Los pueblos no son enemigos

Los pueblos no son enemigos

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Los pueblos no son enemigos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los pueblos no son enemigos; son los estados los que lo son; por lo menos, así se conciben en la competencia geopolítica. Empujan a sus pueblos a la guerra, capturando sus fuerzas; chantajeando emocionalmente, con sus discursos patrioteros. Discursos que desconocen la Patria Grande, la del continente de los pueblos. La historia política, en sentido restringido, circunscrita en el supuesto núcleo del Estado-nación, está plagada de enemistades y atravesada, intermitentemente, por guerras fratricidas. El sacrificio de los hombres del pueblo es grande, en sus edades mozas, para defender, no la patria, que es el espesor territorial y cultural, donde los humanos de las sociedades concretas se relacionan con los ciclos vitales, desde sus ciclos sociales. Esa patria no es la que se defiende; lo que defienden y por lo que mueren es por el Estado de sus oligarquías, que los mandan al matadero.

 

Los Estados, con sus gobiernos, no pueden solucionar los conflictos entre Estados, sino por medio de la confrontación, la competencia y, en extremo caso, la guerra. Solo los pueblos lo pueden hacer, pues, ellos no se mueven en las lógicas de la geopolítica; en las estrategias de dominación del espacio vital, sino en los desenvolvimientos y desplazamientos dinámicos de las geografías congénitas, mutantes y ecológicas.

 

Ciertamente, los pueblos responden a sus configuraciones diferenciales, a sus historias singulares variadas y distintas, a pesar de las analogías que podamos encontrar, a pesar de las confluencias que pueden haberse dado y darse. Sin embargo, no se requiere ser homogéneos para ponerse de acuerdo, consensuar, apoyarse y solidarizarse; es, precisamente en la riqueza de la diversidad donde se encuentra la posibilidad de la complementariedad. La integración es viable debido a la complementariedad de pueblos y territorios.

 

Para no extendernos en la prolongada y larga historia de las guerras, comprendiendo sus diferencias, situándonos en la modernidad, las guerras forman parte de genealogías del poder, que nacen, precisamente en la guerra de conquista. Se convierte, esta guerra, en condensaciones de mallas institucionales singulares de un Estado concreto. El Estadio reactualiza la guerra contenida en sus entrañas como guerra civil contra su pueblo o, de manera diferida, en la intermitente represión y constante violencia. En situaciones de competencia geopolítica, entre estados, deriva, en ocasiones, en guerra entre países.

 

Esta guerra de los estados, es la guerra de las máquinas de guerra, engranadas a las máquinas de poder. La “ideología” geopolítica de los estados, remueve el esquematismo inscrito, en la carne, institucionalmente, de la dualidad antagónica del amigo-enemigo; esquematismo estructurante de la política restringida, que no es otra cosa que dominación. Este esquematismo define la política nacional; así como la política regional y mundial. Este esquematismo puede llegar a expresarse como antagonismo entre naciones, cuando la “ideología” estatal patriotera convence; es decir, se vuelve como sentido común, en las poblaciones.

 

Considerando la larga, proliferante, dramática y hasta trágica, historia de las guerras, en la modernidad, aparte de las dos guerras mundiales; la muchas guerras entre los países, nos enseñan lecciones que deberíamos haber aprendido. Estas guerras son desbordes de las crisis estructurales de los Estado-nación; la crisis de legitimación o la crisis económica, si se quiere, la crisis de escases de recursos naturales, desembocan en el enfrentamiento fratricida entre pueblos, cuando son los Estado-nación los que se encuentran en medio de las crisis.

 

Puede describirse esta genealogía singular de una guerra específica; identificar, por ejemplo, al Estado agresor y al Estado agredido, que se defiende. Ciertamente; empero, esta dualidad entre agresión y defensa, no explica la mecánica y dinámica de la guerra. Ciertamente, se puede interpretar la guerra como geopolítica regional y observar la expansión de un Estado-nación, en este caso, el agresor,  como estrategia de dominio del espacio, no solamente vital, sino espacio de reserva de recursos naturales; materias primas de las que está necesitada la potencia industrial, embarcada en plena revolución industrial y en expansión mundial imperialista. Sin embargo, a pesar de este acierto, la problemática no está dilucidada: ¿por qué los pueblos han sido arrastrados a una guerra, donde sus hijos van a morir, para realizar la geopolítica de las oligarquías? Esto, incluyendo al Estado-nación de la potencia imperialista y a su pueblo; potencia imperialista que ha sustentado una geopolítica regional, de una burguesía intermediaria portuaria para lograr el control, por medio de la potencia secundaria regional, de los recursos naturales, que requiere la revolución industrial de la potencia mundial[1].

 

Si en la guerra hay un Estado victorioso, ¿qué gana el pueblo? Incluso si se acepta las repercusiones benéficas de la victoria en el pueblo, la victoria militar no es para el pueblo, salvo “ideológicamente”, sino, efectivamente, para la burguesía dominante. No es el Estado-nación derrotado el verdadero perdedor en la guerra, el que paga las consecuencias de la derrota; los gobernantes de turno hasta pueden arrogarse el atributo, que nadie les ha dado, de firmar un tratado de paz, entregando territorios que no les pertenecen, sino que forman parte de las herencias de los hijos del pueblo. Es el pueblo el que sufre la derrota, en sus distintas connotaciones.

 

En la guerra, un Estado puede ganarla, otro Estado, perderla; empero, se puede decir que los dos pueblos, del país victorioso y del país derrotado, pierden, aunque haya distintas magnitudes de la derrota.

 

Es más inconcebible la guerra entre países en un continente despojado por la conquista colonial, ocupado por las cartografías de poder, transformado geopolíticamente para dar lugar al sistema-mundo capitalista. Sirviendo el continente territorial como continente reservas cuantiosas de recursos naturales, como input de los procesos productivos industriales y de valorización del capital. También, teniendo en cuenta el norte del continente, sirviendo como base de la transformación estructural del capitalismo; desplazando el capitalismo de la revolución industrial hacia un capitalismo de revoluciones tecnológicas permanentes, reingenierías administrativas, reorganizaciones operativas de la composición técnica y del trabajo, llamada anteriormente división del trabajo. Revoluciones paralelas y conectadas, dadas en múltiples planos operativos de la maquinaria capitalista, conformada por sistemas operativos coordinados e integrados en series. Se transforma la administración empresarial, así como se genera la transformación institucional del Estado, no solo como garante de la libertad de mercado y de la libre empresa, sino como el encargado de impulsar políticas económicas, que protejan los intereses generales y estratégicos de la burguesía ideal.  El Estado actúa como si fuese la burguesía ideal, saltando las vallas de los intereses mezquinos de las burguesías concretas o, si se quiere, estratos de la burguesía nacional, otorgando a la burguesía la potestad de clase dominante.

 

Cuando el Estado se coloca en este papel, que podríamos llamar, estratégico, los pueblos son tomados en cuenta, no para autogobernarse, lo que implica el ejercicio de la democracia, sino para legitimar la geopolítica regional, o, en términos más estrechos, la geopolítica nacional. El pueblo es la carne de cañón en el frente de la guerra; es la masa electoral; es la población trabajadora, en sus distintos estratos y ocupaciones; es la población que consume, comprando en el mercado. Es la ausencia misma en la estructura administrativa del Estado; aunque es el referente de los discursos.  Es la multitudinaria voz callada, siendo la voz de los representantes, la que habla por ella.

 

La guerra inducida por los Estado-nación es acontecimiento bélico, desatado entre los estados; empero, padecida por los pueblos. Los pueblos tienen otros caminos, aparte del camino de la guerra, propulsada por los estados. Parece difícil que los pueblos puedan verse con sus propios ojos y no con los ojos del Estado. Al verse desde la mirada del Estado no miran otra cosa que la figura del Estado, aposentada en sus imaginarios, en la “ideología”, en la historia oficial. Desde esa mirada no se reconocen como pueblo auto-determinado, sino como Estado soberano. No se sienten capaces de autogobernarse, sino que delegan esta tarea a los gobernantes y a los representantes. Al hacerlo, al delegar, transfieren sus múltiples voluntades singulares a la voluntad general, que no es otra cosa que la voluntad del poder, legitima el ejercicio de la voluntad gubernamental.

 

Es responsabilidad de los pueblos evitar la guerra fratricida. Los estados no lo van a hacer, digan lo que digan. Son los pueblos los que tienen que hablar entre ellos, discutir los temas álgidos pendientes, buscar soluciones consensuadas; sobre todo, en la perspectiva de constituir la Patria Grande. Los gobernantes, los representantes, no hablan ni consensuan, sino se interpelan en sus mutuas competencias ante el pueblo. Son actores para una trama imaginaria, donde ellos, gobernantes y representantes, se colocan como protagonistas, en un escenario imaginario. Mientras en los escenarios reales y efectivos, son como marionetas de máquinas de guerras, máquinas de poder, máquinas económicas, que no son otra cosa que máquinas de la muerte.

 

Hay que evitar la guerra y lograr no la paz demagógica de los estados, sino la integración complementaria entre pueblos, haciendo del continente la Patria Grande.

 

Si de todas maneras, estalla la guerra, el pueblo agredido está obligado a defenderse, de la mejor manera posible y de la forma más contundente. No va poder hacer esto ni lograrlo, la defensa efectiva, bajo la conducción de un gobierno demagogo, espantoso administrador, chantajista e irresponsable; no lo va poder hacer con un ejército que cree que el ejército es el servicio militar obligatorio, enseñar a marchar y obedecer a los soldados, uniformar a los oficiales, darles armas a todos los uniformados, soldados y oficiales, sin lograr organizar la máquina de guerra y la defensa integral de la movilización total. Un ejército que no ha asumido orgánicamente, transformándose, la dramática historia de las derrotas y pérdidas territoriales sufridas. Si se da de esta forma, será otra derrota militar y quizás otra perdida territorial, con consecuencias desastrosas en la ya frustrada autoestima nacional.

 

La defensa nacional no puede ser sino total; esto implica la movilización general de todo el pueblo, bajo la organización militar del autogobierno del pueblo. La organización militar y las estrategias de defensa no pueden provenir de los obsoletos paradigmas y esquemas de estrategias aprendidos de memoria, sin contar con experiencia de movilizaciones en gran escala, coordinadas en una integral tecnología y estrategia de guerra. La organización militar popular para la defensa del país requiere de la liberación de la potencia social del pueblo, de sus capacidades inventivas. Sobre todo, de la convocatoria asumida colectivamente, comunitariamente y socialmente, para una guerra de defensa integral, que dispone de todas las fuerzas del ser social del pueblo en acción. Incluso, la articulación integrada de las múltiples voluntades singulares del pueblo para una guerra prolongada.

 

Los pueblos que no son capaces de defender su territorio no merecen existir.

 

 

 

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/los-pueblos-no-son-enemigos/

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