¿Cómo funciona la democracia representativa?

¿Cómo funciona la democracia representativa?

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Como funciona la democracia representativa

 

Democracia 8

 

 

 

¿Qué es lo importante, al momento de lograr una comprensión adecuada de una complejidad singular? ¿Las premisas de donde se parte, si se quiere, el paradigma desde donde se descuelga el pensamiento o el análisis? ¿Las conclusiones que se saca, después de aplicar, deductivamente, el paradigma, el método, en el campo de estudio? ¿O, mas bien, la descripción del conjunto del funcionamiento, de los engranajes, mecanismos, dinámicas, de esa complejidad singular? Se ha acostumbrado a entrabar el debate teórico en lo que respecta a las premisas y al paradigma. También se tiene la costumbre de insistir en el debate de las conclusiones, en lo que respecta a las llamadas ciencias. Si bien, ambos debates, no descuidan la descripción del conjunto del funcionamiento de un recorte de realidad estudiado, lo hacen para corroborar o contrastar las premisas o el paradigma, si se quiere, las hipótesis de partida; o, en su caso, para fortalecer las argumentaciones sostenidas en las conclusiones. Desde nuestro punto de vista, es, mas bien, la descripción de los funcionamientos de la complejidad singular lo más importante, sino, mas bien, en comparación, relativos, los papeles, en la configuración de la comprensión, de las premisas, el paradigma, y las conclusiones.

 

El valor, por así decirlo, del libro de Adam Przeworski, Qué esperar de la democracia, desde nuestro punto de vista, radica precisamente en la descripción de las problemáticas de las democracias representativas, a lo largo de sus historias singulares. No está tanto en las premisas o el paradigma, como hicimos notar en el ensayo sobre La Concepción inocente de la democracia[1], sino en la profusión de las descripciones de las formas y composiciones de esta democracia representativa, como anotamos en el ensayo Democracia representativa[2]. Las pretensiones del libro son, mas bien, teóricas o, si se quiere, analíticas, en el sentido de las premisas, también de las conclusiones. Ambas, premisas y conclusiones, son relativas, discutibles, incluso, débiles, si consideramos las historias del debate político, “ideológico” y teórico del tema. No nos interesa insistir en esto; lo que haremos, ahora, es comentar el alcance de estas descripciones del funcionamiento de las composiciones de la democracia representativa.

 

Una práctica vertebral de la democracia representativa son las elecciones. Przeworski sugerentes descripciones de las formas, las composiciones, las variaciones comparativas, los funcionamientos e impactos, de las distintas características de la organización electoral. Lo que muestra este análisis comparativo es que las elecciones no garantizan el autogobierno del pueblo, incluso en la forma como la asume el autor, de una manera restringida, en su forma representativa y delegada. Esta apreciación, que se va a convertir en una conclusión, se sostiene en el análisis descriptivo del peso del voto y de su impacto. Przeworski muestra que el voto de cada quien no tiene incidencia en los resultados masivos. Las tendencias regulares se terminan imponiendo, haga lo que haga el votante. Su voto termina legitimando lo que se da como estructura de la votación, una especie de perfil promedio de comportamientos. Entonces, podemos decir que, él y la electora se encuentran en un acontecimiento de grandes números, que no controlan.

 

Por otra parte, mediante las elecciones, no se imponen las mayorías votantes, el pueblo, o, como los nombra el autor, los pobres, sino, mas bien, otra vez, los ricos, las minorías privilegiadas. ¿Cómo ocurre esto, cuando es de esperar, por el sentido común, que las mayorías son estadísticamente más numerosas que las minorías? Przeworski muestra el papel de las influencias, de las distorsiones, de la educación, de los medios de comunicación, de las relaciones clientelares. En otras palabras, las masas votantes, sobre todo, él o la votante, individualizados, están atrapados en redes, que nosotros llamamos de poder, en sus variadas formas, redes, invisibles para las personas no involucradas en el manejo de estas redes, que terminan direccionalizando u orientando las tendencias masivas o los efectos masivos de las votaciones. Un ejemplo que da el autor es el de los lobbies de los sectores interesados, principalmente empresas, en el parlamento, buscando obtener aprobaciones de contratos, leyes, que les favorezcan. Entonces, una vez elegidos los representantes, escapan al control de sus electores, encontrándose “libres” de tomar decisiones propias, que vean convenientes. En esta misma perspectiva, muestra la función del dinero, sobre todo en las campañas, fuera de la corrupción, para comprometer a los partidos, aunque sean opuestos, a beneficiar los intereses de los grandes consorcios. Así mismo, presenta los estrechos márgenes de maniobra de los representantes, sean estos del mismo partido o de partidos contrincantes; también de los estrechos márgenes de maniobra de las autoridades y de los magistrados. Todo esto, sin alargar la lista de las redes que distorsionan e influyen en la conformación masiva de los resultados, no solamente merma las posibilidades de las elecciones, en lo que respecta a la realización del autogobierno del pueblo, en el sentido que le atribuye Przeworski, sino también manifiesta claramente que las elecciones no están tanto para realizar el autogobierno como para legitimar las estructuras jerárquicas dadas y heredadas.

 

Sin querer alargar la lista de estos mecanismos de distorsión, que presenta exhaustivamente Przeworski, además, en un análisis comparativo por países, incluso por períodos, vale la pena citar la distorsión o, mejor dicho, el condicionamiento del campo económico, para decirlo rápidamente. Muestra, por ejemplo, que tanto laboristas como liberales o, en su caso, incluso conservadores, terminan respondiendo a la misma estrategia económica, variando, además de los discursos, en ciertas connotaciones; por ejemplo, en lo que respecta al Estado de bienestar; en su defecto, al libre mercado o la empresa libre. En lo que respecta a los conservadores, a las garantías de la propiedad. Este condicionamiento, que llamamos, simplemente, sin entrar en honduras, económico, muestra que la “ideología” está para convencer, como antes, en la antigüedad, estaba la retórica; empero, no determina, al final de cuentas, la política económica. La diferencia radica, por lo menos, en ciertos períodos, en que los socialdemócratas, los laboristas, incluso los socialistas, consiguen más votos, atraen a la mayorías trabajadoras; sin embargo, el efecto práctico, es que logran legitimar una misma estrategia económica compartida, aceptando todas sus variantes.

 

Un tópico donde vale la pena detenerse es el de la participación. Ya hicimos conocer nuestra diferencia de concepción en lo que respecta a la participación con Przeworski. Teniendo en cuenta la concepción restringida de participación del autor, su análisis descriptivo muestra la incidencia limitada, exigua, de la participación.  En debate con Isaiah Berlin, Przeworski anota:

 

Sin faltar el respeto a Berlin, la participación no puede ser la razón para valorar el autogobierno. Ninguna regla de decisión colectiva, fuera de la unanimidad, puede dar eficacia causal a la participación individual. El autogobierno colectivo se alcanza no cuando cada votante individual tiene influencia causal en el resultado final, sino cuando la elección colectiva es el producto de la suma de voluntades individuales. El valor del mecanismo del voto radica en la posterior correspondencia entre las leyes que todos deben obedecer y la voluntad de la mayoría: la selección del gobierno mediante elecciones efectivamente maximiza el número de personas que viven bajo leyes que les gusta aun cuando ningún individuo pueda considerar esas leyes como resultado de su elección. Por lo tanto, si bien puede pensar que su voto no es efectivo, es probable que valoren la votación como procedimiento para la toma de decisiones colectiva, y hay pruebas espectaculares de que con frecuencia así lo hacen[3].

 

En otras palabras, en efecto, prácticamente, no hay pues participación. O es imaginario, formando parte de las “ideologías”, de los discursos políticos, con sus variantes, con sus convocatorias respectivas, o se asume como procedimiento para reproducir lo que no controla él o la electora, que son las formas de lo establecido, del statu quo. También, ambas.

 

Uno esperaría que después de este minucioso análisis descriptivo, Przeworski radicalice sus conclusiones; esto no ocurre. Se mantiene cauto, opta por una especie de pragmatismo condescendiente, aconsejando mejoras, que pueden considerarse técnicas, incluso reformas, para ir mejorando esta forma política de la democracia representativa. La crítica a las premisas, al paradigma, a las teorías que usa el autor de Qué se espera de la democracia, la hicimos en La concepción inocente de la democracia, la valoración de la descripción de la composición y el funcionamiento de la democracia representativa, la comenzamos en Democracia representativa; ahora, queremos seguir con esta valoración; pero también, comenzar con la crítica a sus tibias conclusiones.

 

¿Qué hace el pueblo, no solamente cuando vota, sino entre elecciones? Fuera de ser el referente de la legitimación, nombrado en los discursos, el pueblo tiene poca incidencia en las políticas formuladas por los gobernantes y legisladores, salvo en los momentos de crisis y de movilización, cuando el pueblo movilizado inclina la balanza, incluso produce trastrocamientos profundos, como las revoluciones. Incluso, en este caso, el autor dice que cuando se llega al partido único, el partido-Estado, se logra un control de las situaciones; sin embargo, reproduce la voluntad del partido, no del pueblo. Przeworski llega a decir que, comparando, los gobiernos democráticos y los gobiernos autoritarios, no se diferencian en lo que respecta a la toma de decisiones, al control de las situaciones, a la suspensión del pueblo, tome el nombre que tome, en lo que respecta a su efectiva participación.

 

Esta anotación de Przeworski tiene repercusiones. La pregunta que se nos viene es: ¿Con qué moral critican los autodenominados gobiernos democráticos, sobre todo de las potencias dominantes, a los gobiernos que califican de autoritarios, cuando lo único que cambia en el estilo de gubernamentalidad es el perfil, los procedimientos; empero, el fondo político sigue siendo el mismo; el mando de las jerarquías, la exclusión del pueblo?

 

Al estilo de las conclusiones de Przeworski, estas descripciones tan iluminadoras de lo que llamamos nosotros, juegos de poder, le llevan a decir que, a pesar de todo, la democracia representativa es lo mejor que se tiene o, dicho de otra forma, el mal menor, en lo que respecta a las formas políticas que se emplean para gobernar. El autor escribe:

 

Como lo expreso Bobbio, “¿Qué es la democracia sino un conjunto de reglas…para solucionar conflictos sin derramamiento de sangre?” Esto no significa que las elecciones sean siempre competitivas, ni siquiera sean libres y honestas, ni que el pueblo pueda siempre elegir sus gobernantes cuando vota. En la medida que las posibilidades electorales reflejan las relaciones de fuerzas físicas, las elecciones siempre se desarrollan bajo la sombra de la violencia. Pero, bajo esa sombra, hay paz[4].

 

Este pragmatismo condescendiente es una explícita renuncia a cambiar las reglas del juego, en el sentido, de cambiar el juego mismo del poder; en nuestro lenguaje, una renuncia a la potencia social, a la potencia creativa de la vida. Ciertamente no pasa solamente en este perfil de intelectuales académicos como Przeworski, sino también en intelectuales que se consideran críticos, hasta contestatarios, como los llamados marxistas críticos. Ni hablar de otros menos críticos, los de la izquierda tradicional, menos de los nacionalistas-revolucionarios. Todos comparten una renuncia, la renuncia a transformar, la renuncia a la potencia creativa. Todos, a su manera, cada quien, postulan prácticamente, lo mismo, en el fondo, una forma de poder, de estructura de poder, que no puede ser sino jerárquica y de dominaciones, aunque la forma que postulen adquiere semblantes más aparentemente democráticos o, en su caso, más aparentemente sociales o socialistas, en otro caso. Los marxistas críticos, al final de cuentas, proponen otro mundo posible, que solo alcanza a definirse como decrecimiento. Los demócratas, que les llamaremos honestos o de vocación, proponen mejorar los procedimientos y mecanismos de la democracia representativa, que usurpa las voluntades singulares, también entonces, la acumulación masiva de las voluntades singulares. Los nacionalistas-revolucionarios, creen que hacen la revolución cuando nacionalizan, para luego, con esta propiedad pública, seguir en el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente.

 

 

 

Una manera académica de ocultar las estructuras de poder

 

Alguien puede decirnos, con justa razón, que si bien hemos criticado al análisis de Przeworski sobre la democracia representativa, análisis, que, según nuestra interpretación, obvia lo más importante, las estructuras de poder; sin embargo, como exponemos en el segundo texto sobre el mismo tema, ponderación crítica de Qué se espera de la democracia, de todas maneras, todo el rato describe el autor relaciones de poder, distorsiones, influencias, debidas a las estructuras de poder, aunque no las nombre de esa manera.  Es cierto. Pero, precisamente, es aquí, esa manera de nombrar, esa manera de hablar, en vez de dominaciones, de funcionamientos distorsionantes del ejercicio de la democracia representativa, es pues una manera de ocultar las dominaciones, que adquieren permanencia, consolidación e institucionalidad, en esas formas, en esas reglas, en esas normas, en esas prácticas, de la democracia representativa.

 

Se trata pues de nombrar de otra manera al ejercicio de las dominaciones, a la efectuación del poder. Aunque se trate de estudios minuciosos, detallados, comparativos, que dibujan los cuadros, los escenarios concretos y singulares, los perfiles que adquieren en estados, regiones y el mundo, ayudando, entonces, a comprender mejor los funcionamientos de estas instituciones políticas, las conclusiones que sacan los investigadores, los intelectuales, son condescendientes con lo que ocurre, con – lo diremos con nuestras palabras – la usurpación de la libertad y de las voluntades de la gente, del pueblo, de los grupos, de los colectivos, de las comunidades, de los y las individuos. Por lo tanto, no tenemos por qué compartir ni sus premisas, tampoco sus teorías; así mismo, sus conclusiones condescendientes. Sin embargo, estas diferencias, que se expresan en nuestra critica, no tienen por qué desconocer los aportes investigativos, descriptivos y analíticos descriptivos.

 

En el apartado sobre Agentividad, Przeworski comienza con una reflexión sinuosa sobre la democracia representativa, que es para él la única forma de democracia viable, realizable, con todas sus limitaciones y contradicciones. En esta reflexión se dice que, de todas maneras, la democracia es un gobierno; en este sentido, también usa la fuerza y recurre a la violencia. ¿Qué es esto? ¿Qué expresa este enunciado? ¿Qué las sociedades humanas están condenadas a soportar dosis de represión, dosis de violencia, con tal que les dejen jugar a la democracia? Para movernos en lo que debería, según se espera, moverse la investigación, el estudio, la explicación académica, la pregunta es: ¿Es esto, lo que se dice, a propósito del gobierno que hay que soportar, un aporte al conocimiento? La pregunta a la pregunta tendría que ser: ¿Por qué tenemos que soportar un gobierno que, de todas maneras, reprime, usurpa, hace trampas? La pregunta epistemológica que le acompaña sería: ¿Por qué se dice que de lo que se trata es de aceptar como realidad el que se tenga que soportar un gobierno, una forma de gobierno?

 

No es pues, claramente, un aporte al conocimiento; es pura “ideología”. Sabemos que la “ideología” está para eso, para legitimar un orden, un statu quo, como dice el autor; para legitimar el poder, el Estado, un perfil de dominación jurídico-política. También sabemos que la “ideología” sustituye las relaciones sociales concretas, vitales, como si fuesen relaciones de cosas, relaciones fetichizadas; en el caso de la democracia representativa, como si se tratara de relaciones entre reglas, normas, instituciones, incluso, yendo más lejos, por el camino de la abstracción analítica, como si fuesen relaciones de números, magnitudes, indicadores, cuadros, comportamientos de curvas. Esto sin desmerecer la semiología de los datos; todo lo contrario; pues esta manera de usarlos, en términos de una inflación de lo que expresan, en términos de una transferencia de lo que significan en el universo de los números reales, incluso en la lectura de las formas de extensión e intensidad de los fenómenos, medidos por una cuantificación, al universo de los acontecimientos, que aparecen en el tejido espacio-temporal-territorial-social, trasladando una significación aritmética, por no decir, matemática, como si se mantuviera como tal en las significaciones histórico-políticas. En consecuencia, estas investigaciones, que valoramos por su capacidad descriptiva, terminan disminuyendo las posibilidades conmensurables, así también, no extraen las consecuencias de su propio análisis descriptivo, terminando en el uso recurrente de teorías esquemáticas y duales, llegando a conclusiones banales.

 

En este mismo apartado, el de la Agentividad, se evalúa el alcance del equilibrio de poderes, que caracteriza a la república. Como en los anteriores análisis descriptivos, es elocuente la descripción de este tema y tópico característico de la democracia representativa, de su institucionalidad, en el perfil de Estado de derecho. Przeworski muestra, en el minucioso análisis de los eventos, sucesos, formas de funcionamiento de la institucionalidad, que separa poderes, que establece contrapesos, para lograr el equilibrio en la composición del Estado, no hay efectivamente equilibrio. Que se establezca la división de poderes, que se separen sus tareas, en una especie de división de tareas políticas, donde el ejecutivo ejerce o ejecuta, el Congreso o legislativo legisla, la justicia juzga, no garantiza que, en los hechos, la división, la separación, se dé y se respete. Una mayoría congresal rompe el equilibrio, concomitancias entre ejecutivo, legislativo y poder judicial, rompe el equilibrio. Vasos comunicantes invisibles entre los miembros de los poderes, aunque sean de partidos diferentes, hasta encontrados, rompe el equilibrio. Al final, la clase política, aunque esté compuesta por jurados y declarados enemigos, tiene en común el ser representantes, mediadores, el tener la potestad otorgada de administrar el poder, de ejecutar, de legislar y de juzgar, encontrándose por encima de los gobernados, de los y las electoras; por lo tanto, también tienen el interés en preservarse como clase. Entonces hay más diferencia y distancia jerárquica de la clase política con el pueblo, que las diferencias al interior de la clase política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

[2] Ibídem.

[3] Ver de Adam Przeworski Qué se espera de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno. Siglo XXI; Buenos Aires 2010. Pág. 181.

 

[4] Ibídem. Pág. 199.

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