En busca de culpables

En busca de culpables

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

En busca de culpables

 

 

 

 

 

 

¿Por qué, generalmente, la política institucional o practicada, es decir, lo que llamamos política restringida, se ocupa de buscar culpables, para descargar sus ceñidas y elementales explicaciones? El culpable es el símbolo del mal; es el demonio, la o el monstruo, la o el perverso, la o el causante del desorden, del caos, del malestar general. Ya está. Con esta interpretación apocalíptica ya se ha resuelto todo. La solución: encerrar al culpable, castigarlo, hacerle pagar sus culpas, incluso con la pena de muerte. Entonces se produce la catarsis. Los jueces, los verdugos, los burócratas del registro de delitos y de penas, herederos de los monjes de la inquisición, el público que comparte la misma concepción atroz sobre el mal, los grupos que hacen justicia por propias manos y ponen como ejemplo el cuerpo martirizado del delincuente pillado; en fin, los encargados de castigar, los que están de acuerdo con esta demoledora actitud, que pone orden al desorden, han efectuado, entonces, la limpieza y su limpieza en su propia alma.

 

El problema es que el desorden vuelve a aparecer, hasta quizás más extendido. Entonces los jueces, los que juzgan, los que consideran que hay que extirpar el mal, entran en crisis. Empero, sacan fuerzas para volver a emprender la guerra santa contra el mal. A la larga parece una guerra de nunca acabar. No se preguntan ¿por qué? Pues esta explicación está resuelta de antemano; es el mal, que se extiende, reaparece, contamina el ambiente, contagia a muchos. Sorprende que entre los no contaminados está el que juzga, el monje del bien. Incluso cuando ocurre esto, la explicación vuelve a ser el mal, que se habría introducido perversamente en él. Por eso, hay que luchar contra el mal con más ahínco.

 

Esta interpretación no tiene salida; es un círculo vicioso; una especie de autismo, sin más variables que el bien y el mal; el dualismo religioso de esta descomunal lucha mitológica. Por esta vía no hay salida ni solución, salvo la renovada guerra contra el mal. Teóricamente es difícil tomar en serio tesis como éstas, que pecan por su excesivo simplismo; sin embargo, la mayoría cree en este tipo de esquematismo, donde los opuestos se excluyen; entonces, el dualismo es provisional para llegar a un monismo utópico conservador; el paraíso de la bondad y de lo mismo, la misma condescendía absoluta de todos. Incluso cuando racionalmente se considera a éstas tesis como estrechas y se introduce ampliaciones correctivas, se complejiza las explicaciones simplonas. En la medida que el núcleo fundamental sigue siendo el mismo, la estructura de la interpretación no ha cambiado. Es fatal.

 

¿Qué es lo que no mira, no comprende, este esquematismo religioso, transferido al discurso jurídico y al discurso político? Que se trata de relaciones sociales, sobre todo de relaciones de poder. El concepto del bien y el concepto del mal son conceptos esencialistas, sustancialistas; es decir, metafísicos. Suponen que el bien y el mal existen como esencias, desde siempre; quizás desde una primera guerra mitológica, entre dioses, o, en su caso, el de las religiones monoteístas, entre Dios y el diablo, el ángel ingrato sedicioso. Con esta interpretación, se está lejos de entender que el concepto del bien y el mal han sido cincelados, por las religiones monoteístas, para someter a los pueblos a la férula de la institución religiosa, a la férrea moral de los monjes, al dominio de las iglesias, a través de la inoculación de la consciencia culpable, complementaria del resentimiento.

 

En otros escritos dijimos que no se trata de culpables, ni de culpabilidad[1]; esta invención perversa de las religiones monoteísta, sino de responsabilidad. Hay responsabilidad con respecto de los actos. Empero, ¿convertir a los irresponsables, por así decirlo, en culpables? Esto se hace para juzgarlos y castigarlos; sobre todo para calmar las consciencias; que no dejan de ser consciencias culpables, que no dejan de sufrir la herencia de la culpabilidad inoculada, como pecado original. No resuelven el problema objetivo del problema social, del efecto des-cohesionador en la sociedad de actos irresponsables; empero, por lo menos, calman, momentáneamente la consciencia, ilusionándose que, con esto, con la catarsis del castigo, comienzan a resolver el problema acuciante y atormentador. Estos ángeles sin alas de la guerra contra el mal, estos implacables castigadores, terminan llevando a prisión a una significativa parte de la población, muchedumbre culpable. Antes llevaban a la hoguera a las brujas, llevaban al patíbulo a los monstruos culpables. Empero, no resuelven el problema heredado de tiempos inmemoriales, que parece emerger cada vez con más fuerza.

 

El problema o, si se quiere, la raíz del problema, no se encuentra en esta mitología de la guerra cósmica entre el bien y el mal; esto es imaginario. El problema se encuentra en la estructura de relaciones sociales, que generan el problema, una y otra vez. Particularmente en los núcleos estructurales de las relaciones de poder. La paradoja es la siguiente: las instituciones que interpretan el problema a partir del esquematismo dualista del bien y el mal son las que, al final, generan el problema, lo causan, pues, cuando identifican el mal, sus rasgos y características, lo van a encontrar por todas partes. Fuera de ocasionarlo.

 

Estas instituciones requieren del mal para poder justificar su hado imperioso en la sociedad. Así como los fieles requieren de los infieles para constituirse en los paladines de una guerra justa, incluso justificando los crímenes que se cometen, a nombre del bien; así también, las iglesias, los estados, las “ideologías”, las morales, requieren del mal, para instituirse como como garantes del bien.

 

Como se puede ver, este es un acto “ideológico”, es una ceremonia imaginaria. Procedimiento por el cual se legitima la relación de poder de la que se está imbuido. Tanto los que juzgan como los juzgados están atravesados por relaciones de poder; estas relaciones los invisten, como inocentes, en un caso, como culpables, en otro caso. Que es una forma anticipada de ungir a dominantes y dominados. Puede que los que juzguen a un conjunto cómplice de irresponsables termine sacándolos de su situación privilegiada, de su monopolio de poder, y apertura una situación mejorada, más normada, más moral, más institucional; sin embargo, aunque ocurra esto, no se ha resuelto el problema, pues el problema está ahí, en las mismas estructuras de poder, en las mismas relaciones de poder, a pesar de los matices; solo que aparece de manera menos descarnada, menos descarada y menos cínica. Lo que se ha hecho es sustituir a unos irresponsables cínicos, prepotentes, que se creían inmunes, por otros “responsables”, que no dejan de caer en la irresponsabilidad más grande; representar al pueblo, sustituir su voz por la voz del representante; gobernar por ellos, en vez de dejar que se efectúe el autogobierno.  Seguir castigando a otros culpables, que ya no se encuentran, necesariamente, en el gobierno, en el Estado, sino en la sociedad misma. En el mejor de los casos, la guerra mitológica contra el mal continúa como guerra del Estado contra una sociedad, que incuba el caos. En el peor de los casos, los “responsables”, después de un periodo de prueba, terminan pareciéndose a los juzgados y castigados, expulsados del poder.

 

Por ejemplo, no se puede reducir el problema de la crisis política a la angurria de poder, la crisis múltiple del Estado-nación a la compulsión Narcisa de que los que gobiernan quieren quedarse en el poder; creer, en consecuencia, que con evitar que esto ocurra, se resuelve la crisis política, la crisis múltiple del Estado-nación.  Esto no solamente es ingenuidad, sino una simplicidad tan elemental, que al efectuarse termina coadyuvando a la reproducción de la genealogía de poder, cuya estructura es anacrónica desde casi los comienzos mismos de la genealogía del Estado, que, desde el comienzo mismo de la modernidad, ha entrado en decadencia.

 

El problema del poder no se resuelve cambiando unas caras por otras, sino cuando se desmantela la estructura de dominación, que hace posible la generación, reproducción, circulación y mutación del problema. El cambiar de caras es un beneficio para la reproducción del poder, por lo tanto, de las dominaciones polimorfas, aunque se lo haga con mejores formas, mejores comportamientos, con poses más educadas. A las alturas de la historia política de la modernidad, de la historicidad del mundo, de la historias diferenciales de las regiones, del país, es menester preguntarse: ¿qué se quiere hacer respecto del problema político crucial, de la decadencia, de la reiteración recurrente de las dominaciones, en sus distintas formas metamorfoseadas; edulcorar sus formas, que antes eran saladas, o desmantelar el poder y liberar la potencia social?

[1] Ver El mundo como espectáculo. Dinámicas moleculares. La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-mundo-como-espectaculo/.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s