La guerra y la paz

La guerra y la paz

Raúl Prada Alcoreza

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Índice:

Prólogo                                                                   

Interpretaciones desde la literatura

La desnudez del poder

Crepúsculo y apocalipsis

Una lectura de El otoño del patriarca                               

Entramados jurídicos-históricos-políticos

La guerra permanente                                            

Capitalismo especulativo, extractivismo

y guerras de laboratorio                                        

La guerra y la paz                                                   

La plataforma jurídico-política del Acuerdo de Paz  

Democracia y participación                                     

Polemos en la guerra y la política                          

Economía política del narcotráfico                          

Materia de poder: los cuerpos

Contenido de los discursos de poder

y sujeto constituido: las víctimas                             

Desenlaces coyunturales

Derrota de la esperanza y de las víctimas                       

Desenlaces inesperados                                          

La polisemia de la paz                                            

La realidad diseminada                                           

Prólogo

Este ensayo, expuesto como libro, podría y debería titularse Acontecimiento Colombia, como cuando hicimos con Acontecimiento Brasil; después, de manera sugerida, como subtítulo, Acontecimiento México. De alguna manera o, más bien, de todas las maneras, el Acontecimiento Colombia está implícito en la escritura del texto. Además, en el contexto, según la hermenéutica, de los textos tenidos en cuenta, está inherente el Acontecimiento Colombia. Mucho más que esto, el Acontecimiento Colombia es lo que irradia y es apreciado, percibido, intuido, en lo que corresponde a la emergencia de este texto. Cuando hablamos de Acontecimiento Colombia nos referimos, como antes, en los otros textos mencionados, a la multiplicidad de singularidades, de procesos singulares, de composiciones y combinaciones singulares, que hacen al acontecimiento. En el caso de las formaciones espacio-temporales-territoriales-sociales a las que nos referimos, se trata de acontecimientos no solo histórico-políticos-sociales-económicos-culturales, sino de acontecimientos  relativos a la complejidad integral de la simultaneidad dinámica ecológica del planeta. Todo acontecimiento es singular; es decir, único, en su devenir contante. En lo que respecta al Acontecimiento Colombia, la singularidad mutante, en devenir, tiene que ver con la manera de vivir, de asumir la existencia, de un pueblo, que lleva la disputa por la verdad, el excedente, la justicia, la libertad, si se quiere, para seguir con conceptos conocidos, la lucha de clases, a la intensidad comprometida corporalmente de la lucha a través te de las armas. Esta característica propia de la singularidad de la que hablamos, tiene que ser tenida en cuenta, al momento del análisis, el estudio, incluso la descripción de los sucesos en Colombia.

Lo que se observa en los montones de análisis dedicados a Colombia, sobre todo, en lo que respecta a la crisis política, a la guerra permanente, a la cuestión de la paz, no tienen en cuenta esta característica propia, que es como un conjunto de atributos articulados históricos-políticos-sociales-culturales. Lo que hacen es moverse en los procedimientos conocidos de análisis, que suponen analogías y diferencias; comparando con lo que ocurre en otros países. Estos análisis, no hacen otra cosa, que repetir sus paradigmas, sus enfoques generales, que solo muestran lo que ocurre en todas partes; acompañando con descripciones y análisis de lo que diferencia en lo que ocurre en Colombia. Esto no es más que la exposición de similitudes y contrastes. Cuando no se tiene en cuenta lo que los pueblos sienten, aunque sientan de manera variada, en todos sus consonancias sociales, cuando no se tiene en cuenta lo que los pueblos hacen, en el sentido de sus actos, sus prácticas, valorando sus intensidades, excusándose en estudios o investigaciones, basadas en fuentes, testimonios o datos, lo único que se produce son cuadros comparativos de donde se obtienen diferencias y similitudes, suponiendo que se trata de la misma manera de vivir. Se equivocan, cada pueblo, con todas sus pluralidades, multiplicidades, composiciones y combinaciones singulares, tiene maneras propias de vivir; es decir, de sentir; entonces, de interpretar el mundo y de actuar. Para poder decir algo de sus acontecimientos, experimentados socialmente, que los envuelven, es menester comprender estas experiencias sociales, que como tales, sobre todo, son perceptuales, es decir, corporales.

El ensayo que presentamos, no pretende ninguna verdad sobre el Acontecimiento Colombia. No puede haber verdad en el acontecimiento. Sabemos que las descripciones, los análisis, las historias, sobre Colombia, sus tópicos y temáticas, dependiendo de las disciplinas en cuestión, proponen ciertas verdades, que, además, las corroboran y verifican con datos. Esta Colombia es la conjetura disciplinaria o científica, también filosófica, de imaginarios sociales, en este caso, institucionales, que han preferido detenerse en un referente estatal compartido, el nombre de un país. Nosotros hablamos de Acontecimiento Colombia, así como hablamos de Acontecimiento Brasil, Acontecimiento México,  antes, de Acontecimiento Bolivia. Al hacer esto, buscamos hablar de las sociedades alterativas, que son sociedades efectivas; no hablamos desde las sociedades institucionales, que son la parte de las sociedades capturadas por el Estado.

Entonces, este es un texto activista, que no dice ninguna verdad, sino que pone en mesa una interpretación para discutirla, debatirla; sobre todo, buscando fortalecer el activismo libertario, que se propone liberar la potencia social.

Interpretaciones desde la literatura

La desnudez del poder

Crepúsculo y apocalipsis

Una lectura de El otoño del patriarca

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Dedicado a Víctor Manuel Ávila Pacheco, vocación y sabiduría territorial, intérprete de un mundo moderno en clave heterogénea; a Wilson Libardo Peña Meléndez, investigador incansable al servicio de las ciencias alternativas integradas a las ecologías;  a Abel Barreto,  jurista crítico, sobre todo monje zen; a Camilo  Medrano, promesa de las nuevas generaciones, cultivador de los alimentos orgánicos, que nos integran a la potencia de la vida, aguda inteligencia insobornable a los encantos edulcorantes de la academia; a Andrés Arevalo, entregado al estudio profuso, abriendo sendas para mundos alternativos, entregado a la alegría del baile, que forma parte de nuestras culturas corporales;  a Daniel Montañez, humanidad sin límites, diáfano como el agua de manantial, rebelión ibérica llevada al extremo como los ancestros, gasto heroico de los y las ácratas de todos los tiempos; a Yamile Rojas Luna, inteligencia lúcida de los valles fértiles, al borde la cordillera inmensa, custodia de nuestras pasiones intrépidas, articulando los territorios costeros con los territorios amazónicos y andinos, tejedora y tejido perceptual, que nos articula, integra y educa;   a todos los y las jóvenes intempestivos que los acompañan en las formaciones libertarias de activistas y heterodoxos iconoclastas.

El crepúsculo y el apocalipsis son dos figuras fuertes, opuestas a las figuras del amanecer y del nacimiento. La destrucción es el mensaje que se expresa elocuentemente en señales, signos y síntomas de premonición. Destrucción opuesta a la construcción, a la creación. Cuando el crepúsculo y el apocalipsis aparecen descritos en toda su desmesura descomunal, sobre todo en toda su voluptuosidad perversa desenvuelta,  nos encontramos ante una narrativa carnal, biológica, proliferante como la naturaleza. Gabriel García Márquez, en El otoño del patriarca, se explaya en una narrativa espectacular del acontecimiento crepuscular y apocalíptico de fin de ciclo.  Quizás sea no sólo la mejor novela de García Márquez, como el mismo lo dice en una entrevista, sino también la mejor metáfora del poder.  Es indispensable detenerse en ella, en su narrativa tropical y glacial, a la vez, en sus metáforas desbordantes y magníficas, elocuentes de la fuerza de la vida, pero también de la destrucción. Detenerse a interpretar el mundo desde esta escritura demoledora, que penetra en las entrañas mismas del acontecimiento; sobre todo, del acontecimiento sufrido como experiencia corporal. Esto para comprender el metabolismo del poder, más acá de su mecánica de fuerzas. Esta es la tarea de este ensayo.

En El otoño del patriarca el poder aparece en la figura del patriarca. Figura senil, por lo mismo, figura otoñal y crepuscular. Metáfora cruel del acabamiento. El poder aparece en todos los anuncios del crepúsculo, en todas las marcas iniciales del apocalipsis. El poder es el esfuerzo sobre-humano para vencer a la muerte, la que forma parte de los ciclos singulares de vida,  en sus formas individualizadas. Se trata de oponerse al destino, si se quiere, buscando la eternidad; la que obviamente no se consigue, salvo la ilusión de permanecer a costa de una sañuda represión persistente sobre los mortales, a quienes se les esquilma para obtener el reconocimiento obligado de los congéneres de que el poder es el origen de todo, que sin el poder no es posible nada. El poder entonces es la consagración de la rendición masificada, la renuncia a la voluntad de vivir, que no puede ser otra cosa que la autonomía, que es si se quiere el ser, dicho filosóficamente. En otras palabras, el poder es la renuncia a ser.

Hay que detenerse, como hemos dicho, en la lectura de El otoño del patriarca, en cada uno de sus capítulos, en cada figura premonitoria, en cada eclosión configurativa del apocalipsis. Aprender de esta intuición narrativa la comprensión del acontecimiento; pero, también, la comprensión de la destrucción. Como se sabe, hay distintas formas de narrar, distintas narrativas; la novela es de las narrativas que interpretan el mundo a partir de la trama dramática de los sucesos y eventos. Aquí la percepción se resuelve entre la interpretación de la poiesis y la secuencia conjugada de escenificaciones pasionales, secuencia compuesta en un tejido que empuja a los desenlaces, donde, por fin, el sentido inmanente se revela[1]. La novela no pretende ser una descripción científica, ni competir con estas descripciones; la novela sustituye el proceso efectivo de los fenómenos dados por el proceso imaginario de las representaciones simbólicas y estéticas, entendidas como sinapsis sensibles. Quizás por esto está más cerca a los espesores del mundo que las ciencias sociales, que se acercan al mundo a partir de hipótesis contrastables, hipótesis, que esperan la verificación acudiendo a los datos. Datos cuantitativos y cualitativos, que si bien pueden ordenarse en ecuaciones o en explicaciones abstractas, no dejan de ser esqueletos fosilizados, en corporación al efluvio corporal de la estética y la experiencia social.

Las ciencias sociales, sobre todo la ciencia política, se han devanado los sesos para poder explicarse este fenómeno del poder, reducido al Estado. No han podido dar una explicación sostenible, pues todas son incompletas, reductivas, simples. Por eso, quizás sea aconsejable, intentar hacerlo por el lado de la novela. Nos adentraremos en la narrativa de El otoño del patriarca para incursionar en esta hermenéutica de la metafórica de la novela.

El otoño del patriarca

La figura de entrada y persistente es la del deterioro. Cuando desaparece todo cuidado, cuando la dejadez y el olvido se imponen; se convierten en la condición de posibilidad de la decadencia. Esta figura es repetitiva y constante a lo largo de la novela; se repite en su diferencia, aparece en su elocuencia desgarradora, también de abandono. Es como el clima que permanece, a pesar de su movimiento. Por eso la certidumbre del cataclismo; todo parece anunciar el acabose inminente, incluso podríamos decir, el juicio final apocalíptico. El palacio se encuentra desvencijado, destrozado, carcomido, abandonado, invadido por los gallinazos y vacas, los animales que sobreviven al humano. Se trata de una narración que comienza por este final, el apocalipsis; buscando rememorar lo que aconteció antes, como respondiendo a la pregunta: ¿Cómo se llegó a semejante destrucción? Como respuesta a esta pregunta hay otra figura persistente, la del patriarca, el que manda; el que sostiene al mundo de la representación en su cuerpo decrépito. Este caudillo es la síntesis de la decadencia y de la destrucción. Parece un ángel de la venganza divina contra los humanos, venganza de un Dios justiciero, que entrega a los humanos lo que se merecen. El patriarca está a la altura de los deseos de poder de los súbditos; deseo que sólo pueden cumplirlo entregando su voluntad general al hombre, hijo del hombre, demonio mismo de las miserias humanas congregadas en el monstruo imaginario que sintetiza sus angustias. El padre de todos, el corregidor, el juez, el dictador, el déspota, el amante urgido, apremiado por su dolor.

Entonces ambos se encuentran, las humanidades reducidas a sus miserias y el hombre cruel que condensa las angustias individuales. Ambos se sostienen en sus límites fragmentados, en sus sueños de poder, en sus ansias de dominio. Sin embargo, ambos lados solo pueden sostener una relación perversa, si se quiere, sado-masoquista. La forma intensa de esta relación es vengativa; descarga sobre los cuerpos su más descarnada violencia. La forma menos intensa de esta relación es la sumisión, prolongada en la forma indigna de la adulación. En el medio de este intervalo se encuentran todas las otras formas, todas corrosivas, las de la obediencia disciplinaria, las de las complicidades sinuosas, las de los encubrimientos montados. No solamente se trata de un círculo vicioso, por así decirlo, sino de todo estancamiento en la podredumbre generada por el ejercicio de poder. No se puede salir de esto sino por la caída crepuscular y tremenda de la destrucción total. Este es el apocalipsis.

En la novela son sugerentes las representaciones de una historia sin tiempo, de periodos largos, inmemoriales, que atravesaron varias generaciones, las mismas que naturalizaron como condena el contar con el dictador como origen y fin de la nación. Figuras de muertes y resurrecciones del poder, figuras bíblicas, que ironizan estas representaciones populares de la política. El ciclo del déspota se convierte en ciclo natural, por así decirlo.  Forma parte de la naturaleza de las cosas, pero también de los cataclismos. El déspota forma parte del paisaje. El déspota es un reloj, conmensura el tiempo, sincroniza las secuencias; sus pasos y paseos, sus recorridos usuales, forman parte del cronograma diario y nocturno. Salvo la llegada del cometa, que anunciaría su propia muerte. Ciertamente, el déspota es lo opuesto a Emmanuel Kant, el filósofo iluminista; el déspota no ilumina, al contrario, empaña, ofusca; por lo tanto, no propone conocimiento, sino desconocimiento. Propone algo así como una religión infernal de la eterna decadencia. Es la autoridad, no la razón.

El otoño del patriarca es una novela maravillosa por esa hermenéutica de lo imaginario y simbólico, reveladora de las composiciones corporales, composiciones transferidas a los espesores plásticos de la metáfora y a los imaginarios que acompañan, como comparsas feriales, a los desplazamientos del poder. Con el patriarca y los escenarios donde se mueve elocuentemente nos encontramos con lo que llamamos los engranajes y funcionamientos reproductivos del poder. Imposible explicar la presencia demoledora del poder sin esta creencia en la fatalidad misma del poder. El mito de la invencibilidad del déspota alimenta esta sumisión masiva y persistente de las muchedumbres. El miedo coagulado en los órganos sostiene el miedo del déspota, miedo encubierto por máscaras de aparente fortaleza, de simulada firmeza, cuando en el fondo son gritos de agonía. Se podría hablar, hipotéticamente, de una circularidad del miedo, que sostiene el poder; otra forma de relación perversa entre el paranoico, que es el caudillo deslumbrante, y  el masoquismo generalizado del pueblo.

El otoño del patriarca también es elocuente por la proliferación de  metáforas, de tejidos metafóricos, figuras y configuraciones, que incorporan a las formas de expresión desencadenadas cuadros pictóricos de lo que las ciencias humanas llaman estructuras históricas, lo que las ciencias sociales llaman formas de dominación históricas. Una narrativa maravillosa, reconocida como realismo mágico, sobre todo por su capacidad de relatar las historias desplegando una profusión desbordante de símbolos condensados. Por ejemplo, la ocupación de los marines aparece contada con humor agudo, presenta este desembarco como parte de un programa de asistencia de salud pública, como apoyo a la lucha contra la epidemia de la fiebre amarilla. También, desde la interpretación del patriarca, como un acto civilizatorio, para que los oficiales del ejército aprendan a comportarse como se debe, como corresponde a las costumbres modernas. Aunque también es presentado, en boca de los opositores exiliados, como complicad entre la potencia inmaculada y el patriarca otoñal, quien vendió el mar a las empresas extranjeras. La simultaneidad sin tiempo es concebida en otra metáfora de ensoñación; en el balcón del palacio, el patriarca observa al buque de guerra del desembarco de los marines y a las carabelas ancladas; ambos acontecimientos son presentados en la simultaneidad sin tiempo, historia que más que temporal es espacial. La conquista y el desencuentro cultural aparecen en la narración de sus corrientes lingüísticas encontradas, corrientes y contracorrientes de flujos de códigos distintos, también aparece así el intercambio desigual, que se llama comercio. Se contrasta la subasta biológica de animales y cuerpos en intercambio por abolorios insignificantes, objetos muertos, llamadas mercancías. También se contrasta la contabilidad minuciosa y detallada de la cuantificación económica de ocupación con el desorden inconmensurable del derroche de los compatriotas.

Otras figuras elocuentes en la novela pueden connotar un erotismo crepuscular, que se manifiesta en la agonía amorosa del déspota senil; son cuadros patéticos que expresan la compulsión desenfrenada del padre ancestral de centenares, hasta miles, de sietemesinos. El amante crepuscular se desborda en el desahogo sexual, que, a pesar de la agonía patriarcal, no rompe la rutina de las mujeres en sus quehaceres; a pesar de los gemidos del depositario del poder, quien, después de su eyaculación temprana, termina indefenso, vulnerable y en un llanto inconsolable. Las mujeres terminan venciéndolo, pues develan su impotencia inverosímil, a pesar de su desmesurada muestra de violencia. El patriarca no logra amor de sus concubinas, salvo la compasión hospitalaria de alguna joven raptada. Se enamora de Manuela Sánchez, la reina de los pobres, de los barrios de pelea de perros, a quien no logra encontrar en todo su reino, una vez que ella se escabulle de una manera imperceptible. Es derrotado por la mujer que viola, después de hacer asesinar al marido, viuda entonces que tiene que ayudarlo a encontrarla en sus intimidades; ante el sollozo inconsolable del patriarca, ella le rasca la cabeza de compasión.  Se puede decir entonces, que el patriarca domina a los hombres, pero no a las mujeres; entre ellas, tampoco a su madre, quien lo conoce desde su nacimiento, tal como llego al mundo, en su desnudez inocultable, tal como es, con todas sus debilidades incorregibles.

Otro flujo de tejidos figurativos elocuentes tiene que ver con el humor de la crueldad. Por ejemplo, el relato de la desaparición de los niños que seleccionaban los bolos de la lotería; su encierro, su desplazamiento a los páramos, por último, su navegación en una nave dinamitada. Las formas de deshacerse de sus compinches, que nunca dejan de conspirar, buscando la oportunidad de aniquilar al padre de sus riquezas. La cena de su compadre, el general Rodrigo de Aguilar, el único hombre de confianza, quien también termina conspirando contra el patriarca, comido por los oficiales conspiradores, presentado en un banquete, horneado a la mejor cocina. La relación displicente en los consejos de gobierno, a quienes deja hacer lo que quieran mientras quede claro que es él, el patriarca, el que manda. Las relaciones de complicidad y de traición, a la vez, con los coroneles y generales del ejército; fuerzas armadas que maneja a su antojo y capricho, nombrando a dedo los asensos.

Otra de las figuras mencionables, en esta reconstrucción de la estructura de la trama de la novela, es la relación patética del patriarca con la ciudad donde reside el palacio y la sede de gobierno. Visto desde los habitantes, se trata de una figura fugaz, casi tenue, como pincelada en el aire, antes de su desaparición. Recuerdan sus ojos tristes, sus manos delgadas de obispo,  sus palmas sin líneas a descifrar, sus miradas lánguidas, su rostro de enfermo soterrado, su olor fétido, que es lo único que demuestra que existe verdaderamente. Lo recuerdan también en los rumores increíbles, que cuentan de sus muertes y resurrecciones, de su omnipresencia, de  sus amoríos encubiertos, de sus crueldades inimaginables. Cuando parece morir, haber muerto, pues su cadáver se encuentra estirado en el suelo, sosteniendo su cabeza con su brazo derecho, haciendo de almohada, encuentran la oportunidad de desahogarse de tanto sufrimiento perpetrado por el déspota, invaden el palacio, en pleno funeral, se apoderan del cadáver y lo arrastran por las calles. No se dan cuenta que el que había muerto era su doble; el espejo de él mismo. El pueblo se enfrenta al desdoblamiento y a la duplicidad del poder.

Ciertamente las figuras más deslumbrantes son las que tienen que ver con esta pertenencia geológica, glacial y tropical, a la vez, del cuerpo del patriarca, de sus metabolismos insondables, pertenencia del cuerpo persistente a los ciclos de los cataclismos. El cuerpo del patriarca forma parte del apocalipsis, es el anuncio crepuscular y senil del fin.

¿Cómo interpretar la trama de la novela a partir de esta composición proliferante y voluptuosa de configuraciones imaginarias? Intentaremos hacerlo proponiendo hipótesis de interpretación, hipótesis hermenéutica de una novela maravillosa. Antes de proponer estas hipótesis literarias -políticas vamos a incursionar en una selección de citas, usándolas como partes significativas del entramado narrativo.

Los ciclos de la narrativa

La descripción simbólica de la decadencia crepuscular y apocalíptica es por demás expresiva. El comienzo mismo de la novela abre el telón con un escenario de desmesurado deterioro:

Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera. En el patio siguiente, detrás de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormían los leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial convertida en establo de ordeño. Abriéndonos paso a través del matorral asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas, y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de las máquinas de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta del cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosías desportilladas seguían metiéndose los gallinazos. No tuvimos que forzar la entrada, como habíamos pensado, pues la puerta central pareció abrirse al solo impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera de piedra viva cuyas alfombras de ópera habían sido trituradas por las pezuñas de las vacas, y desde el primer vestíbulo hasta los dormitorios privados vimos las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde andaban las vacas impávidas comiéndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo entre muebles rotos y plastas recientes de boñiga de vaca, vimos un comedor comido por las vacas, la sala de música profanada por estropicios de vacas, las mesitas de dominó destruidas y las praderas de las mesas de billar esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincón la máquina del viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue, vimos jaulas de pájaros colgadas por todas partes y todavía cubiertas con los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad todavía inocente del lunes histórico que empezaba a vivir, y más allá de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar[2].

Paul Ricoeur dice que se puede leer un libro de historia como si fuese una novela, también podemos decir que se puede leer una novela como si fuese un libro de historia[3]. Lo que permite hacer esto es la ficción, es decir, la imaginación. Ciertamente cuando el historiador construye una descripción del pasado, cuando efectúa una explicación, convierte a los sujetos y a los referentes en personajes y escenarios, hilándolos en un tejido minucioso, conformando una trama. Pero, ¿qué pasa al revés, cuando leemos una novela e imaginamos encontrar las metáforas de la historia? Se puede decir que es también la ficción, la imaginación, lo que hace posible este juego de interpretaciones; es la analogía la que permite este juego de transferencias. Sin embargo, en este caso, la alusión a sujetos, a referentes, a hechos, no se transforma en personajes, escenarios, en dramas, sino que, al revés, son los personajes, los escenarios, los dramas, de la novela, que los hace parecer a sujetos, escenarios y hechos. Por cierto, cuando se efectúa esta transformación no se pretende encontrar en la narrativa de la novela secuencias, entramados, de eventos y sucesos realmente acaecidos, sino encontrar sentidos, significados esclarecedores, en las metáforas y tropos, en los tejidos de la novela. Sentidos inmanentes que ayuden a mejorar la interpretación histórica.

Entonces, con la lectura literario-política de El otoño del patriarca no se buscan sujetos, referentes, hechos históricos, sino el sentido inmanente de los mismos, que puede encontrarse mejor interpretado y expresado en la novela que en el libro de historia. Lo mismo podemos decir cuando se trata de mejorar la insuficiencia de  los libros de ciencia política y de ciencias sociales. En este sentido, la novela está más cerca de la filosofía, por así decirlo, que de las descripciones históricas y las explicaciones de las ciencias sociales.  En lo que corresponde a nuestra lectura, buscamos en El otoño del patriarca la interpretación del sentido inmanente de las experiencias sociales en relación al poder. Al considerar al patriarca senil como metáfora del poder – de acuerdo a nuestra interpretación y sugerencia – encontramos en el entramado metafórico, en el tejido de los tropos de la novela, una mejor interpretación y reflexión, aunque estética, de las paradojas del poder.

El cuadro de abandono y deterioro, que causa una profunda nostalgia, ante la evidencia de los escombros dispersos, el desorden descomunal, la victoria de la naturaleza, es ilustrativo y pedagógico cuando nos muestra el desenlace de los dramas del poder como si fuesen parte de una teleología fatal. El contraste es ejemplar, de pronto el más poderoso de los hombres es encontrado tirado en el piso, carcomido, expuesto a la desaparición, inmensamente vulnerable, comprobadamente mortal como cualquier otro. El poder o, si se quiere, su momento de gloria, escondía en las entrañas de los sucesos deslumbrantes este derrumbe implícito. El contraste inherente del poder no es ni siquiera el contra-poder, sino la impotencia absoluta.  Es ese hombre impotente el que fungía de poder absoluto;  esta es la paradoja primera del poder.

En el segundo capítulo de la novela la configuración es parecida. Se narra el segundo encuentro con el cadáver del déspota, que, en realidad es el cadáver de su doble:

La segunda vez que lo encontraron carcomido por los gallinazos en la misma oficina, con la misma ropa y en la misma posición, ninguno de nosotros era bastante viejo para recordar lo que ocurrió la primera vez, pero sabíamos que ninguna evidencia de su muerte era terminante, pues siempre había otra verdad detrás de la verdad. Ni siquiera los menos prudentes nos conformábamos con las apariencias, porque muchas veces se había dado por hecho que estaba postrado de alferecía y se derrumbaba del trono en el curso de las audiencias torcido de convulsiones y echando espuma de hiel por la boca, que había perdido el habla de tanto hablar y tenía ventrílocuos traspuestos detrás de las cortinas para fingir que hablaba, que le estaban saliendo escamas de sábalo por todo el cuerpo como castigo por su perversión, que en la fresca de diciembre la potra le cantaba canciones de navegantes y sólo podía caminar con ayuda de una carretilla ortopédica en la que llevaba puesto el testículo herniado, que un furgón militar había metido a medianoche por las puertas de servicio un ataúd con equinas de oro y vueltas de púrpura, y que alguien había visto a Leticia Nazareno desangrándose de llanto en el jardín de la lluvia, pero cuanto más ciertos parecían los rumores de su muerte más vivo y autoritario se le veía aparecer en la ocasión menos pensada para imponerle otros rumbos imprevisibles a nuestro destino. Habría sido muy fácil dejarse convencer por los indicios inmediatos del anillo del sello presidencial o el tamaño sobrenatural de sus pies de caminante implacable o la rara evidencia del testículo herniado que los gallinazos no se atrevieron a picar, pero siempre hubo alguien que tuviera recuerdos de otros indicios iguales en otros muertos menos graves del pasado. Tampoco el escrutinio meticuloso de la casa aportó ningún elemento válido para establecer su identidad. En el dormitorio de Bendición Alvarado, de quien apenas recordábamos la fábula de su canonización por decreto, encontramos algunas jaulas desportilladas con huesesitos de pájaros convertidos en piedra por los años, vimos un sillón de mimbre mordisqueado por las vacas, vimos estuches de pinturas de agua y vasos de pinceles de los que usaban las pajareras de los páramos para vender en las ferias a otros pájaros descoloridos haciéndolos pasar por oropéndolas, vimos una tinaja con una mata de toronjil que había seguido creciendo en el olvido cuyas ramas se trepaban por las paredes y se asomaban por los ojos de los retratos y se salieron por la ventana y habían terminado por embrollarse con la fronda montuna de los patios posteriores, pero no hallamos ni la rastra menos significativa de que él hubiera estado nunca en ese cuarto. En el dormitorio nupcial de Leticia Nazareno, de quien teníamos una imagen más nítida no sólo porque había reinado en una época más reciente sino también por el estruendo de sus actos públicos, vimos una cama buena para desafueros de amor con el toldo de punto convertido en un nidal de gallinas, vimos en los arcones las sobras de las polillas de los cuellos de zorros azules, las armazones de alambres de los miriñaques, el polvo glacial de los pollerines, los corpiños de encajes de Bruselas, los botines de hombre que usaban dentro de la casa y las zapatillas de raso con tacón alto y trabilla que usaba para recibir, los balandranes talares con violetas de fieltro y cintas de tafetán de sus esplendores funerarios de primera dama y el hábito de novicia de un lienzo basto como el cuero de un carnero del color de la ceniza con que la trajeron secuestrada de Jamaica dentro de un cajón de cristalería de fiesta para sentarla en su poltrona de presidenta escondida, pero tampoco en aquel cuarto hallamos ningún vestigio que permitiera establecer al menos si aquel secuestro de corsarios había sido inspirado por el amor. En el dormitorio presidencial, que era el sitio de la casa donde él pasó la mayor parte de sus últimos años, sólo encontramos una cama de cuartel sin usar, una letrina portátil de las que sacaban los anticuarios de las mansiones abandonadas por los infantes de marina, un cofre de hierro con sus noventa y dos condecoraciones y un vestido de lienzo crudo sin insignias igual al que tenía el cadáver, perforado por seis proyectiles de grueso calibre que habían hecho estragos de incendio al entrar por la espalda y salir por el pecho, lo cual nos hizo pensar que era cierta la leyenda corriente de que el plomo disparado a traición lo atravesaba sin lastimarlo, que el disparado de frente rebotaba en su cuerpo y se volvía contra el agresor, y que sólo era vulnerable a las balas de piedad disparadas por alguien que lo quisiera tanto como para morirse por él. Ambos uniformes eran demasiado pequeños para el cadáver, pero no por eso descartamos la posibilidad de que fueran suyos, pues también se dijo en un tiempo que él había seguido creciendo hasta los cien años y que a los ciento cincuenta había tenido una tercera dentición, aunque en verdad el cuerpo roto por los gallinazos no era más grande que un hombre medio de nuestro tiempo y tenía unos dientes sanos, pequeños y romos que parecían dientes de leche, y tenía un pellejo color de hiel punteado de lunares de decrepitud sin una sola cicatriz y con bolsas vacías por todas partes como si hubiera sido muy gordo en otra época, le quedaban apenas las cuencas desocupadas de los ojos que habían sido taciturnos, y lo único que no parecía de acuerdo con sus proporciones, salvo el testículo herniado, eran los pies enormes, cuadrados y planos con uñas rocallosas y torcidas de gavilán. Al contrario de la ropa, las descripciones de sus historiadores le quedaban grandes, pues los textos oficiales de los parvularios lo referían como un patriarca de tamaño descomunal que nunca salía de su casa porque no cabía por las puertas, que amaba a los niños y a las golondrinas, que conocía el lenguaje de algunos animales, que tenía la virtud de anticiparse a los designios de la naturaleza, que adivinaba el pensamiento con sólo mirar a los ojos y conocía el secreto de una sal de virtud para sanar las lacras de los leprosos y hacer caminar a los paralíticos. Aunque todo rastro de su origen había desaparecido de los textos, se pensaba que era un hombre de los páramos por su apetito desmesurado de poder, por la naturaleza de su gobierno, por su conducta lúgubre, por la inconcebible maldad del corazón con que le vendió el mar a un poder extranjero y nos condenó a vivir frente a esta llanura sin horizonte de áspero polvo lunar cuyos crepúsculos sin fundamento nos dolían en el alma[4].

La relación con el poder es imaginaria, fuera de la relación práctica y efectiva de la mecánica de las fuerzas. No se lo busca tanto en los datos empíricos sino en la huella psíquica, en la impresión que deja su violencia o desmesura. Por eso se hace difícil encontrar el momento de su nacimiento, así como se borran sus registros, se confunden sus datos. Lo que importa es la memoria que tienen del poder los pueblos. Al final lo que toman en cuenta los pueblos es el terror que irradia o el deseo de venganza que desata. Lo que llama la atención es que cuando el poder absoluto cae, por fin, amigos y enemigos, colaboradores y conspiradores, cómplices y contrincantes, se unen, despedazan como buitres el cadáver, además de repartirse en fragmentos el imperio heredado.

La fuerza de la metáfora está ahí, la analogía encuentra en las formas  parecidas la emergencia del sentido que las explica; por contraste y yuxtaposición de formas, por acumulación de las mismas, por presión y quizás por morfismos imperceptibles, el sentido de ese parentesco de formas emerge y da cuenta de la proliferación de singularidades que acaecen. El crepúsculo del patriarca, como metáfora de la clausura del poder, expresa de una manera intensa y desoladora el ciclo del poder, como no podría haberlo hecho el análisis político.

En el tercer capítulo la narrativa reitera el comienzo crepuscular, la contundente evidencia de la vulnerabilidad del poder, cadáver carcomido por los gallinazos. Aunque el muerto corresponda al doble, el patriarca ve su fin como una anticipación premonitoria.

Así lo encontraron en las vísperas de su otoño, cuando el cadáver era en realidad el de Patricio Aragonés, y así volvimos a encontrarlo muchos años más tarde en una época de tantas incertidumbres que nadie podía rendirse a la evidencia de que fuera suyo aquel cuerpo senil carcomido de gallinazos y plagado de parásitos de fondo de mar. En la mano amorcillada por la putrefacción no quedaba entonces ningún indicio de que hubiera estado alguna vez en el pecho por los desaires de una doncella improbable de los tiempos del ruido, ni habíamos encontrado rastro alguno de su vida que pudiera conducirnos al establecimiento inequívoco de su identidad. No nos parecía insólito, por supuesto, que esto ocurriera en nuestros años, si aun en los suyos de mayor gloria había motivos para dudar de su existencia, y si sus propios sicarios carecían de una noción exacta de su edad, pues hubo épocas de confusión en que parecía tener ochenta años en las tómbolas de beneficencia, sesenta en las audiencias civiles y hasta menos de cuarenta en las celebraciones de las fiestas públicas. El embajador Palmerston, uno de los últimos diplomáticos que le presentó las cartas credenciales, contaba en sus memorias prohibidas que era imposible concebir una vejez tan avanzada como la suya ni un estado de desorden y abandono como el de aquella casa de gobierno en que tuvo que abrirse paso por entre un muladar de papeles rotos y cagadas de animales y restos de comidas de perros dormidos en los corredores, nadie me dio razón de nada en alcabalas y oficinas y tuve que valerme de los leprosos y los paralíticos que ya habían invadido las primeras habitaciones privadas y me indicaron el camino de la sala de audiencias donde las gallinas picoteaban los trigales ilusorios de los gobelinos y una vaca desgarraba para comérselo el lienzo del retrato de un arzobispo, y me di cuenta de inmediato que él estaba más sordo que un trompo no sólo porque le preguntaba de una cosa y me contestaba sobre otra sino también porque se dolía de que los pájaros no cantaran cuando en realidad costaba trabajo respirar con aquel alboroto de pájaros que era como atravesar un monte al amanecer, y él interrumpió de pronto la ceremonia de las cartas credenciales con la mirada lúcida y la mano en pantalla detrás de la oreja señalando por la ventana la llanura de polvo donde estuvo el mar y diciendo con una voz de despertar dormidos que escuche ese tropel de mulos que viene por allá, escuche mi querido Stetson, es el mar que vuelve. Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen aparecía en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra y un reducido séquito de diputados y senadores que él mismo designaba con el dedo según los impulsos de su digestión, se informaba sobre el rendimiento de las cosechas y el estado de salud de los animales y la conducta de la gente, se sentaba en un mecedor de bejuco a la sombra de los palos de mango de la plaza abanicándose con el sombrero de capataz que entonces usaba, y aunque parecía adormilado por el calor no dejaba sin esclarecer un solo detalle de cuanto conversaba con los hombres y mujeres que había convocado en torno suyo llamándolos por sus nombres y apellidos como si tuviera dentro de la cabeza un registro escrito de los habitantes y las cifras y los problemas de toda la nación, de modo que me llamó sin abrir los ojos, ven acá Jacinta Morales, me dijo, cuéntame qué fue del muchacho a quien él mismo había barbeado el año anterior para que se tomara un frasco de aceite de ricino, y tú, Juan Prieto, me dijo, cómo está tu toro de siembra que él mismo había tratado con oraciones de peste para que se le cayeran los gusanos de las orejas, y tú Matilde Peralta, a ver qué me das por devolverte entero al prófugo de tu marido, ahí lo tienes, arrastrado por el pescuezo con una cabuya y advertido por él en persona de que se iba a pudrir en el cepo chino la próxima vez que tratara de abandonar a la esposa legítima, y con el mismo sentido del gobierno inmediato había ordenado a un matarife que le cortara las manos en espectáculo público a un tesorero pródigo, y arrancaba los tomates de un huerto privado y se los comía con ínfulas de buen conocedor en presencia de sus agrónomos diciendo que a esta tierra le falta mucho cagajón de burro macho, que se lo echen por cuenta del gobierno, ordenaba, e interrumpió el paseo cívico y me gritó por la ventana muerto de risa ajá Lorenza López cómo va esa máquina de coser que él me había regalado veinte años antes, y yo le contesté que ya rindió su alma a Dios, general, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero él replicó que al contrario, que el mundo es eterno, y entonces se puso a desarmar la máquina con un destornillador y una alcuza indiferente a la comitiva oficial que lo esperaba en medio de la calle, a veces se le notaba la desesperación en los resuellos de toro y se embadurnó hasta la cara de aceite de motor, pero al cabo de casi tres horas la máquina volvió a coser como nueva, pues en aquel entonces no había una contrariedad de la vida cotidiana por insignificante que fuera que no tuviera para él tanta importancia como el más grave de los asuntos de estado y creía de buen corazón que era posible repartir la felicidad y sobornar a la muerte con artimañas de soldado[5].

Los caudillos se vinculan con su gente de una manera personal, los nombran, hablan con cada uno, conforman clientelas. Se trata de la relación ampliada del padre con los hijos. Es, a la vez, una relación de dependencia. El pueblo está bajo la tutela del caudillo. Con el caudillo no puede haber sino dos actitudes, o se lo ama como aman los hijos al padre, o se lo odia como odian los hijos a un padre que los abandonó.

La imagen del poder encarnado en el viejo cuerpo del patriarca se repite en el cuarto capítulo de El otoño del patriarca. Esta imagen recurrente, sin embargo, no es la misma, pues asistimos cada vez a un deterioro mayor. El cuerpo del déspota se encuentra desposeído, poco a poco, de sus facultades.

Había sorteado tantos escollos de desórdenes telúricos, tantos eclipses aciagos, tantas bolas de candela en el cielo, que parecía imposible que alguien de nuestro tiempo confiara todavía en pronósticos de barajas referidos a su destino. Sin embargo, mientras se adelantaban los trámites para componer y embalsamar el cuerpo, hasta los menos cándidos esperábamos sin confesarlo el cumplimiento de predicciones antiguas, como que el día de su muerte el lodo de los cenégales había de regresar por sus afluentes hasta las cabeceras, que había de llover sangre, que las gallinas pondrían huevos pentagonales, y que el silencio y las tinieblas se volverían a establecer en el universo porque aquél había de ser el término de la creación. Era imposible no creerlo, si los pocos periódicos que aún se publicaban seguían consagrados a proclamar su eternidad y a falsificar su esplendor con materiales de archivo, nos lo mostraban a diario en el tiempo estático de la primera plana con el uniforme tenaz de cinco soles tristes de sus tiempos de gloria, con más autoridad y diligencia y mejor salud que nunca a pesar de que hacía muchos años que habíamos perdido la cuenta de sus años, volvía a inaugurar en los retratos de siempre los monumentos conocidos o instalaciones de servicio público que nadie conocía en la vida real, presidía actos solemnes que se decían de ayer y que en realidad se habían celebrado en el siglo anterior, aunque sabíamos que no era cierto, que nadie lo había visto en público desde la muerte atroz de Leticia Nazareno cuando se quedó solo en aquella casa de nadie mientras los asuntos del gobierno cotidiano seguían andando solos y sólo por la inercia de su poder inmenso de tantos años, se encerró hasta la muerte en el palacio destartalado desde cuyas ventanas más altas contemplábamos  con el corazón oprimido el mismo anochecer lúgubre que él debió ver tantas veces desde su trono de ilusiones, veíamos la luz intermitente del faro que inundaba de sus aguas verdes y lánguidas los salones en ruinas, veíamos las lámparas de pobres dentro del cascarón de los que fueron antes los arrecifes de vidrios solares de los ministerios que habían sido invadidos por hordas de pobres cuando las barracas de colores de las colinas del puerto fueron desbaratadas por otro de nuestros tantos ciclones, veíamos abajo la ciudad dispersa y humeante, el horizonte instantáneo de relámpagos pálidos del cráter de ceniza del mar vendido, la primera noche sin él, su vasto imperio lacustre de anémonas de paludismo, sus pueblos de calor en los deltas de los afluentes de lodo, las ávidas cercas de alambre de púa de sus provincias privadas donde proliferaba sin cuento ni medida una especie nueva de vacas magníficas que nacían con la marca hereditaria del hierro presidencial. No sólo habíamos terminado por creer de veras que él estaba concebido para sobrevivir al tercer cometa, sino que esa convicción nos había infundido una seguridad y un sosiego que creíamos disimular con toda clase de chistes sobre la vejez, le atribuíamos a él las virtudes seniles de las tortugas y los hábitos de los elefantes, contábamos en las cantinas que alguien había anunciado al consejo de gobierno que él había muerto y que todos los ministros se miraron asustados y se preguntaron asustados que ahora quién se lo va a decir a él, ja, ja, ja, cuando la verdad era que a él no le hubiera importado saberlo ni hubiera estado muy seguro él mismo de si aquel chiste callejero era cierto o falso, pues entonces nadie sabía sino él que sólo le quedaban en las troneras de la memoria unas cuantas piltrafas sueltas de los vestigios del pasado, estaba solo en el mundo, sordo como un espejo, arrastrando sus densas patas decrépitas por oficinas sombrías donde alguien de levita y cuello de almidón le había hecho una seña enigmática con un pañuelo blanco, adiós, le dijo él, el equívoco se convirtió en ley, los oficinistas de la casa presidencial tenían que ponerse de pie con un pañuelo blanco cuando él pasaba, los centinelas en los corredores, los leprosos en los rosales lo despedían al pasar con un pañuelo blanco, adiós mi general, adiós, pero él no oía, no oía nada desde los lutos crepusculares de Leticia Nazareno cuando pensaba que a los pájaros de sus jaulas se les estaba gastando la voz de tanto cantar y les daba de comer de su propia miel de abejas para que cantaran más alto, les echaba gotas de cantorina en el pico con un gotero, les cantaba canciones de otra época, fúlgida luna del mes de enero, cantaba, pues no se daba cuenta de que no eran los pájaros que estuvieran perdiendo la fuerza de la voz sino que era él que oía cada vez menos, y una noche el zumbido de los tímpanos se rompió en pedazos, se acabó, se quedó convertido en un aire de argamasa por donde pasaban apenas los lamentos de adioses de los buques ilusorios de las tinieblas del poder, pasaban vientos imaginarios, bullarangas de pájaros interiores que acabaron por consolarlo del abismo del silencio de los pájaros de la realidad[6].

Es ciertamente paradójico aquello de la soledad del poder, experiencia testimoniada en la propia historia de los jerarcas. Parece un castigo, el hombre más adulado, más idolatrado, incluso más conocido por todos los habitantes del país, es, a la vez, el hombre más solitario. Nada puede consolar esta desolación, ni las majestuosas ceremonias, ni las apabullantes publicidades y propagandas. El hombre más poderoso está condenado a la soledad inconsolable.

En el quinto capítulo el comienzo es el mismo, el encuentro con el cadáver del poder; sin embargo, como en los capítulos anteriores, esta repetición es siempre diferente, como si fueran cuadros temáticos, que repiten la pintura desde distintas perspectivas, descubriendo no solo otras visiones sino también nuevos juegos de luz y sombras, claros y oscuros. Era, al mismo tiempo, el mismo cadáver postrado; empero, siempre distinto en sus diferencias imperceptibles.

Poco antes del anochecer, cuando acabamos de sacar los cascarones podridos de las vacas y pusimos un poco de arreglo en aquel desorden de fábula, aún no habíamos conseguido que el cadáver se pareciera a la imagen de su leyenda. Lo habíamos raspado con fierros de desescamar pescados para quitarle la rémora de fondos de mar, lo lavamos con creolina y sal de piedra para resanarle las lacras de la putrefacción, le empolvamos la cara con almidón para esconder los remiendos de cañamazo y los pozos de parafina con que tuvimos que restaurarle la cara picoteada de pájaros de muladar, le devolvimos el color de la vida con parches de colorete y carmín de mujer en los labios, pero ni siquiera los ojos de vidrio incrustados en las cuencas vacías lograron imponerle el semblante de autoridad que le hacía falta para exponerlo a la contemplación de las muchedumbres. Mientras tanto, en el salón del consejo de gobierno invocábamos la unión de todos contra el despotismo de siglos para repartirse por partes iguales el botín de su poder, pues todos habían vuelto al conjuro de la noticia sigilosa pero incontenible de su muerte, habían vuelto los liberales y los conservadores reconciliados al rescoldo de tantos años de ambiciones postergadas, los generales del mando supremo que habían perdido el oriente de la autoridad, los tres últimos ministros civiles, el arzobispo primado, todos los que él no hubiera querido que estuvieran estaban sentados en torno de la larga mesa de nogal tratando de ponerse de acuerdo sobre la forma en que se debía divulgar la noticia de aquella muerte enorme para impedir la explosión prematura de las muchedumbres en la calle, primero un boletín número uno al filo de la prima noche sobre un ligero percance de salud que había obligado a cancelar los compromisos públicos y las audiencias civiles y militares de su excelencia, luego un segundo boletín médico en el que se anunciaba que el ilustre enfermo se había visto obligado a permanecer en sus habitaciones privadas a consecuencia de una indisposición propia de su edad, y por último, sin ningún anuncio, los dobles rotundos de las campanas de la catedral al amanecer radiante del cálido martes de agosto de una muerte oficial que nadie había de saber nunca a ciencia cierta si en realidad era la suya. Nos encontrábamos inermes ante esa evidencia, comprometidos con un cuerpo pestilente que no éramos capaces de sustituir en el mundo porque él se había negado en sus instancias seniles a tomar ninguna determinación sobre el destino de la patria después de él, había resistido con una invencible terquedad de viejo a cuantas sugerencias se le hicieron desde que el gobierno se trasladó a los edificios de vidrios solares de los ministerios y él quedó viviendo solo en la casa desierta de su poder absoluto, lo encontrábamos caminando en sueños, braceando entre los destrozos de las vacas sin nadie a quien mandar como no fueran los ciegos, los leprosos y los paralíticos que no se estaban muriendo de enfermos sino de antiguos en la maleza de los rosales, y sin embargo era tan lúcido y terco que no habíamos conseguido de él nada más que evasivas y aplazamientos cada vez que le planteábamos la urgencia de ordenar su herencia, pues decía que pensar en el mundo después de uno mismo era algo tan cenizo como la propia muerte, qué carajo, si al fin y al cabo cuando yo me muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, decía, se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto, porque ésos estarán siempre tan jodidos que el día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo, ya lo verán, decía, citando a alguien de sus tiempos de gloria, burlándose inclusive de sí mismo cuando nos dijo ahogándose de risa que por tres días que iba a estar muerto no valía la pena llevarlo hasta Jerusalén para enterrarlo en el Santo Sepulcro, y poniéndole término a todo desacuerdo con el argumento final de que no importaba que una cosa de entonces no fuera verdad, qué carajo, ya lo será con el tiempo. Tuvo razón, pues en nuestra época no había nadie que pusiera en duda la legitimidad de su historia, ni nadie que hubiera podido demostrarla ni desmentirla si ni siquiera éramos capaces de establecer la identidad de su cuerpo, no había otra patria que la hecha por él a su imagen y semejanza con el espacio cambiado y el tiempo corregido por los designios de su voluntad absoluta, reconstituida por él desde los orígenes más inciertos de su memoria mientras vagaba sin rumbo por la casa de infamias en la que nunca durmió una persona feliz, mientras les echaba granos de maíz a las gallinas que picoteaban en torno de su hamaca y exasperaba a la servidumbre con las órdenes encontradas de que me traigan una limonada con hielo picado que abandonaba intacta al alcance de la mano, que quitaran esa silla de ahí y la pusieran allá y la volvieran a poner otra vez en su puesto para satisfacer de esa forma minúscula los rescoldos tibios de su inmenso vicio de mandar, distrayendo los ocios cotidianos de su poder con el rastreo paciente de los instantes efímeros de su infancia remota mientras cabeceaba de sueño bajo la ceiba del patio, despertaba de golpe cuando lograba atrapar un recuerdo como una pieza del rompecabezas sin límites de la patria antes de él, la patria grande, quimérica, sin orillas, un reino de manglares con balsas lentas y precipicios anteriores a él cuando los hombres eran tan bravos que cazaban caimanes con las manos atravesándoles una estaca en la boca, así, nos explicaba con el índice en el paladar, nos contaba que un viernes santo había sentido el estropicio del viento y el olor de caspa del viento y vio los nubarrones de langostas que enturbiaron el cielo del mediodía e iban tijereteando cuanto encontraban a su paso y dejaron el mundo trasquilado y la luz en piltrafas como en las vísperas de la creación, pues él había vivido aquel desastre, había visto una hilera de gallos sin cabeza colgados por las patas desangrándose gota a gota en el alero de una casa de vereda grande y destartalada donde acababa de morir una mujer, había ido de la mano de su madre, descalzo, detrás del cadáver harapiento que llevaron a enterrar sin cajón sobre una parihuela de carga azotada por la ventisca de la langosta, pues así era la patria de entonces, no teníamos ni cajones de muerto, nada, él había visto un hombre que trató de ahorcarse con una cuerda ya usada por otro ahorcado en el árbol de una plaza de pueblo y la cuerda podrida se reventó antes de tiempo y el pobre hombre se quedó agonizando en la plaza para horror de las señoras que salieron de misa, pero no murió, lo reanimaron a palos sin molestarse en averiguar quién era pues en aquella época nadie sabía quién era quién si no lo conocían en la iglesia, lo metieron por los tobillos entre los dos tablones de cepo chino y lo dejaron expuesto a sol y sereno junto con otros compañeros de penas pues así eran aquellos tiempos de godos en que Dios mandaba más que el gobierno, los malos tiempos de la patria antes de que él diera la orden de cortar los árboles de las plazas de los pueblos para impedir el terrible espectáculo de los ahorcados dominicales, había prohibido el cepo público, los entierros sin cajón, todo cuanto pudiera despertar en la memoria las leyes de ignominia anteriores a su poder, había construido el tren de los páramos para acabar con la infamia de las mulas aterrorizadas en las cornisas de los precipicios llevando a cuestas los pianos de cola para los bailes de máscaras de las haciendas de café, pues él había visto también el desastre de los treinta pianos de cola destrozados en un abismo y de los cuales se había hablado y escrito tanto hasta en el exterior aunque sólo él podía dar un testimonio verídico, se había asomado a la ventana por casualidad en el instante preciso en que resbaló la última mula y arrastró a las demás al abismo, de modo que nadie más que él había oído el aullido de terror de la recua desbarrancada y el acorde sin término de los pianos que cayeron con ella sonando solos en el vacío, precipitándose hacia el fondo de una patria que entonces era como todo antes de él, vasta e incierta, hasta el extremo de que era imposible saber si era de noche o de día en aquella especie de crepúsculo eterno de la neblina de vapor cálido de las cañadas profundas donde se despedazaron los pianos importados de Austria, él había visto eso y muchas otras cosas de aquel mundo remoto aun que ni él mismo hubiera podido precisar sin lugar a dudas si de veras eran recuerdos propios o si los había oído contar en las malas noches de calenturas de las guerras o si acaso no los había visto en los grabados de los libros de viajes ante cuyas láminas permaneció en éxtasis durante las muchas horas vacías de las calmas chichas del poder, pero nada de eso importaba, qué carajo, ya verán que con el tiempo será verdad, decía, consciente de que su infancia real no era ese légamo de evocaciones inciertas que sólo recordaba cuando empezaba el humo de las bostas y lo olvidaba para siempre sino que en realidad la había vivido en el remanso de mi única y legítima esposa Leticia Nazareno que lo sentaba todas las tardes de dos a cuatro en un taburete escolar bajo la pérgola de trinitarias para enseñarle a leer y escribir, ella había puesto su tenacidad de novicia en esa empresa heroica y él correspondió con su terrible paciencia de viejo, con la terrible voluntad de su poder sin límites, con todo mi corazón, de modo que cantaba con toda el alma el tilo en la tuna el lilo en la tina el bonete nítido, cantaba sin oírse ni que nadie lo oyera entre la bulla de los pájaros alborotados de la madre muerta que el indio envasa la untura en la lata, papá coloca el tabaco en la pipa, Cecilia vende cera cerveza cebada cebolla cerezas cecina y tocino, Cecilia vende todo, reía, repitiendo en el fragor de las chicharras la lección de leer que Leticia Nazareno cantaba al compás de su metrónomo de novicia, hasta que el ámbito del mundo quedó saturado de las criaturas de tu voz y no hubo en su vasto reino de pesadumbre otra verdad que las verdades ejemplares de la cartilla, no hubo nada más que la luna en la nube, la bola y el banano, el buey de don Eloy, la bonita bata de Otilia, las lecciones de leer que él repetía a toda hora y en todas partes como sus retratos aun en presencia del ministro del tesoro de Holanda que perdió el rumbo de una visita oficial cuando el anciano sombrío levantó la mano con el guante de raso en las tinieblas de su poder insondable e interrumpió la audiencia para invitarlo a cantar conmigo mi mamá me ama, Ismael estuvo seis días en la isla, la dama come tomate, imitando con el índice el compás del metrónomo y repitiendo de memoria la lección del martes con una dicción perfecta pero con tan mal sentido de la oportunidad que la entrevista terminó como él lo había querido con el aplazamiento de los pagarés holandeses para una ocasión más propicia, para cuando hubiera tiempo, decidió, ante el asombro de los leprosos, los ciegos, los paralíticos que se alzaron al amanecer entre las breñas nevadas de los rosales y vieron al anciano de tinieblas que impartió una bendición silenciosa y cantó tres veces con acordes de misa mayor yo soy el rey y amo la ley, cantó, el adivino se dedica a la bebida, cantó, el faro es una torre muy alta con un foco luminoso que dirige en la noche al que navega, cantó, consciente de que en las sombras de su felicidad senil no había más tiempo que el de Leticia Nazareno de mi vida en el caldo de camarones de los retozos sofocantes de la siesta, no había más ansias que las de estar desnudo contigo en la estera empapada en sudor bajo el murciélago cautivo del ventilador eléctrico, no había más luz que la de tus nalgas, Leticia, nada más que tus tetas totémicas, tus pies planos, tu ramita de ruda para un remedio, los eneros opresivos de la remota isla de Antigua donde viniste al mundo en una madrugada de soledad surcada por un viento ardiente de ciénagas podridas, se habían encerrado en el aposento de invitados de honor con la orden personal de que nadie se acerque a cinco metros de esa puerta que voy a estar muy ocupado aprendiendo a leer y a escribir, así que nadie lo interrumpió ni siquiera con la novedad mi general de que el vómito negro estaba haciendo estragos en la población rural mientras el compás de mi corazón se adelantaba al metrónomo por la fuerza invisible de tu olor de animal de monte, cantando que el enano baila en un solo pie, la mula va al molino, Otilia lava la tina, baca se escribe con be de burro, cantaba, mientras Leticia Nazareno le apartaba el testículo herniado para limpiarle los restos de la caca del último amor, lo sumergía en las aguas lústrales de la bañera de peltre con patas de león y lo jabonaba con jabón de reuter y lo despercudía con estropajos y lo enjuagaba con agua de frondas hervidas cantando a dos voces con jota se escribe jengibre jofaina y jinete, le embadurnaba las bisagras de las piernas con manteca de cacao para aliviarle las escaldaduras del braguero, le empolvaba con ácido bórico la estrella mustia del culo y le daba nalgadas de madre tierna por tu mal comportamiento con el ministro de Holanda, plas, plas, le pidió como penitencia que permitiera el regreso al país de las comunidades de pobres para que volvieran a hacerse cargo de orfanatos y hospitales y otras casas de caridad, pero él la envolvió en el aura lúgubre de su rencor implacable, ni de vainas, suspiró, no había un poder de este mundo ni del otro que lo hiciera contrariar una determinación tomada por él mismo de viva voz, ella le pidió en las asmas del amor de las dos de la tarde que me concedas una cosa, mi vida, sólo una, que regresaran las comunidades de los territorios de misiones que trabajaban al margen de las veleidades del poder, pero él le contestó en las ansias de sus resuellos de marido urgente que ni de vainas mi amor, primero muerto que humillado por esa cáfila de pollerones que ensillan indios en vez de mulas y reparten collares de vidrios de colores a cambio de narigueras y arracadas de oro, ni de vainas, protestó, insensible a las súplicas de Leticia Nazareno de mi desventura que se había cruzado de piernas para pedirle la restitución de los colegios confesionales incautados por el gobierno, la desamortización de los bienes de manos muertas, los trapiches de caña, los templos convertidos en cuarteles, pero él se volteó de cara a la pared dispuesto a renunciar al tormento insaciable de tus amores lentos y abismales antes que dar mi brazo a torcer en favor de esos bandoleros de Dios que durante siglos se han alimentado de los hígados de la patria, ni de vainas, decidió, y sin embargo volvieron mi general, regresaron al país por las rendijas más estrechas las comunidades de pobres de acuerdo con su orden confidencial de que desembarcaran sin ruido en ensenadas secretas, les pagaron indemnizaciones desmesuradas, se restituyeron con creces los bienes expropiados y fueron abolidas las leyes recientes del matrimonio civil, el divorcio vincular, la educación laica, todo cuanto él había dispuesto de viva voz en las rabias de la fiesta de burlas del proceso de santificación de su madre Bendición Alvarado a quien Dios tenga en su santo reino, qué carajo, pero Leticia Nazareno no se conformó con tanto sino que pidió más, le pidió que pongas la oreja en mi bajo vientre para que oigas cantar a la criatura que está creciendo dentro, pues ella había despertado en mitad de la noche sobresaltada por aquella voz profunda que describía el paraíso acuático de tus entrañas surcadas de atardeceres malva y vientos de alquitrán, aquella voz interior que le hablaba de los pólipos de tus riñones, el acero tierno de tus tripas, el ámbar tibio de tu orina dormida en sus manantiales, y él puso en su vientre el oído que le zumbaba menos y oyó el borboriteo secreto de la criatura viva de su pecado mortal, un hijo de nuestros vientres obscenos que ha de llamarse Emanuel, que es el nombre con que los otros dioses conocen a Dios, y ha de tener en la frente el lucero blanco de su origen egregio y ha de heredar el espíritu de sacrificio de la madre y la grandeza del padre y su mismo destino de conductor invisible, pero había de ser la vergüenza del cielo y el estigma de la patria por su naturaleza ilícita mientras él no se decidiera a consagrar en los altares lo que había envilecido en la cama durante tantos y tantos años de contubernio sacrílego, y entonces se abrió paso por entre las espumas del antiguo mosquitero de bodas con aquel resuello de caldera de barco que le salía del fondo de las terribles rabias reprimidas gritando ni de vainas, primero muerto que casado, arrastrando sus grandes patas de novio escondido por los salones de una casa ajena cuyo esplendor de otra época había sido restaurado después del largo tiempo de tinieblas del luto oficial, los podridos crespones de semana mayor habían sido arrancados de las cornisas, había luz de mar en los aposentos, flores en los balcones, músicas marciales, y todo eso en cumplimiento de una orden que él no había dado pero que fue una orden suya sin la menor duda mi general pues tenía la decisión tranquila de su voz y el estilo inapelable de su autoridad, y él aprobó, de acuerdo, y habían vuelto a abrirse los templos clausurados, y los claustros y cementerios habían sido devueltos a sus antiguas congregaciones por otra orden suya que tampoco había dado pero aprobó, de acuerdo, se habían restablecido las antiguas fiestas de guardar y los usos de la cuaresma y entraban por los balcones abiertos los himnos de júbilo de las muchedumbres que antes cantaban para exaltar su gloria y ahora cantaban arrodilladas bajo el sol ardiente para celebrar la buena nueva de que habían traído a Dios en un buque mi general, de veras, lo habían traído por orden tuya, Leticia, por una ley de alcoba como tantas otras que ella expedía en secreto sin consultarlo con nadie y que él aprobaba en público para que no pareciera ante los ojos de nadie que había perdido los oráculos de su autoridad pues tú eras la potencia oculta de aquellas procesiones sin término que él contemplaba asombrado desde las ventanas de su dormitorio hasta más allá de donde no llegaron las hordas fanáticas de su madre Bendición Alvarado cuya memoria había sido   exterminada   del   tiempo   de   los   hombres, habían esparcido en el viento las piltrafas del traje de novia y el almidón de sus huesos y habían vuelto a poner la lápida al revés en la cripta con las letras hacia dentro para que no perdurara ni la noticia de su nombre de pajarera en reposo pintora de oropéndolas hasta el fin de los tiempos, y todo eso por orden tuya, porque eras tú quien lo había ordenado para que ninguna otra memoria de mujer hiciera sombra a tu memoria, Leticia Nazareno de mi desgracia, hija de puta[7].

Cada capítulo es una síntesis espesa de la novela, cada comienzo de capítulo es el mismo inicio de la narración, sólo que dado en otro tono, mejor dicho en una variación tonal, una variación narrativa, que enriquece el prodigioso imaginario de El otoño del patriarca.  En este caso, tenemos la remembranza de lo acontecido, ante los signos ignominiosos de la descomposición del cadáver. Esta vez se trata del dominio femenino de Leticia Nazareno sobre el implacable dictador. Monja exilada por el mismo déspota, empero, raptada cuando descubrió en su cuerpo desnudo, rechoncho, abultado, de cabellos cortados por tijeras para trozar plantas, el encanto voluptuoso que podía llenar el vacío dejado por la desaparición de la madre y la disipación fantasmal de la reina de los pobres. El poder es vencido por el dominio sutil de la ex-monja, que le enseñó los buenos modales, que le enseñó a leer y escribir, además de enseñarle el goce del amor placentero, diferido por caricias lentas y deleite postergado, hasta lograr la alegría agónica del desbarranco abismal amoroso. Leticia Nazareno logró lo que nadie de sus concubinas; reconocer al único sietemesino que engendró, obligándole a cazarse por la iglesia. Sietemesino, que por orden suya, aunque fuera mujer nacida, sería hombre, llamado Emanuel, como lo dispuso la madre, que era el otro nombre de Dios.

Es ejemplar esta reiteración cíclica del poder, que en cada ciclo es el mismo y diferente, variando en sus singularidades, en sus escenarios, en sus personajes, sobre todo cuando intervienen mujeres, que tienen más fuerza que el cometa, que anuncia la muerte del patriarca, en pleno sueño glacial, mientras duerma. Es impresionante esta intuición perceptual del novelista cuando descubre en el movimiento rutinario del poder, las variaciones imperceptibles, que terminan modificando los modos de dominio, las maneras de las displicencias, de las complicidades institucionales, de los formatos desenvueltos de las múltiples violencias desencadenadas. El poder termina siendo esa rutina cíclica y estructural, demoledora, pero también seductora, donde no importa quién esté simbólicamente encarnado este despojamiento de las voluntades, representando descaradamente al pueblo y a la nación, sino, lo que importa es que se repita como si fuera ley natural el recorrido indetenible de las corrosiones innumerables y los deterioros irremediables de las formas de poder, de las múltiples maneras de las dominaciones. Diríamos que la crítica inherente del escritor va más lejos de lo que sus intérpretes han expuesto, quizás querido limitar. Ellos, los intérpretes, se han quedado en el realismo mágico, en la ficción deslumbrante de un imaginario alegórico desbordante, en Macondo de los Cien años de soledad; eso en el mejor de los casos. Otros intérpretes no han salido del maniqueísmo esquemático de los buenos contra los malos, convirtiendo al escritor en baluarte de la denuncia justiciera. Lo que no pueden ver los intérpretes es el humor candente y tropical de una narrativa que se constituye sobre la matriz de una intuición transgresora, transgresora de las instituciones oficiosas, de las formalidades literarias, de los consensos apagados de las fraternidades cultas, que reconocen al escritor encumbrado; pero, no pueden comprender a la escritura rebelde, desbordante, que percibe el mundo en sus devenires tumultuosos y creativos.

El último capítulo comienza también con el encuentro con el cadáver del patriarca, con preguntas parecidas y reflexiones equivalentes; sin embargo, las modificaciones imperceptibles de la narración terminan relatando la historia interminable de los cambios, terminan construyendo la trama y su estructura de texturas, terminan encontrando el desenlace esperado.

Ahí estaba, pues, como si hubiera sido él aunque no lo fuera, acostado en la mesa de banquetes de la sala de fiestas con el esplendor femenino de papa muerto entre las flores con que se había desconocido a sí mismo en la ceremonia de exhibición de su primera muerte, más temible muerto que vivo con el guante de raso relleno de algodón sobre el pecho blindado de falsas medallas de victorias imaginarias de guerras de chocolate inventadas por sus aduladores impávidos, con el fragoroso uniforme de gala y las polainas de charol y la única espuela de oro que encontramos en la casa y los diez soles tristes de general del universo que le impusieron a última hora para darle una jerarquía mayor que la de la muerte, tan inmediato y visible en su nueva identidad póstuma que por primera vez se podía creer sin duda alguna en su existencia real, aunque en verdad nadie se parecía menos a él, nadie era tanto el contrario de él como aquel cadáver de vitrina que a la medianoche se seguía cocinando en el fuego lento del espacio minucioso de la cámara ardiente mientras en el salón contiguo del consejo de gobierno discutíamos palabra por palabra el boletín final con la noticia que nadie se atrevía a creer cuando nos despertó el ruido de los camiones cargados de tropa con armamentos de guerra cuyas patrullas sigilosas ocuparon los edificios públicos desde la madrugada, se tendieron en el suelo en posición de tiro bajo las arcadas de la calle del comercio, se escondieron en los zaguanes, los vi instalando ametralladoras de trípode en las azoteas del barrio de los virreyes cuando abrí el balcón de mi casa al amanecer buscando dónde poner el mazo de claveles empapados que acababa de cortar en el patio, vi debajo del balcón una patrulla de soldados al mando de un teniente que iba de puerta en puerta ordenando cerrar las pocas tiendas que empezaban a abrirse en la calle del comercio, hoy es feriado nacional, gritaba, orden superior, les tiré un clavel desde el balcón y pregunté qué pasaba que había tantos soldados y tanto ruido de armas por todas partes y el oficial atrapó el clavel en el aire y me contestó que fíjate niña que nosotros tampoco sabemos, debe ser que resucitó el muerto, dijo, muerto de risa, pues nadie se atrevía a pensar que hubiera ocurrido una cosa de tanto estruendo, sino al contrario, pensábamos que después de muchos años de negligencia él había vuelto a coger las riendas de su autoridad y estaba más vivo que nunca arrastrando otra vez sus grandes patas de monarca ilusorio en la casa del poder cuyos globos de luz habían vuelto a encenderse, pensábamos que era él quien había hecho salir las vacas que andaban triscando en las grietas de las baldosas de la Plaza de Armas donde el ciego sentado a la sombra de las palmeras moribundas confundió las pezuñas con botas de militares y recitaba los versos del feliz caballero que llegaba de lejos vencedor de la muerte, los recitaba con toda la voz y la mano tendida hacia las vacas que se trepaban a comerse las guirnaldas de balsaminas del quiosco de la música por la costumbre de subir y bajar escaleras para comer, se quedaron a vivir entre las ruinas de las musas coronadas de camelias silvestres y los micos colgados de las liras de los escombros del Teatro Nacional, entraban muertas de sed con un estrépito de tiestos de nardos en la penumbra fresca de los zaguanes del barrio de los virreyes y sumergían los hocicos abrasados en el estanque del patio interior sin que nadie se atreviera a molestarlas porque conocíamos la marca congénita del hierro presidencial que las hembras llevaban en las ancas y los machos en el cuello, eran intocables, los propios soldados les cedían el paso en los vericuetos de la calle del comercio que había perdido su fragor antiguo de zoco infernal, sólo quedaba un pudridero de costillares rotos y arboladuras desbaratadas en los charcos de miasmas ardientes donde estuvo el mercado público cuando todavía teníamos el mar y las goletas encallaban entre las mesas de legumbres, quedaban los locales vacíos de los que fueron en sus tiempos de gloria los bazares de los hindúes, pues los hindúes se habían ido, ni las gracias dieron mi general, y él gritó qué carajo, aturdido por sus últimos berrinches seniles, que se larguen a limpiar mierda de ingleses, gritó, se fueron todos, surgieron en su lugar los vendedores callejeros de amuletos de indios y antídotos de culebras, los frenéticos ventorrillos de discos con camas de alquiler en la trastienda que los soldados desbarataron a culatazos mientras los hierros de la catedral anunciaban el duelo, todo se había acabado antes que él, nos habíamos extinguido hasta el último soplo en la espera sin esperanza de que algún día fuera verdad el rumor reiterado y siempre desmentido de que había por fin sucumbido a cualquiera de sus muchas enfermedades de rey, y sin embargo no lo creíamos ahora que era cierto, y no porque en realidad no lo creyéramos sino porque ya no queríamos que fuera cierto, habíamos terminado por no entender cómo seriamos sin él, qué sería de nuestras vidas después de él, no podía concebir el mundo sin el hombre que me había hecho feliz a los doce años como ningún otro lo volvió a conseguir desde las tardes de hacía tanto tiempo en que salíamos de la escuela a las cinco y él acechaba por las claraboyas del establo a las niñas de uniforme azul de cuello marinero y una sola trenza en la espalda pensando madre mía Bendición Alvarado cómo son de bellas las mujeres a mi edad, nos llamaba, veíamos sus ojos trémulos, la mano con el guante de dedos rotos que trataba de cautivarnos con el cascabel de caramelo del embajador Forbes, todas corrían asustadas, todas menos yo, me quedé sola en la calle de la escuela cuando supe que nadie me estaba viendo y traté de alcanzar el caramelo y entonces él me agarró por las muñecas con un tierno zarpazo de tigre y me levantó sin dolor en el aire y me pasó por la claraboya con tanto cuidado que no me descompuso ni un pliegue del vestido y me acostó en el heno perfumado de orines rancios tratando de decirme algo que no le salía de la boca árida porque estaba más asustado que yo, temblaba, se le veían en la casaca los golpes del corazón, estaba pálido, tenía los ojos llenos de lágrimas como no los tuvo por mí ningún otro hombre en toda mi vida de exilio, me tocaba en silencio, respirando sin prisa, me tentaba con una ternura de hombre que nunca volví a encontrar, me hacía brotar los capullos del pecho, me metía los dedos por el borde de las bragas, se olía los dedos, me los hacía oler, siente, me decía, es tu olor, no volvió a necesitar los caramelos del embajador Baldrich para que yo me metiera por las claraboyas del establo a vivir las horas felices de mi pubertad con aquel hombre de corazón sano y triste que me esperaba sentado en el heno con una bolsa de cosas de comer, enjugaba con pan mis primeras salsas de adolescente, me metía las cosas por allá antes de comérselas, me las daba a comer, me metía los cabos de espárragos para comérselos marinados con la salmuera de mis humores íntimos, sabrosa, me decía, sabes a puerto, soñaba con comerse mis riñones hervidos en sus propios caldos amoniacales, con la sal de tus axilas, soñaba, con tu orín tibio, me destazaba de pies a cabeza, me sazonaba con sal de piedra, pimienta picante y hojas de laurel y me dejaba hervir a fuego lento en las malvas incandescentes de los atardeceres efímeros de nuestros amores sin porvenir, me comía de pies a cabeza con unas ansias y una generosidad de viejo que nunca más volví a encontrar en tantos hombres apresurados y mezquinos que trataron de amarme sin conseguirlo en el resto de mi vida sin él, me hablaba de él mismo en las digestiones lentas del amor mientras nos quitábamos de encima los hocicos de las vacas que trataban de lamernos, me decía que ni él mismo sabía quién era él, que estaba de mi general hasta los cojones, decía sin amargura, sin ningún motivo, como hablando solo, flotando en el zumbido continuo de un silencio interior que sólo era posible romper a gritos, nadie era más servicial ni más sabio que él, nadie era más hombre, se había convertido en la única razón de mi vida a los catorce años cuando dos militares del más alto rango aparecieron en casa de mis padres con una maleta atiborrada de doblones de oro puro y me metieron a medianoche en un buque extranjero con toda la familia y con la orden de no regresar al territorio nacional durante años y años hasta que estalló en el mundo la noticia de que él había muerto sin haber sabido que yo me pasé el resto de la vida muriéndome por él, me acostaba con desconocidos de la calle para ver si encontraba uno mejor que él, regresé envejecida y amargada con esta recua de hijos que había parido de padres diferentes con la ilusión de que eran suyos, y en cambio él la había olvidado al segundo día en que no la vio entrar por la claraboya de los establos de ordeño, la sustituía por una distinta todas las tardes porque ya para entonces no distinguía muy bien quién era quién en el tropel de colegialas de uniformes iguales que le sacaban la lengua y le gritaban viejo guanábano cuando trataba de cautivarlas con los caramelos del embajador Rumpelmayer, las llamaba sin discriminar, sin preguntarse nunca si la de hoy había sido la misma de ayer, las recibía a todas por igual, pensaba en todas como si fueran una sola mientras escuchaba medio dormido en la hamaca las razones siempre iguales del embajador Streimberg que le había regalado una trompeta acústica igual a la del perro de la voz del amo con un dispositivo eléctrico de amplificación para que él pudiera oír una vez más la pretensión insistente de llevarse nuestras aguas territoriales a buena cuenta de los servicios de la deuda externa y él repetía lo mismo de siempre que ni de vainas mi querido Stevenson, todo menos el mar, desconectaba el audífono eléctrico para no seguir oyendo aquel vozarrón de criatura metálica que parecía voltear el disco para explicarle otra vez lo que tanto me habían explicado mis propios expertos sin recovecos de diccionario que estamos en los puros cueros mi general, habíamos agotado nuestros últimos recursos, desangrados por la necesidad secular de aceptar empréstitos para pagar los servicios de la deuda externa desde las guerras de independencia y luego otros empréstitos para pagar los intereses de los servicios atrasados, siempre a cambio de algo mi general, primero el monopolio de la quina y el tabaco para los ingleses, después el monopolio del caucho y el cacao para los holandeses, después la concesión del ferrocarril de los páramos y la navegación fluvial para los alemanes, y todo para los gringos por los acuerdos secretos que él no conoció sino después del derrumbamiento de estrépito y la muerte pública de José Ignacio Sáenz de la Barra a quien Dios tenga cocinándose a fuego vivo en las pailas de sus profundos infiernos, no nos quedaba nada, general, pero él había oído decir lo mismo a todos sus ministros de hacienda desde los tiempos difíciles en que declaró la moratoria de los compromisos contraídos con los banqueros de Hamburgo, la escuadra alemana había bloqueado el puerto, un acorazado inglés disparó un cañonazo de advertencia que abrió un boquete en la torre de la catedral, pero él gritó que me cago en el rey de Londres, primero muertos que vendidos, gritó, muera el Kaiser, salvado en el instante final por los buenos oficios de su cómplice de dominó el embajador Charles W. Traxler cuyo gobierno se constituyó en garante de los compromisos europeos a cambio de un derecho de explotación vitalicia de nuestro subsuelo, y desde entonces estamos como estamos debiendo hasta los calzoncillos que llevamos puestos mi general, pero él acompañaba hasta las escaleras al eterno embajador de las cinco y lo despedía con una palmadita en el hombro, ni de vainas mi querido Baxter, primero muerto que sin mar, agobiado por la desolación de aquella casa de cementerio donde se podía caminar sin tropiezos como si fuera por debajo del agua desde los tiempos malvados de aquel José Ignacio Sáenz de la Barra de mi error que había cortado todas las cabezas del género humano menos las que debía cortar de los autores del atentado de Leticia Nazareno y el niño, los pájaros se resistían a cantar en las jaulas por muchas gotas de cantorina que él les echara en el pico, las niñas de la escuela contigua no habían vuelto a cantar la canción del recreo de la pajarita pinta paradita en el verde limón, la vida se le iba en la espera impaciente de las horas de estar contigo en los establos, mi niña, con tus teticas de corozo y tu cosita de almeja, comía solo bajo el cobertizo de trinitarias, flotaba en la reverberación del calor de las dos picoteando el sueño de la siesta para no perder el hilo de la película de la televisión en que todo ocurría por orden suya al revés de la vida, pues el benemérito que todo lo sabía no supo nunca que desde los tiempos de José Ignacio Sáenz de la Barra le habíamos instalado primero un transmisor individual para las novelas habladas de la radiola y después un circuito cerrado de televisión para que sólo él viera las películas arregladas a su gusto en las cuales no se morían sino los villanos, prevalecía el amor contra la muerte, la vida era un soplo, lo hacíamos feliz con el engaño como lo fue tantas tardes de su vejez con las niñas de uniforme que lo habrían complacido hasta la muerte si él no hubiera tenido la mala fortuna de preguntarle a una de ellas qué te enseñan en la escuela y yo le contesté la verdad que no me enseñan nada señor, yo lo que soy es puta del puerto, y él se lo hizo repetir por si no había entendido bien lo que leyó en mis labios y yo le repetí con todas las letras que no soy estudiante señor, soy puta del puerto, los servicios de sanidad la habían bañado con creolina y estropajo, le dijeron que se pusiera este uniforme de marinero y estas medias de niña bien y que pasara por esta calle todas las tardes a las cinco, no sólo yo sino todas las putas de mi edad reclutadas y bañadas por la policía sanitaria, todas con el mismo uniforme y los mismos zapatos de hombre y estas trenzas de crines de caballo que fíjese usted que se quita y se pone con un prendedor de peineta, nos dijeron que no se asusten que es un pobre abuelo pendejo que ni siquiera se las va a tirar sino que les hace exámenes de médico con el dedo y les chupa la testamenta y les mete cosas de comer por la cucaracha, en fin, todo lo que usted me hace cuando vengo, que nosotras no teníamos sino que cerrar los ojos de gusto y decir mi amor mi amor que es lo que a usted le gusta, eso nos dijeron y hasta nos hicieron ensayar y repetir todo desde el principio antes de pagarnos, pero yo encuentro que es demasiada vaina tanto plátano maduro en la consiánfira y tanta malanga sancochada en el fundillo por los cuatro tísicos pesos que nos quedan después de descontarnos el impuesto de sanidad y la comisión del sargento, qué carajo, no es justo desperdiciar tanta comida por debajo si una no tiene ni qué comer por arriba, dijo, envuelta en el áurea lúgubre del anciano insondable que escuchó la revelación sin pestañear pensando madre mía Bendición Alvarado por qué me mandas este castigo, pero no hizo un gesto que denunciara su desolación sino que se empeñó en toda clase de averiguaciones sigilosas hasta descubrir que en efecto el colegio de niñas contiguo a la casa civil lo habían clausurado desde hace muchos años mi general, el propio ministro de educación había provisto los fondos de acuerdo con el arzobispo primado y la asociación de padres de familia para construir el nuevo edificio de tres pisos frente al mar donde las infantas de las familias de grandes ínfulas quedaron a salvo de las asechanzas del seductor crepuscular cuyo cuerpo de sábalo varado bocarriba en la mesa de banquetes empezaba a perfilarse contra las malvas lívidas del horizonte de cráteres de luna de nuestra primera aurora sin él, estaba al abrigo de todo entre los agapantos nevados, libre por fin de su poder absoluto al cabo de tantos años de cautiverio recíproco que resultaba imposible distinguir quién era víctima de quién en aquel cementerio de presidentes vivos que habían pintado de blanco de tumba por dentro y por fuera sin consultarlo conmigo sino que le ordenaban sin reconocerlo que no pase aquí señor que nos ensucia la cal, y él no pasaba, quédese en el piso de arriba señor que le puede caer un andamio encima, y él se quedaba, aturdido por el estrépito de los carpinteros y la rabia de los albañiles que le gritaban que se aparte de aquí viejo pendejo que se va a cagar en la mezcla, y él se apartaba, más obediente que un soldado en los duros meses de una restauración inconsulta que abrió ventanas nuevas a los vientos del mar, más solo que nunca bajo la vigilancia feroz de una escolta cuya misión no parecía ser la de protegerlo sino de vigilarlo, se comían la mitad de su comida para impedir que lo envenenaran, le cambiaban los escondites de la miel de abejas, le calzaban la espuela de oro como a los gallos de pelea para que no le campaneara al caminar, qué carajo, toda una sarta de astucias de vaqueros que habrían hecho morir de risa a mi compadre Saturno Santos, vivía a merced de once atarvanes de saco y corbata que se pasaban el día haciendo maromas japonesas, movían un aparato de focos verdes y colorados que se encienden y se apagan cuando alguien tiene un arma en un círculo de cincuenta metros, y andamos por la calle como fugitivos en siete automóviles iguales que cambiaban de lugar adelantándose unos a otros en el camino de modo que ni yo mismo sé en cuál es el que voy, qué carajo, un gasto inútil de pólvora en gallinazos porque él había apartado los visillos para ver las calles al cabo de tantos años de encierro y vio que nadie se inmutaba con el paso sigiloso de las limusinas fúnebres de la caravana presidencial, vio los arrecifes de vidrios solares de los ministerios que se alzaban más altos que las torres de la catedral y habían tapado los promontorios de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, vio una patrulla de soldados que borraban un letrero reciente escrito a brocha gorda en un muro y preguntó qué decía y le contestaron que gloria eterna al artífice de la patria nueva aunque él sabía que era mentira, por supuesto, si no no lo estuvieran borrando, qué carajo, vio una avenida de cocoteros tan ancha como seis con camellones de macizos de flores hasta el mar donde estuvieron los barrizales, vio un suburbio de quintas repetidas con pórticos romanos y hoteles con jardines amazónicos donde estuvo el muladar del mercado público, vio los automóviles atortugados en las serpentinas de laberintos de las autopistas urbanas, vio la muchedumbre embrutecida por la canícula del mediodía en la acera del sol mientras en la acera opuesta no había nadie más que los recaudadores sin oficio del impuesto al derecho de caminar por la sombra, pero nadie se estremeció aquella vez con el presagio del poder oculto en el féretro refrigerado de la limusina presidencial, nadie reconoció los ojos de desencanto, los labios ansiosos, la mano desvalida que iba diciendo adioses sin destino a través de la gritería de los pregones de periódicos y amuletos, los carritos de helados, los lábaros de la lotería de tres cifras, el fragor cotidiano del mundo de la calle ajeno a la tragedia intima del militar solitario que suspiraba de nostalgia pensando madre mía Bendición Alvarado qué fue de mi ciudad, dónde está el callejón de miseria de las mujeres sin hombres que salían desnudas al atardecer a comprar corvinas azules y pargos rosados y a mentarse la madre con las verduleras mientras se les secaba la ropa en los balcones, dónde están los hindúes que se cagaban en la puerta de sus tenderetes, dónde están sus esposas lívidas que enternecían a la muerte con canciones de lástima, dónde está la mujer que se había convertido en alacrán por desobedecer a sus padres, dónde están las cantinas de los mercenarios, sus arroyos de orín fermentado, el aire cotidiano de los pelícanos a la vuelta de la esquina, y de pronto, ay, el puerto, dónde está si aquí estaba, qué fue de las goletas de los contrabandistas, la chatarra de desembarco de los infantes, mi olor a mierda, madre, qué pasaba en el mundo que nadie conocía la mano fugitiva de amante en el olvido que iba dejando un reguero de adioses inútiles desde la ventanilla de cristales virados de un tren inaugural que atravesó silbando los sembrados de hierbas de olor de los que fueron antes los pantanos de estridentes pájaros de malaria de los arrozales, pasó espantando muchedumbres de vacas marcadas con el hierro presidencial a través de llanuras inverosímiles de pastos azules, y en el interior capitonado de terciopelo eclesiástico del vagón de responsos de mi destino irrevocable él iba preguntándose dónde estaba mi viejo trencito de cuatro patas, carajo, mis ramazones de anacondas y balsaminas venenosas, mi alboroto de micos, mis aves del paraíso, la patria entera con su dragón, madre, dónde están si aquí estaban las estaciones de indias taciturnas con sombreros ingleses que vendían animales de almíbar por las ventanas, vendían papas nevadas, madre,  vendían   gallinas   sancochadas  en   manteca amarilla bajo los arcos de letreros de flores de gloria eterna al benemérito que nadie sabe dónde está, pero siempre que él protestaba que aquella vida de prófugo era peor que estar muerto le contestaban que no mi general, era la paz dentro del orden, le decían, y él terminaba por aceptar, de acuerdo, una vez más deslumbrado por la fascinación personal de José Ignacio Sáenz de la Barra de mi desmadre a quien tantas veces había degradado y escupido en la rabia de los insomnios pero volvía a sucumbir ante sus encantos no bien entraba en la oficina con la luz del sol cabestreando ese perro con mirada de gente humana que no abandona ni siquiera para orinar y además tiene nombre de gente, Lord Kóchel, y otra vez aceptaba sus fórmulas con una mansedumbre que lo sublevaba contra sí mismo, no se preocupe Nacho, admitía, cumpla con su deber, de modo que José Ignacio Sáenz de la Barra volvía una vez más con sus poderes intactos a la fábrica de suplicios que había instalado a menos de , quinientos metros de la casa presidencial en el inocente edificio de mampostería colonial donde había estado el manicomio de los holandeses, una casa tan grande como la suya, mi general, escondida en un bosque de almendros y rodeada por un prado de violetas silvestres, cuya primera planta estaba destinada a los servicios de identificación y registro del estado civil y en el resto estaban instaladas las máquinas de tortura más ingeniosas y bárbaras que podía concebir la imaginación, tanto que él no había querido conocerlas sino que le advirtió a Sáenz de la Barra que usted siga cumpliendo con su deber como mejor convenga a los intereses de la patria con la única condición de que yo no sé nada ni he visto nada ni he estado nunca en ese lugar, y Sáenz de la Barra empeñó su palabra de honor para servir a usted, general, y había cumplido, igual que cumplió su orden de no volver a martirizar a los niños menores de cinco años con polos eléctricos en los testículos para forzar la confesión de sus padres porque él temía que aquella infamia pudiera repetirle los insomnios de tantas noches iguales de los tiempos de la lotería, aunque le era imposible olvidarse de ese taller de horror a tan escasa distancia de su dormitorio porque en las noches de lunas quietas lo despertaban las músicas de trenes fugitivos de las albas de truenos de Bruckner que hacían estragos de diluvios y dejaban una desolación de piltrafas de túnicas de novias muertas en las ramazones de los almendros de la antigua mansión de lunáticos holandeses para que no se oyeran desde la calle los alaridos de pavor y dolor de los moribundos, y todo eso sin cobrar un céntimo mi general, pues José Ignacio Sáenz de la Barra disponía de su sueldo para comprar las ropas de príncipe, las camisas de seda natural con el monograma en el pecho, los zapatos de cabritilla, las cajas de gardenias para la solapa, las lociones de Francia con los blasones de la familia impresos en la etiqueta original, pero no tenía mujer conocida ni se dice que sea marica ni tiene un solo amigo ni una casa propia para vivir, nada mi general, una vida de santo, esclavizado en la fábrica de suplicios hasta que lo tumbaba el cansancio sobre el diván de la oficina donde dormía de cualquier modo pero nunca de noche ni nunca más de tres horas cada vez, sin guardia en la puerta, sin un arma a su alcance, bajo la protección anhelante de Lord Kóchel que no cabía dentro del pellejo por la ansiedad que le causaba el no comer sino lo único que dicen que come, es decir, las tripas calientes de los decapitados, haciendo ese ruido de borboriteo de marmita para despertarlo apenas su mirada de persona humana sentía a través de las paredes que alguien se acercaba a la oficina, quien quiera que sea, mi general, ese hombre no se confía ni del espejo, tomaba sus decisiones sin consultarlas con nadie después de escuchar los informes de sus agentes, nada sucedía en el país ni daban un suspiro los desterrados en cualquier lugar del planeta que José Ignacio Sáenz de la Barra no lo supiera al instante a través de los hilos de la telaraña invisible de delación y soborno con que tiene cubierta la bola del mundo, que en eso se gastaba la plata, mi general, pues no era cierto que los torturadores tuvieran sueldo de ministros como decían, al contrario, se ofrecían gratis para demostrar que eran capaces de descuartizar a su madre y echarles los pedazos a los puercos sin que se les notara en la voz, en lugar de cartas de recomendación y certificados de buena conducta ofrecían testimonios de antecedentes atroces para que les dieran el empleo a las órdenes de los torturadores franceses que son racionalistas mi general, y por consiguiente son metódicos en la crueldad y refractarios a la compasión, eran ellos quienes hacían posible el progreso dentro del orden, eran ellos quienes se anticipaban a las conspiraciones mucho antes de que empezaran a incubar en el pensamiento, los clientes distraídos que tomaban el fresco bajo los abanicos de aspas de las heladerías, los que leían el periódico en las fondas de los chinos, los que se dormían en los cines, los que cedían el puesto a las señoras encinta en los autobuses, los que habían aprendido a ser electricistas y plomeros después de haber pasado media vida de atracadores nocturnos y bandoleros de veredas, los novios casuales de las sirvientas, las putas de los trasatlánticos y los bares internacionales, los promotores de excursiones turísticas a los paraísos del Caribe en las agencias de viajes de Miami, el secretario privado del ministro de asuntos exteriores de Bélgica, la cuidanta vitalicia del corredor tenebroso del cuarto piso del Hotel Internacional de Moscú, y tantos otros que nadie sabe hasta en el último rincón de la tierra, pero usted puede dormir tranquilo mi general pues los buenos patriotas de la patria dicen que usted no sabe nada, que todo esto sucede sin su consentimiento, que si mi general lo supiera habría mandado a Sáenz de la Barra a empujar margaritas en el cementerio de renegados de la fortaleza del puerto, que cada vez que se enteraban de un nuevo acto de barbarie suspiraban para adentro si el general lo supiera, si pudiéramos hacérselo saber, si hubiera una manera de verlo, y él le ordenó a quien se lo había contado que no olvidara nunca que de verdad yo no sé nada, ni he visto nada, ni he hablado de estas cosas con nadie, y así recobraba el sosiego, pero seguían llegando tantos talegos de cabezas cortadas que no le parecía concebible que José Ignacio Sáenz de la Barra se embarrara de sangre hasta la tonsura sin ningún beneficio porque la gente es pendeja pero no tanto, ni le parecía razonable que pasaron años enteros sin que los comandantes de las tres armas protestaran por su condición subalterna, ni pedían aumento de sueldo, nada, de modo que él había echado sondas por separado para tratar de establecer las causas de la conformidad militar, quería averiguar por qué no trataban de rebelarse, por qué aceptaban la potestad de un civil, y les había preguntado a los más codiciosos si no pensaban que ya era tiempo de cortarle la cresta al advenedizo sanguinario que estaba salpicando los méritos de las fuerzas armadas, pero le habían contestado que por supuesto que no mi general, no es para tanto, y desde entonces ya no sé quién es quién, ni quién está con quién ni contra quién en este armatoste del progreso dentro del orden que empieza a olerme a mortecina encerrada como aquella que ni quiero acordarme de aquellos pobres niños de la lotería, pero José Ignacio Sáenz de la Barra le aplacaba los ímpetus con su dulce dominio de domador de perros cimarrones, duerma tranquilo general, le decía, el mundo es suyo, le hacía creer que todo era tan simple y tan claro que lo volvía a dejar en las tinieblas de aquella casa de nadie que recorría de un extremo al otro preguntándose a grandes voces quién carajo soy yo que me siento como si me hubieran volteado al revés la luz de los espejos, dónde carajo estoy que van a ser las once de la mañana y no hay una gallina ni por casualidad en este desierto, acuérdense cómo era antes, clamaba, acuérdense del despelote de los leprosos y los paralíticos que se peleaban la comida con los perros, acuérdense de aquel resbaladero de mierda de animales en las escaleras y aquel despiporre de patriotas que no me dejaban caminar con la conduerma de que écheme en el cuerpo la sal de la salud mi general, que me bautice al muchacho a ver si se le quita la diarrea porque decían que mi imposición tenía virtudes aprietativas más eficaces que el plátano verde, que me ponga la mano aquí a ver si se me aquietan las palpitaciones que ya no tengo ánimos para vivir con este eterno temblor de tierra, que fijara la vista en el mar mi general para que se devuelvan los huracanes, que la levante hacia el cielo para que se arrepientan los eclipses, que la baje hacia la tierra para espantar a la peste porque decían que yo era el benemérito que le infundía respeto a la naturaleza y enderezaba el orden del universo y le había bajado los humos a la Divina Providencia, y yo les daba lo que me pedían y les compraba todo lo que me vendieran no porque fuera débil de corazón según decía su madre Bendición Alvarado sino porque se necesitaba tener un hígado de hierro para mezquinarle un favor a quien le cantaba sus méritos, y en cambio ahora no había nadie que le pidiera nada, nadie que le dijera al menos buenos días mi general, cómo pasó la noche, no tenía siquiera el consuelo de aquellas explosiones nocturnas que lo despertaban con una granizada de vidrio de ventanas y desnivelaban los quicios y sembraban el pánico en la tropa pero le servían por lo menos para sentir que estaba vivo y no en este silencio que me zumba dentro de la cabeza y me despierta con su estrépito, ya no soy más que un monicongo pintado en la pared de esta casa de espantos donde le era imposible impartir una orden que no estuviera cumplida desde antes, encontraba satisfechos sus deseos más íntimos en el periódico oficial que seguía leyendo en la hamaca a la hora de la siesta desde la primera página hasta la última inclusive los anuncios de propaganda, no había un impulso de su aliento ni un designio de su voluntad que no apareciera impreso en letras grandes con la fotografía del puente que él no mandó a construir por olvido, la fundación de la escuela para enseñar a barrer, la vaca de leche y el árbol de pan con un retrato suyo de otras cintas inaugurales de los tiempos de gloria, y sin embargo no encontraba el sosiego, arrastraba sus grandes patas de elefante senil buscando algo que no se le había perdido en su casa de soledad, encontraba que alguien antes que él había tapado las jaulas con trapos de luto, alguien había contemplado el mar desde las ventanas y había contado las vacas antes que él, todo estaba completo y en orden, regresaba al dormitorio con el candil cuando reconoció su propia voz ampliada en el retén de la guardia presidencial y se asomó por la ventana entreabierta y vio un grupo de oficiales adormilados en el cuarto lleno de humo frente al resplandor triste de la pantalla de televisión, y en la pantalla estaba él, más delgado y tenso, pero era yo, madre, sentado en la oficina donde había de morir con el escudo de la patria en el fondo y los tres pares de espejuelos de oro en la mesa, y estaba diciendo de memoria un análisis de las cuentas de la nación con palabras de sabio que él nunca se hubiera atrevido a repetir, carajo, era una visión más inquietante que la de su propio cuerpo muerto entre las flores porque ahora estaba viéndose vivo y oyéndose hablar con su propia voz, yo mismo, madre, yo que nunca había podido soportar la vergüenza de asomarse a un balcón ni había logrado vencer el pudor de hablar en público, y ahí estaba, tan verídico y mortal que permaneció perplejo en la ventana pensando madre mía Bendición Alvarado cómo es posible este misterio, pero José Ignacio Sáenz de la Barra se mantuvo impasible ante una de las pocas explosiones de cólera que él se permitió en los años sin cuento de su régimen, no es para tanto general, le dijo con su énfasis más dulce, tuvimos que acudir a este recurso ¡licito para preservar del naufragio a la nave del progreso dentro del orden, fue una inspiración divina, general, gracias a ella habíamos logrado conjurar la incertidumbre del pueblo en un poder de carne y hueso que el último miércoles de cada mes rendía un informe sedante de su gestión de gobierno a través de la radio y la televisión del estado, yo asumo la responsabilidad, general, yo puse aquí este florero con seis micrófonos en forma de girasoles que registraban su pensamiento de viva voz, era yo quien hacía las preguntas que él contestaba en la audiencia de los viernes sin sospechar que sus respuestas inocentes eran los fragmentos del discurso mensual dirigido a la nación, pues nunca había utilizado una imagen que no fuera suya ni una palabra que él no hubiera dicho como usted mismo podrá comprobarlo con estos discos que Sáenz de la Barra le puso sobre el escritorio junto con estas películas y esta carta de mi puño y letra que firmo en presencia suya general para que usted disponga de mi suerte como a bien tenga, y él lo miró desconcertado porque de pronto cayó en la cuenta de que Sáenz de la Barra estaba por primera vez sin el perro, inerme, pálido, y entonces suspiró, está bien, Nacho, cumpla con su deber, dijo, con un aire de infinita fatiga, echado hacia atrás en la poltrona de resortes y la mirada fija en los ojos delatores de los retratos de los próceres, más viejo que nunca, más lúgubre y triste, pero con la misma expresión de designios imprevisibles que Sáenz de la Barra había de reconocer dos semanas más tarde cuando volvió a entrar en la oficina sin audiencia previa casi arrastrando el perro por la traílla y con la novedad urgente de una insurrección armada que sólo una intervención suya podía impedir, general, y él descubrió por fin la grieta imperceptible que había estado buscando durante tantos años en el muro de obsidiana de la fascinación, madre mía Bendición Alvarado de mi desquite, se dijo, este pobre cabrón se está cagando de miedo, pero no hizo un solo gesto que permitiera vislumbrar sus intenciones sino que envolvió a Sáenz de la Barra en un aura maternal, no se preocupe Nacho, suspiró, nos queda mucho tiempo para pensar sin que nadie nos estorbe dónde carajo estaba la verdad en aquel tremedal de verdades contradictorias que parecían menos   ciertas  que  si  fueran  mentira,  mientras Sáenz de la Barra comprobaba en el reloj de leontina que iban a ser las siete de la noche, general, los comandantes de las tres armas estaban terminando de comer en sus casas respectivas, con la mujer y los niños, para que ni siquiera ellos pudieran sospechar sus propósitos, saldrán vestidos de civil sin escolta por la puerta del servicio donde los espera un automóvil público solicitado por teléfono para burlar la vigilancia de nuestros hombres, no verán ninguno, por supuesto, aunque ahí están, general, son los choferes, pero él dijo ajá, sonrió, no se preocupe tanto, Nacho, explíqueme más bien cómo hemos vivido hasta ahora con el pellejo puesto si según sus cuentas de cabezas cortadas hemos tenido más enemigos que soldados, pero Sáenz de la Barra estaba sostenido apenas por el latido minúsculo de su reloj de leontina, faltaban menos de tres horas, general, el comandante de las fuerzas de tierra se dirigía en aquel momento hacia el cuartel del Conde, el comandante de las fuerzas navales hacia la fortaleza del puerto, el comandante de las fuerzas del aire hacia la base de San Jerónimo, todavía era posible arrestarlos porque una camioneta de la seguridad del estado cargada de legumbres los perseguía a corta distancia, pero él no se inmutaba, sentía que la ansiedad creciente de Sáenz de la Barra lo liberaba del castigo de una servidumbre que había sido más implacable que su apetito de poder, esté tranquilo, Nacho, decía, explíqueme más bien por qué no ha comprado una mansión tan grande como un buque de vapor, por qué trabaja como un mulo si no le importa la plata, por qué vive como un recluta si a las mujeres más estrechas se les aflojan las costuras por meterse en su dormitorio, usted parece más cura que los curas, Nacho, pero Sáenz de la Barra se sofocaba empapado por un sudor de hielo que no lograba disimular con su dignidad incólume en el horno crematorio de la oficina, eran las once, ya es demasiado tarde, dijo, una señal en clave empezaba a circular a esa hora por los alambres del telégrafo hacia las distintas guarniciones del país, los comandantes rebeldes se estaban colgando las condecoraciones en el uniforme de parada para el retrato oficial de la nueva junta de gobierno mientras sus ayudantes transmitían las últimas órdenes de una guerra sin enemigos cuyas únicas batallas se reducían a controlar las centrales de comunicación y los servicios públicos, pero él ni siquiera parpadeó ante el palpito anhelante de Lord Kóchel que se había incorporado con un hilo de baba que parecía una lágrima interminable, no se asuste, Nacho, explíqueme más bien por qué le tiene tanto miedo a la muerte, y José Ignacio Sáenz de la Barra se quitó de un tirón el cuello de celuloide desacartonado por el sudor y su rostro de barítono se quedó sin alma, es natural, replicó, el miedo a la muerte es el rescoldo de la felicidad, por eso usted no lo siente, general, y se puso de pie contando por puro hábito las campanas de la catedral, son las doce, dijo, ya no le queda nadie en el mundo, general, yo era el último, pero él no se movió en la poltrona mientras no percibió el trueno subterráneo de los tanques de guerra en la Plaza de Armas, y entonces sonrió, no se equivoque, Nacho, todavía me queda el pueblo, dijo, el pobre pueblo de siempre que antes del amanecer se echó a la calle instigado por el anciano imprevisto que a través de la radio y la televisión del estado se dirigió a todos los patriotas de la patria sin discriminaciones de ninguna índole y con la más viva emoción histórica para anunciar que los comandantes de las tres armas inspirados por los ideales inmutables del régimen, bajo mi dirección personal e interpretando como siempre la voluntad del pueblo soberano habían puesto término en esta medianoche gloriosa al aparato de terror de un civil sanguinario que había sido castigado por la justicia ciega de las muchedumbres, pues ahí estaba José Ignacio Sáenz de la Barra, macerado a golpes, colgado de los tobillos en un farol de la Plaza de Armas y con sus propios órganos genitales metidos en la boca, tal como lo había previsto mi general cuando nos ordenó bloquear las calles de las embajadas para impedirle e! derecho de asilo, el pueblo lo había cazado a piedras, mi general, pero antes tuvimos que acribillar al perro carnicero que se sorbió la tripamenta de cuatro civiles y nos dejó siete soldados mal heridos cuando el pueblo había asaltado sus oficinas de vivir y tiraron por las ventanas más de doscientos chalecos de brocado todavía con la etiqueta de fábrica, tiraron como tres mil pares de botines italianos sin estrenar, tres mil mi general, que en eso se gastaba la plata del gobierno, y no sé cuántas cajas de gardenias de solapa y todos los discos de Bruckner con sus respectivas partituras de dirección anotadas de su puño y letra, y además sacaron a los presos de los sótanos y les metieron fuego a las cámaras de tortura del antiguo manicomio de los holandeses a los gritos de viva el general, viva el macho que por fin se dio cuenta de la verdad, pues todos dicen que usted no sabía nada mi general, que lo tenían en el limbo abusando de su buen corazón, y todavía a esta hora andaban cazando como ratas a los torturadores de la seguridad del estado que dejamos sin protección de tropa de acuerdo con sus órdenes para que la gente se aliviara de tantas rabias atrasadas y tanto terror, y él aprobó, de acuerdo, conmovido por las campanas de júbilo y las músicas de libertad y las voces de gratitud de la muchedumbre concentrada en la Plaza de Armas con grandes letreros de Dios guarde al magnífico que nos redimió de las tinieblas del terror, y en aquella réplica efímera de los tiempos de gloria él hizo reunir en el patio a los oficiales de escuela que habían ayudado a quitarse sus propias cadenas de galeote del poder y señalándonos con el dedo según los impulsos de su inspiración completó con nosotros el último mando supremo de su régimen decrépito en reemplazo de los autores de la muerte de Leticia Nazareno y el niño que fueron capturados en ropas de dormir cuando trataban de encontrar asilo en las embajadas, pero él apenas si los reconoció, había olvidado los nombres, buscó en el corazón la carga de odio que había tratado de mantener viva hasta la muerte y sólo encontró las cenizas de un orgullo herido que ya no valía la pena entretener, que se larguen, ordenó, los metieron en el primer barco que zarpó para donde nadie volviera a acordarse de ellos, pobres cabrones, presidió el primer consejo del nuevo gobierno con la impresión nítida de que aquellos ejemplares selectos de una generación nueva de un siglo nuevo eran otra vez los ministros civiles de siempre de levitas polvorientas y entrañas débiles, sólo que éstos estaban más ávidos de honores que de poder, más asustadizos y serviles y más inútiles que todos los anteriores ante una deuda externa más costosa que cuanto se pudiera vender en su desguarnecido reino de pesadumbre, pues no había nada que hacer mi general, el último tren de los páramos se había desbarrancado  por precipicios  de orquídeas, los  leopardos dormían en poltronas de terciopelo, las carcachas de los buques de rueda estaban varados en los pantanos de los arrozales, las noticias podridas en los sacos del correo, las parejas de manatíes engañadas con la ilusión de engendrar sirenas entre los lirios tenebrosos de los espejos de luna del camarote presidencial, y sólo él lo ignoraba, por supuesto, había creído en el progreso dentro del orden porque entonces no tenía más contactos con la vida real que la lectura del periódico del gobierno que imprimían sólo para usted mi general, una edición completa de una sola copia con las noticias que a usted le gustaba leer, con el servicio gráfico que usted esperaba encontrar, con los anuncios de propaganda que lo hicieron soñar con un mundo distinto del que le habían prestado para la siesta, hasta que yo mismo pude comprobar con estos mis ojos incrédulos que detrás de los edificios de vidrios solares de los ministerios continuaban intactas las barracas de colores de los negros en las colinas del puerto, habían construido las avenidas de palmeras hasta el mar para que yo no viera que detrás de las quintas romanas de pórticos iguales continuaban los barrios miserables devastados por uno de nuestros tantos huracanes, habían sembrado hierbas de olor a ambos lados de la vía para que él viera desde el vagón presidencial que el mundo parecía magnificado por las aguas venales de pintar oropéndolas de su madre de mis entrañas Bendición Alvarado, y no lo engañaban para complacerlo como lo hizo en los últimos tiempos de sus tiempos de gloria el general Rodrigo de Aguilar, ni para evitarle contrariedades inútiles como lo hacía Leticia Nazareno más por compasión que por amor, sino para mantenerlo cautivo de su propio poder en el marasmo senil de la hamaca bajo la ceiba del patio donde al final de sus años no había de ser verdad ni siquiera el coro de escuela de la pajarita pinta paradita en el verde limón, qué vaina, y sin embargo no lo afectó la burla sino que trataba de reconciliarse con la realidad mediante la recuperación por decreto del monopolio de la quina y otras pócimas esenciales para la felicidad del estado, pero la realidad lo volvió a sorprender con la advertencia de que el mundo cambiaba y la vida seguía aún a espaldas de su poder, pues ya no hay quina, general, ya no hay cacao, no hay añil, general, no había nada, salvo su fortuna personal que era incontable y estéril y estaba amenazada por la ociosidad, y sin embargo no se alteró con tan infaustas nuevas sino que mandó un recado de desafío al viejo embajador Roxbury por si acaso encontraban alguna fórmula de alivio en la mesa de dominó, pero el embajador le contestó con su propio estilo que ni de vainas excelencia, este país no vale un rábano, a excepción del mar, por supuesto, que era diáfano y suculento y habría bastado con meterle candela por debajo para cocinar en su propio cráter la gran sopa de mariscos del universo, así que piénselo, excelencia, se lo aceptamos a buena cuenta de los servicios de esa deuda atrasada que no han de redimir ni cien generaciones de próceres tan diligentes como su excelencia, pero él ni siquiera lo tomó en serio esa primera vez, lo acompañó hasta las escaleras pensando madre mía Bendición Alvarado mira qué gringos tan bárbaros, cómo es posible que sólo piensen en el mar para comérselo, lo despidió con la palmadita habitual en el hombro y volvió a quedar solo consigo mismo tentaleando en las franjas de nieblas ilusorias de los páramos del poder, pues las muchedumbres habían abandonado la Plaza de Armas, se llevaron las pancartas de repetición y se guardaron las consignas de alquiler para otras fiestas iguales del futuro tan pronto como se les acabó el estímulo de las cosas de comer y beber que la tropa repartía en las pausas de las ovaciones, habían vuelto a dejar los salones desiertos y tristes a pesar de su orden de no cerrar los portones a ninguna hora para que entre quien quiera, como antes, cuando ésta no era una casa de difuntos sino un palacio de vecindad, y sin embargo los únicos que se quedaron fueron los leprosos, mi general, y los ciegos y los paralíticos que habían permanecido años y años frente a la casa como los viera Demetrio Aldous dorándose al sol en las puertas de Jerusalén, destruidos e invencibles, seguros de que más temprano que tarde volverían a entrar para recibir de sus manos la sal de la salud porque él había de sobrevivir a todos los embates de la adversidad y a las pasiones más inclementes y a los peores asechos del olvido, pues era eterno, y así fue, él los volvió a encontrar de regreso del ordeño hirviendo las latas de sobras de cocina en los fogones de ladrillo improvisados en el patio, los vio tendidos con los brazos en cruz en las esteras maceradas por el sudor de las úlceras a la sombra fragante de los rosales, les hizo construir una hornilla común, les compraba esteras nuevas y les mandó a edificar un cobertizo de palmas en el fondo del patio para que no tuvieran que guarecerse dentro de la casa, pero no pasaban cuatro días sin que encontrará una pareja de leprosos durmiendo en las alfombras árabes de la sala de fiestas o encontraba un ciego perdido en las oficinas o un paralítico fracturado en las escaleras, hacía cerrar las puertas para que no dejaran un rastro de llagas vivas en las paredes ni apestaran el aire de la casa con el tufo del ácido fénico con que los fumigaban los servicios de sanidad, aunque no bien los quitaban de un lado que aparecían por el otro, tenaces, indestructibles, aferrados a su vieja esperanza feroz cuando ya nadie esperaba nada de aquel anciano inválido que escondía recuerdos escritos en las grietas de las paredes y se orientaba con tanteos de sonámbulo a través de los vientos encontrados de las ciénagas de brumas de la memoria, pasaba horas insomnes en la hamaca preguntándose cómo carajo me voy a escabullir del nuevo embajador Fischer que me había propuesto denunciar la existencia de un flagelo de fiebre amarilla para justificar un desembarco de infantes de marina de acuerdo con el tratado de asistencia recíproca por tantos años cuantos fueran necesarios para infundir un aliento nuevo a la patria moribunda, y él replicó de inmediato que ni de vainas, fascinado por la evidencia de que estaba viviendo de nuevo en los orígenes de su régimen cuando se había valido de un recurso igual para disponer de los poderes de excepción de la ley marcial ante una grave amenaza de sublevación civil, había declarado el estado de peste por decreto, se plantó la bandera amarilla en el asta del faro, se cerró el puerto, se suprimieron los domingos, se prohibió llorar a los muertos en público y tocar músicas que los recordaran y se facultó a las fuerzas armadas para velar por el cumplimiento del decreto y disponer de los pestíferos según su albedrío, de modo que las tropas con brazales sanitarios ejecutaban en público a las gentes de la más diversa condición, señalaban con un círculo rojo en la puerta de las casas sospechosas de inconformidad con el régimen, marcaban con un hierro de vaca en la frente a los infractores simples, a los marimachos y a los floripondios mientras una misión sanitaria solicitada de urgencia a su gobierno por el embajador Mitchell se ocupaba de preservar del contagio a los habitantes de la casa presidencial, recogían del suelo la caca de los sietemesinos para analizarla con vidrios de aumento, echaban píldoras desinfectantes en las tinajas, les daban de comer gusarapos a los animales de sus laboratorios de ciencias, y él les decía muerto de risa a través del intérprete que no sean tan pendejos, místeres, aquí no hay más peste que ustedes, pero ellos insistían que sí, que tenían órdenes superiores de que hubiera, prepararon una miel de virtud preventiva, espesa y verde, con la cual barnizaban de cuerpo entero a los visitantes sin distinción de credenciales desde los más ordinarios hasta los más ilustres, los obligaban a mantener la distancia en las audiencias, ellos de pie en el umbral y él sentado en el fondo donde lo alcanzara la voz pero no el aliento, parlamentando a gritos con desnudos de alcurnia que accionaban con una mano, excelencia, y con la otra se tapaban la escuálida paloma pintoreteada, y todo aquello para preservar del contagio a quien había concebido en el enervamiento de la vigilia hasta los pormenores más banales de la falsa calamidad, que había inventado infundios telúricos y difundido pronósticos de apocalipsis de acuerdo con su criterio de que la gente tendrá más miedo cuanto menos entienda,  y  que  apenas  si  parpadeó cuando uno de sus edecanes, lívido de pavor, se cuadró frente a él con la novedad mi general de que la peste está causando una mortandad tremenda entre la población civil, de modo que a través de los vidrios nublados de la carroza presidencial había visto el tiempo interrumpido por orden suya en las calles abandonadas, vio el aire tonito en las banderas amarillas, vio las puertas cerradas inclusive en las casas omitidas por el círculo rojo, vio los gallinazos ahítos en los balcones, y vio los muertos, los muertos, los muertos, había tantos por todas partes que era imposible contarlos en los barrizales, amontonados en el sol de las terrazas, tendidos en las legumbres del mercado, muertos de carne y hueso mi general, quién sabe cuántos, pues eran muchos más de los que él hubiera querido ver entre las huestes de sus enemigos tirados como perros muertos en los cajones de la basura, y por encima de la podredumbre de los cuerpos y la fetidez familiar de las calles reconoció el olor de la sarna de la peste, pero no se inmutó, no cedió a ninguna súplica hasta que no volvió a sentirse dueño absoluto de todo su poder, y sólo cuando no parecía haber recurso humano ni divino capaz de poner término a la mortandad vimos aparecer en las calles una carroza sin insignias en la que nadie percibió a primera vista el soplo helado de la majestad del poder, pero en el interior de terciopelo fúnebre vimos los ojos letales, los  labios  trémulos, el  guante  nupcial  que iba echando puñados de sal en los portales, vimos el tren pintado con los colores de la bandera trepándose con las uñas a través de las gardenias y los leopardos despavoridos hasta las cornisas de niebla de las provincias más escarpadas, vimos los ojos turbios a través de los visillos del vagón solitario, el semblante afligido, la mano de doncella desairada que iba dejando un reguero de sal por los páramos lúgubres de su niñez, vimos el buque de vapor con rueda de madera y rollos de mazurcas de pianolas quiméricas que navegaba tropezando por entre los escollos y los bancos de arena y los escombros de las catástrofes causadas en la selva por los paseos primaverales del dragón, vimos los ojos de atardecer en la ventana del camarote presidencial, vimos los labios pálidos, la mano sin origen que arrojaba puñados de sal en las aldeas entorpecidas de calor, y quienes comían de aquella sal y lamían el suelo donde había estado recuperaban la salud al instante y quedaban inmunizados por largo tiempo contra los malos presagios y las ventoleras de la ilusión, así que él no había de sorprenderse en las postrimerías de su otoño cuando le propusieron un nuevo régimen de desembarco sustentado en el mismo infundio de una epidemia política de fiebre amarilla sino que se enfrentó a las razones de los ministros estériles que clamaban que vuelvan los infantes, general, que vuelvan con sus máquinas de fumigar pestíferos a cambio de lo que ellos quieran, que vuelvan con sus hospitales blancos, sus prados azules, los surtidores de aguas giratorias que completan los años bisiestos con siglos de buena salud, pero él golpeó la mesa y decidió que no, bajo su responsabilidad suprema, hasta que el rudo embajador Mac Queen le replicó que ya no estamos en condiciones de discutir, excelencia, el régimen no estaba sostenido por la esperanza ni por el conformismo, ni siquiera por el terror, sino por la pura inercia de una desilusión antigua e irreparable, salga a la calle y mírele la cara a la verdad, excelencia, estamos en la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes, a pesar de que él había apelado a los registros más audaces de su astucia milenaria tratando de promover una convulsión nacional de protesta contra el despojo, pero nadie hizo caso mi general, no quisieron salir a la calle ni por la razón ni por la fuerza porque pensábamos que era una nueva maniobra suya como tantas otras para saciar hasta más allá de todo limite su pasión irreprimible de perdurar, pensábamos que con tal de que pase algo aunque se lleven el mar, qué carajo, aunque se lleven la patria entera con su dragón, pensábamos, insensibles a las artes de seducción de los militares que aparecían en nuestras casas disfrazados de civil y nos suplicaban en nombre de la patria que nos echáramos a la calle gritando que se fueran los gringos para impedir la consumación del despojo, nos incitaban al saqueo y al incendio de las tiendas y las quintas de los extranjeros, nos ofrecieron plata viva para que saliéramos a protestar bajo la protección de la tropa solidaria con el pueblo frente a la agresión, pero nadie salió mi general porque nadie olvidaba que otra vez nos habían dicho lo mismo bajo palabra de militar y sin embargo los masacraron a tiros con el pretexto de que había provocadores infiltrados que abrieron fuego contra la tropa, así que esta vez no contamos ni con el pueblo mi general y tuve que cargar solo con el peso de este castigo, tuve que firmar solo pensando madre mía Bendición Alvarado nadie sabe mejor que tú que vale más quedarse sin el mar que permitir un desembarco de infantes, acuérdate que eran ellos quienes pensaban las órdenes que me hacían firmar, ellos volvían maricas a los artistas, ellos trajeron la Biblia y la sífilis, le hacían creer a la gente que la vida era fácil, madre, que todo se consigue con plata, que los negros son contagiosos, trataron de convencer a nuestros soldados de que la patria es un negocio y que el sentido del honor era una vaina inventada por el gobierno para que las tropas pelearan gratis, y fue por evitar la repetición de tantos males que les concedí el derecho de disfrutar de nuestros mares territoriales en la forma en que lo consideren conveniente a los intereses de la humanidad y la paz entre los pueblos, en el entendimiento de que dicha cesión comprendía no sólo las aguas físicas visibles desde la ventana de su dormitorio hasta el horizonte sino todo cuanto se entiende por mar en el sentido más amplio, o sea la fauna y la flora propias de dichas aguas, su régimen de vientos, la veleidad de sus milibares, todo, pero nunca me pude imaginar que eran capaces de hacer lo que hicieron de llevarse con gigantescas dragas de succión las esclusas numeradas de mi viejo mar de ajedrez en cuyo cráter desgarrado vimos aparecer los lamparazos instantáneos de los restos sumergidos de la muy antigua ciudad de Santa María del Darién arrasada por la marabunta, vimos la nave capitana del almirante mayor de la mar océana tal como yo la había visto desde mi ventana, madre, estaba idéntica, atrapada por un matorral de percebes que las muelas de las dragas arrancaron de raíz antes de que él tuviera tiempo de ordenar un homenaje digno del tamaño histórico de aquel naufragio, se llevaron todo cuanto había sido la razón de mis guerras y el motivo de su poder y sólo dejaron la llanura desierta de áspero polvo lunar que él veía al pasar por las ventanas con el corazón oprimido clamando madre mía Bendición Alvarado ilumíname con tus luces más sabias, pues en aquellas noches de postrimerías lo despertaba el espanto de que los muertos de la patria se incorporaban en sus tumbas para pedirle cuentas del mar, sentía los arañazos en los muros, sentía las voces insepultas, el horror de las miradas póstumas que acechaban por las cerraduras el rastro de sus grandes patas de saurio moribundo en el pantano humeante de las últimas ciénagas de salvación de la casa en tinieblas, caminaba sin tregua en el crucero de los alisios tardíos y los mistrales falsos de la máquina de vientos que le había regalado el embajador Eberhart para que se notara menos el mal negocio del mar, veía en la cúspide de los arrecifes la lumbre solitaria de la casa de reposo de los dictadores asilados que duermen como bueyes sentados mientras yo padezco, malparidos, se acordaba de los ronquidos de adiós de su madre Bendición Alvarado en la mansión de los suburbios, su buen dormir de pajarera en el cuarto alumbrado por la vigilia del orégano, quién fuera ella, suspiraba, madre feliz dormida que nunca se dejó asustar por la peste, ni se dejó intimidar por el amor ni se dejó acoquinar por la muerte, y en cambio él estaba tan aturdido que hasta las ráfagas del faro sin mar que intermitían en las ventanas le parecieron sucias de los muertos, huyó despavorido de la fantástica luciérnaga sideral que fumigaba en su órbita de pesadilla giratoria los efluvios temibles del polvo luminoso del tuétano de los muertos, que lo apaguen, gritó, lo apagaron, mandó a calafatear la casa por dentro y por fuera para que no pasaran por los resquicios de puertas y ventanas ni escondidos en otras fragancias los hálitos más tenues de la sarna de los aires nocturnos de la muerte, se quedó en las tinieblas, tamaleando, respirando a duras penas en el calor sin aire, sintiéndose pasar por espejos oscuros, caminando de miedo, hasta que oyó un tropel de pezuñas en el cráter del mar y era la luna que se alzaba con sus nieves decrépitas, pavorosa, que la quiten, gritó, que apaguen las estrellas, carajo, orden de Dios, pero nadie acudió a sus gritos, nadie lo oyó, salvo los paralíticos que despertaron asustados en las antiguas oficinas, los ciegos en las escaleras, los leprosos perlados del sereno que se alzaron a su paso en los rastrojos de las primeras rosas para implorar de sus manos la sal de la salud, y entonces fue cuando sucedió, incrédulos del mundo entero, idólatras de mierda, sucedió que él nos tocó la cabeza al pasar, uno por uno, nos tocó a cada uno en el sitio de nuestros defectos con una mano lisa y sabia que era la mano de la verdad, y en el instante en que nos tocaba recuperábamos la salud del cuerpo y el sosiego del alma y recobrábamos la fuerza y la conformidad de vivir, y vimos a los ciegos encandilados por el fulgor de las rosas, vimos a los tullidos dando traspiés en las escaleras y vimos esta mi propia piel de recién nacido que voy mostrando por las ferias del mundo entero para que nadie se quede sin conocer la noticia del prodigio y esta fragancia de lirios prematuros de las cicatrices de mis llagas que voy regando por la faz de la tierra para escarnio de infieles y escarmiento de libertinos, lo gritaban por ciudades y veredas, en fandangos y procesiones, tratando de infundir en las muchedumbres el pavor del milagro, pero nadie pensaba que fuera cierto, pensábamos que era uno más de los tantos áulicos que mandaban a los pueblos con un viejo bando de merolicos para tratar de convencernos de lo último que nos faltaba creer que él había devuelto el cutis a los leprosos, la luz a los ciegos, la habilidad a los paralíticos, pensábamos que era el último recurso del régimen para llamar la atención sobre un presidente improbable cuya guardia personal estaba reducida a una patrulla de reclutas en contra del criterio unánime del consejo de gobierno que había insistido que no mi general, que era indispensable una protección más rígida, por lo menos una unidad de rifleros mi general, pero él se había empecinado en que nadie tiene necesidad ni ganas de matarme, ustedes son los únicos, mis ministros inútiles, mis comandantes ociosos, sólo que no se atreven ni se atreverán a matarme nunca porque saben que después tendrán que matarse los unos a los otros, de modo que sólo quedó la guardia de reclutas para una casa extinguida donde las vacas andaban sin ley desde el primer vestíbulo hasta la sala de audiencias, se habían comido las praderas de flores de los gobelinos mi general, se habían comido los archivos, pero él no oía, había visto subir la primera vaca una tarde de octubre en que era imposible permanecer a la intemperie por las furias del aguacero, había tratado de espantarla con las manos, vaca, vaca, recordando de pronto que vaca se escribe con ve de vaca, la había visto otra vez comiéndose las pantallas de las lámparas en un época de la vida en que empezaba a comprender que no valía la pena moverse hasta las escaleras para espantar una vaca, había encontrado dos en la sala de fiestas exasperadas por las gallinas que se subían a picotearles las garrapatas del lomo, así que en las noches recientes en que veíamos luces que parecían de navegación y oíamos desastres de pezuñas de animal grande detrás de las paredes fortificadas era porque él andaba con el candil de mar disputándose con las vacas un sitio donde dormir mientras afuera continuaba su vida pública sin él, veíamos a diario en los periódicos del régimen las fotografías de ficción de las audiencias civiles y militares en que nos lo mostraban con un uniforme distinto según el carácter de cada ocasión, oíamos por la radio las arengas repetidas todos los años desde hacía tantos  años en las fechas mayores de las efemérides de la patria, estaba presente en nuestras vidas al salir de la casa, al entrar en la iglesia, al comer y al dormir, cuando era de dominio público que apenas si podía con sus rústicas botas de caminante irredento en la casa decrépita cuyo servicio se había reducido entonces a tres o cuatro ordenanzas que le daban de comer y mantenían bien provistos los escondites de la miel de abejas y espantaron las vacas que habían hecho estragos en el estado mayor de mariscales de porcelana de la oficina prohibida donde él había de morir según algún pronóstico de pitonisas que él mismo había olvidado, permanecían pendientes de sus órdenes casuales hasta que colgaba la lámpara en el dintel y oían el estrépito de los tres cerrojos, los tres pestillos, las tres aldabas del dormitorio enrarecido por la falta del mar, y entonces se retiraban a sus cuartos de la planta baja convencidos de que él estaba a merced de sus sueños de ahogado solitario hasta el amanecer, pero se despertaba a saltos imprevistos, pastoreaba el insomnio, arrastraba sus grandes patas de aparecido por la inmensa casa en tinieblas apenas perturbada por la parsimoniosa digestión de las vacas y la respiración obtusa de las gallinas dormidas en las perchas de los virreyes, oía vientos de lunas en la oscuridad, sentía los pasos del tiempo en la oscuridad, veía a su madre Bendición Alvarado barriendo en la oscuridad con la escoba de ramas verdes con que había barrido la hojarasca de ilustres varones chamuscados de Cornelio Nepote en el texto original, la retórica inmemorial de Livio Andrónico y Cecilio Estato que estaban reducidos a basura de oficinas la noche de sangre en que él entró por primera vez en la casa mostrenca del poder mientras afuera resistían las últimas barricadas suicidas del insigne latinista el general Lautaro Muñoz a quien Dios tenga en su santo reino, habían atravesado el patio bajo el resplandor de la ciudad en llamas saltando por encima de los bultos muertos de la guardia personal del presidente ilustrado, él tiritando por la calentura de las tercianas y su madre Bendición Alvarado sin más armas que la escoba de ramas verdes, subieron las escaleras tropezando en la oscuridad con los cadáveres de los caballos de la espléndida escudería presidencial que todavía se desangraban desde el primer vestíbulo hasta la sala de audiencias, era difícil respirar dentro de la casa cerrada por el olor de pólvora agria de la sangre de los caballos, vimos huellas descalzas de pies ensangrentados con sangre de caballos en los corredores, vimos palmas de manos estampadas con sangre de caballos en las paredes, y vimos en el lago de sangre de la sala de audiencias el cuerpo desangrado de una hermosa florentina en traje de noche con un sable de guerra clavado en el corazón, y era la esposa del presidente, y vimos a su lado el cadáver de una niña que parecía una bailarina de juguete de cuerda con un tiro de pistola en la frente, y era su hija de nueve años, y vieron el cadáver de cesar garibaldino del presidente Lautaro Muñoz, el más diestro y capaz de los catorce generales federalistas que se habían sucedido en el poder por atentados sucesivos durante once años de rivalidades sangrientas pero también el único que se atrevió a decirle que no en su propia lengua al cónsul de los ingleses, y ahí estaba tirado como un lebrancho, descalzo, padeciendo el castigo de su temeridad con el cráneo astillado por un tiro de pistola que se disparó en el paladar después de matar a su mujer y a su hija y a sus cuarenta y dos caballos andaluces para que no cayeran en poder de la expedición punitiva de la escuadra británica, y entonces fue cuando el comandante Kitchener me dijo señalando el cadáver que ya lo ves, general, así es cómo terminan los que levantan la mano contra su padre, no se te olvide cuando estés en tu reino, le dijo, aunque ya estaba, al cabo de tantas noches de insomnios de espera, tantas rabias aplazadas, tantas humillaciones digeridas, ahí estaba, madre, proclamado comandante supremo de las tres armas y presidente de la república por tanto tiempo cuanto fuera necesario para el restablecimiento del orden y el equilibrio económico de la nación, lo habían resuelto por unanimidad los últimos caudillos de la federación con el acuerdo del senado y la cámara de diputados en pleno y el respaldo de la escuadra británica por mis tantas y tan difíciles noches de dominó con el cónsul Macdonall, sólo que ni yo ni nadie lo creyó al principio, por supuesto, quién lo iba a creer en el tumulto de aquella noche de espanto si la propia Bendición Alvarado no acababa todavía de creerlo en su lecho de podredumbre cuando evocaba el recuerdo del hijo que no encontraba por dónde empezar a gobernar en aquel desorden, no hallaban ni una hierba de cocimiento para la calentura en aquella casa inmensa y sin muebles en la cual no quedaba nada de valor sino los óleos apolillados de los virreyes y los arzobispos de la grandeza muerta de España, todo lo demás se lo habían ido llevando poco a poco los presidentes anteriores para sus dominios privados, no dejaron ni rastro del papel de colgaduras de episodios heroicos en las paredes, los dormitorios estaban llenos de desperdicios de cuartel, había por todas partes vestigios olvidados de masacres históricas y consignas escritas con un dedo de sangre por presidentes ilusorios de una sola noche, pero no había siquiera un petate donde acostarse a sudar una calentura, de modo que su madre Bendición Alvarado arrancó una cortina para envolverme y lo dejó acostado en un rincón de la escalera principal mientras ella barrió con la escoba de ramas verdes los aposentos presidenciales que estaban acabando de saquear los ingleses, barrió el piso completo defendiéndose a escobazos de esta pandilla de filibusteros que trataban de violarla detrás de las puertas, y un poco antes del alba se sentó a descansar junto al hijo aniquilado por los escalofríos, envuelto en la cortina de peluche, sudando a chorros en el último peldaño de la escalera principal de la casa devastada mientas ella trataba de bajarle la calentura con sus cálculos fáciles de que no te dejes acoquinar por este desorden, hijo, es cuestión de comprar unos taburetes de cuero de los más baratos y se les pintan flores y animales de colores, yo misma los pinto, decía, es cuestión de comprar unas hamacas para cuando haya visitas, sobre todo eso, hamacas, porque en una casa como ésta deben llegar muchas visitas a cualquier hora sin avisar, decía, se compra una mesa de iglesia para comer, se compran cubiertos de hierro y platos de peltre para que aguanten la mala vida de la tropa, se compra un tinajero decente para el agua de beber y un anafe de carbón y ya está, al fin y al cabo es plata del gobierno, decía para consolarlo, pero él no la escuchaba, abatido por las primeras malvas del amanecer que iluminaban en carne viva el lado oculto de la verdad, consciente de no ser nada más que un anciano de lástima que temblaba de fiebre sentado en las escaleras pensando sin amor madre mía Bendición Alvarado de modo que ésta era toda la vaina, carajo, de modo que el poder era aquella casa de náufragos, aquel olor humano de caballo quemado, aquella aurora desolada de otro doce de agosto igual a todos era la fecha del poder, madre, en qué vaina nos hemos metido, padeciendo la desazón original, el miedo atávico del nuevo siglo de tinieblas que se alzaba en el mundo sin su permiso, cantaban los gallos en el mar, cantaban los ingleses en inglés recogiendo los muertos del patio cuando su madre Bendición Alvarado terminó las cuentas alegres con el saldo de alivio de que no me asustan las cosas de comprar y los oficios por hacer, nada de eso, hijo, lo que me asusta es la cantidad de sábanas que habrá que lavar en esta casa, y entonces fue él quien se apoyó en la fuerza de su desilusión para tratar de consolarla con que duerma tranquila, madre, en este país no hay presidente que dure, le dijo, ya verá como me tumban antes de quince días, le dijo, y no sólo lo creyó entonces sino que lo siguió creyendo en cada instante de todas las horas de su larguísima vida de déspota sedentario, tanto más cuanto más lo convencía la vida de que los largos años del poder no traen dos días iguales, que habría siempre una intención oculta en los propósitos de un primer ministro cuando éste soltaba la deflagración deslumbrante de la verdad en el informe de rutina del miércoles, y él apenas sonreía, no me diga la verdad, licenciado, que corre el riesgo de que se la crea, desbaratando con aquella sola frase toda una laboriosa estrategia del consejo de gobierno para tratar de que firmara sin preguntar, pues nunca me pareció más lúcido que cuando más convincentes se hacían los rumores de que él se orinaba en los pantalones sin darse cuenta durante las visitas oficiales, me parecía más severo a medida que se hundía en el remanso de la decrepitud con unas pantuflas de desahuciado y los espejuelos de una sola pata amarrada con hilo de coser y su índole se había vuelto más intensa y su instinto más certero para apartar lo que era inoportuno y firmar lo que convenía sin leerlo, qué carajo, si al fin y al cabo nadie me hace caso, sonreía, fíjese que había ordenado que pusieran una tranca en el vestíbulo para que las vacas no se treparan por las escaleras, y ahí estaba otra vez, vaca, vaca, había metido la cabeza por la ventana de la oficina y se estaba comiendo las flores de papel del altar de la patria, pero él se limitaba a sonreír que ya ve lo que le digo, licenciado, lo que tiene jodido a este país es que nadie me ha hecho caso nunca, decía, y lo decía con una claridad de juicio que no parecía posible a su edad, aunque el embajador Kippling contaba en sus memorias prohibidas que por esa época lo había encontrado en un penoso estado de inconsciencia senil que ni siquiera le permitía valerse de sí mismo para los actos más pueriles, contaba que lo encontró ensopado de una materia incesante y salobre que le manaba de la piel, que había adquirido un tamaño descomunal de ahogado y una placidez lenta de ahogado a la deriva y se había abierto la camisa para mostrarme el cuerpo tenso y lúcido de ahogado de tierra firme en cuyos resquicios estaban proliferando parásitos de escollos de fondo de mar, tenía rémora de barco en la espalda, tenía pólipos y crustáceos microscópicos en las axilas, pero estaba convencido de que aquellos retoños de acantilados eran apenas los primeros síntomas del regreso espontáneo del mar que ustedes se llevaron, mi querido Johnson, porque los mares son como los gatos, dijo, vuelven siempre, convencido de que los bancos de percebes de sus ingles eran el anuncio secreto de un amanecer feliz en que iba a abrir la ventana de su dormitorio y había de ver de nuevo las tres carabelas del almirante de la mar océana que se había cansado de buscar por el mundo entero para ver si era cierto lo que le habían dicho que tenía las manos lisas como él y como tantos otros grandes de la historia, había ordenado traerlo, incluso por la fuerza, cuando otros navegantes le contaron que lo habían visto cartografiando las ínsulas innumerables de los mares vecinos, cambiando por nombres de reyes y de santos sus viejos nombres de militares mientras buscaba en la ciencia nativa lo único que le interesaba de veras que era descubrir algún tricófero magistral para su calvicie incipiente, habíamos perdido la esperanza de encontrarlo de nuevo cuando él lo reconoció desde la limusina presidencial disimulado dentro de un hábito pardo con el cordón de San Francisco en la cintura haciendo sonar una matraca de penitente entre las muchedumbres dominicales del mercado público y sumido en tal estado de penuria moral que no podía creerse que fuera el mismo que habíamos visto entrar en la sala de audiencias con el uniforme carmesí y las espuelas de oro y la andadura solemne de bogavante en tierra firme, pero cuando trataron de subirlo en la limusina por orden suya no encontramos ni rastros mi general, se lo tragó la tierra, decían que se había vuelto musulmán, que había muerto de pelagra en el Senegal y había sido enterrado en tres tumbas distintas de tres ciudades diferentes del mundo aunque en realidad no estaba en ninguna, condenado a vagar de sepulcro en sepulcro hasta la consumación de los siglos por la suerte torcida de sus empresas, porque ese hombre tenía la pava, mi general, era más cenizo que el oro, pero él no lo creyó nunca, seguía esperando que volviera en los extremos últimos de su vejez cuando el ministro de la salud le arrancaba con unas pinzas las garrapatas de buey que le encontraba en el cuerpo y él insistía en que no eran garrapatas, doctor, es el mar que vuelve, decía, tan seguro de su criterio que el ministro de la salud había pensado muchas veces que él no era tan sordo como hacía creer en público ni tan despalomado como aparentaba en las audiencias incómodas, aunque un examen de fondo había revelado que tenía las arterias de vidrio, tenía sedimentos de arena de playa en los riñones y el corazón agrietado por falta de amor, así que el viejo médico se escudó en una antigua confianza de compadre para decirle que ya es hora de que entregue los trastos mi general, resuelva por lo menos en qué manos nos va a dejar, le dijo, sálvenos del desmadre, pero él le preguntó asombrado que quién le ha dicho que yo me pienso morir, mi querido doctor, que se mueran otros, qué carajo, y terminó con ánimo de burla que hace dos noches me vi yo mismo en la televisión y me encontré mejor que nunca, como un toro de lidia, dijo, muerto de risa, pues se había visto entre brumas, cabeceando de sueño y con la cabeza envuelta en una toalla mojada frente a la pantalla sin sonido de acuerdo con los hábitos de sus últimas veladas de soledad, estaba de veras más resuelto que un toro de lidia ante el hechizo de la embajadora de Francia, o tal vez era de Turquía, o de Suecia, qué carajo, eran tantas iguales que no las distinguía y había pasado tanto tiempo que no se recordaba a sí mismo entre ellas con el uniforme de noche y una copa de champaña intacta en la mano durante la fiesta de aniversario del  12 de agosto, o en la conmemoración de la victoria del 14 de enero, o del renacimiento del 13 de marzo, qué sé yo, si en el galimatías de fechas históricas del régimen había terminado por no saber cuándo era cuál ni cuál correspondía a qué ni le servían de nada los papelitos enrollados que con tan buen espíritu y tanto esmero había escondido en los resquicios de las paredes porque había terminado por olvidar qué era lo que debía recordar, los encontraba por casualidad en los escondites de la miel de abeja y había leído alguna vez que el 7 de abril cumple años el doctor Marcos de León, hay que mandarle un tigre de regalo, había leído, escrito de su puño y letra, sin la menor idea de quién era, sintiendo que no había un castigo más humillante ni menos merecido para un hombre que la traición de su propio cuerpo, había empezado a vislumbrarlo desde mucho antes de los tiempos inmemoriales de José Ignacio Sáenz de la Barra cuando tuvo conciencia de que apenas sabía quién era quién en las audiencias de grupo, un hombre como yo que era capaz de llamar por su nombre y su apellido a toda una población de las más remotas de su desmesurado reino de pesadumbre, y sin embargo había llegado al extremo contrario, había visto desde la carroza a un muchacho conocido entre la muchedumbre y se había asustado tanto de no recordar dónde lo había visto antes que lo hice arrestar por la escolta mientras me acordaba, un pobre hombre de monte que estuvo 22 años en un calabozo repitiendo la verdad establecida desde el primer día en el expediente judicial, que se llamaba Braulio Linares Moscote, que era hijo natural pero reconocido de Marcos Linares, marinero de agua dulce, y de Delfina Moscote, criadora de perros tigreros, ambos con domicilio conocido en el Rosal del Virrey, que estaba por primera vez en la ciudad capital de este reino porque su madre lo había mandado a vender dos cachorros en los juegos florales de marzo, que había llegado en un burro de alquiler sin más ropas que las que llevaba puestas al amanecer del mismo jueves en que lo arrestaron, que estaba en un tenderete del mercado público tomándose un pocillo de café cerrero mientras les preguntaba a las fritangueras si no sabían de alguien que quisiera comprar dos cachorros cruzados para cazar tigres, que ellas le habían contestado que no cuando empezó el tropel de los redoblantes, las cornetas, los cohetes, la gente que gritaba que ya viene el hombre, ahí viene, que preguntó quién era el hombre y le habían contestado que quién iba a ser, el que manda, que metió los cachorros en un cajón para que las fritangueras le hicieran el favor de cuidármelos mientras vuelvo, que se trepó en el travesaño de una ventana para mirar por encima del gentío y vio la escolta de caballos con gualdrapas de oro y morriones de plumas, vio la carroza con el dragón de la patria, el saludo de una mano con un guante de trapo, el semblante lívido, los labios taciturnos sin sonrisa del hombre que mandaba, los ojos tristes que lo encontraron de pronto como a una aguja en un monte de agujas, el dedo que lo señaló, ése, el que está trepado en la ventana, que lo arresten mientras me acuerdo dónde lo he visto, ordenó, así que me agarraron a golpes, me desollaron a planazos de sable, me asaron en una parrilla para que confesara dónde me había visto antes el hombre que mandaba, pero no habían conseguido arrancarle otra verdad que la única en el calabozo de horror de la fortaleza del puerto y la repitió con tanta convicción y tanto valor personal que él terminó por admitir que se había equivocado, pero ahora no hay remedio, dijo, porque lo habían tratado tan mal que si no era un enemigo ya lo es, pobre hombre, de modo que se pudrió vivo en el calabozo mientras yo deambulaba por esta casa de sombras pensando madre mía Bendición Alvarado de mis buenos tiempos, asísteme, mírame cómo estoy sin el amparo de tu manto, clamando a solas que no valía la pena haber vivido tantos fastos de gloria si no podía evocarlos para solazarse con ellos y alimentarse de ellos y seguir sobreviviendo por ellos en los pantanos de la vejez porque hasta los dolores más intensos y los instantes más felices de sus tiempos grandes se le habían escurrido sin remedio por las troneras de la memoria a pesar de sus tentativas cándidas de impedirlo con tapones de papelitos enrollados, estaba castigado a no saber jamás quién era esta Francisca Linero de 96 años que había ordenado enterrar con honores de reina de acuerdo con otra nota escrita de su propia mano, condenado a gobernar a ciegas con once pares de gafas inútiles escondidos en la gaveta del escritorio para disimular que en realidad conversaba con espectros cuyas voces no alcanzaba apenas a descifrar, cuya identidad adivinaba por señales de instinto, sumergido en un estado de desamparo cuyo riesgo mayor se le había hecho evidente en una audiencia con su ministro de guerra en que tuvo la mala suerte de estornudar una vez y el ministro de guerra le dijo salud mi general, y había estornudado otra vez y el ministro de guerra volvió a decir salud mi general, y otra vez, salud mi general, pero después de nueve estornudos consecutivos no le volví a decir salud mi general sino que me sentí aterrado por la amenaza de aquella cara descompuesta de estupor, vi los ojos ahogados de lágrimas que me escupieron sin piedad desde el tremedal de la agonía, vi la lengua de ahorcado de la bestia decrépita que se me estaba muriendo en los brazos sin un testigo de mi inocencia, sin nadie, y entonces no se me ocurrió nada más que escapar de la oficina antes de que fuera demasiado tarde, pero él me lo impidió con una ráfaga de autoridad gritándome entre dos estornudos que no fuera cobarde brigadier Rosendo Sacristán, quédese quieto, carajo, que no soy tan pendejo para morirme delante de usted, gritó, y así fue, porque siguió estornudando hasta el borde de la muerte, flotando en un espacio de inconsciencia poblado de luciérnagas de mediodía pero aferrado a la certeza de que su madre Bendición Alvarado no había de depararle la vergüenza de morir de un acceso de estornudos en presencia de un inferior, ni de vainas, primero muerto que humillado, mejor vivir con vacas que con hombres capaces de dejarlo morir a uno sin honor, qué carajo, si no había vuelto a discutir sobre Dios con el nuncio apostólico para que no se diera cuenta de que él tomaba el chocolate con cuchara, ni había vuelto a jugar dominó por temor de que alguien se atreviera a perder por lástima, no quería ver a nadie, madre, para que nadie descubriera que a pesar de la vigilancia minuciosa de su propia conducta, a pesar de sus ínfulas de no arrastrar los pies planos que al fin y al cabo había arrastrado desde siempre, a pesar del pudor de sus años se sentía al borde del abismo de pena de los últimos dictadores en desgracia que él mantenía más presos que protegidos en la casa de los acantilados para que no contaminaran al mundo con la peste de su indignidad, lo había padecido a solas la mala mañana en que se quedó dormido dentro del estanque del patio privado cuando tomaba el baño de aguas medicinales, soñaba contigo, madre, soñaba que eras tú quien hacía las chicharras que se reventaban de tanto pitar sobre mi cabeza entre las ramas florecidas del almendro de la vida real, soñaba que eras tú quien pintaba con tus pinceles las voces de colores de las oropéndolas cuando se despertó sobresaltado por el eructo imprevisto de sus tripas en el fondo del agua, madre, despertó congestionado de rabia en el estanque pervertido de mi vergüenza donde flotaban los lotos aromáticos del orégano y la malva, flotaban los azahares nuevos desprendidos del naranjo, flotaban las hicoteas alborozadas con la novedad del reguero de cagarrutas doradas y tiernas de mi general en las aguas fragantes, qué vaina, pero él había sobrevivido a esa y a tantas otras infamias de la edad y había reducido al mínimo el personal de servicio para afrontarlas sin testigos, nadie lo había de ver vagando sin rumbo por la casa de nadie durante días enteros y noches completas con la cabeza envuelta en trapos ensopados de barín, gimiendo de desesperación contra las paredes, empalagado de tabonucos, enloquecido por el dolor de cabeza insoportable del que nunca le habló ni a su médico personal porque sabía que no era más que uno más de los tantos dolores inútiles de la decrepitud, lo sentía llegar como un trueno de piedras desde mucho antes de que aparecieron en el cielo los nubarrones de la borrasca y ordenaba que nadie me moleste cuando apenas había empezado a girar el torniquete en las sienes, que nadie entre en esta casa pase lo que pase, ordenaba, cuando sentía crujir los huesos del cráneo con la segunda vuelta del torniquete, ni Dios si viene, ordenaba, ni si me muero yo, carajo, ciego de aquel dolor desalmado que no le concedía ni un instante de tregua para pensar hasta el fin de los siglos de desesperación en que se desplomaba la bendición de la lluvia, y entonces nos llamaba, lo encontrábamos recién nacido con la mesita lista para la cena frente a la pantalla muda de la televisión, le servíamos carne guisada, frijoles con tocino, arroz de coco, tajadas de plátano frito, una cena inconcebible a su edad que él dejaba enfriar sin probarla siquiera mientras veía la misma película de emergencia en la televisión, consciente de que algo quería ocultarle el gobierno si habían vuelto a pasar el mismo programa de circuito cerrado sin advertir siquiera que los rollos de la película estaban invertidos, qué carajo, decía, tratando de olvidar lo que quisieron ocultarle, si fuera algo peor ya se supiera, decía, roncando frente a la cena servida, hasta que daban las ocho en la catedral y se levantaba con el plato intacto y echaba la comida en el excusado como todas las noches a esa hora desde hacía tanto tiempo para disimular la humillación de que el estómago le rechazaba todo, para entretener con las leyendas de sus tiempos de gloria el rencor que sentía contra sí mismo cada vez que incurría en un acto detestable de descuidos de viejo, para olvidar que apenas vivía, que era él y nadie más quien escribía en las paredes de los retretes que viva el general, viva el macho, que se había tomado a escondidas una pócima de curanderos para estar cuantas veces quisiera en una sola noche y hasta tres veces cada vez con tres mujeres distintas y había pagado aquella ingenuidad senil con lágrimas de rabia más que de dolor aferrado a las argollas del retrete llorando madre mía Bendición Alvarado de mi corazón, aborréceme, purifícame con tus aguas de fuego, cumpliendo con orgullo el castigo de su candidez porque sabía de sobra que lo que entonces le faltaba y le había faltado siempre en la cama no era honor sino amor, le faltaban mujeres menos áridas que las que me servía mi compadre el ministro canciller para que no perdiera la buena costumbre desde que clausuraron la escuela vecina, hembras de carne sin hueso para usted solo mi general, mandadas por avión con franquicia oficial de las vitrinas de Amsterdam, de los concursos del cine de Budapest, del mar de Italia mi general, mire qué maravilla, las más bellas del mundo entero que él encontraba sentadas con una decencia de maestras de canto en la penumbra de la oficina, se desnudaban como artistas, se acostaban en el diván de peluche con las tiras del traje de baño impresas en negativo de fotografía sobre el pellejo tibio de melaza de oro, olían a dentífricos de mentol, a flores de frasco, acostadas junto al enorme buey de cemento que no quiso quitarse la ropa militar mientras yo trataba de alentarlo con mis recursos más caros hasta que él se cansó de padecer los apremios de aquella belleza alucinante de pescado muerto y le dije que ya estaba bien, hija, métete a monja, tan deprimido por su propia desidia que aquella noche al golpe de las ocho sorprendió a una de las mujeres encargadas de la ropa de los soldados y la derribó de un zarpazo sobre las bateas del lavadero a pesar de que ella trató de escapar con el recurso de susto de que hoy no puedo general, créamelo, estoy con el vampiro, pero él la volteó bocabajo en las tablas de lavar y la sembró al revés con un ímpetu bíblico que la pobre mujer sintió en el alma con el crujido de la muerte y resolló qué bárbaro general, usted ha debido estudiar para burro, y él se sintió más halagado con aquel gemido de dolor que con los ditirambos más frenéticos de sus aduladores de oficio y le asignó a la lavandera una pensión vitalicia para la educación de sus hijos, volvió a cantar después de tantos años cuando les daba el pienso a las vacas en los establos de ordeño, fúlgida luna del mes de enero, cantaba, sin pensar en la muerte, porque ni aun en la última noche de su vida había de permitirse la flaqueza de pensar en algo que no fuera de sentido común, volvió a contar las vacas dos veces mientras cantaba eres la luz de mi sendero oscuro, eres mi estrella polar, y comprobó que faltaban cuatro, volvió al interior de la casa contando de paso las gallinas dormidas en las perchas de los virreyes, tapando las jaulas de los pájaros dormidos que contaba al ponerles encima las fundas de lienzo, cuarenta y ocho, puso fuego a las bostas diseminadas por las vacas durante el día desde el vestíbulo hasta la sala de audiencias, se acordó de una infancia remota que por primera vez era su propia imagen tiritando en el hielo del páramo y la imagen de su madre Bendición Alvarado que les arrebató a los buitres del muladar una tripa de carnero para el almuerzo, habían dado las once cuando recorrió otra vez la casa completa en sentido contrario alumbrándose con la lámpara mientras apagaba las luces hasta el vestíbulo, se vio a sí mismo uno por uno hasta catorce generales repetidos caminando con una lámpara en los espejos oscuros, vio una vaca despatarrada bocarriba en el fondo del espejo de la sala de música, vaca, vaca, dijo, estaba muerta, qué vaina, pasó por los dormitorios de la guardia para decirles que había una vaca muerta dentro de un espejo, ordenó que la saquen mañana temprano, sin falta, antes de que la casa se nos llene de gallinazos, ordenó, registrando con la luz las antiguas oficinas de la planta baja en busca de las otras vacas perdidas, eran tres, las buscó en los retretes, debajo de las mesas, dentro de cada uno de los espejos, subió a la planta principal registrando los cuartos cuarto por cuarto y sólo encontró una gallina echada bajo el mosquitero de punto rosado de una novicia de otros tiempos cuyo nombre había olvidado, tomó la cucharada de miel de abejas de antes de acostarse, volvió a poner el frasco en el escondite donde había uno de sus papelitos con la fecha de algún aniversario del insigne poeta Rubén Darío a quien Dios tenga en la silla más alta de su santo reino, volvió a enrollar el papelito y lo dejó en su sitio mientras rezaba de memoria la oración certera de padre y maestro mágico liróforo celeste que mantienes a flote los aeroplanos en el aire y los trasatlánticos en el mar, arrastrando sus grandes patas de desahuciado insomne a través de las últimas albas fugaces de amaneceres verdes de las vueltas del faro, oía los vientos en pena del mar que se fue, oía la música del ánima de una parranda de bodas en que estuvo a punto de morir por la espalda en un descuido de Dios, encontró una vaca extraviada y le cerró el paso sin tocarla, vaca, vaca, regresó al dormitorio, iba viendo al pasar frente a las ventanas el pataco de luces de la ciudad sin mar en todas las ventanas, sintió el vapor caliente del misterio de sus entrañas, el arcano de su respiración unánime, la contempló veintitrés veces sin detenerse y padeció para siempre como siempre la incertidumbre del océano vasto e inescrutable del pueblo dormido con la mano en el corazón, se supo aborrecido por quienes más lo amaban, se sintió alumbrado con velas de santos, sintió su nombre invocado para enderezar la suerte de las parturientas y cambiar el destino de los moribundos, sintió su memoria exaltada por los mismos que maldecían a su madre cuando veían los ojos taciturnos, los labios tristes, la mano de novia pensativa detrás de los cristales de acero transparente de los tiempos remotos de la limusina sonámbula y besábamos la huella de su bota en el barro y le mandábamos conjuros para una mala muerte en las noches de calor cuando veíamos desde los patios las luces errantes en las ventanas sin alma de la casa civil, nadie nos quiere, suspiró, asomado al antiguo dormitorio de pajarera exangüe pintora de oropéndolas de su madre Bendición Alvarado con el cuerpo sembrado de verdín, que pase buena muerte, madre, le dijo, muy buena muerte, hijo, le contestó ella en la cripta, eran las doce en punto cuando colgó la lámpara en el dintel herido en las entrañas por la torcedura mortal de los silbidos tenues del horror de la hernia, no había más ámbito en el mundo que el de su dolor, pasó los tres cerrojos del dormitorio por última vez, pasó los tres pestillos, las tres aldabas, padeció el holocausto final de la micción exigua en el excusado portátil, se tiró en el suelo pelado con el pantalón de manta cerril que usaba para estar en casa desde que puso término a las audiencias, con la camisa a rayas sin el cuello postizo y las pantuflas de inválido, se tiró bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, y se durmió en el acto, pero a las dos y diez despertó con la mente varada y con la ropa embebida en un sudor pálido y tibio de vísperas de ciclón, quién vive, preguntó estremecido por la certidumbre de que alguien lo había llamado en el sueño con un nombre que no era el suyo, Nicanor, y otra vez, Nicanor, alguien que tenía la virtud de meterse en su cuarto sin quitar las aldabas porque entraba y salía cuando quería atravesando las paredes, y entonces la vio, era la muerte mi general, la suya, vestida con una túnica de harapos de fique de penitente, con el garabato de palo en la mano y el cráneo sembrado de retoños de algas sepulcrales y flores de tierra en la fisura de los huesos y los ojos arcaicos y atónitos en las cuencas descarnadas, y sólo cuando la vio de cuerpo entero comprendió que lo hubiera llamado Nicanor Nicanor que es el nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en el instante de morir, pero él dijo que no, muerte, que todavía no era su hora, que había de ser durante el sueño en la penumbra de la oficina como estaba anunciado desde siempre en las aguas premonitorias de los lebrillos, pero ella replicó que no, general, ha sido aquí, descalzo y con la ropa de menesteroso que llevaba puesta, aunque los que encontraron el cuerpo habían de decir que fue en el suelo de la oficina con el uniforme de lienzo sin insignias y la espuela de oro en el talón izquierdo para no contrariar los augurios de sus pitonisas, había sido cuando menos lo quiso, cuando al cabo de tantos y tantos años de ilusiones estériles había empezado a vislumbrar que no se vive, qué carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que hasta las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir, había conocido su incapacidad de amor en el enigma de la palma de sus manos mudas y en las cifras invisibles de las barajas y había tratado de compensar aquel destino infame con el culto abrasador del vicio solitario del poder, se había hecho víctima de su secta para inmolarse en las llamas de aquel holocausto infinito, se había cebado en la falacia y el crimen, había medrado en la impiedad y el oprobio y se había sobrepuesto a su avaricia febril y al miedo congénito sólo por conservar hasta el fin de los tiempos su bolita de vidrio en el puño sin saber que era un vicio sin término cuya saciedad generaba su propio apetito hasta el fin de todos los tiempos mi general, había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo, que le cobraban por adularlo, que reclutaban por la fuerza de las armas a las muchedumbres concentradas a su paso con gritos de júbilo y letreros venales de vida eterna al magnífico que es más antiguo que su edad, pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser el dueño de todo su poder, que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad sin sospechar ni siquiera demasiado tarde que la única vida vivible era la de mostrar, la que nosotros veíamos de este lado que no era el suyo mi general, este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables años de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gérmenes de la muerte pero era todo el amor mi general, donde usted mismo era apenas una visión incierta de unos ojos de lástima a través de los visillos polvorientos de la ventanilla de un tren, era apenas el temblor de unos labios taciturnos, el adiós fugitivo de un guante de raso de la mano de nadie de un anciano sin destino que nunca supimos quién fue, ni cómo fue, ni si fue apenas un infundio de la imaginación, un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés y dónde estaba el derecho de esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra, general, porque nosotros sabíamos quiénes éramos mientras él se quedó sin saberlo para siempre con el dulce silbido de su potra de muerto viejo tronchado de raíz por el trancazo de la muerte, volando entre el rumor oscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, agarrado de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrán de la muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado[8]

En sus últimas reflexiones el patriarca llega a una conclusión paradójica: el poder es no contar efectivamente con esta disponibilidad inaudita, es imaginarse poderoso, es caer preso de sus redes y rejas, que terminan convirtiendo a la encarnación simbólica del poder en un cautivo de este espacio estriado. El general dice, hablando con su madre muerta, que de modo que ésta era toda la vaina, carajo, de modo que el poder era aquella casa de náufragos, aquel olor humano de caballo quemado, aquella aurora desolada de otro doce de agosto igual a todos era la fecha del poder. El poder es una quimera que atrapa a perseguidores y perseguidos, gobernantes y gobernados, dominantes y dominados. Lo único que queda después de su conquista son las cenizas, los cadáveres dispersos, la desolación inmensa esparcida por el mismo fragor de la batalla.

El desenlace de El otoño del patriarca es el mismo anunciado en todos los capítulos, la soledad inmensa del que encarna simbólicamente el poder, atrapado por las redes tendidas por sus propios colaboradores obedientes. Quienes al querer cubrirlo de todo, al ocultarle lo que verdaderamente acaece, al querer protegerlo más allá de toda desilusión, terminan  convirtiéndose en sus carceleros. El símbolo del poder sólo sirve como símbolo, estorba como cuerpo real; cuando el cuerpo real pretende volver a sus antiguas andanzas de gloria lo mejor es impedírselo, pues la historia no se repite, ni siquiera como farsa; lo que ocurre es lo que parece la segunda vez no es más que el crepúsculo, en contraste con el alba. Se puede montar toda una simulación para convencer al dictador de la permanencia de su gloria; empero, esta simulación, engaña y atrapa incluso a sus colaboradores más pertinaces, a tal punto que ya no se sabe cuál es propaganda y cuál es el referente que se quiere ocultar.  El poder es este desierto de desolación, a pesar de las luces de neón colocadas en las ciudades para convencer al pueblo de la marcha inexorable del desarrollo y del progreso. Lo único que le queda a la encarnación del poder es la desilusión por haber vivido alejado de lo único que quería y ansiaba,  amor de verdad; lo único que le queda es el cuerpo decrépito y cansado dispuesto a morir. Sus recuerdos se le escapan, algunos quizás son retenidos por la ansiedad; empero, quizás afincados en la memoria de una manera deformada.

La metáfora histórica y la historia metafórica, relatada en El otoño del patriarca, es una interpretación intensa y condensada en las alegorías simbólicas de los entramados de los recorridos sociales de Abya Yala, llamada América latina y el Caribe. Alegorías simbólicas dibujadas y pintadas con los colores pasionales de los pueblos, por sus mezclas dinámicas, sus singularidades ancestrales persistentes, sus desplazamientos causados por la vorágine de la desposesión conmensurable del cataclismo inventado por los hombres, cataclismo llamado capitalismo. Alegorías simbólicas voluminosas cuyas expresiones culturales interpretan en las danzas, las canciones, la modulación transgresora de los cuerpos, las narrativas populares, las narrativas trasgresoras de escritores insomnes. El otoño del patriarca es un efluvio afectivo, imaginativo, de una racionalidad abigarrada, que busca descifrar la voluptuosidad de las composiciones sociales intempestivas de seres apasionados por sus espesores territoriales, por sus corrientes acuáticas, por sus bosques y selvas inmensas, que hacen como entramado ecológico de narrativas vitales, narrativas descifradas por las brujas y chamanes. Ante esta potencia creativa vital de los seres, las pretensiones del poder son miserables, además de contradictorias e impotentes.

La metáfora del despojamiento y la desposesión más expresiva es aquella cuando los gringos se llevaron el mar cobrándose la deuda externa no pagada. Se llevaron el mar con todo, con toda su biodiversidad, con todas sus corrientes de peces y sus poblaciones de camarones, que creen que sirven sólo para comérselos; es decir, sólo sirven para el comercio. Se llevaron las imágenes reflejadas en sus aguas, también los recuerdos y nostalgias navegantes fantásticas de la mar. Después de esta expropiación del mar quedaron los cráteres lunares erosionados ante la mirada impávida de los habitantes de la costa. Esta es una metáfora fuerte y alucinante que simboliza todo lo que se llevaron de nuestras tierras, todo lo que consideran que son recursos naturales, materias primas para la industria. En la historia larga de estos despojamientos y desposesiones los estados, los gobiernos, los gobernantes, jugaron un papel, en la mayoría de los casos, cómplice con esta extracción descarada de la naturaleza. El personaje simbólico de la novela, el patriarca, asiste a la emergencia de una reveladora convicción: de nada ha servido todo lo que se ha hecho para permanecer en el poder, al final, los que verdaderamente mandan se llevaron el mar; sacrificio imperdonable.

Si hablamos de desenlaces de la trama, nos encontramos con que amigos y enemigos, antiguos y nuevos, nacionales y extranjeros, todos se juntaron y acordaron, como nunca antes, una vez muerto el patriarca, el reparto del botín. El poder, la reproducción del poder seguiría su curso, contra todo pronóstico apocalíptico,  que no imaginaba un más allá de lo que había conformado el paso de elefante del patriarca, ese horizonte cíclico del Estado encarnado en el símbolo del caudillo. El caudillo no es más que un símbolo, válido en las valoraciones imaginarias; en la historia efectiva, la mecánica de las fuerzas condiciona inexorablemente la marcha turbulenta de los eventos. Aunque fuesen tomados en su dramatismo, aunque fuesen leídos en los códigos políticos oficiales, aunque fuesen interpretados como condena en la cosmovisión fatalista del imaginario mesiánico de los pueblos, el tejido de los sucesos, de los eventos, de los hechos, acaecen respondiendo a la mecánica física de las fuerzas. Entonces, una es la historia imaginada, otra es la historia efectiva.

Hipótesis literario-políticas

1.   La metáfora es la matriz de las simbolizaciones, de las significaciones, de las imaginaciones estéticas, de las conceptualizaciones. La metáfora estalla en el entrelazamiento de las formas, los contenidos y las expresiones de los cuerpos.

2.   La racionalidad emerge en esta convulsión analógica, cuando se reflexiona sobre el acontecer de las formas.

3.   El recurso a la metáfora, por parte de las sociedades humanas al constituir sus culturas, es una acción política, en el sentido del juego de las voluntades interviniendo en la invención y transformación de los mundos.

4.   La narrativa viene a ser la conformación de tramas figúrales, que hacen de memoria reflexiva, memoria interpretativa, componiendo explicaciones orientadoras en los recorridos creativos de la potencia social.

5.   Cuando la novela dibuja al anti-héroe, escapando de los mitos de la epopeya, da comienzo a una crítica integral, crítica que no disocia la transgresión corporal de la deconstrucción demoledora de los mitos modernos, entre ellos los paradigmas y modelos teóricos.

6.   El otoño del patriarca es una crítica del poder desde la crítica integral de las narrativas literarias.

Entramados jurídicos-históricos-políticos

La guerra permanente

Aproximaciones a las estructuras y ciclo largo de la guerra en Colombia

Dedicado a Lepoldo Múnera, profesor crítico de la Universidad Nacional de Colombia, intelectual libertario; a Carolina Jiménez, docente comprometida de la misma universidad, combatiente por la paz.

A modo de introducción

Este ensayo comienza una secuencia que busca conformar un bloque de reflexiones, basadas en descripciones, algo así como el Acontecimiento Brasil y el Acontecimiento México, que ya escribimos y publicamos. Esta secuencia de ensayos correspondería, entonces, al Acontecimiento Colombia. Cada acontecimiento histórico-político-social-cultural es singular. En el caso de Colombia su singularidad se teje a partir del acontecimiento de la guerra larga. En este ensayo intentamos proponer una interpretación prospectiva, que ayude en la comprensión del tejido espacio-tiempo-territorial-social colombiano desde la perspectiva del pensamiento complejo.

Consideraciones conceptuales

No parece ser la guerra un fin en sí mismo, tampoco un principio; algo así como si estuviéramos condenados a una matriz inicial.  La guerra parece ser, mas bien, un instrumento o una maquina armada con instrumentos. ¿Esto la convierte en un conjunto de instrumentos de la política, por así decirlo? En un escrito anterior dijimos que no se puede sostener ninguna de las hipótesis o tesis contrastantes; la de que la guerra es la continuación de la política; la de que la política es continuación de la guerra[9]. Dijimos que ambas se dan juntas, entrelazadas e integradas. No se deja de hacer política en la guerra, no se deja de hacer la guerra en la política. Como se puede ver tampoco se puede convertir a la política en un fin ni en un principio. Más parece ser un medio, aunque también un ambiente, si consideramos su raíz, polis. Pero, en todo caso, aunque no estemos de acuerdo con esto de fin y de principio, que responde al imaginario histórico y linealista, también al imaginario pragmático; ¿de qué serían instrumentos o medios, la guerra y la política? ¿Del Estado? Dejemos el tema de las guerras en sociedades sin Estado; si se las puede llamar guerras o no, también el tema de si hay sociedades sin Estado. Quedémonos en esta hipótesis, sin discutirla todavía, de que el Estado tiene fines, se planea fines, entonces recurre a la guerra y a la política para lograrlos. ¿Cuáles serían los fines del Estado?

¿La dominación? ¿El control? ¿La conquista? ¿El territorio, los recursos, los bienes, las riquezas, las poblaciones? ¿La expansión? ¿La victoria en una competencia, por los mercados, por las tecnologías, por el excedente? Por ahí se mueven las tesis de las teorías del Estado, de la guerra y de la política. Empero, esto es como proponer la tesis de una guerra permanente. La guerra sería como una condición permanente, pues hay que mantener la dominación, el control, la expansión; preservar los territorios, los recursos, los bienes, las riquezas, defender o mantener las poblaciones, no perder la victoria. ¿No es esto desgastante a la larga?

La guerra sería desgastante y costosa para el Estado y para la sociedad que sostiene a ese Estado. ¿Tiene sentido algo como la guerra permanente? Visto de esta forma no parece tenerlo. Sin embargo, los estados atrapados en geopolíticas parecen apostar por este sinsentido, creyendo encontrar en la guerra su sentido. ¿Por qué lo hacen?

Antes de intentar responder esta pregunta, debemos también aclarar que no solamente los estados recurren a la guerra, sino también las sociedades o parte de las sociedades, cuando consideran que hacen la guerra contra el opresor. Aunque sean menos los casos evidentes o patentes; también aquí se tiene algo parecido a una guerra permanente, cuando la guerra se prolonga contra el Estado. ¿No ocurre lo mismo que le ocurre al Estado: una guerra permanente desgasta? Hay sociedades donde no parece ocurrir esto; se encuentran décadas guerreando contra el Estado. ¿Se desgastan o se fortalecen? ¿Por qué no pueden terminar la guerra? ¿Acaso en el anterior caso, el de la guerra permanente del Estado, y en el caso posterior, el de la guerra permanente de la sociedad contra el Estado, no se convierte la guerra en un fin en sí mismo?

Es tan larga la guerra, que aparecería como un antecedente del mismo Estado; no solamente como fin, sino como una manera de ser Estado. Lo mismo, aparecería como una manera de ser sociedad. La guerra no solo como el acontecimiento que hace inteligible a la sociedad, sino la guerra como lo que hace a la sociedad misma, la constituye[10].

No parece factible recurrir a la teoría de la conspiración para explicar este fenómeno de la guerra permanente. Hay algo en el Estado que lo hace recurrir a la guerra permanentemente, hay algo en esa sociedad singular que la hace recurrir a la guerra permanentemente. Hay también algo en la guerra que consolida al Estado, hay algo en la guerra que cohesiona a la sociedad.

Este algo parece tener que ver con que el Estado se apropia de la heurística y hermenéutica de la guerra, que es como un habitus de los nómadas, por así decirlo; mejor dicho una techné nómada. Gilles Deleuze y Félix Guattari decían una máquina de guerra nómada[11]. Al estatalizarse la guerra se transforma, se militariza, se institucionaliza; incluso se fija, se vuelve sedentaria. Se puede también atribuirle un carácter jerárquico de mandos, de distinciones entre oficiales y soldados. Ya no se trata de la iniciación ni del prestigio del cazador, sino del servicio obligatorio, del deber, de la profesionalización de los oficiales, de la ceremonia institucional de las órdenes y las obediencias. Ya no se trata del saber territorial de los nómadas, sino de la geopolítica, una pretensión de ciencia del espacio, con el objeto de su dominación.

El Estado moderno, el Estado-nación, han capturado, por así decirlo, la máquina de guerra nómada, después que el Estado despótico lo ha hecho. Ciertamente, la guerra ya no es la misma, que cuando los nómadas; la guerra que era para las sociedades nómadas parte de su movimiento, de su desplazamiento, continuo, también intermitente, incluso, se puede decir cíclico. Movimiento y desplazamiento que inventa el espacio con sus recorridos, que hace que la sociedad forme parte de los espaciamientos, de los ciclos territoriales, de los circuitos geográficos. Que respecto a las ciudades de donde emerge el Estado, las ocupa de manera sorpresiva; de repente aparecen, llegan, acampan; al principio son unos grupos dispersos; después se suman más; para luego ser multitudes, que se apoderan de la ciudad. La guerra es un juego, una artesanía y arte lúdico para los nómadas. En cambio, cuando el Estado aprende las técnicas de la guerra de los nómadas, convierte a la guerra en una formalidad; deja de ser un juego para convertirse en un conjunto de dispositivos institucionalizados, con el objeto de las dominaciones. Si los nómadas destruían a veces las ciudades o las fortalezas del Estado, aunque no siempre ocurría esto, pues las ciudades para las sociedades nómadas, son lugares de intersección, lugares donde se hace intercambio y se consiguen bienes. No tenían por qué destruirlas, salvo tomarlas provisionalmente, dado el caso. En cambio, el Estado, planifica la destrucción sistemática, pues para el Estado su ocupación es de conquista.

Entonces, la guerra tiene un sentido diferente para las sociedades nómadas que para el Estado. El Estado requiere de la guerra institucionalizada para vencer a los nómadas, que forman parte de sus preocupaciones paranoicas. El Estado se siente rodeado, sitiado, acechado, por los nómadas. Tiene que vencerlos, si es posible destruirlos, hacerlos desaparecer de la faz de la tierra; son su pesadilla. El Estado requiere de la guerra para conquistar, expandirse, someter a otros estados o destruirlos. Requiere de la guerra para someter a su propia sociedad institucionalizada, para mantenerla subordinada.

Las sociedades que entran en guerra con el Estado, se llame guerra civil, insurrección, guerrilla, teniendo cada una de estas formas su propia singularidad, en parte retornan a la guerra nómada y en parte retoman la forma de la guerra institucionalizada. En la medida que ocurre lo primero, se convierte la guerra en una guerra no solamente contra-estatal, sino de contra-poder, generando alternativas al Estado, a partir de las prácticas alterativas nómadas. En la medida que ocurre lo segundo, la guerra institucionalizada contiene al Estado como realización, entraña un proto-Estado. En este sentido, la guerra no sale del círculo vicioso del poder. Si vencen los sublevados, en este caso, instauran un Estado y repiten la historia anterior, de otra manera, con otros personajes, con otros discursos, quizás con otras características.

Se entiende entonces, que la guerra se vuelve permanente para el Estado, en tanto y en cuanto el Estado está en permanente guerra contra las sociedades nómadas, contra la sociedad alterativa; no solamente contra otros estados. Se entiende que la guerra se vuelve permanente para la sociedad que entra en guerra con el Estado; empero, apunta a un nuevo Estado, privilegia este aspecto de la guerra. Se trata de la misma guerra permanente, solo que no siendo todavía Estado. Si fuera diferente, si la guerra de la sociedad contra el Estado, privilegiara la alteridad contenida en la sociedad, los nomadismos contenidos en la sociedad, si optará por la guerra nómada, la guerra volvería a ser constitutiva de la sociedad nómada. La guerra volvería a formar parte de los continuos movimientos y desplazamientos, de las constantes invenciones, composiciones, asociaciones y combinaciones, que teje la sociedad alterativa. La guerra volvería a ser el juego lúdico de la sociedad en constante devenir.

Ahora trataremos de proponer hipótesis interpretativas de la larga guerra colombiana, que no se la puede entender como guerra prolongada, pues es más larga que la guerra prolongada; se trata de un ciclo de larga duración, que comprende sus estructuras de larga duración. Antes, haremos un repaso descriptivo del cronograma de esta guerra larga.

Descripción de la guerra larga

Se dice que el Estado-nación de Colombia fue inestable entre 1839 y 1885, lapso cuando se dieron lugar a unas secuencias de guerras civiles, inscribiendo su huella perdurable.  Estas guerras civiles respaldaron cambios constitucionales, cambios de régimen, incluso cambios de nombres. Un golpe político militar llevó al poder a José María Melo, en 1854; gobierno de facto que duró solo algunos meses. Derrocado Melo, se promovió el reajuste del ejército; lo que parecía ser la condición necesaria para instaurar el federalismo establecido en 1858. Sin embargo, esta situación no duró mucho; al poco tiempo estalló la quinta guerra civil, con una rebelión en el estado de Cauca. Desde entonces se hizo patente la inestabilidad, hasta 1876, en todo el periodo de legalidad de la Constitución de Rionegro; Constitución que otorgaba autonomía a los estados, así como permitía la organización de ejércitos regionales, que hacían de contrapeso al gobierno central. En este panorama regional, estallaron cerca de cuarenta guerras civiles regionales, solo una nacional. Los liberales radicales, insatisfechos ante este equilibrio inestable entre regiones y gobierno central, se levantaron en armas, intentando derrocar al presidente Rafael Núñez, en 1884, empero, el levantamiento fracasó.

La llamada Guerra de los Mil Días da comienzo al siglo XX. La crisis estatal se agrava con la pérdida de Panamá; separación instigada por las potencias imperialistas, que necesitaban el canal para ahorrar recorridos y tiempo, además de costos, en los viajes del Atlántico al Pacífico.  En una coyuntura aciaga el presidente Rafael Reyes se ve presionado a renunciar (1904-1909). De todas maneras, en 1930, culmina la hegemonía conservadora despuntada en 1886. Un liberal ganó las elecciones presidenciales, poniendo fin a casi medio siglo de gobiernos conservadores. La presidencia de Olaya Herrera (1930-1934) comenzó el periodo denominado de la República Liberal; los liberales se sucedieron en el poder durante un poco más de una década y media; desde 1930 hasta 1946.

Después vino el dramático periodo denominado de “La Violencia”; se trata de los doce años, que se extienden de 1946 a 1958. Hablamos de guerra civil prolongada entre liberales y conservadores; se dice que esta guerra arrojó más de 300 mil muertos. Como consecuencia de esta guerra civil, se ocasionó el desplazamiento de miles de campesinos, trasladándose a las ciudades, desalojando el campo, buscando refugio. Esto cambió la composición demográfica, la población dejó de ser rural, transformándose en urbana. En 1946 el 42% de la población de Colombia ya vivía en la ciudad; siguiendo esta tendencia, en 1959 la proporción urbana alcanzó al 53%; en el año 2005 la población urbana constituía ya el 74,3%.

En las regiones y zonas desalojadas y despobladas, las tierras fueron compradas a bajo precio por la burguesía industrial. Hablamos de regiones como el Valle del Cauca, la sabana de Bogotá, Tolima y Meta. Las haciendas establecidas se dedicaron a la producción agraria capitalista. Los campesinos migrantes se transformaron en el proletariado agrario.

Los conservadores retomaron el poder; sin embargo, en otras condiciones que antaño; no lograron las mayorías en el Congreso. Además no fue nada tranquilo su periodo de gobierno. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, desencadenó la revuelta y la insurrección popular, conocida como el Bogotazo. Volvió el fantasma, el espectro y el cuerpo martirizado de la guerra civil; la misma que se dilató hasta 1960. Los conservadores permanecieron en la presidencia hasta 1953; momento en el cual se dio un golpe de Estado, haciéndose cargo del gobierno de facto el General Gustavo Rojas Pinilla.

El gobierno de Rojas Pinilla hizo propuestas de paz para terminar con la guerra civil; un grueso de las guerrillas entregaron sus armas; sin embargo, al poco tiempo varios de los guerrilleros que lo hicieron fueron asesinados. Ante estas circunstancias, liberales y conservadores se pusieron de acuerdo, poniendo fin a la dictadura de Rojas Pinilla. Se conformó una Junta Militar provisional; en ese panorama político se organiza el Frente Nacional, buscando garantizar el retorno a la democracia electoral, acordando la alternancia en la presidencia entre liberales y conservadores.

Se puede decir que el acuerdo entre liberales y conservadores, la conformación del Frente Nacional puso fin a la guerra civil de estas dos corrientes políticas, una guerra civil que atravesó el país durante un siglo. Culminaron las guerrillas liberales. Sin embargo, se estaba lejos de acabar con el conflicto armado, cuyas raíces se encuentran en la lucha de clases, en la dominación y la exclusión social, en la explotación y subordinación social, también racial. Emergieron de este contexto y de sus espesores sociales otros proyectos guerrilleros. En 1964 nacen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el 7 de enero de 1965 el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en julio de 1967 el Ejército Popular de Liberación (EPL), en 1984 el movimiento indigenista Quintín Lame (MAQL) y el 19 de abril de 1970 el M-19.

Se puede catalogar como historia reciente la temporalidad comprendida desde 1960 hasta nuestros días, que nombramos como presente. En el presente estamos ante los llamados Diálogos de Paz, que se llevan a cabo en la Habana, entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC; así como entre el gobierno colombiano y el ELN, en Ecuador; sin embargo, esta mesa todavía no se ha instalado oficialmente.  Cada cuatro años entre 1982 y 2002, los llamados Diálogos de Paz, las negociaciones involucradas, han variado de acuerdo al perfil del gobierno y los criterios asumidos. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos fueron los presidentes sucesivos desde el 2002 hasta el presente, siendo el último el presidente vigente de la república de Colombia. En este periodo se han desvinculado cerca de 54,000 guerrilleros y paramilitares. En contraste, las Fuerzas Armadas regulares se han venido fortaleciendo continuamente. También, en el periodo, se ha implementado el conocido Plan Colombia, plan diseñado entre el gobierno colombiano y el gobierno de los Estados Unidos de Norte América. Uno de los puntos de este plan tiene que ver con la disminución progresiva de cultivos ilícitos, principalmente de la hoja de coca. El incremento de las prácticas para erradicar los cultivos ilícitos, han ocasionado el descenso de Colombia al tercer lugar de producción mundial de cocaína, dejando de ser el principal productor; sitio que ocupó por décadas. Otro de los puntos, quizás el más importante, por su incidencia, es considerar el plan como contrainsurgencia; en otras palabras, un dispositivo de guerra contra la llamada insurgencia; en términos claros, contra el pueblo colombiano. Sin embargo, con la desmovilización de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que son los paramilitares, a mediados de 2006, las denominadas bandas criminales (BACRIM) se han hecho cargo de las actividades realizadas por los paramilitares.

El gobierno del presidente Juan Manuel Santos promueve, desde 2012, en los Diálogos de Paz, un proceso de paz con la guerrilla de las FARC-EP en La Habana, Cuba, buscando encontrar una salida política al conflicto armado. Por otro lado y paralelamente, viene efectuando otro proceso de paz con la guerrilla del ELN en Ecuador. Ambos procesos son dificultosos y delicados; han dibujado un recorrido difícil y sinuoso. De todas maneras, parecen avanzar. Sin embargo, la gran ausente en estos Diálogos de Paz es la misma sociedad colombiana, la gran afectada por la larga guerra[12].

Se puede decir que el conflicto armado en Colombia corresponde a una guerra asimétrica de baja intensidad[13]. Las fuerzas involucradas en el enfrentamiento son el ejército regular de Colombia, los ejércitos irregulares de las guerrillas, los destacamentos paramilitares y los brazos armados del narcotráfico. El conflicto armado ha pasado por varias etapas de agravación de la conflagración múltiple, por así decirlo[14]. A pesar de haber adquirido características singulares, un perfil y estructuras singulares, el conflicto armado, en la historia reciente, el mismo tiene sus nacimientos en los espesores de la matriz histórica-política del periodo de “La Violencia”. Guerra civil entre liberales y conservadores, que tiene, a su vez, sus emergencias, en la entonces llamada la Nueva Granada, que, posteriormente se independizó de la Corona española[15]. Es cuando se inicia una querella sobre la forma de Estado[16].

La pregunta que vamos a hacernos es: ¿Cuál es la complejidad del conflicto armado? Responder esta pregunta requiere no solo de aproximaciones a la experiencia social y a la memoria social colombiana, sino de la perspectiva del pensamiento complejo. Por de pronto, partiendo de algunos hilos del tejido espacio-temporal-social-cultural-político, de algunas miradas rutilantes, que hacen como iluminaciones de linterna, intentaremos proponer hipótesis interpretativas prospectivas.

Hipótesis 1:

Como en todo el continente de Abya Yala, los nacientes Estado-nación, lo hacían, es decir nacer, primero en el marco jurídico-político liberal; como si fuera la palabra de la ley la que diera vida a las flamantes repúblicas. Sabemos que no es así, que es al revés, si se puede hablar así, por lo menos para ilustrar, que es la materialidad histórico-política, que son las condiciones de posibilidad históricas-sociales-políticas-culturales las que posibilitan la edificación de la república. Al nacer en la ilusión jurídica, las flamantes republicas, ingresaron inmediatamente en una crisis estatal, de carácter institucional. Estaba la Constitución; sin embargo, la misma se aposentaba sobre un vacío institucional. En este contexto y coyuntura de Estado endeble, estallan los conflictos entre las fuerzas concurrentes y en competencia por el dominio político. Se puede decir que las fuerzas conservadoras eran como las fuerzas realistas, que basaban su derecho a gobernar sobre la base de la materialidad de sus propiedades latifundistas; en tanto que las fuerzas liberales basaban su derecho a gobernar en la Constitución liberal. Estas últimas eran, mas bien, fuerzas encargadas de cumplir las tareas pendientes, sobre todo de realizar la Constitución.

Los liberales han tenido un perfil, una composición, una convocatoria, mas bien, popular. Esto se explica porque su liberalismo apuntaba a la defensa de los derechos consagrados en la Constitución, beneficiando con esto a las mayorías. En tanto que los conservadores, mantuvieron una convocatoria, mas bien, elitista; sostenida en el poder, en el peso del dinero y de la riqueza, en la jerarquía de las familias. Aunque, lo que decimos tiene que ser matizado o regionalizado, pues también estamos ante la presencia de fuerzas centrífugas, que convertían a las regiones en países, hasta estados regionales, separados y en competencia; con sus propias jurisdicciones.

Se puede adivinar las ventajas comparativas, en términos de monopolio de violencias regionales, de las que gozaban los conservadores, pues ejercían un poder jerárquico, de abolengo, familiar, de intimidación, copando el ejército con la oficialidad ligada. También incorporaban a parte de los subordinados por coacción a las filas de sus ejércitos. Sin embargo, estas ventajas comparativas, heredadas, no pueden durar mucho tiempo, ante el fortalecimiento en crecimiento de la convocatoria liberal, mas bien espontánea, con adherentes y simpatizantes voluntarios, inclusive masivos, contando con la inclinación popular. Esta larga guerra civil entre liberales y conservadores no tuvo, en términos claros, un ganador; por eso, se explica el acuerdo al que llegan para gobernar mediante alternancia.

Si se puede decir, con toda la relatividad del caso, que el conflicto político, en torno a la forma de Estado, que alimentó la guerra civil, se resolvió, en los términos perentorios; esto no quiere decir, de ninguna manera, que los otros conflictos, sobre todo sociales, se resolvieron. No tardaran, estos conflictos, en prender de nuevo la mecha de la guerra. El conflicto social, que alimenta el decurso de la guerra larga, no ha llegado a ninguna resolución, hasta ahora. En los Diálogos de Paz se intenta encontrar acuerdos y mecanismos que coadyuven a esto. Sin embargo, parece más difícil encontrarlos, comparando con el conflicto político entre liberales y conservadores. La problemática social requiere tratamientos distintos a los procedimientos y negociaciones habidas entre liberales y conservadores. No está fácil llegar a acuerdos mientras persistan las problemáticas sociales. Si se quiere realmente llegar a resoluciones, aunque sea en forma de procesos, es menester abordar ampliamente estas problemáticas sociales. Si se las soslaya se está encaminando los Diálogos de Paz por un camino muy angosto, donde no cabe la complejidad de los tópicos y temáticas sociales; creyendo que se puede avanzar solo tratando el tema político. Es esta una equivocación. Aunque se llegue a feliz término en lo que respecta a la problemática política, que incluye la problemática militar, dejando pendiente las problemáticas sociales, no tardara de prenderse nuevamente la mecha de la guerra, en una sociedad que lleva la lucha de clases a la intensidad de la lucha armada. Mucho más aún cuando las clases dominantes pretenden dar en concesiones los territorios ocupados por las FARC a empresas trasnacionales extractivistas, buscando desalojar a las poblaciones que los habitan.

Descripciones de coyunturas dramáticas

El conflicto armado exteriorizó una vertiginosa escalada durante la década de 1980. La presencia de la guerrilla en varias regiones del país[17], los asesinatos selectivos de miembros civiles de la izquierda a manos de los grupos paramilitares, la aparición de tramos del narcotráfico, que chocan con la guerrilla, en el propagación de sus actividades delictivas, el secuestro extorsivo de familiares de capos del narcotráfico por parte de la guerrilla, todo esto coadyuvó a la escalada en el incremento y la intensificación del conflicto.

No hay que olvidar que es también durante la misma década, cuando Colombia experimentó transformaciones económicas; la transición de país cafetero a país minero y cocalero, contando con la participación económica de nuevos sectores de la agroindustria, así como de la economía extractivista, de la minería del carbón, el petróleo y el oro. Quedaría coja esta breve descripción si no se anota que se añade a esta descripción económica el suroriente del país, donde se expandió rápidamente la economía política de la cocaína.

Entre 1988 y 2003 es el lapso de mayor acentuación de la violencia[18].  Es en la segunda mitad de la década de 1990, cuando se presenta la mayor perversión del conflicto; se generalizan la toma armada de poblaciones, las desapariciones forzadas, las masacres indiscriminadas de civiles, el desplazamiento forzado masivo y los secuestros colectivos de civiles, militares y políticos[19]. La cima de esta intensificación beligerante aparece durante el lapso comprendido entre la presidencia de Andrés Pastrana y el gobierno de Álvaro Uribe; es cuando convergen explosivamente la movilización punitiva estatal, las acciones de las guerrillas, las violencias descarnadas de grupos de narcotraficantes y paramilitares.

Analistas creen que a partir de la desmovilización de los grupos paramilitares, entre 2003 y 2006, añadiendo un notorio decaimiento de la guerrilla, se da lugar un descenso de la intensidad del conflicto armado[20]. Sin embargo, a pesar de estas apariencias, las organizaciones paramilitares no cesaron su actividad amenazante y de terror; continuaron sus labores destructivas en su condición de carteles de droga, equipadas con gran arsenal militar; estos paramilitares, ahora, son llamados BACRIM.  La guerrilla preservó su capacidad de combate y ocupación territorial en determinadas regiones[21].

Conmensurando la huella de la guerra larga, un estudio, realizado en el 2013, cifró en 220,000 las muertes causadas por el conflicto desde 1958[22]. Esta cifra queda chica, cuando se abarca al resto de personas que han sufrido otros crímenes de guerra; la cantidad sobrepasa los 6 millones de víctimas estimadas. Hablamos de las personas que fueron desaparecidas, amenazadas, secuestradas, víctimas de algún acto de terrorismo, personas afectadas por el asesinato de un ser querido, víctimas de minas antipersonal, tortura, reclutamiento forzado de menores de edad y violencia sexual[23].

Hipótesis 2:

Para comprender estas sucintas descripciones es menester salir del discurso jurídico-político, de sus artículos, de sus enunciados, de sus principios legales, de sus representaciones. Es necesario situarse en los espesores de los juegos de fuerzas, que atraviesan cuerpos, e inscriben en ellos la intensidad de sus descargas. Es indispensable entender que estamos ante estados de situaciones que no pueden circunscribirse al concepto de Estado, incluso al mismo concepto de conflicto, así como al concepto de guerra institucionalizada. Estamos ante la elocuencia desenfrenada de fuerzas que usan toda la violencia posible para lograr sus objetivos. En pleno sentido de la palabra, no hay exactamente gobierno, sino administración de la guerra; las instituciones del Estado son dispositivos y engranajes de la guerra, destinados a ganar la guerra. En el mismo sentido, el ejército de liberación, las fuerzas de liberación, supuestamente al servicio de la lucha de clases, se convierten en dispositivos absorbidos a la vorágine de la guerra, descargando también toda la violencia posible para ganar la guerra. Y estamos ante destacamentos armados de las economías políticas del chantaje, de los tráficos, de la economía política de la cocaína. Estos destacamentos no pretenden ser otra cosa, estar al servicio del orden o de la liberación, como ocurre con el Estado o la guerrilla, sino de manera descarnada son lo que son, destacamentos armados para apoyar los recorridos de los tráficos y proteger a los carteles.

En esta cruda realidad, no se puede buscar su comprensión y su inteligibilidad, en las representaciones estatales, tampoco en las representaciones “revolucionarias”, mucho menos en donde no hay representaciones, sino, mas bien, un imaginario perverso de la riqueza y de la violencia, asumida como el paraíso de los violentos. Esta cruda realidad solo puede ser descifrada por la deconstrucción de los discursos, que encubren las apariencias, por la deconstrucción de las pretensiones institucionales, que se sustentan en principios categóricos, en el deber ser, así como en las promesas de los derechos.  En la diseminación de las estructuras institucionales, estructuras de poder, que son las materialidades donde se edifican las violencias descomunales.

Estamos ante un Estado-nación que se comporta, efectivamente, como una máquina de guerra institucionalizada. Máquina de guerra de un capitalismo dependiente, extractivista, aditamentado con las formas del capitalismo especulativo, financiero, coactivo de las economías políticas del chantaje. Una máquina de guerra, articulada a las máquinas de guerra del imperio, que se ocupan del control policial mundial, del cuidado de los circuitos financieros especulativos, los circuitos de las materias primas, los circuitos de las mercancías, los circuitos de los capitales golondrinas, los circuitos de los tráficos. Si hay una economía nacional, hay que situarla como parte de esta singularidad compleja, que expresa el sistema-mundo capitalista en una localización desmesurada, por la violencia, agobiante por las coacciones contra la población, destructiva por la larga guerra dilatada en el espacio de los desacuerdos y las desigualdades, perversa por la administración rentista y el negocio creciente de la guerra.

Estamos ante una guerra, donde parece borrarse los perfiles contrastados, antagónicos, en lucha. Pues los perfiles tienden a parecerse, en la medida que ignoran a la sociedad sufriente, a las poblaciones afectadas, coaccionándolas, obligándolas a apoyos forzados. Esta ausencia de democracia, mucho más si se trata de democracia participativa, este descarte taxativos de consensos para la acción, esta imposición de verdades discursivas, desgastadas en el transcurso de las desafiantes singularidades complejas de los tejidos sociales, termina convirtiendo a unos y otros, en enemigos cómplices del poder, de la reproducción del poder, del circulo vicioso del poder, que solo puede marchar, capturando las fuerzas vitales de la vida.

Capitalismo especulativo, extractivismo y guerras de laboratorio

Dedicado a Víctor Ávila, maestro de generaciones de jóvenes críticos, rebeldes, heterodoxos e iconoclastas, intelectual comprometido con la guerra anticolonial de las naciones y pueblos indígenas, activista en las luchas liberadoras del presente.

¿Qué es lo que articula el capitalismo especulativo, el extractivismo y las guerras de laboratorio? ¿O, mas bien, esta articulación, qué mundo configura? ¿Se trata de la era de la simulación llevada al extremo? ¿Se trata de la cultura-mundo[24] de la banalidad llevada a la decadencia absoluta? El capitalismo especulativo es el capitalismo de las burbujas especulativas, que corresponde a la dominancia del capitalismo financiero en el ciclo largo del capitalismo vigente[25]. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente corresponde a la geopolítica del sistema-mundo capitalista que distribuye centros de acumulación de capital y periferias de despojamiento y desposesión de recursos naturales[26]. Las guerras de laboratorio son los montajes bélicos locales y regionales, de alcance proyectado como irradiación mundial; guerras experimentales efectuadas por los servicios de inteligencia de las potencias y del imperio[27]. Parece que estos tres recortes de realidad, dados en la complejidad, sinónimo de realidad efectiva, se refuerzan mutuamente, en un sistema-mundo donde el capitalismo especulativo es posible porque se sostiene en la expansión intensiva del extractivismo. Ambos, capitalismo especulativo y extractivismo,  amparados por los montajes de las guerras de laboratorio; aparecen como constante amenaza contra los pueblos, las sociedades y el mundo.

Podemos decir que el capitalismo especulativo es la continuidad escabrosa de la inscripción de la deuda infinita como acto inaugural de la genealogía de las dominaciones.  Podemos también decir que el extractivismo es la base o, mejor dicho, el substrato, del modo de producción capitalista. Entonces, las guerras de laboratorio vienen a ser la manifestación clara y evidente de lo que son las guerras imperialistas; guerras desatadas por la competencia de las potencias imperialistas en concurrencia. Las guerras de laboratorio muestran, descarnadamente, la puesta en escena de las guerras nacionalistas, que exacerban los chauvinismos, para arrastrar a los pueblos y sociedades al absurdo de las guerras de exterminio masivo. Las guerras de laboratorio, como su mismo apelativo lo dice, son guerras de experimentación, simuladas en los teatros escenificados. Muestran estas guerras experimentales patentemente lo que son las guerras; invenciones de estados y de estructuras de poder; invenciones de geopolíticas pretensiosas, que se construyen desde formatos simples y esquemáticos.

Para decirlo de otra manera, el capitalismo especulativo es un capitalismo virtual; el extractivismo es el despliegue elocuente de la destrucción capitalista; y las guerras de laboratorio son las formas experimentales de las estrategias de conspiración de las máquinas de guerra y de las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista. La virtualidad del capitalismo especulativo,  sostenida en la materialidad del despojamiento y desposesión efectuado por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Apoyados ambos, el modo de la condición especulativa y el desenvolvimiento de la condición extractivista del capitalismo, por los montajes de las guerras de laboratorio, diseñadas y efectuadas por organismos secretos de la “conspiración”, definen las características del orden mundial, del imperio, del sistema-mundo capitalista, en el presente.

En el caso de las guerras de laboratorio en el Oriente Medio, la “guerra santa” del ISSIS y la guerra contra el terrorismo, que son la misma guerra, como las dos caras de la misma medalla, vinculan manifiestamente la guerra con el petróleo, la energía fósil, el oro negro. Vinculan, entonces, la guerra desatada en el desierto, con el extractivismo, en sus formas desmesuradas y perversas. Vinculan la “guerra santa” y la guerra contra el terrorismo con un capitalismo financiero, que no encuentra otra salida para sus crisis intermitentes que la expansión morbosa y delirante de la economía política del chantaje. Economía que llega al extremo de la proliferación del mercado de armas, el tráfico de estupefacientes y el narcotráfico, el tráfico de cuerpos, al costo de la destrucción institucional de los Estado-nación subalternos, de los países, de los pueblos y las sociedades.

Desde la cuarta generación de las estrategias de guerra, de acuerdo a las tesis del ejército del imperio, nos encontramos ante el desenvolvimiento sigiloso de la “tercera guerra mundial”, dada en la forma de “guerra de baja intensidad”. Una guerra de control y contención, de amenaza constante a las poblaciones; de desgaste y de devastación de las sociedades. Una guerra también mediática,  donde los monopolios empresariales de los medios de comunicación, a escala mundial, nos presentan una realidad mediada por la información del poder del orden mundial. Información mediada que presenta un mundo amenazado por el “terrorismo”. Ocultando el terrorismo de Estado, el terrorismo de lo que vendría a ser, algo así, como el Estado de excepción del orden mundial.  Entonces una “guerra santa”, no de los yihadistas, sino del imperio contra los pueblos del mundo. El “terrorismo” es el “demonio” que ronda por el mundo, amenazando no solamente al orden mundial, sino a los pueblos y sociedades, a sus valores y sus costumbres; a sus formas y estilos de vida.

Esta manera de presentar las cosas, encubre u oculta a las máquinas de guerra y las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista, que son los aparatos de dispositivos, las máquinas de conflagración, que requieren de la guerra permanente para reproducirse, para aparecer como necesidad y legitimarse. Además, la manera veleidosa de presentar las noticias acompaña la propaganda por el “desarrollo”, buscando la legitimidad del extractivismo; que es la parte maldita del modo de producción capitalista[28]. Esta manera de presentar los “hechos” encubre las maniobras perversas del capitalismo financiero, que convierte a los pueblos en deudores eternos[29].

La guerra es necesaria para la reproducción del capital y su acumulación ampliada; ahora, convertida en acumulación especulativa. La guerra destruye los stocks que no puede venderse, también destruye la infraestructura de los estados, por lo menos, parte; esta destrucción favorece las condiciones iniciales de un nuevo ciclo del capitalismo. Por esto mismo, la guerra adquiere distintos perfiles y formas, tanto en sentido manifiesto como en sentido latente; la forma de la guerra que nos ocupa es la de las guerras de laboratorio. En sentido amplio, con variadas connotaciones, es guerra contra la vida; esto ocurre cuando el despojamiento y la desposesión se expresan como contaminación, depredación, destrucción ecológica. En sentido político y cultural, cuando la guerra destruye a pueblos y a sociedades, atacando sus estructuras de cohesión, es guerra contra la humanidad.

Pero, es una guerra elaborada y efectuada desde las estructuras mundiales del poder. Lo que la hace distinta a la guerra proclamada y desplegada desde los discursos histórico-políticos.  Es guerra conformada, mas bien, desde los discursos jurídico-políticos, legitimadores del poder, del Estado, de la institucionalidad de las dominaciones institucionalizadas.  Desde ya, esta promoción de la guerra, por parte del paradigma de la formación discursiva jurídico-política, es contradictoria; pues la formación discursiva jurídico-política es de legitimación, no de interpelación, no de convocatoria a la guerra. Esta paradoja o inversión de roles, del discurso jurídicopolítico, se da, sobre todo, en el presente del sistema-mundo. Las dos formaciones discursivas, la jurídico-política, de legitimación, y la histórico-política, de interpelación, se cruzan, de tal manera, que desde el discurso jurídico-político, esta vez, se sintetiza conservadoramente, por así decirlo, a diferencia de la síntesis burguesa, que lo hace, si se quiere, de manera progresista. Síntesis conservadora que define, no un fin de la historia, como la síntesis dialéctica labrada por el discurso histórico-político, sino la continuidad de la historia apocalíptica, reducida a la lucha entre el bien y el mal.

En consecuencia, no solo la burguesía de la etapa de la ilustración, es capaz de elaborar una síntesis entre ambas formaciones discursivas, sino también, la hiper-burguesía de la etapa de la dominación del capitalismo financiero, que correspondería, como analogía, a la oligarquía decadente de la etapa de la ilustración. Ahora bien, esta síntesis, también dialéctica, solo que conservadora, no “progresista”, como la síntesis de la burguesía iluminista, de manera contrastada, se opone a la tesis hegeliana del fin de la historia de la burguesía iluminista, postulando, mas bien, la tesis de la historia dramática desbocada, convertida en la tragedia apocalíptica de la batalla final entre bien y el mal, que va a definir como epopeya cósmica el desenlace global de la trama mundial.

Ni la burguesía del iluminismo era consciente de la síntesis dialéctica del fin de la historia, tampoco la hiper-burguesía del sistema-mundo, integrado y globalizado es consciente de la síntesis dialéctica del desenlace apocalíptico; no es pues consciente de su interpretación, de su “ideología”. Es a través de otros dispositivos que se expresa, dejando, por ejemplo, que la filosofía hegeliana hable por ella; o dejando que la banalidad discursiva, mediática y sensacionalista, hable también por ella, en el ahora decadente. No es pues la “conspiración”, aunque la haya y se dé, la que integra todos los factores y componentes de las estructuras del sistema; la que comprende su composición institucional y sus funcionamientos. La “conspiración” es apenas una forma de interpretar el mundo y una manera de actuar en él. Las interpretaciones se dan de manera dispersa, sin ser congruentes; empero, se conectan, casi aleatoriamente, por así decirlo, en la totalidad del momento. La cosmovisión apocalíptica se transmite en los medios de comunicación; también, con menor intensidad y expansión, en la academia y en los discursos “especialistas” y “analistas”. En tanto que el pragmatismo político se efectúa y realiza en las formas de gubernamentalidad de los Estado-nación.  La hiper-burguesía, aunque sea menos del 1% de la población mundial, se representa lo que ocurre de distintas maneras. Sin embargo, a pesar de esta dispersión, incluso de esta desarticulación, se puede armar el rompecabezas y encontrar las conexiones entre las prácticas y los discursos del poder.

La hipótesis interpretativa que nos animamos a proponer es la siguiente: Ni la burguesía se auto-representaba de manera directa, tampoco la hiper-burguesía lo hace; sino, mas bien, la ideología define, en la trama de la narrativa hegemónica, las imágenes alegóricas de la burguesía, en un caso; las imágenes alegóricas de la hiper-burguesía, en el otro caso. La burguesía y la hiper-burguesía son representadas por las narrativas de la ideología. Como hablamos de ideología de manera plural, las imágenes alegóricas de la burguesía van a darse de distintas formas, cumpliendo distintos papeles, en las tramas de las distintas narrativas hegemónicas. Pueden la burguesía y la hiper-burguesía compartir algunas de las tramas y narrativas de la ideología; empero, no se trata de su “ideología”, sino, mas bien, de la ideología hegemónica compartida, por parte de la sociedad o toda la sociedad institucionalizada. Sobre todo, cuando se ejerce la hegemonía. Sino ocurre esto, es posible que comparta solo fragmentos de algunas narrativas de una ideología desolada o, en su caso, desesperada. En condiciones donde domina sin hegemonía.

¿Dónde buscar entonces la ubicación de la burguesía y de la hiper-burguesía en las formaciones sociales y en la geopolítica del sistema-mundo? Podemos decir que en la complejidad integrada de planos y espesores de intensidad del sistema-mundo capitalista. La burguesía y la hiper-burguesía no solamente se forman en el plano de intensidad económico, sino en los múltiples planos y espesores de intensidad que integra el sistema-mundo capitalista. Para simplificar el cuadro, podemos aceptar, provisionalmente, que la burguesía aparece como propietaria de los medios de producción, en el plano de intensidad económico; empero, aparece como encubierta en el plano de intensidad cultural, de dos maneras, por lo menos. Una, como la figura del perfil de los afortunados, los recompensados por el esfuerzo, los vencedores, sin cuestionar sus métodos. Otra, como la figura del perfil  de los pragmáticos, en su grafía diáfana; que es también perfil de los oportunistas, en su grafía mórbida; así como figura del perfil de crápulas y despiadados, en su grafía dramática. Por ejemplo, en lo que respecta al arte de vanguardia, la interpelación estética dibuja y pinta a la burguesía en la ironía de la levedad del ser; en cambio, en contraste, la versión mediática los representa en la individualidad triunfante, en el goce de la fama y de los logros. Dependiendo, en el campo escolar, la burguesía se difumina y es presentada como empresarios notorios o como nombres ligados a la revolución industrial. También se han dado, en otros periodos, programas académicos, donde los perfiles de la burguesía adquieren una figura más colectiva o, si se quiere, más corporativa; asociándola a rubros o, en su caso, a actividades, o comerciales, o industriales, o financieras. Con estos dos ejemplos, ya podemos darnos cuenta que en el plano de intensidad cultural la burguesía no goza del mismo privilegio y jerarquía que la dada en susituación en el plano de intensidad económico.

Sin embargo, interesa la condición estructural de la burguesía en el espesor de intensidad cultural. Para hacerlo fácil, la pregunta simple es: ¿Cuál la formación cultural de la burguesía? Ciertamente hay de todo, desde los perfiles sin formación académica, empero, con una gran destreza en los negocios, hasta los perfiles con formación académica, no siempre vinculada al campo o al rubro donde se desempeñan. Si bien, esta información y su consecuente descripción nos puede dar perfiles más concretos de la burguesía, lo que hay que remarcar, por el momento, es que la formación cultural de la burguesía no viene determinada por la causalidad económica, sino que, a pesar de contar con disponibilidades económicas, que le brindan accesos a la formación académica de calidad, por así decirlo, su formación cultural responde a otras historias, como las familiares.

Al no darse un determinismo entre su condición económica y el perfil cultural, solo considerando estos dos planos de intensidad, el económico y el cultural, además de considerar el espesor cultural, vemos que la ubicación de la burguesía es disímil en los dos planos de intensidad, además de ser como la colocación heredada en el espesor de intensidad cultural. Entonces, solo considerando estos dos planos de intensidad y el espesor cultural, vemos que la situación de la burguesía es variada. Simplificando aún más la exposición, por razones ilustrativas; sobre todo, para apresurar una hipotética conclusión; diremos que  ocurre como que en un plano de intensidad, el económico, la burguesía aparezca en una situación privilegiada; en cambio, ocurre como que en el plano y el espesor de intensidad cultural, la burguesía aparezca como desolada. No puede comprender su insatisfacción e infelicidad, a pesar de contar con abundantes recursos.

La conclusión, todavía, simple, además de provisional, es: no hay armonía en la composición compleja de la burguesía en los planos de intensidad económica y cultural, así como en el espesor de intensidad cultural donde se constituye como sujeto social. Se trata, para lograr expresar una figura filosófica ilustrativa, aunque inadecuada, de un sujeto desgarrado y de una consciencia desdichada.

Cuando tomamos en cuenta la situación de la hiper-burguesía, en la etapa tardía del sistema-mundo capitalista, en la fase de la dominación del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, conviene más bien, acercarse a definir el perfil de la hiper-burguesía de manera distinta y contrastante a la de la burguesía de la ilustración. Por ejemplo, como la que ha logrado una formación académica; goza de los privilegios del acceso a universidades elitistas, adquiriendo buena educación, ponderada institucionalmente. Sin embargo, este capital cultural, no resuelve la disyunción entre su situación en el plano económico y su situación en el plano y espesor cultural. En esta etapa tardía del capitalismo y de la modernidad, si bien, siguiendo a Gilles Lipovetsky, se puede suponer la culturización de la economía y la economización de la cultura, así como la estetización de la economía y la economización de la estética. Cuando no se puede distinguir las fronteras entre expresión estética, valorización económica y consumo del goce o a través del goce banal, la hiper-burguesía tampoco comprende su situación en la complejidad integrada del sistema-mundo capitalista. Se puede decir, proyectando la interpretación hipotética, que tampoco le interesa comprender su situación, como de alguna manera ocurría con la burguesía industrial, sino que opta por un pragmatismo cínico. Donde no interesa responder a las preguntas, si se quiere, existenciales, sino solamente actuar, decidir, gozar y simular; estando atrapada en el show de la fama y del consumo descomunal. También, en este caso, el de la situación de la hiper-burguesía, no hay armonía en su constitución subjetiva.  El desgarramiento de este sujeto dominante se mantiene, así como su consciencia desdichada.

Las consecuencias de esta hipotética interpretación son las siguientes:

1.   No puede conformarse o darse una armonía en la constitución de un sujeto social dominante, precisamente porque la dominación rompe la posibilidad de toda armonía.

2.   La armonía subjetiva, para decirlo de esa manera, con los términos heredados de la filosofía y la psicología, solo es posible si se logra armonizar con la complejidad integrada de las sociedades y la complejidad dinámica de las ecologías del planeta.

3.   Esto equivale a renunciar al aparente privilegio que otorga la dominación, renunciado a la dominación misma. Obviamente, esto no se hace sin el querer hacerlo, sin la voluntad, por lo tanto, sin comprender. Esta actitud tampoco parece posible, debido a las estructuras de poder, materializadas en las mallas institucionales, cristalizadas en los habitus. De todas maneras, el boceto de esta posibilidad ayuda a configurar el contraste, si se quiere, binario, de la estructura de la dominación, enfocada desde la composición subjetiva.

4.   En contraste, del otro lado, las subjetividades dominadas, subalternadas, definen un perfil donde se comprende lo que pasa; se experimenta la vulnerabilidad, la exposición ante la contingencia, la insatisfacción de las necesidades, la violencia de la explotación, la discriminación, la subordinación y la subsunción; además de la desvalorización de la dignidad humana. La experiencia social ayuda a comprender la condición social en la formación social. Sin embargo, a pesar de esta comprensión, de este saber en el plano de intensidad cultural y de su constitución afectada en el espesor de intensidad cultural, sin olvidar su desventaja en el plano de intensidad económico, la composición subjetiva es la del desgarramiento, siendo, también, otra versión de la consciencia desdichada. Tampoco hay, pues, armonía.

5.   Si entendemos a las ideologías como sistemas interpretativos operativos, podemos comprender que la ideología como tal no pertenece a una clase, por ejemplo, la burguesía, sino es como la atmósfera o el clima donde la burguesía ejerce hegemonía. En consecuencia, es en la ideología donde se participa en la significación del mundo.

6.   Entonces, la burguesía no se interpreta de manera inmediata y directa como tal, sino los que lo hacen son otros; filósofos, políticos, ideólogos, historiadores, sociólogos, politólogos. La burguesía puede compartir estas interpretaciones, de una manera completa o parcial; así como, mas bien, ecléctica. Lo que importa es que la ideología funcione en la sociedad, haciendo que ella, sus estratos sociales, colectivos, grupos, clases, se reconozcan o rechacen la narrativa ideológica.

7.   La ideología como sistema operativo acompaña las prácticas sociales, las acciones, las disposiciones y predisposiciones; en definitiva, acompaña la actividad social, la incidencia de las clases sociales, de los colectivos, de los pueblos, de los grupos. La ideología define sentidos en los contextos de las prácticas y relaciones sociales. Sobre todo, la ideología cobra importancia al momento de políticas de Estado, particularmente, cuando adquieren connotaciones de alcance.

8.   En lo que respecta a las estrategias, los despliegues, la extensidad e intensidad del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, la ideología juega papeles preponderantes. Anticipa una concepción de mundo, valoriza o presenta un cuadro de valores del mundo representado, jerarquiza la importancia de los valores y, en consecuencias de las conductas y comportamientos, por lo tanto, de las prácticas. El mundo representado por la ideología presenta una visión lineal, evolutiva y circunscrita al pragmatismo eficaz de la economía, que hace de base o zócalo del mundo, considerando su arquitectura histórico-política-social-cultural. En este mundo representado las formas del extractivismo, en sus distintos despliegues, dependiendo de los recursos que explota, son consideradas  como los primeros pasos al “desarrollo”, en la versión nacionalista, o como inversiones pertinentes en cuanto al crecimiento económico, en la versión liberal. Dicho de un modo sencillo, se considera al extractivismo como actividad económica necesaria.

9.   Ahora bien, las ideologías como sistemas operativos funcionan de distinta manera cuando se trata del capitalismo especulativo y las guerras de laboratorio. En lo que respecta al capitalismo especulativo, es decir, a la dominancia del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, la ideología en curso funciona con pretensiones técnicas y poses científicas; las mismas reducidas a la contabilidad y a un mundo económico esquemático, que se mueve por la oferta y demanda. En lo que respecta a las guerras de laboratorio, la ideología funciona casi como portavoz moderna de la religión. Señala la amenaza apocalíptica, que tiene cara del terror; califica como “terrorismo” lo que le parece que son acciones inducidas por el mal.

La guerra y la paz

Podríamos comenzar con dos figuras genealógicas; una, la guerra en la filigrana de la paz; la otra, la paz en el corazón de la guerra. ¿Son dos figuras duales, opuestas, o, mas bien, complementarias, articuladas paradójicamente? No decimos que la guerra nace en el vientre de la paz, ni que la paz es anhelada en la guerra. Lo que queremos hacer es encontrar su conexión paradójica, sobre todo, la complejidad dinámica que relaciona estas figuras; por cierto, no como oposiciones duales, sino como situaciones paradójicas de un mismo acontecimiento. ¿Cuál es este acontecimiento que es la guerra y la paz simultáneamente? De entrada vamos a descartar dos tesis que han conformado teorías, hasta corrientes teóricas, en la ciencia política, también en las teorías de la guerra, así como en la filosofía. Una de las tesis es la que concibe a la guerra como matriz de la sociedad, por lo tanto, también de la paz; la otra tesis es la que concibe el origen arcádico en la paz matricial, algo así como el paraíso perdido. Podemos nombrar a la primera tesis como genealógica y a la segunda tesis como romántica.

El problema de estas tesis es no solamente la conjetura sobre el origen puro, que recuerda inmediatamente el mito, sino que no explica cómo aparece o emerge la guerra, de dónde, de qué matriz; lo mismo pasa con la otra tesis, no explica la presencia de la paz, salvo la narrativa romántica del comienzo armónico y primordial. Tanto la guerra y la paz, si las tomamos como situaciones, son eventos complejos, no pueden reducirse a un origen puro; tampoco a un factor desencadenante; por ejemplo, un supuesto instinto bélico o la memoria olvidada de la armonía natural. Aunque después se tengan teorías más elaboradas, el hecho de haber arrancado de estas premisas fundamentales gravita sobre las teorías; por ejemplo, algunas corrientes teóricas parten de la premisa del origen puro, después explican la guerra de una manera descriptiva. Pueden llegar a generar explicaciones, en base a estas descripciones, proponer teorías deterministas o historicistas, así mismo, estructurales o dialécticas, también geopolíticas; empero, estas teorías, por más elaboradas que lleguen a ser, al no haber revisado su fundamentos, la conjetura inicial, quedan sin llegar a comprender el acontecimiento mismo, tanto de la guerra como de la paz.

Es insostenible la tesis del instinto agresivo, innato en el hombre, ya se haga hincapié como constitutiva de la identidad o como predisposición a la defensa, incluso como consecuencia de la posesión de territorio o concepción territorialidad. El cuerpo no parece funcionar a partir de instintos, sino, mas bien, parece responder a las dinámicas complejas de la percepción, donde sensibilidad, imaginación, razón, se integran dando lugar a distintas composiciones de la percepción. Lo que se llamó instinto, que tendría que ver con la información genética, transmitida al fenotipo, en el contexto de su ontogénesis, suponiendo el entramado filogenético, al encontrarse en el cuerpo, al formar parte de las dinámicas corporales, no puede funcionar aisladamente, sino en conexión y articulación con la fenomenología de la percepción.

Por otra parte, la percepción humana no se restringe al individuo, sino también funciona socialmente o es conformada también socialmente. La percepción, corporal y de la corporeidad social, es configurada socialmente y es configuradora de lo social. En este tejido bio-social se inscribe lo institucional. Hemos dicho que los nacimientos de las genealogías institucionales aparecen como estrategias de sobrevivencia, también como formas de cohesión consolidadas de las comunidades, así como mecanismos de distribución de funciones, también clasificaciones expresadas en símbolos, alegorías simbólicas, mitos. Hemos buscado en las genealogías de las instituciones la emergencia de la guerra y del poder, de sus genealogías propias.

En las hipótesis interpretativas que lanzamos, la guerra viene a ser como una construcción institucional. Ahora bien, los dispositivos ligados a la guerra son las máquinas de guerra. Las instituciones y las máquinas de guerra se inscriben en los cuerpos; entran en relación con las dinámicas corporales. Es explicable, entonces, que las instituciones puedan capturar fuerzas vitales, puedan incluso incidir en los comportamientos y conductas, aprovechando energías corporales, codificadas y decodificadas institucionalmente. De esta manera, se puede interpretar, que las máquinas de guerra cuentan con “guerreros” iniciados, ungidos y constituidos por las instituciones.

El problema que no es fácil interpretar, incluso hipotéticamente; la problemática puede ser dibujada por la pregunta: ¿por qué las sociedades humanas, al construir sus instituciones, como instrumentos de sobrevivencia y de cohesión social, se han dejado atrapar por ellas, convertidas en fetiches, como si fueran el origen y el fin de las sociedades? En estas condiciones de enajenación, las sociedades generaron diagramas de poder, estrategias de poder, bio-poderes, que se alimentan, viven y reproducen, con la captura de fuerzas, con la captura de vida, de energía vital, que son usadas en el desarrollo y acumulación del poder. Esta situación ha llegado a tal punto, que se ha convertido todo esto, estos substratos de procesos y estructuras estructurantes, las genealogías institucionales, los diagramas de poder, las máquinas de guerra en una amenaza a la vida.

Una larga guerra, dilatada en décadas, como deteniendo al país en la eternidad de la violencia. Guerra cuyos comienzos no se olvidan; empero, se borran sus perfiles, que fueron claros al inicio. Guerra cuyos horizontes se pierden en la bruma; que quizás fueron definidos de una manera, mas bien, nítida, que, sin embargo, se volvieron confusos, después de tantos años de guerra. Cuando después de esta larga guerra, que deja agotados a los contrincantes, al pueblo, a la sociedad, cansados de muertos, de heridos, de desaparecidos, cansados de las consecuencias destructivas de la violencia desatada, llega la promesa de la paz, como un acuerdo logrado, discutido durante otros buenos años,  es como luz que alumbra al final del túnel.

El Acuerdo de Paz entre las FARC y el gobierno colombiano, firmado en la Habana, es esta luz al final del túnel. Un acuerdo, difícil de lograrlo; empero, logrado al fin. Aunque sea solo eso, acuerdo; documento firmado por ambas partes y los garantes. Esto, ciertamente, no es la paz; sin embargo, es un compromiso para desplegar las voluntades encontradas para alcanzar la paz, poniendo lo de las partes todo lo que se pueda para lograrlo. Sabemos, que esto no basta; como dice el refrán popular: el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Lo que ocurra no depende del documento firmado, de los acuerdos logrados, incluso de las voluntades puestas, aunque sea al inicio. Lo que ocurra o pueda ocurrir depende de lo que haga el conjunto de la sociedad, el conjunto del pueblo, de la acumulación de voluntades singulares, puestas en escena; así como de sus prácticas desplegadas, de las fuerzas desenvueltas y, obviamente, de las correlaciones de los campos de fuerzas. Depende del pueblo, en pleno ejercicio de sus libertades y haciendo respetar sus derechos, ejerciendo la democracia, el que se cumpla con el acuerdo logrado; haciendo, además, que este acuerdo se efectivice, realizando la oportunidad histórica-política aprovechada.

Reflexiones en torno al Acuerdo de paz

Comenzaremos con una pregunta provocativa: ¿Quién ha ganado la guerra? El presidente Juan Manuel Santos, en su discurso, después de la firma del Acuerdo de Paz, dijo que no hay “ganadores” ni “perdedores”, la que ha ganado es la sociedad Colombiana, la que ha ganado es la paz. ¿Es así? El Acuerdo de Paz tiene la característica del acuerdo como de dos Estados, aunque uno sea institucionalizado, y el otro sea una proyección posible. El Estado-nación colombiano, respaldado por el Estado-nación estadounidense norteamericano, por el gendarme del imperio, del orden mundial del sistema-mundo capitalista, en su etapa decadente, a pesar de la disponibilidad de fuerzas concentradas, del monopolio de la violencia legítima, de un engrandecido ejército para luchar contra la guerrilla, ha tenido que asumir, primero, las conversaciones para dar apertura al acuerdo; después, ingresar en las conversaciones mismas del proceso del acuerdo de paz, para, ocupando tres años, culminar con un Acuerdo de Paz, convenida por ambas partes. ¿Quién ha ganado? ¿Nadie?

No parece plausible esta conclusión; no es sostenible, incluso en el caso que se aclare que es el pueblo colombiano el que ha ganado, también la paz; lo que de por sí, es convincente. Gana el pueblo colombiano el acuerdo de paz; ¿qué significa esto? Diremos, de la manera más abierta, ni optimista, ni pesimista, que el pueblo colombiano gana la oportunidad y la posibilidad de resolver los problemas candentes, que han arrastrado a una guerra que parece interminable. Bueno, empero, debe quedar claro, que se trata de una oportunidad; no de una efectiva materialización de la paz misma. Tampoco del camino ya hecho hacia otras formas, no bélicas, de resolver los problemas sociales, políticos y perversos, como los relativos a la economía política del chantaje. La experiencia social y política del pueblo colombiano, le ha enseñado, que los acuerdos de paz, terminaban en el asesinato de los guerrilleros que entregan las armas, como ocurrió con el M-19. No es, ciertamente, el mismo contexto histórico-político, tampoco son los mismos sujetos sociales, políticos y militares, los que firman el reciente acuerdo de paz; empero, la experiencia enseña que no se puede cantar antes de que amanezca, antes de que los primeros tenues rayos del sol, se anuncien, aunque sea como iluminaciones latentes.

De todas maneras, la firma del Acuerdo de Paz ya es un desenlace del largo conflicto. Se puede decir, por lo menos, como conclusión provisional, que si un Estado-nación, concretamente su forma expresa y gubernamental, el gobierno, el Congreso, el poder judicial, se ven empujados a dialogar y, después, firmar con el que consideraron, durante tanto tiempo, el enemigo, es que, primero, constata que no puede vencer la guerra. Lo que ya es, de por sí, una cierta victoria de la guerrilla. Esto significa, por lo menos, que la correlación de fuerzas parece equilibrada. Se ha llegado a un punto de estancamiento.

En segundo lugar, el contenido del Acuerdo de Paz toca tópicos y temas estratégicos, que no solamente se refieren a la conclusión del conflicto, a las condiciones estrictas de paz, en el sentido restringido, sino a las condiciones de posibilidad de una paz duradera, para decirlo sencillamente. El Acuerdo de Paz toca problemáticas que fueron como despejadas, desdeñadas o encubiertas, incluso ignoradas por los gobiernos del Estado-nación colombiano, como, por ejemplo, el relativo a la cuestión agraria y a la reforma agraria. También se toca el ámbito complicado y problemático del tráfico ilícito; lo que ya es un avance, incluso más, un desplazamiento del contexto político. Así mismo, el incorporar al Acuerdo de Paz y a la realización del acuerdo la condición educativa y la necesidad de su expansión, atendiendo a todo el pueblo, es un desplazamiento del tratamiento del tema, abarcando a las fuerzas involucradas en el conflicto, también a las organizaciones sociales. Sin embargo, faltan tópicos y temáticas, que atingen a problemáticas fundamentales, como la relacionada a no solamente los derechos de las naciones y pueblos indígenas, así como de los derechos de los pueblos afros, sino a su reconocimiento pleno como pueblos. Lo que implica, de suyo, tratándose de estas naciones y pueblos, resolver la problemática maldita heredada de la colonia. No se puede hablar ni de democracia, ni de república, si los Estado-nación y las sociedades institucionalizadas, se edificaron sobre cementerios indígenas y sobre la sangre y los huesos de los y las esclavizadas.

Por otra parte, en el Acuerdo de Paz, no ha participado directamente el pueblo colombiano. Falta entonces, sin que el pueblo, por lo menos, en mayoría, esté en desacuerdo con el Acuerdo de Paz, que el pueblo y la sociedad colombiana participen plenamente en la construcción colectiva de la paz. Participen con su pluralidad, con sus multiplicidades, con sus territorialidades, con sus singularidades, dándole dinámica a una construcción de la paz, que se debe dar en la pluralidad de los planos y espesores de intensidad de la formación social-territorial-cultural integral. Que sea una paz en los distintos planos y espesores de intensidad, construida como estética y fenomenología de la potencia social.

La plataforma jurídico-política del Acuerdo de Paz

Un primer tópico en el Acuerdo de Paz, titulado Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, es Hacia un Nuevo Campo Colombiano: Reforma Rural Integral. En esta línea del Acuerdo de Paz, la Reforma Rural Integral aparece como la condición de posibilidad histórico-política-económica, no solamente para la paz duradera sino, sobre todo, para la transformación social; aunque sea visualizada en el alcance de las reformas sociales, políticas y económicas. Estas transformaciones harían como del substrato material, que hace posible la duración de la paz y la paz duradera.

La guerra de guerrillas de las FARC-EP comenzó en el campo, como autodefensas campesinas contra la agresión de los grupos paramilitares, ligados al narcotráfico, y contra la violencia injustificada del ejército, al servicio de una parte de la oligarquía, que solo conoce la forma de la expropiación de tierras campesinas para expandir sus haciendas; apropiándose de las tierras de las formaciones campesinas. Entonces, la guerra de las cinco décadas y más, tiene su procedencia en la cuestión agraria; concretamente en la lucha de clases en el campo, para decirlo de ese modo, usando esta definición marxista, para sintetizar las descripciones. Por lo tanto, la clausura del conflicto armado tiene que partir del acuerdo sobre la cuestión agraria y la reforma agraria, cuya salida es anunciada como reforma rural integral.

En el documento del Acuerdo de Paz se concibe una reforma agraria, que no solo devuelva la tierra a los poseedores y propietarios legítimos, las familias campesinas; tierra usurpada por la violencia paramilitar, ligada a la violencia del narcotráfico; sino que integre las economías campesinas a las dinámicas económicas y sociales, ya configuradas en su articulación equilibrada, por así decirlo. Lo que implica la promoción y el apoyo, no solo técnico y económico, sino, sobre todo, de las formas de las economías campesinas; que son oikonomías, que se mueven en distintos planos y espesores de intensidad, integrándolos en aras de la reproducción de la comunidad campesina[30].  La búsqueda de complementariedades y solidaridades de zonas y regiones, de ámbitos de producción, articulando los rubros y bienes en espacios de circulación y, si se quiere, de intercambio,  que fortalezcan la cohesión social y menos la competencia, que sostengan estrategias de potenciamiento social; resolviendo los problemas heredados de las sociedades institucionalizadas, basadas en las estructuras de las desigualdades.

El discurso del escrito del Acuerdo de Paz, se desplaza a una percepción abierta y plural, comprendiendo el papel dinámico de las mujeres campesinas. En este sentido, no solo resaltando su valorización, reconocimiento y definiendo derechos singulares y colectivos, además de derechos de género; sino comprendiendo la importancia de las actividades femeninas, en el sentido del contraste de género. No solo en la capacidad producente de las economías campesinas; en todo caso, sobre todo, en la interpretación más aguda de las formaciones sociales campesinas; otorgándole una tonalidad más humanista y más afectiva.

Por otra parte, al hacer hincapié en la importancia crucial de los niños y niñas, de los y las jóvenes, pues corresponden, en el presente, a las posibilidades de porvenir y futuro, se plantea la necesidad de entregarles un mundo sin los problemas álgidos heredados; problemas ocasionados por las anteriores generaciones. Esta connotación en los derechos de los niños y jóvenes de contar con el acceso a oportunidades sólidas y solventadas, lleva a la necesidad de plantearse, contemplando la complejidad de la tarea, la formación y la educación integral, actualizada y pertinente. Esto implica algo que va más allá de la reforma educativa; entonces, mas bien, revoluciones educativas, que puedan incidir en la liberación de la creatividad humana.

Así mismo, el documento menciona a las poblaciones afrocolombianas y los pueblos indígenas, haciendo alusión a lo que podemos llamar la multiculturalidad. Este desplazamiento discursivo modifica el planteamiento de la reforma agraria, considerando la misma, no solo desde la problemática de la tenencia de la tierra, sino desde las composiciones singulares, según la incidencia formativa cultural. Sin embargo, la multiculturalidad, enunciada de esta manera, todavía es una mención sin consecuencias materiales, en la medida que se encuentra detrás de la interculturalidad, que ya comprende la interacción y el entramado social. Imbricaciones que entrelazan las singularidades culturales de las composiciones de las formaciones campesinas. Es más, la multiculturalidad está lejos del alcance del reconocimiento de la condición de la plurinacionalidad, en el sentido de identidades colectivas y proyectos civilizatorios. Esto último es de suma importancia, pues implica la tarea efectiva de la descolonización.

Anotando otros límites del Acuerdo de Paz, que pueden ser considerados como umbrales, que se pueden cruzar, para ir más allá de los límites; ingresando a otros agenciamientos, en los espacio-tiempo-sociales de otros horizontes histórico-políticos-culturales. Otra limitación corresponde a la concepción todavía economicista, a pesar de las incorporaciones sociales, educativas y culturales. Todavía el mercado, como paradigma o referente condicionante, se encuentra gravitando como “realidad” última; la cual debe ser atendida con “objetividad”, incluso pragmatismo. No se ha llevado a cabo la crítica del fetichismo de la mercancía, por lo tanto, del fetichismo del mercado, así como del fetichismo de la valorización monetaria. Aunque se mencione la necesidad imprescindible de la seguridad alimentaria, de la nutrición, de la producción de bienes alimenticios, estos conceptos se relativizan y orbitan alrededor de la teoría del valor.

Un trastrocamiento profundo de las estructuras agrarias heredadas requiere, no solo del mejoramiento de las condiciones económicas de las formaciones campesinas, incluso del mejoramiento de sus condiciones de vida, sino de salir del paradigma economicista, de las conjeturas del determinismo económico, explicitas  o implícitas. Ingresar a la comprensión de la complejidad dinámica de las formaciones espacio-temporales-territoriales-sociales de las oikonomías campesinas.

Por otra parte, el trastrocamiento, del que hablamos, requiere de otra concepción, no dualista, de la llamada relación rural-urbana, campo-ciudad. El esquematismo dualista de la episteme de la modernidad ha reducido la realidad efectiva a los contrastes o, si se quiere, contradicciones binarias. Solo considerando uno de los fenómenos concretos de esta supuesta relación dualista, el de la migración rural-urbana, vemos que tal dualidad es más aparente que efectivamente real. Más parece que se conforma una articulación paradójica, donde lo rural y lo urbano forman parte, mas bien, de procesos de composición y de combinación, que subsumen lo que supuestamente es rural a lo que supuestamente es urbano. Lo que parece, mas bien, conformarse, son espacios estriados, cartografías políticas, cartografías sociales, si se quiere, geografías humanas, que definen ciclos institucionales, de concentración poblacional y de vaciamiento demográfico. Pues, de lo que parece tratarse es que el espacio vaciado del campo sea llenado por monocultivos extensivos y tecnologías agrarias eficaces y productivas.

En otras palabras, lo que parece adecuado, ante semejantes tareas a las que alude el Acuerdo de Paz, en lo que respecta a la reforma rural integral,  es replantearse otra concepción, diferente al dualismo rural-urbano. Concibiendo las ciudades como convergencias, no solo de poblaciones migrantes, sino como lugares de condensación de procesos de vaciamiento del campo; llenando los lugares de saturación urbana con la convergencia de procesos descomunales anti-ecológicos; por lo tanto, contrarios a la vida.

El trastrocamiento del que hablamos, también involucra la reconsideración regional, continental y mundial; es decir, la ubicación y situación de las formaciones campesinas en la región, en el continente y en el mundo. Esto significa, por lo menos teóricamente, la extensión del alcance de las complementariedades y solidaridades a escala regional, continental y mundial. Las formaciones campesinas, a pesar de sus singularidades, están en el mundo efectivo, forman parte de sus dinámicas y sus devenires. Así como las oikonomías campesinas inciden en el país, en la región y en el mundo; de manera parecida o, más bien, simétrica, el mundo incide en las formaciones campesinas. Al respecto, aunque lo enunciado parezca una utopía, casi inalcanzable, no hay que olvidar que el Acuerdo de Paz, es un acontecimiento ético-político, no solo nacional, sino regional, continental y mundial. En este sentido, el Acuerdo de Paz, como tal, ya incide en el acontecer mundial. Decir que las economías campesinas colombianas tienen, desde ya, evidentemente, como realidad efectiva, sinónimo de complejidad, como horizonte de irradiación a la región, al continente y al mundo, entraña que las transformaciones agrarias rurales integrales, al tener estos alcances de su irradiación, deben concebirse en estos contextos, potenciando las posibilidades inherentes a estas oikonomías campesinas.

Ahora bien, estamos ante la responsabilidad del cumplimiento del Acuerdo de Paz; lo que significa que se trata de un consenso entre partes. Implica el respeto a los acuerdos; en consecuencia, envuelve el reconocimiento fáctico los derechos de los otros; en este caso, de los propietarios de tierras, en su condición agropecuaria, incluso agroindustrial. Lo que no implica el respeto a los grandes latifundios, en gran parte improductivos. Además, dedicando sus tierras al monocultivo devastador, así como al cultivo de excedentes ilícitos, destinados a la producción de mercancías de la ilusión degradante de la civilización moderna, en su etapa decadente. De ninguna manera. Entonces, desde la perspectiva del Acuerdo de Paz, estemos o no de acuerdo, tengamos o no otra concepción de la propiedad, es menester cumplir con la responsabilidad asumida, de respetar la propiedad productiva. La pregunta que emerge es: ¿Es posible la convivencia entre la propiedad privada de la tierra no-campesina con las formas de propiedad y posesión campesinas?

Quizás sea esta problemática, si se quiere de transición, mediana o larga, la de importancia primordial y operativa, en lo que respecta a la realización del Acuerdo de Paz.  El Acuerdo de Paz, como dijimos, es resultado, entre otras circunstancias, de la correlación de fuerzas. Si es esto el Acuerdo de Paz, es decir, lo que se puede hacer, lo que es posible y viable hoy; entonces, ya se parte de este dato, la resultante de la correlación de fuerzas. De lo que se trata entonces, es de intentar llevar a cabo transiciones adecuadas y efectivas; se trata de construir entre las partes involucradas, condiciones de posibilidad económicas de congruencias colaterales y correlativas, que fortalezcan los ámbitos económicos de la diversidad de formaciones sociales singulares, que hacen a la totalidad, por así decirlo, de la formación social nacional. Dicho, de manera sencilla, la pregunta sería: ¿Cómo hacer para crear condiciones de posibilidad y reglas del juego donde las distintas formaciones económicas nacionales, de los ámbitos productivos, puedan engranar, fortalecerse mutuamente; configurando una convivencia plural, en aras de transiciones pacificas?

Tal parece que la construcción colectiva de la paz exige la participación abierta del pueblo y la sociedad colombiana, de todas sus partes componentes; suponiendo el compromiso de lograr consensos operativos, que viabilicen el Acuerdo de Paz. Es responsabilidad de todas las partes, si se quiere, repetir, de alguna manera, obviamente singular, dependiendo de la particularidad en cuestión, lo que las partes inmiscuidas oficialmente en el Acuerdo de Paz hicieron; llegar a un Acuerdo.  En estas cuestiones, lo que importa son los acuerdos singulares, entre partes concretas involucrados, sin definir tiempos perentorios. Todas las partes involucradas, en los distintos problemas específicos y localizados, tienen como punto de partida, la defensa de la vida.

Democracia y participación

El segundo tópico y problemática temática abordada por el Acuerdo de Paz es el de Participación política: Apertura democrática para construir la paz. Se trata de la democracia; es decir, del gobierno del pueblo. Se habla de la profundización de la democracia por la vía participativa, la promoción de la participación de los y las excluidas; sobre todo, en las zonas de conflicto, que son donde habitan las poblaciones más afectadas por la guerra. Ciertamente, este eje del Acuerdo de Paz es indudablemente un importante avance, no solamente en lo que respecta a la situación beligerante del conflicto, que prácticamente suspende derechos, como si se estuviera en un permanente Estado de excepción, sino respecto a la concepción liberal y restringida de la democracia, en su sentido formal e institucional. Sin embargo, es indispensable detenerse a reflexionar sobre la democracia.

La democracia, que significa gobierno del pueblo, no es otra cosa que autogobierno del pueblo. La modernidad ha constituido una democracia restringida, formalizada, institucionalizada; empero, no, de ninguna manera, una democracia plena. Esto implica comprender que el ejercicio de la democracia plena, en el sentido de autogobierno del pueblo, se hace posible cumpliendo otras condiciones de posibilidad política; una de ellas, de crucial importancia, es el dar la palabra al pueblo, para que diga su verdad. Otra condición de posibilidad política, es la verdad misma, como descripción exhaustiva de los hechos y sucesos, así como la interpretación colectiva, construida deliberativamente. La tercera condición de posibilidad política, es la ética; en otras palabras, el sentido comunitario y social compartido, como sentido de vida y como afecto a y de la vida. Estas tres condiciones de posibilidad política sostienen el ejercicio de la democracia.

Dar la palabra al pueblo no solo significa escucharlo, sino que su palabra tenga efectos políticos; es más, efectos de Estado. A esto llamaremos la construcción colectiva de la decisión política. También, en consecuencia, implica la participación social en los asuntos de Estado; no solamente como consulta, referéndum, plebiscito, ni tampoco, mucho menos, el acto electoral, sino la participación vinculante; es decir, la construcción de la institucionalidad desde las dinámicas mismas populares. Como se puede ver, para cumplir con estas otras condiciones de posibilidad política, no basta con abrirse a la participación, en general, sino que se requiere de una democracia participativa, que es, en sí misma, democracia, en sentido pleno de la palabra. No basta ampliar los derechos de los y las ciudadanas, incluso valorando la participación de las mujeres y de las poblaciones afectadas por la guerra, sino dejar ejercer al pueblo su potestad, que es del hacer gobierno; es decir, gobernar. Bueno pues, esto puede parecer, hoy por hoy, inalcanzable, por lo menos, en la coyuntura; lo que no quiere decir que no se busque lograrlo, para realizar la democracia y no suplantarla por caricaturas, aunque sean mejores mascaras que las anteriores. Visto de esta manera, se considera, entonces, a lo establecido por el Acuerdo de Paz, como un avance importante, en el sentido de establecer condiciones institucionales para estructurar una paz duradera. Por lo tanto, se puede comprender que se trata de transiciones consensuadas, en la perspectiva de avanzar a la democracia en sentido de autogobierno del pueblo.

Amerita una reflexión de la responsabilidad en la tarea del cumplimiento del Acuerdo de Paz en el presente. Como dijimos, se trata de la oportunidad histórico-jurídico-política para construir una paz duradera y sostenible. Se puede decir que la realización y la materialización del Acuerdo de Paz es una tarea primordial en la coyuntura. ¿De qué depende que se cumpla? ¿Cuál el alcance de la irradiación de la tarea? En otras palabras, ¿cuál es la relación del presente con el porvenir? Dicho de otro modo, ¿qué contiene el presente como campos y espesores de posibilidad? No se puede responder a estas preguntas si no se ausculta en la complejidad dinámica de las composiciones y combinaciones de la formación espacio-temporal-territorial-social de Colombia. No pretendemos contar con esta comprensión, entendimiento y conocimiento; de ninguna manera. Al no contar con esta condición de posibilidad de intuición, comprensión y entendimiento, cuyo substrato fenomenológico se encuentra en la experiencia social y política y en la memoria social del pueblo, abarcando sus pluralidades, sus multiplicidades y sus singularidades, optamos por hipótesis aproximativas y prospectivas, que sondeen, por así decirlo, la geología estratificada de la complejidad dinámica integrada de la formación social colombiana. Solo contamos con cierta información, mas bien, descriptiva, y con los análisis que ya efectuamos con el mismo propósito; el artículo que  dibuja este boceto es La guerra prolongada. En consecuencia, solo intentamos diseñar otras hipótesis interpretativas y prospectivas, respecto al campo de posibilidades inherentes en las extrañas del presente.

Apuntes sobre la formación social colombiana

1.   La formación social colombiana articula territorialidades culturales, sociales y económicas, que se pueden describir adecuadamente desde la perspectiva de la geografía humana; que en la semántica política, sobre todo, en los registros de la memoria política, se nombran como regiones. Las cuales han estado en disputa desde el comienzo mismo de la independencia; buscando, cada una, su propia hegemonía sobre el resto. Y si no se conseguía esto, su autonomía, por lo menos relativa, respecto a un centro dominante.

2.   Por esto, el proyecto federalista arraigó, desde un principio o nacimiento republicano del Estado-nación. Entonces, se puede conjeturar que los proyectos encontrados eran, por una parte, los proyectos regionales; por otra parte, los proyectos regionales en disonancia con un proyecto unitario y centralizador.

3.   Se puede decir que sobre este substrato histórico-político-territorial emerge el conflicto, la beligerancia y la guerra entre liberales y conservadores.

4.   En consecuencia, se puede conjeturar que, sobre la base, por así decirlo, del pleito geográfico y político de las regiones, emerge el conflicto político e ideológico entre liberales y conservadores. Esta anotación nos lleva a suponer que estamos ante,  por lo menos, por el momento, dos espesores del conflicto social y político. Uno, que corresponde al pleito geográfico político entre las regiones, lo que es distinto a hablar de geopolítica; otro, que corresponde a la predisposición y disposición de las fuerzas, convocadas por discursos ideológico-políticos; uno liberar, el otro conservador. Entonces, las procedencias o los nacimientos de la guerra permanente en Colombia, tienen que ver con un doble código o de codificaciones, que configura interpretaciones, también tramas y narrativas sociales; tejidas desde las regiones y desde la interpelación liberar y la defensa de la estructura institucional conservadora. Un circuito de códigos tienen que ver con las percepciones regionales, principalmente de las oligarquías regionales;   otro circuito de códigos tienen que ver con la convocatoria liberal, de carácter, mas bien, popular, en esas primeras etapas del largo conflicto político y bélico. Convocatoria enfrentada a la herencia ideológica colonial de las oligarquías latifundistas conservadoras.

5.   En La guerra permanente escribimos:

Se dice que el Estado-nación de Colombia fue inestable entre 1839 y 1885, lapso cuando se dieron lugar a unas secuencias de guerras civiles, inscribiendo su huella perdurable.  Estas guerras civiles respaldaron cambios constitucionales, cambios de régimen, incluso cambios de nombres. Un golpe político militar llevó al poder a José María Melo, en 1854; gobierno de facto que duró solo algunos meses. Derrocado Melo, se promovió el reajuste del ejército; lo que parecía ser la condición necesaria para instaurar el federalismo establecido en 1858. Sin embargo, esta situación no duró mucho; al poco tiempo estalló la quinta guerra civil, con una rebelión en el estado de Cauca. Desde entonces se hizo patente la inestabilidad, hasta 1876, en todo el periodo de legalidad de la Constitución de Rionegro; Constitución que otorgaba autonomía a los estados, así como permitía la organización de ejércitos regionales, que hacían de contrapeso al gobierno central. En este panorama regional, estallaron cerca de cuarenta guerras civiles regionales, solo una nacional. Los liberales radicales, insatisfechos ante este equilibrio inestable entre regiones y gobierno central, se levantaron en armas, intentando derrocar al presidente Rafael Núñez, en 1884, empero, el levantamiento fracasó.

La llamada Guerra de los Mil Días da comienzo al siglo XX. La crisis estatal se agrava con la pérdida de Panamá; separación instigada por las potencias imperialistas, que necesitaban el canal para ahorrar recorridos y tiempo, además de costos, en los viajes del Atlántico al Pacífico.  En una coyuntura aciaga el presidente Rafael Reyes se ve presionado a renunciar (1904-1909). De todas maneras, en 1930, culmina la hegemonía conservadora despuntada en 1886. Un liberal ganó las elecciones presidenciales, poniendo fin a casi medio siglo de gobiernos conservadores. La presidencia de Olaya Herrera (1930-1934) comenzó el periodo denominado de la República Liberal; los liberales se sucedieron en el poder durante un poco más de una década y media; desde 1930 hasta 1946.       

Después vino el dramático periodo denominado de “La Violencia”; se trata de los doce años, que se extienden de 1946 a 1958. Hablamos de guerra civil prolongada entre liberales y conservadores; se dice que esta guerra arrojó más de 300 mil muertos. Como consecuencia de esta guerra civil, se ocasionó el desplazamiento de miles de campesinos, trasladándose a las ciudades, desalojando el campo, buscando refugio. Esto cambió la composición demográfica, la población dejó de ser rural, transformándose en urbana. En 1946 el 42% de la población de Colombia ya vivía en la ciudad; siguiendo esta tendencia, en 1959 la proporción urbana alcanzó al 53%; en el año 2005 la población urbana constituía ya el 74,3%.

En las regiones y zonas desalojadas y despobladas, las tierras fueron compradas a bajo precio por la burguesía industrial. Hablamos de regiones como el Valle del Cauca, la sabana de Bogotá, Tolima y Meta. Las haciendas establecidas se dedicaron a la producción agraria capitalista. Los campesinos migrantes se transformaron en el proletariado agrario.

Los conservadores retomaron el poder; sin embargo, en otras condiciones que antaño; no lograron las mayorías en el Congreso. Además no fue nada tranquilo su periodo de gobierno. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, desencadenó la revuelta y la insurrección popular, conocida como el Bogotazo. Volvió el fantasma, el espectro y el cuerpo martirizado de la guerra civil; la misma que se dilató hasta 1960. Los conservadores permanecieron en la presidencia hasta 1953; momento en el cual se dio un golpe de Estado, haciéndose cargo del gobierno de facto el General Gustavo Rojas Pinilla.

El gobierno de Rojas Pinilla hizo propuestas de paz para terminar con la guerra civil; un grueso de las guerrillas entregaron sus armas; sin embargo, al poco tiempo varios de los guerrilleros que lo hicieron fueron asesinados. Ante estas circunstancias, liberales y conservadores se pusieron de acuerdo, poniendo fin a la dictadura de Rojas Pinilla. Se conformó una Junta Militar provisional; en ese panorama político se organiza el Frente Nacional, buscando garantizar el retorno a la democracia electoral, acordando la alternancia en la presidencia entre liberales y conservadores.

Se puede decir que el acuerdo entre liberales y conservadores, la conformación del Frente Nacional puso fin a la guerra civil de estas dos corrientes políticas, una guerra civil que atravesó el país durante un siglo. Culminaron las guerrillas liberales. Sin embargo, se estaba lejos de acabar con el conflicto armado, cuyas raíces se encuentran en la lucha de clases, en la dominación y la exclusión social, en la explotación y subordinación social, también racial. Emergieron de este contexto y de sus espesores sociales otros proyectos guerrilleros. En 1964 nacen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el 7 de enero de 1965 el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en julio de 1967 el Ejército Popular de Liberación (EPL), en 1984 el movimiento indigenista Quintín Lame (MAQL) y el 19 de abril de 1970 el M-19.

Se puede catalogar como historia reciente la temporalidad comprendida desde 1960 hasta nuestros días, que nombramos como presente. En el presente estamos ante los llamados Diálogos de Paz, que se llevan a cabo en la Habana, entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC; así como entre el gobierno colombiano y el ELN, en Ecuador; sin embargo, esta mesa todavía no se ha instalado oficialmente.  Cada cuatro años entre 1982 y 2002, los llamados Diálogos de Paz, las negociaciones involucradas, han variado de acuerdo al perfil del gobierno y los criterios asumidos. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos fueron los presidentes sucesivos desde el 2002 hasta el presente, siendo el último el presidente vigente de la república de Colombia. En este periodo se han desvinculado cerca de 54,000 guerrilleros y paramilitares. En contraste, las Fuerzas Armadas regulares se han venido fortaleciendo continuamente. También, en el periodo, se ha implementado el conocido Plan Colombia, plan diseñado entre el gobierno colombiano y el gobierno de los Estados Unidos de Norte América. Uno de los puntos de este plan tiene que ver con la disminución progresiva de cultivos ilícitos, principalmente de la hoja de coca. El incremento de las prácticas para erradicar los cultivos ilícitos, han ocasionado el descenso de Colombia al tercer lugar de producción mundial de cocaína, dejando de ser el principal productor; sitio que ocupó por décadas. Otro de los puntos, quizás el más importante, por su incidencia, es considerar el plan como contrainsurgencia; en otras palabras, un dispositivo de guerra contra la llamada insurgencia; en términos claros, contra el pueblo colombiano. Sin embargo, con la desmovilización de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que son los paramilitares, a mediados de 2006, las denominadas bandas criminales (BACRIM) se han hecho cargo de las actividades realizadas por los paramilitares.

El gobierno del presidente Juan Manuel Santos promueve, desde 2012, en los Diálogos de Paz, un proceso de paz con la guerrilla de las FARC-EP en La Habana, Cuba, buscando encontrar una salida política al conflicto armado. Por otro lado y paralelamente, viene efectuando otro proceso de paz con la guerrilla del ELN en Ecuador. Ambos procesos son dificultosos y delicados; han dibujado un recorrido difícil y sinuoso. De todas maneras, parecen avanzar. Sin embargo, la gran ausente en estos Diálogos de Paz es la misma sociedad colombiana, la gran afectada por la larga guerra.

Se puede decir que el conflicto armado en Colombia corresponde a una guerra asimétrica de baja intensidad. Las fuerzas involucradas en el enfrentamiento son el ejército regular de Colombia, los ejércitos irregulares de las guerrillas, los destacamentos paramilitares y los brazos armados del narcotráfico. El conflicto armado ha pasado por varias etapas de agravación de la conflagración múltiple, por así decirlo. A pesar de haber adquirido características singulares, un perfil y estructuras singulares, el conflicto armado, en la historia reciente, el mismo tiene sus nacimientos en los espesores de la matriz histórica-política del periodo de “La Violencia”. Guerra civil entre liberales y conservadores, que tiene, a su vez, sus emergencias, en la entonces llamada la Nueva Granada, que, posteriormente se independizó de la Corona española. Es cuando se inicia una querella sobre la forma de Estado.

La pregunta que vamos a hacernos es: ¿Cuál es la complejidad del conflicto armado? Responder esta pregunta requiere no solo de aproximaciones a la experiencia social y a la memoria social colombiana, sino de la perspectiva del pensamiento complejo. Por de pronto, partiendo de algunos hilos del tejido espacio-temporal-social-cultural-político, de algunas miradas rutilantes, que hacen como iluminaciones de linterna, intentaremos proponer hipótesis interpretativas prospectivas[31].

Como se puede ver, en esta sucinta descripción, de recorte, mas bien, político, más aún, gubernamental, que define el recorrido en el plano de intensidad político, haciendo hincapié en las repercusiones estatales, vemos las figuras coyunturales y de periodos del largo conflicto y de la guerra permanente. Si bien, los discursos expresivos, audibles, son los de la ideología liberal y de la ideología conservadora, no se puede restringir el sentido histórico-político solamente a lo que dicen los discursos políticos, sino es indispensable, develar lo no dicho, por así decirlo, o, por lo menos, lo dicho y olvidado, o lo dicho y opacado, por la elocuencia de los discursos ideológicos. Esto no dicho tiene que ver con lo que denominamos el pleito geográfico político de las regiones; mediadas por las pretensiones de dominación de las oligarquías regionales.  Empero, lo no dicho – usando este término, no suficientemente adecuado, aunque ilustrativo -, que se encuentra, si se quiere, en el substrato mismo del substrato, de este conflicto de poder en la flamante república, es la guerra de conquista, materializada en la institucionalidad colonial; guerra perpetrada contra las naciones y pueblos indígenas y sus territorialidades.

6.   Una consecuencia hipotética, que podemos sacar de las anteriores hipótesis interpretativas y prospectivas, es que la matriz del ciclo largo del conflicto y de las estructuras de larga duración no es ni el pleito geográfico político entre las regiones, ni el conflicto iniciado por liberales y conservadores, sino la conquista colonial, la colonización y la colonialidad instituida por el Virreinato de Nueva Granada.

7.   Entonces, la hipótesis interpretativa, que proponemos, es que la guerra permanente o la genealogía de la guerra en Colombia, arranca con la guerra de conquista. Desde entonces, desde esta violencia inicial, instauradora de la cartografía y la institucionalidad colonial, se plantan las raíces, para decirlo metafóricamente, de la guerra permanente colombiana.

8.   Ciertamente, lo mismo podemos decir del resto de los virreinatos y capitanías coloniales en el continente; que se convirtieron en repúblicas, después de las guerras de independencia. Sin embargo, la singularidad colombiana consiste en que la guerra iniciada con la conquista no se transmuta en la filigrana de la paz institucionalizada, como ocurre con el resto de las repúblicas criollas, sino que preserva el carácter beligerante de las formas descarnadas de la guerra.

9.   ¿Cuál la interpretación de esta singularidad histórica y política? Podemos decir, por lo menos, algunas consideraciones hipotéticas; una, que se mantiene un equilibrio en la correlación de fuerzas, en coyunturas y periodos. Lo que desata constantemente la guerra, en sus distintas formas de presentarse. Otra, que las fuerzas organizadas y convocadas ideológicamente, no renuncian a sus iniciales proyectos de dominación; en el caso liberal, de hegemonía. En tercer lugar, que, en el caso colombiano, se arrincona y se acalla, tempranamente, la guerra anticolonial indígena, aunque sea parcialmente. Lo que no ocurre en el caso ecuatoriano, peruano y boliviano.

10.       No desaparece la guerra anticolonial de las naciones y pueblos indígenas: sin embargo, es arrinconada o exiliada a las sombras, suplantada por el pleito de las regiones y elocuentemente por la guerra entre liberales y conservadores.

11.       El fondo del problema, mejor dicho, la madre de todos los problemas de legitimación de las dominaciones en el continente, tiene que ver con la conquista, la colonización y la colonialidad. En consecuencia, si se quiere resolver estos problemas, es indispensable solucionar las consecuencias desastrosas de la colonialidad. No se puede construir, como lo dijimos varias veces, la democracia, la república, ni el socialismo, la edificación de sus respectivas mallas institucionales y sociedades institucionalizadas, sobre cementerios indígenas.

12.       Este es uno de los handy caps del Acuerdo de Paz. No ha considerado el substrato primordial de la genealogía de la guerra permanente; la conquista, la colonización y la colonialidad. La única manera de hacerlo es reconocer plenamente los derechos colectivos y territoriales y de autogobierno de las naciones y pueblos indígenas.

13.       Se especula mucho, sin reflexionar, sobre la minoridad de las poblaciones indígenas, en comparación con el conjunto de la población colombiana, considerada mestiza. Lo que se olvida, en estas apresuradas descripciones, es que no se trata de la cuantificación del problema de la crisis de legitimidad, sino de la cualidad histórica inscrita en las estructuras institucionales del Estado-nación. Por otra parte, en eso de definir y englobar al grueso de la población en la categoría general de mestizos, no se cuestiona el supuesto insostenible del que parte; el suponer una homogeneidad de lo mestizo, incluso, matizando, la continuidad de lo mestizo. En primer lugar, lo mestizo supone la mezcla, la hibridación y la simbiosis;  esto implica, por lo menos, visibilizar la gama de singularidades mestizas, que suponen el trasfondo indígena, incluso en el caso de los “criollos blancos”; quienes al nacer en el nuevo continente, eran considerados indianos. Categoría administrativa, no del todo equivocada, pues los indianos nacían en otra tierra, en otra atmosfera, en otro cielo y en otro barroco cultural. Para decirlo, de un modo extremo y hasta exagerado, las oligarquías blancoides criollas no saben cuan indígenas son.  Esto es algo que queda claro para las noblezas europeas, incluso, después, para las burguesías europeas.

14.       Esta herencia maldita, la de la conquista, la de la colonización y la colonialidad, es el problema primordial que se debe resolver si se quiere construir una paz duradera, una república, en el sentido pleno de la palabra; yendo más lejos, una democracia plena, incluso el socialismo efectivo y pleno. Algo distinto a esta solución histórico-política-cultural de la descolonización, no es más que hipostasis, impostura, solución artificial insostenible.

15.       Lo que expusimos, en forma de hipótesis interpretativas, no significa que se tenga que renunciar a las soluciones de la aguda problemática social de las desigualdades; desigualdades que desataron la guerra en los periodos republicanos. Soluciones de las problemáticas desatadas por la lucha de clases; menos renunciar a la solución del conflicto y de la guerra permanente, que asola a Colombia; de ninguna manera. Sino, que en las transiciones, por las que se ha optado, donde el Acuerdo de Paz parece delimitar un hito crucial histórico, entre un antes y un después, juega un papel preponderante, para que éstas, las mutaciones, transformaciones diferidas y transiciones, puedan adquirir irradiación, alcance e incidencia estructural; las mismas que requieren no olvidar la tarea primordial en el continente, que es la descolonización.

Apuntes para una auscultación del porvenir

1.   Dependiendo de los alcances del proyecto político, si se parte de los problemas de las estructuras de mediana duración, desde el nacimiento de la república. Si se parte del conflicto de la historia reciente, el conflicto entre el Estado-nación colombiano y las FARC, incluyendo al ELN; si se quiere, ampliando el referente a la guerrilla del M-19. O si se parte de las estructuras de larga duración, que abarcan a la conquista, la colonización y la colonialidad. Los alcances del porvenir pueden definir horizontes cortos, medianos o de largo alcance. Indudablemente el horizonte descolonizador es el que va más lejos.

2.   Las transiciones que se decida, no dependen ni da las buenas voluntades, ni de la razón, tampoco de la justicia, sino de la correlación de fuerzas. Por donde se vaya, parece que es indispensable, conectar las distintas posibilidades y recorridos inherentes en el presente.

3.   El Acuerdo de Paz es, para decirlo ilustrativamente, un paradigma histórico-político y jurídico-político, además de histórico-cultural, de trascendencia en la contemporaneidad del mundo efectivo. No hay un antecedente parecido. Enemigos irreconciliables, de una guerra interminable, lograron ponerse de acuerdo; no en un armisticio, no en una paz restringida, sino en una paz duradera y sostenible, que implica transformaciones estructurales e institucionales. El resto de los conflictos y de las guerras, que no son más que inútiles, considerando las perspectivas de largo plazo y los problemas de base, que tienen que ver con la vida, la ecología, la supervivencia humana y el planeta, no son más que manifestaciones superficiales, de lo que se convulsiona en las profundidades de las geologías de las formaciones sociales y el mundo efectivo.

4.   El porvenir no solamente está en manos de las organizaciones e instituciones involucradas, el Estado-nación colombiano, expresado en la forma de un gobierno singular, consciente de la encrucijada en la que se encuentra, y las FARC-EP, proyecto de Estado socialista, sino en la sociedad y el pueblo colombiano. Ejercer la potencia social, por lo menos, en el sentido de participar en la construcción colectiva de la paz duradera, es tarea colectiva, no solamente de los involucrados en la firma del Acuerdo de Paz.

5.   Para decirlo de una manera convocatoria, incluso romántica, lo que le da un carácter subjetivo y emotivo, lo que pueda pasar, el porvenir, depende, sobre todo, en no renunciar a luchar, no solo de parte de las FARC-EP, sino fundamentalmente del pueblo colombiano, de las organizaciones sociales y de las naciones y pueblos indígenas. Teniendo como tejido vital a la alteridad de las mujeres y otras subjetividades diversas; así como a lo que quepa de honestidad a parte de las clases dominantes, incluso de la oligarquía rancia y de la burguesía industrial.

6.   Lo que enseña el Acuerdo de Paz, es que hay alternativas a la guerra, a la violencia descarnada, a los callejones sin salida del sistema-mundo capitalista. Una de ellas es optar por la conformación de consensos entre partes encontradas.

Polemos en la guerra y la política

En este ensayo, Polemos en la guerra y la política, vamos a intentar una reflexión crítica y ponderadora del Acuerdo de Paz, en lo que respecta al tercer tópico del documento acordado, entre las partes beligerantes. En este apartado, el tono de la prosa es, mas bien, técnico, instrumental y normativo; estableciendo las garantías del desarme, del fin del conflicto, y la incorporación a la vida política, de parte de las FARC-EP. Seguramente es un apartado necesario, para establecer y normar las operaciones de la finalización del conflicto, del desarme y de la incorporación a la vida política. Sin embargo, nos da la oportunidad para reflexionar sobre la paz, las condiciones de posibilidad de la paz.

El tercer tópico y campo temático del Acuerdo de Paz es Fin del Conflicto. Ambas partes, El Gobierno de la República de Colombia (Gobierno Nacional) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP); en desarrollo de los sub-puntos 1: Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y 2: Dejación de las armas, del punto 3, Fin del Conflicto, del Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, firmado en la ciudad de La Habana, Cuba, el 26 de agosto de 2012, acuerdan: El Gobierno Nacional, en cumplimiento y en los términos de lo acordado en el punto 2 “Participación política: Apertura democrática para construir la paz”, reafirma su compromiso con la implementación de medidas que conduzcan a una plena participación política y ciudadana de todos los sectores políticos y sociales, incluyendo medidas para garantizar la movilización y participación ciudadana en los asuntos de interés público, así como para facilitar la constitución de nuevos partidos y movimientos políticos con las debidas garantías de participación, en condiciones de seguridad[32].

El documento del Acuerdo de Paz dice, seguidamente:

Así mismo, el Gobierno Nacional reafirma su compromiso con lo acordado en los puntos 3.4. y 3.6. del punto 3 Fin del Conflicto, entre los que se encuentra la creación de un nuevo Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política, en los términos acordados en el punto 2 Participación Política, como parte de una concepción moderna, cualitativamente nueva de la seguridad que, en el marco del fin del conflicto, se funda en el respeto de la dignidad humana, en la promoción y respeto de los derechos humanos y en la defensa de los valores democráticos, en particular en la protección de los derechos y libertades de quienes ejercen la política, especialmente de quienes luego de la terminación de la confrontación armada se transformen en movimiento político y que por tanto deben ser reconocidos y tratados como tales[33].

Como corolario de esta primera consideración del Fin del conflicto, se escribe:

Adicionalmente, el Gobierno Nacional y las FARC-EP expresan su compromiso de contribuir al surgimiento de una nueva cultura que proscriba la utilización de las armas en el ejercicio de la política y de trabajar conjuntamente por lograr un consenso nacional en el que todos los sectores políticos, económicos y sociales, nos comprometamos con un ejercicio de la política en el que primen los valores de la democracia, el libre juego de las ideas y el debate civilizado; en el que no haya espacio para la intolerancia y la persecución por razones políticas. Dicho compromiso hace parte de las garantías de no repetición de los hechos que contribuyeron al enfrentamiento armado entre los colombianos por razones políticas.

Por último, el Gobierno Nacional y las FARC-EP se comprometen con el cumplimiento de lo aquí acordado en materia de Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo (CFHBD) y Dejación de Armas (DA), para lo cual elaborarán una hoja de ruta que contenga los compromisos mutuos para que a más tardar a los 180 días luego de la firma del Acuerdo Final haya terminado el proceso de dejación de armas[34].

Como se puede ver, el apartado del documento del Acuerdo de Paz, está dedicado a hacer viable y operable la finalización del conflicto. El carácter del contenido se encuentra en los límites de la democracia formal, aunque ampliada, en lo que respecta a menciones a la participación de la sociedad, a la ampliación de los marcos jurídicos y políticos,  insistiendo en la solución de los problemas sociales y políticos, que ocasionaron la guerra permanente en Colombia.

Reflexiones sobre la guerra y la política

¿Pasar de la guerra, como ámbito bélico, para resolver problemas socio-políticos, a la política, como ámbito polémico para resolver los problemas no resueltos en la guerra, en el campo político, es asumir la política como continuación pacífica de la guerra? ¿Antes, en la guerra permanente, la guerra era asumida como continuación bélica de la política?  ¿Cuál la relación entre la guerra y la política? Como escribimos en La guerra y la paz, ni la guerra es continuación de la política, ni la política es continuación de la guerra[35]. La relación paradójica de la guerra y la política, no se da en el esquematismo dualista, ni en el tiempo lineal, no se resuelve dialécticamente, que es una versión móvil y mutante del esquematismo dualista; se da en la complejidad dinámica de las composiciones singulares de la formación espacio-temporal-territorial-social, que articulan e integran dinámicamente múltiples planos y espesores de intensidad. La guerra es acontecimiento, que contiene múltiples singularidades, que se asocian, convergen o divergen, se articulan de una determinada manera, en una coyuntura, combinando formas de desenlaces, por así decirlo, momentáneos o definiendo lapsos. La política es otro acontecimiento, que como tal, es multiplicidad de singularidades, articuladas e integradas en composiciones y combinaciones sociales, que hacen a los desenvolvimientos de la política. Para comprender estos acontecimientos, además en su singularidad compleja, es menester comprender las simultaneidades dinámicas y singulares, que se dan en los acontecimientos.

Desde esta perspectiva, la política no aparece como el ámbito institucional y normativo, además de prácticas y relaciones estructuradas, que hacen a la paz. Sino que la paz aparece como un concepto que expresa una idea, en sentido kantiano; es decir, una finalidad construida por la razón, aunque también por la esperanza. Para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito de la guerra, se finaliza el conflicto bélico; para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito político, es menester resolver los problemas que ocasionaron la guerra.

El Acuerdo de Paz considera algunos de estos problemas, que supone cruciales, en la coyuntura presente; sin embargo, como no son todos los problemas heredados o por lo menos un núcleo significativo de la problemática social, económica, política y cultural, no es todavía la condición de posibilidad jurídica para lograr la paz, anhelada en el ámbito político; tampoco es la condición de posibilidad jurídico-política, es decir, institucional, para realizar la paz esperada. Así mismo, no es todavía la condición de posibilidad histórico-política para efectivizar la paz, ya entendida como ideal exhaustivo, es decir, como concordia y fraternidad. Para decirlo, de manera resumida, el Acuerdo de Paz es la condición de posibilidad jurídica de la finalización del conflicto bélico, para alcanzar la realización de la paz, anhelada en la conflagración bélica. Para conformar la condición de posibilidad jurídico-política de la paz, anhelada en el ámbito político, se requieren de transformaciones jurídicas, de las reglas del juego político, así como transformaciones institucionales, que operen los desplazamientos hacia la paz. Si se quiere; para decirlo de una manera simplona, por razones de exposición, se requiere de un proceso constituyente, que otorgue potestad al poder constituyente, es decir, el pueblo. Sin embargo, desde la perspectiva histórico-política, esto no es suficiente para alcanzar la paz, anhelada políticamente. Se requiere de transformaciones estructurales e institucionales, que profundicen la democracia formal, que la conviertan en democracia participativa; que se resuelvan, por lo menos, algunos problemas estructurales de la formación social. Uno, el relativo a la estructura de las desigualdades, que adquieren diferencias abismales. Dos, el relativo a la cuestión agraria, es decir, el materializar la reforma agraria integral; como menciona el mismo documento del Acuerdo de Paz. Tres, resolver el problema de la violenciadescomunal y perversa, generada por las estructuras de poder paralelas del narcotráfico; lo que implica, desmantelar a los carteles y a las mafias; así mismo, denota el desarme total de los paramilitares. Cuatro, avanzar sustantivamente, por así decirlo, en la descolonización; en otras palabras, en la desracialización de las relaciones sociales; lo que conlleva el respeto efectivo, es decir, institucional y en la práctica, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, así como de las poblaciones afro-descendientes. En consecuencia, para lograr la paz, anhelada políticamente, desde esta perspectiva histórico-política, se requiere de la reivindicación plena, el ejercicio pleno de la ciudadanía integral de las y los oprimidos, excluidos, marginados, discriminados, subalternizados. Para decirlo, en la expresión del discurso histórico-político puesto en escena, tanto en el acontecimiento de la guerra como en el acontecimiento político, el discurso marxista, se requiere de la condición de posibilidad social-política-económica del socialismo. ¿Es este último logro, la paz anhelada por la perspectiva histórica-política, la paz como idea integral, como armonía? No. La paz como armonía es posible resolviendo la problemática en su complejidad integral, comprendiendo los múltiples planos y espesores de intensidad, que hacen a la realidad efectiva. Esto compromete resolver la crisis ecológica, la amenaza a la vida, que ocasionan las sociedades humanas institucionalizadas; las que, bajo el manto de la cultura-mundo, la civilización moderna, han convertido a la naturaleza, mejor dicho, a la integralidad de los ciclos vitales, al Oikos, al planeta, en objeto de dominación y materia de poder. Por lo tanto, cumplir con las condiciones de posibilidad para la paz como armonía, requiere de la armonización de las sociedades humanas con los ciclos ecológicos, los ciclos vitales del planeta; para decirlo, en términos jurídicos, de la última generación de derechos, garantizando los derechos de los seres, que cohabitan, coexisten, con las sociedades humanas.

En consecuencia, no hay que perder de vista que la paz es una idea racional y afectiva; no algo o circunstancias que se efectivizan inmediatamente, después de un Acuerdo de Paz. Tampoco hay que perder de vista que la paz tiene distintas connotaciones conceptuales, de alcances diferentes, o, si se quiere, hay distintas ideas de paz; unas más simples, otras más complejas. En tercer lugar, no hay que perder de vista, que si se quiere alcanzar esta finalidad o esta idea de paz como armonía, se requiere reintegrar a las sociedades humanas a las ecologías de la pluralidad de sociedades orgánicas y de sus ciclos vitales; logrando armonizar a las sociedades humanas con los devenires creativos de la potencia de la vida.

Esta reflexión no tiene porque desalentar, tampoco desmoralizar, menos desvalorizar el logro del Acuerdo de Paz; sino, mas bien, se trata de ponderar el Acuerdo de Paz, como condición de posibilidad jurídico-política para alcanzar la paz, anhelada desde las entrañas devoradoras de la guerra. Se trata también de definir ámbitos de tareas, en distintos horizontes de la paz; ámbitos de tareas que responsabilizan o exigen la responsabilidad, en primer lugar, del pueblo; en segundo lugar, de los involucrados en el conflicto bélico; en tercer lugar, de los y las activistas libertarias, activismo múltiple e integral, no solo en la crítica, en la interpelación y en la convocatoria, sino como despliegue afectivo del amor a la vida.

Economía política del narcotráfico

El cuarto tópico de la problemática, que ocupa al Acuerdo de Paz, es  Solución al Problema de las Drogas Ilícitas. Quizás sea éste el tema más delicado, por sus características propias; se trata de uno de los rubros de los negocios más rentables en el mundo, compartiendo los primeros lugares, con el tráfico de armas y el tráfico de cuerpos. Ciertamente hablamos de circuitos no institucionalizados, aunque ya cuentan con formas de organización, llamadas carteles. Hablamos de recorridos clandestinos de formas y estructuras de poder paralelas, no institucionales, aunque eficaces en lo que respecta al ejercicio del lado oscuro del poder[36], que podemos resumir como de la economía política del chantaje[37].  Estos circuitos y estos recorridos no institucionalizados, mas bien, clandestinos, han generado y desatado formas de violencia atroces contra las humanidades componentes de las sociedades, en toda la diversidad, pluralidad y tonalidades locales y territoriales. Son formas del ejercicio del poder que extreman, de manera demoledora, la violencia empleada, recurriendo a la amenaza y al terror para amedrentar a las poblaciones y someterlas por el miedo. Estas estructuras del lado oscuro del poder son las más destructivas de las formas de cohesión social, las más devastadoras de las estructuras sociales integradoras de lo social; no solamente institucionales estatales, ni solamente institucionales de la sociedad civil, sino también de estructuras estructurantes sociales, que funcionan como iniciativas creativas de la vida social. Se puede decir que estas formas de poder paralelas, no institucionales, correspondientes a la economía política del chantaje, que llevan la violencia hasta la intensidad demoledora del terror, anulan la condición humana; no solamente de las víctimas, no solamente de los contingentes involucrados, sino también de los grupos jerárquicos de los carteles y las mafias; que supuestamente se benefician grandemente con este negocio ilícito. Que solo puede desplegarse, por los mecanismo de los aparatos del lado oscuro del poder, sus aparatos de guerra sucia y sanguinaria, por el uso extremo de la fuerza, de la coerción y el chantaje.  Estos “oscuros personajes” son el ejemplo de a lo que llega el más extremo desgarramiento de la condición humana, hasta tal punto de llegar a la inhumanidad casi absoluta.

El apartado correspondiente que comentamos del Acuerdo de Paz, Solución al Problema de las Drogas Ilícitas, se parece a muchas declaraciones de los organismos internacionales y nacionales, que se esmeran por expresar las buenas intenciones, que motiva su buena voluntad de resolver este flagelo para los pueblos y países.  Casi todo lo que se menciona como metodologías, incluso integrales, de incidencia política, social, alternativa y de lucha efectiva contra el narcotráfico, ya se ha empleado en muchos países; monitoreados por organismos internacionales y hasta por dispositivos policiales, de acuerdos internacionales, así como por intervenciones militares. Todos los programas, tanto de “desarrollo alternativo”, también de “concientización” de la población, así como también la misma interdicción del narcotráfico, han fracasado. ¿Por qué volver a repetirlos, quizás con más ímpetu, alcance y de manera “integral”?

Parece que es menester atender esta problemática en su complejidad misma; no reducirla ni a la estigmatización como “monstruosidad” o como desenvolvimiento implacable del mal. Este esquematismo dualista entre bien y mal, también entre lo normal y lo patológico, no ayuda a la comprensión integral de la problemática en cuestión. Solo expresa la angustia de la consciencia desdichada, de la consciencia culpable, de la consciencia moralista. No parece haber salida por este lado, salvo la satisfacción de la catarsis por haber expresado discursos de buenas intenciones. Al respecto, diremos que, los involucrados en esta economía política ilícita, ni son “monstruos”, ni son endemoniados tomados por el mal, ni son anormales ni patológicos. Aunque usted no lo crea, también son víctimas de entramados de estructuras de poder, que hacen al sistema-mundo capitalista, que contiene al sistema-mundo cultural de la banalidad y al sistema-mundo político de la simulación. Son víctimas todos los involucrados en las telarañas de los circuitos, los recorridos, las producciones, de esta economía política del chantaje, que llamamos narcotráfico. Son víctimas de la decadencia de la civilización moderna, de la decadencia del sistema-mundo capitalista, cuya economía política generalizada[38] ha construido un mundo institucionalizado, que abarca y articula concomitantemente, distintos planos de intensidad, zurcidos, por así decirlo, con imbricadas mallas institucionales. Son víctimas, aunque usted no lo crea, desde los y, sobre todo, las que sufren y padecen las violencias perversas y polimorfas del lado oscuro del poder, hasta los jerarcas multimillonarios de los carteles y las mafias. ¿Por qué lo son, en este último caso? Por qué son sujetos desdichados, consciencias desgarradas, a tal extremo que  no se encuentra en ellos, exagerando, para ilustrar, rasgos de humanidad. Han optado, quizás debido a sus historias de vida, por el goce banal y provisional; por la ostentación rabiosa, que no puede cubrir los profundos abismos y vacíos de su desdicha. Precisamente cuando aparecen como implacables y crueles, es cuando más se manifiesta, paradójicamente, sus miedos tremendos y sus angustias mortíferas.

No hay solución en la “guerra contra el narcotráfico” desencadenada, optada por décadas de fracasos. Lo único que se ocasiona es obligar a mejorar la organización y la irradiación de las organizaciones clandestinas del narcotráfico; obligarlas a armarse cada vez mejor, incluso mejorando la viabilidad de sus circuitos. Lo único que ocurre, en términos económicos, es que suben exorbitantemente los precios de las drogas, haciendo incluso mucho más rentable un “negocio” que no deja de ser riesgoso. También se ocasiona el avance de la centralización y concentración del monopolio de los flujos y circuitos, de los cultivos y de la producción. Así como ocurre con las formas del capitalismo institucional, en sus ciclos largos. ¿Dónde encontrar una salida o, por lo menos, caminos cuyas direccionalidades mejoren los proyectos ejecutados en el pasado, que fracasaron?

Comenzaremos con la propuesta más fácil, además que cuenta con la experiencia de la aplicación, en otro tiempo y en otro rubro, en Estados Unidos de Norteamérica; hablamos de la legalización de la producción y comercialización de las bebidas alcohólicas. Esta medida fue suficiente para hacer bajar los precios de las bebidas, particularmente del whisky; así como para desmoronar a las organizaciones clandestinas encargadas de la producción, comercialización y el monopolio de esta economía política ilícita; aunque después, se hayan generado otros monopolios lícitos. Entonces, tal parece que una salida, por lo menos, inicial, es la legalización de las drogas. Ciertamente, esta medida no puede ser sino mundial. Si algo les queda de honestidad a las burocracias de los organismos internacionales, a las burocracias nacionales, encargadas de la “lucha contra el narcotráfico”, deberían asumir la tarea de la legalización mundial de las drogas, coordinando, evidentemente, las disposiciones y dispositivos institucionales de la distribución y la comercialización controlada.

Ya que hablamos de la honestidad de las burocracias del orden mundial, incluyendo a los órdenes nacionales, vamos a largar una pregunta indispensable, a estas alturas de la “evolución” del lado oscuro del poder, en el mundo institucionalizado por el orden mundial y sostenido por el sistema-mundo capitalista. Cuando podemos decir que el lado oscuro del poder, que comprende, obviamente, no solo la economía política del narcotráfico, sino otras formas del ejercicio del poder desmesurado y violento de la economía política del chantaje, el lado oscuro del poder ha, no solamente atravesado las mallas institucionales del lado luminoso del poder, de las formas de poder institucionalizadas, de los Estado-nación, incluso del Sistema Financiero Internacional, sino que, en algunos países, parece haber subsumido a las mallas institucionales, integrándolas a las  estrategias del lado oscuro del poder. La pregunta es: ¿De la misma manera, que afirmamos, que las jerarquías de los carteles y las mafias, son víctimas, lo son las burocracias, gobiernos, Estado-nación, trasnacionales, Sistema Financiero Internacional, que se encargan de lavar el dinero abundante de la economía política del narcotráfico?

Aunque parezca provocador y hasta desmesurado lo que vamos a decir, es menester decirlo, pues ilustra sobre una diferencia, plausible de tomar en cuenta. Los carteles, las mafias, ponen el pellejo; arriesgan, aunque cada vez menos, en la medida que se involucra a las mallas institucionales de los Estado-nación y del Sistema Financiero Internacional. En cambio las burocracias comprometidas y cómplices, encargadas del lavado, no arriesgan, no ponen el pellejo; ganan por su condescendencia, por su participación en el lavado, obteniendo grandes y superabundantes beneficios, por solo lavar el abultadísimo flujo dinerario de la economía política del narcotráfico. Sin querer hacer ninguna apología de los carteles y las mafias, de ninguna manera, es menester distinguir la labor de los carteles y las mafias en la división del trabajo de esta economía política ilícita; distinguirla de la labor de las burocracias gubernamentales, policiales, judiciales, tanto nacionales como internacionales, de la labor de lavado del Sistema Financiero Internacional. La perversidad extrema, por así decirlo, metafóricamente, no se encuentra en estas formas de organización del lado oscuro del poder, relativas a la economía política del narcotráfico, sino en las mallas institucionales estatales, comprometidas con el lavado. Estas burocracias no solo son cómplices, si se quiere, son tragadas por los circuitos de la economía política clandestina, sino que le otorgan la estructura nacional e internacional institucional para que el “negocio” prospere, se globalice y se proyecte espantosamente en el tiempo, hacia un futuro apocalíptico. En conclusión, estas burocracias, nacionales e internacionales, civiles y policiales, no son víctimas; al contrario, son el amarre del círculo vicioso del poder, en su decadencia, en el desenvolvimiento de sus formas más destructivas y atroces.

¿Dónde radica el núcleo del problema, por así decirlo, para no hablar de los contextos de la problemática en cuestión?  Nuestra hipótesis interpretativa, en distintos ensayos, ha sido esta: En la economía política generalizada, que ha estructurado el sistema-mundo capitalista, la economía política del poder, que separa poder de potencia social, desvalorizando la potencia social y valorizando el poder, que es el fantasma-vampiro, alimentándose de la sangre vital de la potencia de la vida; también la economía política del Estado, que separa Estado de sociedad, valorizando a la criatura de la sociedad, el Estado, desvalorizando a la creadora, la sociedad; han impulsado la decadencia de la civilización moderna, su apuesta por las estrategias de muerte, desechando la potencia creativa de la vida. Es pues el núcleo representativo de la economía política del poder, el Estado, así como, ahora, en el mundo globalizado, es el núcleo del orden  mundial, el imperio, lo que ha “evolucionado” a estas formas cómplices, concomitantes, condescendientes, de la economía política del narcotráfico, de la dominancia del lado oscuro del poder.

Materia de poder: los cuerpos

Contenido de los discursos de poder y sujeto constituido: las víctimas

El quinto tópico del Acuerdo de paz es el campo temático definido por el Acuerdo sobre las Víctimas del Conflicto: “Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición”, incluyendo la Jurisdicción Especial para la Paz; y Compromiso sobre Derechos Humanos. Este bloque de intensidades, como anotamos en Episteme compleja[39], al aglutinar planos de intensidad y espesores de intensidad integrados, es quizás lo más importante del documento del Acuerdo de Paz y del Acuerdo mismo como compromiso de las partes. El desenlace dramático y trágico de la guerra permanente es este: las víctimas.  La desolación inconmensurable de las víctimas, sus cuerpos demolidos, desvalorizados, empujados a la desgracia y obligados a la migración o, en su caso a quedarse en el lugar fatal de la tragedia, compartiendo con los muertos y desaparecidos el miedo. Lo que produce la guerra, en el sentido más efectivo, contundente e indiscutible, son víctimas. Que alguien o algunos ganen y otros pierdan, siempre estará en discusión, dependiendo de las evaluaciones; siempre estará en suspenso. De todas maneras, se dirá una y otra cosa; pero estos son discursos o, si se quiere, momentos provisionales de victoria; la misma que desaparece con el tiempo. Lo que queda son los cuerpos enterrados, ocultados a la vista, las fosas comunes o individuales, los cuerpos desparramados en los territorios del olvido o de la amargura de familiares y amigos. Lo que queda son los cuerpos vivos magullados, heridos, donde el poder desbordante y demoledor de la violencia ha inscrito su marca de terror. Es este el producto material de la guerra; si se quiere incluir la memoria de la guerra, esa memoria de las víctimas, diremos también lo que queda es esa energía retenida en el cuerpo sufriente, que llaman espíritu, atrapada en su propio padecimiento.

¿Acaso los belicistas no saben esto? No lo saben o lo saben, de alguna manera, casi como dato, sin que termine de afectarles; por lo tanto, sin importancia para ellos. Pues creen que lo único que vale es la victoria; en consecuencia, el poder. Estos sujetos de mirada corta, atrapados en la ideología, en los prejuicios compartidos con sus grupos de poder, no entienden ni comprenden que no hay más valor, en sentido ético, que la vida. Sus finalidades, restringidas al poder, a la victoria o, si se quiere, también a la riqueza banal, que no es más que simbolismo, como las medallas otorgadas en competencias. Ahora bien, si conquistan territorios, si prolongan el poder, si obtienen otros beneficios; esos logros provisionales, dados en lapsos históricos, mas bien, cortos, no se comparan en nada a la vida misma.

Entonces estamos ante el resultado contundente de la guerra, la miles y hasta millones de víctimas. ¿Qué decirles? ¿Cómo resarcirles de los daños múltiples que las demolieron? ¿Cómo lograr la paz, para decirlo metafóricamente, en sus corazones y en los corazones de todos y todas las colombianas? No parece tarea posible; los muertos no regresan, las heridas se cicatrizas; pero, quedan; si no es en la piel y el cuerpo magullado o mutilado, en el espesor mismo del cuerpo, que no olvida. Pues las sensaciones quedan, como los golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé; como muy bien expresaba Cesar Vallejo.

El esfuerzo de las partes del Acuerdo de Paz, por acoger a las víctimas, resarcirlas de los daños, tomarlas en cuenta, aunque solo hayan sido tres mil, convocadas en el proceso del Acuerdo de Paz, es ya un gran paso. Que no solo busca enmendar los daños irreparables, sino establecer un nuevo suelo de relaciones sociales y políticas, que no pasen por las soluciones de la descarnada violencia de la guerra. Considerando estas apreciaciones, vamos a citar partes del texto; sobre todo aquellas donde se expresan las intenciones, las voluntades, las reflexiones sobre el drama y la tragedia ocasionada por la guerra; además por los conceptos vertidos sobre los derechos humanos y los derechos de las víctimas.

En el quinto punto del Acuerdo de Paz, se escribe:

Resarcir a las víctimas está en el centro del Acuerdo entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP. En tal sentido en la Mesa de Conversaciones de La Habana, hemos discutido y llegado a acuerdos sobre el punto 5 de la Agenda “Víctimas” que incluye los subpuntos: 1. Derechos humanos de las víctimas y 2. Verdad, tratando de dar contenidos que satisfagan las reivindicaciones de quienes han sido afectados por la larga confrontación respecto a cuya solución política hoy, mediante estos nuevos consensos e importantes medidas y acuerdos de desescalamiento, hemos dado un paso fundamental de avance para la construcción de la paz estable y duradera y la finalización de una guerra de más de medio siglo que ha desangrado al país.

El Gobierno Nacional y las FARC-EP, considerando la integralidad que debe caracterizar el desarrollo de los numerales comprendidos en el punto Víctimas, iniciamos nuestro análisis del punto asumiendo la “Declaración de principios” del 7 de junio de 2014. Estos principios fueron tenidos en cuenta a lo largo de todo el trabajo para el desarrollo del Punto 5 – Víctimas, y deberán irradiar su implementación:

El reconocimiento de las víctimas: Es necesario reconocer a todas las víctimas del conflicto, no solo en su condición de víctimas, sino también y principalmente, en su condición de ciudadanos con derechos.

El reconocimiento de responsabilidad: Cualquier discusión de este punto debe partir del reconocimiento de responsabilidad frente a las víctimas del conflicto. No vamos a intercambiar impunidades.

Satisfacción de los derechos de las víctimas: Los derechos de las víctimas del conflicto no son negociables; se trata de ponernos de acuerdo acerca de cómo deberán ser satisfechos de la mejor manera en el marco del fin del conflicto.

La participación de las víctimas: La discusión sobre la satisfacción de los derechos de las víctimas de graves violaciones de derechos humanos e infracciones al Derecho Internacional Humanitario con ocasión del conflicto, requiere necesariamente de la participación de las víctimas, por diferentes medios y en diferentes momentos.

El esclarecimiento de la verdad: Esclarecer lo sucedido a lo largo del conflicto, incluyendo sus múltiples causas, orígenes y sus efectos, es parte fundamental de la satisfacción de los derechos de las víctimas, y de la sociedad en general. La reconstrucción de la confianza depende del esclarecimiento pleno y del reconocimiento de la verdad.

La reparación de las víctimas: Las víctimas tienen derecho a ser resarcidas por los daños que sufrieron a causa del conflicto. Restablecer los derechos de las víctimas y transformar sus condiciones de vida en el marco del fin del conflicto es parte fundamental de la construcción de la paz estable y duradera.

Las garantías de protección y seguridad: Proteger la vida y la integridad personal de las víctimas es el primer paso para la satisfacción de sus demás derechos.

La garantía de no repetición: El fin del conflicto y la implementación de las reformas que surjan del Acuerdo Final, constituyen la principal garantía de no repetición y la forma de asegurar que no surjan nuevas generaciones de víctimas. Las medidas que se adopten tanto en el punto 5 como en los demás puntos de la Agenda deben apuntar a garantizar la no repetición de manera que ningún colombiano vuelva a ser puesto en condición de víctima o en riesgo de serlo.

Principio de reconciliación: Uno de los objetivos de la satisfacción de los derechos de las víctimas es la reconciliación de toda la ciudadanía colombiana para transitar caminos de civilidad y convivencia.

Enfoque de derechos: Todos los acuerdos a los que lleguemos sobre los puntos de la Agenda y en particular sobre el punto 5 “Víctimas” deben contribuir a la protección y la garantía del goce efectivo de los derechos de todos y todas. Los derechos humanos son inherentes a todos los seres humanos por igual, lo que significa que les pertenecen por el hecho de serlo, y en consecuencia su reconocimiento no es una concesión, son universales, indivisibles e interdependientes y deben ser considerados en forma global y de manera justa y equitativa. En consecuencia, el Estado tiene el deber de promover y proteger todos los derechos y las libertades fundamentales, y todos los ciudadanos el deber de no violar los derechos humanos de sus conciudadanos. Atendiendo los principios de universalidad, igualdad y progresividad y para efectos de resarcimiento, se tendrán en cuenta las vulneraciones que en razón del conflicto hubieran tenido los derechos económicos, sociales y culturales.

Sobre la base de estos principios llegamos a acuerdos centrales sobre: 1. Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición; y 2. Compromiso con la promoción, el respeto y la garantía de los derechos humanos.

Dentro de estos compromisos se incluyen trascendentales acuerdos como la creación de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición; la Unidad Especial para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto; la Jurisdicción Especial para la Paz y las medidas específicas de reparación. Todos estos componentes se han articulado dentro de un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, al que se vinculan también medidas de no repetición, precisando que sobre este último tema, aparte de la implementación coordinada de todas las anteriores medidas y mecanismos, así como en general de todos los puntos del Acuerdo Final se implementarán medidas adicionales que se acordarán en el marco del Punto 3 – “Fin del Conflicto” de la Agenda del Acuerdo General.

Durante el desarrollo de los debates del punto 5 “Víctimas”, se puso en marcha la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, la cual arrojó importantes conclusiones de contenido diverso y plural en lo que concierne a los orígenes y las múltiples causas del conflicto, los principales factores y condiciones que han facilitado o contribuido a la persistencia del conflicto y los efectos e impactos más notorios del conflicto sobre la población, todo lo cual se ha considerado como insumo fundamental para el trabajo de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Otras medidas de primer orden tomadas en el marco de las discusiones del punto 5 “Víctimas” han sido: la firma de medidas y protocolos para adelantar los programas de limpieza y descontaminación de los territorios de minas antipersonal (MAP), artefactos explosivos improvisados (AEI) y municiones sin explotar (MUSE), o restos explosivos de guerra (REG); medidas inmediatas humanitarias de búsqueda, ubicación, identificación y entrega digna de restos de personas dadas por desaparecidas en el contexto y con ocasión del conflicto[40].

Es un documento valioso en este punto del listado y la estructura ordenada del Acuerdo de Paz. Es un Acuerdo ponderable en este bloque de intensidades, que atingen a la experiencia dramática y trágica de las víctimas. Para decirlo, de manera valorativa, solo el contenido expresado en este tópico y campo temático de la problemática abordada, justifica el Acuerdo de Paz y el haberlo logrado por ambas partes. Solo el lograr los objetivos planteados en este apartado, justifican políticamente al Acuerdo de Paz. Es esta paz, la de las víctimas y de los y las colombianas, respecto de las víctimas y las irradiaciones de la guerra permanente, la que justifica el Acuerdo de Paz, como el trazado de un nuevo comienzo histórico-político-cultural. No se podría justificar, después del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, el voto por el no. Esto no sería más que una muestra de la incomprensión ante el drama y la tragedia que asoló a la sociedad colombiana; independientemente de las posiciones que se tenga respecto a las ideologías de las partes enfrentadas.

Crítica de las estrategias de muerte

Se ha dicho de todo sobre la guerra; quizás las tesis más famosas, por lo menos, en la contemporaneidad, son las que postulan simétricamente, contrastando, que la guerra es la continuación de la política, y la que dice que la política es la continuación de la guerra. Se ha hablado también de la guerra desde la formación discursiva histórico-política dialéctica, que la guerra es el enfrentamiento entre Estado-nación capitalistas; enfrentamiento bélico al que empujan las burguesías en competencia. Esta tesis se convirtió, a escala mundial, como que,  los Estado-nación imperialistas, en la etapa superior del capitalismo, cuando el capital financiero se articula con el Estado, no pueden resolver sus contradicciones, sino por medio de la conflagración a escala mundial. También se han enunciado teorías sobre la guerra, desde esa perspectiva de dominación del espacio, desde el vital hasta el mundial, llamada geopolítica. Así como también hay análisis de la guerra desde la perspectiva militar. La lista es larga, la bibliografía extensa, abarcando distintos niveles de incidencia de la guerra. Empero, la guerra no deja de ser acontecimiento, a pesar de los recortes de estas teorías, formaciones discursivas, análisis estratégicos y análisis técnicos-militares.

La guerra es un acontecimiento, compuesto de multiplicidad de singularidades y procesos singulares, cuyas características corresponden a la tendencia y convergencia hacia el desenlace bélico. La guerra, como acontecimiento múltiple, se mueve por formas, organizaciones, estructuras y mallas institucionales; si se quiere, por complejos-compuestos militares-tecnológicos-comunicacionales-políticos, que denominamos máquinas de guerra[41]. Dicho de manera simple, buscando una caracterización clara y contundente, podemos decir que la guerra, cuya dinámica es movida por máquinas de guerra, que suponen las máquinas de poder, produce muerte, en su proyección masiva. Se puede usar otra caracterización sencilla, metafóricamente, diciendo que la guerra es modo de producción de la muerte.

Si comparamos las “lógicas” de la guerra, mas bien, los alcances de sus engranajes maquínicos, con las lógicas creativas de la vida, vemos claramente la inutilidad de estas motricidades mecánicas, de estas máquinas de guerra, que destruyen; vemos el absurdo de las pretensiones ideológicas, que acompañan a estas máquinas de guerra. Así mismo, vemos las miserias de los hombres que conducen a la guerra, incluyendo a los hombres que conducen la guerra misma. Vemos las pobrezas alarmantes de las ideologías, que acompañan al desenvolvimiento de las máquinas de guerra.

No se pueden sostener las formaciones discursivas y enunciativas de los discursos belicistas; no llegan a estructurar un corpus teórico conceptual; solo imitan las voces, las tonalidades, las apariencias, de los conceptos. Lo que efectivamente emiten son los códigos del vacío humano de las instituciones armadas, de las instituciones estatales, de las instituciones del imperio, del orden mundial. Pues no se encuentra sentido en sus aseveraciones, sino el sin-sentido, disfrazado de pretensiones; sin-sentido avalado por ceremonialidades del poder; incluso por ceremonialidades académicas, tragadas por el chirriante movimiento de estas máquinas de guerra, que no son otra cosa que modos de producción de la muerte; en tanto que sus ideologías son apologías de la muerte.

Desenlaces coyunturales

Derrota de la esperanza y de las víctimas

Dedicado a los y las que votaron por el Sí, por una solución democrática a los problemas heredados, que desencadenaron la guerra permanente.

El plebiscito ha arrojado la victoria del No, aunque sea por un margen estrecho. Es de todas maneras una victoria cuantitativa, estadística, institucionalizada, del No. Además expresa contundentemente que estos votantes ganadores no están de acuerdo con el Acuerdo de Paz.  ¿Quiénes son los que votaron por el No? ¿Quiénes son los de la abstención? Estas preguntas muestran el tamaño de nuestra ignorancia. No los conocemos. Aunque parezca que conocemos, en algo, que creemos lo fundamental de sus rasgos, a los que votaron por el , ésta, la del plebiscito, es una derrota no solo de la paz, sino también de nuestros análisis. No solo de los de la izquierda, que está acostumbrada a confundir la realidad efectiva con sus deseos, a reducirla a sus esquematismo dualistas, que le dan la ilusión de estar en lo justo, en lo racional, en la astucia de la razón, que cree que conduce la historia, sino de nosotros, que ya hicimos la crítica a la “izquierda”, a la ideología vanguardista, y orientamos pasos que van más allá del esquematismo dualista y político del amigo y enemigo, encaminándonos al propósito de liberar la potencia social.  ¿En qué nos equivocamos?

En eso, no conocemos a los que votaron por el No; no conocemos a los que se abstuvieron. No conocemos la complejidad dinámica de la formación espacio-temporal-territorial-social-colombiana; no conocemos sus composiciones y combinaciones de composiciones singulares, en el momento, en la coyuntura, en el presente. Aunque, en nuestro caso, hayamos lanzado hipótesis interpretativas prospectivas, y reconocido las carencias de las que partimos, no nos salva, de ninguna manera del error.

Sobre errores no se construye avances libertarios y emancipaciones. Lo primero que hay que hacer, cuando se evidencia el equívoco, es aprender del error. No tratar de ocultarlo con retórica. La misma que construye esforzadamente hipótesis ad hoc para explicar lo que pasó; colocándose en el lado de lo justo, de la razón, de la verdad; señalando a fuerzas oscuras, que incidieron en los desenlaces. Después de una derrota, de la constatación del error, ésta es la peor conducta ante el peligro.  Es como persistir en lo que condujo a la derrota. Esta es la conducta de los que construyen otras derrotas; los que se cierran al porvenir. Porvenir que solo puede ser creado por los pueblos y las sociedades, en la medida que liberen su potencia social; en la medida que rompan sus cadenas, que los sujetan, que los mantienen en los habitus, en las ideologías, en los fetichismos, inhibidos en el terror  y en el miedo.

El activismo libertario, que no se cree vanguardia, que no cree que enseña al pueblo, que aprende con la experiencia social, tiene que mirar abiertamente los errores; detectar las equivocaciones, aprender de las amargas experiencias; abrirse a la complejidad dinámica y simultanea de la realidad efectiva. No podemos caer en la apología del vanguardismo, que, en el fondo dice: el pueblo o parte de él, en este caso, la mayoría votante del plebiscito, no ha comprendido la situación; se ha dejado llevar por sus prejuicios. Los y las que hemos caído en un desliz de ingenuidad somos nosotros y nosotras, los y las libertarias, que nos dejamos llevar por el entusiasmo; entusiasmo alimentado por la información con la que contábamos. Que a la luz de lo ocurrido, es incompleta; por lo tanto, inadecuada para la apreciación y el análisis de la complejidad del presente, en una formación social dada.

Aunque experimentemos la sorpresa, después, el desaliento y cierta consternación; esta experiencia ineludible, no puede convertirse en una desmoralización; tampoco, en contraste, en un delirio apologético, en una retórica izquierdista, que no reconoce sus errores y sus equivocaciones. Esta experiencia tiene la virtud de enseñaron dónde se encuentra el error, dónde está la equivocación.  De esta enseñanza, se debe pasar al aprendizaje y a mejorar la acción. Avanzar a la comprensión de los y las que no conocemos; los que votaron por el No; los que se abstuvieron. Entender las dinámicas moleculares y molares sociales de los planos y espesores de intensidad de la formación social, que no llegamos a conocer.

Balance preliminar y provisional

El intento del Acuerdo de Paz, la labor desplegada, durante tres años, para lograrlo, no ha dejado de ser una propuesta institucionalizada y adecuada, en la búsqueda de caminos que no sean los de la guerra. La derrota del plebiscito no la convierte en una mala propuesta y en un logro inalcanzado. A pesar de los problemas que puede contener, que hemos, de alguna manera, señalado, a pesar que también, esto es lo importante, el pueblo colombiano ha evidenciado, no deja de ser un avance concreto hacia la paz y hacia la oportunidad de solucionar los problemas heredados de manera democrática.

Lo que hay que preguntarse es: ¿Cuántos de los y las que votaron por el No, cuántos de los que se abstuvieron, lo hicieron porque no los convocaron y no participaron? La construcción de la paz es acontecimiento social y es una construcción colectiva; no solamente de las partes encontradas. Es importante saber el peso de ellos y ellas, pues señalan una falencia mayúscula del Acuerdo de Paz; no estaba presente y participando la sociedad colombiana. Esta parte del No y de la abstención, quiere que la paz se construya democráticamente; incluso desde el Acuerdo de Paz mismo; desde la deliberación misma. Sobre los otros estratos que votaron por el No y se abstuvieron, también debemos conocer sus razones y sentimientos.

Si fuese significativo el peso de estos estratos del No y de la abstención, entonces, el mandato del voto parece ser el discutir el Acuerdo de Paz colectivamente, con la sociedad y el pueblo colombiano. Si el peso significativo, mas bien, se encuentra, en otros estratos; por ejemplo, para decirlo a tientas, en la oscuridad, en conglomerados irradiados por la presencia paramilitar; ya sea que estén de acuerdo o, más bien en contra, y se muevan por el miedo, entonces el mandato, por así decirlo, parece ser otro. Ahora no vamos hablar de esa otra señal.

El activismo libertario no puede dejar a su suerte a las víctimas del conflicto de la guerra permanente; eso lo sabe muy bien cada activista. Tampoco parece conveniente dejar a su suerte a los que se esforzaron en el Acuerdo de Paz, aunque no estemos de conformes en la forma y el contendido de parte del Acuerdo. Claro que lo último es una sugerencia personal discutible. Así mismo, no se puede dejar a su suerte a los que votaron por el ; esto también lo sabe cada activista, pues compartimos la búsqueda de la paz, no de la guerra. Sabiendo que la paz requiere de condiciones de posibilidad históricas, políticas, sociales, económicos y culturales.  De la misma manera, no se puede dejar a su suerte a los que votaron por el No y los que se abstuvieron. Pues, sin considerar los distintos estratos de esta votación, ni sus razones y tendencias, entre varias posibilidades y proyecciones de desenlaces se encuentra el camino a la continuidad de la guerra permanente. Que puede convertirse en una guerra civil; que puede avanzar incluso a desastres mayores, de alcance más destructivo. No hay en esto, en lo que decimos, ninguna intensión de abrumar con retórica apocalíptica, sino enumeración de algunas posibilidades, en el campo de posibilidades inherentes, que se dan por azar y necesidad, así como por correlaciones de fuerzas en juego.

Lo que importa es la consecuencia con la defensa de la vida, la responsabilidad con el porvenir de las sociedades humanas; por lo tanto, con el porvenir de la pluralidad y multiplicidad de las sociedades orgánicas y de los seres de la biodiversidad ecológica del planeta. Lo que importa es el activismo comprometido con la vida, con la tarea de liberar la potencia social de los pueblos. En este sentido, lo que importa es amar al continente de Abya Yala; comprender sus dinámicas moleculares y molares, su complejidad dinámica, su simultaneidad dinámica, en las formas singulares que se componen. En consecuencia, seguir aprendiendo para activar, seguir defendiendo la vida en sus plurales formas, desde las planetarias, hasta las individuales; para vivir y crear con la vida, donde estemos. En la misma perspectiva, lo que importa es que el amor por Colombia se convierta en efectiva creación social de una paz construida por todos.

Desenlaces inesperados

Desenlaces inesperados nos obligan a revisar las tramas, donde se gestaron; usando la estructura de la narración como metáfora para referirnos al acontecimiento político. Ciertamente, el acontecimiento político no puede parecerse a, ni explicarse, por la trama de la narrativa, pues no es mito, en el sentido aristotélico, o mejorado, en su comprensión, por Paul Ricoeur; sino, simultaneidad dinámica de composiciones singulares, integradas en la singularidad misma del acontecimiento en su momento.  Entonces, ¿por qué esta comparación de lo que no es análogo, la trama y el acontecimiento? Parece que el problema se encuentra en el lenguaje heredado; no podemos salir del mismo. Como decía Emile Benveniste, nacemos en el lenguaje y desde el lenguaje nombramos el mundo. ¿Cómo hacer entonces para pensar el acontecimiento como tal y no como si fuera trama? Optamos, como se sabe, por incursionar en el pensamiento complejo, que ayuda a concebir la simultaneidad dinámica del espacio-tiempo, así como la sincronía dinámica del tejido espacio-temporal-territorial-social en constante devenir. Sin embargo, debemos recurrir al lenguaje heredado cuando hay que exponer. Aunque no debemos dejarnos atrapar por sus estructuras y sus lógicas binarias, tampoco por sus tropos semánticos.

Para decirlo de la manera más clara, aunque desde ya, reducida, desde un principio, al utilizar la palabra, mientras el mundo efectivo se mueve en la simultaneidad dinámica de sus tejidos y entrelazamientos, el uso del lenguaje transcurre en la linealidad de su elocuencia. Es más, obliga a representar un antes y un después; quizás también esta secuencia apoye a la idea de causalidad. Por otra parte, la cultura, como ámbito simbólico, alegórico, de habitus, de significados sociales compartidos, así como de paradigmas heredados, obliga a enfocar las interpretaciones desde estos corpus teóricos y culturales. Es como si por el uso del lenguaje el mundo que interpretamos estuviera ya preformado por la palabra, por las tramas heredadas, estructurado en las narrativas.

Sin embargo, el mundo efectivo no responde a ninguna narrativa, tampoco lo explica alguna narrativa; el mundo no está preformado. Las interpretaciones que desprendemos son orientaciones en el camino; sobre todo, son fenomenologías de las significaciones. Ni las orientaciones ni las fenomenologías del sentido pueden decir la verdad sobre el mundo efectivo; están para adaptar, adecuar, equilibrar, mejorar, nuestras acciones y relaciones en el mundo y con el mundo. Son como se dice, simplemente instrumentos de sobrevivencia y de potenciamiento.

Las aproximaciones a la complejidad, sinónimo de realidad, requieren de distanciamientos, incluso de separaciones, con los paradigmas heredados, también de los simbolismos y alegorías simbólicas, que acompasan a los imaginarios sociales. Ciertamente, esta tarea no es fácil de cumplirla, pues las herramientas con las que contamos son las concomitantes con el lenguaje heredado. No se trata de inventar un lenguaje de la complejidad; ahora y aquí; esta tarea es de largo aliento y ocurre más por procesos de estructuras de larga duración, que por voluntad humana. Se trata, mas bien, de conjugar las herramientas heredadas, limpiadas de todo fetichismo, de toda pretensión de verdad, de todo absolutismo racional, de toda ideología, componiendo interpretaciones, que jueguen con los nudos de la complejidad articulada de la realidad efectiva, que jueguen, por así decirlo, con los nichos ecológicos. Interpretar, empero, sabiendo que la interpretación no es todo, tampoco la totalidad del mundo, sino que el más acá y el más allá de la interpretación es precisamente la contextura compleja del mundo efectivo en constante devenir.

En lo que respecta al acontecimiento político que atendemos, el de la victoria del No sobre el , respecto al Acuerdo de Paz, y que nos sorprende, por así decirlo, en su desenlace inesperado – usando el termino desenlace como metáfora, limpiado de pretensiones y connotaciones narrativas –, requerimos incorporar a la fenomenología de la percepción social la experiencia social y la memoria social política vividas en el presente manifiesto, en toda su incertidumbre, indeterminación y complejidad[42].

Dicho de otra manera, de un modo más pedagógico e ilustrativo, con todos los riesgos de reduccionismo que conlleva esto, es menester avanzar hacia los terrenos de lo desconocido del acontecimiento político, a los espacios-tiempos desconocidos de la complejidad, sinónimo de realidad efectiva. Para comenzar por algo, quizás una tarea no tan complicada, al principio, diremos que es indispensable describir los contextos concretos de las fenomenologías perceptuales singulares sociales, correspondientes a esos contextos; vinculadas a experiencias sociales singulares y memorias singulares sociales, que emergen de esos contextos concretos y de esas fenomenologías de la percepción singulares sociales.

Estos desplazamientos, que llamaremos metodológicos y epistemológicos, tan solo para describir dinámicas moleculares sociales y dinámicas molares sociales, correspondientes a contextos concretos, ya implica enfocar los fenómenos sociales imbricados de otra manera. Por ejemplo, una pregunta pertinente parece ser: ¿cuáles son las percepciones sociales formadas, que inciden en determinadas conductas y comportamientos políticos locales? ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales que se toman? Las mismas que tienen efecto de masa; por lo tanto, inciden en los desenlaces molares e institucionales. La misma peculiaridad, relativa al problema que nos ocupa, el desenlace del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, puede ser dicha de esta manera: ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales de los votantes por el No y los de la abstención, considerando los contextos concretos donde se emitió el voto o donde no se lo emitió?

Ciertamente, las respuestas a estas preguntas ameritan investigaciones empíricas, con proyección descriptiva. Esta es la tarea imprescindible si se quiere comprender el desenlace imprevisto; a diferencia de evitar comprenderlo, manteniéndose tercamente en una verdad consabida, que solo atina a explicar su extravío, señalando a la conspiración, a las “fuerzas oscuras” intervinientes, a la incomprensión de la situación por parte del pueblo. Esto no es comprender ni entender la complejidad de la realidad efectiva percibida; es nada menos que persistir en la auto-contemplación y autosatisfacción ideológica, con lo que se logra el goce de una supuesta centralidad, protagonismo o vanguardismo ilusorios, a costa de catastróficas derrotas políticas.

Es menester lograr obtener mapas, descriptivos del acontecimiento político singular, en cuestión. Sobre este substrato descriptivo, se pueden edificar interpretaciones adecuadas a la complejidad enfrentada; si se quiere, más tarde, elaborar teorías explicativas del acontecer político.

Ahora bien, otros enfoques, esta vez no dualistas, esquemáticos, causalista y linealistas, pueden incidir en el potenciamiento del activismo, en la incidencia política, que se propone liberaciones y emancipaciones sociales. Así mismo, se requieren de otros enfoques narrativos, cuando se conforman elucidaciones compartidas, pedagógicas, en función de explicaciones operativas, que salgan definitivamente del paradigma  de la tramática compuesta dualmente, donde se enfrentan héroes y villanos. Esta estructura de la narración de la epopeya ha ayudado, en las convocatorias del comienzo de la modernidad, de las luchas sociales iniciadas; empero, después, al cristalizarse, al volverse costumbre, ha terminado sirviendo como modelo narrativo para legitimar las dominaciones; para ungir al poder de gloria, que le faltaba. Pues ya estaba constituido por  maquinarias rutinarias, previsibles, burocráticas, destructivas, que se parecen más al descrédito y se encuentran muy lejos de la gloria.

No hay héroes ni villanos, salvo en las narrativas populares o en las películas estandarizadas. El partir de esta conjetura narrativa, convirtiéndola en premisa política, donde él que emite el discurso apologético se coloca en el centro, se unge del simbolismo del bien, que lucha contra el mal; se pretende héroe por antonomasia. Resuelve de antemano el sentido de los conflictos, pues al pertenecer al bien, a lo justo, al ser el héroe esperado, tiene de su lado, el apoyo divino, en unos casos, mas bien, religiosos, o el apoyo de la razón histórica, en otros casos, cuando se sustituye la religión por la política, a la providencia por las “leyes de la historia”.

Lo que parece que hay son dinámicas de fuerzas organizadas, asociadas, compuestas y combinadas, que se encuentran cartografiadas y atravesadas, definiendo espacios de poder estriados, por medio del trazado, las marcas, los códigos de las mallas institucionales intervinientes. Mallas institucionales que ordenan la concurrencia de las fuerzas; mallas institucionales que establecen las reglas del juego, que siempre tienen como objeto oscuro del deseo al poder. Los discursos juegan un papel de investimento imaginario, si se quiere, ideológico, en esta compulsa entre las fuerzas organizadas.  Ciertamente los discursos tienen papeles multifuncionales; efectivamente, en el substrato vital de las humanidades, tiene que ver con la tarea orientadora, interpretadora y operativa, relativa a las prácticas, a las acciones y relaciones sociales con el mundo efectivo. Empero, en la medida que se erige un orbe institucional, las mallas institucionales convierten a los discursos en emisores de la verdad institucional; paradigmáticamente del Estado.  Es más, en la medida, por así decirlo, que prolifera la disputa por el poder, por el asiento estatal, los discursos se convierten en proclamas convocatorias, que buscan reunir y disponer de fuerzas suficientes como para hacer el asalto al palacio de invierno.  En la medida que la concurrencia se encuentra saturada por distintas tendencias, pretenciosas de la verdad y de la salvación del pueblo, los discursos sirven para ungir a los referentes personales de las fuerzas organizadas de la gloria simbólica, como irradiación histórica; algo así como continuación genealógica de los anteriores héroes martirizados.

Cuando se llega a esto, cuando el discurso, define el esquematismo dualista amigo/enemigo, y la política es definida por este esquematismo – lo que es la política institucionalizada -; cuando delimita el lado del bien respecto del lado del mal; cuando señala a los villanos como los enemigos, atribuyéndose el papel de héroes, para los que emiten el discurso; se ha llegado a una situación donde el mundo efectivo es sustituido por el mundo de las representaciones; en este caso, por el mundo circunscrito a la estructura de la trama de la epopeya. Para los fieles, este discurso no solo es verdadero, sino que explica la tragedia por la que tienen que pasar los héroes, en su entregada, sacrificada y larga lucha. Explica también las derrotas; se trata de las “perfidias”  y “artimañas” de las “fuerzas del mal”. El problema de esta narrativa ideológica, heredera de la epopeya, es que encierra a líderes, organizaciones, partidarios y fieles,  en su mundo de representaciones, que al estar restringido a esta interpretación delirante de héroes y villanos, termina desarmándolos ante los desafíos de las contingencias de la realidad efectiva, empujándolos a derrotas dramáticas  e incomprensibles para los apologistas.

En relación a la problemática planteada y a los desplazamientos metodológicos y epistemológicos a efectuar, para potenciar las acciones, el activismo, la convocatoria libertaria, teniendo como impulso vital el conjunto de afectos proliferantes a la vida, recurrimos a las tesis, ya en el pensamiento complejo, que enunciamos[43]. No estamos contra la razón, ni postulamos el irracionalismo, que es tan abstracto como la razón instrumental y la razón filosófica, sino que consideramos que la razón efectiva, la razón iluminista, la razón lucida y creativa, es la que está incorporada a la fenomenología de la percepción, la que forma parte de las dinámicas corporales. En este sentido, sin abrirnos a la complejidad fenomenológica de la percepción individual y social, postulamos – en el devenir comprensión, devenir entendimiento, devenir conocimiento, sobre el substrato del devenir intuición, en los contextos mutantes de la experiencia y la memoria social – que es indispensable conocer, potenciar, si se quiere, la facultad de conocimiento, para incidir en la realidad efectiva; en este caso, para trastrocar las estructuras de poder y liberar la potencia social. En este sentido, el conocimiento no es pues ideología, la que se edifica sobre un conocimiento pasado, sobre un conocimiento muerto; el conocimiento útil e indispensable es el conocimiento vivo, activo, vinculado al devenir del mundo efectivo, a la complejidad dinámica singular, en coyunturas singulares y en contextos concretos histórico-político-sociales-culturales. Se accede a este conocimiento en la medida que hay apertura a la complejidad; se clausura la posibilidad de este conocimiento, cuando se da lugar el encaracolamiento de los sujetos sociales en el mundo de las representaciones, circunscrito al tamaño de sus prejuicios.

Después del desenlace inesperado, los y las activistas libertarias, tenemos la tarea de abrirnos a la complejidad dinámica de las composiciones y combinaciones singulares de la formación-territorial-social colombiana; aprender de las experiencias y memorias sociales concretas, sobre todo, de las que tienen que ver con las conductas políticas que nos acaban de sorprender.

La polisemia de la paz

Hemos dicho que la paz es una idea, en el sentido kantiano; una construcción de la razón, un ideal. Aunque también construido por la esperanza. Sin embargo, hay que anotar que sus connotaciones se abren a la pluralidad semántica; dependiendo de la decodificación efectuada por distintos intérpretes sociales. Entonces estamos ante la polisemia de la paz, en el contexto de las concurrencias interpretativas. Si se supone como un promedio de sentido, que comparten todos, éste parece más una conjetura operativa, que efectiva. Sobre este supuesto compartido, que en la práctica no lo es, los grupos sociales se apropian del concepto de paz, atribuyéndole su propia interpretación.

Algunas preguntas orientadoras, podrían ser: ¿Cómo interpreta el gobierno el concepto de paz? ¿Cómo interpretan las FARC-EP la paz? ¿Cómo la interpretan los distintos estratos que votaron por el ? ¿Cómo la interpretan los distintos estratos que votaron por el No? ¿Cómo la interpretan los y las que se abstuvieron? ¿Cómo la interpretan las víctimas? Como se podrá ver la connotación del concepto de paz, si se quiere, la idea de paz, se abre a un abanico bastante grande. Por más que las interpretaciones se yuxtapongan en algunos o muchos casos; esto no borra la polisemia semántica de la paz.

Esta polisemia es importante tenerla en cuenta, al momento del análisis, pues, precisamente esta distribución connotativa es la que incide en las conductas políticas. Lo que es paz para unos es otra cosa para otros; es indispensable colocarse en esta múltiple hermenéutica social en juego, para comprender los comportamientos políticos; por ejemplo, al emitir el voto en el plebiscito o abstenerse.

Ahora bien, después de los resultados del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, que según las reglas del juego, ganó el No; es indispensable reflexionar sobre el resultado, no solamente desde las reglas del juego, sino sobre las señales y mensajes implícitos que manda este desenlace estadístico. Dijimos que es menester conocer las percepciones de los distintos estratos que votaron por el No; también dijimos que es necesario conocer las percepciones y la situación de los y las que se abstuvieron[44]. Esto para comprender la dinámica molecular social que converge en comportamientos políticos. Sin embargo, hay otros desplazamientos necesarios en el análisis de lo ocurrido. Enfocando desde la perspectiva democrática, por lo menos, de lo que debería ser, en el sentido de la legitimidad y legitimación política, siendo incluso el caso de la democracia formal e institucionalizada, vemos, que la masa estadística que ha ganado es la abstención; no exactamente el No.

Desde el punto de vista del enfoque de la democracia, el plebiscito no puede legitimar ni deslegitimar nada, pues la mayoría aplastante ha estado ausente en el plebiscito. Si el pueblo no está, en el sentido de la desmesura de la mayoría, que asume, representativamente, la expresión de la totalidad del pueblo, no hubo, efectivamente, ejercicio de la democracia; incluso bajo consideraciones formales e institucionales de la democracia. Ética y políticamente no puede realizarse la legitimación, ni lograrse la legitimidad de nada. En otras palabras, el ejercicio de la democracia está en crisis.

Quizás antes de pugnar sobre el Acuerdo de Paz, haya que exigir que se cumplan las condiciones de posibilidad del ejercicio de la democracia; por lo tanto, de las mecánicas políticas de la legitimación. No es aceptable, desde la perspectiva política, en sentido pleno, que grupos de poder, estructuras de poder, se apoderen de las decisiones políticas, de las representaciones, excluyendo al pueblo, hablando, paradójicamente, a nombre del pueblo.

Ciertamente, esta usurpación de la democracia, de la voz del pueblo, a través de la representación institucional, este forcejeo para legalizar las decisiones cupulares, en realidad, grupales, ha venido ocurriendo a lo largo de la historia política de la modernidad. Sin embargo, porque haya sido así no implica que también es explicable y aceptable lo acaecido en el plebiscito. El plebiscito, como desenlace político, muestra toda la carencia política de una democracia simulada.

Incluso, pongámonos en el caso hipotético, en ese “escenario”, tal como les gusta nombrar a los “analistas políticos”,  que hubiese ganado el – poco le faltaba -, tampoco podría el resultado ser legítimo ni legitimarse, pues sigue ausente de la participación la mayoría del pueblo colombiano. Esto es grave, solo considerando nada más que la legitimidad democrática. Todavía no incorporamos las condiciones de posibilidad de la realización del Acuerdo de Paz, de concretarlo. Algo que exige mucho más que las condiciones de posibilidad de la legitimación.

Sin embargo, esto es lo sorprendente, ocurre como cuando se conjetura un promedio de sentido, en la concurrencia de las interpretaciones; la conjetura implícita, perversa, por cierto, es que el pueblo está, de alguna manera, en el contingente de los votantes. Es como si en esta ausencia se edificara la susodicha democracia institucional, circunscrita a la arquitectura de la república de equivalencia de poderes; donde están estas instituciones que hacen al Estado, cuando falta precisamente el ejercicio deliberativo y de formación de concesos por parte del pueblo. Es pues, precisamente en la exclusión de la mayoría popular donde se logra ejercer esta democracia extraña, que tiene de gubernamentalidad; pero, nada de democracia, en el sentido pleno de la palabra.

Se podría decir, comentando, que la democracia anda mal. Pero, esto parece que a nadie le mella; pues los gobernantes siguen gobernando y decidiendo como si la mayoría del pueblo hubiera avalado todas sus decisiones políticas. Las elecciones se dan de manera rutinaria, como cumpliendo con una ceremonia del poder, que se unge de una legitimidad chuta. La política, en sentido restringido, institucional, se efectúa con “normalidad”, sobre substratos, por así decirlo, de anomalías democráticas. Todo el mundo sabe que esto no está bien o, si se quiere, matizando, no está del todo bien; sin embargo, se sigue adelante sobre este mal funcionamiento de la máquina política. ¿Acaso no hay consciencia que una máquina que funciona mal es peligrosa? Conlleva el riesgo de desbarrancarse.

¿Queremos la paz? ¿Queremos parar la guerra permanente? ¿Lo vamos a lograr con un Acuerdo de Paz? Que después de ser anulado por la victoria del No, se trata de reformarlo, en convenio con otros participantes incorporados a posterioridad, participantes que tienen la peculiaridad de haber promocionado el No. ¿Por qué no se incorporan a los del , que no necesariamente hay que asimilarlos a las irradiaciones ideológicas de las FARC-EP? ¿Por qué no incorporar a los y las de la abstención? ¿Por qué no incorporar a las víctimas? ¿Por qué no incorporar a los y las jóvenes colombianas, a las composiciones sociales vitales de la sociedad colombiana? ¿Por qué restringirse a los que tienen el monopolio de la representación, también el monopolio de la fuerza de las armas? No solamente refiriéndonos al Estado-nación, a las FARC-EP, sino a las organizaciones paramilitares. Este desconocimiento taxativo del pueblo, en sus múltiples expresiones, composiciones, singularidades, habla mucho de no solo la usurpación de la palabra y de la voluntad popular, sino, sobre todo, de los métodos de dominación, de exclusión de las mayorías, justamente cuando se hacen las cosas a nombres de ellas.

¿Por qué pueblos tan vitales, tan intensos, en las expresiones sociales de la vida cotidiana, del arte, de la cultura, de los perfiles transgresores o, matizando, propios, deja que le usurpen la requerida construcción colectiva de la decisión política? ¿Por qué dejan que les impongan una democracia chuta, una democracia simulada? ¿Deja esta banalidad grotesca del forcejeo por el poder, de la concurrencia estridente de la clase política, a los señores y doctorcitos megalómanos y engreídos, que son nombrados como líderes? Hay que preguntarse multitudinariamente esto.

Como lo dijimos varias veces, el secreto del poder y las dominaciones, no se encuentra en la disponibilidad de fuerzas del Estado, en el acceso al asiento simbólico del poder, el gobierno, no se encuentra en los que dominan, sino en la renuncia a seguir luchando, por parte del pueblo; a esto hemos llamado deseo del amo[45]. Aunque no lo sepan los gobernantes, los dominadores, apuestan a esta docilidad de parte del pueblo. Si bien llegan a creer que ellos se merecen el poder, ya sea por “naturalidad”, por herencia o habilidad y astucia, o, si se quiere, por ser portadores de la palabra del pueblo, esto es más creencia e imaginario, que efectiva dinámica del poder. El secreto de la dominación se encuentra en la renuncia a luchar por los derechos conquistados, por el ejercicio de la democracia, incluso en sentido restringido; mucho más si se trata del ejercicio de la democracia en sentido pleno; es decir, como autogobierno.

La realidad diseminada

¿Qué es la realidad? Pregunta vieja, aunque siempre renovada. Ahora nos interesa repetirla en relación a las formas sociales dispersas de percibir la realidad; más aún, de representársela. Sobre todo, cuando las imágenes y las representaciones sociales diseminadas muestran otra dispersión, la del tiempo. Resulta que ocurre como si asistiéramos a distintos tiempos o temporalidades vividas en el mismo momento o coyuntura. Unos grupos o estratos sociales asumen de su percepción compartida una forma de realidad que, de acuerdo a la composición interpretativa e imaginaria, el núcleo radica en tópicos dramáticos donde la institución de la familia se encuentra amenazada, por un mundo que ha perdido los valores y la fe. Otros colectivos o perfiles sociales asumen sus percepciones compartidas en otra forma de realidad; esta vez, más dramática. Conciben que la evidencia de esta realidad es que se trata de un mundo duro y cruel, al que solo se puede responder con brutalidad y violencia, si se quiere sobrevivir. Otro perfil, mas bien, vecino o colateral, considera que el mundo se mueve por el dinero y el poder; en consecuencia, la clave es lograr riqueza, a como dé lugar, y acceder al poder, por la fuerza o la astucia. Sin ser minuciosos en esta descripción, rápida y suscita, diremos que en esta secuencia, se puede mencionar a los estratos, por así llamarlos, privilegiados; en lo que respecta al más tradicional, sus percepciones son asumidas en narrativas familiares, que incluyen el prestigio ganado y las propiedades heredadas; el mundo es lastimosamente una estructura de diferencias, que separa privilegiados de pobres. La tarea es conservar los privilegios, preservar las tradiciones y las diferencias sociales; la versión católica de esta cosmovisión aristocrática propone asistencia para los pobres. En los estratos privilegiados también se encuentran perfiles, grupos y colectivos, mas bien, modernistas, por así decirlo; en este caso, el mundo exige la modernización del país, del Estado, de la sociedad, de la educación y de los comportamientos sociales. Desde esta perspectiva, la tarea es modernizar las instituciones, garantizar la institucionalidad liberal, el Estado de Derecho, incluso, ampliar derechos.

En contraste, están los otros estratos, colectivos y perfiles, sociales, más numerosos, que asumen la experiencia social en la crudeza de sus fenómenos manifiestos; los relativos a las necesidades insatisfechas, a las penurias, que limitan y postergan, incluso condenan. En estos estratos sociales se han constituido memorias sociales, que recogen las remembranzas de sus luchas por satisfacer sus demandas. En las formas más elaboradas, las memorias apuntas a la utopía, como constructo de la esperanza social. También, en estos casos, pues no es uno, sino muchos, en su variedad, el mundo es desafiante y hasta injusto; de lo que se trata es enmendarlo; hacerlo justo. No vamos a detenernos en los distintos discursos de la promesa, tanto místicos como políticos; pues, ahora, no se trata de eso, sino de describir, brevemente, como ejemplos, distintos recortes de realidad, si se quiere distintas realidades representadas por los diferentes estratos sociales.

En relación a esta diáspora perceptual y representativa de la realidad, tenemos, por así decirlo, construcciones ideológicas, que funcionan tanto operativamente, así como formas discursivas y enunciativas, que convocan, buscan convencer, además de legitimar sus actos y prácticas. En estos casos, las formas de realidad asumidas son más amplias, más estructuradas; incluso, conectando varias otras formas de realidad, asumidas por los estratos sociales. Sin embargo, a pesar de esta proyección de mayor alcance, no dejan de ser formas de realidad, construidas desde predisposiciones conjugadas, combinadas y compuestas; si se quiere, no dejan de ser formas de realidad asumidas y configuradas desde las intencionalidades sociales convergentes. Lo que decimos, no es tanto como crítica, señalando las limitaciones de estas narrativas y representaciones del mundo, sino para comprender el funcionamiento de lo que llamamos la realidad diseminada.

La realidad, de la que hablamos, también sufre, por así decirlo, de polisemia. La realidad no es la misma para uno u otros, aunque digamos que independientemente de las representaciones, la realidad es única. Lo que ocurre es que ésta es también una conjetura práctica, aunque se la pueda proponer científicamente, pues la realidad no se separa de las percepciones, menos de las fenomenologías de las percepciones sociales. Si bien para los científicos – esta es otra conjetura, además equivocada, pero, la mantenemos por razones expositivas, mientras tanto – la realidad es física, matemáticamente demostrable, además de la certeza de las sensaciones; en consecuencia, una totalidad explicable; las sociedades, aunque se informen y se formen en estas constancias científicas, no dejan de asumir la realidad desde sus fenomenologías perceptuales singulares.

Es así como podemos, por lo menos, sugerir alguna explicación hipotética sobre el comportamiento político de un estrato que votó por el No, que asumió el desafío del plebiscito por el Acuerdo de Paz como una amenaza a la familia. Es decir, en otras palabras, esquematizando, lo urgente no era responder a la demanda de paz, con un o un No, sino defender a la familia, a los valores, a las buenas tradiciones, de la amenaza contenida, supuestamente, en el Acuerdo de Paz; que según estas impresiones diluía la familia, dando lugar a formas grupales parecidas a lo que pasó en Sodoma y Gomorra.

No se trata de discutir aquí, cuan equivocados están, tampoco poner en evidencia el papel de los conservadurismos, ateridos en parte del pueblo; este es otro tema, que de alguna manera tratamos en otros escritos[46]. Lo que importa ahora es constatar y comprender esta diseminación de la realidad, además del efecto fáctico en la incidencia de los eventos.  ¿Cuál es el problema? Como dijimos antes, en otros ensayos, no se trata de juzgar, que es otro rol y función del ejercicio del poder, sino de comprender los funcionamientos de la complejidad, sinónimo de la realidad efectiva[47]. El problema es que no se toma en cuenta esta dispersión de la realidad, asumida representativamente por los estratos sociales. Se descalifica, de entrada, sus concepciones de mundo, desde la jerarquía y la “objetividad” de los “saberes científicos”, incluso, incluyendo a los saberes filosóficos modernos. En primer lugar, estos “saberes científicos” y filosóficos no dejan de ser, como dijimos, otras formas de realidad, aunque más elaboradas, más amplias y estructuradas. En segundo lugar, no se puede desechar a nombre de la “objetividad”, esta patente manifestación de fenomenologías sociales singulares, que forman parte, a pesar de esa “cientificidad” aludida o reclamada, de la denominada realidad. El descartar estas fenomenologías sociales no habla muy bien de la “objetividad” y “cientificidad” de estos saberes, pretendidamente rigurosos. Por eso, se puede explicar sus descomunales errores, tanto en sus pronósticos como en sus concepciones de mundo.

Estamos pues ante una realidad diseminada, desde la perspectiva dispersa de las fenomenologías de la percepción sociales singulares. Desde la perspectiva de la complejidad, avanzamos a enfoques de la simultaneidad dinámica integrada. Desde la premura de avanzar en la resolución de problemas, desde la perspectiva de la complejidad, la pregunta sugerente, aunque dicha teóricamente, si se quiere, especulativamente, es: ¿en complejidades sociales, articuladas e integradas, aunque no lo parezcan, a las miradas de estas formas de realidad, de las que hablamos, cómo se incide en la sincronización de la totalidad social, buscando armonizaciones, no solo sociales, sino también ecológicas?

En otro texto planteamos un tema, cuya circunstancias pueden ser hipotéticas y hasta anecdóticas, empero, tiene valor ilustrativo y pedagógico. Dijimos que si los enemigos que se van a enfrentar en la guerra, se conocieran, antes de enfrentarse y buscar matarse, resultaba difícil, que después de familiarizarse con lo que es el otro, quebrando sus estereotipos y estigmatismos, que puedan matarse y asesinarse. Parece que un paso indispensable, en relación a la pregunta que hicimos, es que es menester conocerse, comunicarse, ver y sentir a los y las otras, para tomar en cuenta sus experiencias singulares, sus fenomenologías perceptuales singulares, que derivan en sus representaciones, en sus imaginarios y narrativas. La experiencia de semejante hermenéutica social, puede quizás ayudar a comprender mejor el funcionamiento del mundo efectivo en el que vivimos.

No se trata de bondades, de almas bellas, de romanticismos, de pacifismos, que durante la modernidad fueron expresiones sugerentes y de apertura,  sino de recuperar la capacidad comunicativa con los seres; que hemos perdido, en algún momento del camino de la hominización, después, de la humanización. Comencemos la comunicación entre los humanos.

 


[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento poético. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[2] Gabriel García Márquez: El Otoño del Patriarca. Editorial La Oveja Negra. Bogotá 1980.

[3] Paul Ricoeur: Tiempo y narración. El tiempo narrado. Tomo III. Siglo XXI; México.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político. También Antiproducción. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-politico-/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/antiproduccion/. También en Amazon:  https://kdp.amazon.com/bookshelf.

[10] Ver de Raúl Prada Alcoreza La guerra al interior de la periferia. También La “ideología” de la autocomplacencia.  Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/guerra-al-interior-de-la-periferia/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-ideologia-de-la-autocomplacencia-lecciones-de-la-guerra-del-chaco/.

[11] Ver de Gilles Deleuze y Félix Guattari Mil mesetas. Pre-Textos. Valencia.

[12] Texto: Colombia Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Colombia?oldid=87122754 Colaboradores: AstroNomo, Youssefsan, Llull~eswiki, PACO, Lord Sy, Randyc, Joseaperez, 4lex, Fibonacci, Sabbut, Moriel, Frutoseco, Jumaca, Sauron, T6435bm, JorgeGG, HeKeIsDa, ManuelGR, Hhofuentes, Bokpasa, Ruiz, Jsv, Angus, Romanm, Rumpelstiltskin, Sanbec, Zwobot, Dionisio, Yaazkal, Jibbon7, Robertocfc, Bigsus, 1297, Kusaja, Al-Andalus, LeoXV, Rosarino, Dodo, Ejmeza, Ascánder, Davidge, Sms, Alquimista de Viento, Alstradiaan, Rsg, Tostadora, Odalcet, SDGonBen~eswiki, B1mbo, Tano4595, Barcex, Galio, El Moska, Yakoo, PeiT, Dianai, Erri4a, Xatufan, Gazu, Korocotta~eswiki, Joao Xavier, Julianortega, Magerman, Almitra, Ikks, Ruyczard, Cinabrium, Julleras, Fmariluis, Darz Mol, Loco085, Vizcarra~eswiki, Noh1979, Huhsunqu, Balderai, Ecemaml, Casta2k, Kordas, Desatonao, Airtonjpb, Elsenyor, Renabot, FAR, Los Expertos de Todo, Digigalos, Taragui, Ictlogist, Alexan, Chlewey, Boticario, Simon Le Bon, Petronas, Pencho15, Hispa, Airunp, JMPerez, Edub, Yrithinnd, Taichi, Tequendamia, Emijrp, Rembiapo pohyiete (bot), Pipodv, Silvestre, Albeiror24, Alejandromorales, Magister Mathematicae, Susyboom81, Aadrover, Sietek, Phranciscusmagnus, Ppfk~eswiki, Orgullobot~eswiki, RobotQuistnix, Francosrodriguez, Platonides, Alhen, Mschlindwein, Chobot, Rakela, FenixPahedi, Arthecrow, Yrbot, Amadís, Baifito, Seanver, Augusto maguina, Carlos yo, BOTSuperzerocool, Oscar ., FlaBot, Germanfr, Varano, Vitamine, BOTijo, .Sergio, Kroyf, Jorgealberto, YurikBot, Orrego, Mortadelo2005, Jorpcolombia, AGT PIV, Jyon, Beto29, Diotime, Steinbach, KnightRider, The Photographer, Carlosrealm, YoaR, Dweigel, No sé qué Nick poner, C-3POrao, Juansebastian1987, FedericoMP, Txo, Cforeroo, Eskimbot, Jcmenal~eswiki, Bushhopper, JuanseG, Juancgp2004, Dove, Colombiacuriosa, Jaques Sabon, George McFinnigan, José., Cesarjoya, Maldoror, Cheveri, JMAPGGGonzalo, Chlewbot, Ljhenao, Ju985~eswiki, Lancaster, Tomatejc, Jarke, Filipo, Javifreud, Folkvanger, Martinwilke1980, Nihilo, Paintman, Axxgreazz, Jeanpal01, Jorgechp, Ubiquitous, Futbolero, Locutus Borg, Hansen, BOTpolicia, AndresEscovar, Qwertyytrewqqwerty, Enrikes, Gizmo II, CEM-bot, Gejotape, Wiki orange, Laura Fiorucci, Guerrillerord, Jazambra~eswiki, Dansar~eswiki, Fenix 2007, BOTella, Sabanero, JMCC1, Camilo9015, Torquemado, Salvador alc, Efegé, Durero, Xexito, Alfredo Molina, Dbot, Retama, Fidelmoquegua, Baiji, Jey90, Ugur Basak Bot~eswiki, Juanlo1, Ricardo Bello, Ed veg, Lf londonop, Roberpl, Erick91, JoRgE-1987, Davius, Rastrojo, Litigarcolombi@, Rosarinagazo, Antur, Felipnator, Link27, Pensador1971, SajoR, Mcetina, Jjafjjaf, Gafotas, Martínhache, Miotroyo, Luminordis, Montgomery, FrancoGG, Südlich, Thijs!bot, Juan Manuel Grijalvo, MILO, Alvaro qc, Kapia, Ricardoramirezj, Metamario, Juansemar, Túrelio, Roberto Fiadone, Scabredon, Escarbot, KaL, Yeza, Juligar, RoyFocker, Verodelahoz~eswiki, Sapiensjpa, ProgramadorCCCP, E-nauta, Botones, Isha, Egaida, Bernard, Wikix, Jdvillalobos, Borland, Diaqparamigos, Saraac, Dvega78, Góngora, Jurgens~eswiki, Osiris fancy, Weser~eswiki, Chien, Marceki111, Rcajamarca, Ethunder, Lazv, Pepelopex, VanKleinen, Jjgaonam, Kved, Drlatino, Davidcolombia96, Integral triple, Agencia prensa rural, Rotabori, Ventimiglia, Juanchocarrancho, Camigo90, Mansoncc, Rafa3040, Ciro Pabón, FRZ~eswiki, XIRONFISTx, Nueva era, SITOMON, El señor de las letras, Xavigivax, Gsrdzl, Yagamichega, CommonsDelinker, TXiKiBoT, Daniel177, AstroMen, Sankabana,

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Enciclopedia Libre: Wikipedia:https://es.wikipedia.org/wiki/Colombia.

[13] Arturo Wallace (24 de julio de 2013). BBC, ed. «Colombia le pone números a su conflicto armado». Consultado el 4 de enero de 2014. «…la prensa internacional acostumbra utilizar el año del nacimiento de las FARC (1964) como fecha de inicio del conflicto colombiano, mientras que el informe del CNHM recoge datos a partir de 1958, el último año de “La Violencia”.»

[14] Recuento histórico del conflicto en Verdad Abierta (primera parte).

[15] Bibliografía: Giraldo, Juan Fernando (2005). «Colombia in Armed Conflict?: 1946-1985». Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana (Papel Político) 18. p. 43-78. [PDF file].

[16] Miguel Peco Yeste, Luis Peral (2006). Instituto de Estudios Internacionales y Europeos “Francisco de Vitoria”, ed. «El conflicto de Colombia» (PDF). Consultado el 4 de enero de 2014.

[17] Artículo en Semana de 1987. Artículo en Semana de 1988.

[18] Revista Semana: La dinámica del conflicto colombiano, 1988-2003.

[19] Artículo en la revista Semana. Panorama general del desplazamiento causado por el conflicto armado.

[20] Artículo en VerdadAbierta.com. Artículo sobre el debilitamiento de las FARC.

[21] Artículo sobre el conflicto en el Cauca.

[22] El conflicto armado en Colombia deja 220.000 muertos desde 1958.

[24] Revisar de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy La Cultura-mundo. Anagrama; Barcelona 2010. También de Gilles Lipovetsky y Hervé Jupín El occidente globalizado. Anagrama; Barcelona 2011.

[25] Ver de Raúl Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[26] Ver de Raúl Prada Alcoreza Cartografías histórico-políticas. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-historico-politicas/.

[32] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera: https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf.

[33] Ibídem.

[34] Ibídem.

[40] Ver Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y duradera. También ver Acuerdo Final, Integral y Definitivo.

https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf.

http://colombiaporunapazestableyduradera.blogspot.com/2016/08/pdf-acuerdo-final-integral-y-definitivo.html.

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-guerra-y-la-paz1/

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