La realidad diseminada

La realidad diseminada

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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¿Qué es la realidad? Pregunta vieja, aunque siempre renovada. Ahora nos interesa repetirla en relación a las formas sociales dispersas de percibir la realidad; más aún, de representársela. Sobre todo, cuando las imágenes y las representaciones sociales diseminadas muestran otra dispersión, la del tiempo. Resulta que ocurre como si asistiéramos a distintos tiempos o temporalidades vividas en el mismo momento o coyuntura. Unos grupos o estratos sociales asumen de su percepción compartida una forma de realidad que, de acuerdo a la composición interpretativa e imaginaria, el núcleo radica en tópicos dramáticos donde la institución de la familia se encuentra amenazada, por un mundo que ha perdido los valores y la fe. Otros colectivos o perfiles sociales asumen sus percepciones compartidas en otra forma de realidad; esta vez, más dramática. Conciben que la evidencia de esta realidad es que se trata de un mundo duro y cruel, al que solo se puede responder con brutalidad y violencia, si se quiere sobrevivir. Otro perfil, mas bien, vecino o colateral, considera que el mundo se mueve por el dinero y el poder; en consecuencia, la clave es lograr riqueza, a como dé lugar, y acceder al poder, por la fuerza o la astucia. Sin ser minuciosos en esta descripción, rápida y suscita, diremos que en esta secuencia, se puede mencionar a los estratos, por así llamarlos, privilegiados; en lo que respecta al más tradicional, sus percepciones son asumidas en narrativas familiares, que incluyen el prestigio ganado y las propiedades heredades; el mundo es lastimosamente una estructura de diferencias, que separa privilegiados de pobres. La tarea es conservar los privilegios, preservar las tradiciones y las diferencias sociales; la versión católica de esta cosmovisión aristocrática propone asistencia para los pobres. En los estratos privilegiados también se encuentran perfiles, grupos y colectivos, mas bien, modernistas, por así decirlo; en este caso, el mundo exige la modernización del país, del Estado, de la sociedad, de la educación y de los comportamientos sociales. Desde esta perspectiva, la tarea es modernizar las instituciones, garantizar la institucionalidad liberal, el Estado de Derecho, incluso, ampliar derechos.

 

En contraste, están los otros estratos, colectivos y perfiles, sociales, más numerosos, que asumen la experiencia social en la crudeza de sus fenómenos manifiestos; los relativos a las necesidades insatisfechas, a las penurias, que limitan y postergan, incluso condenan. En estos estratos sociales se han constituido memorias sociales, que recogen las remembranzas de sus luchas por satisfacer sus demandas. En las formas más elaboradas, las memorias apuntas a la utopía, como constructo de la esperanza social. También, en estos casos, pues no es uno, sino muchos, en su variedad, el mundo es desafiante y hasta injusto; de lo que se trata es enmendarlo; hacerlo justo. No vamos a detenernos en los distintos discursos de la promesa, tanto místicos como políticos; pues, ahora, no se trata de eso, sino de describir, brevemente, como ejemplos, distintos recortes de realidad, si se quiere distintas realidades representadas por los diferentes estratos sociales.

 

En relación a esta diáspora perceptual y representativa de la realidad, tenemos, por así decirlo, construcciones ideológicas, que funcionan tanto operativamente, así como formas discursivas y enunciativas, que convocan, buscan convencer, además de legitimar sus actos y prácticas. En estos casos, las formas de realidad asumidas son más amplias, más estructuradas; incluso, conectando varias otras formas de realidad, asumidas por los estratos sociales. Sin embargo, a pesar de esta proyección de mayor alcance, no dejan de ser formas de realidad, construidas desde predisposiciones conjugadas, combinadas y compuestas; si se quiere, no dejan de ser formas de realidad asumidas y configuradas desde las intencionalidades sociales convergentes. Lo que decimos, no es tanto como crítica, señalando las limitaciones de estas narrativas y representaciones del mundo, sino para comprender el funcionamiento de lo que llamamos la realidad diseminada.

 

La realidad, de la que hablamos, también sufre, por así decirlo, de polisemia. La realidad no es la misma para uno u otros, aunque digamos que independientemente de las representaciones, la realidad es única. Lo que ocurre es que ésta es también es una conjetura práctica, aunque se la pueda proponer científicamente, pues la realidad no se separa de las percepciones, menos de las fenomenologías de las percepciones sociales. Si bien para los científicos – esta es otra conjetura, además equivocada, pero, la mantenemos por razones expositivas, mientras tanto – la realidad es física, matemáticamente demostrable, además de la certeza de las sensaciones; en consecuencia, una totalidad explicable; las sociedades, aunque se informen y se formen en estas constancias científicas, no dejan de asumir la realidad desde sus fenomenologías perceptuales singulares.

 

Es así como podemos, por lo menos, sugerir alguna explicación hipotética sobre el comportamiento político de un estrato que votó por el No, que asumió el desafío del plebiscito por el Acuerdo de Paz como una amenaza a la familia. Es decir, en otras palabras, esquematizando, lo urgente no era responder a la demanda de paz, con un o un No, sino defender a la familia, a los valores, a las buenas tradiciones, de la amenaza contenida, supuestamente, en el Acuerdo de Paz; que según estas impresiones diluía la familia, dando lugar a formas grupales parecidas a lo que pasó en Sodoma y Gomorra.

 

No se trata de discutir aquí, cuan equivocados están, tampoco poner en evidencia el papel de los conservadurismos, ateridos en parte del pueblo; este es otro tema, que de alguna manera tratamos en otros escritos[1]. Lo que importa ahora es constatar y comprender esta diseminación de la realidad, además del efecto fáctico en la incidencia de los eventos.  ¿Cuál es el problema? Como dijimos antes, en otros ensayos, no se trata de juzgar, que es otro rol y función del ejercicio del poder, sino de comprender los funcionamientos de la complejidad, sinónimo de la realidad efectiva[2]. El problema es que no se toma en cuenta esta dispersión de la realidad, asumida representativamente por los estratos sociales. Se descalifica, de entrada, sus concepciones de mundo, desde la jerarquía y la “objetividad” de los “saberes científicos”, incluso, incluyendo a los saberes filosóficos modernos. En primer lugar, estos “saberes científicos” y filosóficos no dejan de ser, como dijimos, otras formas de realidad, aunque más elaboradas, más amplias y estructuradas. En segundo lugar, no se puede desechar a nombre de la “objetividad”, esta patente manifestación de fenomenologías sociales singulares, que forman parte, a pesar de esa “cientificidad” aludida o reclamada, sobre la denominada realidad. El descartar estas fenomenologías sociales no habla muy bien de la “objetividad” y “cientificidad” de estos saberes, pretendidamente rigurosos. Por eso, se puede explicar sus descomunales errores, tanto en sus pronósticos como en sus concepciones de mundo.

 

Estamos pues ante una realidad diseminada, desde la perspectiva dispersa de las fenomenologías de la percepción sociales singulares. Desde la perspectiva de la complejidad, avanzamos a enfoques de la simultaneidad dinámica integrada. Desde la premura de avanzar en la resolución de problemas, desde la perspectiva de la complejidad, la pregunta sugerente, aunque dicha teóricamente, si se quiere, especulativamente, es: ¿en complejidades sociales, articuladas e integradas, aunque no lo parezcan, a las miradas de estas formas de realidad, de las que hablamos, cómo se incide en la sincronización de la totalidad social, buscando armonizaciones, no solo sociales, sino también ecológicas?

 

En otro texto planteamos un tema, cuya circunstancias pueden ser hipotéticas y hasta anecdóticas, empero, tiene valor ilustrativo y pedagógico. Dijimos que si los enemigos que se van a enfrentar en la guerra, se conocieran, antes de enfrentarse y buscar matarse, resultaba difícil, que después de familiarizarse con lo que es el otro, quebrando sus estereotipos y estigmatismos, que puedan matarse y asesinarse. Parece que un paso indispensable, en relación a la pregunta que hicimos, es que es menester conocerse, comunicarse, ver y sentir a los y las otras, para tomar en cuenta sus experiencias singulares, sus fenomenologías perceptuales singulares, que derivan en sus representaciones, en sus imaginarios y narrativas. La experiencia de semejante hermenéutica social, puede quizás ayudar a comprender mejor el funcionamiento del mundo efectivo en el que vivimos.

 

No se trata de bondades, de almas bellas, de romanticismos, de pacifismos, que durante la modernidad fueron expresiones sugerentes y de apertura,  sino de recuperar la capacidad comunicativa con los seres; que hemos perdido, en algún momento del camino de la hominización, después, de la humanización. Comencemos la comunicación entre los humanos.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-realidad-diseminada/

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