 

La 8.ª División paraguaya rompió el cerco en el punto más fuerte. Escapó por las laberínticas quebradas de la sierra de Aguaragüe. En el norte, las fuerzas del Coronel Anze empujaron lentamente al Destacamento Garay hacia el río Parapetí. La contraofensiva boliviana recuperó las márgenes de ese río; sin embargo, no pudo tomar el estratégico cruce de Huirapitindí, desde donde las fuerzas de Garay podían recuperar fácilmente el río[139].

 

La ofensiva boliviana, pese a la amplia superioridad en hombres y recursos utilizados, fue parca en sus resultados. Se realizó al costo de elevadas bajas; este costo fue del orden del 20 % de las tropas empleadas[140].

 

Dos días habían transcurrido, desde el instante en que se había desencadenado la sorpresiva contraofensiva boliviana, del 14 de abril de 1935, sin embargo, ya se vislumbra su fracaso, de acuerdo a los objetivos propuestos en el plan de ataque. No se cumplieron

 

sus objetivos fundamentales […] lo que se había visto en Carandaitý, Algodonal, Villazón y Picuiba, durante la contraofensiva del Cuerpo de Caballería Toro, septiembre a noviembre de 1934, se había repetido con matemática exactitud en esta nueva contraofensiva del Parapetí […] desgraciadamente para las armas bolivianas, el imperio de la rutina operativa y el pródromo [sic] de debilidades de comandos afectados por el recuerdo de otros reveses en las personas de algunos de sus componentes […] siguió pautando con sometimiento a un exceso de seguridad reñidos con los principios […] de la economía de fuerzas y de la sorpresa[141].

 

La ofensiva boliviana se detuvo el 16 de mayo de 1935, cuando el Coronel paraguayo Rafael Franco retomó la iniciativa con un sorpresivo ataque sobre el regimiento boliviano Castrillo, que vigilaba el estratégico sector de Quebrada de Cuevo; recuperó Mandeyapecuá, localidad donde se presumía, que existían grandes reservas de petróleo. Días después, el regimiento paraguayo Valois Rivarola intentó cercar a dos regimientos bolivianos y unidades menores, que escaparon apresuradamente hacia Yohay[142].

 

Nuevamente el General Estigarribia buscó la forma de tomar Villamontes. Esta vez desatando previamente sobre sus defensores un verdadero ataque de artillería. Para ese fin solicitó a la marina paraguaya el desmantelamiento de los cañones binarios delanteros, de 6 metros de largo y 120 milímetros de diámetro; cada uno de la cañonera Humaitá. Para transportarlos a 15 km de Villamontes; desde esa distancia destruir sus defensas[143].

 

Se prepararon los puentes del ferrocarril, se diseñó un medio de transporte, que soportara los 5,500 kilos de peso, se planeó la construcción de un soporte de cemento para sostener el retroceso, se transportó al Chaco un tractor de gran capacidad, para llevarlo hasta la zona de operaciones. La finalización de la guerra impidió que los cañones del Humaitá pudieran actuar sobre Villamontes.

 

A fines de abril de 1935, la 6.ª División boliviana, comandada por el Coronel Ángel Ayoroa, integrada por los regimientos RI-14 Florida, al mando del Teniente Coronel Julio Bretel, y el RC-2 Ballivián, al mando del Teniente Coronel René Pantoja[144], contando con un total de 3,000 efectivos, inició su aproximación al fortín Ingavi, ocupado por los 370 efectivos, de la fracción López[145]. El plan consistía en tomar Ingavi, primero, desde allí avanzar hacia el fortín Aroma, al este, o hacia el fortín 27 de Noviembre, al suroeste. Estigarribia envió al Teniente Coronel Cazal Rivarola, con la orden de impedir que Ingavi cayera en manos boliviana.  Con el objeto de mantener a Bolivia lo más lejos posible del alto río Paraguay, considerando las conversaciones diplomáticas en curso. Cazal Rivarola organizó su fuerza en tres raleados regimientos, integrados por veteranos con años de combate[146]. Los bolivianos capturaron Pozo del Tigre, en el Kilómetro 14, una posición adelantada a 14 km del fortín Ingavi. A fines de mayo atacaron, sin éxito, el fortín sufriendo unas 100 bajas. Mientras el coronel Arrieta reemplazaba al Coronel Ayoroa, Cazal Rivarola, con no más de 850 hombres, comenzó a rodear al regimiento RI-14 Florida, en Pozo del Tigre. El 5 de junio de 1935, las fuerzas paraguayas cortaron el camino Ingavi-Ravelo, en la retaguardia del RI-14. El regimiento RC-2 Ballivián acudió en su ayuda e intentó abrir una brecha sin éxito. Tampoco sirvió el apoyo de la 5.ª División boliviana. Entre el 7 y el 8 de junio de 1935, la batalla de Ingavi terminó con la captura del teniente coronel Bretel, en ese momento comandante de la 6.ª División boliviana cercada, de los mayores Marcial Menacho Páez y Humberto Berndt Vivanco, mercenario chileno, que fuera contratado por el ejército boliviano, en enero de 1935, que al caer prisionero comandaba el regimiento Ballivián[147]. Se capturaron 2 jefes, 7 oficiales y 361 soldados. Los días siguientes, las tropas paraguayas aceleraron su avance hacia Ravelo, persiguiendo a tropas bolivianas dispersas. La velocidad del avance impidió que estas pudieran sostenerse en el km 25, ni en el km 35, o Pozo del Bárbaro, donde existía una importante fortificación. En el avance se capturaron prisioneros y sobre todo camiones, armas y provisiones, que facilitaron el avance de Cazal Rivarola[148].

 

El Coronel Toro culpó del resultado al comando del Tercer Cuerpo «por la mala interpretación», dada a sus terminantes directivas. Nueve años después, el Coronel Ángel Rodríguez no solo criticó esta actitud de Toro de descargar culpas sobre los subordinados, sino que lo acusó de querer implementar «tenazas» en el Chaco y sostener ideas «hinderburguianas» de cortar las comunicaciones enemigas, lejos y con bastante tropas[149].

 

En Buenos Aires, las partes acordaron firmar, el día 12 de junio de 1935, un protocolo de paz. Ese día, las tropas de Cazal Rivarola, que ya habían avanzado 32 km desde Ingavi, estaban a solo 15 km de su nuevo objetivo: Ravelo y las instalaciones petrolíferas bolivianas. Estos sucesos influyeron en la delegación boliviana para firmar el protocolo de paz[150].

 

Tomás Manuel Elío, jefe de la delegación boliviana en Buenos Aires, dijó:

 

Prácticamente hemos perdido el Chaco. Hoy el problema de la guerra está vinculado a la desintegración de los departamentos de Santa Cruz y Tarija y a la pérdida de nuestras riquezas petrolíferas. Frente a esta situación no podemos cruzarnos de brazos y respectar el drama, cuya prolongación puede causar la ruina definitiva del país[151].

 

La duración, los pesimo0s resultados, la espantosa lista de bajas propagaron el descontento del pueblo boliviano ante la guerra. Solo los militares sostenían, que con tiempo y recursos todavía se podía alcanzar la victoria. Esta actitud era solo para salvar las apariencias. En mayo de 1935, en plena ofensiva boliviana sobre el río Parapetí, el coronel Ángel Rodríguez expuso que para alcanzarla se necesitaban 50,000 hombres, 500 camiones, gran cantidad de municiones y recursos monetarios suficientes para sostener el aprovisionamiento del ejército por largo tiempo[152]. Si no disponemos de estos elementos, que son indispensables, la paz debería ser aceptada, ahora que ambos ejércitos están equilibrados[153].

 

El día 5 de junio de 1935, en Buenos Aires, miembros de la delegación boliviana, que analizaban el cese de las hostilidades consideraron que debía pedirse la opinión del comando del ejército, concretamente del General Peñaranda y del Coronel Toro. Ante este requerimiento, el representante del ejército boliviano en la delegación, Coronel Ángel Rodríguez, afirmó: «El comando soy yo». Años más tarde explicaría los motivos de aquella afirmación:

 

Tenía en mi conciencia que esta afirmación podía hacerla con más derecho que cualquiera de los dos que habían quedado en Villamontes, planeando disparates [se refiere a Peñaranda y Toro] […] enseguida pregunté al ministro de Hacienda, señor Carlos Víctor Aramayo si se contaba con dinero para continuar la guerra. El señor ministro contestó que no había dinero. Inmediatamente repuse, en mi calidad de asesor militar y personero del comando: «Es mi opinión que se acepte la cesación de hostilidades PORQUE TAMPOCO HAY COMANDO». Como me mirasen asombrados por esta afirmación pase inmediatamente a explicar las actuaciones desacertadas del Coronel Toro […] y terminé con esta frase: “Tengo el convencimiento de que al paso que vamos acabaremos por entregar nuestras petroleras[154]”.

 

El 12 de junio de 1935, en Buenos Aires, se firmó el Protocolo de paz, donde se acordó el cese definitivo de las hostilidades, sobre la base de las posiciones alcanzadas hasta ese momento por los beligerantes. El 18 de julio de 1935, en Puesto Merino, ubicado en la tierra de nadie, camino a Villamontes, se produjo el primer encuentro entre los comandantes de ambos ejércitos. La sencillez del General Estigarribia contrastó con las condecoraciones, correaje y fusta que portaba el General Peñaranda.

 

Al hacerse las presentaciones el momento es emocionante y solemne […] La oportuna ejecución de la banda, disimuló las lágrimas, que brillaron en los ojos de muchos de los presentes. Peñaranda, hombre recio, tiembla de emoción. Estigarribia tiene la mirada dulce y tranquila[155].

 

Después de largas negociaciones, el tratado para terminar la guerra fue firmado en Buenos Aires, el 21 de julio de 1938. El canciller argentino Carlos Saavedra Lamas, había convocado a una Conferencia de Paz en Buenos Aires. Había obtenido el premio Nobel de la Paz de 1936, por su labor en pro de la paz en general; en particular por haber inspirado el Pacto antibélico Saavedra Lamas, firmado por 21 naciones y convertido en un instrumento jurídico internacional. Tuvo un papel importante como mediador para finalizar la guerra del Chaco. De la totalidad del Chaco Boreal, tres cuartas partes se reconocieron bajo soberanía paraguaya. Bolivia recibió una zona a orillas del río Paraguay, donde se encuentra hoy día Puerto Busch. El 27 de abril de 2009, 74 años después de finalizado el conflicto bélico, los presidentes Evo Morales Ayma, de Bolivia, y Fernando Lugo, de Paraguay, firmaron en Buenos Aires el acuerdo definitivo de límites territoriales del Chaco Boreal. El acto se realizó en presencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina, previa aceptación por parte de sus respectivos cancilleres del Acta de cumplimiento y ejecución del Tratado de paz, amistad y límites entre Bolivia y Paraguay de 1938[156].

La construcción de la derrota

 

Después de la revisión de este itinerario de la guerra del Chaco, la impresión que deja es la de una construcción sistemática, casi constante, de una manera, incluso detallada, de la derrota. Es como si el alto mando se hubiera propuesto perseguir la derrota, como castigo o como condena; algo parecido a lo que había imaginado Daniel salamanca, solo que al revés. No podía haber algo más desatinado que oponer, al principio, una estrategia de guerra de posiciones, al fijar los fortines tomados y, en estos fortines, fijar a las tropas, a otra estrategia, la de guerra de movimiento, que desplegaba sus fuerzas, sin buscar ocupar el espacio, ni fijarse en él, sino volverlo dúctil, maleable, para envolver las posiciones fijas de las tropas de la otra estrategia, la de posiciones. No parece, nada acertado, dejar un fortín, tan adelantado, separado, por el cerco, agotando, descuartizando, desmembrando a las tropas que iban en su rescate. Mientras Boquerón resistía heroicamente, se destruía al resto del ejército. ¿Esto es una estrategia militar de guerra o, mas bien, de suicidio?

 

El panorama desolador del desbande en el retiro desordenado de las tropas vencidas, muestra un muy alto costo de la guerra, asombrosamente al comienzo mismo de la guerra. ¿Continuar la guerra, en estas condiciones, no era extremadamente desatinado? ¿Por qué se continuó? Se armó, después un segundo ejército, para volverlo a destruir, de una forma parecida a la anterior; aunque esta vez, obligados por el movimiento permanente del otro ejército, se incursionó en algo parecido a un contrataque, en términos de la guerra de movimiento; empero, de una manera tan descoordinada,  donde no solamente no acompasaban lo que deberían ser los picos de la tenaza, sino que se buscaba la confrontación frontal, con muy altos costos de vida; como si la vida no valiera nada, y se la recogiera como se cosecha yerba en un pastizal. ¿Acaso – hablando de la manera pragmática, que no compartimos – no le ha costado el ejército, al Estado, al mismo país, incorporar a los contingentes que fueron a la guerra, no le costaron cada uno de los soldados, además de seguir costando en el campo de batalla, por qué dejarlos morir de una manera tan derrochante, tan despilfarradora de vidas? ¿Qué clase de ejército es ese que hace morir con tanta facilidad a sus soldados? ¿No hay en esto no solamente desprecio a la vida de los otros, de la tropa, sino desprecio a los soldados mismos, a lo que son? ¿Qué clase de oficiales son estos que dejan morir a sus soldados o los abandonan a merced del avance enemigo; peor aún, dejándolos morir de sed, después de hacerlos caminar por el desierto? ¿Qué clase de guerra es esta donde se va a perder por tres veces con tres ejércitos diferentes, armados a costa de los cuerpos y la sangre del pueblo? ¿No es esto despojamiento y desposesión de la vida, como una continuidad, en el escenario de la guerra, del despojamiento y desposesión de una economía extractivista? Lo más grave, es que todo esto se ha dejado hacer, incluso el atroz golpe de Estado al propio presidente de la república, que fue a proximidades del frente, a buscar soluciones al desastre. ¿No era esto una traición a la patria, independiente de lo que se piense de Salamanca? Incluso, a los responsables se les ha dejado ser presidentes, como si esto, lo que hicieron, en plena guerra, sea cualquier cosa, una pequeña osadía, perdonable. ¿Acaso la excusa puede ser que hayan nacionalizado la Standard Oil? ¿Es que se puede confiar en una nacionalización efectuada en la provisionalidad y en la premura por quienes perdieron la guerra y sobre todo fueron los responsables de varios desastres y masivas muertes de soldados bolivianos? ¿Qué clase de nacionalista es éste que apoya esto, perdiéndose en el hecho jurídico de la nacionalización, como si este acto de soberanía no fuera también un proceso de utilización propia del recurso energético, incorporándolo a su propia economía, de acuerdo a lo que se llama, en pleno sentido de la palabra, producción y no extracción solamente? Es innegable que era imprescindible la nacionalización, que es la manera cómo los países periféricos, no solamente recuperan soberanía, sino construyen el Estado-nación, con la materialidad de esta recuperación y el hacerse cargo de lo propio. Sin embargo, no se puede convertir o reducir semejante acción propia y soberana en un simbolismo, para gozo y satisfacción del imaginario nacionalista, sin que se convierta en un acto de liberación del pueblo, sin que se convierta en un acontecimiento democrático. La izquierda nacional reduce la nación, el Estado-nación, al cuerpo simbólico del caudillo, empobreciendo con esto la nación y el Estado. Convirtiendo al pueblo en carne de cañón, como lo hicieron los oficiales del alto mando en el Chaco.

 

Este es el autoengaño de esos discursos del nacionalismo revolucionario, de la izquierda nacional. En esto se parecen a los otros discursos, pretendidamente revolucionarios; empero, subsumidos en el fetichismo de la razón histórica, en el fundamentalismo racionalista del iluminismo, pretendidamente radical. Ambos comparten formas de las representaciones autocomplacientes, aunque se trate de distintos discursos e “ideologías”. También, en esto de las representaciones autocomplacientes, ambos discursos, comparten con los discursos conservadores o, en su caso, liberales, también neoliberales, elocuentes, en esto, de una manera más explícita; estos discursos asumen sus representaciones autocomplacientes conservadoras o liberales como la patente realidad. El mundo para ellos es orden permanente, o, en su caso, progreso constante. ¿Dónde está la diferencia entre estos discursos? En las narrativas, en la forma discursiva, en la “ideología”; empero, sus fetichismos son análogos o equivalentes; inhiben la potencia social. Para jugar con una metáfora, no del todo apropiada, pero, también con el objeto de ilustrar; unos, construyen estados aparentes, construyen nacionalizaciones aparentes, construyen revoluciones aparentes; los otros, los conservadores y liberales, construyen un orden aparente, construyen un progreso aparente, construyen una modernidad aparente. Pueden ser diferentes sus “ideologías”; sin embargo, se parecen en lo fundamental, en lo constitutivo, en esta estrategia del autoengaño. Son como esos oficiales que dejaron morir a sus soldados en el desierto, los mataron por sed e inanición, los abandonaron en las trincheras, los llevaron al matadero improvisando estrategias y tácticas desacertadas. El problema es este, que después de derrotas graves, demoledoras, en tres guerras consecutivas, sobre todo la última, nada, en el fondo, haya cambiado, salvo los desplazamientos del Estado nación en su superficie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Farcau, Bruce W. (1996). The Chaco war: Bolivia and Paraguay, 1931-1935. Westport (Connecticut): Praeger. Farcau, 1996, p. 105.

[2] Brockmann, Roberto (2007). El general y sus presidentes: vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes en la historia de Bolivia, 1911-1939. Diario del teniente boliviano Germán Busch. En Brockmann, 2007, p. 222.

 

[3] Saracho Calderón, Julio César (1980). Una ráfaga en la historia de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Urquiza. Saracho Calderón, 1980, p. 53.

[4] Florentín, Heriberto (1958). Batalla de Strongest. Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. Florentín, Heriberto (1964). Más allá de Boquerón. Río de Janeiro (Brasil): Imprensa do Exército. Florentín, 1964, p. 88.

[5] Brockmann, 2007, p. 213.

[6] Cornejo Bascopé, Gastón (1996). Aspectos históricos de la medicina durante la Guerra del Chaco 1932-1935. vol. 2. n.º 2. Archivos bolivianos de la Historia de la Medicina julio-diciembre 1996. pp. 169 a 180. Cornejo Bascopé, 1996, p. 174 y 175.

[7] Díaz Arguedas, Julio (1957). Cómo fue derrocado el hombre símbolo, Salamanca: un capítulo de la guerra con el Paraguay. La Paz (Bolivia): Universo. Díaz Arguedas, 1957, p. 36.

[8] Fernández, Carlos José (1955). La guerra del Chaco, Vol.2. Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. Fernández, Carlos José (1962). La guerra del Chaco Vol. 3. Buenos Aires (Argentina): Impresoras Oeste. Informe del doctor Cañete, de la sanidad paraguaya. Fernández, Carlos José (1973). La guerra del Chaco Vol. 5. Asunción (Paraguay): Talleres Gráficos Zamphirópolos. En Fernández, 1955, p. 330 vol. 2.

[9] Brockmann, 2007, p. 230.

[10] Brockmann, 2007, p. 258.

[11] Dunkerley, James (1987). Orígenes del poder militar: Bolivia 1879-1935. La Paz (Bolivia): Quipus. General Hans Kundt. En Dunkerley, 1987, p. 220.

[12]Zook, David Hartzler (1961). The conduct of the Chaco War. Nueva York: Bookman Associates. Zook, 1961, p. 129.

[13] Farcau, Bruce W. (1996). The Chaco war: Boliviaand Paraguay, 1931-1935 (en inglés). Westport (Connecticut): Praeger. Farcau, 1996, p. 105.

[14]Casabianca, Ange-François; Boselli Cantero, Cristina (2000). Una guerra desconocida: la campaña del Chaco Boreal, 1932-1935. Vol. 4-5 y 6-7. Asunción (Paraguay): El Lector. Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 135-138 vol. 4-5.

[15] Farcau, 1996, p. 105.

[16] Ayala Queirolo, Víctor (1985). «Los ejércitos de la Guerra del Chaco». Anuario de la Academia de Historia Militar del Paraguay (Asunción (Paraguay)) 1. Ayala Queirolo, 1985, p. 90.

[17] Querejazu Calvo, Roberto (1977). Llallagua: historia de una montaña. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. Querejazu Calvo, Roberto (1981). Masamaclay. Historia política, diplomática y militar de la guerra del Chaco. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. Querejazu Calvo, Roberto (1990). Historia de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Juventud. Querejazu Calvo, Roberto (1995). Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Chaco. Querejazu Calvo, 1981, p. 154.

[18] Paz Soldán Pol, Alberto (1990). Conducción de la Fuerza Aérea Boliviana en la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Editorial Aeronáutica de la Fuerza Aérea Boliviana. Paz Soldán Pol, 1990, p. 111/112.

[19] Vergara Vicuña, Aquiles (1948). Bilbao Rioja, vida y hechos. La Paz (Bolivia): Litografías e Imprentas unidas. General Kundt al general Osorio. En Vergara Vicuña, 1944, p. 34 vol. 4.

[20]De la Pedraja Tomán, René (2006). Wars of Latin America 1899-1941 (en inglés). McFarland & Co. De la Pedraja Tomán, 2006, p. 347.

[21] Farcau, 1996, p. 105.

[22] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 125 vol. 4-5.

[23] Querejazu Calvo, 1981, p. 202.

[24] Fernández, Carlos José (1955). La guerra del Chaco Vol.2 . Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. Fernández, Carlos José (1962). La guerra del Chaco Vol. 3. Buenos Aires (Argentina): Impresoras Oeste. Fernández, Carlos José (1973). La guerra del Chaco Vol. 5. Asunción (Paraguay): Talleres Gráficos Zamphirópolos. Teniente coronel Carlos Fernández. En Fernández 1955, p. 260 vol. 2.

[25] Alvéstegui, David (1970). Salamanca: su gravitación sobre el destino de Bolivia. Vol. 4. La Paz (Bolivia): Talleres Gráficos Bolivianos. Alvéstegui, 1970, p. 235,vol. 4.

[26] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 143 vol. 4-5.

[27] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 149 vol. 4-5.

[28] Fernández, 1962, p. 94 vol. 3.

[29] . Oficial boliviano Ovidio Quiroga Ochoa. En Dunkerley, 1987, p. 251.

[30] Fernández, 1962, p. 97 vol. 3.

[31] Paraguay. Ministerio de Relaciones Exteriores, 1933, p. 296/297.

[32] Carta de Vicente Rivarola al presidente Eusebio Ayala, marzo de 1933. Rivarola, José Vicente (1982). Cartas Diplomáticas. Eusebio Ayala-Vicente Rivarola. Guerra del Chaco. Buenos Aires (Argentina). En Rivarola, 1982, p. 166.

 

[33] Presidente Salamanca al general Kundt. En Cuadros Sánchez, 2003, p. 195.

[34] General Hans Kundt.  En Kundt 1961, p. 90-91.

[35] Querejazu Calvo, 1981, p. 217 y 218.

[36] De la Pedraja Tomán, René (2006). Wars of Latin America 1899-1941 (en inglés). McFarland & Co. De la Pedraja Tomán, 2006, p. 467, nota 83.

[37] General Hans Kundt. En Kundt 1961, p. 114.

[38] Farcau, 1996, p. 143.

[39] Fernández, 1962, p. 190 vol. 3.

[40] General Hans Kundt. En Querejazu Calvo, 1990, p. 86.

[41] Presidente Salamanca al general Kundt. En Querejazu Calvo, 1990, p. 89.

[42] Vergara Vicuña, 1944, p. 39 vol. 2.

[43] Antezana Villagrán, Jorge (1982). La Guerra del Chaco: análisis y crítica sobre la conducción militar. Vol. 2. La Paz (Bolivia): Talleres Gráficos Mundy Color.Antezana Villagrán, 1982, p. 176.

[44] Querejazu Calvo, 1981, p. 234.

[45] Querejazu Calvo, 1981, p. 230.

[46] Antezana Villagrán, 1982, p. 209 vol. 2.

[47] Cifrado de Muñoz a Villamontes. En Querejazu Calvo, 1995, p. 191.

 

[48] Capitán de artillería boliviano Torres Ortiz de la 4.ª División. En Brockmann, 2007, p. 344.

[49] Antezana Villagrán, 1982, p. 276.

[50] Cuadros Sánchez, Augusto (2003). La guerra del Chaco y sus secuelas, 1932-1943. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. Cuadros Sánchez, 2003, p. 141.

[51] Dunkerley, 1987, p. 222-223.

[52] Brockmann 2007, p. 323.

[53] Cifrado 724/171. En Querejazu Calvo, 1995, p. 191.

[54] Antezana Villagrán, 1982, p. 40.

[55] Antezana Villagrán, 1982, p. 58.

[56] Historiador Querejazu Calvo. En Brockmann, 2007, p. 362.

[57] Zook, David Hartzler (1961). The conduct of the Chaco War. Nueva York: Bookman Associates. Zook, 1961, p. 176.

[58] Dunkerley, 1987, p. 204-205.

[59] Arze Quiroga, 1960, p. 32.

[60] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 465, nota 2; p. 467, nota 84.

[61] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 367 y 368.

[62] General Kundt al presidente Salamanca. En Dunkerley, 1987, p. 248.

[63] Vergara Vicuña, 1944, p. 338 vol. 5. Jeffs Castro, 2004, p. 58-85.

[64] De la Pedraja Tomán 2006, p. 468, nota 10.

[65] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 468, nota 9.

[66] Lara, Jesús (1978). Chajma: obra dispersa. La Paz: Librería Editorial Juventud. Lara, Jesús (1972). Repete: diario de un hombre que fue a la guerra del Chaco. La Paz: Imagen. Lara, 1978, p. 46.

[67] Arze Quiroga, 1974, p. 225 vol. 4.

[68] Presidente Salamanca al general Peñaranda. En Dunkerley, 1987, p. 224.

[69] Dunkerley, 1987, p. 224.

[70] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 107-108 vol. 6-7.

[71] Farcau, 1996, p. 167.

[72] Zook, 1961, p. 263.

[73] Vittone, Luis (1988). La Guerra del Chaco Volumen 2. Asunción (Paraguay): Sin indicación editorial. Vittone, Luis (1986). La Guerra del Chaco Volumen 3. Asunción (Paraguay): Sin indicación editorial. Vittone, 1988, p. 488.

[74] Vergara Vicuña, 1944, p. 394/403 vol. 5.

[75] Estigarribia, José Félix (1950). The epic of the Chaco: marshal Estigarribia’s memoirs of the Chaco War, 1932-1935 (en inglés). Austin (Texas): University of Texas Press. Estigarribia, 1950, p. 157-158.

[76] Vittone, 1988, p. 489 vol. 2.

[77] Ángel Lara, excombatiente y poeta boliviano. En Lara 1972, p. 58-59.

 

[78] Oficial boliviano Hugo René Pol. En Pol 1945, p. 91.

[79] Cuadros Sánchez, Augusto (2003). La guerra del Chaco y sus secuelas, 1932-1943. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro.Cuadros Sánchez, 2003, p. 145.

[80] Hagedorn, Dan (2006). Latin American air wars and aircraft, 1912-1969. Crowborough (RU):

Hikoki Publications.Hagedorn, 2006, p. capítulo 8.

[81] Querejazu Calvo, 1990, p. 117.

[82] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 371 y ss.

[83] Cifrado del presidente Salamanca al general Peñaranda. En Guachalla, 1978, p. 37.

 

[84] Querejazu Calvo, 1981, p. 326-327.

[85] Vergara Vicuña 1944, p. 686 vol. 5.

[86] Tabera, 1979, p. 238.

[87] Militar e historiador boliviano Antezana Villagrán. En Antezana Villagrán 1982, p. 354 vol. 2.

[88] Rolón, Raimundo (1963). La guerra del Chaco, campaña de 1934: después de Campo Vía hasta el Parapití. Vol. 2. Asunción (Paraguay): Talleres Gráficos E. M. A. S. A.Rolón, 1963, p. 37, vol. 2.

[89] Querejazu Calvo, 1981, p. 328.

[90] Vergara Vicuña 1944, p. 19 vol. 6.

[91] Querejazu Calvo, 1995, p. 392.

[92] Rolón, 1963, p. 41, vol. 2.

[93] Fernández, Carlos José (1955). La guerra del Chaco Vol.2 . Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. Fernández, Carlos José (1962). La guerra del Chaco Vol. 3. Buenos Aires (Argentina): Impresoras Oeste.  Fernández, Carlos José (1973). La guerra del Chaco Vol. 5. Asunción (Paraguay): Talleres Gráficos Zamphirópolos. Fernández, 1973, p. 101 vol. 5.

[94] De la Pedraja Tomán 2006, p. 371-374.

 

[95] Tabera, 1979, p. 244.

[96] Mensaje del Coronel Toro al coronel Rodríguez. En Tabera, 1979, p. 246.

[97] Vergara Vicuña, 1944, p. 739 vol. 5.

[98] Mensaje del presidente Salamanca al general Peñaranda. En Querejazu Calvo, 1981, p. 336.

[99] Querejazu Calvo, 1990, p. 128.

[100] Fernández, 1973, p. 103 vol. 5.

[101] Vittone, 1986, p. 160-163 vol. 3.

[102] Tabera, 1979, p. 247.

[103] Bruce W. Farcau, historiador estadounidense. En Farcau (1996, p. 188.

[104] Querejazu Calvo, 1990, p. 129.

[105] Luis F. Guachalla, historiador boliviano. En Guachalla 1978, p. 202.

[106] Coronel David Toro. En Querejazu Calvo, 1981, p. 345.

[107] Toro Ruilova, David (1941). Mi actuación en la Guerra del Chaco: La retirada de Picuiba. La Paz (Bolivia): Renacimiento.Toro Ruilova, 1941, p. 79.

[108] Vergara Vicuña, 1944, p. 670 vol. 7.

[109] Saldívar, Julio P.M. (1984). Yrendagüé y otros episodios de la Guerra del Chaco. Asunción (Paraguay): Ediciones Mediterráneo.Saldívar, 1984, p. 33.

[110] Saldívar, 1984, p. 33.

[111] Edmundo Ariñez Zapata, médico cirujano del RC-20 boliviano, en Ariñez Zapata (1996).

[112] Balbuena Rojas, Dionisio (1976). Sucesos inéditos de la batalla de El Carmen. Asunción (Paraguay): Dirección de Publicaciones de las FF. AA. NN. Balbuena Rojas, 1976, p. 147.

[113] Informe del director general de la Sanidad Paraguaya. En Querejazu Calvo, 1981, p. 379.

[114] General Estigarribia 1950, p. 323-326.

 

[115] Lechín Suárez, Juan (1988). La batalla de Villa Montes: Estudio crítico. Vol. 1. La Paz (Bolivia): Técnicos Editoriales Asociados. Lechín Suárez, 1988, p. 446.

[116] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 313 vol. 6-7.

[117] Arze Quiroga, 1974, p. 157 vol. 4.

[118] General Peñaranda. En Arze Quiroga, 1974, p. 225 vol. 4.

[119] Presidente Salamanca. En Arze Quiroga, 1974, p. 19 vol. 4.

[120] Presidente Salamanca al general Peñaranda. En Querejazu Calvo, 1981, p. 363.

[121] General Peñaranda al presidente Salamanca. En Querejazu Calvo, 1981, p. 363.

[122] Urioste, Ovidio (1940). La encrucijada: estudio histórico, político, sociológico y militar de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Editorial Canales.Urioste, 1940, p. 137.

[123] Querejazu Calvo, en Querejazu Calvo (1977, p. 185.

[124] Teniente Coronel boliviano Félix Tabera. En Tabera 1979, p. 408.

 

[125] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 330 vol. 6-7.

[126] Franco, 1988, p. 153 vol. 2.

[127] Tabera, 1979, p. 281.

[128] Mensaje de Toro a Tabera. En Farcau, 1996, p. 215.

[129] Crespo, Alberto (1990). José Luis Tejada Sorzano: un hombre de paz. La Paz (Bolivia): Juventud.Crespo, 1990, p. 149.

[130] Fellmann Velarde, 1978, p. 203.

[131] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 467, nota 93.

[132] Militar e historiador boliviano Lechín Suárez. En Lechín Suárez 1988, p. 395.

[133] Zook, 1961, p. 228.

[134] Vergara Vicuña, 1944, p. 111 vol. 7.

[135] Vergara Vicuña, 1944, p. 34 vol. 7.

[136] Ibídem.

[137] Vergara Vicuña, 1944, p. 65 vol. 7.

[138] Teniente Coronel Vergara Vicuña. En Vergara Vicuña 1944, p. 328 vol. 7.

[139] Vergara Vicuña, 1944, p. 532, vol. 7.

[140] Querejazu Calvo, 1995, p. 101.

[141] Teniente coronel Vergara Vicuña.

[142] Querejazu Calvo, 1981, p. 474.

[143] De la Pedraja Tomán, 2006, p. 391.

[144] Vergara Vicuña, 1944, p. 635 vol. 7.

[145] Casabianca y Boselli Cantero, 2000, p. 397 vol. 6-7.

[146] Cazal, José María (1979). Batalla de Ingavi, junio de 1935. Asunción (Paraguay). Cazal, 1979, p. 41.

[147] Jeffs Castro, Leonardo (2004). «Combatientes e instructores militares chilenos en la Guerra del Chaco». Revista Universum (Santiago de Chile (Chile)) 1 (19): 58–85. Jeffs Castro, 2004, p. 58-85.

[148] Querejazu Calvo, 1981, p. 477.

[149] Vergara Vicuña, 1944, p. 670, vol. 7.

[150] Mercado Moreira, 1966, p. 213.

[151] Tomás Manuel Elío, jefe de la delegación boliviana en Buenos Aires: Actas. Buenos Aires, 5 de junio de 1935. En Guachalla, 1978, p. 207.

[152] Farcau, 1996, p. 233.

[153] Coronel boliviano Ángel Rodríguez. En Querejazu Calvo, 1981, p. 464.

[154] Coronel Ángel Rodríguez, jefe de Operaciones EMG boliviano. En Vergara Vicuña, 1944, p. 672, vol. 7 y Querejazu Calvo, 1981, p. 463.

[155] General uruguayo Alfredo R. Campos. En Querejazu Calvo, 1990, p. 176.

 

[156] Bibliografía: • Alvarado, José María (1996). «Mi aporte testimonial sobre la campaña del Chaco». Archivos bolivianos de la Historia de la Medicina 2 (2 – julio a diciembre). • Alvéstegui, David (1970). Salamanca: su gravitación sobre el destino de Bolivia. Vol. 4. La Paz (Bolivia): Talleres Gráficos Bolivianos. • Antezana Villagrán, Jorge (1982). La Guerra del Chaco: análisis y crítica sobre la conducción militar. Vol. 2. La Paz (Bolivia): Talleres Gráficos Mundy Color. • Arce Aguirre, René Danilo (2009). Carlos Salinas Aramayo. Un destino inconcluso. 1901-1944. La Paz (Bolivia): Rolando Diez de Medina. Sello postal en homenaje a los soldados paraguayos. Sellos de ambos países reclamando el Chaco. • Arce Aguirre, René Danilo (1987). Guerra y con- flictos sociales. El caso rural boliviano durante la campaña del Chaco. La Paz (Bolivia): Edobol. • Arze Quiroga, Eduardo (1952). Documentos para una historia de la guerra del Chaco: seleccionados del archivo de Daniel Salamanca Vol. 2. La Paz (Bolivia): Don Bosco. • Arze Quiroga, Eduardo (1960). Documentos para una historia de la guerra del Chaco: seleccionados del archivo de Daniel Salamanca Vol. 3. La Paz (Bolivia): Don Bosco. • Arze Quiroga, Eduardo (1974). Documentos para una historia de la guerra del Chaco: seleccionados del archivo de Daniel Salamanca Vol. 4. La Paz (Bolivia): Don Bosco. • Ariñez Zapata, Edmundo (1996). «Breves recuerdos del Chaco». Archivos bolivianos de la Historia de la Medicina 2 (2 – julio a diciembre)). • Ayala Queirolo, Víctor (1985). «Los ejércitos de la Guerra del Chaco». Anuario de la Academia de Historia Militar del Paraguay (Asunción (Paraguay)) 1. • Balbuena Rojas, Dionisio (1976). Sucesos inéditos de la batalla de El Carmen. Asunción (Paraguay): Dirección de Publicaciones de las FF. AA. NN. • Beltrán Salmón, Luis Ramiro (1999). Papeles al viento. La Paz (Bolivia): Plural/CID. ISBN 84-89891- 63-X. • Bozzano, José Alfredo (1962). Reminiscencias. Asunción (Paraguay): Casa Editorial Toledo. • Brockmann, Roberto (2007). El general y sus presidentes: vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes en la historia de Bolivia, 1911-1939. La Paz (Bolivia): Plural. ISBN 9789995411152. • Casabianca, Ange-François; Boselli Cantero, Cristina (2000). Una guerra desconocida: la campaña del Chaco Boreal, 1932-1935. Vol. 4-5 y 6-7. Asunción (Paraguay): El Lector. ISBN 9992551917. • Cazal, José María (1979). Batalla de Ingavi, junio de 1935. Asunción (Paraguay). • Cornejo Bascopé, Gastón (1996). Aspectos históricos de la medicina durante la Guerra del Chaco 1932-1935. vol. 2. n.º 2. Archivos bolivianos de la Historia de la Medicina julio-diciembre 1996. pp. 169 a 180. • Crespo, Alberto (1990). José Luis Tejada Sorzano: un hombre de paz. La Paz (Bolivia): Juventud. • Cuadros Sánchez, Augusto (2003). La guerra del Chaco y sus secuelas, 1932-1943. CochabambaLa Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. ISBN 8483702819. • De la Pedraja Tomán, René (2006). Wars of Latin America 1899-1941 (en inglés). McFarland & Co. ISBN 978-0-7864-2579-2. • Díaz Arguedas, Julio (1957). Cómo fue derrocado el hombre símbolo, Salamanca: un capítulo de la guerra con el Paraguay. La Paz (Bolivia): Universo. • Dunkerley, James (1987). Orígenes del poder militar: Bolivia 1879-1935. La Paz (Bolivia): Quipus. ISBN 99905-75-18-5. • Estigarribia, José Félix (1950). The epic of the Chaco: marshal Estigarribia’s memoirs of the Chaco War, 1932-1935 (en inglés). Austin (Texas): University of Texas Press. • Farcau, Bruce W. (1996). The Chaco war: Bolivia and Paraguay, 1931-1935 (en inglés). Westport (Connecticut): Praeger. ISBN 0-275-95218-5. • Fellmann Velarde, José (1978). Historia de Bolivia. volumen 3. La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. • Fernández, Carlos José (1955). La guerra del Chaco Vol.2 . Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. • Fernández, Carlos José (1962). La guerra del Chaco Vol. 3. Buenos Aires (Argentina): Impresoras Oeste. • Fernández, Carlos José (1973). La guerra del Chaco Vol. 5. Asunción (Paraguay): Talleres Gráficos Zamphirópolos. • Florentín, Heriberto (1958). Batalla de Strongest. Buenos Aires (Argentina): Editorial Asunción. • Florentín, Heriberto (1964). Más allá de Boquerón. Río de Janeiro (Brasil): Imprensa do Exército. • Franco, Rafael (1990). Memorias militares. 2 vol. Asunción (Paraguay): Nueva Edición. • Guachalla, Luis Fernando (1971). Misión en el Paraguay, mayo 1930-julio 1931. La Paz (Bolivia): Rolando Diez de Medina. • Guachalla, Luis Fernando (1978). Jayucubás. La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. • Hagedorn, Dan (2006). Latin American air wars and aircraft, 1912-1969 (en inglés). Crowborough (RU): Hikoki Publications. ISBN 9780764301469. • Hughes, Matthew (2005). «Logistics and Chaco War: Bolivia versus Paraguay, 1932-35». The Journal of Military History (abril-2005) (en inglés) 69 (2): 411–437. • Jeffs Castro, Leonardo (2004). «Combatientes e instructores militares chilenos en la Guerra del Chaco». Revista Universum (Santiago de Chile (Chile)) 1 (19): 58–85. • Kundt, Hans (1961). Raúl Tovar Villa, ed. Campaña del Chaco. vol. 1. La Paz (Bolivia): Don Bosco. • Lara, Jesús (1978). Chajma: obra dispersa. La Paz (Bolivia): Librería Editorial Juventud. • Lara, Jesús (1972). Repete: diario de un hombre que fue a la guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Imagen. • Lechín Suárez, Juan (1988). La batalla de Villa Montes: Estudio crítico. Vol. 1. La Paz (Bolivia): Técnicos Editoriales Asociados. • Mercado Moreira, Miguel (1966). Historia diplomá- tica de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia)Media:: Talleres Gráficos Bolivianos. • Muñoz, Willy O. (1986). «La realidad boliviana en la narrativa de Jesús Lara». Revista Iberoamericana, LVII (134 enero-marzo): 225–241. • Paraguay. Ministerio de Relaciones Exteriores (1933). Libro blanco Vol. 1. Asunción (Paraguay): Imprenta Nacional. • Paz Soldán Pol, Alberto (1990). Conducción de la Fuerza Aérea Boliviana en la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Editorial Aeronáutica de la Fuerza Aérea Boliviana. • Peñaranda Esprella, Alfredo (1964). Don Chaco. La Paz (Bolivia): Don Bosco. • Pol, Hugo René (1945). La campaña del Chaco: glosas y reflexiones militares. La Paz (Bolivia): Fénix. • Querejazu Calvo, Roberto (1977). Llallagua: historia de una montaña. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. • Querejazu Calvo, Roberto (1981). Masamaclay. Historia política, diplomática y militar de la guerra del Chaco. Cochabamba-La Paz (Bolivia): Los Amigos del Libro. • Querejazu Calvo, Roberto (1990). Historia de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Juventud. • Querejazu Calvo, Roberto (1995). Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Librería Editorial Juventud. • Rahi, Arturo; Agüero Wagner, Luis (2006). El Chaco paraguayo: una historia de despojos, renuncias, mutilaciones y entregas. Asunción (Paraguay): F17. ISBN 9789000032846. • Rivarola, José Vicente (1982). Cartas Diplomáticas. Eusebio Ayala-Vicente Rivarola. Guerra del Chaco. Buenos Aires (Argentina). ISBN 950-462-127-4 |isbn= incorrecto (ayuda). • Rodríguez Alcalá de González Oddone, Beatriz (2010). «Boquerón: primera victoria paraguaya». Suplemento cultural del diario ABC Color (26/9/2010) (Asunción (Paraguay)). • Rolón, Raimundo (1963). La guerra del Chaco, campaña de 1934: después de Campo Vía hasta el Parapití. Vol. 2. Asunción (Paraguay): Talleres Grá- ficos E. M. A. S. A. • Saldívar, Julio P.M. (1984). Yrendagüé y otros episodios de la Guerra del Chaco. Asunción (Paraguay): Ediciones Mediterráneo. • Sánchez Guzmán, Luis (1998). Boquerón 1932. La Paz (Bolivia): Dirección de Comunicación Social del Ejército. • Saracho Calderón, Julio César (1980). Una ráfaga en la historia de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Urquiza. • Seiferheld, Alfredo (1983). Economía y Petróleo durante la Guerra del Chaco. Asunción (Paraguay): El Lector. • Tabera, Félix (1979). Apuntes para la historia de la Guerra del Chaco. Picuíba. La Paz (Bolivia): edición del autor. • Toro Ruilova, David (1941). Mi actuación en la Guerra del Chaco: La retirada de Picuiba. La Paz (Bolivia): Renacimiento. • Urioste, Ovidio (1940). La encrucijada: estudio histórico, político, sociológico y militar de la Guerra del Chaco. La Paz (Bolivia): Editorial Canales. • Vergara Vicuña, Aquiles (1944). Historia de la Guerra del Chaco. Varios volúmenes. La Paz (Bolivia): Litografías e Imprentas Unidas. • Vergara Vicuña, Aquiles (1948). Bilbao Rioja, vida y hechos. La Paz (Bolivia): Litografías e Imprentas unidas. • Vidal, Gerónimo (1968). Misión de la patrulla Teniente Vidal para la maniobra de El Carmen. Buenos Aires (Argentina): Gráficas Negri. • Vittone, Luis (1988). La Guerra del Chaco Volumen 2. Asunción (Paraguay): Sin indicación editorial. • Vittone, Luis (1986). La Guerra del Chaco Volumen 3. Asunción (Paraguay): Sin indicación editorial. • Zook, David Hartzler (1961). The conduct of the Chaco War (en inglés). Nueva York: Bookman Associates. 16 Bibliografía recomendada • Bejarano, Ramón Cesar (2010). Síntesis de la Guerra del Chaco. BVP. • Salamanca Urey, Daniel (1976). Mensajes y memorias póstumas. Cochabamba (Bolivia): Canelas. • Salamanca Urey, Daniel (1951-1974). Documentos para una historia de la Guerra del Chaco. 4 vols. La Paz (Bolivia). Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Especial:Libro&bookcmd=download&collection_id=d7ebc04974090afa68a1cec85adae875475e45b1&writer=rdf2latex&return_to=Guerra+del+Chaco. file:///C:/Users/RAUL%20PRADA/Documents/Bolivia/Historia/Guerra%20del%20Chaco.pdf.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s