Ética y política

Ética y política

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Una de las tesis de la ciencia política, que sustenta la conjetura moderna de la autonomización del campo político, es el supuesto de la separación entre ética y política. Esta fundamentación y fundación de la política, en sentido moderno y en sentido restringido, considera que la separación, de la que hablamos, se da desde Nicolás Maquiavelo. Bueno, todo esto forma parte de la economía política de la política, que forma parte de la economía política generalizada, que, como sabemos, consiste en la bifurcación entre los concreto y lo abstracto, para valorizar lo abstracto y desvalorizar lo concreto. De estos presupuestos, de la ciencia política, se llega, con cierta facilidad, a la conclusión de que, como la política corresponde a prácticas, tácticas y estrategias, disociadas de la ética, facilitando, así, el logro de los objetivos, el fin justifica los medios. Tesis, esta, que no corresponde a Maquiavelo, sino a una corriente de intérpretes pragmáticos, por así decirlo.

 

En el caso de la separación de ética y política no es tan simple interpretar que la ética es lo concreto y la política lo abstracto, pues el campo ético como tal, la autonomización de la ética, es también una abstracción, así como la autonomización de la política. La separación de ética y política opera, por así decirlo, sobre otra separación, es decir, sobre otra economía política, que en conjunto forman parte de la economía política generalizada. ¿Sobre qué economía política opera la separación de ética y política? ¿Se puede separar ética y política? ¿Si se separan siguen siendo ética, por un lado, política, por otro lado? Vayamos despacio.

 

 

La politeia es el cuidado de la ciudad, para decirlo en términos generales. Corresponde al gobierno de sí mismo, al gobierno de la familia, al gobierno de los otros, al gobierno de la ciudad. Por lo tanto, corresponde a una pragmática, en sentido amplio, no reducido, no el sentido utilitario; en consecuencia, comprende al ethos individual y social. La práctica política es complementaria de la práctica ética, del ocúpate de ti mismo, ocúpate de tu cuerpo, que más tarde, con la influencia délfica y la interpretación socrática, se convierte en conócete a ti mismo. Como se puede ver, en tanto la politeia es el cuidado y el gobierno de la ciudad, no puede comprenderse la politeia sin el ethos.  Si ocurriera esto, como se da y aparece en la modernidad, como un conjunto de prácticas, separadas de la ética, no parece poder hablarse de politeia, pues ya no hay cuidado y gobierno de la ciudad, como preocupación de la ciudad misma, de todos y de cada individuo. En otras palabras, en la modernidad, la política deja de ser política para convertirse en un método para lograr un fin, la toma y la conservación del poder.

 

Ya Rancière definió a la “política” reducida a la preservación del orden policía, no política. La política, para él, corresponde a la democracia, a la desmesura del pueblo, al prejuicio de la igualdad; en consecuencia, a la suspensión de los mecanismos de dominación.  Esta “política”, separada de la ética, no es política, no solamente en el sentido pleno de la palabra, sino que al reducirse a un método cuyo fin es el poder, perdiendo la cualidad y la condición de cuidado de la ciudad, en la modernidad, cuidado de la sociedad, se reduce a meras tácticas y estrategias para tomar y preservar el poder. Sin el cuidado de la ciudad, sin el cuidado de la sociedad, sin el gobierno de sí, el gobierno de los otros, el gobierno de la ciudad, también, en la modernidad, el gobierno de la sociedad, el gobierno del pueblo,  como pragmáticas y hermenéuticas que comprenden el ethos, ya no es politeia, ya no es política. Por decirlo rápidamente, es una astucia de los que quieren llegar al poder y preservarlo. La “política” sin la ética no es política sino llanamente dominación.

 

Abarcando estructuras de larga duración, ciclos de largas duración, abarcando a las sociedades antiguas hasta llegar a las sociedades modernas, las genealogías de la dominación exigen problematizaciones más complejas. ¿Cuándo nacen las dominaciones? ¿Bajo qué contextos histórico-políticos-sociales-culturales singulares?   ¿Se da con la primera economía política, considerada como tal por nosotros, que es la economía política religiosa, de las iglesias monoteístas, para luego seguir la génesis de las economías políticas, que ya en la modernidad se integran en la economía política generalizada? Aunque hemos mencionado alguna hipótesis investigativas e interpretativas, al respecto, obviamente, no se puede considerar respondida la pregunta, aunque sea hipotéticamente; pues, incluso, en este caso, hipotético, se requiere una mayor consideración problemática. En este ensayo no pretendemos hacerlo. Lo que nos interesa es lo que se podríamos llamar la instrumentalización de la política, así como también de la ética. Sin embargo, el término instrumentalización resulta todavía excesivo ante el empobrecimiento práctico de lo que fue la política y lo que fue la ética. La “política”, entonces, no es política, al separarse de la ética, sino simplemente dominación a secas.  ¿En qué se convierte la ética?

 

El ethos formaba parte, por así decirlo, de la parrhesía, como dedicación a decir la verdad. Por lo tanto, se puede comprender que aletheía, la politeia y el ethos, forman parte de la parrhesía, del decir verdadero. Cuando la ética se reduce a la moral, en sentido moderno, tanto en el sentido utilitarista, así como en el sentido esencialista, si se quiere metafísico; más tarde, en el sentido kantiano de principio categórico, la ética es como un método para la satisfacción egoísta, en un caso; es una especulación filosófica, que la inhibe o la contiene, la retiene, como inmanencia, en la interioridad,; se convierte en el deber ser; es decir, en parte de los deberes complementarios a los derechos de la Constitución. El ethos deja de formar parte de una pragmática formativa, del sí mismo, de los otros, de la ciudad, de la sociedad. La ética ha desaparecido como tal para ser sustituida por un pragmatismo vulgar, por una divagación filosófica y por una exigencia estatal.

 

Se puede decir entonces, que en la modernidad desaparecen la política y la ética; se evaporan. Lo que aparece es un método unilineal, uni-causal, una herramienta simple, que corresponden a las tácticas y estrategias para tomar el poder y preservarlo. La ironía de la historia política, si es que hacemos caso a la tesis de la ciencia política, que dice que la ciencia política, es decir, el análisis político, nace con Maquiavelo, es que la denominada “política” en la modernidad, nace justamente cuando la política muere.

 

La ética como ethos, no como moral, en sentido moderno, que ya no corresponde a la pragmática formativa, al cuidado de sí, al cuidado del cuerpo, tampoco al conócete a ti mismo délfico, que ya no corresponde a la parrhesía, aparece como moral utilitarista, como concepto filosófico, abstracto, separado de la dinámica formativa y constitutiva de la subjetividad, de la que forma parte, como deber ser, parece ser no otra cosa que la formación discursiva adormecedora de las consciencias desdichadas, que ocultan la muerte del ethos y legitiman  su crimen.

 

Sin embargo, a pesar de la muerte de la política y de la ética, en la modernidad, paradójicamente, es cuando más se ha hablado, escrito, descrito, investigado, interpretado y teorizado, sobre política y ética. Ocurre, figurativamente, como si sobre el cadáver o los esqueletos, mas bien, el sepulcro, de la política y de la ética, se erigiera el duelo de los asesinos, quienes usan los nombres, los significados, quizás hasta los símbolos, de la política y de la ética, para edificar la anti-política y la anti-ética.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Banalización de la política y de la ética

 

Es menester hacer una reflexión a propósito de esta economía política de la política y de esta economía política de la moral; de esta reducción de la política a la dominación y de esta reducción de la ética a la moral. Primero, comenzaremos con lo que llamamos el fetichismo de los nombres, que es como una especie de “ideología” fragmentada de los conceptos; como si éstos mantuvieran su estructura constituida, de una vez para siempre. Se atribuye a los nombres una especie de autonomía propia, aunque muy exclusiva y abstracta; se les considera como esencias, que tienen “vida” propia. Dicho de otra manera, de modo paradójico, es como si las palabras volvieran a ser cosas, a pesar de la diferenciación efectuada durante la modernidad; cuando las palabras dejaron de ser las cosas, conformando dos mundos radicalmente distintos, y el lenguaje se repliega sobre sí mismo. Entonces, en la medida que se mantiene el nombre, a través del uso del lenguaje, es como si se creyera que el nombre mantiene sus propiedades y atributos semánticos, constituidos, en un principio; como si el concepto mantuviera su estructura categorial. Esto es puro fetichismo; es decir, “ideología”. Las palabras ni el lenguaje tienen vida propia, tampoco los conceptos, ni las teorías; la vida la tienen los humanos, insertos en relaciones y estructuras sociales, coaguladas en mallas institucionales. La vida transmitida y transferida la efectúan los humanos en sus prácticas y usos del lenguaje, de los nombres y de los conceptos.

 

Una de las consecuencias de las arqueologías de los nombres, de los conceptos y de los lenguajes, es que el uso, el uso práctico del lenguaje, de los nombres y los conceptos, otorga sentido a los nombres y a los conceptos. Estos sentidos no permanecen inmutables, pues dependen de los usos prácticos, de sus utilidades, de las denotaciones y connotaciones que adquieren en contextos histórico-políticos-sociales-culturales singulares. De las mutaciones ocasionadas, incluso de las transformaciones semánticas y conceptuales desplazadas.

 

Otra consecuencia, es la modificación, mutación y trastrocamiento institucional ocasionado por la economía política de la política y de la economía política de la ética. Las operaciones instrumentales de estas economías políticas específicas, en el contexto dinámico de la economía política generalizada, conforman mallas institucionales, que suponen las separaciones imaginarias entre ética y política; separaciones que son sostenidas y también consolidadas por la organización institucional. Como dijimos, estas separaciones reducen el alcance semántico y conceptual de los nombres en cuestión. Esto implica una modificación de su estructura semántica y de estructura conceptual, así como de la estructura, por así decirlo, de sus implicaciones prácticas. A pesar de que la política, en tanto término, sea el mismo nombre usado, en los lenguajes, formaciones discursivas y enunciativas, de la modernidad, su sentido, su significación, su semántica, su estructura conceptual, no es la misma. Adquiere otra funcionalidad en las sociedades modernas y sus mallas institucionales, además de su incidencia en las prácticas sociales. Cuando hablamos de “política”, hablamos de otra cosa, de otra denotación y connotación, de otra concepción, de otra funcionalidad estructural en las mallas institucionales de la modernidad. Ya no es política, en el sentido antiguo, abarcando también sus propias mutaciones arqueológicas, en esa época.

 

Lo mismo ocurre con el término ética. Ya no es la ética a la que se refería la antigüedad, con todas las diferencias culturales, religiosas y filosóficas y culturales, que pueden haberse dado.  Es un término, cuyo nombre tiene otra semántica y otra estructura conceptual, además de otra funcionalidad institucional y práctica.  En la modernidad se trata de la moral, si se quiere privada, cuya realización dependen del principio categórico.

 

La tercera consecuencia, de la que hablaremos, es que al empobrecerse el alcance semántico, conceptual y práctico de la “política” y la “ética” en la modernidad, tiene implicaciones abrumadoras en el ejercicio de la democracia. Como dijimos en otro texto[1], la democracia moderna no es autogobierno, que es lo que implica la democracia, el ejercicio del gobierno del pueblo. La democracia representativa y delegativa no solo es una reducción y limitación de la democracia, por parte del poder constituido, sino es la usurpación de la política al pueblo; al delegar este ejercicio, el de la “política”, a los representantes. La democracia simulada corresponde ya no a la política, en sentido pleno de la palabra, sino a la dominación a secas. El sentido de la política se empobrece tanto que el ejercicio de la política se reduce al banal método del fin justifica los medios. La banalización de la política solo significa el sin-sentido de tomar el poder y preservarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/etica-y-politica/

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