El hábito de persecución del poder

El hábito de persecución del poder

Consciencia y psicología desdichada

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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En el odio en los tiempos de la política, pareciera que se respondiera a un guion preformado. Lo que hacen los actores políticos es seguir el libreto, hacer los papeles dispuestos en el guion. Es como si se siguiera una trama ya dada, respondiendo a la estructura narrativa. Cada actor se sumerge tanto en su personaje, que termina siéndolo; olvida que es una representación. Hace como si fuese lo representado, el referente, lo real. De alguna manera, saben lo que es el desenlace o lo adivinan; empero, hacen como si lo ignoraran, como si no lo supieran, e insisten en sus propios proyectos, como si pudieran alterar lo ya escrito.

 

Entonces estamos ante una doble tragedia o una tragedia duplicada. El desenlace ya está escrito como una fatalidad; esta trama fundida con su desenlace; mejor dicho, esa trama preparando el desenlace. Esta es la primera tragedia; es tragedia como fatalidad, como condena; si se quiere, como destino. La segunda tragedia o la segunda característica de la tragedia, donde redunda, se da en los dramáticos esfuerzos, inútiles, por cambiar el desenlace, cuando se sabe que esto es imposible, dadas las circunstancias, las condiciones repetidas, sobre todo los habitus acostumbrados.

 

Sabemos que el acontecimiento político no transcurre como trama, sino como constelación de multiplicidades singulares, articuladas en sus asociaciones, composiciones, combinaciones de composiciones, que se dan de manera azarosa, afirmando la necesidad[1]. Sin embargo, la anterior figuración de la dramática política puede ayudarnos a constatar las conductas y comportamientos políticos. ¿Cuál es la analogía que permite esta metáfora? De alguna manera, por aprendizaje de las experiencias políticas de la modernidad, se visualizan ciertas regularidades, develadas en la recurrencia de evidencias, que materializan, por así decirlo, a fenómenos políticos, que parecen contener el impulso de trayectorias inherentes.

 

A pesar de constar estas experiencias sociales, como substrato de estructuras de ciclos políticos reiterativos, a pesar de sus variaciones y diferencias. Hay como una estructura inherente, una estructura estructurante de la política, que ordena los sucesos, haciéndolos parecer a una trama. Aunque no sea así, la metáfora de la trama nos puede ayudar a ilustrar y a comprender la terquedad humana por representar sus papeles heredados, olvidando que éstos ya se dieron antes, que puede cambiarlos, incluso liberarse de sus papeles e inventar otros entramados, que conduzcan a otros desenlaces inesperados.

 

Las historias políticas de la modernidad han enseñado que las revoluciones cambian el mundo; pero, se hunden en sus contradicciones. Que los ciclos institucionales viven su auge y su decadencia; las revoluciones emergen en las crisis de esos ciclos institucionales. Es como si acompañaran al ciclo institucional, en su etapa decadente; como contraste opuesto a la decadencia, buscando un nuevo apogeo. Lo logran cuando se pasa a otro ciclo institucional; empero, entonces, la revolución o, mas bien, lo que queda de ella, no aparece como interpelación crítica al régimen, sino más bien como apología del régimen que se conformó.

 

En el nuevo ciclo iniciado con la revolución, que, a su vez, clausuró el anterior ciclo, los revolucionarios en el anterior ciclo no son los revolucionarios en el nuevo ciclo; tampoco son los conservadores del anterior ciclo. No es una inversión en la misma cancha, donde un equipo jugaba defendiendo un arco y el otro equipo el otro arco, sino se trata, por así decirlo, de otra cancha, incluso con otro formato y de otro juego, aunque se parezca al anterior. Los revolucionarios del anterior ciclo se convierten en los nuevos conservadores en el nuevo ciclo; los conservadores refuerzan, mas bien, sus ateridos conservadurismos en el nuevo ciclo. Para seguir empleando el mismo término  este de revolucionario,  que ya lo pusimos en suspenso, en otros escritos, pero, lo usamos por razones de ilustración y pedagógicas, los “revolucionarios” en el nuevo ciclo son otros y otras sujetos y subjetividades sociales, colectivas, culturales[2]. Estos y estas revolucionarias no se invisten con los trajes de los anteriores revolucionarios ni se disfrazan con el ropaje, los gestos y los discursos de los antiguos héroes. Como lo dijo Karl Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte, los revolucionarios, en el nuevo ciclo, deben despojarse de todo disfraz, de toda mimesis, de toda investidura anterior; obviamente, también de todo discurso e ideología anterior. Para decirlo fácilmente, lo nuevo, el ciclo nuevo, tiene que ser atendido con creatividad e inventiva social, con imaginación transformadora, contestataria, transgresora y dando lugar a aperturas de horizontes civilizatorios.

 

En estas condiciones de posibilidad históricas-políticas-culturales cambiantes; a pesar de las mutaciones estructurales en las condiciones mismas sociales, políticas y culturales,  hay ateridas costumbres, incrustados hábitos, heredados habitus, que atrapan a los actores políticos en el esquematismo dual de amigo/enemigo; definición de la política, en sentido restringido. Esquematismo dual simple, como si solo se tratara de invertir la colocación en la estructura de poder; además, en el mismo juego. Aunque persistan emitiendo los mismos discursos, el hecho político de que ocupen la parte de la cancha que ocupaba el otro equipo y tengan que defender el arco que defendía el otro equipo, como si no hubiera cambiado la cancha y el juego  – por lo tanto, a pesar de que haya necesidad de otras reglas del juego , hace que ambos enemigos, se mantengan en un juego político ya sobrepasado por los acontecimientos, como si no hubiera pasado nada, salvo el que uno ocupe el lugar del otro.

 

A esta situación política, donde los enemigos irreconciliables siguen siendo enemigos, aunque sus colocaciones se hayan invertido, hemos denominado anacronismo político[3]. Ambos resultan atrapados en las estructuras de un juego político fosilizado, ambos resultan jugando un juego anacrónico; por lo tanto, ambos son conservadores recalcitrantes[4], a pesar de sus diferencias discursivas e ideológicas.

 

En estas condiciones anacrónicas, de persistencia en lo mismo, se entiende que los revolucionarios del anterior ciclo, hagan, en el nuevo ciclo, lo que los conservadores derrocados hicieron, en el anterior ciclo. Entonces, como el sujeto político es lo que hace; los “revolucionarios” en el poder son los nuevos amos, los nuevos patrones, la nueva élite, los nuevos ricos de la persistente oligarquía. Aunque se sigan creyendo “revolucionarios”. La auto-contemplación, la autosatisfacción, no hacen al revolucionario, sino que constituyen a pretensiosas egolatrías delirantes, que habría que estudiarlas desde la egología.

 

Un hábito en la clase política es la persecución a los “opositores”; acompañada por la descalificación del enemigo, hasta convertirlo en un monstruo, merecido de asesinarse. Esta costumbre vengativa conservadora se transfiere a los “revolucionarios” en el poder. No saben hacer otra cosa que lo que hicieron con ellos sus persecutores, que ahora se han vuelto “opositores”, en tanto que los “revolucionarios” en el gobierno son “oficialistas”. ¿Qué significa este hábito persecutor?

 

No significa, en principio, otra cosa, que los “revolucionarios” son poder, están en el poder; ahora, al serlo, al ejercen el poder, como se lo hace desde hace siglos, es mas, considerando las diferencias estructurales y civilizatorias históricas-culturales, como se lo hace desde hace milenios. Ejercer el poder es manifestar contundentemente, indiscutiblemente, la fuerza demoledora del poder, de sus máquinas de gobierno, de sus máquinas jurídicas, de sus máquinas de guerra, de sus máquinas burocráticas, de sus máquinas acusadoras, que ahora se coaligan con los medios de comunicación, que banalizan los hechos.

 

En segundo lugar, el hábito persecutorio delata el miedo a perder el trono; temor que se vuelve una pesadilla y convierte a los gobernantes en reyes paranoicos. Se persigue a quien se teme.

 

En tercer lugar, el hábito de la persecución es garantizar la continuidad de las dominaciones polimorfas heredadas, aunque en el nuevo ciclo se les otorgue otros nombres y se pretenda que al estar administradas por un “gobierno revolucionario”, la situación cambia. Mientras subsistan las dominaciones polimorfas el susodicho “gobierno revolucionario” no hace otra cosa que administrar el ejercicio del poder heredado de la máquina fabulosa de las dominaciones.

 

En cuarto lugar, el hábito de persecución es el síntoma más notorio de la consciencia desdichada, del sujeto desgarrado por sus contradicciones. Ocurre como si al perseguir se huyera de uno mismo.

 

En quinto lugar, el hábito de persecución es hábito de policía, es hábito represor. Este hábito forma parte  del panoptismo del vigilar y castigar, consolidado en el siglo XVIII y XIX, combinado con el diagrama del control y el diagrama de la guerra globalizada, en la extensión del siglo XX.

 

En sexto lugar, el hábito de persecución forma parte del circulo vicioso del poder, en este caso, concretamente,  del circulo vicioso de la persecución; ayer me perseguiste, ahora me toca a mí.

 

En séptimo lugar, el hábito de persecución no ha dejado de sufrir el desgaste de los tiempos, de los usos y los abusos. En la modernidad tardía, diciéndolo en tono popular, se persigue a la propia sombra.

 

 

 

 

 

 

Leer más: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-habito-de-persecucion-del-poder/

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