Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía

Comentarios sueltos sobre Felipe Delgado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Felipe Delgado ya no está

 

Jaime_Sáenz

 

 

La dualidad barroca entre lo grotesco y lo sublime, entre lo trivial y lo místico, entre lo profano y lo sagrado, aparece en la novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz. La narrativa se mueve en un devenir escritura de búsqueda del tiempo perdido en el vaho nocturno de una urbe dual. La realización de la escritura, la emergencia de la prosa y la poesía, la fenomenología de la percepción convertida en fenomenología de la narración y de la metaforización, es un acontecimiento literario. Jaime Sáenz lo fue en la mundanidad nocturna de la urbe paceña.

La trama de la novela Felipe Delgado comienza con la muerte del padre, cuando empieza el laberinto del protagonista. Siguen las mediaciones de urdimbres, hilos donde el personaje se pierde en los tejidos de su soledad. El desenlace corresponde a su desaparición repentina. Después de la muerte de su padre Felipe Delgado se embarca en el denso viaje vaporoso de los efluvios del alcohol. El vacío abierto trata de ser llenado por la búsqueda insondable del sentido perdido en la utopía y en la ucronía del sinsentido o del secreto misterioso inhallable.

El demonio-payaso, que Felipe Delgado descubre, cuando su abuela lo lleva a una casa misteriosa, quizás expresa una de las sorprendentes paradojas de la novela; la fama sublime y aterradora, en los hechos, visto de cerca por el niño, aparece en su esplendor ridículo, más penoso que risible. El demonio también se transmuta en un viejo pordiosero irreverente, que no tiene miramientos en depositar sus heces en las puertas del convento donde vivía Fray Guzmán. El demonio tendrá apariciones insólitas a lo largo de la novela de Felipe Delgado.

Calixto María Medrando, el profesor de música de Felipe Delgado y compositor de cuecas, entre ellas de “No le digas”, es un personaje fugaz en la novela, pero, que deja una profunda huella en la memoria y en el corazón del protagonista. Cuando Calixto María Medrano toca Brahms, el piano cruje; no solamente emite la melodía de la composición que tanto le gustaba a Felipe Delgado, sino hace crujir del fondo de la madera y los instrumentos sonidos desoladores, un dolor acompañado por el olor de la eternidad.

En la conversación de despedida con Nicolas Estefanic, amigo heredado de su padre, sobresale la nostalgia del tiempo perdido o del espacio nunca encontrado, pero también aparece el recurso de la ironía que se aplica a uno mismo, como burlándose de lo que se es y de lo que se ha sido, aunque en el presente se considere la oportunidad de emprender un proyecto que valga la pena. Estefanic quiere lograr una economía estable que le otorgue dignidad, en cambio Felipe Delgado quiere fundar un partido fanáticamente nacionalista, absolutamente consecuente con el renacimiento del país. Los dos amigos se despiden en actitud también de comenzar una nueva etapa, la de sus proyectos mencionados, empero sin tomarlos muy en serio. De lo que se trata es de escapar a la encrucijada en la que se encuentran. 

Juan de la Cruz Oblitas, un brujo entre otras cosas, sorprende a Felipe Delgado con su elocuente caracterización de su persona a partir de la lectura de expresiones de su rostro. El brujo especula graciosamente sobre el destino de su interlocutor, acogido por el vaho nocturno. El personaje Juan de la Cruz Oblitas sintetiza el abigarramiento subjetivo. Se trata de pliegues del mestizaje cultural, coagulado en una estructura subjetiva diletante. La presencia pintoresca de Oblitas atrae a Felipe Delgado y lo embarca en un viaje laberíntico sin retorno. En Felipe Delgado, pretensiones de brujería, magia, mística, sabiduría vernácula, se mezclan y se combinan con manifestaciones banales y charlatanerías demagógicas. Este barroco que se mueve entre lo grotesco y lo sublime resuelve su dilema en variados actos extravagantes y en distintos escenarios ambientales.

La carta de Felipe Delgado a su tía Lía es descabellada, declara haber nacido para la muerte, en tanto que su tía ha nacido para la vida; que lo perdone por eso. Quiere convencerla de que no venda la casa, herencia del padre de Felipe y hermano de Lía, para donar, lo que le corresponde a la tía, al convento de monjas. Empero, esta carta está lejos de convencer a la tía, que ha decidido con antelación empedernida hacerlo, pues considera que su sobrino es incorregible y debe afrontar la vida realistamente; por ejemplo, casarse y tener una familia. La carta devela el sentido heideggeriano del protagonista, el ser para la muerte. El considerar que ha nacido para la muerte alumbra sobre el substrato existencial de la subjetividad conmovida de Felipe Delgado; quizás, sobre todo por su inherente tendencia suicida. La carta también devela que Felipe Delgado no puede vivir solo, no puede hacerse cargo de sí mismo; confiesa que extraña a la tía Lía, quien ha cuidado de él desde pequeño, sobre todo, a partir de la muerte de su madre. Se presenta desvalido ante la contingencia abrupta de una secuencia de hechos que se desencadenan desde la muerte de su padre; la escandalosa reaparición de la amante de su tío Apolinar Borda, antes ocultada, ahora ostentándose semidesnuda por la casa, haciendo gala de su habilidad en el piano, tocando para Apolinar. La tía Lía considera esta presencia y su actuación una afrenta a la casa, sobre todo a ella, la mujer de la casa, la administradora de ésta y la hermana de plena confianza del padre de Felipe Delgado. Es cuando la tía decide tomar las medidas urgentes del caso; vender la casa y refugiarse en el convento de monjas, dejando a su suerte a su sobrino.

Se puede decir que hay un antes y un después en la vida de Felipe Delgado; el antes corresponde al tiempo anterior a la muerte de su padre, incluso, jalando un poco más, hacia su presente, como las reminiscencias de lo que quedó, antes de la salida de la casa del padre, vendida por la tía Lía, dejando la herencia en dinero al sobrino, de la parte que le corresponde, según testamento. El antes tiene referentes, el padre, la casa, la vida hogareña en la casa, incluyendo al tío Apolinar Borda y a su amante escondida, abarcando entrañablemente a la tía Lía, a la cocinera, a su hijo Uaca. Incluso las referencias tienen que adjuntar al propio desempeño que ejercía en las oficinas del padre y sus empresas, una especie de administración cualitativa, que velaba por los bienes, es decir, el trabajo que tenía y lo ocupaba parte de su tiempo. En el después se difuminan los referentes, el suelo que pisa se vuelve fluido; tiene ante sí su soledad y abierto un mundo ignoto de posibilidades. Es en este otro tiempo, desatado y hasta desbocado, cuando la tendencia tanática se desborda. Si bien consigue alquilar el segundo piso de una casa en la calle Catacora, en un recodo con la calle Junín, segundo piso maltrecho que refacciona a su gusto, colocando su dormitorio en la mejor habitación, contigua a un balcón que miraba a la ciudad, este refugio no logra estabilizarlo. Es apenas el cuartel de invierno o si se quiere casa de seguridad; en tanto que el centro de gravitación se convertirá la bodega, donde encontrará un nuevo hogar, insólito y refugio de los desterrados urbanos y los marginados sociales.

En su nueva etapa los personajes sobresalientes serán otros y de otro mundo; personajes iluminados por la bohemia mestiza de La Paz, en plena oscuridad de cobijo fraterno y cómplice de la noche. En la taberna se van a tejer otras relaciones, basadas en la condición marginal, incluso clandestina, a la que fueron empujados estos personajes habitantes de la luminosidad nocturna y del afecto compulsivo, alimentado por el alcohol compartido. Entonces, como que se oponen la experiencia diurna y la experiencia nocturna; se opone el recuerdo de la vida anterior y la innovación desbordante de la nueva vida que se inventa en el azar y la jugada absoluta de la perdición. También se oponen la vida y la muerte como dos acontecimientos contrapuestos, pero también entrelazados.

Un plano de intensidad de la novela se desenvuelve en la trama que parte de los antecedentes de Felipe Delgado, antecedentes que entran en crisis a la muerte del padre, aunque se hayan gestado antes de manera latente. A la muerte del padre o en el entorno de los escenarios que se conforman, provocados por su fallecimiento, aparecen los personajes del entorno del padre y de la casa, los amigos del padre y Fray Guzmán; aunque también hace su primera aparición el demonio en forma de pordiosero irreverente y craso, si no tomamos en cuenta al demonio ridículo, que aparece, mas bien, disfrazado, en la casa que visita con su abuela. Otro plano de intensidad es el que corresponde a lo que podríamos llamar el tejido filosófico, coloquial, de diálogo y retórico, donde se va configurando, poco a poco, a retazos, como un traje teórico de aparapita, la concepción de mundo y de vida, también se podría decir la ontología existencial de Felipe Delgado. Uno de los hilos y componentes de esta teoría del aparapita filósofo son las reflexiones sobre el olor; podríamos decir percepciones del olor que devienen enunciaciones sensitivas y conceptuales del olor, tomado como una esencia o sustancia reveladora de la condición social. Ya hablamos del olor de la eternidad al que se refería la narración al comienzo de la novela, también hablamos del crujir del piano cuando tocaba Brahms el profesor de música de Felipe Delgado. Son estas sensaciones, estos sentidos primordiales, también su manifestación material, olfativa y sonora, las que hacen de fuentes iniciales de una fenomenología enunciativa, nocional y hasta conceptual. La concepción de mundo, de vida y de muerte de Felipe Delgado.

El olor venía de la cocina y según el criterio de Felipe Delgado provenía de la inocencia de los alimentos. Después de sufrir en pensiones el tormento de la mala comida, fuera de experimentar la presencia diferenciada de los comensales, a quienes termina clasificando el protagonista, de acuerdo a sus singulares comportamientos con la comida y la mesa, Felipe toca la puerta del primer piso, de donde provenía el grato olor de la inocencia de los alimentos; le abre una anciana de baja estatura, Serafina Bustillos, a la que le explica su atracción hacia la fragancia culinaria de la casa y le pide que lo atienda como pensionado. La anciana le acepta sin mayores contemplaciones; queda estupefacta ante el adelanto por un año de la pensión por parte del insigne comensal.

La clasificación de los comensales era sucinta pero prodigiosa; comenzaba con los comensales silenciosos, imperturbables, que comían como por obligación. Después venían los comensales que compartían con sus animales, sus gatos, la comida; también se nombra el caso de un comensal ladrón de azúcar, que al menor descuido metía el azúcar del azucarero en su bolsillo. En cuarto lugar, aparecen los comensales susceptibles, que convierten en enemigos a los comensales que no responden al saludo de “buen provecho”. Sin embargo, en quinto lugar, están los comensales que, si aprecian la comida, consideran un privilegio almorzar, se reconocen formar parte de una clase especial de comensales, que aprecian como un ritual el acto de comer, incluso respetan ceremoniosos y callados el sonido que hacen al partir el pan, al hacer crujir los alimentos.

Hablamos de planetas o mundos de Felipe Delgado, uno es el relativo al entorno familiar; otro es el que se conforma con su tío Apolinar Borda y el brujo negociante Juan de la Cruz Oblitas; un tercer mundo , quizás el más querido, es el que se constituye en la bodega, donde encuentra un nuevo hogar y el sentido profundo de la amistad de los condenados de la tierra o, mas bien, de uno de los estratos de los condenados de la tierra, los marginados y desterrados, los exiliados en su propia ciudad, los considerados el lastre oscuro de la sociedad urbana. Hay otros mundos, que después comentaremos, como el mundo de sus amores y desamores; también el mundo que se conforma en la hacienda, en la campiña, mundo de despedida, antes de la desaparición de Felipe Delgado.

El tío Apolinar y Juan de la Cruz esquilman a Felipe Delgado; no le devuelven el préstamo concedido a condición de socios, él, el socio capitalista, los otros los socios industriales y comerciales. No es que Delgado no se da cuenta de lo que acontece; ante un informe truculento y embaucador de Oblitas, el acreedor decide donar la deuda a su tío, de manera altruista y dadivosa. Lo que lleva al festejo no solo de los socios embaucadores, sino del propio prestamista, pues se entusiasma con el júbilo que provoca su decisión. En el mundo de los amores y desamores, Felipe tiene un reencuentro con su amiga Titina Castellanos de una manera sintomática y por lo demás extraña. Se rompe su reloj colgado de la pared, debido al sobrepeso y a un clavo enclenque que se dobla; este hecho va a ser una señal, que va a ser descifrada después, cuando se propone llevar el reloj de pared destrozado al relojero. En ese trance se acuerda de su amiga Titina, con la que tuvo una relación esporádica, a quinen no veía hace un tiempo. Cuando llega a la casa de la amiga se lleva la sorpresa de la noticia equivocada de que acababa de morir; se queda atónito, pero mucho mayor es su sorpresa cuando ve salir jocosa a Titina, vivita y coleando. La noticia equivocada la da la nieta del relojero; el que murió fue precisamente su abuelo. La coincidencia se da entre el reloj de pared destrozado y la muerte del relojero.

En la borrachera con el tío Apolinar y Juan de la Cruz Felipe Delgado queda dormido, cuando despierta esta solo y encuentra la casa oscura, con las luces apagadas, lo que incrementa la sensación de soledad. La consciencia de su soledad abrumadora lo empuja a deambular por las calles, buscando calmar su angustia con la bebida. Ningún lugar conocido que encuentra le satisface, lo que le lleva a deambular por callejones, hasta que encuentra uno misterioso, de mal augurio, donde vuelve a encontrar al demonio en otra metamorfosis; esta vez bien vestido, empero, sin desprenderse del vaho hediondo que lo acompaña. A tientas se anima a subir el misterioso callejón, donde encuentra una entrada cuyas gradas ascienden a la famosa bodega, que, hasta entonces estaba escondida para sus andanzas. En la bodega se velaba a la nieta del tabernero; cuando ingresa Felipe Delgado, con temor y como descubriendo el interior denso y abismal de una caverna, localiza a su entrañable colectivo de amigos, que lo van a acompañar en el laberinto, esta vez multitudinario, de su soledad.

El colectivo de amigos de la bodega, cómplices de la búsqueda insaciable de los secretos inesperados de la noche, proliferan en la taberna, empero, conforman estratificaciones fluidas y cambiantes, aunque siempre generando un centro de referencia, conforman meandros que se curvan alargando el viaje al desemboque inesperado. Corsiño Ordóñez es el tabernero y el abuelo de la nieta muerta, Román Peña y Lillo es el jorobado, que se va a convertir en el amigo más cercano y leal a Felipe; Indalecio Beltrán, el decano de los borrachos de la bodega. Están los aparapitas, como coro sitiando el escenario beodo alumbrado, arremolinados en los umbrales; son nombrados los que llevan apodos, el Delicado, el Negro, el Mazorral, el Fú, el Fá; está Amézga, excombatiente de la guerra del pacífico, el asistente del tabernero. En fin, se trata del colectivo fluido de la bodega, que va a iluminar con el afecto etílico la concavidad conmovida de la noche paceña. Felipe Delgado va a derrochar en la bodega afecto y dinero, convirtiéndola en refugio de su soledad y en la entrada a otro mundo, según él, lleno de señales y secretos.

El amorío con Titina Castellanos no dura mucho tiempo, es un amor intempestivo y abrupto. A Titina le desagrada el apego de Felipe Delgado a la bodega, que considera un antro de perdición. Esta inclinación al trago de parte de Felipe lo convierte en sospechoso de inseguridad, inestabilidad e irresponsabilidad sin límites. A pesar de que Felipe le ofrece tener un hijo con ella para alagarla, pero sin necesariamente casarse, la distancia y las diferencias entre Felipe y Titina se ensanchan hasta la crisis y el conflicto. Titina increpa a Felipe y le enumera sus defectos, sobre todo descarga su furia e improperios contra el antro de la bodega; Felipe sale en defensa de sus hogar nocturno y misterioso, denso en búsquedas sin horizonte y en guarida ardiente de los desolados. Le dice que ella no entiende que se trata de un lugar de otro mundo, lugar donde se desenvuelven los secretos recónditos del universo. La relación amorosa con Titina se quiebra, aunque todavía Delgado va a ir a buscarla, un tanto por costumbre y demanda, otro tanto por querer remediar la ruptura. En la última discusión, que deja perplejo a Felipe Delgado, Titina le dice, antes de romper, que ella sabe que está sola, que se puede hacer cargo del hijo sola, que él no la quiere, tampoco ella, aunque no sabe cómo explicarle esta situación, sino que la necesita. Ella, una huérfana, que sale de un hospicio de monjas, está sola en el mundo, solo tiene a su madrina, que es la muñeca que la protege. Como para contrarrestar las historias esotéricas en las que se explaya su amante no amado, le cuenta a Felipe un secreto; una historia que la tiene afligida y embargada en la consciencia culpable, hasta el presente; le cuenta la historia guardada y enmudecida, pero no olvidada, para desahogarse. En el hospicio había dos huérfanas muy recatadas, Inocencia del Campo y Soledad del Invierno; sin embargo, a pesar de su conducta circunspecta, ellas guardaban un libro erótico con dibujos pornográficos; libro indecente que todas las huerfanitas del hospicio leían y observaban con ahínco, a ocultas de la vigilancia de las monjas. Un día aciago una confidente de sor Pía Armonía delató a las hermanas guardianas del libro secreto. Sor Pía Armonía tomó las medidas del caso, enjauló a las culpables, hizo formar una ronda en el patio a las huérfanas del hospicio, obligó a las culpables, que se encontraban enjauladas y rapadas, a quemar el libro del delito. Al día siguiente las culpables fueros incineradas en el horno de pan. Una vez terminado el relato, Titina confesó que ella fue la confidente que las delató. El asombro de Felipe es grande, se mueve entre el terror y el estupor, pero también en la incredulidad, sospechando que su amante no amada se hacía la burla; le dice a Titina que esto no era otra cosa que una monstruosidad inaceptable. Respecto a la muñeca madrina, le dice protestando nunca había asistido a semejante argumentación, culpando a un objeto inanimado de lo que acontece, atribuyéndole responsabilidad, cuando no la podía tener. Dice que lo inanimado está más allá de lo orgánico y que los humanos son los que degradan la vida y la muerte.

Esta concepción nihilista de la vida y de la muerte, una dialéctica existencial negativa, también esta concepción nociva de lo humano, forman parte de lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico de Felipe Delgado, como dijimos, plano de intensidad tejido a retazos como vestimenta teórica de aparapita. Plano de intensidad de una filosofía nihilista singular, cuya universalidad radica en la tesis heideggeriana del ser para la muerte, cuya particularidad radica en la elocuencia y la enunciación barroca. Una suerte de mezcla de filosofía negativa y misticismo, magia y brujería.  

 

En la bodega Indalecio Beltrán se explaya en una apología del aparapita, después de exponer su tesis sobre la inspiración. Se podría decir una tesis idealista, en tanto que la apología del aparapita es trágica y existencialista, marcadamente barroca. En la tesis idealista asume que los poetas miran con el alma lo invisible, lo que no está al alcance de la vista común; en tanto que en la apología del aparapita encuentra el substrato y la síntesis de la condición nacional en este insigne cargador de la urbe paceña. Se pondera su fuerza, su coraje, su valor, su laburo, aunque también su humildad y su sabiduría silenciosa. Beltrán declara a los miembros de la bodega como poetas prácticos, pues ven desde la experiencia dramática a la que son sometidos por su entrega sin límites al compromiso de la diseminación nocturna. En el ínterin, entre su tesis sobre el arte y la apología del aparapita hace una disertación intermedia, dedicada a la chola, a la madre chola. Abnegada madre cuya dedicación al cuidado afectivo de los hijos es admirable, sobre todo cuando son guaguas. El ejemplo que da es lo que observa detenidamente en la calle Illampu cuando una madre chola lavaba el culo de su guagua con un cariño asombroso, sin hacerle doler, además lo hacía a veces cantando un huaiño. Felipe delgado interviene, interrumpiendo a Beltrán, para decirle que estaba completamente de acuerdo con él, solo que otorgando a su apreciación un contenido del espíritu nacional.  Sin embargo, el interés de Felipe Delgado se dirigía al aparapita que no llevaba el manto y hace vistoso el traje de múltiple textura, compuesto por las propias manos del insigne cargador. Después de un sueño estrambótico con moscas, enredadas en un juego de palabras que riman, entre la fraternidad de la taberna, donde él mismo se convierte en una mosca perdida en el abismo, descubre, al despertar, enfrente, la composición abigarrada del traje del aparapita, que se le antoja de una cristalización mineral. Pide a Delicado que se lo presenten al aparapita, sujeto de su atención, y a su compañero, más viejo, con el que compartía la coca, los puchos y el trago. Se acercaron Fortunato Condori, el mayor, y Damian Tintaya, el más joven.

Si bien Beltrán comenzó la apología del aparapita, debido a una discusión acre con Delicado, que, en discordancia a su nombre tiene una consistencia corporal de fortachón, es Felipe Delgado quien extiende la apología, la prolonga y la concluye de una manera ejemplar. Según Delgado el aparapita es un anarquista nato. Sobresale en el legendario cargador la grandeza auténtica. Habita la ciudad efectiva y contrasta su figura contra la ciudad ilusoria y envilecida. Así como la bodega es una síntesis de la ciudad, el traje de la aparapita configura y expresa la realidad total. Delgado considera que en la composición del traje del aparapita se puede leer la escritura secreta de la realidad, contada en el juego del bricolaje del tejido heterogéneo del traje del aparapita. Con esto el aparapita supera la realidad y llega a la fantasía. Delgado confiesa que se encuentra seducido por esta elocuente presencia existencial. También confiesa que quisiera tener un traje de aparapita, pero, sabe que no se lo merece, que, aunque tuviera muchos trajes de estos ninguno le pertenecería, pues no los podría poseer. El traje del aparapita está íntimamente ligado al cuerpo y a la experiencia del aparapita; el aparapita se ha hecho el traje, poco a poco, retazo a retazo, cosido a cosido; por eso mismo, es una extensión de él, de su cuerpo, de su ser.

La interpretación que hacemos, los comentarios sueltos, de Felipe Delgado, supone varios planos de intensidad del entramado de la narrativa de Jaime Sáenz en la novela; algunos los hemos mencionado, el plano de intensidad familiar y sus entornos, el plano de intensidad de los amores y desamores, el plano de intensidad del colectivo de la bodega, quizás también el plano de intensidad de los amigos heredados del padre, que terminan jugando un papel fundamental en el desenlace de la novela. Mencionamos el plano de intensidad filosófico, que hace como substrato reflexivo a lo largo de la novela, sobre todo busca hacer emerger de la trama o, mejor dicho, del entramado de la narrativa, el sentido inmanente de sus tejidos. Bueno pues, si fuese así, importa comprender las conexiones y las articulaciones de los distintos planos de intensidad en la narrativa. Al respecto se pueden sugerir distintas hipótesis interpretativas, empero nos vamos a concentrar solo en algunas, comenzando con una relativa a un enfoque estructuralista, hipótesis que alude a distribuciones binarias subyacentes en la estructura del texto. En el plano de intensidad familiar aparece el contraste entre el tío Apolinar y la tía Lía, la oposición entre el señor y la señora, entre el irresponsable y la responsable, entre el inmoderado y la cuerda; en el plano de intensidad de los amores y desamores se evidencia el contraste entre Titina Castellanos y Ramona Escalera, entre la amante no amada y la amante amada, entre la sensualidad de la hechicera y la belleza de la mujer que se acerca a la artificialidad de muñeca. En el plano de intensidad del colectivo de la bodega no hay exactamente contrastes binarios, pues todos llegan a parecerse, empero se puede sugerir que, a pesar de que comparten el mismo espacio bohemio de la bodega, que sintomáticamente lo nombran como “el purgatorio”, se hacen notorias ciertas diferencias; por ejemplo, entre el decano de los borrachos, Indalecio Beltrán, y, en algunos casos, Delicado, en otros, Román Peña y Lillo. Pues Beltrán aparece como el magistral expositor de temas, en tanto que los otros, a excepción de Delgado, aparecen de manera pedestre, en su elocuencia, mas bien, crasa. En el plano de intensidad de los amigos heredados, se hace notorio la diferencia entre el perfil del Doctor Sanabria, amigo del finado Virgilio Delgado, el padre del protagonista, que reprende la conducta de Felipe, pero que termina cobijando al descarriado Felipe Delgado, y Nicolas Estefanic, otro amigo del padre, que, mas bien, lo secunda. En el plano de intensidad filosófico se hace hincapié en las paradojas que expresan las dinámicas mismas existenciales de la vida y de la muerte.

Sin embargo, fuera de estos contrastes notorios, que pueden dar claves de la estructura del texto, se pueden mencionar otros dualismos que expresan otras distribuciones subyacentes de la narrativa, que ya no tienen que ver con los planos de intensidad individualizados, sino, mas bien, con el conglomerado conectado y articulado de los mismos. Hablando de las pretensiones de brujería y hechicería, que es como una atmósfera difusa y transversal en la novela, se oponen la figura de Juan de la Cruz Oblitas y Titina Castellanos. El brujo Oblitas es el amigo que esquilma, en tanto que Castellanos es la amante no amada; por otra parte, la hechicera Titina está ligada a la muñeca-madrina, que aparece como protectora y hacendosa, en tanto que el brujo de Juan de la Cruz, pajpaku y tramposo, está ligado al demonio, que emerge en la novela en su metamorfosis fantasmal como una amenaza. Deteniéndonos en este dualismo estructurante de la novela, entre otros dualismos, vemos que la muñeca, como fetiche, se opone, al demonio como amenaza, sobre todo por sus connotaciones figurativas. La muñeca es de una belleza artificial, en tanto que el demonio no deja las irradiaciones de la fealdad concreta, como la fetidez que lo acompaña. No olvidemos que José Luis Prudencio, el esposo de Ramona Escalera, colecciona muñecas y retiene a Ramona como si fuese una muñeca; ese es su placer. En cambio, el demonio aparece presagiando mal augurio o está vinculado a un hecho funesto. Felipe Delgado se enamora de Ramona y teme a todo lo que anuncia el demonio.

Sin embargo, en toda esta profusión de planos de intensidad, de hilos, urdimbres de los tejidos de la narrativa, el aparapita es la figura no solo más enigmática de la novela, sino que guarda la clave de la interpretación de la novela, en cuanto al sentido inmanente. Cuando Felipe Delgado expone el sentido de despojarse del cuerpo, “sacarse el cuerpo”, según sus propias palabras, que conlleva el aparapita, comprende que se trata del destino del aparapita. El despojarse del cuerpo acontece cuando el aparapita decide morir, esto quiere decir, deshacerse del cuerpo, del cuerpo que ha cargado con todos los pesos que tuvo que sostener en la espalda, del cuerpo agotado cuyas últimas fuerzas son usadas para despojarse de su carne. La propuesta interpretativa de Felipe Delgado es que con este acto el aparapita se espiritualiza.

Volviendo a los dualismos, podemos decir que el aparapita se opone al mundo envilecido, como el mismo Delgado lo dijo en su exposición. Metafóricamente podemos decir que el aparapita carga con el mundo; una vez que considera que ha terminado su tarea, no del día, cuando va a la bodega, sino su tarea de todos los días que le tocó vivir, el aparapita decide deshacerse de su cuerpo para encontrar otro mundo, espiritual, con esta desaparición. Mientras vive y carga con el mundo, su traje configura el mundo en su multiplicidad, logrando expresar la armonía de la pluralidad. Cuando deja su cuerpo, cuando decide morir, deja su cuerpo para que se lo lleven a la morgue y escruten los estudiantes de medicina en su cuerpo los secretos de la biología humana. Los compañeros aparapitas se reparten su traje y sus cosas, como herencia legítima y adecuadamente prorrateada entre todos los compañeros. El aparapita se “saca el cuerpo” como desenlace de su destino; al final la novela tiene como desenlace la desaparición de Felipe Delgado, es decir, éste también termina sacándose el cuerpo.

Indalencio Beltrán invita a Felipe Delgado a contemplar desde la claraboya de su cuarto el majestuoso Illimani, a la hora conveniente del atardecer, cuando la pintura de la luz del verano o del invierno permite apreciar mejor los secretos que esconde la fabulosa montaña de varios picos. Beltrán le comenta los secretos de la claraboya, ligados a la biografía de su padre, pintor especializado en la pictórica y el paisaje del Illimani; por otra parte, le revela que además es topógrafo, lo que le permite tener entraditas que le hacen un poco más soportable la pobreza en la que se encuentra. La otra conversación en la que se embarcan los amigos es sobre Franz Tamayo, a quien considera Delgado el poeta absoluto y el pedagogo del pueblo boliviano. Beltrán hace observaciones sobre su condición de hacendado y sobre la explotación de sus pongos; empero, Delgado considera que Tamayo se preocupa por todo lo que atinge al pueblo, sobre todo se preocupa de los peligros que acechan. Que, si bien, explota a sus pongos y es consciente de esto, lo hace comprendiendo que su labor es educativa, para transmitir las enseñanzas, para que se adquiera la disciplina y, sobre todo, para el resurgir de la nación desde su cuna de Tiwanaku. La conversación gira anecdóticamente tanto en una apología grandilocuente del connotado escritor, pero, también, a ratos adquiere como un tono de ironía. El mensaje que trasluce es que el Illimani y Tamayo están íntimamente involucrados y conectados, tanto por su desmesura sublime como por su grandeza absoluta.

Lo que habíamos nombrado el plano de intensidad filosófico del entramado de la novela parece disentir con estas alocuciones, que adquieren un tono paisajista o de determinismo geográfico, también una tonalidad nacionalista, incluso indigenista. Ocurre como si la ontología existencialista heideggeriana del ser para la muerte se contrapondría y, a la vez, conjugara con estos tonos deterministas geográficos, nacionalistas e indigenistas. Llamemos a esta otra variante de la cosmovisión plano de intensidad ideológico. En este caso, se trata de la consciencia nacional o, dicho de manera ontológica, del ser nacional, del ser boliviano, que, a diferencia de la tesis heideggeriana no está destinado a la muerte, sino al renacimiento.

Habíamos dicho que la clave para interpretar la novela se encuentra en la tesis de Felipe Delgado sobre el aparapita, sobre su desenlace, el “sacarse el cuerpo”, que también se convierte en el desenlace de la novela, cuando el propio Felipe Delgado se saca el cuerpo, desaparece. Nombramos a esta clave hermenéutica el sentido inmanente de la narrativa de la novela; sin embargo, se pueden encontrar otros sentidos, no necesariamente inmanentes, que tienen que ver tanto con la tesis ontológica existencialista, así como con las tesis ideológicas nacionalistas e indigenistas. Para decirlo en términos interpretativos, podemos conjeturar que la formación social abigarrada boliviana adquiere configuraciones simbólicas en la conjugación de la tesis existencialista nihilista y las tesis ideológicas nacionalista e indigenista. El entramado de la novela, al desenvolverse y combinar los distintos planos de intensidad de la narrativa, busca los sentidos subyacentes, que se encuentran diseminados en los dramas desplegados por las acciones de los personajes. El plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son como los decursos de las reflexiones inherentes en la novela.

Hay otra conversación que sobresale entre los amigos, Beltrán y Delgado, que tiene que ver con la teoría de la conspiración, por así decirlo. Beltrán alude a un rumor que recorre la bodega; se habla de un personaje misterioso, que prepara una convocatoria a la nación, que arma un ejército para recuperar los territorios perdidos por el país en las sucesivas guerras, que cuenta con consejeros sabios y especialistas, entre los que se encontraría el mismísimo Tamayo. Delgado no estaba enterado de este rumor, lo que le sorprende, sobre todo al enterarse que el que lo ha difundido en la taberna es su amigo Román Peña y Lillo, lo que lo hace sospechoso de difundir rumores especulativos. Los dos amigos quedaron en encarar a Peña y Lillo, para que aclare sobre este rumor difundido. La conversación vespertina de Beltrán y Delgado culminó con música, Beltrán desempolvó su mandolina para tocar unas piezas de Adrián Patiño Carpio, terminando el repertorio con la interpretación de una cueca. Lo que entusiasma sobremanera a Felipe Delgado; los dos amigos llegan hasta las lágrimas. Esta parte de la narrativa nos muestra otro plano de intensidad de la composición de la novela; denominaremos a este plano de intensidad musical. La música, el ritmo de la música, la composición melódica, acompañada de la letra, escolta al entramado narrativo, desde la presentación de la letra de la cueca “No le digas”. La música es la melodía de fondo, que acompasa a las tramas de la narrativa; se podría decir que está más acá y más allá del sentido evocado en palabras. Se trata de un sentido anterior al sentido inmanente, por lo tanto, también a los otros sentidos subyacentes. Este más acá y más allá es la armonía que se le escapa a la comprensión intelectiva, tanto del plano de intensidad filosófico, así como del plano de intensidad ideológico. Se podría decir que la armonía musical emite los secretos que se buscan con el entendimiento, secretos que se le escapan, que no puede encontrarlos. La música emerge directamente, sin mediaciones, de las ondas y vibraciones energéticas.

La primera parte del libro, compuesta por doce capítulos, desenvuelven una composición combinada y entrelazada de los distintos planos de intensidad narrativos mencionados. Esta composición muestra cumbres y hondonadas, que hacen variar la textura de las tramas y urdimbres de la narrativa. Entre las cumbres se encuentran lo que simbolizan el Illimani y Tamayo para la utopía nacional; entre las hondonadas se encuentran los recovecos dramáticos y pasionales en los que se entrampan los distintos personajes involucrados. Las cumbres son como la simbolización de las utopías perseguidas, las hondonadas son como la simbolización de los laberintos y los abismos donde se cae irremediablemente. El sentido del ser, el ser para la muerte es como la expresión de esta caída a la nada; en cambio, el ser nacional es como su contrapeso, la expresión de la posibilidad del renacimiento o el resurgimiento.

En las tres siguientes partes de la novela, compuesta por cuatro partes, que en total hacen cincuenta y dos capítulos, la composición del entramado narrativo ha de combinarse de distinta manera, desenvolviendo distintos desplazamientos del centro gravitacional o de agujero negro del campo orbital de los escenarios de los dramas, que se conforman, dependiendo de la jerarquización de alguno de los planos de intensidad respecto de los otros.

En este contexto, en sentido hermenéutico, en este círculo interpretativo, podemos comenzar a interpretar el tejido de la trama narrativa. Dijimos que a los ojos de Felipe Delgado la bodega aparece como un lugar de resistencia, fuera de sitio entrañable de misterio; ahora también podemos considerar, en el contexto, como un espacio de la protesta existencial contra la sociedad institucionalizada. Ante la irrealización de las utopías, que se simbolizan en las cumbres alegóricas mencionadas o crasamente en la conspiración por el resurgir político, Delgado opta por la diseminación corporal. El alcoholismo resultaría una protesta suicida de los vencidos o, mejor dicho, de los que no encuentran el sendero de la realización de la utopía, pues ésta se encuentra clausurada por la misma sociedad institucionalizada, el mismo Estado, limitado en sus alcances y fronteras mezquinas. Aunque al final de la novela Felipe Delgado es rescatado por el Doctor Sanabria y llevado a su hacienda para su rehabilitación y limpieza; un tanto, haciendo remembranza al Quijote que recupera la razón y reconoce haberse extraviado en su locura; empero lo hace para despedirse, antes de morir. En este transcurrir, cuando Felipe reflexiona sobre lo acontecido y acumula sus notas, con la intención de armar una escritura reveladora de su experiencia, se produce un hecho sintomático, desaparece su cuaderno de notas y memorias.  Su testimonio de vida, sus reflexiones, profanas y sagradas, su escritura en ciernes, es hurtada. Sus secretos son conocidos por otro, el ladrón o los ladrones, el que perpetra el acto y el autor intelectual del hurto. Felipe va a buscar por todas partes su tesoro de inscripciones gramáticas. Está lejos de la bodega, a la que solo llega a verla, al revés, con un telescopio roto, que le brinda Sanabria. Este es el escenario de la desaparición de Felipe Delgado. Se trata de un escenario de distanciamiento y de vaciamiento, que recalca de otra manera su soledad, ya no como antes, dramáticamente, que comienza con la muerte de su padre, sino de una manera paisajística, donde se hace hincapié en el alejamiento.  

 

A lo largo de la novela descubrimos que Felipe Delgado vive la experiencia de duplicación, es decir, se desdobla; se encuentra el mismo en otro. En la medida que se vuelve a encontrar con el demonio, éste se le va a ir pareciendo, hasta suponer que el demonio es el mismo, solo que de viejo o como vuelto de la muerte. Cuando muere el bodeguero, Corsino Ordóñez, se encuentra en el hospital con un médico que no solo se le parece, como su doble, sino que, además, lo insólito, lleva su mismo nombre y apellido: Felipe Delgado. Por otra parte, aparecen otras duplicaciones; su madre se llamaba Ramona, la mujer de la que se enamora, la esposa de José Luis Prudencio, se llama también Ramona. Su madre murió cuando precisamente nació Felipe; la muerte de su madre acompaña al nacimiento de Felipe, custodia a la vida de Felipe. La muerte es una sombra que le persigue, así mismo adquiere otra connotación, más bien, de liberación, por así decirlo, como cuando el sacarse el cuerpo implica la espiritualización, quizás el encuentro con uno mismo. Para decirlo resumidamente, hay como dos formas de muerte, contrastadas, aunque haya otras formas más, como las relativas al morir lenta o diferidamente. Como dice Blanca Wiethuchter, la experiencia de la duplicación, el encontrarse en el otro, supone la escisión[1]. Como en la poesía de Jaime Saénz la novela comienza con el asombro del protagonista, Felipe Delgado; le sigue el descubrimiento del otro, al que se llega después de una larga experiencia dramática, de diferenciación, de reconocimiento y de identidad. Sin embargo, no se identifica con el otro en todos los personajes con los que se topa, sino tan solo con algunos, pocos. Se puede decir que la duplicación es como retornar a sí mismo, después de su extrañamiento. Se encuentra consigo mismo cuando el demonio se le parece, se encuentra consigo mismo cuando se ve en el médico, más joven que el mismo. También Ramona, en sueños, termina pareciéndose a él. Por último, termina encontrándose consigo mismo en el desaparecer.

Sin embargo, en la experiencia de extrañamiento y, dialectalmente, de retorno, a la vez, el descubrimiento del otro no solo emerge en las analogías, sino también en las diferencias; diferencias que no solo muestran contrastes, hasta contradicciones, sino lo que el mismo niega o rechaza. Por ejemplo, aborrece de José Luis Prudencio. Descubre que el misterioso personaje del rumor que se propagó en la bodega es precisamente Prudencio, al que decide vigilar y espiar. Empero, la curiosidad enigmática que siente por Prudencio va desapareciendo hasta el desencanto, en la medida que se va aproximando y observando, descubriendo sus secretos. Además de cojo, aparece como un personaje cruel y hasta indiferente, incluso anodino y despreciable, salvo su apego por la colección de muñecas que tiene en casa, además de su mujer, Ramona escalera, que se parece mucho a una de sus muñecas apreciadas. Cuando ocurre esto, cuando crece el desprecio por Prudencio, deja de interesarle y se deja seducir por la belleza de Ramona.

Ramona se encuentra cautiva en casa de Prudencio, sometida a control y vigilancia por parte del enigmático esposo, también por parte de la hermana de este ignominioso personaje. Incluso sufre violencia por parte de esta hermana, a lo cual Prudencio es indiferente. El romance con Felipe Delgado es como una liberación; empero, tampoco dura, como hubiera querido Felipe. A Ramona le detectan un cáncer que la va a llevar a la muerte. Felipe vuelve a enfrentar la muerte como ruptura, evento que le quita a sus seres queridos. La muerte de su amada va a marcar la clausura de una etapa y el comienzo de otra, como en el caso de la muerte de su padre. Va a buscar consuelo de una manera más desmesurada en el alcohol, que lo va a llevar a la perdición, completa, casi al exterminio; pierde todo, su casa, sus amigos no aparecen, en la bodega bebe con extraños, que se comportan agresivamente, se convierte prácticamente en un pordiosero o no se diferencia en su aspecto de este desventurado. Se refugia en casa del brujo Oblitas, quien lo cobija. Cuando se encuentra completamente perdido, el Doctor Sanabria, Estefanic y Oblitas conspiran para rescatarlo, prácticamente secuestrarlo y llevárselo a la finca de Sanabria, para que allí se cure y se rehabilité. La situación y condición de Felipe Delgado llegaron tan lejos del desamparo y la desdicha, a su propia indigencia, que incluso la bodega, su refugio, desaparece del escenario. Antes, como anuncio de la clausura, Amézaga se convierte en el administrador de la taberna, el carpintero acreedor de Ordoñez, Noé Salvatierra, compadre del bodeguero, se instala en la bodega y perturba la armonía beoda del colectivo fraterno que se había formado. La bodega es sustituida por la Carpintería del Diluvio Universal de Noé Salvatierra.

En la finca del Doctor Sanabria Felipe Delgado prácticamente se vuelve un abstemio, no toma, salvo cuando lo visita Peña y Lillo, su amigo, que trae consigo botellas para brindar, o en alguna que otra ocasión, como en San Juan. En la hacienda de Sanabria tiene un altercado con el administrador de la finca, Menelao Vera, quien confiesa que odia a Delgado. En la noche de San Juan le ruega que vuelva a beber, para que vuelva a ser lo que siempre fue y, de esta forma se lleve la maldición que ha traído a la hacienda. Felipe vuelve a beber y culmina la conversación con Menelao rompiéndole una botella en la cabeza. Antes de su desaparición Felipe se perdía intermitentemente, obligando a Vera a buscarlo y encontrarlo en los lugares más recónditos e insólitos, como en un pozo profundo; al final una tarde se pierde definitivamente sin que nadie después pueda encontrarlo, a pesar de las incursiones organizadas tanto por Menelao Vera y Peña y Lillo.

En la noche de San Juan Felipe Delgado quema su cuaderno de anotaciones y memorias, que reaparecen después de una subrepticia pérdida, altamente sospechosa y sintomática. Esta quema de la escritura, que, por cierto, era valiosa, anuncia, como despedida, la propia desaparición. Felipe Delgado no solamente se saca el cuerpo, emulando al aparapita, sino que su cuerpo se esfuma, no aparece ni como cadáver, lo que obliga al brujo Oblitas a preparar una sesión de brujería en La Paz para desvelar lo que había acontecido o, en su caso, descubrir al culpable de su desaparición. Sospechaba que fue Menelao Vera el autor de su supresión. A esta sesión solo asistió Peña y Lillo. Oblitas encontró en la habitación el saco de aparapita que improvisó Delgado, cosiendo a duras penas; para el brujo esta aparición del saco era una prueba de que Felipe Delgado se encontraba y, al mismo tiempo, no se encontraba en la casa, la última morada del protagonista errante, convertido en un fantasma.

Conclusiones

Ahora bien, estamos ante una novela, Felipe Delgado, que es el nombre del protagonista de la narrativa, que se sitúa en una ciudad de La Paz anterior a la guerra del Chaco, si se quiere en una coyuntura en el umbral mismo de la guerra entre Bolivia y Paraguay, dos países empujados a la conflagración por dos empresas trasnacionales del petróleo, pero también por sus propias oligarquías criollas, en pleno contexto de la crisis de los Estado-nación. Una guerra donde se disputaba el control del Chaco Boreal y de las reservas hidrocarburíferas, en pleno contexto de la demanda energética de la revolución industrial, todavía bajo la hegemonía británica. A través de la novela se puede vislumbrar el perfil de la estructura social, de las estratificaciones de las clases sociales de la formación social boliviana, por lo menos de parte de este perfil, un poco sesgado en el enfoque literario de la dramática de lo que se ha venido en llamar las clases medias, preponderantemente mestizas. Ciertamente el personaje principal, Felipe Delgado, experimenta los dilemas, el diletantismo, el dramatismo y la angustia de la sedimentación social de la clase media, en las formas extremas de la bohemia barroca y marginal paceña.   Desde esta perspectiva, se puede decir, que las enunciaciones relativas a lo que hemos llamado el plano de intensidad filosófico y el plano de intensidad ideológico son los recursos discursivos del protagonista para interpretar esta experiencia abigarrada de los estratos medios y mestizos. Manteniéndonos en esta perspectiva y en este enfoque interpretativo – puede haber otros -, no se trata tanto de concentrarse en las tesis nihilistas o en las tesis nacionalistas e indigenistas, tampoco así, concentrarse tanto en el plano de intensidad pretendidamente místico o en la atmósfera especulativa de la brujería, sino entender que se trata de recursos provisorios para interpretar la experiencia singular de los estratos mencionados, solo que asumidos de manera existencialista barroca y vividos en el dramatismo de trayectorias de vida que se pierden en sus propios laberintos. La estética, entendida como substrato de las sensaciones y las sensibilidades, que captan la multiplicidad de los fenómenos percibidos, en este caso, estética de la novela, adquiere la composición del entramado narrativo, la trama del antihéroe mestizo de una urbe enclavada en plena cordillera de los Andes.

No pretendemos sugerir una sociología de la novela, sino contar con esta referencia al momento de apoyar una lectura arqueológica de la novela, por lo menos en los términos y límites improvisados de unos comentarios sueltos. Felipe Delgado, que puede corresponder a una biografía ficticia del propio autor, Jaime Sáenz – entre otras biografías posibles -, es un personaje descentrado de los ejes normativos y de los comportamientos aconsejables de la clase media. Un personaje errante, deambulante de mundos, que hacen como sus entornos, unos más valorizados afectivamente que otros; mundos habitados subrepticiamente por el protagonista errante; de los que obtiene lo que necesita para continuar su marcha sinuosa de una búsqueda nebulosa hacia lo desconocido. No es la sociología la que va a dar cuenta de esta escritura paradójica de Jaime Sáenz, pues la escritura literaria, la narrativa de la novela se teje con hilos sensibles, componiendo figuras imaginarias, otorgándoles contenidos simbólicos, que hablan más de las dinámicas subjetivas inmanentes que de las estructuras trascendentes sociales.

Estamos ante una subjetividad en crisis, que puede tomarse hipotética y provisionalmente, como crisis de identidad; que empero no agota la comprensión y la interpretación de lo que contiene como posibilidades expresivas el personaje central de la novela. La condición de antihéroe de Felipe Delgado ya es, de por sí, una crítica desde la literatura a la sociedad institucionalizada de entonces, a sus pretensiones, a sus mitos y juegos de poder. El protagonista, entrampado en su drama embrollado de vaciamiento continuo, busca refugiarse en oasis afectivos, en la amistad y en el amor. Pero, es la muerte la que, intermitentemente, arrebata a sus seres queridos, arrastrándolo, cada vez más, al abismo. Es la música la que acaricia su ser, conmoviéndolo, recordándole los sentidos fundantes y creativos, anteriores a todo sentido intelectivo. Y es el juego paradójico del discurso lúdico el que amortigua la distancia del desconocimiento de la alteridad inscrita en los cuerpos. Las paradojas, por lo menos muestran, el quiebre de las certezas, las fracturas en el estallido de las contradicciones, fracturas que se abren tanto al abismo, así como a la intuición de horizontes utópicos.  

La novela Felipe Delgado es un acontecimiento literario, como tal, nos permite la lectura, vale decir la reconfiguración, la apropiación por la lectura y la reinvención de la novela en la experiencia de su decodificación, de su destejido, para volver a hilvanar y tejer en la imaginación y la memoria hermenéuticas. Como dice Paul Ricoeur, la narración está íntimamente ligada con la invención del tiempo, así como la invención de la memoria de un pasado[2]; por eso mismo, una adecuación al presente fugaz y también dilatado, es decir, una disposición a la espera y a la expectativa. El contexto de Felipe Delgado no solamente es la formación social paceña de aquél entonces, sino, hermenéuticamente, el contexto mismo de la novela, no solamente boliviana, sino latinoamericana, además de la novela mundial, con todas las concomitancias que pueda haber entre los más cercano y lo más lejano, no en el sentido geográfico, sino de los apegos y las propias lecturas del autor. También tenemos que referirnos al contexto cultural de su época. ¿Cuánto de esto todavía sobrevive y es substrato de sedimentos culturales e imaginarios hoy? No cabe duda de que sí queda, la herencia se transmite cambiante, pues el pasado se actualiza y, obviamente se transforma. La urbe paceña no es lo que fue en la preguerra del Chaco, tampoco exactamente su estructura social, así como sus imaginarios sociales; sin embargo, en el desenvolvimiento, despliegue y transformación de sus estructuras sociales y culturales, en la ciudad de la hoyada, cobijada en los brazos de la cordillera de los Andes, los cambios se dan a través de la conservación de lo heredado, aunque en sus composiciones actualizadas se den combinaciones distintas. Para decirlo parafraseando a Vicent van Gogh, Felipe Delgado ya no está, pero la ciudad sigue todavía.

  

[1] Ver de Blanca Wiethuchter Estructuras de lo imaginario en la obra poética de Jaime Saenz. Obra poética. Biblioteca del Sesquicentenario de la República; La Paz, 1975.

[2] Leer de Paul Ricoeur Tiempo y narración I, II y III. Siglo XXI; México 1995.

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3 comentarios en “Felipe Delgado ya no está, pero su fantasma sigue todavía”

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