El ciclo de los gobiernos progresistas

El ciclo de los gobiernos progresistas

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

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Eterno retorno

 

Usando una figura lineal, como ejemplo, a modo de ilustración, podemos decir metafóricamente que todo un ciclo comprende la apertura del mismo y su clausura; teniendo en el medio el proceso singular que compete, con sus características propias, su historia particular. Siguiendo el ejemplo tenemos como una curva que dibuja su ascenso, hasta llegar a un punto de inflexión; a partir del cual se da lugar el descenso del proceso en cuestión, que se comporta como una regularidad arqueada. Podemos pues hablar, aunque sea alegóricamente, del ciclo de los gobiernos progresistas; ciclo que se habría abierto a fines del siglo XX, se habría impulsado en la primera década del siglo XXI, hasta llegar a distintos puntos de inflexión, dependiendo del proceso político, correspondiente a tal o cual gobierno progresista. Para luego, a partir de este punto de inflexión, perder el impulso, desacelerarse, por así decirlo, decayendo, invirtiendo la dirección de la curva del proceso político hacia una caída irremediable. Ya en la segunda mitad de la siguiente década del siglo XXI, parece comenzar la clausura del ciclo mentado. El ciclo de los gobiernos progresistas parece anunciar su conclusión.

 

Hemos llamado, en otros ensayos, a esta etapa descendente, de los llamados “procesos de cambio”, decadencia. Sobre todo, por los rastros, signos y señales de la decadencia. Vale decir, uno de ellos, de estos rastros, corresponde al desmoronamiento ético-moral de los gobiernos en cuestión; en general, podemos hablar de la invasión extensiva e intensiva de las formas paralelas de poder, por parte de la economía política del chantaje, a las mallas y estructuras institucionales del Estado, la forma legal del poder. Si siempre se ha dado una especie de concomitancia y complementariedad entre la forma de poder institucional y la forma de poder no institucional, paralela, en la etapa de la decadencia se produce la invasión abrumadora de la economía política del chantaje a todo el campo burocrático, administrativo y político del Estado.

 

En la fase de la decadencia de los “procesos de cambio”, la credibilidad de los líderes, de los caudillos, de los conductores del mentado proceso, se desmorona. Ya no son creíbles. La convocatoria de los discursos oficiales, de la primera etapa, ha desaparecido; en sustitución, aparecen discursos justificativos, discursos esforzados para explicar los virajes ocurridos. Tratando de mostrar o comprobar que no hay virajes, sino que se continua empujando el “proceso de cambio”. Los discursos dejan de ser convincentes, por lo menos, para la mayoría, que apoyó cuantitativamente al gobierno progresista. Si sigue votando por el partido populista, lo hace porque no quiere votar por los partidos de “oposición”, que considera de “derecha”. No lo hace por convicción; se ha dado lugar el desencanto, ante la cruda realidad de un “proceso de cambio” atravesado por sus contradicciones. Los argumentos de los voceros del gobierno, del Congreso, de los órganos de poder del Estado, como el judicial y el electoral, cada vez son más estrambóticos, afanosos y confusos. Es en esta etapa, cuando se desatan, de manera proliferante y minuciosa, los conflictos sociales con el gobierno; aunque antes se hayan dado conflictos de envergadura, relacionados a la aplicación de la Constitución y a la interpelación del “proceso de cambio”. En respuesta a lo que ya parece dar sus primeros tropezones, cuando el aparato estatal del gobierno y del partido oficial interfieren, desviando el sentido del “proceso de cambio”, de la aplicación de la Constitución; evitando las transformaciones estructurales e institucionales requeridas. Llenando, mas bien, esta falencia con una estruendosa demagogia, acompañada con compulsiva propaganda y publicidad, que pretenden sustituir la realidad con la representación apabullante y manipulada.

 

Lo insólito es que  los gobernantes, los congresistas oficialistas, los altos funcionarios de los otros órganos de poder del Estado, la militancia del partido, se la cree; cree en su propia propaganda y publicidad, que está destinada a convencer al público, al pueblo. Si, en principio, se comparte la creencia en la propaganda, entre partido oficialista y organizaciones sociales, entre gobierno y pueblo, incluso entre aparente nuevo Estado y pueblos indígenas, en la medida que se hace evidente la diferencia entre discurso y realidad del “proceso de cambio” en curso, parte del público, parte del pueblo, comienza a dejar de creer, ante la evidencia de los hechos. Si sigue apoyando, a pesar de los contrastes, lo hace, considerando que se trata de contradicciones esperadas en un proceso difícil. En la medida que estas contradicciones son reiterativas y recurrentes, más como una constante que como accidentes acaecidos, comienza a considerarlas ya no como contradicciones del proceso, sino como errores del gobierno. Sin embargo, se sigue apoyando, a la espera de que los errores se corrijan. Cuando los errores no se corrigen, mas bien, persisten, es cuando comienza a sospechar que la historia se repite como una condena. De todas maneras, se sigue apoyando, ya sin esperanza a que cambie la conducción del proceso, sino para evitar que retornen los que fueron expulsados por la movilización y la insurrección popular. Aquí no acaba la descripción de esta dilatación dramática del “proceso de cambio”; al observar que el gobierno no solo persiste en los errores, sino los ahonda, desafiando a las consecuencias de los crasos errores, equivocaciones, violencias y forcejeos desplegados, que podían haberse evitado – se lo hace para mostrar fortaleza, para ocultar debilidades, que ya se plasman  de una manera evidente -, es cuando parte del apoyo al gobierno se retira, se dan lugar desplazamientos, si no es el silencio ante un gobierno que adquiere tonalidades delirantes, no solo en sus alocuciones, sino en sus actos.

 

Las denuncias suman y siguen, no solo de la llamada “oposición”. Los escándalos se dan a conocer. La política, del espectáculo político, pasa al espectáculo calamitoso de lamentables comportamientos gubernamentales comprometidos con la economía política del chantaje. La decadencia devela su descomunal desnudez perversa. Por donde se mira está contaminado, invadido, por las formas de poder paralelas. Es cuando, de manera más desesperada, los gobernantes recurren al chantaje emocional, atacan, sin convencer, a la “derecha” conspiradora y al “imperialismo” embarcado en el boicot a los gobiernos progresistas, para explicar las consecuencias de los crasos errores políticos cometidos. El caudillo, que antes, en la primera etapa, se mostraba seguro, optimista, en todas sus presentaciones públicas, ahora, en la etapa decadente, manifiesta síntomas alarmantes de desmoronamiento, proliferantes devaneos, inseguridades atroces y actitudes sinuosas, que aparecen en toda su inutilidad.

 

Estamos ante la decadencia, en pleno sentido de la palabra, en su completo desenvolvimiento destructivo. Parece que no se puede detener esta marcha desbocada al abismo. Es más, de manera inaudita, los mismos gobernantes parecen acelerar, mas bien, la precipitación al derrumbe completo. ¿Por qué ocurre esto? Como si estuvieran seducidos por la atracción del abismo, se apresuran a lanzarse al vacío.  ¿Es acaso una psicología singular desatada, en estas condiciones, una psicología decadente? Que empuja a avanzar irremediablemente al abismo, sin que necesariamente interpreten de este modo los gobernantes y sus voceros; de manera diferente, dicen que nunca el “proceso de cambio” ha estado mejor, presentan sus resultados y logros en cifras y en spots. ¿Por qué se pierde lo último de cordura que todavía se tenía, aunque ya era escasa? ¿Qué es lo que enloquece a los gobernantes en esta ruta al naufragio? No lo sabemos; tampoco parece saberlo la psicología, que ha construido tesis, a propósito; pero, fragmentadas, desconectadas, abocadas a distintos comportamientos, que podríamos considerarlos de suicidas.

 

Al respecto, tenemos una impresión. Lo hemos dicho de distintas maneras, aunque de una forma teórica[1]. Dijimos que el poder destruye, fuera de que es el poder el que te toma; no se toma el poder; ésta, la de creer que se toma el poder, es una ilusión adormecedora. Destruye, en la etapa de la decadencia, al partido de turno y al gobierno en ejercicio; antes ya lo hizo con las organizaciones sociales, cooptándolas, imponiendo dirigentes sumisos, dóciles y corruptibles. Destruye a las personas gobernantes, también a las autoridades y a los representantes. El poder destruye ingratamente a los que les sirven. Parece un cruel sarcasmo despiadado del poder; maquinaria abstracta, que convierte en víctimas a los propios gobernante, autoridades y representantes, así como a las dirigencias. Después que los gobernantes, las autoridades, las dirigencias, convirtieron en víctimas no solo a los “opositores”, sino a las organizaciones, movimientos sociales, dirigentes que se plantaron, resistieron y buscaron la reconducción del proceso de cambio. Parece que el poder no deja a nadie sano, como si quisiera marcarlos, recordándoles que lo único que hay es el poder, como tal, como estructura maquínica demoledora; no hay hombres poderosos, aunque se la crean, aunque se hagan ricos, aunque todavía cuenten con la disponibilidad de fuerzas y de violencias legítimas del Estado.  ¿Qué es todo esto, ante diagramas y cartografías de poder, que se prolongan en ciclos largos? ¿Qué es todo esto, cuando los gobernantes se encuentran en condiciones de piltrafa humana, en el sentido ético y moral?

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-ciclo-de-los-gobiernos-progresistas/

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