Simulación democrática o democracia efectiva

Simulación democrática o democracia efectiva

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Se acostumbra a asumir que se está en democracia cuando se opta por ella, cuando se la nombra y se argumenta su conveniencia, cuando se establece una Constitución democrática, que corresponde al Estado de derecho, cuando las instituciones, que conforman el Estado, responde a la organización política de la república. Esto es “ideología”, no solamente por los fetichismos en juego, como el fetichismo institucional, como el fetichismo jurídico, como el fetichismo de la representación y delegación, sino también porque un análisis crítico y comparativo, contrastando el significado filosófico y político de la democracia con el hecho de la democracia constituida formalmente, nos mostraría las grandes divergencias, las incongruencias, sobre todo, las domesticaciones, reducciones, restricciones y estatalizaciones de la democracia.

 

El sentido filosófico y político de democracia es lo que dice la palabra misma, el concepto mismo, en su arqueología matricial. Democracia es gobierno del pueblo, es cuando el pueblo gobierna; esto solo puede ocurrir con el autogobierno del pueblo. Que se haya convertido la democracia moderna en la democracia formal, institucionalizada, que se edifica sobre la base de la representación y delegación, es no solamente una reducción atroz del sentido de democracia, sino reducción lograda por la violencia desatada sobre el sentido de la democracia; sentido que emerge de la experiencia social, experiencia que plasma memorias sociales, sobre todo, despliega prácticas democráticas de gobierno. Entonces, se ha ejercido violencia sobre el ámbito de estas prácticas y formas de autogobierno, con el objeto de estatalizarlas, centralizarlas, otorgarles una administración concentrada, burocrática, especializada y distanciada de la sociedad. Esta violencia sobre las prácticas, las relaciones, las formas de autogobierno, son, en última instancia, violencias desatadas sobre los cuerpos, que practican las formas democráticas de autogobierno.

 

La edificación de la democracia formal ha sido realizada empleando violencias sistemáticas, desmesuradas, simbólicas y descarnadas, sobre los cuerpos sociales, que ejercían el autogobierno, como forma concreta, específica, efectiva, de democracia. La democracia formal, correspondiente al Estado de derecho, es una usurpación de la democracia efectiva de los pueblos, el autogobierno.

 

Cuando los gobernantes, tanto progresistas como conservadores, tanto populistas como liberales, tanto socialistas como capitalistas, por así decirlo, recurren a la idea de democracia, para defender sus regímenes, para defender sus gobiernos de la inestabilidad política y de la crisis de legitimidad, no hacen otra cosa que hablar de la democracia simulada, de la simulación de democracia, institucionalizada en el Estado-nación. Por lo tanto, recurren a la usurpación de la democracia, como autogobierno, para defender sus regímenes y sus gobiernos, que por más disimiles que sean, opuestos y hasta enemigos, son formas gubernamentales instauradas contra la democracia efectiva.  Constituyendo el monopolio de la clase política de la representación del pueblo, de las delegaciones encomendadas por voto; en definitiva, el monopolio del poder, por una minoría de funcionarios de la representación y de la palabra pronunciada a nombre del pueblo.

 

Esa democracia institucionalizada ha sido edificada sobre el cadáver de la democracia efectiva, el autogobierno. No es de extrañar que en esa democracia formal se haya construido una sociedad jerárquica como pirámide, una sociedad de clases y castas, que, ahora, aparece, no bajo el discurso de legitimación de la nobleza, sino bajo el discurso de legitimación de la “democracia”; vale decir, de la igualdad jurídica y política. La democracia formal es el sistema de legitimación de las diferencias sociales, de las desigualdades económicas, de hecho, a pesar de la igualdad jurídica y política constitucionalizada. En otras palabras, la democracia formal es el sistema de legitimación de las dominaciones persistentes, aunque actualizadas, en las condiciones exigidas por la modernidad y el sistema-mundo capitalista.

 

Esta crítica, está muy lejos, de favorecer a las interpelaciones conservadoras de la democracia, las que no son liberales, sino, mas bien, explícitamente oligárquicas, de casta y coloniales. Mucho menos favorece al discurso brutal de las dictaduras militares; mucho más lejos de los delirios asesinos del fascismo y el nazismo. Hay certeza pues, que la democracia formal institucional, que se ha edificado contra la democracia efectiva, es preferible a cualquiera de las otras aberraciones políticas. Esto no está en discusión. Lo que está en debate es, la realización misma de la democracia, las condiciones de posibilidad históricas-políticas-culturales de la democracia radical. El logro social y político de la democracia plena, saliendo del círculo vicioso de las simulaciones, que han causado, no solo confusiones, sino, sobre todo, efectos destructivos sobre las posibilidades de la democracia; además, incluso, sobre las mismas instituciones de la democracia formal; inhibiendo, desviando, y hasta anulando, los efectos positivos en la “convivencia democrática”.

 

Cuando los gobernantes populistas, acuden al argumento de la “defensa de la democracia”, lo hacen, en el mismo sentido, que empleaban los gobiernos neoliberales, para enfrentar la movilización popular, para defender sus regímenes, sus gobiernos, las estructuras de poder institucionalizadas, que, en el actual periodo, comandan los llamados gobiernos progresistas. No hay pues cualitativa diferencia entre el discurso de “defensa de la democracia”, por parte de la “izquierda” y por parte de la “derecha”. Se complementan en su propia oposición.

 

La democracia solo puede ser defendida en contra de estos regímenes usurpadores de la democracia efectiva, del autogobierno, sean de “izquierda” o de “derecha”. Recuperando las prácticas, las relaciones, las formas de autogobierno de los pueblos. Claro que hay que luchar por la democracia; esto significa luchar contra las simulaciones democráticas institucionalizadas en el Estado-nación. Luchar por el autogobierno de los pueblos, por liberar su potencia social, su capacidad de autogobernarse, de auto-administrarse, de auto-organizarse dinámicamente, conformando concesos y decisiones colectivas, complementarias, recíprocas y solidarias.

 

Hablamos, antes, de la crisis múltiple del Estado-nación, en el contexto de la crisis del sistema-mundo político, que, a su vez, se encuentra en el contexto del sistema-mundo capitalista. Entonces, se trata no solo de la crisis orgánica y estructural del capitalismo, sino de la crisis civilizatoria de la modernidad. En estos ámbitos, podemos hablar, entonces, de la crisis de la democracia formal institucionalizada, de la democracia de la representación y delegación, de la democracia simulada.

 

La crisis de la democracia simulada atraviesa tanto a gobiernos neoliberales como a gobiernos progresistas, atraviesa el orden mundial, la dominación mundial de la hiper-burguesía financiera y especulativa. Ya no hay salida para esta democracia restringida, para la ilusión de las instituciones de la república. El creer que una oscilación de gobiernos populistas, que ya entraron a su decadencia, hacia gobiernos neoliberales, incluso matizados, es una salida, aunque sea provisional, no es solamente una muestra patética de ingenuidad, sino implica el volver a las condiciones políticas que generaron la crisis, que desató movilizaciones sociales, que llevaron a los neo-populistas al poder. En otras palabras, es mantenerse en lo mismo, solo que con otros discursos y con otras élites; claro, que estas últimas, las populistas o progresistas, y sus expresiones políticas, son notoriamente más fuertes que lo que fueron las expresiones y formas neoliberales del ajuste estructural. Dicho de otro modo, las élites y expresiones políticas neoliberales son abismalmente más débiles que lo que son los populistas del “proceso de cambio”. Sin embargo, el haber mejorado las condiciones de los términos de intercambio, por efecto de las nacionalizaciones y las políticas soberanas, en un principio del proceso de cambio, no justifica, de ninguna manera, el comportamiento crápula, deshonesto, corrosivo y corrupto, que viene en la etapa de la decadencia de los gobiernos progresistas.  Al contrario, muestra la ambivalencia, el diletantismo, la demagogia, de estos gobiernos progresistas. Ambivalencia que termina favoreciendo a las expresiones políticas conservadoras, al estilo del neoliberalismo, pues han mermado la moral de las multitudes, han mostrado que no son diferentes a los que gobernaron antes y fueron derrocados, salvo que los populistas hacen lo mismo en escalas más amplias.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/simulacion-democratica-o-democracia-efectiva/

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