Argentina, Brasil, México entran en la tormenta. ¿Quo vadis América Latina?

Argentina, Brasil, México entran en la tormenta. ¿Quo vadis América Latina?

Autor(es): Salama, Pierre

Salama, Pierre. Economista, Cepn-Cnrs y GReitd, profesor de la Universidad de París xiii. Ediciones Herramienta tiene en preparación su último trabajo colectivo próximo a publicarse en Francia: Naturaleza y formas del Estado capitalista. Análisis marxistas contemporáneos. Antoine Artous, José Luis Solís Gonzáles, Pierre Salama y Tran Hai Hac.


A partir del 2003 y  hasta el 2012, se abre un nuevo período en América Latina. El crecimiento es mayor que durante la década precedente (ver Anexo 2), los “fundamentales” (saldos de la balanza comercial y el presupuesto, reservas internacionales, desocupación, empleos formales, inflación) en general mejoran, los planes sociales son más o menos importantes según los países,  la pobreza retrocede y las desigualdades de ingresos parecen disminuir. Gracias a tasas de crecimiento superiores a las de los países avanzados, el ingreso per cápita de la mayoría de los países latinoamericanos se aproxima al de los Estados Unidos, aunque a un ritmo relativamente lento en comparación con el de los países asiáticos.
Argentina se recupera, con un fuerte crecimiento. Colombia, Perú, Chile y Brasil mejoran sus performances económicas. No es el caso de México, cuyo crecimiento se mantiene flojo en los años 2000 y también a más largo plazo: el PBI por habitante crece un promedio de 0,96% por año entre 1983 y 2011, en tanto que el de los Estados Unidos aumenta un 1,8% por año; el ingreso per cápita era 2,8 más elevado que el de México en 1982, en 2011 era 3,9 veces más alto.[1] En lugar de converger, a largo plazo México diverge y solo por abuso de leguaje puede considerárselo como un país emergente. Con esta excepción (importante) para los restantes países el aumento de las tasas medias de crecimiento traduce un leve proceso de convergencia, aunque menos elevado que el registrado para los países asiáticos en las mismas fechas.[2]
A partir de 2012, aparecen las dificultades. El milagro económico se convierte en espejismo, el nuevo Eldorado, fantasma de periodistas y hombres de negocios, deja de serlo. La convergencia con las economías avanzadas se detiene, luce frágil y su duración problemática porque nuevas dificultades aparecen hoy a plena luz y se traducen en el rápido regreso de la restricción externa, de la cual los gobiernos de la región pensaban haber escapado gracias a los altos precios y los volúmenes comercializados desde el comienzo de los años 2000.
¿La crisis abierta es acaso una crisis de sobreacumulación, por exceso de inversiones y consecutiva caída de las tasas de ganancia? Evidentemente, no. Las tasas de inversión son mediocres -entre 18% y 22-23% según los países, un poco más en Argentina-, sobre todo si se las compara con las de China  -entre 45 y 48%-, en menor medida con las de la India, o bien con las de Corea del Sur durante su take off. La desaceleración económica y las recesiones del 2014 en Argentina y Brasil  se traducen ciertamente en aumento de las capacidades ociosas, un aumento por ahora débil en las tasas de desocupación y unaacentuación de la caída en las tasas de rentabilidad en los sectores sometidos a la competencia internacional, pero esto no se debe a un exceso de inversión. ¿Se trata de una crisis de realización? A priori podría suponérselo, debido a las muy altas tasas de desigualdad en los ingresos que se registran en el subcontinente americano (Anexo 1). Pero los importantes aumentos salariales en países como Argentina o Brasil, superiores al crecimiento de la productividad laboral, el aumento del crédito (Brasil), la disminución de la pobreza, el aumento de las clases medias (Salama P., 2014), alimentan el fuerte aumento de una demanda final que encuentra satisfacción principalmente en el aumento de las importaciones antes que en  la oferta de local de bienes manufacturados.
También es legítimo preguntarse ¿no es la manera de insertarse en la división internacional del trabajo el origen de las nuevas desigualdades? La globalización no es “culpable” de las dificultades que atraviesan estos países, como se lee a veces. La globalización es un conjunto de oportunidades nuevas que pueden resultar favorables o desfavorables según la política que adopten los gobiernos. Los países asiáticos en general se han internacionalizado más que los países latinoamericanos después del 2000 (México incluido) y sin embargo su tasa de crecimiento sigue siendo elevada después del 2012, aún si para algunos de ellos como China los riesgos de un “hard landing” no son despreciables.  Las políticas industriales que llevan adelante estos países en la mayoría de los casos son agresivas y su inserción en la economía mundial es un trampolín para su expansión. 
No ocurre lo mismo en los principales países latinoamericanos. Su inserción es pasiva, las oportunidades como el aumento en los precios de las materias primas con la consiguiente distención de la restricción externa, así como el aumento en los ingresos fiscales que implica, no fueron utilizados para remodelar el aparato de la industria y los servicios hacia actividades más sofisticadas y con fuerte valor agregado preparando así el porvenir. Tomadas como si fuesen eternas esas oportunidades sólo son “consumidas” y poco o nada aprovechadas como instrumento para repensar el tejido industrial. Por lo tanto, lo que está en cuestión es más bien la manera relativamente pasiva de insertarse en la división internacional del trabajo. Culpable no es la globalización, lo son las políticas llevadas adelante que, via la apreciación más o menos alta de la moneda nacional con respecto al dólar, han dejado desarrollar su lógica consecuencia: la reprimarización de las actividades económicas en Brasil (ver el cuadro de abajo) y en muchos países, entre los cuales México, la destrucción parcial del tejido industrial de las actividades dirigidas al mercado interno (con excepción en todo caso del sector automotriz).
 
 
Sin embargo, reprimarización y desindustrialización[3] no están necesariamente ligadas.  La expansión de las actividades primarias no es incompatible con industrialización. Hasta 2008 la Argentina conoció simultáneamente reindustrialización y reprimarización gracias a una política cambiaria dirigida a frenar la apreciación de su moneda.
La inserción también es pasiva a nivel financiero. Las carteras de inversión son poco controladas, al contrario de lo que puede verse en China. Y las inversiones directas extranjeras que son alentadas constituyen, junto con las carteras de inversión, la variable de cierre de la balanza de pagos, saldando el déficit creciente de la balanza de pagos corrientes generado en parte por los dividendos e intereses pagados a los no residentes. Lo mismo ocurre con la masiva entrada de divisas por transferencias de ingresos de los trabajadores emigrados (“remesas”), muy elevadas en México y América Central.
Todo este maná (“bonanza”) a nivel comercial (materias primas) y a nivel financiero (carteras de inversión) genera muy frecuentemente comportamientos rentistas responsables de que hoy en día estos países sean incapaces de superar las dificultades ligadas a la inversión en los precios de las materias primas.
Como aspecto positivo, el conjunto de estas oportunidades permitió financiar políticas sociales relativamente generosas en muchos países (anexo 2), sin hacer una reforma fiscal sin embargo necesaria, evitando así los conflictos que la misma habría provocado. Los gastos sociales tuvieron un fuerte aumento, pese a que siguen estando muy por debajo de las necesidades de los sectores de la población con escasos recursos. No ocurre lo mismo en todos los países, y es preciso cuidarse de sacar conclusiones apresuradas. Conviene comparar situaciones equivalentes. En países como México o Chile una parte importante de los jubilados se inscribe en regímenes de capitalización que no son considerados gastos sociales. Por otra parte, aunque los montos consagrados a gastos sociales crecieron a ritmo diverso en los diversos países, no siempre el crecimiento estuvo acompañado por la calidad, sobre todo en lo referido a la educación primaria y secundaria[4]. La insuficiente calidad de la enseñanza obstaculiza un crecimiento sostenido y durable basado en la expansión de sectores que requieren mano de obra verdaderamente calificada y en cantidad suficiente. Lo mismo ocurre con el esfuerzo en infraestructura (transporte, energía), el “niño pobre” de las políticas económicas públicas de los años 1980 a 2000. Un dato elocuente: el esfuerzo en infraestructura ronda en torno al 2% del PBI, mientras que en China supera el 12%.
Las principales economías latinoamericanas experimentan nuevas  vulnerabilidades: financiarisación, sensibilidad exacerbada a los movimientos de capital, tejido industrial deteriorado, reprimarización, dependencia de las “remesas”. Para considerarlas, centraremos el análisis en su pérdida relativa de competitividad. Esto no significa que el contexto en que se fabrican las mercancías pueda resumirse a una cuestión de salarios, productividad y tasas de cambio. La educación y las políticas sociales en general destinadas a corregir a corto y largo término las desigualdades de ingreso y las desigualdades sociales, los gastos en infraestructura y finalmente las políticas industriales agresivas, pueden jugar un rol importante en la disminución de estas vulnerabilidades y el regreso a una mayor competitividad. Además, el mundo no se reduce al mundo mercantil. La expansión de lo no mercantil, expresión a veces de solidaridades (los “commons”) que responden a una lógica diferente a la de referida a los derechos de propiedad, son dimensiones que no pueden ser ignoradas, sobre todo cuando los conflictos entre costos privados y costos sociales van en detrimento  de la sociedad, como ocurre, entre otras, con las cuestiones ambientales. Sin embargo, no puede ignorarse al mundo mercantil so pretexto de que sería preferible el mundo no mercantil.  Los dos están ligados y si el espacio no mercantil es determinante para una vida social más inclusiva, el mundo de lo mercantil es dominante.
 
I. La globalización “aprieta” cuando las políticas son pasivas[5]
 
Pequeño repaso sobre la “globalización desde arriba”
 
Hay dos tipos de globalización: por arriba y por abajo. En esta sección nos referiremos a la globalización aprehendida desde el punto de vista macroeconómico. Volveremos más adelante a la globalización tal como es vivenciada por las personas.
La globalización, tal como lo indica el sub fijo, es un proceso y no un punto de llegada. No es algo concluido sino en movimiento. El peso de las exportaciones de China y de Brasil en las exportaciones mundiales en 1980 era semejante: alrededor del 1%. Después ya no lo fue. La parte de las exportaciones brasileñas aumentó ligeramente, alcanzando 1,3% en 2012 y 2013, disminuyendo luego por la baja en los precios de las materias primas. La parte de las exportaciones de China llegó a representar el 12% de las exportaciones mundiales. Ambos países se abren, pero a velocidades muy diferentes. Brasil lo hace al ritmo medio de la expansión del comercio internacional, China doce veces más rápido; en esta medida, puede pensarse que Brasil está relativamente “cerrado”, sus exportaciones ascienden al 13% del PBI en 2013, al contrario que México cuyas exportaciones ascienden al 27% de su PBI, o China (26 %). Aunque es preciso señalar que la inmensidad de Brasil multiplica los intercambios internos, como en los Estados Unidos (14%, fuente: WDI database), hay otro indicador que confirma el diagnóstico de débil apertura: el valor agregado local de los productos manufacturados.  El valor agregado ascendía al 90% en Brasil, al 68% en México, al 80% en China y a menos del 30% en Corea del Sur. Estos datos confirman que la expansión del comercio Sur-Sur y su participación creciente en el comercio mundial en los años 2000 con la irrupción de la cadena internacional del valor concierne sobre todo a los países asiáticos, en tanto los países latinoamericanos están relativamente al margen del proceso[6].
Después de 2012, el crecimiento del comercio mundial se hace más lento colocándose por debajo del crecimiento del PBI mundial. Varios factores explican esta pérdida de velocidad: 1) la tendencia al estancamiento económico de los países europeos y Japón; 2) la disminución del crecimiento económico de los países emergentes incluso China y la consecutiva caída en los precios de las materias primas y los volúmenes intercambiados; 3) la apreciación del dólar desde 2015 que encarece las importaciones; 4) la eficacia de las políticas industriales chinas orientadas a una mayor integración de la cadena de valor aumentando el valor agregado producido localmente, principalmente en los bienes destinados a su mercado interno; 5) la relocalización de algunas actividades industriales hacia los países avanzados,  posibilitado en parte por el aumento de los salarios en los países asiáticos y el mayor peso relativo de sus costos unitarios de trabajo, pero en parte también debido a adelantos tecnológicos. La expansión de las tecnologías de la información y de la comunicación y la disminución de los costos de transporte posibilitaron la mayor irrupción de la cadena internacional del valor en los años 2000. Hoy, esas mismas tecnologías hacen posible la relocalización, al permitir una producción próxima a la demanda y en cantidades reducidas en la medida en que las economías de escala se sitúan cada vez más ex ante(bancos de datos) y cada vez menos ex post (el ejemplo clásico es la impresión 3D). La pérdida de velocidad del comercio internacional no solo tiene causas de orden solo coyuntural, tiene una nueva dimensión estructural.  
La globalización difiere según los productos. En lo que concierne a los llamados bienes “intercambiables”, la globalización puede ser parcialmente trabada con el dictado de reglas y normas que impidan el ingreso de ciertos productos. Dicho de otra manera, el proteccionismo no se manifiesta solamente por los derechos de aduana, las autorizaciones administrativas de importación y las limitaciones, que han sido muy reducidas: los derechos de aduana son más livianos, las autorizaciones administrativas y limitaciones tienden a desaparecer salvo excepciones, aunque reaparecen de tanto en tanto cuando surgen problemas de cambio. El proteccionismo se manifiesta también mediante el establecimiento de normas basadas en razones de precaución sanitaria, ambiental y mañana posiblemente de dúmping social. Finalmente, también se manifiesta mediante la capacidad de los gobiernos para manipular el tipo de cambio y depreciarlo.
El comercio internacional no abarca solamente el intercambio de bienes sino también el de servicios[7],  en fuerte crecimiento. En el 2008, el comercio internacional podía diferenciarse en un 80% correspondiente a bienes y un 20% correspondiente a servicios. Pero cuando lo que se considera son los valores agregados intercambiados y no el valor total de las exportaciones que declaran los países, la participación de los bienes en el total de bienes y servicios intercambiados baja fuertemente a un 57% y la de los servicios sube a un 43%. El crecimiento de los servicios es muy alto, superior al de las mercancías lo que puede observarse por la parte creciente que tienen los servicios en la balanza de pagos de bienes y servicios. Con la expansión de la informática, las redes se multiplican más allá de las fronteras y se observa una creciente participación de los emergentes en los intercambios de servicios. El peso de los BRICS en el comercio internacional de servicios se duplica entre 2001 y 2010, llegando al 10% según los datos de la OCDE. La tasa de crecimiento anual promedio tanto de exportaciones (17,5 %) como de importaciones (17,1%) de servicios de los BRICS, hoy supera ampliamente al de los países de la OCDE. El comercio internacional de servicios representa cerca del 10% del comercio de mercancías en China en el 2011 según la OMC y cerca del 20 % en Brasil para la misma fecha.
Podría agregarse   finalmente que la globalización financiera está hoy mucho más avanzada que la globalización comercial, incluida la de los servicios. Las nuevas tecnologías permiten hoy una expansión vertiginosa de estas actividades. La multiplicación de sociedades pantalla y las diferentes legislaciones de los países permite procesos de optimización fiscal, en la frontera de lo que es legal y lo que no lo es, más allá de la cual es posible borrar las rutas del dinero con el objetivo de blanquearlo. Se comprende hasta qué punto la actividad de los grandes bancos puede entonces mezclarse con las de la mafia.
¿Quid de la competitividad?
Al lado de las actividades sometidas a la competencia internacional hay actividades que no lo están, tanto en el dominio mercantil como en el espacio no mercantil. Las primeras están naturalmente protegidas, aunque el desarrollo de nuevas tecnologías pueda conducir directa o indirectamente a una competencia internacional en ciertos sectores, como puede observarse en la distribución, pero también en el inmobiliario, con la expansión de las empresas transnacionales sustituyendo a empresas nacionales sin que esto se manifieste en intercambio internacional de bienes. Los servicios públicos, que por definición no deben sujetarse al mercado para satisfacer las necesidades, también están cada vez más sometidos a las imposiciones de los costos, debido a limitaciones del gasto público y/o de políticas neoliberales dirigidas a limitar sus actividades. Estas actividades no mercantiles están fuera del mercado, expresan solidaridades y búsquedas de socialización. No se intercambian por dinero. Son financiadas de una u otra manera mediante impuestos. Comprometen a individuos o a grupos sociales que actúan voluntariamente y, en definitiva y sobre todo al Estado (financiamiento de ONGs, de asociaciones y sobre todo la gran mayoría de los gastos públicos).
Muchas actividades mercantiles están sometidas directamente a las imposiciones internacionales. No ocurre lo mismo con las actividades no mercantiles están alejadas e incluso con muchas actividades mercantiles, pero la expansión de ingresos en el mundo mercantil no expuesto a la competencia y en el espacio no mercantil, se traduce en la mayor demanda de bienes producidos localmente, pero también de bienes importados que pueden sustituir bienes anteriormente fabricados en el país. Esto hace que no pueden ignorarse las imposiciones de la competitividad, salvo que se tenga en mente un mundo autárquico. Esto es lo que justifica privilegiar el estudio de la competitividad.
El Costo Unitario de Trabajo (CUT) pone en relación la tasa de cambio, la productividad del trabajo y la tasa salarial. Pueden estudiarse su nivel y evolución considerando las tasas de crecimiento de cada una de sus variables. El estudio puede limitarse al sector manufacturero de un país, sometido naturalmente a las imposiciones de la competencia internacional, o abarcar al conjunto del país. En este último caso, las conclusiones que pueden sacarse de la evolución del indicador deben relativizarse, pues al mezclar los sectores sometidos a la competencia internacional (“transables”) y aquellos que no lo son (“no transables”), se introduce un factor perjudicial al análisis. Dado que los empleos informales de muy baja productividad tienen más importancia en Latino América que en los países avanzados, tanto la productividad media como el salario medio no tienen el mismo sentido porque las disparidades son mucho más importantes. Dicho de otra manera, la competitividad puede parecer débil en comparación a la de los países avanzados, mientras que en algunos sectores la productividad puede aproximarse a la que se observa en los mismos sectores en los países avanzados. Finalmente, es importante considerar el “paisaje” (“landscape”): la energía, el transporte, la educación, la calidad de las instituciones, la credibilidad política de los gobiernos forman parte de este paisaje.
 
1. Una tendencia más o menos pronunciada a la apreciación de la tasa de cambio
 
La tasa de cambio nominal es, por definición, diferente de la tasa de cambio real. La segunda toma en cuenta el diferencial de inflación entre el país considerado y el país de referencia poseedor de una divisa clave, en el caso los Estados Unidos (pero también podrían serlo el Euro, una canasta de divisas, un promedio según la estructura de los intercambios). Una tasa de cambios nominal estable es pues compatible con una tasa de cambio real apreciada (y a la inversa) si el alza de los precios es superior al de los Estados Unidos (e inversamente). Es el caso de todos los países latinoamericanos y especialmente de la Argentina, país en el que la inflación se descontroló después del 2007.
El triángulo estabilidad de la tasa de cambio nominal – libertad de movimientos internacionales de capital –política monetaria independiente, es un “triángulo mágico” porque no es posible agarrar las tres puntas al mismo tiempo. Dos pueden aferrarse, pero no las tres: la movilidad internacional de los capitales y la autonomía de las políticas monetarias son incompatibles con la estabilidad de la tasa de cambio. Por eso la globalización financiera es vivida como una imposición que no permite la estabilidad de la tasa de cambio. Por ejemplo, los excedentes de la balanza comercial del Brasil en los años 2000 y sobre todo los ingresos masivos de capital dieron paso a una apreciación de la tasa de cambio. Es los que se observa en los principales países latinoamericanos, en diverso grado[8]: muy alta en Brasil, menor en México, constante en Argentina desde el 2007.
La elección de Lula en Brasil provocó una fuerte apreciación del real, pues los mercados financieros temían la aplicación de políticas económicas contrarias a sus intereses. La cotización nominal del real se estableció en 3,55 reales (en adelante R) por un dólar[9] en vísperas de su asunción el 30/12/2002, tras haber alcanzado un pico: 3,93 R el 14/10/2002. Debido a las medidas liberales adoptadas por el gobierno de Lula, los mercados financieros modificaron su juicio y la moneda se aprecia fuertemente: el R se cotiza a 1,58 el 4/08/2008; con la crisis de 2008 el R se deprecia, al igual que muchas monedas en el mundo y se cotiza a 2,38 el 5/01/2009, después de superada la crisis se aprecia nuevamente y el 12/09/2009 alcanza la cotización de 1,72 R por dólar y el 4/07/2011 la cotización de 1.56 R por dólar. Después, de manera irregular, el R tiende a depreciarse con una aceleración a partir de julio de 2014 pasando de 2,21 R (el día 7) a 3,2 R por dólar el 23/03/2015.
 
FIGURA 1
 
Más allá del choque provocado por el ascenso de Lula a la presidencia de la república en 2002, del contagio de la crisis financiera de 2008 y la importante desaceleración de la actividad económica desde 2011, existe la tendencia a una fuerte apreciación de la moneda nacional. Es mucho más elevada en términos reales de lo que indica la evolución dela tasa de cambios nominal a causa del diferencial de inflación que existe con los países avanzados. Esta apreciación se explica por los excedentes de la balanza comercial provenientes simultáneamente del aumento en los precios de las materias primas, el aumento de los volúmenes intercambiados  y, cada vez más, a medida que estos excedentes disminuyen, de los masivos ingresos de capital.
Los movimientos de capitales hacia Brasil tienen un origen estructural –el Mercosur ofrece importantes posibilidades de inversión, tanto más altas cuanto que estos países conocen una fase de crecimiento importante, por lo menos hasta 2010 – y un origen especulativo ligado a las políticas monetarias  -tasas de interés muy altas – a las políticas cambiarias de los gobiernos (pasividad ante la apreciación de la moneda) y a la burbuja inmobiliaria (Gaulard M., 2012). Hasta el comienzo de los años 2010, los gobiernos aplican estrictamente la regla de Taylor para limitar el aumento de precios por el juego conjugado del aumento de las tasas de interés y la apreciación de la tasa de cambios (ver Nassif A. y otros, 2015). La moneda se deprecia a partir de 2011, un movimiento que se acelera en 2014, seguramente a causa de la nueva atracción de las colocaciones en los países avanzados, pero sobre todo debido al fuerte deterioro de los excedentes en el saldo de la balanza de cuentas corrientes: la balanza comercial deviene deficitaria desde 2014, el creciente déficit de la balanza de cuentas corrientes se dispara (91 millardos de dólares en 2014 o sea 4,17 % del PBI), lo que es apenas compensado por los excedentes de la balanza de cuentas de capital (inversiones directas extranjeras y carteras de inversión), lo que amenaza con dejar de ocurrir en un futuro próximo.
El brusco regreso de la restricción externa se origina por una política económica errática desde 2012 en relación a las tasas de interés y tasas de cambio.[10] Llega el momento en que la recesión y la consecuente disminución del excedente primario presupuestario (dicho de otra manera: el aumento del déficit presupuestario), ligado a la desaceleración económica y la fuerte  apreciación del dólar frente al euro provocan la consecuente depreciación de la moneda nacional. A pesar del cambio ventajoso, la expansión de las exportaciones industriales resulta poco o nada favorecida debido a dos razones: por el lado de la demanda, el contexto internacional con tendencia al estancamiento de los países avanzados y la recesión en Argentina; por el lado de la oferta, el deterioro del tejido industrial a consecuencia de la desindustrialización anterior reduce la elasticidad de la oferta con respecto al precio de la industria. Además, las soluciones propuestas centradas en el “ajuste fiscal” (léase reducción de gastos públicos, es decir abandono de políticas salariales que favorecen el importante aumento de salarios mínimos en términos reales en beneficio de empleados públicos y jubilados), no son las únicas posibles para salir de las dificultades en gran parte heredadas por la política económica seguida.
La apreciación de la tasa de cambio nominal frente al dólar es más débil y más irregular en México que en Brasil. La cotización del peso (en adelante, P) se establece en 9,046 P por dólar el 1/04/2002[11], experimenta una depreciación durante tres años y alcanza 12,23 P por dólar el 13/03/2006, luego se aprecia, la cotización alcanza 10,5 P el 4/08/2008, se deprecia nuevamente casi un 40 % con la crisis financiera internacional para alcanzar 14,04 P el 30/03/2009, en seguida se re-aprecia anulando en gran medida la devaluación precedente estableciéndose la cotización el 12/07/11 en 11,80 P. Depreciación y apreciación se suceden, con una marcada tendencia a la depreciación desde abril 2013, que se acelera a mediados de julio 2014: la cotización del P alcanza 15,07 P por dólar el 23/03/2015.
 
GRAFICO 9 Índice del tipo de cambio real
 
La evolución irregular de la tasa de cambio nominal y su apreciación en términos reales frente al dólar no tienen exactamente los mismos orígenes que en Brasil. La estructura de la balanza de pagos mexicana es diferente, siendo México comparativamente menos rico en materias primas y exporta sobre todo productos manufacturados. Contrariamente al Brasil en el período considerado, la balanza comercial es deficitaria (Romero Tellaheche, ob. cit. págs. 39 a 44 y 183 y siguientes) a pesar del aumento de las cotizaciones del petróleo cuyo peso en el total de las exportaciones es de un 15 %, pero la balanza de cuentas corrientes se beneficia con la fuerte entrada de transferencias (“remesas”) de los trabajadores emigrantes en los Estados Unidos, entre 20 y 25 millardos de dólares. Debido a esto, el déficit de la balanza de cuentas corrientes es mucho menos elevado que en Brasil: -4 millardos de dólares en 2010, se acentúa luego (-15,2 millardos en 2012 y -25,2 millardos en 2013 y 2014) o sea 2,3% y 2% del PBI respectivamente (fuente OCDE). Las entradas de capital compensan y superan estos déficits (3% del PBI, fuente: World Development Indicators, 2014).
La Argentina adoptó una política cambiaria distinta a la de los otros países, al menos hasta el 2007. Luego de la muy fuerte devaluación consecutiva a la “explosión” del plan de convertibilidad, la tasa de cambio pasó de la paridad respecto al dólar a una relación cuatro veces más elevada. Esta devaluación brutal y de gran magnitud, protegió de hecho a la industria nacional y permitió retornar a un alto crecimiento. La tasa de cambio nominal se revaluó después[12], y la apreciación en términos reales fue más alta que la indicada por la evolución de la tasa de cambios nominal. Pero en su conjunto, fue de poca amplitud, el índice de cambio real peso contra dólar pasa de 100 en 2001, en vísperas de la crisis financiera, al índice 244 en 244 en 2002, 215,8 en 2003, y el índice medio se sitúa en 196,7 entre 2003 y 2007[13]. Después la reevaluación   es más elevada: una media de 119,6 entre 2008 y 2013, se acelera entre 2010 y 2013: 108,1 y alcanza un nivel ligeramente inferior al de diciembre 2001, o sea 97,3 (fuente INDEC). El peso está pues más evaluado que en diciembre de 2001 si se toma en cuenta la evolución real del aumento de precios y no el que suministran las instituciones oficiales… (Ver abajo). Se produce una fuerte devaluación en enero 2014, insuficiente sin embargo para mantener el  peso a un nivel más evaluado, pese a la apreciación de la cotización del dólar 2015.
 
TASA DE VARIACION INTERANUAL DEL IPC-9 PROVINCIAS
 
 
Muchos economistas han considerado que una de las razones de la reindustrialización y el fuerte crecimiento de la Argentina residía en el mantenimiento de una tasa de cambios relativamente sub-evaluada. Por el contrario, la fuerte reevaluación de la moneda nacional podría estar en el origen de las dificultades con que tropieza la economía Argentina en los últimos años…
 
2. Una productividad del trabajo débil, tanto en nivel como en evolución, con gran disparidad entre sectores
 
Para medir los efectos del progreso técnico se prefiere acá la productividad del trabajo a la productividad total de los factores. Éste último es poco fiable a nivel empírico (es difícil mensurar el stock de capital) y su interpretación a nivel teórico es ambigua. Utilizando una función de producción del tipo Cobb-Douglas (rendimientos de escala constante, etc.), el residuo, supuesto representante de la productividad total de los factores, “mide nuestra ignorancia”, como dijera Abramowitz (¿qué parte de este residuo es explicado por la cualidad de las instituciones, el progreso técnico…?).
El nivel de la productividad es bajo, también su crecimiento. Esto es en gran parte resultado de la debilidad de la formación bruta de capital (Ros Bosch J., pág. 26 y sgts.). Su evolución está muy por debajo de lo que se requeriría para obtener un crecimiento sostenido y durable, tal como puede verse en el anexo 2: en el período 2001-2012, sólo la Argentina en una fase de fuerte crecimiento experimenta un crecimiento promedio de la productividad relativamente alto (3,9%). No es el caso de Brasil (2,3%), ni el de México (0,8%), según los cálculos de la CEPAL. Cuando se pone en relación la tasa de crecimiento de la inversión por trabajador y el crecimiento de la productividad del trabajo y se comparan dos períodos 1960-1980 y 1990-2008, se observa una tendencia muy decreciente orientado de izquierda a derecha, mientras que esta tendencia es exactamente la opuesta en los países asiáticos: creciente y orientado de izquierda a derecha. Mientras que los países asiáticos conocen un incremento de la inversión por trabajadores y de la productividad del trabajo con respecto al período 1960-1980, los países latinoamericanos siguen el camino exactamente inverso y se marginalizan (Palma G., 2010).
Sin embargo, la medida de la productividad del trabajo no debe ser reducida al PBI per cápita. Medirla de esta manera puede llevar a confusión, pues no permite comprender los avances (y los retrocesos) en término de competitividad de determinadas ramas. Es preciso un análisis más fino.  Cuando se considera un gran sector (por ejemplo, la manufactura), es preciso medir para cada rama el aumento del producto per cápita (efecto de productividad pura) y después tener en cuenta los cambios estructurales que llevan a las diferentes evoluciones de la productividad en cada rama en la medida en que su peso en el sector resulta afectado por las mismas (efecto Baumol). Ambos efectos en su conjunto miden la productividad neta (denominada a veces contribución intra-sectorial). Finalmente, debe agregarse el efecto producido por los cambios del empleo entre las ramas, ponderados por sus niveles relativos de productividad (efecto Denison). Esto da una idea de la movilidad del empleo entre las ramas. La productividad del trabajo de la manufactura (de los servicios, etc.), es la suma de estos efectos.
Es sabido que la productividad promedio de los países latinoamericanos se sitúa muy por debajo de la de los Estados Unidos: 27% para Argentina,  18% para Brasil y 12% para México según los datos de la OIT para 2010. Sin embargo, estas cifras son engañosas. La dispersión es mucho más fuerte en esos países que en los Estados Unidos. Si se clasifican las empresas según sus tamaños (micro, pequeñas, medianas y grandes) en los países latinoamericanos y en los Estados Unidos, se observa que la diferencia de productividad entre los países latinoamericanos y los Estados Unidos es mayor mientras más pequeñas son las empresas (efectivamente, en las micro y pequeñas empresas se encuentra mayor informalidad en los empleos y un coeficiente capital trabajo muy débil. Inversamente, en las empresas muy grandes (más de 500 asalariados) esta diferencia es relativamente débil (OCDE-CEPAL 2012). Y éstas son las empresas que exportan. Por lo tanto, conviene matizar las conclusiones que podrían deducirse de un análisis demasiado macroeconómico.
Las enseñanzas sacadas midiendo la productividad del trabajo para todo un país no son necesariamente muy pertinentes porque, como se viene de señalar, la informalidad y la productividad extremadamente baja que la acompaña es considerable en los países latinoamericanos. Conviene por lo tanto seleccionar las actividades con mayor incidencia en el aumento de la productividad. En el caso de México, de estas quince actividades, trece están sometidas a la competencia internacional y dos producen bienes “no intercambiables”. Estos tuvieron aumentos de precios muy superiores a los de los bienes “intercambiables”, que se beneficiaban con la sobrevaluación de la moneda nacional. Estas dos actividades “explican” el 60% del aumento de productividad. Por tanto, a precios constantes el aumento de la productividad sería menos importante. En cualquier caso, según los cálculos de Remero Tellaeche  (ob. cit., pág. 74 y sgts.), el crecimiento medio de la productividad en México entre 1994 y 2011 se elevaría a 2,54 por año –o sea más que para el conjunto del país- contra 3,37 por año entre 1961 y 1982, año de crisis. Existe entonces una fuerte baja del crecimiento de la productividad entre esos dos períodos y un descenso más fuerte aún del efecto Denison.
 
3. Una evolución de tasa de salario real muy diferente según los países
 
En México, el salario mínimo es especialmente bajo. Cuando entre 2012 y 2014 el mismo se sitúa en más de 500 dólares en Argentina y en unos 320 dólares en Brasil, en México estaba en 120 dólares (según la OIT). Su nivel es inferior al ingreso que marca la línea de pobreza absoluta (Moreno-Brid J.C, y Garry St., 2015). Entre 1991 y 2013  el salario mínimo perdió el 30% de su valor. A más largo plazo, la caída es vertiginosa. Para un índice 100 en 2012, el salario mínimo estaba en 372 al comienzo de 1976; la caída es particularmente rápida de 1977 a 1995; después de 1999, aumenta muy ligeramente y se coloca en 101,9 en 2014 (Monitor de la industria mexicana, 2015). También es necesario repensar los mecanismos de indexación del salario mínimo, dado que su nivel es tan bajo que está lejos de corresponder a los criterios según los cuales fue establecido, o sea permitir la reproducción del asalariado y su familia.
Desconectado del salario mínimo, el salario medio real sigue una evolución diferente. En el largo plazo (1970-2011) su nivel es estable en promedio, aunque con fuertes fluctuaciones (Romero Tallaeche, pág. 119 y ss.). Pero en un período más corto y reciente, de 2007 a 2013, en el sector manufacturero la tasa de salario real disminuye a un ritmo anual de -0,1% en tanto que la productividad crece a un ritmo anual de 1,1% , la brecha entre el crecimiento del salario real y la productividad es pues de 1,2% por año. Entrando en detalles, puede verse que en ciertas ramas la brecha entre la evolución de la productividad y la de los salarios es considerable (Monitor, ob. cit., de donde se toma el cuadro de abajo).
 
PRODUCTIVIDAD Y SALARIOS REALES DE 2007 A 2013
 
La evolución de los salarios reales es totalmente diferente en Argentina y Brasil. En Argentina la tasa de salario creció de manera importante, por encima de la productividad del trabajo. De 2003 a 2006, el aumento del salario real es un poco más rápido que el de la productividad del trabajo, aproximadamente de 23% contra 10% para todo el período. Esta distancia se achica luego, la aceleración del aumento real de los precios[14] pesa cada vez más en la evolución del salario real.
La tasa de salario real (salario nominal deflacionado con un indicador del aumento “real” de precios al consumidor, o sea el de nueve provincias) de los asalariados del sector privado “registrados” (vale decir, con un empleo formal) aumenta un 3,9% en 2009, a pesar de la crisis y la pérdida de empleos, un 1,3% en 2010, un 6,9% en 2011, un 5,6% en 2012. A partir de 2013, aparece una pérdida del poder de compra, -0,6%, que se acentúa en 2014, -4,8%. La tasa de salario real en la industria, expresada en pesos, después de un fortísima caída en 2001, aumenta hasta el 2007, tiende luego a estabilizarse hasta el 2010, crece luego moderadamente hasta el 2012 y después cae. La evolución de la tasa de salarios expresada en dólares es diferente, sobre todo a partir de 2007. Con la explosión del plan de convertibilidad en diciembre 2001  y la maxidevaluación que fue su consecuencia, la tasa de salario cayó fuertemente pasando del índice 100 en 2001 al índice 30 en 2002. La evolución de la tasa de salario en dólar es paralela a la tasa en pesos hasta 2007. Las dos aumentan aproximadamente al mismo ritmo. Con la aceleración del aumento de precios, la tasa de cambio real se aprecia fuertemente y las dos curvan tienden a converger hasta unirse en 2012. Las tasas de salario aumentaron pues alrededor de un 70% con respecto a sus niveles de 2001, antes del estallido del plan de convertibilidad. A menos de un aumento considerable de la productividad del trabajo, compensando tal alza, la competitividad no podía sino deteriorarse y como hemos visto la competitividad aumentó poco. La Argentina pierde entonces competitividad principalmente a causa de la apreciación de la tasa de cambio y, tras ella,  de la inflación que se hizo incontrolable.
 
MANUFACTURING WAGEN IN REAL TERMS AND …
 
 
En Brasil, el ascenso del salario mínimo es muy importante, como puede verse en el cuadro de abajo. Esto se explica por la política del gobierno y las particularidades de los mecanismos de indexación. El salario mínimo se indexa sobre el aumento de precios anterior y sobre las tasas de crecimiento de los dos años anteriores, a consecuencia  de lo cual si el crecimiento disminuye el aumento de salario perdura durante dos años.
 
TASA DE CRECIMIENTO DEL SALARIO REAL MÍNIMO
 
La tasa de salario real en promedio crece menos rápidamente en el sector manufacturero. Entre 2009 y 2012, es del 13% contra el 10% en la industria manufacturera. El costo horario de trabajo, incluyendo cargas, expresado en dólares, crece fuertemente como puede verse en el gráfico siguiente. En el 2012 asciende a 11,20 dólares, o sea poco menos que el doble del que se observó en México (6,36 dólares) y una buena tercera parte del encontrado en Argentina (18,87 dólares).
Se trata por cierto de promedios y es sabido que, como para la productividad del trabajo, ocultan diferencias muy importantes. Pero dan una idea de las diversas políticas salariales en los tres países. 
 
COSTO HORARIO DE TRABAJO…
 
 
4. Aumento del costo unitario de trabajo y pérdida de precios competitivos
 
La competencia preveniente de los productos importados es más rápida y se asiste a un  proceso de de-sustitución de importaciones: la línea de producción se corta en varios lugares y lo que ayer era producido localmente ahora es importado, salvo que se acepten menores tasas de rentabilidad. Es lo que ocurre cuando las empresas comprimen sus márgenes paras fijar menores precios para proteger su producción de la competencia internacional. Lo mismo vale para la exportación de productos industriales.
El efecto sobre la productividad es de hecho más complejo: la importación de segmentos de la línea de producción puede ser asimilado a una especie de capital saving: el valor de los bienes de equipamiento o de productos semi-elaborados importados baja y con ellos los costos de producción. Pero, dada la estructura del tejido industrial, el primer efecto predomina en general sobre el segundo, salvo en algunas ramas que pueden beneficiarse de intrants importados up to date a menor costo.
En total, el juego de las tres variables se traduce en un deterioro de la competitividad. En Brasil por ejemplo, la apreciación con respecto al dólar de la moneda nacional, el fuerte ascenso de los salarios (121% entre 2002 y 2012, vale decir un promedio anual de 7,1% contra 8% en China), el aumento muy débil de la productividad del trabajo (27%, o sea 2,2% en promedio anual entre ambas fechas), llevaron a un aumento del costo unitario de trabajo expresado en dólares de 158% siempre entre 2002 y 2012 según la BBVA[15].
Esta pérdida de competitividad es el resultado de una falta de política económica activa sobre la tasa de cambio tendiente a mantenerla depreciada. Sin esta, la política industrial, cuando existe, deviene o ineficaz, o incoherente. La apreciación de la tasa de cambio se traduce en una desindustrialización más o menos pronunciada según los países aquí analizados. Se la denomina precoz porque se produjo mucho antes de que afectara a los países avanzados[16]. Se desarrolló en Chile y Argentina en los años 1970 a 1990. Más allá de los éxitos de algunos sectores industriales como la aeronáutica, el automotriz (Brasil, México), la industria petrolífera (Brasil), etc., la desindustrialización se desarrolla en los años 2000 en Brasil y en México (en este último caso, sólo la industria dirigida al mercado interno es afectada) y después del 2011 nuevamente en Argentina. Las exportaciones de productos manufacturados disminuyen en términos relativos en Brasil, pasando del 53% del valor de las exportaciones en 2005 al 35% en 2012, en provecho de exportaciones de materias primas agrícolas[17] y mineras según la OMC y el IEDI. El aumento de la demanda interna no conduce a la expansión del sector industrial, sino al sensible aumento de las importaciones de productos industriales, de los que una parte más o menos importante proviene de China.
Al contrario de lo que a veces se ha escrito, esta desindustrialización se traduce en una reasignación de recursos en el seno del tejido industrial. Esto ocurre por la pérdida de peso relativo de ciertos sectores. Mientras más tecnologías sofisticadas utilizan más amenazadas de desaparición están, en provecho de sectores más tradicionales, con débil elasticidad de demanda con respecto al ingreso. Se lo puede constatar en Brasil. Como hemos indicado la pérdida de competitividad de la industria nacional explica que la misma pasara a ser deficitaria y cada vez más deficitaria en el curso de los años 2000. Pero lo más importante sin dudas es que la velocidad a la que el déficit se produce es correlativa al grado de sofisticación, tal como puede verse en los dos gráficos que siguen (fuente: Carta IEDI, n| 668, 2015).
 
BRASIL: BALANZA COMERCIAL…
 
 
La fuerte  devaluación de la tasa de cambio a comienzos de los años 2000 en Argentina protegerá a la industria nacional. La apreciación en términos reales del peso con relación al dólar es débil en un primer tiempo, se acentúa luego con la aceleración (oficiosa) del aumento de precios, como ya vimos. Esta moderación en un primer tiempo de la apreciación, así como el aumento de los ingresos generado por el aumento del empleo y los salarios va a permitir que la industria crezca a un ritmo elevado. Lo que ya no ocurrirá luego. El costo unitario del trabajo (en dólares) cae fuertemente en 2002 tras la mega devaluación del peso. Después aumenta. Según los trabajos de Damill M. y otros(2014), esta caída se explica en primer lugar por la fuerte devaluación, después por la caída en los salarios reales.  A partir del 2013 hasta el 2015 el aumento del costo unitario de trabajo se explica principalmente por la suba de los salarios, luego por la apreciación de la moneda frente al dólar, el aumento de la productividad del trabajo frena este incremento pero no lo suficiente como para invertirlo.
En México, los salarios reales son bajos y aumentan muy poco durante el período, el crecimiento de la productividad del trabajo es igualmente mediocre, dejando de lado ciertos sectores como el automotriz, la tasa de cambio se aprecia relativamente poco y su evolución durante los años 2000 es muy irregular, marcada sobre todo por una depreciación muy fuerte en 2009. Ya lo vimos. Existe también una paradoja entre la evolución del costo unitario del trabajo en la industria manufacturera (industria de transformación) y la persistencia de una balanza comercial negativa. El costo unitario del trabajo baja mucho, pierde catorce puntos entre 2009 y 2013, contrariamente a lo que puede observarse en las otras grandes economías latinoamericanas y el saldo negativo de la balanza comercial de los productos de la industria manufacturera disminuye muy poco (gráficos de abajo, BBVA, 2014).
 
    COSTOS LABORALES UNITARIOS….                                 SALARIO REAL PROMEDIO…
 
La explicación de esta paradoja reside en la escaza competitividad de la industria mexicana, resultado de una muy baja productividad media que no alcanzan a compensar la debilidad de los salarios reales y las depreciaciones a veces importantes de la tasa de cambios. Es lo que explica la incapacidad de México para resistir la competencia de China. Según las estadísticas oficiales, México importaba de China 0,36% de sus importaciones en 1986, 1% en 2000 y 16,4% en 2014. La relación entre sus importaciones  y sus exportaciones es del orden de 10 a 1, una elación que se mantiene a este nivel a lo largo de todos los años 2000: en 2000 México exportaba por 204 millones de dólares a China e importaba por 2,88 millardos de dólares; en 2010, exportaba 4.184 millardos de dólares e importaba 45.639 millardos; entre diciembre 2013 y diciembre 2014 exportó por 5.559 millardos e importo por 60.890 millardos de dólares de China. Como puede verse en el gráfico de abajo, el déficit comercial con China alcanza un nivel impresionante y solamente durante las fases de depreciación de la moneda (2008-2009 y a partir de 2013) disminuye ligeramente.
 
BALANZA COMERCIAL DE LA MANUFACTURA MEXICANA…
 
La competencia de China pasa a ser muy importante no solamente con referencia a México sino también con referencia a los Estados Unidos. Mientras que las exportaciones de México hacia los Estados Unidos bajan más de ocho puntos entre 2000 y 2014, pasando de 88,7% a 80,1%, las importaciones desde los Estados Unidos caen aún más pasando entre esas fechas de 73,1% a 49% (Monitor…, 2015). Ambas traducen la fuerza de la penetración de las exportaciones chinas: México exporta menos a los Estados Unidos en términos relativos porque sufre cada vez más la competencia de China, e importa menos desde los Estados Unidos porque importa cada vez más de China. Estos movimientos han llevado a que Dallagher y Duserl Peters (2013) retomaran los instrumentos de medición forjados a comienzos de los años 2000 por Lall para medir el grado de amenaza directa cuando las partes de mercado en términos de exportaciones de México caen a causa de la competencia China de manera absoluta, y parcial cuando aumenta con menos velocidad. Según estos autores  el 95% de las exportaciones de México hacia los Estados Unidos está bajo amenaza total (directa y parcial) en 2011 en tanto que dicha amenaza estaba evaluada en 36,8% en 2000. Los efectos de esta amenaza pesan sobre las industrias exportadoras de tipomaquiladoras (ensamblaje)[18], pero la competencia china principalmente tiene efectos destructores sobre el tejido industrial. También puede considerarse que el peso de la industria aumenta en su conjunto, a diferencia de Brasil, mientras baja el peso de la industria dirigida al mercado interno, al igual que Brasil. Hay una creciente amenaza por el lado de las exportaciones que todavía no se traduce en una desindustrialización, hay una desindustrialización por el lado de las industrias cuya producción está dirigida al mercado interior que se traduce en crecientes importaciones y el consiguiente déficit con la China.
 
II. Más sobre la globalización y sus relaciones con la pérdida de soberanía y legitimidad
 
La globalización por arriba cuestiona la soberanía de los Estados…
 
Como se ha visto, no es posible comprender las nuevas vulnerabilidades sin tener cuenta el contexto mundial. La globalización genera una disminución de la soberanía de los Estados. Los Estados, los gobiernos eventualmente, tienen cada vez menos la dominación de su política económica a medida que se profundiza la globalización[19]. Oficialmente, los países latinoamericanos no han perdido áreas de soberanía tan importantes como los países de la zona euro, salvo Argentina con el Plan de Convertibilidad en los años 1990. Pero en los hechos, los países latinoamericanos tienen cada vez menos el control de sus políticas. La pérdida de soberanía se manifiesta en:
1) Una mayor dependencia del ingreso de capitales para “cerrar” la balanza de pagos, lo que genera simultáneamente la necesidad de elevar las tasas de interés con respecto a las de los países avanzados (Brasil es en éste aspecto un ejemplo caricaturesco) perdiendo así un grado importante de libertad en cuanto a la política monetaria;
2) un “dejar hacer” a nivel de la política cambiaria, el interés de los accionistas y acreedores extranjeros presiona a favor de una apreciación de la tasa de cambios en razón del aumento del valor en dólar de los dividendos y de los intereses pagados, sumándose a las presiones de los gobiernos deseosos de frenar la suba de precios gracias a la importación de productos a un precio menor en moneda local;
3) Una “reencontrada” dependencia frente a la exportación de productos primarios. Dado que la apreciación de la moneda nacional genera desindustrialización, salvo políticas económicas en sentido contrario que cuestionen tal apreciación, el déficit de la balanza comercial de productos industriales no puede ser cubierto sino es mediante una mayor reprimarización de las actividades económicas, sólo posible si las cotizaciones de las materias primas y los volúmenes intercambiados siguen aumentando. Esta nueva dependencia engendra un segundo efecto que podría denominarse efecto cremallera o también efecto trinquete (sobre éste punto, ver Salama P., 2015). Alcanza los gastos públicos, cuyo aumento a veces fue posible gracias al aumento de las recaudaciones fiscales provenientes de la explotación de las materias primas. Con la disminución del valor de las exportaciones de materias primas, las recaudaciones fiscales son menores, lo que puede llevar a una reducción del gasto público, como ha ocurrido con frecuencia en México. Es mucho más difícil achicar los gastos públicos que aumentarlos, y la reducción tiene conocidos efectos recesivos. Hay pues un efecto trinquete, de ahí el término cremallera evocando un tren con cremallera. Éste último mecanismo ha sido poco analizado, los economistas han insistido sobre todo en los efectos negativos del aumento de las cotizaciones (la enfermedad holandesa). Se trata sin embargo de un mecanismo análogo a la ley de Wagner (las leyes se apilan y con ellas los compromisos de gastos, sin que las últimas eliminen las anteriores). Las razones son simples: con el aumento de las cotizaciones y los intercambios, los gastos públicos se incrementaron y las necesidades así satisfechas no pueden ser fácilmente suprimidas, por razones de legitimidad muy frecuentemente. Con la caída, aumenta el déficit presupuestario y reducir los gastos para adecuarlos con el nivel de las recaudaciones acentúa el efecto recesivo, aumenta el déficit en porcentaje del PBI y puede ocasionar dificultades políticas.   
4) Ya no es posible pensar la industria en general, y más especialmente las tecnologías de la información y de la comunicación, sin referirse a la demanda mundial, pues las dimensiones de la oferta óptima sobrepasan ampliamente las de la demanda nacional, incluso en el caso de un país como Brasil con una población que supera los 200 millones de personas. Y éstas son las técnicas, así como los numerosos sectores industriales  y de servicios que las utilizan, que tienen futuro e inserción positiva en la economía mundial, simplemente porque su elasticidad de ingresos con relación a la demanda es mayor que para los productos tradicionales. Pero como hemos visto, en los productos sofisticados es donde el déficit entre las importaciones y las exportaciones aumentaba más. Ya no es posible asimismo pensar la industria sin referirse a la dispersión internacional de la cadena de valor, resultado en parte de la evolución de las tecnologías. Pero los países latinoamericanos de conjunto tienen poca participación en este proceso, a excepción del sector automotriz para México con los Estados Unidos y Japón y para Brasil con Argentina. De estas dos consideraciones se desprende que ya no es posible tener un tejido industrial completo y es entonces necesario escoger entre las ramas que serán “elegidas” y las que serán abandonadas. Una política industrial, acompañada con una política cambiaria, solo puede impulsar algunos sectores.
 
Con la globalización, la capacidad de las grandes empresas para “contornear” el derecho cuestiona a los Estados
 
La globalización conduce pues a una limitación de la soberanía de los Estados, que tienen menos control de sus políticas económicas que anteriormente, más aún porque el poder de las grandes empresas frente a los gobiernos se incrementó. Los gobiernos tienen cada vez más dificultades para regular sus relaciones con las grandes empresas, tanto a nivel de la fiscalidad (optimización fiscal a escala internacional), como a nivel de las condiciones de trabajo y por esta razón se someten frecuentemente a sus exigencias. Por tanto, es preciso plantear la cuestión del Poder no solamente frente a los Estados sino también frente a las muy grandes empresas generalmente internacionalizadas.
No es posible pensar el Estado sin pensar la Nación. La constitución del uno pasa por la de la otra. No se trata de una cuestión de anterioridad (primero la Nación y luego el Estado, o a la inversa), sino de una relación dialéctica que los une, los refuerza o los fragmenta. La Nación es el lugar primario de acción del Estado, es también su perímetro de legitimación, de allí la fuerza que pueden tener a veces los discursos nacionalistas. Lo que distingue a los Estados de las grandes empresas internacionalizadas, es que éstas no buscan  legitimidad alguna, ni siquiera limitada. En las Naciones receptoras, deben por cierto concertar con las fuerzas sociales existentes, pero este problema es diferente del que plantea la búsqueda de legitimidad. Con la globalización, en su relación con las grandes empresas el Estado nacional pierde fuerza. Las grandes empresas multinacionales están menos limitadas por las exigencias de los Estados nacionales y pueden escapar con más facilidad que las empresas nacionales a las reglas de juego de la cohesión social. La optimización fiscal gracias a los paraísos fiscales, la optimización de la gestión de la mano de obra gracias a las deslocalizaciones, permite incrementar la productividad sin preocuparse por los costos sociales que tales políticas acarrean. La China, Bangladesh, México, etc., pasaron a ser así los “talleres del mundo”. Las firmas multinacionales se han instalado en esos países, o buscan subcontratistas locales para producir en condiciones indecentes mercancías al menos costo posible, sin respeto por la seguridad de los trabajadores y el medio ambiente. A pesar de ser legal, esto origina un contorneo del derecho en los países avanzados y mañana en los emergentes que viola las reglas del juego democrático. Dicho de otro modo, producir en estos países en las condiciones impuestas a los países menos avanzados viola el código de trabajo[20] y por eso está prohibido, pero hacerlo en otros lugares en los que el código de trabajo es menos riguroso está permitido. Este simple ejemplo permite ver hasta qué punto lo legal se apoya en lo ilegal, en qué medida lo ilegal es lo que hace posible sustanciales ganancias y que en definitiva el límite entre ambos y lo prohibido están excluidos del lenguaje de la economía y de los negocios. Al final, la frontera entre lo ilícito y lo lícito se confunde. Lo legal se apoya sobre lo ilegal, lo ilegal está en la base de sustanciales ganancias para las grandes empresas internacionalizadas.
Así, la globalización por arriba hace que el Estado pierda parte de su perímetro, la Nación pasa a ser porosa, ya no es más el piso sobre el cual puede actuar en el conjunto de los terrenos que le permitieron construirse en el pasado. Los mecanismos de legitimación son muy afectados. El Estado se encuentra entonces minado de tal modo que la porosidad de la Nación lo afecta y él mismo deviene poroso. Las grandes empresas, fortalecidas por sus crecientes incidencias sobre las naciones a nivel mundial tratan de someter a los Estados, buscando cada vez más incidir sobre las decisiones jurídicas de los Estados cuestionando determinadas leyes dictadas que no les convienen y recurriéndolas ante tribunales de arbitraje.  
 
La globalización por abajo cuestiona la legitimidad
 
La globalización por arriba, la de los intercambios macroeconómicos, convoca a una globalización por abajo, las de los hombres y sus actividades de supervivencia. ¿Cuál es la frontera entre lo legal y lo ilegal, entre lo lícito y lo ilícito, entre el trabajo formal y el informal, en definitiva entre lo formal y lo criminal, cuando se desarrolla la globalización?
El Estado nacional se debilita con la pérdida de su nación. La globalización por abajo, la de la vivencia de los individuos, mezcla lo lícito a lo ilícito y las fronteras  de jure de los Estados resulta igualmente afectada. El Estado deviene poroso: pierde el control de una parte de su territorio en provecho de poderes de facto, sean éstas entidades institucionales u organizaciones criminales. Pierde el control de la frontera entre lo lícito y lo ilícito, límite que pese a ser dictado por el Estado ya no es aceptado como tal.
De un modo general, la informalidad tiene dos orígenes en los países en desarrollo, y más particularmente en América latina: 1) en el primer lugar resulta de relaciones de producción específicas: el autoritarismo-paternalismo predomina en el campo y tiende a reproducirse con la migración de los campesinos hacia las ciudades. El empleo asume entonces aspectos de favor, sobre todo en las pequeñas empresas, haciendo que quien encuentra un empleo se sienta obligado ante su empleador. Éste no tiene necesidad de declararlo, lo sub-paga y le impone condiciones de trabajo consideradas indecentes, en abierta violación del código de trabajo. La contrapartida de este autoritarismo es el paternalismo, el empleador tiene la obligación “moral” de ocuparse de su empleado cuando éste se enferma. El hecho es que con la generalización de las mercancías y la expansión del capitalismo, esta contrapartida progresivamente desaparece y queda entonces el aspecto informal, ilícito frente al código de trabajo, de la seguridad y el fisco; 2) cuando la tasa de inversión no es suficientemente elevada, cuando el crecimiento demográfico, la migración del campo a las ciudades, son altos, las empresas no pueden ofrecer empleos formales en cantidad suficiente, salvo que una política social favorezca, gracias a exenciones en las cotizaciones la formalización de lo informal, como pudo observarse en los años 2000 en Brasil. No hay pues sector informal en sí y dualismo, sino un entrelazamiento de actividades formales e informales que se apoyan unas sobre las otras y recíprocamente. 
Con la globalización, lo que aparece como legal en un caso es ilegal en el otro. De lo que se derivan complejas relaciones: 1) importación legal de productos fabricados en condiciones laborales legales (salarios, duración del trabajo, manipulación de sustancias peligrosas, seguridad) que en el país receptor son consideradas ilegales; 2) exportación de productos como contrabando para no pagar tasas, modificando la documentación que acompaña a las mercancías, de manera que lo que llega no es lo que se anuncia. Esto está evidentemente acompañado de corrupción a diversos niveles (aduaneros, policiales, políticos); 3) compra de productos piratas luego exportados[21], etc., y finalmente, como hemos visto, sortear la legislación de un país gracias al estallido internacional de  la cadena de valores por las grandes empresas que multiplican las deslocalizaciones para optimizar las ganancias. Las fronteras pasan a ser lábiles.
La confusión entre lo ilícito y lo lícito aumenta a medida que avanza la globalización. Ésta aproxima países con distintos códigos. Y la interiorización de esta frontera por individuos en situación objetivamente ilícitas, poco a poco desaparece. Lo ilícito pasa a ser subjetivamente considerado legítimo, percibido como normal, y adquiere de hecho cierto estatus de legalidad. Como las sociedades están lejos de ser inclusivas y muchas personas no se reconocen en el Estado, ausente o con una presencia insuficiente en toda una serie de servicios públicos, incapaz de hacer reinar el derecho de manera universal, de perseguir los crímenes, frecuentemente en connivencia con el narcotráfico, las poblaciones directa o indirectamente afectadas por la informalidad no pueden comprender en razón de que sus empleos o sus compras son ilegítimos por estar prohibidos.
Esta globalización por abajo no significa ausencia de códigos, de reglas a las que es preciso someterse. En los países de la periferia, el trabajador informal debe obedecer a ciertos códigos no escritos (por ejemplo, a quién pagar y cuanto pagar para poder continuar con su actividad ambulante). Las organizaciones a las cuales los informales deben pagar para estar protegidos, están estructuradas y son de hecho sustitutos del Estado. Sin embargo, el Estado legal, el poder de jure no desaparece en beneficio de estos poderes de facto. En efecto, estas organizaciones están en contacto con los Estados, las municipalidades, los representantes de la autoridad pública (policías, representantes electos) por la vía de mecanismos de corrupción-clientelismo, reveladores de los complejos lazos que unen lo lícito y lo ilícito.  El poder de jure es sustituido en ciertos barrios por el poder de facto, y es éste quien cumple, aunque sea mínimamente, esas  funciones, que el Estado nunca pudo cumplir o que dejó de cumplir debido a las políticas liberales adoptadas. Estos sustitutos del Estado son efímeros, amenazados por la aparición de competidores, que a veces puede dar lugar a un incremento de la violencia cuando aparecen organizaciones estrictamente criminales (narcos, secuestradores, etc.). Pero en tanto que sustituto parcial del Estado, sea cual fuere su respaldo (tal o cual organización), estas organizaciones no pueden existir sino es en relación con el Estado legal. Y el Estado saca provecho, en términos de dinero y financiamiento de campañas electorales, pero también en términos de paz social (tales organizaciones aseguran la paz en aquellos barrios en los que no puede ingresar y/o permanecer de un modo permanente). 
 
Conclusión
 
En este nuevo contexto global pueden comprenderse lo límites de las intervenciones gubernamentales: pérdida de soberanía, crecientes dificultades en términos de legitimación. Las trampas en que se encuentran los gobiernos están ligadas a las vivencias de esta globalización. Controlar la globalización es una tarea difícil, pero no imposible.
En América  latina, para toda una serie de productos, las imposiciones externas pesan cada vez más en la forma de prerrequisitos en términos de competitividad. Habiendo cambiado las condiciones con la liberalización de los intercambios, para un conjunto de productos cada vez más importantes no puede concebirse el mercado interno independientemente del mercado externo. Un crecimiento motorizado por el mercado interno sólo puede realizarse si las condiciones globales de la competitividad son globalmente respetadas, sin lo cual el aumento de la demanda se traduce en un aumento de las importaciones (salvo que se preconice un proteccionismo duradero). Lo que en lugar de estimular el crecimiento, lo debilita aumentando las importaciones. Sin embargo ¿es posible salir de la trampa de la globalización mediante la expansión del mercado interno sin las ataduras de la globalización con sus imposiciones pero también sus ventajas?
La dinámica del crecimiento por medio del mercado interno requiere la satisfacción de siete condiciones: 1) un aumento importante de la productividad del trabajo que disminuya el costo de unitario del trabajo; 2) el cuestionamiento de la lógica de las economías rentistas que limita la tasa de inversión a una porción mínima;   3) una política activa apuntada a neutralizar la apreciación de la moneda; 4) una política fiscal que permita disminuir la desigualdad de ingresos y mejorar el poder de compra de la población pobre, vulnerable, y de las capas medias bajas (emergentes) y el financiamiento de servicios públicos de calidad (educación, salud…); 5) una política que favorezca el acceso al crédito de los pobres y las capas vulnerables; 6) una política industrial activa por parte del Estado dirigida a ayudar a los sectores de punta –y no al conjunto de la industria- que puede requerir medidas proteccionistas dirigidas y temporarias; 7) una política de integración regional más activa con el fin de aumentar la dimensión de los mercados (y en el caso de México, una reaproximación con las otras economías latinoamericanas). Que alguna de estas condiciones no sea satisfecha hace más aleatoria es éxito de una política de crecimiento arrastrada por la expansión del mercado interno.
La tercera condición ya no es actual y tampoco la apreciación de la tasa de cambios, pues hoy  la depreciación es real, importante y probablemente duradera. La misma no fue querida, sino decidida por los mercados y llegó un poco tarde, haciendo más difícil las posibilidades de un rebote y salir de la trampa de la globalización si no se respetan las otras seis condiciones.
Las actuales dificultades económicas expresan el agotamiento de los modelos de crecimiento de los años 2000 y la falta de preparación de los gobiernos  para enfrentar dificultades que eran sin embargo previsibles. Son dificultades de orden estructural que requieren medidas estructurales como las que hemos mencionado. Sin embargo, no hay soluciones técnicas a estas dificultades. Las salidas son de orden político. Estas medidas no se adoptaron antes porque provocan fuertes conflictos de intereses. La política frente a las tasas de cambio tenía sus lobbies,  el rechazo a la realización una verdadera reforma fiscal tenía los suyos, más o menos los mismos, etc. La desaparición (temporaria) de la restricción externa en los 2000 hizo menos urgente el recurso a estas reformas estructurales y se intentó sortear las contradicciones, hacer posible al mismo tiempo la disminución de la pobreza y la multiplicación de los millardarios. Esto se paga hoy. Además, si estas medidas se toman a medias o no se toman, muy posiblemente se impondrán las clásicas medidas de ajuste fiscal. La reducción del gasto público, la mayor liberalización de los mercados, caminos muchas veces adoptados en el pasado, terminarán cuestionando las débiles adquisiciones sociales de los años 2000 sin que, empero, pueda asegurarse su eficacia.
Así, la respuesta al Quo Vadis América latina depende más que nunca… de sacudones políticos para poner los mercados al servicio del Hombre y no los Hombres al servicio de los mercados.
 
Anexo 1
 
El sistema fiscal es profundamente regresivo y crece el peso de los sectores más ricos en la distribución del ingreso.
En América latina, y más particularmente en los países dirigidos por los gobiernos llamados progresistas, los salarios aumentaron más rápido que la productividad, el empleo informal bajó relativamente, disminuyó la desocupación, se incrementaron los gastos sociales y, desde hace una decena de años, disminuyó la pobreza. Pese a que las desigualdades de ingresos siguen siendo muy grandes, según las encuestas las mismas habrían bajado ligeramente en los últimos diez años, al contrario que en los países avanzados. Pero en base a estudios recientes se discute tal evolución: medida la desigualdad a partir de datos fiscales, no habría ni bajado ni aumentado, y  habría crecido tanto el peso de los más ricos y de los más pobres en el ingreso global… Y con  los remezones de la crisis de 2014, los positivos resultados obtenidos están seriamente amenazados desde el 2015.
El estado de situación: hay dos maneras de medir la distribución; la denominada “funcional” se refiere a las ganancias y a los salarios, la llamada “personal” se refiere a los ingresos percibidos por las personas o los hogares. Aquí trataremos la distribución personal.  En América latina las desigualdades son muy altas, tanto las concernientes a los ingresos como las referidas al patrimonio. Nos limitaremos acá a las primeras. Entre muchas mediciones, la más frecuentemente utilizada es el coeficiente de Gini, o simplemente Gini. Sin embargo, con un mismo valor de Gini se pueden tener diversos perfiles de desigualdades, según la curva de Lorenz: por ejemplo, cuando el aumento de la parte correspondiente a los primeros deciles es compensada por la disminución de los deciles siguientes. Esto explica que se utilicen complementariamente las relaciones entre los deciles de los más ricos y los deciles de los más pobres o, de manera aún más sofisticada, los indicadores de polarización de ingresos (Cepal, 2014).
Entre 2003 y 2013, en una escala de 1 a 100, en Argentina el Gini pasa de 51,9 a 41,6; en Brasil de 58 a 52,4; en México de 54,2 (2012) a 53,9 (2012); en Colombia de 56 a 54,9; en Bolivia de 70,4 a 47,6 (2012) (fuente Cepal, ob. cit.). La reducción es importante en algunos países, en otros es menor. Según la misma fuente, la relación entre el 40% de los hogares más pobres y el 10% de los hogares más ricos también baja más o menos fuertemente. En Argentina, entre 2004 y 2012 esta relación pasa de 21,7 a 11,9; en Brasil entre 2001 y 2013 baja de 32,1 a 18,2; en México entre 2002 y 2012 disminuye de 15,1 a 14,1; en Bolivia entre 2002 y 2011 de 30,3 a 12,1.
En el conjunto de América latina, la indigencia (pobreza extrema) y la pobreza bajan significativamente. En 2002 la Cepal estimaba que sobre el conjunto de hogares el porcentaje de hogares indigentes era el 19,3% y en 2014 el 12%; y entre las mismas fechas el porcentaje de hogares pobres pasó de 43,9% a 28%. Se trata de promedios que ocultan evoluciones diferentes según los países. Tomemos dos casos extremos, en Brasil entre 2002 y 2013 el porcentaje de hogares indigentes pasa de 10% a 5,3% y el de hogares pobres retrocede de 30% a 14,1%, mientras que en México entre 2001 y 2012 estos porcentajes pasan respectivamente de 9,1% a 10,4% para los hogares indigentes, o sea un leve aumento, y 31,8% a 29,9% para los hogares pobres, o sea una pequeña disminución (Cepal 2014, pág. 96, ob. cit.).
¿Qué es lo que explica la simultánea reducción de las desigualdades de ingreso y la disminución de la pobreza? ¿Se debe a una reforma del sistema fiscal? La respuesta es negativa. El sistema financiero no fue profundamente reformado. Se agregaron algunos impuestos, a veces se disminuyeron otros, y se multiplicaron las exenciones haciendo al sistema impositivo más complejo, más opaco aún y sobre todo más regresivo (Afonso J. R., 2014). En definitiva, creció la evasión fiscal (Piscitelli R. B., 2014). El Gini baja en promedio dos puntos si se consideran los efectos conjugados de los impuestos directos y las asignaciones monetarias, mientras que en los países avanzados disminuye de 10 a 15 puntos según los países. Esto se explica porque la parte de los impuestos indirectos es relativamente más importante que en los países avanzados. Estos impuestos son frecuentemente acumulativos (pese a la introducción del Impuesto al Valor Agregado en algunos países) y afectan al conjunto de la población. Los impuestos directos se caracterizan por muy pocos segmentos con muy débil progresividad y las muy frecuentes posibilidades de exención parcial al pago de impuestos beneficia más a las grandes Sociedades que a los hogares (Salama, 2012). Recientes estudios confirman y precisan un efecto positivo relativamente bajo de los ingresos netos y asignaciones monetarias. Birdsall y otros (2014) distinguen cuatro tipos de ingresos: 1) el  ingreso primario, o sea el conjunto de ingresos percibidos por los individuos, activos o inactivos; 2) el ingreso disponible, vale decir el ingreso primario menos los impuestos y más las asignaciones monetarias; 3) el ingreso post fiscal, es decir el ingreso disponible menos los impuestos indirectos netos de subvenciones y, finalmente; 4) el ingreso final que incluye una estimación monetaria de los gastos públicos en materia de salud y educación. En Brasil en 2009, las asignaciones condicionadas eran más importantes para los pobres (aquí menos de cuatro dólares PPA[22] por día) y los impuestos directos casi nulos, su ingreso disponible aumenta  (+33%), el de las categorías vulnerables (entre cuatro  y diez dólares PPA por día) también aumenta (+8,4%) mientras que el de los más ricos (más de cincuenta dólares PPA por día)  disminuye (-6,2%) en la medida en que éstos últimos pagan impuestos directos, y el de las clases medias (entre diez y cincuenta dólares PPA por día) se mantiene relativamente estable (+1,1%). La incidencia de los impuestos difiere mucho según los segmentos de ingresos. El ingreso post fiscal de los pobres aumenta un 15,1% con relación al ingreso primario o, dicho de otra manera, la diferencia entre el ingreso primario y el ingreso disponible es amputado a la mitad a causa del pago de impuestos directos. El ingreso post fiscal de las clases medias es amputado en un 14% y el de las clases ricas un 20,7% con respecto a sus respectivos ingresos primarios. Al final las desigualdades disminuyen ligeramente. Solamente cuando se considera el ingreso final puede observarse una fuerte progresividad en beneficio de los pobres y los vulnerables: este ingreso es 125,8% más alto que el ingreso primario para los pobres, 23,2% para las categorías vulnerables  pero de -6,6% para las clases medias y -19,7% para los ricos.
¿Y los gastos sociales? Aumentaron mucho en varios países pero su efecto inmediato sobre la distribución de ingresos es relativamente débil, excepto en el pago a los jubilados indexados según el salario mínimo, que aumentó mucho en algunos países como Brasil. En América latina los gastos sociales están conformados por los gastos en salud, en educación y en protección social (jubilados y pensionados, diferentes ayudas: asistencia, hábitat, etc.) a los que se agregan diferentes asignaciones monetarias dirigidas a las capas sociales más desvalidas. La diversidad de situaciones hace a veces difícil la comparación del peso de los gastos públicos en el PBI, los sectores considerados son frecuentemente diferentes y más aún porque algunos gastos  son incluidos entre los gastos sociales en algunos países y en otros no. El ejemplo más claro son los gastos referidos a la protección social: en México y en Chile, por ejemplo, el sistema jubilatorio es principalmente un sistema de capitalización, y las contribuciones ya sean no obligatorias o parciamente obligatorias, no están contabilizadas en los gastos del Estado sino en los de los hogares. A la inversa en un sistema de repartición, como es el caso de Argentina, Brasil, etc., las contribuciones obligatorias -por lo menos en lo que concierne a los empleos normales- dan lugar a prestaciones que están incluidos en los gastos sociales.
En el conjunto de América latina, la parte de los gastos sociales en el gasto público aumentó durante los últimos veinte años. En 1992-1993 se la estimaba en un 50% de los gastos públicos, en 2002-2003 en 63,4% y en 2010-2011 en 65,9%. Como paralelamente el peso del Estado en el PBI  de América latina se incrementó mucho, sobre todo en los países dirigidos por los gobiernos progresistas, el peso de los gastos sociales en porcentaje del PBI en promedio aumentó. En 1992-1993, se lo estimaba en 12,5% del PBI, en 2002-2003 aumentó a 15,6% y en 2010-2011 a 19,2%.
La magnitud de los gastos públicos en porcentaje del PBI no es igual en los diversos países. Según Lustig y otros (2013a), en el 2009 en Argentina representaba el 20,6% del PBI, en Bolivia 14,7%, en Brasil 16,2%, en México 10%. Cuando se descomponen los gastos sociales según sean destinados a asignaciones monetarias, a salud, educación y jubilaciones (ligadas a las contribuciones obligatorias) se observa una heterogeneidad muy marcada entre países. En 2009, los gastos en educación ascendían al 6,7% del PBI, 8,3% en Bolivia, 5,3% en Brasil, y 4,5% en México (2010). Los gastos en salud son 6,2% del PBI, 3,6% en Bolivia, 5,2% en Brasil y 4,5% en México (2010). Los gastos en salud son 6,2% del PBI, 3,6% en Bolivia, 5,2% en Brasil, y 3,1% en México. Las pensiones: 7,2% del PBI, 3,5% en Bolivia, 9,1% en Brasil y 2,6% en México. Adviértase la notable diferencia entre Brasil y México. Esto se explica por la existencia de dos sistemas jubilatorios diferentes. Cuando se consideran finalmente las asignaciones monetarias, en su mayoría condicionadas (obligación de que los chicos vayan a la escuela, de vacunarlos), conocidos con el nombre de Bolsa familia en Brasil, Oportunidad en México, etc., se observa que su peso en el PBI es débil y que también existen importantes diferencias según los países: en Argentina 0,8%, en Bolivia 0,7%, en Brasil 3,7% y finalmente en México 0,8%. Esta diferencia se explica esencialmente por la inclusión en estos gastos de los pagos de pensiones no contributivas equivalentes a un salario mínimo a los pobres del sector rural y a los discapacitados (bajo ciertas condiciones de ingreso y discapacidad).
– el impacto de los gastos sociales en la distribución de ingresos es inmediato y diferido. Inmediato porque las asignaciones monetarias condicionadas tienden a disminuir ligeramente las desigualdades de ingreso,  y porque las jubilaciones mínimas están indexadas a la evolución del salario mínimo en algunos países como Brasil, donde aumentaron  mucho. Al contrario de lo que suele decirse, la política asistencial ha tenido poco impacto sobre la magnitud de la pobreza debido a su escaso peso con respecto al PBI. Es el aumento de salarios sobre todo (41% en Brasil, 64% en México), el casi pleno empleo y el descenso de la informalidad lo que explican la reducción de las desigualdades. Finalmente, el impacto es diferido en la medida en que mejor salud, educación más prolongada y de mayor calidad constituyen las precondiciones para una mayor movilidad social, que mañana podría permitir que disminuyan las desigualdades de ingreso.
– el funcionamiento del mercado de trabajo es entonces lo que más explica la disminución de las desigualdades de ingreso. Los aumentos de salarios son, a la vez, el producto de decisiones políticas –la decisión de un fuerte aumento de salario mínimo, como en Brasil- y, paradojalmente, de la combinación de la inserción en una división internacional del trabajo cada vez más problemática y una oferta de trabajo cada vez más calificado. Más precisamente, la oferta y la demanda de trabajo tienen una evolución en tijeras en la mayoría de los países. La oferta de trabajo es cada vez más calificada gracias a la prolongación del tiempo de estudio; inversamente, la demanda de trabajo lo es menos debido a dos razones: a) La industria de transformación pierde importancia en términos relativos, el peso de las ramas caracterizadas por un bajo nivel tecnológico crece relativamente mientras que el de las de alta y mediana tecnología declina relativamente. Las empresas que utilizan tecnología poco sofisticada tienen a privilegiar los empleos no calificados o poco calificados, a la inversa de las otras; b) Los sectores de servicios y comercio, sectores naturalmente al abrigo de la competencia internacional, absorben cada vez más empleos y éstos, salvo algunos sectores, también utilizan más empleos poco calificados. De estas tijeras entre oferta y demanda de empleos resulta un proceso de desafiliación y desclasamiento. Un asalariado calificado que tiene un empleo que no corresponde a su calificación percibe un salario superior al que tendría si hubiese concurrido menos años a la escuela. Las personas con más años de estudio, en comparación con los que tienen menor escolaridad ganan ciertamente más, pero la distancia entre ambas categorías se reduce, excepto para los segmentos más altos.
La amplitud de la disminución de las desigualdades de ingresos hoy está siendo cuestionado por nuevas mediciones de las declaraciones fiscales, cuyo acceso a hasta ayer estaba prohibido o restringido a los investigadores. Estas mediciones revelan una sistemática subestimación de la parte de los más ricos en el ingreso nacional y, al contrario de lo que se dice, su parte aumentó tal y como ha ocurrido en los países avanzados. En Brasil, no solamente la parte en el ingreso de los 0,1%, del 1% y del 5% de la población es más alto de lo que indican las encuestas del PNAD[23], sino también que la distancia entre los ingresos de estas categorías es mucho más importante. La relación entre los ingresos de los 0,1% y el 1% es de 43,2 si se utilizan los datos fiscales y no 24,2 como cuando se toman los de la PNAD entre 2006 y 2012 por ejemplo (Medeiros M. y otros, 2014). En definitiva, las desigualdades de los ingresos son más altas de lo anunciado y es muy discutible su reducción. Parece pues que la reducción de las desigualdades es menor a lo anunciado, sino inexistente. Sin embargo la parte de los 30% y 40% de la población aumentó de manera significativa, lo que condujo a una pronunciada disminución de la pobreza relativa. Más que a una disminución de las desigualdades, se asiste sobre todo a una deformación de la curva de Lorenz: el 30% de la población más pobre experimente una mejoría de su nivel de vida y aumenta de la parte de sus ingresos en el ingreso global, pero lo mismo ocurre con los más ricos. En lo referido a los más pobres, la América latina se diferencia de los países avanzados pero en lo referido a los más ricos se aproxima, incluso en los países dirigidos por gobiernos progresistas. Se aumentaron los gastos sociales alentando así la esperanza que en el futuro estas sociedades sean más inclusivas. Pero habiendo optado en la mayoría de los casos por una reprimarización de sus economías, en detrimento de sus industrias, estos países están poco preparados para  la crisis de las materias primas y la sufren por lo tanto más severamente (Salama P., 2014). Así, su futuro se ensombrece y sobre todo crece el peligro de un aumento de la pobreza desde 2015. En cierta medida, los gobiernos, incluidos los progresistas, creyendo que la tranquilidad financiera aportada por el boom de las materias primas continuaría, no se prepararon para el futuro.  Existe el riesgo de que las consecuencias para los más vulnerables sean dramáticas.
 
 
Anexo 2: gráficos y estadísticas
 
 
 
 
 
 
 
           
 
 
 
 
 
 
Bibliografía
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Birdsall N., Lustig N., Meyer Ch. (2014): “The strugglers : the new poor in Latin America ?”, World development,  vol. 60, 132-146
Centro de Estudios China – México, UNAM: Monitor de la manufactura mexicana n°11, 2015,http://dusselpeters.com/; Gallagher et Dussel Peters (2013): “China economic effects an the US-Mexico relationships”, 13-25, en China and the new triangular relationships in the Americas
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Salama P. (2012): Les économies émergentes latino-américaines. Paris, Armand Colin, collection U.

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Artículo enviado por el autor para su publicación en Herramienta.
La traducción desde el francés es de Aldo Casas.
  
[1]  J.A.Romero Tallaeche, pág. 32 y siguientes.
[2]  A partir de 2002, Argentina experimenta un proceso de convergencia con las economías avanzadas. Pero si se consideran períodos mucho más largos, se advierte por el contrario un proceso de marginalización. Esto viene de lejos. Mientras que en 1913 el ingreso per cápita en Argentina correspondía al 65% del de Gran Bretaña, en 1945 estaba todavía en un 60% para pasar en 2001 a 39%. La comparación con el ingreso per cápita de los españoles es más elocuente aún: 393% en 1913, 290% en 1945 y 51% en 2001: el ingreso per cápita de los argentinos pasó pues del cuádruple de los españoles a poco más de la mitad.
[3] Comienza a existir una importante literatura referida a la desindustrialización precoz. Puede verse la bibliografía y un análisis más desarrollado en Salama P., 2012. 
[4] En América Latina, los gastos sociales comprenden los gastos en salud, seguridad social,  y las transferencias sociales y educación. Esta última no se contabiliza como gasto social en los países avanzados.
[5] Utilizamos aquí los términos globalización y mundialización como equivalentes. En un sentido estricto, sin embargo, la globalización está referida a las relaciones entre Naciones en tanto que la mundialización pone el acento implícitamente en  las relaciones entre Estados/Naciones y al hacerlo sobre las clases sociales.
[6] Ciertamente, podría destacarse que aproximadamente la mitad de las exportaciones mexicanas de productos industriales se debe a las fábricas de ensamblaje (“maquilas”). La deslocalización de actividades a México  –en la medida que solo se refiere a dos unidades de producción y raramente más- se corresponde poco o nada con el estallido internacional de la cadena de valor, que se refiere a “n” unidades que producen en “m” países.    
[7] Los servicios tienen que ver sobre todo con los servicios ligados al transporte, viajes, construcción, comunicación, seguros, servicios financieros, servicios informáticos, royalties. Los “nuevos sectores dinámicos”, servicios ligados a la construcción, la informática, los servicios personales y culturales, lasroyalties, etc., experimentan un fuerte aumento.
[8] Salvo en Argentina donde los movimientos de capitales son de poca amplitud luego de su exclusión de facto de los mercados internacionales tras la reestructuración unilateral de su deuda externa. La apreciación de la moneda en términos reales tiene otras causas.
[10] Esto se explica por los efectos no deseados de las decisiones de política  económica y las vacilaciones de los gobiernos en sostener un rumbo. Así, la suba en las tasas de interés con el propósito de disminuir el alza de precios, atrae capitales pero lleva a la apreciación de la moneda nacional, lo que incrementa las dificultades en términos de rentabilidad de la industria y favorece la desindustrialización y el paralelo aumento de las importaciones. A la inversa, la baja de las tasas de interés ya no actúa como estímulo para el ingreso de capitales especulativos, la ligera de preciación de la moneda puede favorecer las exportaciones industriales pero es fuente de una mayor inflación, lo que puede liquidar las ventajas perseguidas por la débil depreciación en términos nominales.
[12] Dado que la Argentina no adoptó el sistema de cambios flotante, se utilizan los términos devaluado-revaluado antes que depreciado-apreciado para la tasa de cambio nominal. Éste es fijo y su variación depende de decisiones públicas y/o de crisis financieras. La tasa de cambio real no es fija dado que éste depende del diferencial de precios. Puede entonces apreciarse o depreciarse.
[13] La tasa de cambio real multilateral pasa de 236 en 2002 a 216,3 en 2003 y se establece en una media de 226,3 entre 2003 y 2007.
[14] Y no el anunciado por el gobierno a partir de un nuevo indicador construido en 2007 que subestima la inflación.
[15] BBVA Research, documento de trabajo, marzo 2014, disponible en  https://www.bbvaresearch.com. Los datos disponibles son en general macro. Es preciso entonces cuidarse de conclusiones apresuradas, lo que puede notarse a nivel macro no lo es necesariamente a nivel micro, tal como indicamos anteriormente las discrepancias que disimulan los promedios de la productividad y los salarios pagados son mucho más importantes en los países emergentes que en los países avanzados. Pero sin embargo el proceso es el mismo aunque “sufra” de algunas excepciones en algunas ramas como el sector automotriz y la aeronáutica. 
[16] Más precisamente, pasado cierto estadio de desarrollo, es habitual constatar un descenso relativo del sector industrial en el PBI en provecho de los servicios sin que exista por ello una desindustrialización. En general se reserva el término desindustrialización a una caída absoluta en el valor agregado de la industria. No se la observa en Asia. Se la constata en la mayor parte de las economías avanzadas luego de las numerosas deslocalizaciones y la irrupción de la cadena de valor global.
[17] Los productos elaborados de la industria alimentaria son incluidos en el rubro materias primas agrícolas. Sin embargo sus pesos relativos son débiles con relación a la soja, al maíz, al trigo y al azúcar. A diferencia de las materias primas, los precios de estos vienen no se fijan en dólares, aunque el inercambio se haga en dólares. Esta distinción es importante, en efecto, para las materias primas, una depreciación-apreciación genera exclusivamente efectos en los ingresos en moneda local para los exportadores, mientras que para los otros bienes, es preciso tener en cuenta también los efectos precio.
[18] Hasta 2005, las exportaciones de las industrias ensambladoras (maquilas) eran contabilizadas como tales por México. Representaban 12,7 del PBI pero si se toma en consideración las importaciones necesarias para su producción, se obtiene una cifra mucho menor, aproximadamente 2,9 % del PBI. Según Romero Tellaeche (ob. cit.) esta proporción se mantuvo luego más o menos estable. Los efectos decluster son pues débiles y la integración modesta, lo que explicaría que el aumento de la apertura no tuviera los efectos de arrastre esperados sobre el crecimiento, que sigue siendo uno de los más mediocres de América Latina. Puede verse otra opinión en Carillo J (2013). Esta diferencia de apreciación puede explicarse parcialmente por el perímetro considerado, que hace más difícil evaluar debido a la generalización de medidas a favor de las industrias exportadoras que  terminan impidiendo ya no saber exactamente cuáles son las empresas consideradas. Si por ejemplo se introduce al sector automotriz en la maquila, entonces la parte de la integración es más importante, si se lo excluye so pretexto de que su producción está en parte dirigida al mercado interno, entonces el grado de integración de este tipo de industria baja y volvemos a encontrar los datos de   Romero Tallaeche. Es por otra parte tomando en consideración que tras la modificación de la reglamentación de 2006 todas las empresas que exportan pueden ser consideradas como maquilas que el US International Trade Commision (2011) considera que el grado de integración de México sería mal alto que el de China.
[19] En la zona euro por ejemplo, los gobiernos han perdido la posibilidad de decidir las tasas de cambio y las tasas de interés. La política presupuestaria pierde grados de libertad en la medida en que los presupuestos nacionales deben ser sometidos al examen de autoridades no electas con asiento en Bruselas, cualquier incremento del déficit superior al 3 % del PBI puede ser sancionado.
[20] No se trata solamente de las diferencias de salarios entre un país y otro, sino sobre todo de condiciones de trabajo indecentes (ritmos, medio ambiente contaminante para los trabajadores), degradación del medio ambiente. En estas cuestiones los ejemplos de China y México son emblemáticos. El desborde de ciertos niveles de tolerancia lleva a nuevas deslocalizaciones hacia países más “tolerantes”.
[21] Es interesante el ejemplo de los discos y DVDs piratas. Estos discos son vendidos a bajo precio para que puedan comprarlos personas de modestos recursos. Cuando las canciones o films tienen cierto éxito en este sector de la población, se transmiten por las emisoras de radio y televisión, se hacen conocidas y son compradas después por las clases medias a mayor precio  que el producto original o… pirata.
[22] Paridad de Poder Adquisitivo con respecto al dólar estadounidense.
[23]  Pesquisa Nacional por Amostra de Domicilios.
 
 
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