Democracia representativa

Democracia representativa

Desigualdades sostenidas sobre el supuesto de la igualdad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Democracia representativa

 

 

Si bien hemos hecho una lectura crítica de Qué se espera de la democracia, de Adam Przeworski, es posible otra lectura del mismo libro, si lo hacemos, no desde las pretensiones del mismo, que, resumidamente se presenta como Límites y posibilidades del autogobierno, que es el subtítulo del libro. Como auscultando en el núcleo problemático del gobierno del pueblo, de la democracia, como acontecimiento político; sustentado en el pre-juicio de la igualdad y en las íntimas y concomitantes relaciones entre la revolución política y la revolución social; independientemente de las interpretaciones “ideológicas, efectuadas, por unos y por otros, sean estas radicales, liberales o conservadoras. El libro no es teórico, tampoco se mueve en las reflexiones paradigmáticas de la filosofía política; no se puede decir que propone una teoría nueva política, ni menos una teoría nueva de la democracia. Es un libro descriptivo, con instrumentos analíticos valiosos, no solamente para medir, conmensurar, manejar series de indicadores, que le permiten ponderar las tendencias inherentes a lo que, nosotros, llamamos crisis de la democracia formal, en tanto el autor habla de límites y posibilidades de la democracia. Entonces Qué se espera de la democracia adquiere otro perfil, si entendemos que se trata de una investigación descriptiva y analítica de las relaciones, particularidades, enumeraciones y explicaciones, que expone de manera ilustrativa, iluminando los detalles de una institucionalidad política; también histórica, en la medida que los escenarios históricos aparecen, donde la construcción de las instituciones representativas se instala, desarrollando sus estructuras, incidiendo en la sociedad y el Estado. De la misma manera, por cierto, en la política. Con recurrencia a fuentes apreciables, además de contar con una bibliografía exhaustiva. Entonces la connotación del libro es altamente apreciable. La lectura posible es otra, así mismo la interpretación que podemos desplegar. Desde este otro enfoque, respecto del texto, en el contexto del debate; vamos a exponer esta otra lectura.

 

La historia de las instituciones representativas de la democracia formal institucionalizada es sinuosa; con avances y retrocesos, con ampliaciones diferidas, que se deben, casi siempre, a conquistas sociales, a luchas, a victorias, de los y las que llamaremos demócratas, para diferenciarlos de los conservadores, incluso de los liberales. Por el momento no son importantes las diferenciaciones “ideológicas” y políticas, al interior de estos conjuntos políticos. Interesa, si se quiere, una inclinación general, que comparten, como tendencia. En principio son pocos los países donde aparece esta forma de gobierno, que convierte al pueblo en interlocutor privilegiado, además en referente de la legitimación de la democracia representativa. Después, el número va creciendo, aunque lentamente, sin dejar de tener pérdidas; es decir, retrocesos, retornos, a formas de gobiernos no-democráticos. Sin embargo, se dan saltos, debido a crisis políticas, sociales y económicas; se dan revoluciones, como la revolución francesa, también como la guerra anticolonial de Haití, antes, como la guerra anticolonial norteamericana, que ocasionan implementaciones institucionales democráticas de gran alcance, instaurando republicas; entonces, constituyendo Estado-nación modernos.

 

Son estas experiencias políticas, las que pueden considerarse el substrato material de las transformaciones estructurales del Estado, así como también de las expansiones, que se van a dar en el mundo; aunque a distintos ritmos, según los periodos. Esta es la razón por la que Przeworski se concentra en estas experiencias políticas, en el debate y en las reflexiones que generan, en exposiciones encontradas y contradictorias, en expresiones “ideológicas” distintas y enfrentadas, que, de todas maneras, tienen en común un problema, la democracia. Para unos, se trata de cómo implantarla; para otros, de cómo limitarla. Aunque no es el único campo de estudio, ni el único núcleo problemático, de todas maneras, es, después de estas experiencias intensas, que se proyecta, por así decirlo, la teoría de la democracia, que también puede ser considerada como teoría de la república moderna. Sobre todo se construye, se edifica, en pleno sentido de la palabra, la materialidad institucional de la democracia representativa. La historia de las instituciones representativas es como subir cuesta arriba, sobre todo, al principio. A pesar de la Declaración de los Derechos del Hombre, que supone la igualdad de los humanos al nacer, la aplicación de la democracia, aparece como recortada, no solamente en un principio, sino en una parte importante de la historia. En principio los electores son un sector privilegiado; hombres con propiedad e ilustrados. Teniendo como antecedentes el caso polaco y el caso británico; donde, en los primeros albores de la democracia representativa, incluso bajo la forma, en el segundo caso, de una monarquía constitucional, los votantes no solamente son hombres, propietarios e ilustrados, sino terminaban siendo una oligarquía, que sustituía, en lo que respecta a los privilegios, a la antigua aristocracia o nobleza.

 

Téngase en cuenta que, tanto en el caso británico como en el polaco, hay dos guerras civiles, que pueden ser consideradas dos revoluciones singulares, de las burguesías contra los nobles, contra los terratenientes. En el caso británico, no se puede hablar, a ciencia cierta, de una reforma agraria, sino de una revolución política, al restringir los privilegios de la nobleza y los atributos de la monarquía; en el caso polaco, se puede hablar de una reforma agraria, donde la burguesía agraria sustituye, desplazándola, a la nobleza latifundista. Esto es importante anotar, pues, si bien, ponderamos en esta lectura, el aporte del libro en cuestión, el aporte del autor del libro, de su investigación, en lo que respecta al análisis de la problemática compleja de la democracia representativa, de todas maneras, mantenemos, en ciertos puntos o líneas de exposición, nuestras diferencias.

 

Lo que no se ve, en la exposición de Przeworski, es la comprensión de que la democracia es un hecho revolucionario, no solamente, por las connotaciones aperturantes, en lo que respecta a la participación ciudadana, sino porque la democracia, incluso representativa, nace de revoluciones, luchas, guerras; no es un evento espontáneo, pacifico, como resultado de la racionalización política. Sin embargo, desde la perspectiva de lectura, que hemos adoptado, esta vez, esta premisa no tiene tanta repercusión en la exposición descriptiva. Para nosotros, sí la tiene, pues, como se sabe, nuestra interpretación de la democracia no es descriptiva, sino política, en pleno sentido de la palabra, incluso institucionalmente, pues, para nosotros, el autogobierno del pueblo no es representativo ni delegativo sino autogestionario.

 

Volviendo al libro, se puede apreciar la descripción de la historia de las instituciones representativas, de sus normas, de sus reglas, de sus leyes, de sus composiciones institucionales. Se tarda en incorporar a todos los hombres, en términos del sufragio universal masculino; se tarda más en incorporar a las mujeres, en principio, a un sector, también privilegiado; mucho después, como sufragio universal femenino. La ampliación de estos derechos – término que no le gusta utilizar a Przeworski, pues considera que no se trata exactamente de derechos sino de regulaciones, de reglas, del juego democrático representativo, por así decirlo – se debe también a conquistas sociales y políticas, mediante luchas sostenidas.

 

Otra peculiaridad del libro, en esta historia mundial de las instituciones representativas y de la democracia representativa, es que observa el adelanto temprano, en cuestiones de democracia representativa, de su institucionalización, como repúblicas, de América Latina, a la que antecede Estados unidos de Norte América. No es pues, exactamente, una historia europea, la de la democracia, sino, mas bien, antes, una experiencia americana. La revolución francesa, que se convierte en el paradigma de la revolución política y social, en el paradigma de la república, en el paradigma de la democracia representativa, viene después de la Constitución republicana de Norte América. Ciertamente, la revolución francesa es el momento más intenso, junto a la guerra y revolución haitiana, de la revolución democrática. Esta observación es sugerente para salir de los mitos eurocéntricos.

 

Tomando en cuenta esta observación, pertinente del autor, queremos proponer una hipótesis de interpretación: El acontecimiento democrático no es un hecho histórico-político-social aislado, dado en la historia política de un país o de algunos países, sino ya, un acontecimiento mundial, en la formación del sistema-mundo político, aunque parte de la historia de la democracia representativa se haya realizado en pocos países. Donde se da, el acontecimiento democrático, se convierte en referente para los pueblos y las sociedades del mundo.

 

La hipótesis de interpretación, que proponemos, no solamente tiene significación en lo que respecta a la conformación del sistema-mundo político, sino también en lo que respecta a la democracia misma. La realización de la democracia plena, como autogobierno efectivo del pueblo, depende del ejercicio democrático pleno en el mundo. No puede darse, así como se dice del socialismo, en un solo país o en unos cuantos, incluso en una buena proporción, sino en el mundo. Hablamos de la democracia plena, radical, la democracia autogestionaria, del autogobierno autogestionario, que es efectivamente democracia, en pleno sentido de la palabra.

 

Otra diferencia con la interpretación y análisis de Przeworski es con respecto a su definición de participación, en esta democracia representativa, en este autogobierno restringido del pueblo. El autor dice:

 

Si pensamos en términos cuantitativos en la participación electoral como la proporción de votantes efectivos en relación con el total de la población, podemos descomponerla mediante la siguiente tautología:

 

Participación = votantes/población = elegibles/población * votantes/elegibles

 

Donde la tautología completa depende de que haya habido efectivamente alguna elección. “Participación” sera entonces la proporción de los votantes sobre el total de la población, “elegibilidad” la proporción del número de personas legalmente calificadas para votar sobre el total de la población, mientras que “asistencia” es la proporción de votantes efectivos sobre los elegibles. En este lenguaje,

 

Participación = elegibilidad * asistencia[1].

 

 

Sin embargo, cuando cambiamos el enfoque de lectura, considerando, mas bien, el alcance descriptivo y analítico de la delineación histórica y estructural de Qué se espera de la democracia, esta diferencia, tiene valor, alcance y connotación teórica para nosotros, no para la narrativa explicativa y descriptiva de semejante investigación, de alcance global, además de detallada, en lo que respecta a los mecanismos institucionales y a las regulaciones de la democracia representativa.

 

Es indispensable, aprovechar este aporte, esta visibilidad abierta por la investigación, que, además, se mueve en el análisis comparativo, no solamente, para ponderar el libro, sino para sacar consecuencias teóricas en nuestra interpretación, que se desenvuelve en otra perspectiva o, por lo menos, pretende moverse, en la perspectiva de la complejidad. La formulación de Przeworski, nos permite comprender que el sentido de la democracia representativa, sus alcances, implican desplazamientos en las composiciones, no solamente institucionales, sino de repercusión en la sociedad misma, en el pueblo. En la medida que se amplía el universo de los electores, en la medida, entonces, que también se amplía la ciudadanía, no solo cuantitativamente sino cualitativamente, la composición de la democracia representativa institucionalizada se transforma. El sentido de la democracia representativa, sobre todo, sus alcances, no es el mismo, no son las mismas. El carácter mismo de la república cambia, muta.

 

Ahora bien, estas transformaciones en la composición institucional de la democracia representativa, modifican el Estado, modifican la república, sus estructuras. Estas transformaciones pueden ser captadas, decodificadas, descifradas, en estas relaciones cuantitativas, en términos de indicadores, que sugiere Przeworski; sin embargo, estas transformaciones, estos desplazamientos de las composiciones institucionales, no pueden ser reducidos a la estrecha circunscripción abstracta, en términos de magnitudes, de los indicadores, que son como síntomas de la aritmética de la democracia representativa. Como parece hacerlo Przeworski.

 

Para nosotros, participación democrática tiene que ver con la democracia participativa, con la participación efectiva de la población, del pueblo, en el autogobierno. Lo que llama participación electoral, el autor, no es más que una relación aritmética o probabilística, expresada en términos de proporciones, de votantes y elegibles, en el contexto demográfico de la población. No tiene nada que ver con el problema que se plantea en las pretensiones del libro, develadas, en la primera lectura crítica que efectuamos; no tiene nada que ver con la cuestión crucial, histórica-política-social del autogobierno del pueblo. Empero, sí tiene que ver con el análisis descriptivo de las composiciones institucionales de la democracia representativa.

 

Przeworski dice, retomando investigaciones de su bibliografía, que los demócratas, en principio, no se enfrentan tanto con la monarquía, sino con la nobleza, contra los privilegios de la aristocracia. La idea de igualdad, como que nace en esta contradicción entre demócratas y aristócratas. La monarquía absoluta es, mas bien, una pérdida de parte de los privilegios de la nobleza; el rey, un aristócrata, se desentiende de la nobleza, para convertirse en el símbolo del Estado, de la nación. La idea de la igualdad nace descartando los privilegios de la aristocracia, rechazando las diferencias de sangre impuestas por herencia. La premisa es que los humanos nacen iguales, es la sociedad la que los diferencia.

 

La idea de igualdad, el concepto de igualdad, se va complejizando, después; sobre todo, va logrando alcances mayores, irradiaciones universales, después, cuando no solamente los demócratas se enfrentan a los privilegios consagrados por la aristocracia, sino, generalizando a toda clase de privilegios, que obstaculizan la realización de la democracia. Entonces, en consecuencia, no tardaran en entrar en contradicción, hasta en antagonismo, con la misma monarquía absoluta, postulando, mas bien, la república. Podemos concebir estos desplazamientos, de la suspensión de toda clase de privilegios, como radicalizaciones de la misma premisa de la igualdad; así también, como consecuencias políticas, que se trae a colación, que modifican las prácticas políticas, la política misma, así también, la composición y estructura de Estado. Sin embargo, en las teorías analíticas, de las que comparte Przeworski, se produce una abstracción mayor, donde la generalización efectiva, la ampliación de las connotaciones políticas, se convierten en enunciados cada vez más abstractos, sobre todo, en su aspecto reductivo, volviéndose líneas o curvas gráficas. Pueden ser muy útiles estas ecuaciones, estas curvas gráficas, estos cuadros estadísticos, en la ilustración de la descripción; empero, nunca sustituyen o pueden sustituir al análisis conceptual, teórico de las estructuras complejas de las formaciones políticas, de las formas de Estado, de las formas de gobierno, de las formas democráticas.

 

Antes de seguir con la temática de la igualdad, como premisa, pre-juicio, pre-concepto y concepto, de la igualdad, debemos detenernos, un poco, en la división de poderes; característica configurante de la república. A Przeworski le llama la atención que las repúblicas tempranas americanas hayan optado por el sistema presidencialista, más que por el sistema parlamentario. Él interpreta esta inclinación por el presidencialismo como una especie de reproducción de un fenómeno político dado en las monarquías, que es el centralismo, además de las atribuciones exageradas otorgadas al presidente.  Lo que no condice con la vocación democrática. Quizás se deba, como el mismo autor lo dice, a que estas flamantes repúblicas, no contaban con la experiencia dramática de las aristocracias históricas y de las monarquías. Estas repúblicas se constituyeron, mas bien, en contra de monarquías alejadas, extra-territoriales. Algo, que al parecer, no ocurre en las repúblicas europeas, que si cuentan con la memoria de estas experiencias políticas de las jerarquías heredadas.

 

De todas maneras, las repúblicas diseñan e instalan, en la composición del Estado-nación, contrapesos, para disminuir el alcance de las centralizaciones del poder; estos contrapesos definen un panorama estatal de equilibrio de poderes, principalmente, en lo que respecta a la relación ejecutivo y parlamento o Congreso. Sin embargo, esta relación no siempre es armoniosa, sino, mas bien, conflictiva, a no ser que el ejecutivo logre controlar u subordinar al legislativo, cuando sus representantes son la mayoría congresal. En este punto, Przeworski critica las posiciones e interpretaciones de ideólogos republicanos, cuando argumentan a favor del sistema presidencialista, incluso más, a favor de una especie de republicanismo mixto o mezclado, que retoma perfiles de la monarquía; por ejemplo, la figura de la presidencia vitalicia.  Este fenómeno conservador, en las formas postuladas de la democracia representativa, no solo se da en el caso del ejecutivo, sino también en el parlamento, en el poder legislativo, cuando se propone la cámara alta, convirtiendo a los senadores en una especie de aristocracia de nuevo tipo, política. Esta crítica es importante, no solo en lo que respecta a la ilustración y analítica de la investigación, sino también en lo que respecta a las consecuencias que podemos sacar en nuestra interpretación. Esta vez sí, retomamos el subtítulo del libro, Limitaciones y posibilidades del autogobierno; estas son las contradicciones inherentes en las democracias representativas, sus limitaciones; por lo tanto, sus obstáculos en la realización del ejercicio democrático. En consecuencia, en el análisis descriptivo, la división de poderes, el equilibrio de poderes, el juego de contrapesos, resulta insuficiente, para evitar la reproducción de centralismos, que no son otra cosa que recurrencias monárquicas. Por otra parte, en el análisis más teórico, resulta como una composición, una estructura institucional, que termina legitimando, paradójicamente los centralismos, que se dan, de todas maneras, mutando de formas y de escenarios.

 

Otro aporte, no solamente descriptivo, sino también teórico, además de analítico, de Przeworski, es su conclusión de que la democracia representativa, las instituciones representativas, a pesar de sus avances, de sus desplazamientos, de sus ampliaciones, hasta universalizaciones, no garantiza el cumplimiento de la igualdad, no solo social, no solo económica, que es, obviamente primordial, sino también la igualdad política.  A pesar de sus propósitos inmanentes, la democracia representativa desata nuevas diferenciaciones, nuevas desigualdades, nuevos privilegios. Por eso, es menester, que los gobiernos democráticos sean perseverantes en corregir las generaciones de desigualdades.

 

Przeworski se detiene, en algunos apartados, a observar las relaciones entre democracia y restricciones de las formas de sufragio. Observa que, paradójicamente, estas formas, sus regulaciones y reglas, a pesar que mejoran, se corrigen, se amplían, contradicen el supuesto fundamental de la democracia, la igualdad. Quizás lo más significativo y sugerente de la interpretación de Przeworski es la relación conflictiva entre democracia y propiedad. Los conservadores, que fueron los primeros en oponerse a la democracia, conciben a la democracia como opuesta a la propiedad, que la pone en peligro. Este es el argumento que utilizan, en principio, para oponerse, después, cuando se constata que no pueden, que no pueden detener la marcha de la forma democrática de gobierno, para limitar los alcances de la democracia, para deformarla. En distintas formas expresivas, en distintas formaciones discursivas, los demócratas, con distintas tonalidades, son conscientes de esta consecuencia de la democracia. En este sentido, unos optan por reformas, que difieren, para un futuro lejano, la suspensión de la propiedad; otros, buscan taxativamente garantizar la propiedad instituyendo formas de la democracia representativa que lo hacen, garantizar la propiedad, a pesar de la contradicción inherente. Los otros, en cambio, radicalizan esta consecuencia, apuntando categóricamente a la suspensión de propiedad, para efectuar la democracia; llamemos a estos demócratas, socialistas.

 

Antes de terminar este ensayo, queremos sacar una consecuencia interpretativa, de lo último enunciado, respecto a los socialistas. Sin distinguirlos, todavía, en sus postulados, en sus concepciones “ideológicas” y políticas, sino considerándolos en conjunto; los socialistas o, mejor dicho, el socialismo, es pues una radicalización de la misma concepción política de la democracia. Sin llegar a ser la democracia radical, pues siguen apostando al Estado, al gobierno, a la delegación, si no es a la representación; entonces, a la mediación. El socialismo saca las consecuencias políticas, sociales y económicas del ejercicio de la democracia. Por eso, llama la atención que revoluciones socialistas victoriosas, hayan optado por la suspensión de la democracia, para plasmar el socialismo. El resultado ha sido catastrófico, con solo una excepción; el socialismo real reprodujo las jerarquías, los privilegios, los centralismos monárquicos, las clases sociales, por otros caminos, por otros medios, instaurando un Estado policial.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ver de Adam Przeworski Qué se espera de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno. Siglo XXI; Buenos Aires 2010. Pág. 107.

 

 

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