El peso de la mediocridad

El peso de la mediocridad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

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Vamos a intentar interpretar, de una manera más completa o próxima a esto, el funcionamiento de la complejidad del poder en sus singularidades. Tratar de responder a la pregunta ¿cómo funciona la mecánica del poder en sus singularidades? Antes lo hicimos tocando tópicos y problemáticas; aunque lo hacíamos desde la perspectiva de la complejidad, incluso lanzamos hipótesis prospectivas integrales, no abordamos, en la exposición, la complejidad imbricada de los funcionamientos, comprendiendo la articulación y el entrelazamiento de los múltiples planos y espesores de intensidad.  Ahora, intentaremos esta exposición, comenzando con este ensayo, para seguir con el tejido en los subsiguientes ensayos.

 

Comenzaremos exponiendo lo que llamaremos la sumatoria y acumulación de conjuntos de engranajes, que derivan en incidencias, que tienen efectos de masa e institucionales. Las composiciones sociales, que no son estáticas, sino, mas bien, dinámicas, al conectar determinadas prácticas e imaginarios, al conectar ciertas tendencias afines, pueden adquirir tal peso, que su efecto de masa y su efecto institucional, su efecto en los decursos, adquieren preponderancia.  No necesariamente los componentes, grupos, contingentes, involucrados, lo hacen conscientemente. Cada quien, cada grupo, cada contingente, puede actuar, de acuerdo a sus intereses, para decirlo fácilmente; sin embargo, no controlan las consecuencias masivas. De todas maneras, el perfil de estas acciones, prácticas e imaginarios, incide en los decursos, de tal manera, que este perfil se transfiere a los efectos masivos e institucionales.

 

La sociedad está conformada por múltiples estratos, no solo clasificados como clases sociales, sino estratos definidos por la “ideología”, aquello que denominamos diagonales transversales del poder[1]. También los estratos pueden definirse de acuerdo a la vitalidad o a la falta de vitalidad; en este último caso, pueden definirse por la renuncia a la potencia social. Convirtiéndose en estratos dóciles al poder, además en sujetos sociales producidos y constituidos por el poder; concretamente constituidos por los diagramas de poder. Uno de estas diagonales transversales sociales, que suma y acumula estratos afines, de este estilo, es lo que podemos llamar la inclinación a la mediocridad.

 

Entendamos la mediocridad como la renuncia taxativa a la potencia social, a la vitalidad, a la capacidad creativa; también puede entenderse como renuncia a la libertad, en el sentido atribuido tanto por la filosofía crítica trascendental, así como por la filosofía dialéctica, de la modernidad. Nadie es mediocre como condena esencial, tal como se entiende en el sentido común.  La mediocridad es la aceptación del estándar requerido por el poder. El estándar de hombre que acepta los márgenes definidos por el poder, que acepta, en definitiva, la castración efectuada por el poder. Hombre que ha renunciado a la voluntad, a la autodeterminación, al uso crítico de la razón, a la inventiva. Hombre que acepta las limitaciones impuestas como si fuesen naturales. Ahora bien, los perfiles de la mediocridad pueden mantener las apariencias de cierta simulación de libertad, incluso de cierta simulación de uso de la razón; pero, también, pueden adquirir las formas más descarnadas y grotescas de la castración.

 

Las formas más grotescas de la mediocridad aparecen cuando ya no interesa guardar las apariencias, cuando ya no interesan los modales ni las formalidades, no interesa conservar la salud de la simulación. Sino, que se prefiere optar por la descarnada violencia de los actos, las prácticas, las coerciones, los chantajes, las adulteraciones y las tramoyas. ¿Cuándo se da este perfil de la mediocridad grotesca? ¿Con la forma despótica de gobierno? ¿Con la forma de gubernamentalidad clientelar? ¿Incluso puede darse en el perfil de la mediocridad que guarda las apariencias; sobre todo, en la etapa de decadencia?  ¿Por qué ya no importa las apariencias, los modales, las formalidades?

 

Una conjetura podría ser: Esto ocurre cuando el pueblo otorga excesiva confianza a un gobierno y a una forma de gubernamentalidad. El gobierno no solo dispone de fuerzas sino dispone de legitimidad. Haga lo que haga el gobierno va a ser evaluado desde el aprecio positivo y la confianza popular; si ocurren sucesos que no concuerdan con lo esperado, son tomados como contingencias en una dirección histórica en marcha, que de todas maneras, se realiza. Esta interpretación popular le otorga al gobierno tal amplitud de posibilidades, tal espacio de acciones permitidas, que el gobierno puede hacer y deshacer, puede usar a su antojo las leyes y las instituciones, puede vulnerarlas. Todas estas acciones van a ser tomadas como contingentes o errores corregibles. De esta forma el pueblo se desarma, se entrega de lleno, se hace vulnerable, además de inocente, se convierte también en cómplice.

 

Asistimos entonces a una proliferación de hechos lamentables, actitudes indignas, exacerbación de prácticas corrosivas, exaltaciones de la mediocridad campante. Se toma como lúcida cualquier pronunciación del caudillo, por más vulgar que sea. Se aceptan los mitos, no en su condición simbólica y cultural, sino, precisamente, en su condición mediocre; condición a la que ha sido reducida por la política oficial. Se considera “revolucionario” toda acción derivada del poder, por más conservadora y retrograda que sea, en su evidente alocución y realización. Se considera “teoría” a la repetición mecánica de enunciados descontextuados; se considera “estrategia” a banales astucias para desarmar a la oposición. Se considera “cambio” a evidentes restauraciones de lo mismo, de las formas persistentes del poder y las dominaciones.

 

Estas manifestaciones relativas a la irradiación de la mediocridad, no podrían darse, si no se sostienen por fuerzas, por acumulación de fuerzas; en este caso, por conexión de los perfiles menos vitales de la sociedad, por la acumulación de los perfiles mediocres, que se refuerzan y ocasionan efectos de masa e institucionales demoledores.  Cuando son arrinconadas o se retiran las dirigencias vitales del periodo de las movilizaciones sociales anti-sistémicas, y se imponen las dirigencias oportunistas, pragmáticas, serviles, que ostentan sus mediocridades como si fuesen expresiones populares o sindicales, cuando son, mas bien, muestras de lo patéticamente heredado de la sumisión labrada por siglos de las dominaciones inscritas en los cuerpos. No son lo mejor de lo popular ni de lo proletario, son la reiteración del deseo de poder, que se afinca en el miedo al poder.

 

Cuando los funcionarios dejan de ser burócratas, en el sentido weberiano, y se convierten en eunucos serviles y dóciles a las órdenes y mandatos del ejecutivo, la mediocridad estándar de la burocracia estatal se convierte en la mediocridad grotesca y sin dignidad de empleados a sueldo, guardianes grises del poder. Cuando profesionales de las empresas públicas, dejan de ser técnicos y usar la tecnología como corresponde, prefiriendo encubrir las fechorías de directores, ministros y entorno palaciego, montando farsas y fraudes, engañando al pueblo con presentaciones e inauguraciones de cartón, la mediocridad miserable destruye lo poco que quedaba de dignidad. Cuando juristas, magistrados y fiscales, dejan de guardar las apariencias, las formalidades, el manejo técnico de las leyes, prefiriendo adulterar desde la interpretación de las leyes y la Constitución hasta sus aplicaciones funestas, estamos ante el despotismo grotesco de una mediocridad sin esperanzas ni destino.

 

Entonces, se suman los perfiles de la mediocridad, de distintos estratos rezagados de la sociedad. El peso de la mediocridad incide en los decursos, produce, por así decirlo, “realidades”. En estas atmósferas es explicable que se soporte declaraciones de un ministro que asevera que la Ley Marco de Autonomías responde a la Constitución; cuando se trata de una ley anti- autonómica, que vulnera los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, conculcando, de hecho, sus autonomías y el control de sus territorios, además del manejo de sus normas e instituciones propias. Que desecha, de sopetón, el entramado de las competencias privativas, exclusivas, concurrentes y compartidas, del capítulo constitucional correspondiente a las autonomías. Es explicable escuchar decir a un vicepresidente que la intervención en el TIPNIS, territorio indígena y territorio con título comunitario, es una estrategia contra la hegemonía de la burguesía agroindustrial cruceña; que, además, se trata de llevar el “desarrollo”, la “escuela” y la infraestructura de “salud” a las comunidades indígenas. Todo este discurso muestra patentemente el desconocimiento intencional de la Constitución y el desprecio de las naciones y pueblos indígenas, además de la violencia extractivista en los ecosistemas y la ecología, que la Constitución llama madre tierra. Decir al mismo vicepresidente que ya estamos en el Estado plurinacional, corroborado en el número de representantes asambleístas indígenas en el Congreso; apreciación que muestra una concepción no solamente pobre de la problemática colonial sino también una concepción utilitarista de lo indígena.  En estas atmósferas, donde campea la mediocridad, escuchar al presidente que se declara “marxista leninista”, haciendo gala de un desgañitado “antimperialismo”, cuando sus políticas promulgadas impulsan las formas comerciales más perversas, tanto por la ampliación de lafrontera agrícola, destrozando bosques, así como por la incorporación de transgénicos, que cree que son una solución para la soberanía alimentaria; formas comerciales vinculadas a la economía política del chantaje. Estas sorprendentes combinaciones barrocas de la mediocridad son apoyadas por quienes se consideran partidarios del “bolchevismo”, incluso partidarios del “guevarismo”, y hacen gala de algo que despreciarían los bolcheviques, el cretinismo parlamentario, el conservadurismo retrogrado de juristas y dirigentes, que apuestan al castigo, a la “cadena perpetua” y a la “acumulación de delitos”. Estos “bolcheviques” tardíos, que se ponen la camiseta deportivamente, creen que al autodenominarse “bolcheviques”, se invisten con los actos heroicos de aquellos que hicieron la primera revolución proletaria victoriosa en el mundo. Nada de esto, solo utilizan los símbolos para encubrir sus descarados oportunismos. Algo parecido ocurre con los autodenominados “guevaristas”. Algo que avergonzaría al “Che” es ver usar su nombre para legitimar los más desvergonzados actos sumisos, serviles, encubridores de la galopante corrosión institucional y corrupción gubernamental[2].

 

Son los conjuntos de engranajes de estos perfiles de la mediocridad los que logran configurar un perfil de la sociedad institucionalizada y del Estado. Los que mantienen las atmósferas contaminadas de imaginarios desolados, ateridos y recalcitrantemente conservadores. Atmósferas que permiten la imposición de despotismos descarnados y violencias sin escrúpulos, acompañadas con el sarcasmo de un discurso, que todavía pretende que se cumple con las leyes, la Constitución y la democracia formal.

 

 

 


[2] Si bien, en Paradojas de la revolución, criticamos la concepción vanguardista, la teleología histórica y la concepción empirista y positivista, expresión mecánica del materialismo dialectico, además de su concepción circular del poder, no dejamos de reconocer el multitudinario acto heroico del proletariado, campesinado y pueblos rusos y de otras nacionalidades, que se enfrentaron a la realidad y a la historia; creando otras condiciones de posibilidad histórico-políticas para la humanidad. En todo caso, era otro contexto histórico-político; ahora estamos en otro contexto histórico-político diferente. La crítica va dirigida a los emuladores del “bolchevismo”, que no realizan gastos y actos heroicos para transformar el mundo y sus condiciones de posibilidad, sino son prolíficos en pragmatismos, reformismos, en repeticiones mecánicas, que no se parecen en nada al perfil audaz de los bolcheviques. En La isla que contiene al continente, expusimos la interpretación de que la revolución cubana es la excepción que confirma la regla. Vencen al imperialismo como cinco veces; con la victoria de la revolución misma, con la transformación de una revolución antiimperialista nacional-popular en una revolución socialista, con la victoria en Bahía Cochinos a un ejército mercenario, armado por el imperialismo, con la victoria en Angola, con la resistencia tenaz y heroica en más de medio siglo de bloqueo imperialista. Independiente de nuestras observaciones a la concepción “ideológica” y del Partido Comunista, lo admirable es la consecuencia y el heroísmo permanente de un pueblo entregado a la voluntad revolucionaria, lo sobresaliente es la consecuencia de sus símbolos humanos, que se complementaron con el pueblo. Lo reconocible es la capacidad organizativa y la capacidad cohesiva y la acción estratégica del Partido Comunista. En estas condiciones y dinámicas excepcionales preponderó la consistencia ética y moral revolucionaria, a pesar de algunas contingencias. Esta es la diferencia con el resto de las revoluciones socialistas; sobre todo, la diferencia con los charlatanes, que usan el prestigio de una revolución para avalar sus pragmatismos ateridos. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/paradojas-de-la-revolucion/. https://pradaraul.wordpress.com/2016/01/01/la-isla-que-contiene-al-continente/. También revisar Acontecimiento político: https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-i/https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-ii/.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-peso-de-la-mediocridad/

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