¡Ahora y aquí!

¡Ahora y aquí!

 

Raúl Prada Alcoreza

 

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Desde la perspectiva de la simultaneidad dinámica, no hay tiempo, o dicho de otra manera, usando el lenguaje heredado, lo único que tenemos a mano es el presente, que se sustenta en el espacio de  experiencia del pasado y se proyecta en el horizonte de espera,  la expectativa del futuro, haciendo uso de los conceptos de Reinhart Kochelleck. Paul Ricoeur propone, para salir de las antinomias de la historia, acercar el pasado al presente, así también acercar el futuro al presente, de tal manera que el pasado sea recuperado como experiencia plena y el futuro deje de ser una utopía, sino alcanzable y realizable. No vamos a entrar al debate teórico de las corrientes de historia, es decir, de las corrientes de los historiadores, de sus distintas formas de investigar el pasado y de interpretarlo; además de asumir de un determinado modo esta interpretación, de una manera absoluta, como verdad del pasado, o con la relatividad y provisionalidad que amerita, las narrativas históricas que escriben. Tampoco de la relación que tiene la historia con la narrativa, con la ficción literaria; así como tampoco entraremos a la luminosa exposición de Paul Ricoeur sobre la influencia, conjunción y combinaciones que se han dado entre historia y literatura[1]. Preferimos remitirnos a los tres tomos de Tiempo y narración. Sobre estos temas, hemos hecho anotaciones en otros ensayos[2]. Lo que nos interesa ahora es asumir de estos tópicos, temas y problemáticas, las consecuencias políticas.

 

Sin necesidad de diferenciar los horizontes epistemológicos del debate, con respecto a los horizontes epistemológicos de la perspectiva de la complejidad, sino asumiendo la cercanía de los tópicos y temas en cuestión, vamos a concentrarnos en las repercusiones políticas. Hablemos de simultaneidad dinámica o de presente pleno, lo que parece ser la principal consecuencia es que no hay exactamente horizonte de espera en lo que corresponde a la actividad política, en sentido pleno; no es muy adecuado referirse a este horizonte efectivo de espera como encaminarse a la utopía. Sino, lo más pertinente es hacerlo aquí y ahora. Tampoco se trata de alejamiento del pasado debido a la vertiginosidad de la modernidad, que es la interpretación de las corrientes evolutivas, pues que el pasado se encuentra sedimentado en la experiencia social. En consecuencia, es imperativo usar la experiencia social plenamente para potenciar la acción creativa en el presente.

 

Los pueblos del mundo, las sociedades del mundo, en su compleja composición de sociedades institucionalizadas y sociedades alterativas, no pueden esperar, dejar para después las tareas urgentes que les corresponde. Tampoco pueden dejar como en el olvido al pasado, retomando solo fragmentos seleccionados arbitrariamente; están como obligados a usar toda la experiencia social. Es el ahora y aquí lo que convoca a la humanidad. La experiencia social enseña que no se puede seguir por la ruta tomada, desde hace un buen tiempo, para decirlo en lenguaje conocido; esta ruta lleva al desastre, a la destrucción y posiblemente a la desaparición de la especie humana.

 

Lo que tenemos delante de los ojos es una ficción de realidad, si se quiere, recortes de realidad, conjuncionados sesgadamente, sostenida por las mallas institucionales del sistema-mundo; no es la realdad efectiva, sinónimo de complejidad. Esta desinformación terca, preservada por los Estado-nación, las estructuras de poder, la geopolítica del sistema-mundo capitalista, es la amenaza a la sobrevivencia.

 

Genealogías de generaciones nos anteceden. Lo que sabemos se los debemos a ellas, a sus experiencias sociales, a sus memorias sociales, a los saberes acumulados, a las ciencias conformadas, desde el inicio mismo de las sociedades, que aprendieron a leer en el firmamento las señales de las analogías, convertidas en símbolos, transmutaron estas señales en mitos del origen. También aprendieron las matemáticas al descifrar movimientos estelares en las noches luminosas. Quizás los primeros pasos de la geometría se hallen en esta visibilidad de las constelaciones de composiciones de estrellas. Lo que hicieron las generaciones pasadas es la geología, por así decirlo, en sentido metafórico, de la experiencia social, conformada por estratificaciones sedimentadas. A diferencia del referente sólido y pétreo, conformando también capas, de la geología como ciencia, las sedimentaciones de la experiencia social son dinámicas; se mueven y combinan distintas composiciones, de acuerdo a los requerimientos del presente, en sentido restringido. No parece adecuado juzgar, hayan hecho lo que hayan hecho nuestros antepasados; lo que no quiere decir dejar de comprender el pasado. Al contrario, se trata de comprender más, de manera más adecuada, con mayor profundidad, las complejidades singulares e integrales que llamamos pasado. Estos son los espesores de la experiencia social. Es indispensable aprender de ella, de su geología dinámica, de sus estratificaciones sedimentadas, en constante combinación. Es indispensable usar los conocimientos que emanen del análisis de la experiencia social orientando nuestras acciones. No para repetir lo mismo, ni paralelismos o, si se quiere, aproximaciones corregidas, sino para crear otros mundos; pues de eso se trata, de liberar la potencia social, la potencia creativa de la vida.

 

Es admirable el alcance de las condiciones de posibilidad actuales de las ciencias y de los saberes; empero, no han respondido a preguntas cruciales; por ejemplo, acudiendo a una de ellas: ¿En qué momento las sociedades toman esta ruta, en la que estamos? Que, si bien, parece corroborar, hasta cierto punto y hasta cierto momento las tesis evolutivas, después de ese punto y de ese momento, la ruta parece extraviada, encaminándose a un lugar sin salida. Esta pregunta en lo que respecta a las llamadas ciencias sociales y humanas. En lo que respecta al zócalo mismo de nuestras epistemologías, las ciencias físicas y matemáticas, que han abierto otros horizontes de visibilidad, de decibilidad y de interpretación, tan asombrosos, que conducen a replantearnos la estructura misma de los conocimientos acumulados; sobre todo, las certezas de las que partieron, no han explicado el funcionamiento complejo y sincronizado, en distintas escalas, del pluriverso. Los físicos denominan a esta explicación la teoría unificada.

 

La filosofía, que es como intérprete de las consecuencias ontológicas de lo que describen las ciencias físicas y configuran topológicamente las ciencias matemáticas, así como se amamanta de lo que encuentran las ciencias sociales y humanas, no ha satisfecho con sus sistemas de sentido construidos especulativamente. No ha podido interpretar el sentido inmanente de nuestra presencia en el pluriverso; incluso si este sentido solo sería válido para nosotros, para nuestras maneras de interpretar el mundo; incluso si este sentido no existe, salvo para la mirada humana. Sin embargo, se trata de darse la tarea o las tares de un rol o roles en el pluriverso; se trata de darse una labor o labores dignas de la humanidad. Salir de los mezquinos objetivos propuestos por las mallas institucionales anacrónicas, que están ligados a las estrategias de poder. ¿Qué alcance tienen estos objetivos? ¿Qué servicio prestan a la humanidad? Estos objetivos satisfacen al estrato dominante de las sociedades, además son de corto alcance, provisionales, considerando las dinámicas complejas de la vida. Los seres humanos no pueden reducirse al tamaño de semejantes ávidos objetivos, al tamaño de avaros obcecaciones, cuando tiene ante sí el acontecimiento del asombroso pluriverso, en sus distintas escalas.  Un intento de explicación aproximada de lo ocurrido podría ser: Los seres humanos han sido atrapados por sus propias criaturas, sus propias instituciones, a las que las toman como si fueran ellas las condiciones de posibilidad de sus propios nacimientos. Lo grave es que una vez dada esta inversión de roles, entre él y la creadora y lo creado, se haya persistido en este equivoco. Aunque hayan cambiado las mallas institucionales, trastrocándose, sobre todo en coyunturas de crisis, ocurría como que se iniciara la misma ruta, en otras condiciones, más amplias.

 

No podemos culpar a nuestros antepasados por lo que ha resultado como desenlace; no hay culpables; empero, podemos recoger sus huellas como experiencia acumulada. Esta es la mejor herencia con la que contamos. Ahora, podemos afirmar que por esa ruta no podemos continuar, pues esa ruta no solo está extraviada, en su propio laberinto, sino que lleva al desastre. Si no usamos esta experiencia social, entonces nos comportamos como suicidas. Ciertamente, no es de ninguna manera tarea fácil salir del atolladero donde nos encontramos; concebirnos como lo que somos, como todo ser, como toda forma de vida, creadores. Después de milenios que hemos repetido recurrentemente lo contrario, como si fuésemos criaturas.

 

Se pueden hacer distintos cortes a las composiciones complejas singulares de las sociedades; se han hecho algunas, por parte de las ciencias sociales y humanas, que han llevado a las interpretaciones que conocemos. La complejidad integral y de simultaneidad dinámica de las sociedades, comprendiendo su alteridad, no se reduce a estos cortes e interpretaciones. Se pueden hacer otros cortes que den lugar a otras interpretaciones, quizás más pertinentes. Claro que nunca alcanzarán la cobertura de la complejidad misma. Sin embargo, como ejemplo, supongamos un corte a partir de los perfiles subjetivos, por así decirlo. Toda sociedad contiene una proporción de subjetividades inquietas, curiosas, auscultadoras, con capacidades inventivas inmediatas. Sin embargo, este estrato de las subjetividades no es al que se lo escucha y se le deja hablar, sino, precisamente debido a la ruta tomada, es otra proporción de subjetividades la que se ha impuesto; la que llamaremos, provisionalmente, subjetividades narcisas; inclinadas a la ostentación, a la apariencia y a la comedia; inclinadas a la demagogia, a la impostura, a la charlatanería estridente,  que busca impresionar antes que comunicarse. Estas subjetividades son los que se montan en la cresta de la ola de las instituciones, sobre todo, en la macro-institución del Estado. Es a estas subjetividades elocuentes a las que se escucha y son estas subjetividades las que supuestamente dirigen el mundo. A su saber o astucia le llaman política, en sentido restringido.   Y son estas subjetividades las que apuestan a las dominaciones, pues creen que de eso se trata, de dominar al otro, al que definen como enemigo, apropiarse de sus posesiones. ¿Dominar, para qué? ¿Para enriquecerse, para acumular lo que la contabilidad llama capital, para sobreponerse sobre los demás, para ser los únicos sobrevivientes? El problema respecto a estas pretensiones, no deriva solamente de cuántos gozan de estos bienes, por así decirlo, sino qué cualidad tiene su gozo, y cuál es su alcance, su perdurabilidad. ¿Es que prefieren gozar ellos, de esta manera tan trivial, a costa de las generaciones venideras, sacrificando a la humanidad misma? En verdad, por así decirlo, no tiene mucha perspectiva esto, ni mucho sentido. Es, mas bien, irracional, usando, aunque no queramos, ese dualismo esquemático de lo racional e irracional.

 

No parece adecuado ese lograr es alcance desventurado, ese futuro tan mezquino, ese tamaño de logros; no es una oferta apreciable para los espesores desconocidos de la humanidad; dicho en otras palabras, no es digno de la humanidad. ¿O eso es lo que quiere la mayoría de los seres humanos? Es decir, querer ser el otro, el amo, el patrón, el dominante, ocupar su lugar; creer que la felicidad es eso, se logra así, cuando, no es otra cosa que goce banal y provisional, un autoengaño.   Si fuese así, si esto fuera cierto, entonces no habría salida. Empero, contamos con la alternativa de la duda; que no es así; que los seres humanos no renunciamos a los sueños, a los deseos profundos, a las esperanzas abiertas, que aunque las interpreten de manera circunscrita, adecuándolas  a sus propias narrativas, es una muestra de que no renuncian. Cuando la capacidad creativa se libera, aunque sea en algunos o en muchos, dependiendo del momento y las circunstancias, y ocurra esto intermitentemente, es una muestra de que no renunciamos; que las sociedades y el mundo haya cambiado, es otra muestra de que no renunciamos. Si esta intuición es la certeza de que los humanos contenemos potencia, que se encuentra inhibida, precisamente debido a la ruta tomada, la del poder, entonces tenemos la gran oportunidad de abrir otras rutas, más adecuadas a la dignidad humana.

 

Para decirlo de alguna manera, ha llegado el momento de escucharnos y vernos, de percibirnos, de comunicarnos, de conocernos, en vez de reducir al otro a estereotipos imaginarios. Ha llegado el momento de escuchar a nuestros jóvenes, así como a esa proporción de subjetividades inquietas, curiosa, que todavía se asombra como los niños del maravilloso acontecimiento de la vida y la existencia. Ha llegado el momento de aprovechar la experiencia acumulada, los conocimientos, saberes, ciencias, tecnologías acumuladas, para orientar de otra manera, nuestras acciones y prácticas, para inventar otras instituciones, que no se conviertan en fetiches, sino que sean instrumentos flexibles y cambiables, potenciadores de nuestras capacidades creativas. Como decía Walter Benjamín, ha llegado el momento de hacer un alto a la locomotora que nos lleva al apocalipsis, de suspenderse de la historia, reencarrilando en otro curso. Esto, la alternativa que escojamos, no depende de ninguna verdad, ni de tener razón, por más próxima que pueda estar de una certeza; depende de las constelaciones de voluntades singulares de los pueblos.  Solo tienen que llegar a la convicción de que hay cambiar las reglas del juego, incluso cambiar de juego. No es el juego del poder el que nos gusta, nos hace gozar plenamente, sino requerimos de otros juegos; por ejemplo, el juego de los consensos en la pluralidad de pueblos y en cada pueblo de la multiplicidad de colectivos, comunidades e individuos. También podemos jugar otros juegos; otro ejemplo, el de la comunicación, aprovechando las distintas lenguas y culturas, pues ahí radica la riqueza de la humanidad.

 

 

 

 


[1] Paul Ricoeur: Tiempo y narración. Siglo XXI; México 1996.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/%c2%a1ahora-y-aqui%21/

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