Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

(1935)

Federico García Lorca

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

 

 

 

 

 

Índice

Prefacio                                          3

La cogida y la muerte                    5
La sangre derramada                     7
Cuerpo presente                             10
Alma ausente                                  12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prefacio

 

 

Estos poemas de Federico García Lorca son dedicados al torero Ignacio Sánchez Mejías, herido y muerto por un toro, una tarde aciaga, en la plaza. En el octavo mes del año de 1934, en la plaza manchega de Manzanares, Ignacio Sánchez Mejías fue embestido por el toro; quedó gravemente herido, poco después le sobrevino la muerte. Ignacio Sánchez Mejías era un torero admirado, por su gallardía y valentía, por su gracia e inteligencia; el torero tenía amistad con poetas, sobre todo con Federico García Lorca y Rafael Alberti Merello. Se conocieron de él sus inclinaciones literarias. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es la elegía, que le dedica a su amigo muerto el poeta andaluz. Es la pena desgarradora, que remueve el cuerpo lastimado del poeta. Una pena que conlleva una animosa alegría, hecha de los luminosos recuerdos del gran torero. Recuerdos que aparecen pintados con metáforas refulgentes de los perfiles del gallardo torero, acompañadas con figuras que expresan la tristeza desgarradora, que atraviesa al poeta. Recuerdos que al ser evocados adquieren la tonalidad rítmica de los versos gitanos de Lorca.

 

 

El poemario comienza con La cogida y la muerte, poema que se sitúa en la hora del acontecimiento, la hora fatal de la cogida, que acaba con la osada destreza del torero, sus sueños y sus esperanzas; acaba también con el amigo entrañable, dejando su huella en la amistad perene, que habita la memoria. Esa hora fatal es las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde, eran las cinco en todos los relojes, las cinco en sombra de la tarde.

 

 

El segundo poema es La sangre derramada, donde la poesía explota en interpelación musical y versada, por la muerte del torero. Se interpela al destino, a la mala fortuna, y se acude, para hacerlo, a los atributos del torero, quien yacerá en el ataúd, después en su tumba, para derivar en el hueco insondable del olvido; dando ya señales de su ausencia. El amor al amigo aparece exaltando las cualidades innatas del torero, conjugándolas con las consecuencias escatológicas del vacío que deja su desaparición. La fuerza del poema adquiere tonalidad soberbia al constatar que no hay consuelo para esta tragedia, que no hay cáliz que la contenga, no hay escarcha de luz que la enfríe.

 

 

El tercer poema es Cuerpo presente, cuando en el velorio se contempla la figura muda del difunto. Figura que sufre su deterioro, su mutación de la vida a la muerte. El poema es conmovedor por la pintura, esta vez, de los sentimientos que aquejan al poeta. Sentimientos que iluminan el mundo interior del poeta, alterado hasta las entrañas, hasta los huesos, por esta compulsa entre la vida y la muerte. El poema no se cierra en el mundo íntimo, sino que encuentra en este adentro, precisamente el afuera, que es dibujado intensamente por percepciones apasionadas del mundo.

 

 

El último poema es Alma ausente, en el poema Ignacio ya no está. El poeta predice que ya no se acordaran de él, como a todos los muertos que se olvidan, como un montón de perros apagados. Ante este olvido, el poeta se rebela, le dice al amigo ausente: pero, yo te canto, para luego tu perfil y tu gracia. La madurez insigne de tu conocimiento. Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca. La tristeza que tuvo tu valiente alegría. El balance sentimental del poema, si se puede hablar así, de balance, en poesía, es emotivo; termina valorando la magnitud de la perdida. Pasará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

 

 

En Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Federico García Lorca despliega la poiesis, es decir, la capacidad creadora, con inmensa intensidad; tejiendo el flujo metafórico, ondeante, movido por el ritmo gitano, con la destreza genial de quien usa el lenguaje, no para atraparse en él, no para rendir ceremonia al lenguaje, sino para usarlo, atravesarlo con el ímpetu galopante de las sensaciones, con la fuerza escrutadora de la imaginación,   con las composiciones entramadas de la razón; pero, de una razón emotiva, corporal, no abstracta.

 

 

Raúl Prada Alcoreza

Otra tarde en Chuqui-Apu 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

La cogida y la muerte

 

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sangre derramada

 

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par,
caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras

¡Que no quiero verla¡
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un rio de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
!Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
!Yo no quiero verla!

 

 

 

 

 

Cuerpo presente

 

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.

Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.

Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.

Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.

No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alma ausente

 

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y monjes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/products/llanto-por-ignacio-sanchez-mejias/

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