La sonrisa de una bala marcada

La sonrisa de una bala marcada

 

Francis P. Prada

 

En memoria de mi abuelito Raúl y mi bisabuelito Gilberto “Yeye”

 

 

La sonrisa de una bala marcada

 

Oso Yeye

 

 

 

 

 

 

“Mi nieta trabajará en la Nasa” solía decir Gilberto Molina Valle o “El Yeye”, como sus cercanos solían decirle, a lo que el señor Prada con aquellos ojos que se habían robado más de un corazón sonreía. Ambos sentados en una de esas mesas ubicadas en la calle Jaen, tomaban su té de la tarde; el Señor Prada prefería un café de aquellos fuertes que golpeaban el rostro para ser despertado; Yeye en cambio se quedaba con la tradición de tomar un buen té con azúcar, llevaba su propia taza exigiendo que cualquier cosa que toquen sus labios sea servida ahí.

Como era rutinario ambos se pondrían a hablar del pasado; hay algo en el caminar del pasado que nos atrapa, nos abraza tan fuertemente que estamos toda la vida contando las mismas anécdotas, aquellas que no acaban y siguen susurrándose incluso cuando hace mucho tiempo su contador se calló. El señor Gilberto agarraba el periódico que Don Raúl dejaba sobre la mesa, Don Raúl antes de bajar los ojos ya sabía que su periódico había desaparecido, Don Raúl ya estaba acostumbrado a esto, incluso le pasaría su punta bola sabiendo que el empezaría a hacer sus diarias anotaciones; pensamientos y críticas eran marcadas en los periódicos. Durante su larga vida de 102 años la mayor parte la pasó en Cochabamba; en aquella casa ubicada en la calle Mariano Ricardo Terrazas, con el techo que calentaba el interior, haciendo que sus integrantes deban sacarse más de una prenda de ropa. El pasillo que seguía la puerta principal formaba un lindo camino de mármol, a la derecha encontrabas la sala de estar. La alfombra roja que la cubría había sido pisada por tantas personas que eran más personajes que normales; entre ellas se encontraba su hija Martha Molina Reque, producto del amor entre Yeye y su bella esposa Blanca o “abuelita Blanquita”, como sus nietos próximamente la llamaron. Martha era su única hija, explicación de su actitud siempre tan mimosa, querer ser el centro de atención venía con su naturaleza, pero creció para convertirse en una amable y amorosa mujer.

Si dabas unos pasos más en aquel camino de mármol, encontrabas la cocina con una mesa de madera, que a cualquier hora tenía comida encima de ella, existía un aroma dulce en aquel lugar, además de la deliciosa comida, uno era capaz de oler el amor que se había compartido en aquella cocina. Eran las historias y esas pequeñas discusiones que hacían a aquella mesa especial. Salías de la cocina y encontrabas las gradas más extrañas que tus ojos podían ver; la mayor parte de las visitas solía decir con afirmación que aquellas escaleras eran su parte favorita de la casa, que si se me es permitido será nombrada “la casa peculiar”, que no solo de mármol era hecho el piso, sino de una alfombra roja que  venía acompañada de aquellas extrañas escaleras, eran altas y de forma curveada las barandas eran de un color verde oscuro. Si mirabas a lo alto encontrabas en la punta de aquellas escaleras peculiares el rostro de un dinosaurio; el objetivo era entendido esa escalera debía simular el cuerpo de un dinosaurio. Imagínese que habrá sido para los infantes escalar aquella peculiaridad, con sus pechos hacia afuera afirmaban “He trepado un dinosaurio”.

“La casa peculiar” no solo tenía la extrañez en los objetos, tenía el viento de memoria, cada polvo y partícula flotante contaba un secreto que solo los que vivieron en la casa podrán comprender. Y en el tope de la escalera dinosaurio encontrabas a la izquierda el escritorio de Yeye; aquella vieja mesa fue su mejor amiga y los periódicos sus compañeros.

Como solía pasar, a la hora del té, Yeye sacaría sus antiguos periódicos, colocándolos sobre la mesa, Don Raúl echaba un vistazo, preguntándose el porqué de la vejez de sus periódicos, Yeye solo decía

– Eran mejor redactados antes.

Mientras Yeye escribía y releía sus “periódicos espaciales”, como serán nombrados, debido a su leve obsesión con planetas y cometas. Don Raúl cruzaba los brazos mirando su reloj, eran las 3:30, puntualmente prendía su vieja radio negra, para llenarse con las melodías clásicas que le habían acompañado toda la vida.

Don Raúl había sido el último de ocho hijos de Ernestina Méndez Rivas y Francisco Javier Gonzales de Prada; era Cochala, naciendo en su amada Cochabamba el 15 de octubre de 1931. Su infancia fue disfrutada en las orillas del rio Rocha, que en esa época su color era azulado, elegido para ser el lugar donde Don Raúl se bañaba y limpiaba sus ropas, además de jugar con sus hermanos. La nostalgia abofeteaba duramente su rostro cuando pensaba en su niñez; uno quiere amar y odiar al tiempo, que tanto quita pero que también tanto da.

Don Raúl pasaba sus vacaciones en una hermosa finca en las afueras de la ciudad, “Caluyo”. Unos largos pastizales con el sol quemando los hombros, era como recordaba el lugar. Cerca de su casa había una pequeña capilla, que con aspecto avejentado uno podía darse cuenta de cuánto tiempo estaba ahí; hasta el día de hoy aquella capilla sigue en pie; en cambio, la casa que Don Raúl pisó solo él, la recordará, cuyos restos de ella no quedan. Desecharon el lugar para convertir los terrenos en un hotel. Don Raúl se despido de su Cochabamba a los 14 años de edad, pero siempre la recordó con demasiado detalle; solía decir.

-Como buen cochala siempre disfruté de la papa.

Con aquellos pensamientos apagaba la radio para volver a observar a Yeye, que susurraba entre líneas al escribir, solía hablar sobre el cometa HaleBopp y el que había sido su anhelo de algún día observarlo; hablaba del peligro que la humanidad sufría porque allá en los 90’ s había leído que “Estudio pronostica choque de asteroide con la Tierra”; creía en sus periódicos y los secretos que le contaban, tanto que en Cochabamba había una noche ocultado todas las vajillas y platos de la vitrina, convencido de que habría un temblor; así se lo habían contado sus compañeros periódicos. Le tenía un amor muy grande a la vida porque había mirado a los ojos de la muerte. Nacido en Oruro 22 de mayo de 1912, hijo de Manuel María Molina y Juana Valle Porcel, fue educado en el que en esa época fue el mejor colegio de Bolivia: El Instituto Americano.

Yeye fue difícil de criar, un infante extrovertido que no esperaba para salir corriendo a aquel aire libre, que era la única distracción en esa época. En una oportunidad, mientras jugaba a ser un avión, extendió sus pequeños brazos y como uno de estos artefactos empezó a correr, sin prestar atención a una roca debajo suyo. El avión que Yeye condujo empezó a caer; fue ahí cuando sintió un agudo dolor en la nariz, temiendo lo que su madre, Doña Juana, le vaya a decir, bajó el rostro cuando volvió a casa; pero el ojo de buena madre que tenía Doña Juana no le permitió salirse con la suya. Había gritado al verle el rostro, no era la sangre chorreando del mentón, era la nariz que se encontraba totalmente chueca, pero con Yeye no venía a ser sorpresa que lo que haya traído ahora chueco sea su nariz. Doña Juana con el miedo de una madre al saber de su hijo herido preparó medicinas, pues en aquella época no se tenían farmacias. Doña Juana paró el dolor de su hijo, pero lo que no pudo fue poner recta su nariz; Yeye cargó una nariz chueca consigo toda su vida, pero imagínense el Don Juan que era, si, incluso con nariz chueca conquistaba.

Su adolescencia fue interrumpida, por esas situaciones que nos hacen reevaluar y cambiar la existencia. A los 19 años junto con su hermano Carlos fue mandado a la guerra del Chaco. Que peores traumas puede darnos la vida que aquellos causados por el ser humano. Las memorias de guerra fueron las memorias que más recordó en su vida; se clavaron como un virus en su cerebro, el dolor de haberse dirigido al campo de batalla con su hermano, el dolor de haber vuelto solo. No solo fueron las cicatrices emocionales las que quedaron sino las físicas, la guerra le dejó su marca: una línea blanca que caminaba por su hombro izquierdo, la bala que se dirigía al pecho cambió de inclinación a último momento, dejando marcada la leve interacción que tuvo con la piel de Yeye.

Volvió de la guerra y la vida no le dio tiempo de respiros, le pidió que supere sus demonios y ponga sus manos a trabajar. Yeye se convirtió en contador, pero no fue cualquier trabajador, como todo en su vida, se convirtió en el mejor, dejando su marca en la “Railway Company”, el ferrocarril cochabambino que ahora los contemporáneos solo conocen en fotografías. Su sueño no era ese, el soñaba, con ser ingeniero electrónico, pero a aquellos que tienen sueños cumplidos la vida les dio un beso más. Aun así, Yeyé intento aprender, no fue a una gran universidad ni tuvo sabios maestros, fue autodidacta y el en la soledad de su escritorio se convenció a mismo de reconstruir una radio, radio que sigue intocable, entre polvo y vejez, en una esquina oculta en “la casa peculiar” de Cochabamba.

Llegaba el momento del día en el cual una fotografía era sacada, Don Raúl revisaba sus bolsillos, debajo de sus envolturas de dulces, sacaba a su “Bebita”, el nombre de cariño de su esposa. Aquella foto ya con los bordes amarillentos mostraba a la Señora Beba jovenzuela, con el pelo que parecía sedoso; los dedos de Don Raúl se movían de un lado a otro recordando con su tacto su piel, sus ojos, sus largos labios sonrientes. Había sido y seguía siendo una mujer fuerte; lo atrapó desde el primer momento y nunca se dejó soltar. Yeye, que levantaba la mirada de sus periódicos espaciales, a  su vez sacaba su fotografía, recordando que era el momento del día para recordar; la suya se encontraba en su monedero, el cuero estaba arrugado y olía a aquella chamarra negra de odre holgado en las mangas. Yeye sostenía su fotografía, más pequeña, desde la esquina inferior izquierda, con el pulgar e índice; era su “Blanca”, su “Blanquita”, “la señora Blanca”. Su corazón aun latía cuando miraba a los ojos de la fotografía; nada cambió, siempre la amó, siempre la ama y siempre la seguirá amando. Don Raúl bajando la fotografía con una sonrisa sospechosa se preparaba para decir su frase diaria, con la que disfrutaba molestar a Yeye.

– Siempre será la mía, la mujer más bella.

Yeye, sin mirarlo a los ojos, fruncía el ceño y lentamente lo miraba a los ojos, haciendo a su vez una sonrisa sospechosa, una que relataba la pelea, la misma que diariamente comenzaba. Los dos contrincantes románticos empedernidos las amaban tanto que era difícil entender que algo más bello existía.

Don Raúl había conocido a María de los Remedios Alcoreza Melgarejo o, más fácilmente, “señora Bebita” en una fiesta de 15 años; el con 18 años, no imaginaba ser el que caiga. Era la fiesta de la señora Gladys Ballivián; se adentró con ese caminar lento y sereno, con una ceja levantada, un peinado con los cabellos acomodados perfectamente y esa sonrisa, su arma mortal hasta en los últimos días. No había cambiado ni una curva, no sorprendía que sea confundido por una estrella de cine, fácilmente lo imaginabas en la pantalla. Sus zapatos negros con el “tap,tap” acompañaban la música, se vieron inquietados en su melodía cuando captaron unas zapatillas, algo lo atrajo, sus pies moviéndose sin permiso pronto se encontraba frente a Bebita, su señora Bebita, solía decir al recordar la historia.

-Ingresé a una fiesta navideña con villancicos de pantalón corto, me atraparon y salí casado.

 Yeye tuvo su amor de colegio, que se convirtió en su amor de vida; Blanquita, como Yeye, estudió en el Instituto Americano. Era toda una dama, una dama muy fuerte, pero que también mostraba su delicadeza en sus actos; sus dedos blancos alargados, cuando caminaban se movían de un lado a otro. Solía seguirla con sus ojos; la había visto en las calles agarrada de sus amigas, la había visto en la clase siempre con dos ojos como canicas; no titubeaban de cansancio como los de Yeye solían hacer. La había visto en los pasillos; los ojos de Yeye incluso antes que él, ya sabían el amor oculto que había estado escondiendo. Fue su corazón quien le obligo a hablar, no fue su mente, que, mas bien, le colocaba barreras en su camino. Tan serio desde joven Yeye se mostraba vulnerable ante los ojos de Blanca, esperando a que sus oídos escuchen una palabra, de aquel joven extraño, quien se paró frente a ella. Blanca no era ilusa sabía lo que aquel joven tenía el propósito de hacer, aun así no se lo facilitó, pues quería probar su valentía y se quedó ahí frente a él, alzando las cejas y mirándolo aún más. Se sorprendió al mirar de cerca sus ojos; nunca había conocido el mar, pero en sus ojos podía verlo. Su mente se cuestionó ante la posibilidad de tan bello color, rayas negras coloreando los extremos de un ojo celeste; más que el mar, le empezaba a recordar al cielo, pero el cielo nunca la había hecho sentir tan exaltada. Los ojos de Yeye le hicieron dar una vuelta al mundo, esos ojitos sonrientes le mostraban espacios que nunca había visto; ella quien no se iba a resistir ante la rareza de ese joven, terminó también en el trance que Yeye había empezado. No se conoce quien rompió el trance, despertando a esos jóvenes y obligándolos a mirar a otro lado, pero también parece que nunca se dejaron de mirar de aquella manera.

Don Raúl, sacó un caramelo con envoltura amarilla; el sonido de aquel plástico, el tacto resbaladizo, el gusto y la lengua que agarraban al caramelo, moviéndolo de un lado a otro. Él cerraba los ojos, sus caramelos habían sido sus compañeros siempre, uno en el bolsillo, siempre de antaño, difíciles de saborear, pero para su gusto tenía todo lo necesario para ser aprobado. Cuando la luz cambiaba de lado, generalmente de 4 a 5 de la tarde, él sacaba su caja de fósforos, la agitaba cerca de su oído y, al convertir a la cabecilla en negra, olía su humo, olor relacionado a memorias; el aroma era fuerte y atravesaba el cuerpo cuando era respirado. Había trabajado en fábricas de fósforos, aquellos palillos, más que solo madera, por muchos años habían sido los responsables de poder meter la mano en el bolsillo y encontrar un billete.

Don Raúl con una fascinación por los números desde muy pequeño; estudió ingeniería industrial, como Yeye fue un buen trabajador. Se graduó de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), con honores. A los 21 años disfrutaba de una profesión, abrazaba al trabajo con un brazo y con el otro a su Bebita. La fábrica de fósforos, que tanto recordaba, tenía los ladrillos sin pintar; lo que le daba un aspecto de vejez, aun cuando no lo era. El olor de los fósforos le traía memorias de la vieja Alemania. Aun se puede oír a la Señora Bebita quejarse de su larga estadía en Alemania, “lo que eran tres meses se convirtieron en dos años”. Sin estar cerca de la familia y perdiéndose del crecimiento de su primogénito, aunque, sin embargo, por lo menos con trabajo. De suerte le mandaron acompañado de sus tres monigotes de compañía o como uno suele llamarlos amigos. Recurriendo a la música de antaño, de los 50s, trataba de evadir la nostalgia; sin darse cuenta de que al hacerlo la hacía asentarse aún más. Solía tararear las palabras que entonaba Virginia López, cantaba “tu promesa de amor”. Conocía a la Señora Bebita como la palma de su mano, sabía que no importa cuánto lo odie por su larga estadía, el amor seguiría por siempre y cantando en su cabeza solía decir “Tu….. tú no puedes dejar de amarme”.

Barragán su amigo, con una pierna mala, lo esperaba cada mañana para dirigirse a la fábrica; con el leve cojeo que tenía en la pierna izquierda aún se las arreglaba para caminar tan rápido como alguien sin problemas. Al llegar a la fábrica el equipo de los ingenieros bolivianos se encargaba del mantenimiento y cuidado de las maquinas. Se debe decir que sin ninguna de estas mentecitas ingenieras la fábrica de fósforos, que se construyó en el país, no hubiera sido posible. Con su elegante bigote y aquellos ojos verdes el mentón acolchonado, Don Raúl, con el sudor corriéndole la frente aun sabía cómo verse como el caballero que era. Recorriendo en la fábrica con las mentecitas ingenieras que lo acompañaban; en sus pasos tenía la confianza de alguien que era dueño del lugar.

Sus días fueron acompañados por las canciones que, con la buena memoria, recordaba; desde la sonata de luna, hasta sus boleros, Don Raúl no tenía dote para tocar los instrumentos musicales; sus dedos se encontraban duros como para posicionarse en el piano y la guitarra, su voz, cuando se le pedía cantar en un tono, cantaba en otro, sin embargo, no cambiaba el amor que le tenía a las melodías bien compuestas. Inteligencia suya fue jamás exponerse a las melodías contemporáneas, siempre se quedó con aquellas guitarras y trompetas, que lloraban desconsoladas, mientras el piano se pronunciaba de fondo. De vuelta a su departamento, solía reproducir en su mente “el bodeguero” de la orquesta Aragón, dando vueltas y pasos pequeños de baile, la punta de su pie golpeaba el cemento dos veces, la pierna derecha seguía los pasos de la izquierda, poniendo la mano izquierda en el pecho levantaba la derecha y la movía al ritmo de la música, meneando las caderas, que con buen ritmo lo hacía. Volviendo al talento musical, encontrábamos que el don musical de Don Raúl no eran los instrumentos, tampoco la voz; su talento armónico se expresaba en su facilidad de moverse al ritmo, así bailaba en su pequeño departamento, donde en la sala hacia una venia, imaginándose a una Señorita Beba de 15 años y el de 18, tomando su mano empezaban a dar piruetas en la sala, mientras la mente de Raúl reproducía un valtz. Siempre se sintió con su señora como un jovenzuelo en el que no había crecido ni una arruga.

Fue una mañana, cuando entraba a la fábrica, Barragán, su apreciado amigo, de pronto, cambió la postura tratando de fingir seguridad, dando una sonrisa falsa, que no fue desapercibida Don Raúl, quien había notado el cambio de conducta. Lo observo acercarse a él, Barragán, en sus temblorosas manos, agarraba una carta; había recibido un sinfín de ellas desde Bolivia, pero había algo en ésta que la hacía especial, talvez una fragancia o simplemente las primeras palabras, que sin querer había llegado a leer. Don Raúl podía sentir el peso de la misma, no estaba seguro de si agarrar la carta o no, podría simplemente darse la vuelta e irse, así nunca tendría que sufrir por su contenido, pero sabía que su amigo Barragán no pararía hasta que Raúl la lea, quien extendió la mano y alzo las cejas, con una mueca explico su error y su “idiota curiosidad”. Había leído algo que sus ojos no debían leer, disculpándose agarro la mano de Raúl y le entregó la carta, porque parecía que él no iba a agarrarla por sí solo. La letra era de la Señora Bebita, podría reconocerla en cualquier escrito, al leerla Don Raúl de repente esbozo una sonrisa, nadie había fallecido, “nada tan malo como una muerte sucedió”, decía.  Sin embargo, esa sonrisa se esfumó y la característica que hacía a Don Raúl un personaje sereno se perdió. Al reflexionar, Don Raúl comprobó que se había mucho tiempo lejos de su amada; tiempo de crecimiento de su hijo. Ya no podía más. Pensamientos evasivos golpearon su mente, ¿qué más iba a perder?, no había agarrado la mano de Bebita en tanto tiempo, no había abrazado a su primogénito; su oído captó un fuerte sonido rápidamente, Don Raúl se dio la vuelta, era el “tic toc” del reloj; esta carta a diferencia de tantas, lo había marcado. Calmándose llevó la carta a su pecho, tarareando las cuatro estaciones de Vivaldi, guardó su carta, le dio una palmada al hombro a su amigo Barragán, le sonrió con los ojos y le dijo es tiempo de volver.

Recuerda, en aquella mesa en la calle Jaen, el sonido que hizo su zapato negro brilloso al llegar a Bolivia, rápidamente, tratando de saborear con la nariz el aire, notó la falta de aire de La Paz, sintió el peso en su pecho y como empezaban sus rodillas a ceder; se sonrió: “definitivamente un mate de coca no me hará mal”. Pudo notar la figura de la señora Bebita, que agarraba de la mano a una pequeña figura a su lado, era su primer hijo. Si algo puede llamarse sobrecogedor en este mundo, sería el sentimiento que Don Raúl percibió al ver a su hijo; era increíble observarlo, increíble poder tocarlo. Aquel niño, que tan fuerte se veía, había nacido prematuro a los seis meses; lo había visto por primera vez cuando lo agarró con una mano. Sentía incertidumbre, su hijo estaba a su lado, cuanto tiempo no había estado cerca. Los días en Bolivia, después de Alemania, fueron igual que empezar nuevamente, las calles las personas el aroma y el olfato eran distintos. Lo que más gustaba a Don Raúl es que el tacto se sentía distinto, porque después de dos años sus manos eran capaces de tocar rostros, rostros suaves que sus dedos amaban; después de dos años fue como aprender a amar de nuevo. Siempre amó a su familia, pero es diferente el amor de cerca que el de a distancia.

Raúl Prada su hijo, que después se apodaría “el chato”, por la estatura pequeña con la que se quedó toda la vida, multiplicaría las travesuras y las convertiría en una pesadilla viviente para sus padres; aun así, el amor hacia a él era innegable; pues tenía algo especial, era su cerebro que lo hacía único.

Tuvieron tres hijos más. Como si las travesuras de “el chato” no hubieran sido suficientes, vinieron dos varones más o dos “jamaculis”, como decía en quechwa, a ser parte de la sinfonía de diabluras y anécdotas, que su familia tendría. Alejandro, que próximamente seria apodado “Alex”, tenía una muñeca de artista, sus cuadros serían decorados en cada pared. Seguidamente vino Francisco, quien sería el popular de la familia; en la familia cuentan recurrentemente la anécdota de que cobraba a sus invitados, que iban a sus fiestas de cumpleaños; eso es lo que siempre fue, popular, también un pícaro para los negocios. Siguiendo los pasos de su padre, como herencia genética, por así decirlo, desde pequeño se convertiría en ingeniero premonitorio. De tres diablillos vino la calma; después de los “jamaculis”, la familia Prada recibía a una niña, quien contendría toda la amabilidad y amor que puede contener y trascender un ser; eran los ojos quizá de Tatiana los que mostraban inmediatamente el alma noble que ella contenía, eran los ojos de su padre.

Llegaba el crepúsculo del día, Don Raúl sabía lo que pasaría, por otra parte, con tantos pensamientos estaba la cabeza de Yeye, que llegaba la hora en la que se empezarían a manifestar oralmente; eso sí, no era para nada aburrido escucharlo. Desde que se habían encontrado ni una sola vez había repetido la manifestación oral de uno de sus pensamientos, eran todos tan variados, abarcaban todas las ciencias y artes; Yeye había sido un gran lector, al igual que Don Raúl. Ambos se entendían; este día en particular Yeye se paró de su silla y empezó a observar a la calle Jaen, observo las piedras que tenía la calle, se acuclilló para tocarlas; con el rozamiento de sus dedos en el concreto supo que las piedras eran de su época, así él lo creía, sonrió al darse cuenta. No existían ya cosas que reinventaba el recuerdo, todo debía guardarlo en la mente; se paró esta vez para tocar las paredes, arqueo las cejas, esas paredes no eran de su época, podía reconocer la “pintura nueva”, caminó de arriba abajo. No podía negar el encanto de aquel lugar, parecía que uno se había adentrado en una fotografía y había empezado a vivir en ella ; el sol posándose en su ojos, la calle se hacía más hermosa, qué secretos e historias escondía aquel lugar, qué hacía a esta calle tan hermosa y especial. Tomó un gran respiro y supo que era, era el aire lo especial, cada partícula y polvo representaba una historia, algún recuerdo de alguien que había caminado en ella. Yeye retorno a su asiento y solo dijo.

-Le juro que no entiendo que estoy haciendo en La Paz.

Y así era, solía preguntarse, de cómo terminó ahí con ese señor llamado Raúl, que tan linda sonrisa tenía, quizá eran las partículas de sus memorias a las que se debía culpar, quizá habían migrado desde Cochabamba y se habían asentado en la calle Jaen.

Don Raúl en cambio, siempre le había tenido un cierto cariño a aquella calle; La Paz se había convertido en suya, era su musa, era aquella ciudad dueña de muchas memorias, que, incluso las investigaciones más grandes de durante las vidas jamás descubrirán. Disfrutaba del sol de la mañana y la tarde, disfrutaba de todos los tés que tenía con Yeye, disfrutaba de la fluidez de sus pensamientos; la nostalgia lo atacaba y la soledad también, pero tenía a su lado a un compañero, que, aunque no lo admita sabía, se sentía igual.

Ambos se pararon y despidiéndose prometieron encontrarse mañana, en el mismo lugar, a la misma hora; cada tarde están en aquella esquina de la calle Jaen. Nadie los ve al pasar, porque simplemente son inexistentes para los que aún existen. Pero están ahí como partículas de aire, son las memorias y las anécdotas que se quedaron en la tierra y aún siguen susurrándose a sí mismas, son las narraciones de los sobrevivientes, incapaces de separarse de sus presencias, sobrevivientes que no permiten dejar perderse a sus amados en el olvido; son aquellos amigos entrañables. Las anécdotas fantasmales de Raúl y Yeyé quienes se adueñaron de la calle Jaen.

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