Democracia o simulacro

Democracia o simulacro

Autogestión, autogobierno, o simulación

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Democracia o simulacro

 

 

 

 

 

No es en las elecciones donde se encuentra alguna salida, tanto si se apoya al oficialismo, peor si se apoya a la oposición; a pesar de sus diferencias. Lo que los acerca es mucho más de lo que los aleja. Sobre todo, en lo que respecta a la emancipación y liberación. ¿Entonces, qué hacer ante las elecciones? Menudo dilema, si hay que escoger entre los usurpadores de los movimientos sociales, que hablan a nombre de ellos, y los de la oposición, preponderante neoliberal. Teniendo en cuenta, sobre todo, que no es una elección inicial, sino una de tantas, en las cuales se ha apoyado al oficialismo “progresista”, evitando fortalecer a los neoliberales derrocados. Después del desencanto y el develamiento de los límites y el conservadurismo de los “progresistas”, es menudo el problema, pues no se trata tampoco, como antes, de fortalecer al neoliberalismo derrocado.

 

Algunos hablan de “fortalecer la democracia”, darle una “oportunidad a la democracia”. ¿De qué democracia hablan? ¿De la liberal, que es una reducción institucional de la democracia? Olvidan que nunca hemos salido de esta democracia liberal; la misma que se ha manifestado en toda su desenvoltura, mostrando las ataduras, las limitaciones, las restricciones, las hipostasis, de la democracia. Lo ha hecho antes con los liberales, a su manera, con una ciudadanía restringida; lo ha hecho después, con los nacionalistas revolucionarios, quienes, si bien ampliaron universalmente la ciudadanía, terminaron convirtiendo la democracia en una práctica clientelar generalizada. Lo ha vuelto a repetir con los neoliberales, que a nombre del nuevo liberalismo técnico, basado en la competencia, han reducido la democracia al suspender los derechos laborales y las conquistas sociales. Ahora, con el neo-populismo, la ciudadanía se vuelve a ampliar con los derechos colectivos, empero, reiteran recurrentemente en convertir la democracia en una práctica clientelar generalizada y convulsiva. Si se va a “fortalecer” esta “democracia”, lo único que se hace es repetir la misma historia, con otras formas, figuras, discurso y personajes. El estar cansado de unas caras y buscar nuevas caras, cualesquiera sean estas, no es ningún fortalecimiento de la democracia, sino es fortalecimiento del círculo vicioso del poder, en distintas versiones.

 

La democracia solo se puede fortalecer con el ejercicio pleno de la democracia, el gobierno del pueblo; es decir, el autogobierno, la autogestión, la autodeterminación, el consenso. Lo demás es pura demagogia, salida fácil, ilusoria, repitiendo lo mismo. El problema no radica en porque los que están ahora en el gobierno son unos nefastos personajes, son culpables; en todo caso, todos los gobernantes lo serían, los unos y los otros, y los que vendrán. Sin embargo, sin necesidad de salvarlos de ninguna responsabilidad, que la tienen, estos personajes son apenas engranajes de una maquinaria fabulosa que es el Estado. Maquinaria imaginaria e institucional.

 

La política, en sentido pleno, no institucional, restringido, corresponde al ejercicio de la construcción colectiva de la decisión política; por lo tanto, del consenso. La política es la abolición de la desigualdad, de la jerarquía, de la diferencia social. La política se efectúa bajo el supuesto compartido de la igualdad, de la equidad, de la equivalencia y de la similitud. Se podría decir que la política se realiza en la asamblea; aunque esta no sea solamente la asamblea en sentido de reunión, concentración, congregación y deliberación inmediata, en un lugar específico. Puede proyectarse en múltiples asambleas conectadas, vinculadas, asociadas; puede diferirse en sucesiones deliberantes; lo importante es la participación social y de colectividades en la construcción de la decisión política.

 

Si no hubiera pasado tanta agua bajo el puente, si no se tuviera la experiencia social de las historias políticas de la modernidad, quizás se podría aceptar que hay que aprender de nuevas experiencias de nuevas versiones de la democracia institucionalizada, buscando mejoras institucionales. Sin embargo, este no es el caso; al contrario, se tiene demasiada experiencia al respecto. Ya se sabe que varias versiones, por no decir todas, de la democracia restringida y de la política restringida, institucionalizadas, no son otra cosa que simulaciones de la democracia. Entonces, lo que queda, es salir de este horizonte limitante, formalizado e institucionalizado, del Estado liberal, en sus distintas formas, e inventar otros horizontes, abiertos, aperturantes, que liberen la potencia social.

 

¿Qué esto es una utopía? ¿Qué esto está lejos, sino se dice que es imposible? No es una u-topia, en sentido de en ningún lugar; no está lejos; al contrario, está aquí, en el presente, en todos los lugares; es la sociedad alterativa. El problema es que esta sociedad alterativa se encuentra invisibilizada ante la mirada estatalizada, incluso de los “revolucionarios”. Solo ven la sociedad institucionalizada; la imagen del espejo del Estado.

 

La tarea, entonces, es liberar la potencia social; en esta perspectiva, liberar lo que efectivamente ocurre respecto de las representaciones estatalistas, institucionalizadas, que interpretan lo que miran, solo la sociedad institucionalizada. La tarea es dejar que se derrumbe el castillo de naipes de las mallas institucionales y se evapore el mundo instituido de las representaciones. Para que ocurra esto es menester no reproducir el castillo todos los días, no rehacer constantemente el mundo de las representaciones. En otras palabras, se trata de dejar de hacer poder, de reproducir el poder, las instituciones que capturan parte de nuestras fuerzas, para reproducirse y funcionar. Ahora bien, este dejar de hacer poder no es pues tarea fácil, debido a que el poder está cristalizado en nuestros huesos, inscrito en la superficie de los cuerpos, internalizado en el espesor de los cuerpos, constituido como subjetividades sumisas, subalternas, conformistas.

 

Diremos entonces, que la tarea de las tareas es ayudar a des-cristalizar el poder cristalizado en los huesos, ayudar a des-inscribir el poder de la piel del cuerpo, ayudar a des-constituir y des-internalizar, es decir, expulsar el poder hundido en la carne. ¿Cómo se hace esto? El activismo libertario, liberador de la potencia social, es toda una pedagogía política.

 

La tarea de los y las activistas libertarias, no solo en Bolivia, sino en el continente, no solo en el continente, sino en el mundo, es realizar esta pedagogía política. La tarea de los y las activistas libertarias es liberar la potencia social; es decir, activar la potencia social inhibida por el poder, por el Estado, por las mallas institucionales, por los partidos, por los representantes del pueblo.

 

Ahora bien, esta tarea primordial, que adquiere su singularidad múltiple y plural, en distintos contextos y coyunturas, no exime de responder en coyunturas específicas, como estas, cuando se enfrentan electoralmente dos opciones de las formas del poder; una pretendidamente de “izquierda”, otra pretendidamente institucional, incluso “democrática”.  La pregunta no es ¿qué hacer? Por lo tanto, la respuesta tampoco es a esta pregunta. Este es un tema que desbeberían resolver las organizaciones sociales, si tuvieran la libertad y la holgura de deliberar, reflexionar y buscar un consenso al respecto, por más provisional que fuera.  Pero, esto no va a ocurrir. Las organizaciones sociales están cooptadas por el gobierno, atravesadas por relaciones clientelares. No hay vida democrática en las organizaciones sociales; las dirigencias se han distanciados de su bases y las manipulan, en beneficio de su relación clientelar con el gobierno. Por lo tanto, estamos ante un panorama un tanto desolador. Las dirigencias obedecen órdenes, los oficialistas se entrampan en sus propias redes, las bases desencantadas, pueden persistir en seguir apoyando, a pesar de todo, para evitar que suban los que fueron derrocados por la movilización;  empero, quizás otra vez no lo hagan, por lo menos, parte de las bases; lo que bastaría para dar otros resultados electorales.

 

Si se diera el caso de la última alternativa, ocurriría algo parecido a lo que ha acontecido en Argentina; los populistas habrían construido su derrota. Si esto pasara, el desenlace no depende, ni dependía, de ninguna manera, de la decisión que tomen los y las libertarias, que interpelan la simulación democrática institucionalizada. No son ni serían responsables de lo que ocurra o haya ocurrido; pues, independiente de la influencia que puedan tener, que puede ser, mas bien, escasa, el desenlace se habría preparado en la trama de procesos de cambio truncados, precisamente por la restauración de las estructuras de poder, por los juegos de poder reiterados y por no haber salido de los círculos viciosos del poder.

 

¿En estas circunstancias, un apoyo crítico al oficialismo “progresista”, ayuda a mantener la oportunidad, en el proceso de cambio, en decadencia, para la reconducción?   ¿En estas circunstancias, que vuelva el neoliberalismo, en cualquier versión, ayuda en la pedagogía política? Comenzando por lo segundo; esto no es más que volver al principio, cuando la crisis económica, social y política, desatada por las políticas de ajuste estructural, por la implantación del proyecto neoliberal, generó la movilización social. Siguiendo con lo primero; no. Ya lo hemos visto, el populismo, el progresismo, no son ninguna oportunidad al proceso de cambio, son sus termidores de “izquierda”, por así decirlo. Sin embargo, hay una diferencia, en lo que respecta a la pedagogía política. Hay que aprender que las salidas al poder, al capitalismo, al extractivismo, a la dependencia, al machismo, a la colonialidad, no están en estos proyectos politicos, que son otras versiones de poder. Incluso, es menester aprender que no está en el socialismo real, que, en comparación con las anteriores versiones, ha ido más lejos; por lo menos, en la práctica, ha intentado otra forma de Estado, no liberal, otra forma democrática institucional, no liberal. Si se retorna al principio, como es el caso de la segunda pregunta, es más difícil este aprendizaje. Pues, la mayoría popular, no tardará en extrañar los buenos tiempos del populismo, del progresismo, del socialismo del siglo XXI, del “socialismo comunitario”; otra vez ilusionándose con los mitos políticos. Otra vez desconfiando de su propia potencia social, que es la que explica la permanencia en el poder de unos de otros; solo que se trata de parte de las fuerzas de la potencia social, capturadas por las mallas institucionales.

 

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