¿Dónde conduce el camino?

¿Dónde conduce el camino?

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Dónde conduce el camino

 

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El primer tomo de la novela En busca del tiempo perdido se titula Por el camino de Swann; la pregunta que viene al caso es: ¿Dónde conduce el camino de Swann? La novela comienza con las meditaciones del niño, el escritor cuando era todavía un niño. La descripción de su cuarto oscuro, sobre todo de la oscuridad del cuarto, que no es lo mismo. Oscuridad extendida de la noche, que se comunica con sus ruidos, el silbato del tren, que mide la distancia, como lo hace el canto pájaro, develando a la imaginación la extensa región abordada por el tenue espesor nocturno. El niño se acuerda que tenía en la mano un libro, se encuentra en el limbo, entre el mundo del sueño y el mundo real, todavía entremezclando las figuras de ambos mundos. Escucha los murmullos de las conversaciones, en el patio, están sus padres, su abuela, las tías, y la visita de Swann, al que tanto estimaban su abuela y sus padres. Desea que su madre venga a verlo, a darle un beso; pero, sabe, que este reclamo, aunque no sea dicho, la molesta. Incluso inventa una treta para llamar a su madre por medio de un mensaje que llevará Francisca, la empleada de la casa, tan impregnada en la casa y con la familia, que forma parte de esta institución, tanto arquitectónica como social, en su condición familiar. Empero, este ardid no resulta.

 

Este comienzo de la narración no está solo, mas bien, se encuentra acompañado, por multitud de comienzos posibles. La memoria se interna en el laberinto de los recuerdos y las sensaciones, que los sostienen. Puede ser ese comienzo u otros, puede ser esa habitación u otras; incluso, la alteridad, puede ser ese tiempo u otro. Puede ser la casa del abuelo en Combray o, mas bien, la casa de la Señora Saint-Loup en Tansonville. La memoria no tiene una relación lineal, no memoriza linealmente, para la memoria no existe el tiempo, como pensaba Henri Bergson, que concebía el tiempo como duración, como pasado, circunscribiendo la memoria a la actualización del pasado. En Proust, la memoria, es, mas bien, simultaneidad dinámica. Está en todas las partes, en todos los territorios, que han quedado, se han inscrito en sus espesores movedizos.

 

La que narra en la novela es la memoria; no se trata, entonces, de una escritura lineal, que respeta el tiempo, que transcurre en un movimiento que hace secuencial el pasado, el presente y el futuro. Es una composición entrelazada de tejidos, que se mueven en todos los tiempos, a la vez, por así decirlo, para ilustrar. Es la memoria la que permite las comparaciones, la que interpreta, en estas comparaciones, la que usa los recuerdos como códigos para otros códigos, usándolos como signos; pero, también como decodificaciones. Es el sustrato de la memoria y su intervención en la reflexión el que sitúa, el que logra situar la experiencia, que no llamaremos presente, por lo que dijimos, sino la coyuntura de la simultaneidad del acontecimiento. ¿Qué clase de acontecimiento es éste? Se trata del acontecimiento vital del cuerpo interpretando al mundo, y se trata, complementariamente del acontecimiento del mundo instalándose en el cuerpo.

 

Alguien preguntaría, con toda justeza y razón, ¿por qué entonces nombrar a la novela En busca del tiempo perdido? ¿Es un tiempo perdido para el escritor, pero, no para la memoria; por eso, busca el tiempo perdido para encontrarlo en la memoria, para recobrarlo en la memoria? Nos inclinamos por esta respuesta. A lo largo de la narrativa de la novela, vemos que el escritor se encuentra constantemente vinculado con los tejidos, con el conjunto de tejidos entrelazados de la memoria, que devela, mas bien, la simultaneidad. Si bien la narración se sitúa en distintos periodos, escenarios, contextos, amistades y relaciones, amores y celos, la narración también sitúa estos sitios temporales y contextuales concretos, en la complejidad de los tejidos de la memoria, que parece que serían, desde una interpretación de la novela, lo único real, para decirlo categóricamente.

 

Se puede decir, hasta cierto punto, que el primer tomo tiene como eje al itinerario de Swann, sus recorridos. Ahora bien, aquí hay varias connotaciones metafóricas. El camino de Swann es el camino por donde llega Swann a la casa, de visita. Es un lado de Combray, que tiene un paisaje particular, propio, distinto a otros paseos, que también tienen su personalidad, sus colores y formas propias. Así mismo, el camino de Swann connota la búsqueda de Swann; quién es, cuál es el otro mundo que esconde, al que no accede la familia; ese mundo que lo tiene atrapado a Swann. En tercer lugar, la metáfora connota los recorridos de Swann, sus historias, sus trayectos de vida, hasta quizás, mejor dicho, sus recorridos, los recorridos por el arte, distintos a los recorridos del amor, a los recorridos de los celos, a sus recorridos mundanos.

 

Por el camino de Swann, entonces, nos lleva por todos estos caminos, por todos estos recorridos; narra la experiencia del paisaje en el paseo por el camino de Swann, en el primer sentido. Narra las preguntas y las imágenes que deja Swann, una vez que se ausenta, dejando la visita; sobre todo, en las conversaciones de la casa, entre las tías, la abuela y los padres. Narra los destellos, como en un rompe cabezas, que dejan los pasos lejanos, los hechos extraños, que inscribe Swann en el mundo de París, que llegan como ecos. Estos distintos caminos de Swann también se entremezclan, se entrelazan, haciendo de la narración una trama densa, compleja, donde los distintos entramados se cruzan componiendo una novela que reflexiona sobre sí misma, sobre su propia complejidad desafiante. Los distintos recorridos tejen, por así decirlo, no solamente sus posibilidades abiertas, sino el mismo mundo compuesto por distintos planos y espesores de intensidad, entrelazados y en movimiento.

 

El perfil de Swann no se aclara en el primer tomo, en Por el camino de Swann, sino después, en los otros tomos; por el camino de Swann se camina, por los distintos caminos y recorridos, por así decirlo, en el entramado tejido del camino. Sera después, cuando se retome el amor de Swann y sus celos, como recuerdo y comparación con otros amores, el de su amigo, el amigo Roberto de Guermantes del escritor. Sin embargo, antes, en el primer tomo, aparece un perfil de Swan, dibujado por la historia de amor, no necesariamente recompensado, sino, mas bien, descompensado; un amor sufrido, más que placentero. Inhibido en sus cualidades, entregado a su amor y a sus celos Swann renuncia a su mundo, el de la nobleza, para instaurarse en el mundo de su amada, con quien, al final se casa.

 

La novela, que tiene distintas escalas, se retiene, en la narración, en ellas, en estas escalas, en sus espesores. Una de ellas, es la que corresponde a las historias de vida, que comprende también, la descripción de las relaciones no solo mundanas, sino también íntimas, de los personajes involucrados en esa parte del relato. La tarea, en este caso, de la narración, es descifrar estas vidas singulares, decir quiénes son estos protagonistas del drama cotidiano, interpretar el significado de sus vidas, sus relaciones, el decurso de sus destinos. Todo esto se hace, sin perder el contexto complejo del entramado del tejido. Por eso, la parte del relato, que corresponde a esta escala de las historias singulares, adquiere la tonalidad en la sinfonía completa, o, mejor dicho, su tonalidad resuena y compone, como parte de la sinfonía completa.

 

También, se puede decir, hasta cierto punto, que el primer tomo, corresponde a la historia de Swann, historia nucleada, en el drama de su amor. Sin embargo, esta narración, la que corresponde al camino de Swann, en el sentido de su propio itinerario, se encuentra ligada, entrelazada, a los otros relatos concurrentes. Haciendo que el propio drama amoroso de Swann se muestre en todo su espesor, no pueda ser interpretado como la historia lineal de un drama amoroso, sino como parte de los tejidos sociales, que al concurrir, de manera competitiva, terminan, internalizándose en las subjetividades, repitiendo la condición incompleta del mundo, desgarrado por la concurrencia de mundos menores. Haciendo, entonces, de los sujetos, que padecen la historia mundana, sujetos desgarrados, sujetos desdichados.

 

La novela En busca del tiempo perdido, no es pues una novela de costumbre, no es una novela que se mueve en el tiempo, sino en la memoria. No es una novela cuya lectura lineal nos llevaría de la mano en un viaje cuya trama responde a la estructura del mito, de la composición de figuración, configuración y re-figuración: principio, mediación y desenlace, el mito aristotélico, es decir, la trama. No es pues esta trama, que ha sido analizada por Paul Ricoeur en Tiempo y narración[1]. En todo caso, sería un entramado, donde las tramas, que lo componen, no solamente se entrelazan, hacen mutar la narración, los contextos y textos de la narración, sino que no culminan en ningún desenlace, sino, de manera muy distinta, en un aprendizaje.

 

Se habría aprendido de la memoria, en los viajes por los espesores, en la simultaneidad dinámica de la memoria.  Habría aprendido la reflexión, la búsqueda, que en todo caso, parece tener la forma de una retrospección, que parece lineal. Sin embargo, la reflexión tampoco es lineal, pues si lo fuera, no podría internarse por los laberintos de la memoria. Sino que emplea un método, por así decirlo, de análisis, que ausculta por tramos. Al final, la memoria y la reflexión se encuentran; no es que la reflexión adquiera la complejidad de la memoria; no puede, la complejidad de la memoria es mayor a la complejidad de la reflexión. Sino que se encuentran en un espacio-tiempo definible, que podríamos llamarlo conceptual, del saber, de la madurez, que se afincan en el substrato de la intuición.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ver de Paul Ricoeur Tiempo y narración; tomos I-III. Siglo XXI; México 1996. Paúl Ricoeur: Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI; México 1995. http://mastor.cl/blog/wp-content/uploads/2015/08/tiempo-y-narracic3b3n-i.pdf.

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