Materia, cualidad y representación

Materia, cualidad y representación

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

Materia, cualidad y representación

 

 

 

Materia es una palabra, también es una representación, así como es concepto. Si se quiere, ampliando el panorama, es palabra que se abre a su polisemia; hay variadas representaciones de la materia; hay varios conceptos de la materia, dependiendo de la formación discursiva que la enuncia. Ninguna de estas expresiones es materia o, mejor dicho, la materia a la que se refieren. La materia está más acá y más allá de estas pronunciaciones, escrituras, representaciones, conceptos. Los discursos hablan de la materia; pero, no son la materia de la que hablan, por más que hablen de ella, por más que crean, que al hacerlo, la encantan y atrapan su corazón.  Este es el antojo de los discursos y de las representaciones de los filósofos. Solo retienen imágenes, que han podido obtener de ella, la materia. Ocurre como el astrónomo que tiene la fotografía de una galaxia; empero, no está en esa galaxia, salvo sea la Vía Láctea. O el enamorado platónico que tiene la fotografía de la que desea o ama, empero, no la tiene, sino solo su imagen, con la que sueña. Los astrónomos saben que de lo que se trata no es solo contar con la fotografía de la galaxia, sino de estudiarla, contando con muchas fotografías, otros instrumentos, otras captaciones, como de resonancias o composiciones materiales y energéticas. Lo que nos muestra que no se trata solamente de la primera imagen asumida, como considera Edmund Husserl. También sabe que  se trata de llegar a algún planeta adecuado, acceder a él, estar en el planeta, conociéndolo en la aproximación mayor, que es ser parte del planeta. En cambio, a diferencia del astrónomo, el filósofo se contenta con la imagen retenida del objeto o campos de objetos, creyendo que con ésta basta, para conocer el objeto o el campo de objetos. Con la imagen vive como un sueño, dándole vida a la imagen, la que cambia, muta, se transforma, de acuerdo a la inspiración imaginaria.

 

 

Esta es la diferencia radical y absoluta, por así decirlo, entre inventarse una materia, hecha como colaje de retazos de imágenes, recolectadas, y la existencia de la materia. Retomando un concepto fundamental en la fenomenología, para llegar a la materia es indispensable vivirla; de este modo se la conoce. Sin embargo, cuando la fenomenología llega a esta lucidez, ocurre como si se asustara ante el contacto sensible con la materia, ante la posibilidad de la vivencia de la materia, y retrocede a los prejuicios de la filosofía, que cree que basta la razón abstracta, es decir, una razón fantasma, separada de la percepción y el cuerpo, para conocer la materia. El empirismo no va más lejos que el racionalismo; reduce la experiencia a la representación, ni siquiera de la experiencia, sino de experimentaciones controladas con fragmentos aislados de recortes de realidad,  recortes, peor, fragmentos, que ya no están efectivamente en el mundo, sino en el laboratorio. Entonces, el empirismo también se queda con representaciones, conectadas por hipótesis casualistas; algo parecido, aunque de otra manera, de lo que ocurre con el racionalismo. Unos creen que han encontrado regularidades generalizables, que consideran leyes; otros creen que han hallado las esencias, al haber vaciado de contenido a las representaciones iniciales, que todavía estaban contaminadas por la experiencia.

 

 

Lo llamativo y sorprendente es que empiristas y racionalistas, que son parte del mundo efectivo, de los entramados vitales de los ecosistemas, que son cuerpos, entonces materia, consideran como lugar de reflexión, análisis y locución, un lugar fuera de la materia, fuera de la experiencia, fuera del mundo efectivo. ¿Qué podríamos llamar a este comportamiento? ¿Extrañamiento? ¿Enajenación? ¿Anulación de su condición efectiva para conocer? Sustituyéndola por una condición insostenible, que no se encuentra en ninguna parte.  Es extraño este comportamiento. ¿Cómo explicarlo? Empero, no nos vamos a detener en estas conductas y comportamientos de suspensión. Nos interesa seguir con las anotaciones de estas anecdóticas escenas, que adquieren notoriedad y relevancia por la coacción  e inducción de las mallas institucionales del poder, que adquieren múltiples formas de dominación.

 

Nos interesa detenernos en la exposición fenomenológica de Husserl sobre las distinciones que hace de materia, cualidad y representación.  En el capítulo sobre Materia del acto y representación, en el apartado sobre La concepción de la materia como acto fundamentante de “mero representar”, Husserl escribe:

 

 

 

Únicamente la circunstancia de que las esencias intencionales de todos los demás actos sean complejas, de tal suerte, que encierran necesariamente en su seno como parte integrante una esencia representativa, es lo que justifica el hablar ahora de la distinción entre la cualidad y la materia; distinción en la cual se entendería bajo este último título esta necesaria esencia representativa fundamentante. Justamente por esa desaparecería la distinción toda, al tratarse de actos simples, los cuales serían eo ipso meras representaciones. Debería decirse, pues, también: la distinción entre la cualidad y la materia no designa una distinción entre géneros radicalmente distintos de momentos abstractos de los actos. Consideradas en sí y por sí, las materias no son nada más que “cualidades”, esto es, cualidades representativas. Lo que hemos llamado esencia intencional de los actos es justamente todo lo cualitativo en ellos; esto es, en efecto, lo esencial en ellos frente a lo accidentalmente mudable[1].

 

 

 

 

¿Qué quiere decir: las materias no son nada más que “cualidades”, esto es, cualidades representativas? Si bien se puede aceptar que, una vez percibida la materia, convertida en objeto de la percepción; luego o sucesivamente, de manera casi inmediata, en objeto intencional, para ser compuesto por significaciones, expresiones y representaciones; lo que no se puede sostener es que la materia sea cualidad representativa o cualidad representada. Es difícil hablar consistentemente de materia de la representación o materia en la representación; la representación no tiene materia; la materia pertenece al acontecimiento, para distinguirlo del fenómeno, del que habla Husserl. En todo caso el objeto intencional emerge del contacto y la relación del cuerpo con la materia del acontecimiento. ¿Por qué llamar entonces a la materia cualidad representativa?  ¿Por qué reducir la materia a la representación sin materia?  O, si se quiere, matizando la pregunta, ¿por qué reducir la materia a la cualidad?

 

 

Aquí se encuentra la cuestión o el quid de la cuestión, lo que diferencia a la fenomenología de la percepción de la fenomenología trascendental. ¿Por qué la materia efectiva, que aparece, en el discurso de Husserl, podríamos decir, como innombrable, como alteridad al mundo de las representaciones, tiene que ser nombrada cuando se la reduce a la cualidad como representación? ¿Qué tiene la materia para ser descartada, de esta manera, por la filosofía?

 

 

Interpretando, podemos decir que para la filosofía, que se afinca en el mundo de las representaciones, la materia efectiva es una alteridad a este mundo de las representaciones, una anomalía salvaje; lo irreductible al pensamiento especulativo. Por eso, es menester capturarlo, aunque sea su fantasma a quien se captura, su perfil dibujado, sus cualidades, que funcionan como representaciones de características de la materia captadas. Solo se puede trabajar con la “materia”, una vez capturada; una vez que se tiene atrapado a su fantasma. De esta manera, se puede seccionar el cuerpo incorpóreo del fantasma. La filosofía trabaja con fantasmas; aunque no solo la filosofía, sino también las ciencias sociales y las ciencias humanas; además de la “ideología”. La filosofía no analiza el mundo efectivo sino su fantasía, el hábitat de los fantasmas. Y esto lo hacen no solamente los señalados como idealistas, sino también, sorprendentemente, los autodenominados materialistas.  La diferencia entre ambos campos teóricos encontrados de la filosofía, radica en que unos se inclinan por los fantasmas más gruesos, que más se parecen o  conllevan las cualidades representativas de la materia; mientras que los otros se inclinan por los fantasmas más lánguidos, que parecen expresar mejor las esencias buscadas, como se busca en la alquimia la piedra filosofal. Pero, ambos están atrapados en el mundo de las representaciones, ambos han abandonado el mundo efectivo. Ambos se pelean por la verdad de sus representaciones o sus narraciones.

 

 

El mundo efectivo no es un problema de representaciones, sino de dinámicas de conversiones de energía en materia y viceversa, en determinadas condiciones dadas. Es un problema relativo a las fuerzas fundamentales del universo o el pluriverso, de la asociación de partículas infinitesimales, de cuerdas que se acoplan y forman macro-cuerdas y membranas. El conocimiento, en este caso humano, no puede explicarse recurriendo solo a las representaciones, a la fenomenología de las representaciones; de aquí no se sacaría nada que explique la formación del conocimiento. El conocimiento se constituye en la experiencia y la vivencia, que conecta los cuerpos con el mundo efectivo y al mundo efectivo con los cuerpos, haciendo que las relaciones con este mundo efectivo se amplíen y complejicen. Para decirlo, de una manera sintética, que las relaciones con el mundo efectivo  devengan fenomenologías.

 

 

La materia es acontecimiento existencial del universo o pluriverso; el conocimiento es acontecimiento vivencial, inmerso en el acontecimiento existencial. Se conoce porque se vive la materia, porque se es materia, en una de sus formas, por cierto como composiciones complejas, además en constante devenir. Un ejemplo, se puede considerar que la percepción también corresponde a la transformación de la materia efectiva en energía que la percepción, el cuerpo, convierte en fenomenología de la percepción; por lo tanto, en representaciones.  El conocimiento no es representación; esto sería como plegar el pluriverso de once dimensiones – el cálculo matemático de la teoría de las cuerdas – a un universo de solo dos dimensiones – el plegamiento -. No sería otra cosa que un universo plegado al plano; con la diferencia de que en la teoría de las cuerdas las dimensiones plegadas conservan las propiedades, en escalas menores. Sin embargo, cuando la filosofía pliega, imaginariamente, la complejidad del mundo efectivo, la vacía de contenidos, dejando a su representación vacía; de tal manera, que ya no conserva las propiedades del mundo efectivo, sino que las sustituye por otras “propiedades”, las de la puridad de las esencias. El conocimiento, al ser devenir, conocimiento del devenir percepción, se edifica en el substrato de la intuición perceptual, que intuye la totalidad y la situación de lo que se conoce en la totalidad, así como la situación del que conoce en la totalidad.

 

 

Las teorías del conocimiento de la filosofía parecen dibujos animados ante y en comparación con la complejidad fenomenológica del conocimiento. Cuando decimos que Husserl clausura el ciclo de la filosofía moderna,  lo decíamos con, por lo menos, dos connotaciones; una, que Edmund Husserl lleva al extremo las consecuencias abiertas por las críticas trascendentales de Emmanuel Kant; otra, porque al colocarse en los límites de la episteme moderna y en los umbrales de la episteme compleja,  inaugura recorridos hacia la post-filosofía, que ya forma parte de la episteme compleja; esto es, la fenomenología como nuevo campo de saber, el saber de los fenómenos.

 

 

La teoría del conocimiento de la fenomenología trascendental no es un plegamiento en dos dimensiones, sino la comprensión de la complejidad de la vida y sus avatares, por así decirlo; complejidad explorada desde la perspectiva de la fenomenología. Este es el desplazamiento intrépido y a la vez riguroso de Husserl; aunque lo haya expuesto, primero, como lógica pura ampliada, convertida en epistemología; después, como fenomenología trascendental, que ya no es epistemología, sino un saber complejo de los fenómenos. Parece que nuestra tarea es heredar la fenomenología, retomarla, recuperándola; rescatarla de las marañas de mallas metafísicas, que tratan de atraparla y retenerla; mallas o redes de captura de las instituciones del saber fosilizado, el de la filosofía; carga pesada, heredada también; herencia dejada por la episteme moderna y por la filosofía moderna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ver de Edmund Husserl Investigaciones lógicas II. Capítulo 3, Materia del acto y representación; apartado 23,  La concepción de la materia como acto fundamentante de “mero representar”.

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