Realismo político de la oligarquía

Realismo político de la oligarquía

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Realismo político de la oligarquía

 

Decadencia 14 

 

 

A lo largo de las historias políticas de la modernidad en el mundo, se han patentizado los comportamientos, sobre todo, de aquéllos que tienen incumbencia con el poder. En los primeros tiempos que el humano frecuenta – como recita Federico García Lorca -, el recurso a la violencia fue, por decirlo así, el método aplicado de domesticación, con látigo.   Ejércitos de mercenarios servían para tal efecto; después, ejércitos institucionalizados, usando la figura del servicio obligatorio.  Este método político, el de la violencia, no se ha perdido ni difuminado; ha quedado; se vuelve al mismo recurrentemente, cuando la emergencia lo requiere. Sin embargo, han aparecido otros métodos y procedimientos políticos, como el relacionado al logro de los pactos sociales; por ejemplo, lo que llama Jean Jacques Rousseau, el Contrato social. En otras palabras, se edifica el Estado moderno sobre la base del Contrato Social. Se puede decir que, con el tiempo, el Contrato Social se convierte en la Constitución. Empero, esto es teoría, presupone corroboradas las interpretaciones rousseaunianas y las interpretaciones del constitucionalismo. Puede ser que así se piense y se quiera; pero, la realidad, abre otras rutas y recorridos. En primer lugar, los pactos políticos no son entre personas de carne y hueso, sino entre clases sociales, por así decirlo, de manera fácil y entendible. Mucho mejor dicho, entre expresiones sociales de conglomerados de fuerzas, cohesionadas, aparentemente, por una “ideología” compartida; por lo tanto, cuando se da el pacto puede darse entre más o menos afines o, de lo contrario, entre opuestos. El Contrato Social da lugar a la construcción del Estado de derecho, a la arquitectura jurídico-política de la división de poderes, estableciendo contrapesos, por lo tanto, el equilibrio político. Estado de delegaciones y representaciones; por lo tanto, Estado mediatizado por estas transferencias de las voluntades y de la voz.

 

Este conjunto de normas, procedimientos y métodos políticos, además de la geometría estructural del Estado-nación, hacen a lo que se conoce como República, también como democracia institucional. ¿Cuál de los dos métodos políticos es más apropiado, si se quiere, más útil, para las dominaciones? ¿El recurso a la violencia o el democrático formal? Ciertamente, no se puede responder a esta pregunta, sin considerar los contextos donde se toman las decisiones. Todo depende de la coyuntura, de la correlación de fuerza, de los niveles de legitimidad, de los contextos nacionales, regionales y mundiales. Sabemos que la violencia es la descarnada manifestación del poder; el poder está ahí, sacándose la máscara, mostrando su desnudo rostro implacable.

 

En relación a la edificación burocrática y mediadora de la democracia institucional, Vladimir Ilich Lenin la definía como “cretinismo parlamentario”. Este fue el argumento trasmitido, asumido y usado por los alzamientos en armas contra el régimen burgués. Sin embargo, otras interpretaciones marxistas, incluyendo la interpretación de Engels, veían con buenos ojos, la oportunidad democrática de presentarse a las elecciones, como partido del proletariado. No estamos en el debate o el dilema que define muy bien Rosa Luxemburgo, ¿reforma o revolución?, sino evaluando cuál de los métodos le ha sido más útil a la estructura de poder, a la genealogía de las dominaciones. Hemos dicho, que depende del contexto.

 

 

Decir, lo que acabamos de decir, no resuelve nada; tan solo define la relatividad del concepto de utilidad. Lo que importa, ahora, es evaluar los efectos de ambos métodos políticos; cuál tiene más repercusiones, si se quiere, más efectos multiplicadores, también más duración. La impresión que dejan las historias políticas es la siguiente: La violencia puede domesticar; pero, no constituye sujetos, en pleno sentido de la palabra; conforma subjetividades aterradas; doblega por el miedo, por terror. La violencia tiene efectos coyunturales; no se desplaza a largo plazo, a no ser que se repita constantemente. En cambio, las mediaciones democráticas, formales e institucionalizadas, los métodos y procedimientos de esta democracia limitada a la idea de república, constituye sujetos, tiene efectos duraderos, además de generar campos institucionales, que configuran la geografía social y la efectuación constante de la reproducción masiva de sujetos sociales.

 

Con lo que acabamos de apuntar, no queremos decir, de ninguna manera, que es preferible enfrentar la violencia que enfrentar a la y en la democracia formal. Estos son tópicos, que no se pueden resolver en un ensayo teórico; solo pueden ser atendidos en un contexto y coyuntura concretos, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas y, sobre todo, la predisposición de las fuerzas sociales. De todas maneras, no se puede hacer apología de la violencia, venga de donde venga, como cuando se dice: “la violencia es la partera de la historia”. Enalteciendo, como si fuera la providencia, la “violencia revolucionaria”. Siguiendo este lenguaje y apuntando a la crítica, los revolucionarios no podrían ser los apologistas de la violencia, pues se trata de convocar a la humanidad, en la versión internacionalista, si se quiere, de la lucha de clases; no de identificar enemigos para destruirlos. La violencia no es, de ninguna manera, una comunicación, si se quiere, tampoco ninguna clase de lenguaje, no es racional; la violencia es más parecida a la marca que deja en el cuerpo el implacable látigo del poder, para que nadie se olvide quien manda.

 

No se dice, de ninguna manera, que hay que renunciar a la defensa y a la lucha armada. La responsabilidad mayor, revolucionaria, es defender la revolución, la marcha a la revolución; defender a los y las compañeras de lucha, a los pueblos, clases, mujeres, diversidades, por las que se pelea. Si el contexto y la coyuntura ameritan, alzarse en armas. Empero, esto no se puede confundir con el uso de la violencia para causar terror, para “convencer” por miedo, para incorporar por espanto. Tampoco se puede confundir con esa inclinación religiosa de señalar a los infieles; es decir, a los enemigos. Los discursos revolucionarios de la modernidad, se han caracterizado, mas bien, por la convocatoria al proletariado mundial, por la invitación a los pueblos, otros pueblos y otras sociedades, a integrarse como fuerzas humanas, en un proyecto humanista de largo aliento.

 

Después de las copiosas historias políticas experimentadas y memorizadas socialmente, aunque no necesariamente reflexionadas y analizadas a fondo, parece que tenemos que aprender a reconocer los síntomas de la exaltación, de la dramaturgia, de la victimización y del estruendoso radicalismo. No hablamos del radicalismo espontáneo, del radicalismo que llega a las raíces del problema y busca soluciones radicales, sino nos referimos al radicalismo teatral. Todos estos síntomas exaltados parecen, mas bien, paradójicamente, mostrar lo contrario de lo que aparentemente expresan. El fundamentalismo, cualquiera sea éste, en realidad, no toca el fondo, no llega al fundamento, no toca la raíz; sino que convierte en fundamento un prejuicio mezquino y elemental, que lo embadurna de demagogia delirante. Se puede dar muchos ejemplos al respecto; daremos solo algunos, de manera general, usando analogías.

 

Comencemos con los fundamentalismos religiosos; particularmente, monoteístas; hablamos de las tres grandes religiones monoteístas. Por cierto, no nos referimos a toda la gama de interpretaciones y prácticas de estas iglesias, sino, de manera específica, a sus manifestaciones fundamentalistas. Tampoco está en discusión su creencia en Dios; lo que nos interesa es analizar, las expresiones fundamentalistas y su connotación política. Estos fundamentalismos asumen la síntesis de sus prejuicios, para decirlo metafóricamente, como Dios o representación de Dios. Con esto reducen la imagen, símbolos, representación, de Dios no solamente a imagen y semejanza del hombre, sino al tamaño de prejuicios miserables, como son los relativos a la dominación masculina, a la indiscutible preponderancia estructural patriarcal, a la centralidad racial de “mi gente”, de “mi pueblo”; que obviamente, no es ni su pueblo ni su gente, sino el imaginario que coloca en lugar de ellos. Con esta actitud, le hacen un flaco favor a su religión, pues vulgarizan tanto a Dios, que el mundo se divide en la caricatura fiel/infiel y se reduce a la caricaturesca guerra de fieles contra infieles.

 

En el fondo, estos fundamentalismos están convulsionados por el espíritu de venganza, están constituidos por la consciencia culpable, están estructurados por el resentimiento. Se trata de sujetos desdichados, en sentido hegeliano; es decir, desgarrados, llevando al extremo del exterminio este desgarramiento.   La exorbitante muestra de violencia manifiesta que se busca desesperadamente catarsis; en otras palabras, desahogo. Reclaman, a voz en cuello, reconocimiento, pues se sienten profundamente frustrados. Dicho, de manera simple, buscan llamar la atención. De esa forma, pretenden convertirse en el centro de atención; en el centro de la violencia.

 

Seguimos con los fundamentalismos “ideológicos”. El formato es parecido, incluso el perfil, a lo que ocurre con los fundamentalismos religiosos. La diferencia radica en la pretensión racional, moderna, convocativa, además de presentarse como salvadores de los explotados y marginados de la Tierra, prometiendo el paraíso terrenal, no en el cielo, como el fundamentalismo religioso, sino en la Tierra. Pero, de manera equivalente, el enemigo, en este caso, figura moderna, que ha sustituido al infiel, es tratado y considerado igualmente como un poseído, un endemoniado, un monstruo; al cual está de antemano justificado asesinar. En las historias singulares, tenemos demasiados ejemplos de crímenes cometidos a nombre de la revolución.

 

Continuamos con los fundamentalismos científicos. Las ciencias, por cierto, se basan en la experimentación, la investigación, los datos, las fuentes y los registros; corroborando las hipótesis. Esto les otorga una ventaja grande en la construcción del saber, respecto a la narrativa religiosa y la narrativa “ideológica”. Empero, cuando ciertos intérpretes de la ciencia convierten los conocimientos logrados, las revelaciones de las ciencias, en verdades universales, peor aún, en leyes, emerge un fundamentalismo científico, como el que aconteció con el positivismo metodológico. No hablamos de todas las corrientes positivistas; la mayoría de ellas aportaron impulsando investigaciones causalistas. La expresión filosófica de este positivismo evidentemente fue la primera formulación epistemológica, propiamente dicha. Hablamos de la exaltación de la ciencia, como si ya se hubiera llegado al fin del conocimiento y tengamos verdades universales, en un pluriverso que nos falta todavía comprender.

 

Estos tres ejemplos, en tres planos de intensidad, nos ayudan a contar con analogías, a pesar de las diferencias, y cierta regularidad de la trama de actos y prácticas exaltadas. Los fundamentalismos son en extremo recalcitrantemente conservadores, aunque no lo crean, por ejemplo, los fundamentalistas “ideológicos”. Cuando éstos se invisten con el traje de “revolucionarios”, imitando a héroes del pasado, pero no sus actos y acciones, sino en la emulación discursiva, lo que muestran, paradójicamente, es el conservadurismo más aterido, más entumecido y agobiante. Generalmente, estas composiciones subjetivas singulares, combinan el machismo y su horizonte dominante, el patriarcalismo, con otros prejuicios arraigados.

 

Lo sobresaliente o llamativo es que los entornos de los fundamentalistas, creen en lo que dicen y hacen éstos; los consideran radicales. Entonces, los fundamentalistas logran su cometido; no solo llamar la atención, sino convencer de lo que no son.

 

¿Por qué tocamos este tema? Porque es imprescindible poner los puntos sobre las ies. Cuando estos fundamentalismos salen a la palestra, efectivamente, no está en debate y en juego su radicalismo, sino, mas bien, su anacrónico conservadurismo. La violencia o la desmesurada violencia no pueden remplazar esta falencia. Se cree comúnmente que por ser más violentos son más radicales. Los asesinatos no hacen a radicales sino a temerosos conservadores, que se colocan la careta más aterradora, para infundir miedo. El desgarrarse las vestiduras, el discurso exaltado, llevando al extremo las consecuencias de la “ideología”, hasta parecerse a un ultimatismo, o todo o nada, o el poder o el apocalipsis, muestra, mas bien, el reclamo más chillón por preservar lo mismo; la misma estructura de poder, solo cambiándole de nombres. Pues, solo en este orden conocido, puede tener valor su radicalismo simulado.

 

Las ciencias, los saberes y conocimientos logrados por estos logos y technes, que son las ciencias, seguirán el devenir experiencia, devenir memoria, devenir interpretación, devenir explicación, devenir técnica y tecnología. Cuando se hace un corte transversal en estas trayectorias inventivas, creativas y descubridoras, convirtiendo un momento de las ciencias en lo absoluto, no se juega el destino de las ciencias, frente al oscurantismo, como pregonan, sino estrategias de poder de profesores, académicos y difusores de las ciencias.

 

Como se puede ver los fundamentalismos, están íntimamente ligados al poder. ¿De qué manera? La demanda de reconocimiento, el colocarse como patriarcas, en el centro imaginario de círculos concéntricos, el esmerarse en la estridencia exaltadora, sobre todo, con ademanes de violencia descarnada o simbólica, pueden interpretarse como estrategias de poder.

 

 

Ahora bien, ¿qué tienen que ver estos fundamentalismos con los oportunistas y pragmáticos de la clase política? Aparentemente nada; son perfiles tan distintos, que no parece posible aproximarlos. Sin embargo, lo que comparten, en el fondo, es el prejuicio conservador; conciben como realidad el imaginario aterido en sus subjetivadas; imaginario que corresponde a la hermenéutica del resentimiento, de la consciencia culpable, del espíritu de venganza. Claro que unos lo expresan de manera violenta y otros lo expresan de manera comediante, trampeando, corroyendo y corrompiendo.

 

En otras palabras, estamos ante perfiles subjetivos consumados por el poder, averiados por el poder, desmoronados por el poder; por eso mismo, el poder se vuelve una obsesión. El poder, para ellos, es vida. Conciben el poder de una manera sesgada, si podemos hablar así; más que dominio, lo que se persigue es el reconocimiento, en un caso, y riqueza, en el otro caso. En el primer caso, convirtiéndose en ángeles vengadores; en segundo caso, haciéndose ricos.

 

Volviendo a nuestro tema en cuestión, el de la clase política. Los componentes de esta clase política, de este estrato de representantes y delegados, a diferencia de los fundamentalistas, son pragmáticos, realistas, por así decirlo. Sin embargo, hay que detenerse en escuchar sus argumentaciones. Cuando el pragmatismo se identifica como realismo, incluso como racional, cuando se dice, por ejemplo, que las “condiciones no están dadas”, aunque no tengan los ademanes violentos de los fundamentalismos, pretenden exaltar este equilibrado comportamiento, metódico, pragmático y realista. Para éstos, el pragmatismo, lo que se llama realismo político, se convierte en una verdad proclamada; aunque no logren elaborar una teoría que los justifique, sino, mas bien, su formación discursiva, aparece distribuida eclécticamente.

 

En este caso, no hay diagonales, que es la figura que propusimos en las nuevas consideraciones sobre el poder[1], sino vasos comunicantes, usando metafóricamente otra figura. Comencemos por lo más fácil, además por la enunciación ya planteada en otros ensayos[2]. Dijimos que los enemigos se requieren, se necesitan, pues el opuesto justifica su presencia, su discurso, su accionar, su estrategia. Dijimos amigo y enemigo son cómplices.  Los fundamentalistas aparecen como opuestos, distintos, antagónicos, a los pragmáticos; los pragmáticos – en el orbe mundial, en la burocracia de las organizaciones internacionales, así como en las potencias centrales y los Estado-nación – les declaran la guerra interminable contra el terrorismo; lo hacen categóricamente las potencias centrales, sobre todo la hiper-potencia militar-tecnológica-comunicacional, gendarme del mundo. Esta guerra contra el terrorismo reposiciona al orden mundial y a la hiper-potencia. Los fundamentalistas necesitan al monstruo, al demonio, del otro lado, para legitimar, religiosamente, su presencia, sus actos, sus gritos desesperados de reconocimiento. Ambos son cómplices en estas paradojas del amigo/enemigo y del fiel/infiel.

 

Claro, que no se puede de dejar de considerar las diferencias; peculiarmente la diferencia de lo que se pone en juego; lo que es notoriamente diferente entre fundamentalistas y pragmáticos. Los fundamentalistas ponen le pellejo; los pragmáticos no lo hacen, están muy lejos de hacer esto, ni de pensarlo. Lo que ponen en juego es su prestigio, por cierto artificial; además del peligro de ir a la cárcel por corrupción. Incluso estos desenlaces se pueden sortear, con más corrupción, comprometiendo a jueces y fiscales, incluso al mismísimo gobierno y al mismísimo Congreso. Del prestigio, les importa menos; eso, quizás es lo que puedan extrañar alguna vez.

 

Los fundamentalistas, con todas las diferencias del caso, entre los distintos fundamentalismos, son arronjados; en cambio, los pragmáticos tienden a ser cobardes. Hay excepciones, por cierto. No dan la cara, se excusan, mienten, trampean, lanzan cortinas de humo; pero, no dan la cara, no se enfrentan a la responsabilidad asumida de palabra.

 

Suponiendo estos bocetos de perfiles subjetivos, podemos decir que, considerando este cuadro analógico y comparativo de perfiles de comportamientos políticos, se puede sugerir interpretaciones hipotéticas de lo sucedido en Brasil. Se explica que el Congreso brasilero haya terminado destituyendo a la presidenta con un juicio a los usos presupuestarios, por los préstamos para llenar huecos del presupuesto. Después de haber hecho esto, haber decidido, sin contar con una clara argumentación jurídica, ni se inmuten; no se les pone roja la cara de vergüenza, sino al sentirse impunes, hasta se vuelven descarados y arrogantes.  Solo así se puede explicar que un gobierno interino, se arrogue las atribuciones que no le competen, como el de formular políticas económicas. Un gobierno interino tiene a lo máximo la tarea perentoria de convocar a elecciones, no de reformular las políticas, menos las políticas económicas. Sin embargo, como el mayor desparpajo el gobierno interino esto es lo que precisamente hace, mostrando abiertamente el mayor desprecio a la soberanía popular.  Hablamos, entonces, de la herencia de la oligarquía “café con leche” y de sus sucesores. Entre lo heredado, se halla este desprecio al pueblo; se siguen considerando por encima de todos; por lo tanto, con la facultad de despreciar y hacer caso omiso a las reglas del juego y a la voluntad popular.

 

[1] Ver Diagonales del poder. Corporeidades intensas; La Paz 2016.

[2] Ver El mundo como espectáculo. Dinámicas moleculares; La Paz 2016.

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