La maquinaria oxidada

La maquinaria oxidada

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

La maquinaria oxidada

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la máquina del poder no funciona, cuando funciona no solamente chirriando sino funciona alterando su utilidad, sus usos, funciona para otros fines no diseñados. Cuando la máquina se oxida, siguiendo con la metáfora. Cuando aparece como un viejo aparato, esforzándose por aparecer actual, cuando se desvencija y pretende que nada de esto ocurre, simulando regularidad; es más, simulando seguridad y confianza. Cuando los órganos de poder del Estado funcionan para satisfacer los cortos y mezquinos fines de los gobernantes de turno. Cuando estos órganos de poder están conducidos por gente tan sumisa, tan aduladora, tan falta de dignidad y decoro, que sus actos, todos grotescos, lo único que hacen es pavonearse de torpezas y violencias descarnadas, que ni siquiera parece cinismo sino brutalidad. Es cuando asistimos no solamente a la decadencia, como dijimos antes, sino al desenfreno de la incapacidad.

 

Los jueces juzgan a su modo y al antojo del que manda. Los ministros cuentan historias increíbles, que solo ellos parecen creer, fuera de la masa de llunk’us, que creen al pie de la letra todo lo que digan los “jefes”. Los medios oficiales y los medios controlados, que casi ya son todos los medios de comunicación, dan noticias que coadyuvan la versión de la deficiente narrativa del ejecutivo y la lamentable administración de justicia de magistrados incompetentes. Todo esto forma parte de una comedia recurrente, reiterativa, sin ingenio; empero, con derroche de prepotencia.

 

¿Creen que la opinión pública les cree? Incluso, ¿creen ellos mismos en su propia patraña? ¿O se trata de seguir el libreto por costumbre o inercia? ¿No queda de otra? ¿Están dan hundidos en el pantano, que no queda de otra que seguir hundiéndose? ¿En esta falta de rutas, en este abismo de sin-sentidos, aunque si, de exacerbada demagogia, en este teatro político desabrido, se tiene que seguir observando el escenario que brilla por pésimo guion y gris trama no lograda? ¿Por qué el pueblo tiene que cargar con esta decadencia y esta pésima representación del desgobierno?

 

El creer, por parte de estos delirantes convulsos gobernantes, representantes del pueblo, magistrados, comunicadores, que juegan al poder de una manera no solo inapropiada sino, mas bien, perversa, de que todo se resuelve con el monopolio de la comunicación de masas, con la estruendosa publicacidad y la machacona propaganda, es un síntoma más de su completa desubicación y enajenación. Lo único coherente, lo único que funciona, yendo alguna parte, es esta suma de disfuncionalidades, descohesiones, desbaratamientos, decadencias, torpezas groseras y brutalidades, que al acumularse, se convierten en una fabulosa implosión, donde ninguna columna puede sostener semejante edificio, pues todo está podrido.

 

No se puede atender semejante derrumbe y decadencia, escuchando los discursos oficiales vertidos, los argumentos sin lógica de los jueces, las versiones de pésima narración de los ministros, la deplorable información de los medios; pues no se encuentra en estos discursos ni siquiera algo que pueda servir como información o tenga un significado útil, salvo la magnitud del deterioro. La atención solo puede darse respecto a los hechos, sucesos, eventos, del acontecimiento de la decadencia del poder.

 

La maquinaria del poder ya solo sirve para eso, para su propia autodestrucción. Los únicos que toman en serio semejante disfuncionalidad maquínica son otras máquinas de poder, que se encuentran en análoga situación, solo que en contextos distintos, con otros personajes, con parecidos guiones o, incluso, con distintos; emitiendo discursos equivalentes o, inclusos diferentes y hasta opuestos. Estamos ante la danza macabra de bailarines lúgubres que acompasan sus pasos en marcha hacia la muerte. Estamos ante el concierto mundial de música de funeral.

 

Si muestran rostros todavía enmascarados de autoridad, si siguen efectuando actos prepotentes, practicando despotismos ateridos, repitiendo referendos, después de haberlos perdidos; revanchas buscadas hasta ganar por cansancio.  Si siguen mareando la perdiz, desplegando cortinas de humo, queriendo ocultar fechorías evidentes y delitos comprobados, como los relativos a incumplimiento de leyes; por ejemplo, la ley de contratación de bienes y servicios. Al adjudicar a una misma empresa proyectos de inversiones de magnitud, de una manera directa y discrecional, es porque ya todo ha ido tan lejos, ya todo sucede por la fuerza de atracción de la decadencia. Pero, también, porque el pueblo asombrado y anonadado deja que pase.

 

En estas condiciones la complicidad con los delitos constitucionales y los delitos contra el Estado, se ha expandido. No solo se trata de la concomitancia del entorno palaciego, el núcleo de una estructura de poder de la gubernamentalidad clientelar, sino que abarca a todos los órganos de poder del Estado, que son elocuentes en la falta de división de poderes, en la ausencia de contrapesos. Se ha expandido a todo el partido oficialista, a toda la dirigencia comprometida de las organizaciones sociales cooptadas; incluso, podríamos hablar qué se ha extendido a un pueblo, que se hace cómplice con su silencio y atolondramiento.

 

No se trata de juzgar para castigar, sino de comprender el funcionamiento de esta máquina oxidada; sobre todo, su impacto destructivo en la sociedad institucionalizada. La hipótesis interpretativa que lanzamos es que la máquina de poder, que funcionó para ejercer las dominaciones, en la era de la simulación, a partir de un momento, comienza a funcionar para su propia autodestrucción. El problema es que en esto también arrastra a la sociedad institucionalizada. ¿Qué hacer ante este derrumbe para evitar que la sociedad sea arrastrada al abismo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los mecanismos de la autodestrucción

 

El cuerpo, a partir de un determinado momento, envejece, se deteriora, se vuelve más vulnerable; ¿pasa algo parecido con las máquinas de poder? Ciertamente no ocurre de manera biológica; las máquinas no tienen vida propia; son las sociedades las que las construyen, las que las hacen funcionar, las que las reproducen. ¿A partir de un determinado momento, las sociedades mismas las oxidan, para comenzar a retirarlas como desechos? En todo caso, no parecen hacerlo conscientemente, sino como consecuencia de una duración, que a partir de un determinado momento, al alcanzar un punto de inflexión, el efecto de la repetición y la recurrencia de las mismas prácticas institucionalizadas, derivan en el deterioro de la misma maquinaria. Pero, ¿por qué entonces se persiste en conservar estos adefesios maquínicos, cuando ya no sirven? ¿Amor de los humanos a sus cosas o costumbre? Ciertamente no son todos los humanos, no es toda la sociedad en su conjunto, sino la sociedad institucionalizada, edificada en la jerarquía de las distinciones institucionales y de las diferencias sociales. El interés de mantener máquinas de poder obsoletas es de quienes se benefician con su funcionamiento chirriante y desperfecto. Esta gente prefiere su beneficio a pesar del alto costo social, político y ecológico. Esto muestra palpablemente la miseria humana de gobernantes y clases dominantes.

 

Los mecanismos de la destrucción parecen funcionar ocasionando múltiples destrucciones, desde imperceptibles hasta demoledoras y catastróficas. Ya no interesa para qué han sido diseñadas y construidas, sino que funcionen en la inercia de un poder enfermo, que se ilusiona disfrazándose de gala y cambiando de máscaras. Ya es un funcionar por funcionar, sin ningún objetivo o fin claro, salvo el de persistir y decir que estoy para que me obedezcan y me tiemblen. Este sadismo senil es el poder. De este sadismo senil amamanta esta gente que gobierna, que legisla, que juzga y que administra la farsa electoral.

 

Sin embargo, a pesar del teatro político, al funcionar de esta manera la maquinaria del poder, sus efectos destructivos calan en sus propias estructuras y mallas institucionales, en la propia sociedad institucionalizada. Aunque no se dé cuenta la clase política, la destrucción avanza; cada vez se evidencia en sus actos insólitos, en sus declaraciones delirantes, en sus poses grotescas, en sus descolocadas políticas y en sus pretensiones sin sustento. Cada vez es más evidente el derrumbe ético-moral, también el derrumbe político; incluso comienzan a perder apoyo notoriamente. Se corrobora en la merma de sus votaciones, en la pérdida electoral, que atribuyen a cualquier cosa, como por ejemplo, la conspiración. Jamás se verán a sí mismos precipitarse a la muerte. ¿Esto es parte de la autodestrucción misma? ¿Enceguecer para que los mismos protagonistas y actores apresuren su caída?

 

¿O hay algo en el poder, en sus estructuras, formas, instituciones, maquinarias, que activa, desde temprano, esta invasiva destrucción; primero, imperceptible, escondida, oculta,  todavía pequeña; para poco a poco crecer como tumor, después como metástasis, avanzando cruelmente, destruyendo todo a su paso, dejando a enajenados gobernantes y clases dominantes en suspenso, sin principio de realidad ni instinto de sobrevivencia? Puede que ambas tendencias se den simultáneamente; una todavía invisible, otra desencadenada a partir de un punto de inflexión. Se complementen o incluso sean parte del mismo proceso, del proceso de poder, que domina sobre la base del despojamiento y la desposesión de la vida; emergiendo y edificándose en la efectuación de la economía política generalizada.

 

En todo caso, de esta interpretación no se deduce que, como pasa esto, la autodestrucción del poder, hay que esperar que esto ocurra y eso basta. No, de ninguna manera, pues la caída larga, en la inercia de este funcionamiento maquínico, chirriante y destructivo, amenaza con llevarse al abismo a la sociedad misma. La responsabilidad social es echar esta maquinaria anacrónica al cementerio de las máquinas.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-maquinaria-oxidada/

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