Desenlaces inesperados

Desenlaces inesperados

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Desenlaces inesperados nos obligan a revisar las tramas, donde se gestaron; usando la estructura de la narración como metáfora para referirnos al acontecimiento político. Ciertamente, el acontecimiento político no puede parecerse a, ni explicarse, por la trama de la narrativa, pues no es mito, en el sentido aristotélico, o mejorado, en su comprensión, por Paul Ricoeur; sino, simultaneidad dinámica de composiciones singulares, integradas en la singularidad misma del acontecimiento en su momento.  Entonces, ¿por qué esta comparación de lo que no es análogo, la trama y el acontecimiento? Parece que el problema se encuentra en el lenguaje heredado; no podemos salir del mismo. Como decía Emile Benveniste, nacemos en el lenguaje y desde el lenguaje nombramos el mundo. ¿Cómo hacer entonces para pensar el acontecimiento como tal y no como si fuera trama? Optamos, como se sabe, por incursionar en el pensamiento complejo, que ayuda a concebir la simultaneidad dinámica del espacio-tiempo, así como la sincronía dinámica del tejido espacio-temporal-territorial-social en constante devenir. Sin embargo, debemos recurrir al lenguaje heredado cuando hay que exponer. Aunque no debemos dejarnos atrapar por sus estructuras y sus lógicas binarias, tampoco por sus tropos semánticos.

 

Para decirlo de la manera más clara, aunque desde ya, reducida, desde un principio, al utilizar la palabra, mientras el mundo efectivo se mueve en la simultaneidad dinámica de sus tejidos y entrelazamientos, el uso del lenguaje transcurre en la linealidad de su elocuencia. Es más, obliga a representar un antes y un después; quizás también esta secuencia apoye a la idea de causalidad. Por otra parte, la cultura, como ámbito simbólico, alegórico, de habitus, de significados sociales compartidos, así como de paradigmas heredados, obliga a enfocar las interpretaciones desde estos corpus teóricos y culturales. Es como si por el uso del lenguaje el mundo que interpretamos estuviera ya preformado por la palabra, por las tramas heredadas, estructurado en las narrativas.

 

Sin embargo, el mundo efectivo no responde a ninguna narrativa, tampoco lo explica alguna narrativa; el mundo no está preformado. Las interpretaciones que desprendemos son orientaciones en el camino; sobre todo, son fenomenologías de las significaciones. Ni las orientaciones ni las fenomenologías del sentido pueden decir la verdad sobre el mundo efectivo; están para adaptar, adecuar, equilibrar, mejorar, nuestras acciones y relaciones en el mundo y con el mundo. Son como se dice, simplemente instrumentos de sobrevivencia y de potenciamiento.

 

Las aproximaciones a la complejidad, sinónimo de realidad, requieren de distanciamientos, incluso de separaciones, con los paradigmas heredados, también de los simbolismos y alegorías simbólicas, que acompasan a los imaginarios sociales. Ciertamente, esta tarea no es fácil de cumplirla, pues las herramientas con las que contamos son las concomitantes con el lenguaje heredado. No se trata de inventar un lenguaje de la complejidad; ahora y aquí; esta tarea es de largo aliento y ocurre más por procesos de estructuras de larga duración, que por voluntad humana. Se trata, mas bien, de conjugar las herramientas heredadas, limpiadas de todo fetichismo, de toda pretensión de verdad, de todo absolutismo racional, de toda ideología, componiendo interpretaciones, que jueguen con los nudos de la complejidad articulada de la realidad efectiva, que jueguen, por así decirlo, con los nichos ecológicos. Interpretar, empero, sabiendo que la interpretación no es todo, tampoco la totalidad del mundo, sino que el más acá y el más allá de la interpretación es precisamente la contextura compleja del mundo efectivo en constante devenir.

 

En lo que respecta al acontecimiento político que atendemos, el de la victoria del No sobre el , respecto al Acuerdo de Paz, y que nos sorprende, por así decirlo, en su desenlace inesperado – usando el termino desenlace como metáfora, limpiado de pretensiones y connotaciones narrativas –, requerimos incorporar a la fenomenología de la percepción social la experiencia social y la memoria social política vividas en el presente manifiesto, en toda su incertidumbre, indeterminación y complejidad[1].

 

Dicho de otra manera, de un modo más pedagógico e ilustrativo, con todos los riesgos de reduccionismo que conlleva esto, es menester avanzar hacia los terrenos de lo desconocido del acontecimiento político, a los espacios-tiempos desconocidos de la complejidad, sinónimo de realidad efectiva. Para comenzar por algo, quizás una tarea no tan complicada, al principio, diremos que es indispensable describir los contextos concretos de las fenomenologías perceptuales singulares sociales, correspondientes a esos contextos; vinculadas a experiencias sociales singulares y memorias singulares sociales, que emergen de esos contextos concretos y de esas fenomenologías de la percepción singulares sociales.

 

Estos desplazamientos, que llamaremos metodológicos y epistemológicos, tan solo para describir dinámicas moleculares sociales y dinámicas molares sociales, correspondientes a contextos concretos, ya implica enfocar los fenómenos sociales imbricados de otra manera. Por ejemplo, una pregunta pertinente parece ser: ¿cuáles son las percepciones sociales formadas, que inciden en determinadas conductas y comportamientos políticos locales? ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales que se toman? Las mismas que tienen efecto de masa; por lo tanto, inciden en los desenlaces molares e institucionales. La misma peculiaridad, relativa al problema que nos ocupa, el desenlace del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, puede ser dicha de esta manera: ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales de los votantes por el No y los de la abstención, considerando los contextos concretos donde se emitió el voto o donde no se lo emitió?

 

Ciertamente, las respuestas a estas preguntas ameritan investigaciones empíricas, con proyección descriptiva. Esta es la tarea imprescindible si se quiere comprender el desenlace imprevisto; a diferencia de evitar comprenderlo, manteniéndose tercamente en una verdad consabida, que solo atina a explicar su extravío, señalando a la conspiración, a las “fuerzas oscuras” intervinientes, a la incomprensión de la situación por parte del pueblo. Esto no es comprender ni entender la complejidad de la realidad efectiva percibida; es nada menos que persistir en la auto-contemplación y autosatisfacción ideológica, con lo que se logra el goce de una supuesta centralidad, protagonismo o vanguardismo ilusorios, a costa de catastróficas derrotas políticas.

 

Es menester lograr obtener mapas, descriptivos del acontecimiento político singular, en cuestión. Sobre este substrato descriptivo, se pueden edificar interpretaciones adecuadas a la complejidad enfrentada; si se quiere, más tarde, elaborar teorías explicativas del acontecer político.

 

Ahora bien, otros enfoques, esta vez no dualistas, esquemáticos, causalista y linealistas, pueden incidir en el potenciamiento del activismo, en la incidencia política, que se propone liberaciones y emancipaciones sociales. Así mismo, se requieren de otros enfoques narrativos, cuando se conforman elucidaciones compartidas, pedagógicas, en función de explicaciones operativas, que salgan definitivamente del paradigma  de la tramática compuesta dualmente, donde se enfrentan héroes y villanos. Esta estructura de la narración de la epopeya ha ayudado, en las convocatorias del comienzo de la modernidad, de las luchas sociales iniciadas; empero, después, al cristalizarse, al volverse costumbre, ha terminado sirviendo como modelo narrativo para legitimar las dominaciones; para ungir al poder de gloria, que le faltaba. Pues ya estaba constituido por  maquinarias rutinarias, previsibles, burocráticas, destructivas, que se parecen más al descrédito y se encuentran muy lejos de la gloria.

 

No hay héroes ni villanos, salvo en las narrativas populares o en las películas estandarizadas. El partir de esta conjetura narrativa, convirtiéndola en premisa política, donde él que emite el discurso apologético se coloca en el centro, se unge del simbolismo del bien, que lucha contra el mal; se pretende héroe por antonomasia. Resuelve de antemano el sentido de los conflictos, pues al pertenecer al bien, a lo justo, al ser el héroe esperado, tiene de su lado, el apoyo divino, en unos casos, mas bien, religiosos, o el apoyo de la razón histórica, en otros casos, cuando se sustituye la religión por la política, a la providencia por las “leyes de la historia”.

 

Lo que parece que hay son dinámicas de fuerzas organizadas, asociadas, compuestas y combinadas, que se encuentran cartografiadas y atravesadas, definiendo espacios de poder estriados, por medio del trazado, las marcas, los códigos de las mallas institucionales intervinientes. Mallas institucionales que ordenan la concurrencia de las fuerzas; mallas institucionales que establecen las reglas del juego, que siempre tienen como objeto oscuro del deseo al poder. Los discursos juegan un papel de investimento imaginario, si se quiere, ideológico, en esta compulsa entre las fuerzas organizadas.  Ciertamente los discursos tienen papeles multifuncionales; efectivamente, en el substrato vital de las humanidades, tiene que ver con la tarea orientadora, interpretadora y operativa, relativa a las prácticas, a las acciones y relaciones sociales con el mundo efectivo. Empero, en la medida que se erige un orbe institucional, las mallas institucionales convierten a los discursos en emisores de la verdad institucional; paradigmáticamente del Estado.  Es más, en la medida, por así decirlo, que prolifera la disputa por el poder, por el asiento estatal, los discursos se convierten en proclamas convocatorias, que buscan reunir y disponer de fuerzas suficientes como para hacer el asalto al palacio de invierno.  En la medida que la concurrencia se encuentra saturada por distintas tendencias, pretenciosas de la verdad y de la salvación del pueblo, los discursos sirven para ungir a los referentes personales de las fuerzas organizadas de la gloria simbólica, como irradiación histórica; algo así como continuación genealógica de los anteriores héroes martirizados.

 

Cuando se llega a esto, cuando el discurso, define el esquematismo dualista amigo/enemigo, y la política es definida por este esquematismo – lo que es la política institucionalizada -; cuando delimita el lado del bien respecto del lado del mal; cuando señala a los villanos como los enemigos, atribuyéndose el papel de héroes, para los que emiten el discurso; se ha llegado a una situación donde el mundo efectivo es sustituido por el mundo de las representaciones; en este caso, por el mundo circunscrito a la estructura de la trama de la epopeya. Para los fieles, este discurso no solo es verdadero, sino que explica la tragedia por la que tienen que pasar los héroes, en su entregada, sacrificada y larga lucha. Explica también las derrotas; se trata de las “perfidias”  y “artimañas” de las “fuerzas del mal”. El problema de esta narrativa ideológica, heredera de la epopeya, es que encierra a líderes, organizaciones, partidarios y fieles,  en su mundo de representaciones, que al estar restringido a esta interpretación delirante de héroes y villanos, termina desarmándolos ante los desafíos de las contingencias de la realidad efectiva, empujándolos a derrotas dramáticas  e incomprensibles para los apologistas.

 

 

En relación a la problemática planteada y a los desplazamientos metodológicos y epistemológicos a efectuar, para potenciar las acciones, el activismo, la convocatoria libertaria, teniendo como impulso vital el conjunto de afectos proliferantes a la vida, recurrimos a las tesis, ya en el pensamiento complejo, que enunciamos[2]. No estamos contra la razón, ni postulamos el irracionalismo, que es tan abstracto como la razón instrumental y la razón filosófica, sino que consideramos que la razón efectiva, la razón iluminista, la razón lucida y creativa, es la que está incorporada a la fenomenología de la percepción, la que forma parte de las dinámicas corporales. En este sentido, sin abrirnos a la complejidad fenomenológica de la percepción individual y social, postulamos – en el devenir comprensión, devenir entendimiento, devenir conocimiento, sobre el substrato del devenir intuición, en los contextos mutantes de la experiencia y la memoria social – que es indispensable conocer, potenciar, si se quiere, la facultad de conocimiento, para incidir en la realidad efectiva; en este caso, para trastrocar las estructuras de poder y liberar la potencia social. En este sentido, el conocimiento no es pues ideología, la que se edifica sobre un conocimiento pasado, sobre un conocimiento muerto; el conocimiento útil e indispensable es el conocimiento vivo, activo, vinculado al devenir del mundo efectivo, a la complejidad dinámica singular, en coyunturas singulares y en contextos concretos histórico-político-sociales-culturales. Se accede a este conocimiento en la medida que hay apertura a la complejidad; se clausura la posibilidad de este conocimiento, cuando se da lugar el encaracolamiento de los sujetos sociales en el mundo de las representaciones, circunscrito al tamaño de sus prejuicios.

 

 

Después del desenlace inesperado, los y las activistas libertarias, tenemos la tarea de abrirnos a la complejidad dinámica de las composiciones y combinaciones singulares de la formación-territorial-social colombiana; aprender de las experiencias y memorias sociales concretas, sobre todo, de las que tienen que ver con las conductas políticas que nos acaban de sorprender.

 

 

 

 

 

 

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/desenlaces-inesperados/

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