La concepción deportiva de la política

La concepción deportiva de la política

 

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

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Parece que es cierto lo que dicen los críticos de la globalización, asistimos al mundo de la banalización, del encanto estridente de lo superfluo. De las imitaciones desteñidas y sin gracia. De los juegos de abalorios, de la proliferación de los montajes y las simulaciones, la promiscuidad de lo artificial, convertido en lo importante, a fuerza de decretos y elocuencias demagógicas. La política, en sentido restringido, es decir, la política institucionalizada, parece sufrir escandalosamente de esta decadencia. Al parecer, a partir de un determinado momento, las luchas políticas, y no hablamos de las auténticas luchas políticas, por así decirlo, aquellas ligadas o correspondientes a la lucha de clases, sino tan solo de las luchas partidarias.  Es otras palabras, sobre todo a las luchas electorales, en el marco de la democracia liberal. Por lo menos, antes, de ese momento de decadencia, las luchas políticas no dejaban de ser “ideológicas”. Se hacía esfuerzos por argumentar y justificar la posición. Ahora, no. No hay tal esfuerzo ni esmero por argumentar; sino una desesperada y alborotada publicidad, adelantándose a descalificar, a denigrar, al considerado enemigo político. Para esto, no se requiere de “ideología”, que no la tienen, por lo menos, de manera consiente o asumida, sino de la presunción deportiva de haberse puesto la camiseta del partido. Entonces, como en todo equipo, los hinchas se fanatizan por el color y el nombre del equipo; pueden llegar a peleas en las graderías, defendiendo el honor del gran equipo; pueden odiar apasionadamente al otro equipo, al contrincante clásico. Todo esto, obviamente, no se basa en sólidas convicciones, tampoco, menos, en sólidos argumentos. Lo que si hay son pasiones. Es tan solo el tomar partido por los equipos, que no se diferencian mucho, salvo las en lo relativo a las ventajas comparativas de la presencia de mejores jugadores, de un buen técnico, de una mejor organización y administración, que otros equipos. De la misma manera, la lucha política se ha reducido a esto, a la competencia deportiva.

 

Unos, en este caso, el de la política restringida, los oficialistas, se declaran de “izquierda”, aunque no se sabe por qué, salvo las pretensiones, sostenidas por salir de las organizaciones sociales o haberse trepado a la cresta de la ola de la movilización social, donde no participaron. Declaran a sus enemigos de “derechistas”, que tampoco se sabe por qué, pues en relación a su concepción de poder y de gobierno, mas bien, se parecen mucho; repiten las mismas prácticas oprobiosas. Basta esto, el ponerse la camiseta de un color y ponerles la camiseta de otro color a sus enemigos, para considerar que lo que dicen y hacen es de “izquierda”, mientras lo que dicen y hacen los otros es de “derecha”. Puede que haya diferencias, sobre todo, a un principio de gobierno, respecto al comportamiento con la soberanía, con los recursos naturales, con los temas sociales, los derechos colectivos; empero, esto solo es una fase, la primera, cuando no es fácil desentenderse de la corroboración popular. Cuando se consolidan en el gobierno, en la medida que ya se ha instituido el color del equipo, el nombre del equipo, y se lo ha declarado por decreto, sino es por ley, de que es de “izquierda”, por orden institucional, no se tarda en hacer lo mismo que hicieron sus enemigos, el equipo de “derecha”. No salen del marco establecido por el orden mundial de las políticas monetaristas. Desnacionalizan lo que nacionalizaron, juegan a la bolsa, compran acciones; llaman a esto la continuación del “proceso de cambio”.  Mientras entregan concesiones mineras a las empresas trasnacionales extractivistas, en condiciones onerosas para el país. Se declaran “antiimperialistas” a voz en cuello, en tanto que le siguen entregando al imperialismo las materias primas; justo lo que quiere y necesita. Aunque lo hagan en condiciones que mejoran los términos de referencia del intercambio; pero, no en todos los rubros; solo en algunos. Por ejemplo, pueden mantener una política de mejorar los términos de intercambio en los hidrocarburos; empero, mantienen una compulsión entreguista y subordinada en lo que respecta a los minerales. Los llamados “antiimperialistas” siguen al pie de la letra las políticas y reglas impuestas por el sistema financiero internacional, en una etapa donde el capitalismo financiero es dominante y hegemónico en el ciclo vigente del capitalismo. Aunque se pueda aceptar ciertas diferencias, el hecho es, que ambos, los del equipo de “izquierda” y los del equipo de “derecha”, forman parte del poder, de la disputa del poder, de la misma concepción del poder, al que hay que conquistar; sobre todo, hay una profunda analogía en lo que respecta a la concepción deportiva de la política.

 

Uno se pregunta, si en esta proliferación de prácticas banales, de políticas de chatarra, los que gobiernan, también los que se oponen, los que emiten los discursos, las diatribas, creen en lo que dicen. ¿Creen realmente que está en juego la política, sus “ideas”, sus “convicciones”, incluso el destino del país, el destino de los desheredados y condenados de la tierra? ¿No ocurre, mas bien, que, de alguna manera, son conscientes, del propio desajuste, entendiendo que lo importante, lo real, para ellos, es el poder; no ocurre que asistamos a un teatro político, al escenario dramático de una supuesta pelea, cuando esto nada más es una representación para el público?  Mientras ellos, los que gobiernan hacen lo que se tiene que hacer; en el mejor de los casos, optar por el pragmatismo, el realismo político; en el peor de los casos, enriquecerse, convertirse, no solamente en la nueva elite, sino en la nueva burguesía, aquélla que está conformada por los nuevos ricos.  ¿Cuál de las dos hipótesis es la adecuada? ¿O son las dos al mismo tiempo, de una manera complementaria?

 

Comencemos con la siguiente reflexión, para responder a las preguntas. Ya se encuentran estos eventos, los relativos a la banalización generalizada, en plena época de la simulación, donde no importa si ocurre o no lo que se dice que pasa, sino que lo importante es que se crea que ocurre.  Ya estamos en la era de la banalización, cuando todo es cambalache, nada es consistente, ni tiene densidad, menos trayectoria. Todo es lo que dice el logo, todo es lo que dice la propaganda; no importa lo que sea; igual se consume, convencidos, los consumidores, por la imagen publicitaria. Ya estamos en la época de la concepción deportiva de la política; no importa lo que se haya sido en el pasado inmediato, si ahora te declaras partidario oficialista, ya eres de “izquierda”, y los otros son de “derecha”. No importa si desconoces la historia de luchas sociales, de las luchas de los pueblos, de las luchas de la vieja “izquierda”, también de la “izquierda” crítica, y el debate entre ambas; lo que importa es que ya se tienes puesta una camiseta, se diga lo que se diga, aunque lo que se diga suene a ultraconservador, ultra-prejuicioso, ultra-machista. No importa si lo que se dice, es muy parecido a lo que dice la “derecha”, solo con otros nombres y en otro discurso; lo que importa es que el equipo es de “izquierda”, tiene puesta la camiseta.

 

Todo esto, no solamente es banalidad, no solamente son los síntomas claros de la decadencia, sino, es, particularmente, la muestra de la impostura. De eso se trata, en el fondo, de usurpar imágenes, que vienen del pasado, de disfrazarse de los trajes de los héroes del pasado, disfrazar al gobierno de “revolucionario”, como si repitiera las acciones heroicas de revolucionarios del pasado.  No importa si es o no es así; lo que importa es que se crea que es así. La lucha política partidaria, fuera de su concepción deportiva, es un juego de imágenes, una concurrencia de imágenes. Lo que importa es que las imágenes se impongan, convenzan, que es así el mundo, que ocurre lo que expresan las imágenes.

 

Lo gracioso es que cuando exponen sus discursos, cuando dan lugar a esta actuación en los escenarios políticos, los protagonistas del melodrama hacen como si se las creyeran, asumen poses de dramática seriedad; acusan a la “derecha” de conspirar siempre; se asumen como “víctimas” de la conspiración. Se presentan en las elecciones sucesivas como los que resguardan las conquistas de la movilización, de la Constitución, de los pueblos oprimidos, cuando fue la Constitución la sistemáticamente vulnerada, fueron los pueblos, sobre todo indígenas, los damnificados, por una política desarrollista a ultranza, como lo hacían sus “enemigos” de “derecha”. Cuando desmantelaron sistemáticamente las conquistas sociales y desarmaron a las organizaciones sociales, convirtiéndolas en subordinadas y apéndices del ejecutivo.

 

Llegan a decir, como queriendo diferenciarse, que ellos, el gobierno de “izquierda”, no son como los otros, la “derecha” que entregó el país, sus recursos naturales, su soberanía, cuando lo que hacen efectivamente es dar concesiones a las empresas trasnacionales mineras e hidrocarburíferas. Cuando, en lo fundamental, en lo que respecta a la geopolítica del sistema-mundo capitalista, conservan la condición de dependencia, al expandir intensamente la economía extractivista, que es de herencia colonial. Si podemos hablar de imperialismo, después de imperio, del orden mundial capitalista, es por esto, por esta división del trabajo y de los mercados a escala mundial. Cuando en otro tema fundamental, están bajo la égida de las regulaciones del sistema financiero internacional. Lo único de “antiimperialismo” que tienen son sus discursos desgarbados, donde emiten un arenga “antiimperialista” trasnochada, correspondiente a mitad del siglo XX. Están lejos de entender que el imperialismo de hoy ha cambiado de formas, de contenidos, de estructuras, de expresiones. No luchan contra el imperialismo efectivo, presente, vigente, sino con un fantasma que habita sus cabezas.

 

Llegan a decir que no se guían en las encuestas para formular sus políticas y su estrategia de campaña, como acostumbra a hacerlo la “derecha”; dicen que tienen otra percepción. ¿Cuál es ésta? ¿La percepción popular, la percepción social, ésta que tiene que ver con la intuición subversiva cuando estallan las movilizaciones? No parece que sea ésta de la percepción que habla el discurso gubernamental; porque si fuese ésta la percepción, no estarían formando parte de un gobierno, menos de un gobierno populista, que reproduce las estructuras de poder del Estado-nación. La percepción de la que habla el discurso gubernamental no es, en primer lugar, percepción, que es la integración corporal de los sentidos, de las sensaciones, de la imaginación, de la razón. La percepción no se expresa en las formas de la razón abstracta, la razón fantasma; mucho menos, en las formas de un discurso político, reducido a demostrar las bondades de la campaña por la continuidad del gobierno y, en el gobierno, por la continuidad de las mismas figuras patriarcales.  Eso no es otra “percepción”, diferente a la “percepción” de la “derecha”. Se trata, mas bien, de la misma concepción del poder.

 

Todo lo que hacen, todo lo que dicen, fuera de manifestar elocuentemente su concepción deportiva de la política, forma parte de los juegos de poder. Llámense unos de “izquierda”, llámense otros de “derecha”, el participar de los juegos de poder los hacen equivalentes, complementarios, retroalimentándose como equipos opuestos del mismo juego de poder. Que se distingan en los discursos, en la camiseta, incluso en ciertas medidas, unas más apegada a lo social, las otras más apegadas al mercado, no los hacen tan distintos, pues estas diferencias se encuentran en los márgenes de maniobra, permitidos por la geopolítica del sistema mundo capitalista.

 

El problema es que todo o, mejor dicho, casi todo, en lo que respecta a la sociedad institucionalizada, se mueve reproduciendo estos juegos de poder, esta concepción y práctica deportiva de la política, esta proliferación de la banalización generalizada. El problema es que este ambiente o, mejor dicho, atmósfera de la globalización, de la cultura-mundo, regionalizada, nacionalizada, localizada, termina afectando al pueblo, a las organizaciones sociales; en parte, convenciéndolos, en parte, impresionándolos, en un  principio. Después, cuando llega el desencanto, mostrándoles que la realidad es esa, no la esperada, no la deseada, no la prometida, que hay que optar pragmáticamente por eso, por el mal menor, por aquello que, por lo menos, les recuerda por lo que lucharon, aunque no se cumpla.

 

Es un problema porque con esto, esta manera de dejarse atrapar, el pueblo, la sociedad institucionalizada, las organizaciones sociales, son precisamente, las que coadyuvan a reproducir la comedia, que ya no solo desilusiona, sino que arrastra al desastre a lo que un día fue un “proceso de cambio”. No se dan cuenta que fueron los movimientos sociales, la rebelión popular, el levantamiento de los pueblos, lo que desordenó el escenario del poder, que fueron estas fuerzas alterativas las que abrieron las grietas, las fisuras, después los cráteres, en la geografía del poder, que, también, fueron estas fuerzas las que levantaron, en la cresta de la ola, a estos comediantes, que al subirse a la cresta de la ola, terminan creyendo que es su propia fuerza, su propio liderato, sus propias atribuciones, los que los llevaron a la sima. Con esto, el pueblo, las organizaciones sociales, renuncian a su propia potencia social, delegando sus fuerzas capturadas, a los representantes del pueblo, aunque la movilización, cuando era efectivamente tal, no los tenía como representantes, ni como conductores, ni dirigentes, de la movilización misma. Es cuando la movilización anti-sistémica deja de ser tal, para convertirse en un conjunto de organizaciones sociales cooptadas, subordinadas, sin capacidad propia, sin autonomía, sin asambleas, sin bases; organizaciones manipuladas por una dirigencia sumisa.

 

¿A quiénes convencen estos malabarismos, estas prestidigitaciones, estas simulaciones, estas imposturas? Quizás, a un principio, incluso la mayoría popular haya creído, llevada por sus esperanzas; empero, cuando se hace evidente lo que no se puede ocultar; la regresión del “proceso de cambio”, cuando se institucionaliza, después de la sorpresa, no se convencen, no se auto-engañan, sino que, a pesar del desencanto, asumen una posición de apoyo, para evitar debilitar a los comediantes y fortalecer a los derrocados, la llamada “derecha”.  ¿Cuánto puede durar esto? En Argentina no ha durado más tiempo, sino hasta la culminación del gobierno de Cristina; no ha durado más tiempo en Venezuela, que desde nuestro punto de vista, fue de los “procesos de cambio” de Sud América, el más consecuente, el que más efectos materiales y de masa ha ocasionado. ¿Cuánto durara en Ecuador, en Brasil y en Bolivia? Por lo tanto, a los únicos que convence este discurso es a los convencidos, a la masa de aduladores y de arribistas, que acompañan la decadencia del “proceso de cambio”.

 

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-concepcion-deportiva-de-la-politica/

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