Liberar la potencia

Liberar la potencia 

Dejar los esquematismos

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Dejar los esquematismos

 

 

 

 

 

 

 

Hermann Hesse decía, en Demian[1], que para nacer hay que destruir un mundo. Debemos hablar de la destrucción del mundo de las representaciones para liberar al mundo efectivo, al mundo en constante devenires. Claro que esta figura es una metáfora, pues el mundo efectivo no puede estar atrapado por el mundo de las representaciones; es más, el mundo de las representaciones es un efecto del mundo efectivo. Los que nos liberamos del mundo de las representaciones somos nosotros, los humanos, quienes nos encontramos atrapados por sus redes expresivas, representativas, simbólicas, significativas, narrativas, teóricas, “ideológicas”. Redes que nosotros mismos hemos tejido y desplegado, en las que quedamos atrapados; creyendo que lo que construimos nos antecede y precede. Tenemos que liberarnos del mundo de las representaciones para liberar la potencia social; parte de la cual, parte de sus fuerzas, se encuentran capturada por las mallas institucionales, que nosotros también construimos; mallas institucionales que inhiben, cohíben, obstaculizan la potencia social, impidiendo se desenvuelva libremente su capacidad creativa. En vez de esto, se obliga a reproducir lo mismo como el tormento de Sísifo.

 

El problema es que las sociedades humanas no pueden salir del circulo vicioso del poder, que han ocasionado con la genealogía de instituciones, las que consideran situarse en el centro de todo; centro ficticio que crea a la sociedad misma. Este centro es el Estado. Las creencias, las narrativas, las religiones monoteístas, las “ideologías” estatales, se han constituido e instituido sobre la base del supuesto del dualismo inicial; el bien y el mal, enfrentados. Entonces, en base a la guerra entre los enemigos primordiales; el fiel y el infiel. Estos dualismos inaugurales hacen de matriz de la arqueología y genealogía de los dualismos venideros, que en su versión de las “ideologías” políticas aparece como el esquematismo dual de amigo y enemigo. Es muy posible que otro dualismo conformado, sobre la base de esta arqueología y esta genealogía esquemática e institucional, sea el dualismo liberalismo y socialismo. Para no hablar del dualismo socialismo/capitalismo, pues parece que este dualismo está mal fundamentado y equivocadamente configurado. La historia efectiva de la modernidad nos ha mostrado que el llamado socialismo real no es más que la otra cara del capitalismo, la cara sin burguesía y propiedad privada, la cara de la burocracia que dirige el modo de producción capitalista, sostenida en la propiedad pública.

 

Los dualismos forman parte de una unidad de contrapuestos; quizás la mejor interpretación de esta episteme moderna de los esquematismos duales, es la dialéctica, por esta interpretación de incorporación de la contradicción. La contradicción es indisoluble de su propia síntesis, por así decirlo; incluso, mejor dicho, de su propia complicidad. Para existir una parte del dualismo, requiere necesariamente de la otra parte. Si desapareciera la otra parte, desaparecería también el dualismo; entonces, la parte contrapuesta. Aunque suene a provocación; empero, parece contar con la certeza de las experiencias sociales en las historias políticas de la modernidad, es que el liberalismo y el socialismo se requeren mutuamente.

 

Este es el tema que queremos abordar, pues parece que no es posible salir del circulo vicioso del poder, poder reproducido por liberales y socialistas, sino destruimos el esquematismo dualista, el mundo de las representaciones del esquematismo dualista, que se ha materializado o, mas bien, es sostenido por la malla institucional que captura a la sociedad, la institucionaliza, le inocula el esquematismo dualista, en sus distintas y variadas formas; que constituye subjetividades, subordinadas a la guerra contra el mal que emprende el Estado.

 

Sin necesidad de decir que son iguales las partes del dualismo, las figuras singulares histórico-políticas, del dualismo, mas bien, constatando sus plurales diferencias singulares, vemos, en las historias políticas singulares,  que unos u otros, en la modernidad, sean liberales o socialistas, en sus variadas versiones, instauran su sentido político, en la lucha contra el otro, que consideran el mal. Puede, como también se constata, que unos, prefieran un orden circunscrito a los privilegios de una minoría; en tanto que los otros, propongan un orden de las mayorías, sobre la equivalencia y la igualdad; sin embargo, lo llamativo es que, en la práctica, efectivamente, lo que instauran, unos u otros, son elites dominantes, aunque sus discursos promuevan la “ideología” de la libertad, en un caso, o la “ideología” de la igualdad, en otro caso.

 

Tampoco decimos que los ciclos históricos repiten exactamente lo mismo. No. Si bien repiten un ciclo, es decir, otro ciclo, cuyas estructuras, condiciones y características, son análogas a las anteriores, a diferencia de las manifestaciones singulares, despliega una nueva versión material, histórica, cultural, del ciclo, comprendiendo sus contradicciones. En este sentido, lo que ocurría en el siglo XVIII es distinto a lo que ocurre en el siglo XX, a su vez, parece que es distinto a lo que comienza a ocurrir en el siglo XXI. Desde una perspectiva histórica, se puede decir que las condiciones sociales y políticas, incluso económicas, han mejorado; usando este término, tan cargado de moral y de subjetividades. Esto no es lo que está en discusión, esto que responde a la teoría de la evolución, en este caso social; teoría que también es harto discutible. No entraremos a estos debates, que ya entramos antes, en otros ensayos[2].  Lo que nos interesa, ahora, es salir del círculo vicioso del poder, salir de las órbitas sociales que gravitan, teniendo un centro, que más parece un agujero negro, que es el poder, en su forma institucionalizada; el Estado.

 

Bueno, entonces, parece que para salir del círculo vicioso del poder, que ha tenido entrampadas a las sociedades humanas, por lo menos, durante la modernidad, para no hablar de antes, que es un tema complejo de abordar, pues habría que abordarlo a partir de consideraciones epistemológicas, donde las epistemes distintas, antiguas y modernas, dialoguen, discutan, se interpelen e interpreten; hay que salir del mundo de las representaciones acumulado, sedimentado, estratificado, mutado, que es el de las epistemes de los esquematismos dualistas.

 

 

 

Hipótesis transgresoras

 

  1. En una episteme no dualista, sino en constante devenir, no hay lo opuesto, lo contrario, lo antagónico, tampoco hay el enemigo. La episteme de la complejidad es paradójica.

 

  1. Por lo tanto, no hay el modelo malo, que hay que destruir, para instaurar el modelo bueno. Ambos modelos forman parte de la unidad contradictoria de una sociedad institucionalizada desgarrada en sus contrastes. En realidad, si podemos hablar así, un modelo oculta el otro modelo, al inhibirlo, si se quiere, reprimirlo. Cuanto más violencia se use para hacerlo no solo se muestra que más le teme, volviéndolo más poderosos, sino que con esa misma violencia se desgarra así mismo, arrancándose de las entrañas lo que considera el mal; empero, se trata de sus propias tripas.

 

 

  1. Se trata de la misma sociedad escindida a la fuerza, por la violencia estatal; por una parte, una sociedad institucionalizada, capturada, que reproduce el Estado; por otra parte, una sociedad alterativa, conformada, mutante, transformándose, en contante devenir, desplegando flujos de fuga, que escapan a las capturas de las mallas institucionales. La sociedad institucionalizada puede aparecer bajo un discurso liberal o bajo un discurso socialista; aunque sean distintas, sus características distintas, no dejan de ser sociedad institucionalizada, cada una de ellas, a su manera; es decir, capturada por mallas institucionales; no es una sociedad libre. La parte alterativa de la sociedad, siempre desborda los límites y las fronteras de la sociedad institucionalizada. Que lo haga de una u otra forma, a nombre de los explotados, discriminados, condenados de la tierra, subordinadas y sometidas, le otorga una característica emancipadora. Que lo haga a nombre del orden, de la libertad, de la “democracia”, de los derechos fundamentales, de la institucionalidad, le otorga una característica conservadora, en el buen sentido de la palabra, en el sentido de la biología molecular. No hay transformaciones que no se sustenten en repeticiones conservadores.

 

  1. Liberales o socialista, sin entrar en detalles, ni en sus variedades históricas, nacionales, regionales, locales, siempre tendrán no solamente sus contrastes, sus antagonismos, sino, lo más importante, mucho más importante que las figuras políticas anteriores, sus desbordes, que derivan de la sociedad alterativa, de la sociedad que se inventa a sí misma, desde los flujos de fuga.

 

  1. Los “ideólogos” liberales y los “ideólogos” socialistas, también sus políticos, no distinguen esta diferencia, entre las figuras políticas del opuesto, el antagónico, el enemigo, de lo que es el desborde de la sociedad no capturada. Por eso, no puede detener su propia disolución, su propio derrumbe, del régimen político que se trate, liberal o socialista. Creen que la represión les sirve para contener, controlar, incluso, desterrar, la conspiración de su oponente, antagónico, enemigo. Atacan pues a lo que ven, a personas, organizaciones, visibles, que, al final de cuentas, son parte del dualismo donde subsisten, con el otro. Lo que no ve, es el desborde, la matriz de la potencia social, que nunca ha Por eso, al embarcarse en los juegos de poder, en los esquematismos duales de la política institucional, no hace otra cosa que repetir la trama del poder, que se parece a la trama de la vida individual, de la trayectoria de vida individual, que, obviamente, no es vida, pues la vida no se reduce a la individualidad, es, mas bien, pluralidad en juego e integrada; la vida individualizada nace, se reproduce y muere.

 

  1. La modernidad no tiene salidas; ha llegado, por así decirlo, posiblemente exagerando, pero, queremos ilustrar, a su umbral, donde le espera su propia clausura. No hay soluciones, para los problemas acumulados por las sociedades humanas, por los caminos tomados, en sus distintas versiones, variando sus dualismos, por las sociedades modernas, en clave heterogénea. No se puede seguir insistiendo por estas estrategias dualistas, a no ser que se opte por el suicidio.

 

 

  1. Es menester liberar la potencia social, dar rienda suelta a las sociedades alterativas, desmantelar las mallas institucionales, que inhiben y capturan, dejar que las asociaciones, las composiciones, las combinaciones, las inventivas sociales, resuelvan los problemas consensualmente. Abriendo, mas bien, otros horizontes para las sociedades humanas, dignos de su potencia, dignos de su participación en el tejido del espacio-tiempo de los pluriversos.

 

 

 

Consecuencias pragmáticas

 

Para decirlo, de entrada, de manera resumida. Hay que abolir las representaciones, las delegaciones, los partidos, a los representantes del pueblo. Nadie puede representar a nadie ni a nada. Salvo, claro está, en el imaginario “ideológico” institucionalizado por el Estado y la forma de gubernamentalidad de la que se trate. Cada quien, cada quienes, grupos, colectivos, comunidades, sociedades, tienen que hablar por sí mismas. Son ellas, las únicas que pueden decir algo sobre sí mismas, sobre lo que desean, sobre lo que experimentan, sobre sus propias memorias sociales. Son las únicas que pueden construir la decisión política democrática, en pleno sentido de la palabra, participativa.

 

Para comenzar a resolver los problemas acumulados y no resueltos por nadie, ni por liberales, ni por socialistas, aunque lo hayan hecho en parte, es menester dejar deliberar, discutir, debatir, reflexionar, acordar, consensuar, a la sociedad misma, en toda su pluralidad y complejidad. Esto es democracia. Dure lo que dure esta construcción del consenso, no importa; vale la pena. Pues de lo que se trata es de corregir siglos, sino es milenios, de imposiciones, usando el recurso del poder. Imposiciones, que han ilusionado a los dominantes de turno, haciéndoles creer que resolvían algo, aunque sea su propia estabilidad y privilegios, además de sus jerarquías elitistas; sin embargo, esto apenas duraba un lapso de engaños institucionales.  La verdad, es que estas soluciones institucionales terminaban ahondando el problema, difiriendo su solución, cada vez más complicada, para posteriores generaciones. El poder, cualquiera sea la forma de éste, cualquiera que sea el diagrama de poder, no es un buen método de resolución, mejor dicho, de solución del problema. Es un paliativo.

 

El poder no solo es la fuerza, la relación de fuerzas, como concebía Michel Foucault, sino es la fuerza, mejor dicho, la relación de fuerzas,  convertida en violencia, pues captura, inhibe, inscribe, moldea, afecta, los cuerpos, las formas plurales y múltiples de la vida. Aunque Foucault descartaba esta interpretación del poder. De lo que se trata es de usar las fuerzas de la vida, en sus plurales, múltiples, dinámicas formas de devenir, en tanto potencia, es decir, en tanto creatividad de vida.

 

Ciertamente, sabemos que lo que decimos no es fácil, tampoco pretendemos que sea una verdad; nos contradeciríamos con lo que concebimos como critica, desde la perspectiva de la complejidad. No es ninguna verdad, sino tan solo una proposición en la ausente asamblea de las sociedades humanas y los pueblos del mundo. La dificultad radica en que el poder, en sus múltiples formas, en sus poli-formas de dominaciones, se ha cristalizado en los huesos, ha modulado los cuerpos, ha constituido subjetividades. Los perfiles subjetivos sociales, institucionalizados, interpretan lo que experimentan, desde las “ideologías”; esto quiere decir, que interpretan su “realidad” desde el mundo de las representaciones dominantes y hegemónicas, institucionalizadas. Sean, en un caso, sentidos comunes, sean, en otros casos, versiones intelectuales elaboradas. Entonces, creen encontrar, en las figuras que rescatan como representativas del mundo, la verificación de las religiones, de las “ideologías”, de las teorías. Esta hermenéutica de la dominación, incluso en los casos que pretende rebelarse y ser crítica, refuerza las cadenas de las dependencias, sumisiones, subordinaciones, explotaciones. La dificultad radica en lograr liberar a los cuerpos de las telarañas del mundo de las representaciones.

 

Estas son las tareas difíciles, no imposibles, sino, mas bien, creativas e ingeniosas, del activismo libertario.

[1] Hermann Hesse: Demian. http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2011/Demian.pdf.

[2] Ver de Raúl Prada Acontecimiento político. Dinámicas moleculares. La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-politico-/.

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