Una interpretación de la década

Una interpretación de la década

 

 

Raúl Prada Alcoreza

Una interpretación de la década

 

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La pregunta es: ¿Qué es lo que pasó? Hay que buscar la respuesta en los funcionamientos de la complejidad de la formación social, usando un concepto conocido, para no complicar la exposición. No como explica la teoría lo ocurrido, cualquiera sea ésta; mucho menos forzar una supuesta explicación desde las compulsiones dogmáticas de la “ideología”, cualquiera sea ésta. Entonces se trata de responder a cómo han funcionado los aparatos, los dispositivos, las instituciones, los imaginarios, las “ideologías”, en combinación con las prácticas, los habitus, las relaciones, las estructuras; además, en los contextos donde se dan procesos locales, nacionales, regionales y mundiales. No parece adecuado seguir pretendiendo explicar procesos políticos y sociales en la circunscripción nacional, como si hubiera solo una historia nacional, que hace de trasfondo a los hechos, sucesos y eventos. Hay historias, usando también un concepto moderno discutible, asociado a la idea de tiempo y de secuencia lineal; historias, en distintas escalas, que hacen a la constelación de historias de la mundanalidad. Hay que interpretar los procesos políticos y sociales, entonces, en las distintas escalas, teniendo en cuenta la perspectiva mundial.

 

Los procesos de cambio, desatados en Sud América, tienen que ver no solo con las crisis estructurales, a escala nacional, sino con la crisis generalizada a nivel mundial. La pregunta entonces es: ¿Por qué, a pesar de que la crisis es generalizada mundialmente, los procesos de cambio se dan solo en algunos países? La respuesta posible tiene que ver con las singularidades de estos países, donde se dan los movimientos sociales anti-sistémicos, que se prolongan y triunfan. Debemos buscar en estas singularidades la excepción de la regla, que en este caso, tiene que ver, hipotéticamente, con el mayor peso del conformismo que del inconformismo; con la mayor inclinación al desasosiego que a la actitud crítica e interpelativa. No es que unos pueblos tienen estas características y estos atributos y otros no lo tienen. Todos los pueblos contienen las condiciones de posibilidad de la predisposición a luchar, no solamente por sus derechos, sino por la vida. Lo que parece pasar es que, en determinadas condiciones, contextos, nudos de historias encontradas, de experiencias sociales y memorias actualizadas, emerge con mayor fuerza la predisposición a luchar, a activar, a la voluntad de transformación. En Venezuela, en Brasil, en Ecuador, en Bolivia, con menos intensidad, en Argentina y en Uruguay, ha pasado esto, en el periodo de movilizaciones, primero, después, en la etapa de gobiernos progresistas, de fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Al respecto, nos remitimos a los ensayos que se han ocupado de analizar e interpretar las coyunturas de los llamados “procesos de cambio” singulares y diferenciales de los países citados[1].

 

Resumiendo, con el peligro de simplificar, podemos decir, retomando panorámicamente lo expuesto en esos ensayos, que los procesos de cambio como que son catalizados por acontecimientos de movilización general o de largas resistencias y luchas sociales acumuladas. En el caso venezolano, podemos señalar que el Caracaso es un hito en la emergencia del proceso de cambio, que va adquirir el perfil político de la revolución bolivariana. En el caso de Brasil, si bien, la crisis social y económica, que desata el proyecto neoliberal implementado, empujando a movilizaciones sociales, es como el antecedente; lo que parece gravitante es, mas bien, la acumulación histórica de una larga experiencia y memoria social, que se nuclea en el PT, además de otras organizaciones sociales y colectivos activistas. En el caso ecuatoriano, parece que el catalizador son las luchas y movilizaciones de los pueblos y las naciones indígenas, además de colectivos activistas, que impulsan la defensa de los derechos indígenas y los derechos de la naturaleza, los derechos sociales y la soberanía sobre los recursos naturales; es, entonces, esta forma del proceso, lo que hace de catalizador de otro proceso de cambio singular. En el caso de Bolivia, el catalizador es la movilización prolongada anti-neoliberal, nacional-popular, descolonizadora, del sexenio 2000-2005; teniendo como substrato las luchas y las movilizaciones de los pueblos y las naciones indígenas-originarias. En el caso de Argentina, parece ser el detonante, esta vez, diferido, el costo social y económico del proyecto neoliberal implementado, convirtiendo en catalizador a movilizaciones sociales, como la de los piqueteros y cacerolazos, además de las movilizaciones de los damnificados por el “corralito”; movilizaciones sociales acompañadas, después, por una dilatada resistencia, mas bien, fragmentada y dispersa. En el caso argentino, el descontento social y político fue canalizado por la nueva versión nacional-popular del peronismo, el kirchnerismo, a diferencia de lo que ocurrió en Brasil, donde fue el PT, de tradición marxista. En el caso uruguayo, que se parece en la forma, con el caso argentino, teniendo en cuenta algunas analogías, acompañadas por diferencias; es donde el catalizador parecen ser movilizaciones también fragmentarias y un tanto dispersas; empero, canalizadas por el Frente Amplio.

 

Los procesos de cambio singulares, si bien, contienen estos detonantes y catalizadores diferenciales y propios, son seguidos por lo que se va venir en llamar, entre varios nombres que adquieren, gobiernos progresistas. En esta etapa gubernamental, es cuando adquieren más analogías y parecidos, estos gobiernos, a pesar de las diferencias mantenidas. Los gobiernos progresistas tropiezan con ciertos límites impuestos por la herencia de las mallas institucionales y por encontrarse dentro del sistema-mundo capitalista. Uno de esos límites, para resumir, es el de la dependencia económica, además de su ubicación en la geopolítica del sistema-mundo capitalista; en condición de periferias, en unos casos, en condición de potencia emergente, en el caso de Brasil, en tanto más allá de la periferia, pero más acá del centro, como es el caso de Argentina.  Otro de esos límites es impuesto por las estructuras de poder del orden mundial y por las estructuras de poder heredadas del Estado-nación subalterno o de Estado-nación de potencia emergente. Los procesos de cambio se traban en estos límites, sin cruzar el umbral. Al hacerlo, optan por administrar la condición dependiente en la geopolítica del sistema-mundo capitalista o, en su caso, en la condición de potencia emergente, por lo tanto, en las circunstancias del centro de la economía-mundo capitalista. Así mismo, optan por gobernar desde la misma maquinaria estatal, con algunas reformas en la fachada y menos cambios en la estructura estatal. Hay que reconocer que las tareas que se proponen son difíciles, por esta situación ambivalente, y llevan a contradicciones.

 

Como dijimos en otros ensayos, no compartimos las tesis de la teoría de la conspiración, tampoco, en consecuencia, el simplismo de explicar las contradicciones de los procesos de cambio debido a “traiciones”. Las historias políticas de los procesos de cambio son más complejas que la simple narrativa de tramas personificadas en figuras de líderes, caudillos, por un lado, y conspiradores opositores, por otro lado, con el trasfondo de la conspiración imperialista. Como dijimos también, no es que no haya conspiradores ni conspiraciones, sino que los procesos políticos no se explican por estos factores dramáticos, que convierten las historias políticas en dramas de protagonistas individualizados. Los procesos políticos son acontecimientos políticos, y es posible comprenderlos, analizando el acontecimiento, en la complejidad dinámica de multiplicidad de singularidades, articuladas e integradas. No se tiene que descartar el papel que cumplen los personajes de la política; sin embargo, es inapropiado convertirlos en los ejes de los procesos de cambio, salvo, se entiende, si se trata de “ideología” o propaganda.

 

En lo que respecta al proceso de cambio boliviano, que es lo que nos ocupa ahora, para resumir, con el peligro de esquematizar, el acontecimiento político, puede ser bosquejado, como aproximación, a partir de un conjunto de singularidades, si no son múltiples, lo que se hace difícil exponer en este ensayo; sin embargo, lo hicimos en otros ensayos. Hablamos, en primer lugar, de movimientos sociales anti-sistémicos y movilizaciones singulares diferentes, que se articulan en el decurso de las luchas, sin necesidad de conformar una coordinadora de movimientos sociales, que ha sido propuesta varias veces. En segundo lugar, otras singularidades tienen que ver con la radicalización de las movilizaciones dadas; que adquieren características autogestionarias, de autogobierno, de protagonismo de las bases, por lo menos, durante los momentos de intensidad de las movilizaciones, como cuando los relativos a los bloqueos. En tercer lugar, los desenlaces de la ofensiva popular y de las victorias sociales y políticas de los movimientos. A pesar de la contundencia de las victorias populares, como cuando se dio la guerra del agua y la guerra del gas, los desenlaces se dieron en la forma constitucional y por la vía electoral. Hecho que menguó el contenido radical de las movilizaciones; hecho que dio pie a que una de las expresiones menos radicales, mas bien, heredera del nacionalismo y de reminiscencias de la vieja izquierda, cobrara vigencia política y se convirtiera en la salida electoral a la crisis múltiple del Estado; hablamos del MAS. En cuarto lugar, la forma del proceso de nacionalización, sobre todo, de los hidrocarburos, que comienza con algo parecido a una expropiación a medias o, en su caso, de la mayoría de las “nacionalizaciones”, en compra de acciones, deriva en Contrato de Operaciones. Contrato que terminan desnacionalizando, sin retirar, empero, lo ganado en los términos de referencia, es decir, en el incremento significativo de los ingresos del Estado. Esta característica de las nacionalizaciones del siglo XXI, muestra claramente los límites del proceso de cambio y sus contradicciones. En quinto lugar, no por esto jerárquicamente el menos importante, sino al contrario, quizás el más importante, el proceso constituyente, que lleva a una Asamblea Constituyente contradictoria, dual, siendo originaria, por emerger de las entrañas de las luchas sociales, pero, también, derivada, por ser convocada por el Congreso. Una Asamblea Constituyente que logra aprobar una Constitución plurinacional, comunitaria y autonómica, a pesar de las difíciles contingencia y el contexto adverso de boicot y dilatación, efectuado por la llamada oposición “derecha”, aunque también por los errores sistemáticos de la conducción e interferencia del MAS. Sin embargo, la Constitución termina convertida en un texto de vitrina, un texto de propaganda para presumir, pero no para cumplirlo.

 

Estas cinco singularidades, sus correspondencias, sus entrelazamientos, terminan otorgando un perfil y composición singular al proceso de cambio boliviano. Se puede decir que se trata de un proceso de cambio en los límites del Estado-nación subalterno, a pesar de su autonombramiento de Estado plurinacional. Un proceso de cambio en los límites del modelo extractivista y del Estado rentista, a pesar de la nacionalización de los hidrocarburos y las reformas implementadas por el gobierno; reformas que no alcanzan a trastocar las estructuras de poder, ni las estructuras del Estado. De ninguna manera se dice que no hay diferencias con los gobiernos neoliberales anteriores; al contrario, se parten de estas diferencias, constatables; sin embargo, se anota que estas diferencias no son tan grandes como para separar definitivamente a ambas expresiones políticas, la neoliberal y la populista, de una concepción compartida del poder y del Estado, a pesar de las diferencias “ideologías” y discursivas. A pesar de los impactos positivos sociales de políticas del gobierno progresista y los impactos negativos sociales del proyecto neoliberal. El problema es, como dijimos antes, que, a pesar de las diferencias, hay más proximidad entre estas expresiones opuestas, que la proximidad esperada con la Constitución por parte del gobierno progresista, respecto a la cual parece, mas bien, alejado.

 

En el anterior ensayo, Balance sin evaluación[2], tratamos del balance económico de la década en cuestión (2006-2014); otra conclusión de la lectura de este ensayo podría ser: el perfil económico boliviano se encuentra en el límite del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, a pesar del impacto de la nacionalización y los esfuerzos, un tanto desarticulados, en la inversión autodenominada productiva. Un perfil económico, que se mueve en los límites de la dependencia, sin poder salir de este umbral, precisamente por haber expandido el modelo extractivista de la economía. Si bien, esta conclusión ya fue enunciada en los ensayos Bolivia: perfil económico y Plano de intensidad económico boliviano, decirlo ahora, después del ensayo del balance económico de la década, apunta más a una conclusión de evaluación que a una caracterización, como hicimos antes. Por otra parte, ayuda a retomar apuntes que hicimos anteriormente, cuando decíamos que la industrialización no se da automáticamente, como consecuencia de la nacionalización, sino que se requiere de otras condiciones de posibilidad históricas, como la masa crítica científica, como la transferencia de tecnología, como la revolución, en serio, de la formación educativa, no la demagógica, que ahora se implementa, como la adecuación y actualización a las tecnologías de punta, limpias y ecológicas, apuntando a una eco-industrialización y a una eco-economía o, mejor dicho, a una oikologia integral[3].  Que la independencia económica, es decir la salida de la dependencia, se da en el contexto de la integración de la Patria Grande.

 

Todo esto nos lleva a comprender que se trata de un proceso de cambio encajonado en los límites acotados, que, empero, no deja de ser reformista, en el buen sentido de la palabra; proceso de cambio también, contradictorio, restaurador, clientelar, como ocurre con “procesos de cambio” cercados en los márgenes de maniobra, que permite la geopolítica del sistema-mundo capitalista. No se trata de debatir, en la interpretación lineal del proceso de cambio, ¿qué hay que hacer?, ¿apoyar, apoyar críticamente u oponerse?, sino, en la perspectiva de la complejidad, preguntarse: ¿Cómo salir del círculo vicioso del poder recurrente, en toda la modernidad? ¿Cómo impulsar la emergencia de otros horizontes histórico-políticos-culturales? No se trata de creer que el activismo autogestionario excluye la comprensión de las diferencias de la gubernamentalidad populista de la gubernamentalidad neoliberal, sin la necesidad de obligarse a ningún apoyo o apoyo crítico, que puede darse o no, en el contexto de la decisión colectiva de auténticos movimientos sociales anti-sistémicos, como los de la movilización prolongada, no la farsa usurpadora de organizaciones sociales cooptadas afines al oficialismo.

 

Algo que no dijimos en el ensayo anterior, es que no se trata de inversión productiva y de inversión social, en sus formas cuantitativas, apreciadas en sus formas estadísticas, sino de la estructura cualitativa de la inversión productiva y social, de la forma sistemática de ejecutar estas inversiones materiales, no solo cuantitativas; se trata de administrar y controlar estas inversiones efectivas, que no pueden ser sino cualitativas; lo cuantitativo sirve para medir lo que se da como inversión cualitativa; la inversión efectiva no es resultado de la inversión cuantitativa. El problema del gobierno populista, que percibe estas inversiones desde la perspectiva de la metafísica estadística, creyendo que la forma numérica de la inversión resuelve de por sí el problema del cambio de la nombrada matriz productiva, creyendo que se trata de un modelo econométrico, como si la realidad se redujera a esta ecuación abstracta. No se da cuenta que no se trata de resolución expectante estadística, no se trata del discurso, sino de transformaciones estructurales e institucionales efectivas. El apego a la demagogia, a la especulación, al montaje y a la simulación, es lo que extravía las políticas económicas del gobierno progresista; cuando podía haberlo hecho mejor, administrando seriamente, eficientemente, con responsabilidad, sus reformas. A tal punto llega la especulación, que llama “revolución” a una reforma, que nombra como Modelo Económico Social Comunitario Productivo a lo que es capitalismo de Estado. Podía aceptar lo que es, en realidad, esforzándose a que funcionen estas reformas; esto ya era suficiente, para los alcances de este “proceso de cambio”. Sin embargo, el gobierno popular se extravió en pretensiones sin sustento, embarcándose en gestiones agobiadas por proliferantes irresponsabilidades, demagogias, falsedades y corrupciones. Esta conducta no ayuda a prolongarse en el poder, pues la gente, incluso la gente que apoya al “proceso de cambio”, se cansa de la simulación y la comedia, terminando optando por el voto castigo.

 

 

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político, también Cartografías histórico-políticas, así como Encrucijadas histórico-políticas. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15.

[2] Dinámicas moleculares; La Paz 2016.

[3] Ver Crítica de la ideología. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.

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