EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

THE ETHICAL AND POLITICAL LEGACY OF THE REVOLUTIONARY THINKER SERGIO ALMARAZ

O LEGADO ÉTICO E POLÍTICO DO PENSADOR REVOLUCIONÁRIO SERGIO ALMARAZ

 

José Luis Saavedra 

 

EL LEGADO ÉTICO Y POLÍTICO DEL PENSADOR REVOLUCIONARIO SERGIO ALMARAZ

 

 

“Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

Sergio Almaraz Paz.

 

Resumen

En el presente ensayo procuramos destacar y patentizar las matrices primordiales del pensamiento de Sergio Almaraz y lo hacemos tanto en relación con el tiempo que le cupo vivir, como con las proyecciones de su pensamiento en el actual de-curso del proceso político boliviano. Así, no sólo nos interesa hacer una rememoración más o menos reflexiva de lo que ha sido y es el pensamiento de Almaraz, sino también relievar sus repercusiones y significaciones frente a los desafíos del tiempo presente.

Palabras claves:

Sergio Almaraz, pensamiento político, recursos naturales y procesos revolucionarios

Summary

In the present essay we try to highlight and demonstrate the primordial matrices of Sergio Almaraz’s thought and we do so both in relation to the time he had to live and the projections of his thought in the current course of the Bolivian political process. Thus, we are not only interested in making a more or less reflective remembrance of what Almaraz’s thought has been and is, but also in relieving its repercussions and meanings in the face of the challenges of the present time.

Keywords: Sergio Almaraz, political thought, natural resources and revolutionary processes

 

Resumo

No presente ensaio, tentamos destacar e demonstrar as matrizes primordiais do pensamento de Sergio Almaraz e o fazemos tanto em relação ao tempo que ele teve que viver quanto às projeções de seu pensamento no curso atual do processo político boliviano. Assim, não estamos apenas interessados em fazer uma lembrança mais ou menos reflexiva do que foi e é o pensamento de Almaraz, mas também em aliviar suas repercussões e significados diante dos desafios da atualidade.

Palavras chaves: Sergio Almaraz, pensamento político, recursos naturais e processos revolucionários

 

Introducción

¿Por qué escribir en torna a Sergio Almaraz? Básicamente porque es uno de los más importantes pensadores bolivianos contemporáneos, junto con Marcelo Quiroga y René Zavaleta, aunque también es el menos conocido.

La obra teórica y política de Almaraz, a 50 años de su muerte y 90 años de su nacimiento, constituye actualmente una de las más significativas interpelaciones al sistema de dominación y explotación aún hoy imperante en Bolivia y, al mismo tiempo, entraña una serie de proposiciones de emancipación y liberación en y con la perspectiva radical de la dignidad y soberanía nacionales.

En términos metodológicos optamos por un procedimiento relativamente sencillo, que consiste en conversar con Alejandro Almaraz, hijo del pensador revolucionario Sergio Almaraz, acerca de la obra y el pensamiento de su padre y –reiteramos- sus reverberaciones e irradiaciones éticas y políticas en el presente sociopolítico boliviano.

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Sergio Almaraz

 

 

Presentando al pensador revolucionario

Sergio Almaraz tuvo una vida relativamente corta, murió cuando recién había cumplido los 39 años. Nació en la ciudad de Cochabamba el 1 de diciembre de 1928 y falleció en La Paz el 11 de mayo de 1968. La vida de Almaraz ha sido, sin duda alguna, la de un activista y pensador revolucionario de su tiempo. Veamos por qué.

Muchas actitudes, si no todas, de Sergio Almaraz y sobre todo sus posiciones teóricas y políticas en su vida y pensamiento se las comprende mejor -como siempre debe hacerse- considerando las circunstancias en las que se asumieron, vivieron o escribieron. Y es precisamente este posicionamiento –a modo de locus enunciationis– que Luis H. Antezana lo reflexiona lúcidamente en el artículo “Sergio Almaraz Paz y la historia”, incluido en el libro Para abrir el diálogo (cf. Antezana, Luis H., en S. Almaraz, 1979).

Hay que entender, en principio, que los tiempos de Almaraz son los del estalinismo. Aun cuando ya se había producido la ‘desestalinización’, inicialmente en la Unión Soviética, luego en el movimiento comunista internacional, antes de que Sergio Almaraz escribiera su primer libro El petróleo en Bolivia (1958). Esta obra ha sido escrita en 1957, posteriormente, diez años más tarde, se le agregó -en calidad de apéndice- una conferencia dictada por el autor en el Foro Nacional sobre Petróleo y Gas.

Hoy podemos añadir, a las reflexiones pertinentes de Luis H. Antezana, que ha sido una desestalinización en gran medida de ‘dientes para afuera’, es decir insustancial y superficial, aunque su mayor eficacia haya sido alterar el aparato de poder establecido por Iósif Stalin en la Unión Soviética; pero, no precisamente para que el nuevo sistema (de poder) fuera radicalmente distinto (diremos democrático). El pensamiento autoritario, brutalmente autoritario, que suponía Stalin y su régimen, no se rompió, ni se superó (ni siquiera después de su muerte). El despotismo continuó en la misma Unión Soviética, que siguió siendo un Estado despótico, quizá algo menos, pero continuaba siendo opresivo y represivo, además de ser un régimen de pensamiento único, de monopolio total del partido comunista en la economía, en la política, en la cultura, en la ideología, en fin en todo.

Y si bien ya no había el Comintern (la Internacional Comunista, también conocida como la III Internacional, así como por su abreviatura en ruso Komintern o Comintern, abreviatura del inglés: Communist International), seguía habiendo el movimiento comunista internacional, como un sistema que irradiaba un temperamento profundamente autoritario, totalitario, no solamente en relación con los partidos comunistas, desde ya con tales partidos, sino también con gran parte de la izquierda, que, casi en su totalidad, ha sido pues intolerante y avasalladora, incluyendo a las parcialidades trotskistas.

Y esos son los tiempos en los que Sergio Almaraz empieza a militar desde adolescente, alrededor de los 15 años, en el PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria)[1], y luego en el PC (Partido Comunista)[2]. Y, él no solía hablar, no mucho, de una posible ruptura. Esto es al menos lo que podemos inferir, a partir de una serie de percepciones que han podido transmitir las personas más próximas a Sergio Almaraz, como su madre (María Jesús Paz), su esposa (Elena Ossio), su hijo mayor (Pablo), que lo ha conocido más que el hijo menor, Alejandro, y por una recolección de documentación que el propio Alejandro Almaraz hizo para poder escribir la reseña biográfica de su padre, “Retrato biográfico”, inserta en la obra completa de la editorial Plural (cfr. Almaraz, Alejandro, en: Almaraz, Sergio, 2009).

Efectivamente ha habido un tiempo de ruptura entre la misma fundación del Partido Comunista o muy poco después de fundarse (el 17 de enero de 1950) hasta la renuncia de Sergio Almaraz (hacia 1958), que parece haber sido precipitada. Hay varios indicios de ello, por nada menos que su conocimiento directo del Estado obrero, de la realidad efectiva del socialismo realmente existente, en un viaje que hizo en 1956, que -por lo que comentan sus camaradas de ese momento- lo desilusionó y contrarió bastante; básicamente, porque no eran los trabajadores quienes dirigían el Estado soviético, sino una serie de burócratas que suplantaba a la clase obrera; tampoco los trabajadores participaban en las decisiones referidas al campo económico, político y cultural y principalmente porque no había igualdad socioeconómica, es decir que se mantenían las antiguas diferencias y distinciones, lo único que había cambiado es la antigua elite zarista por la nomenklatura: los miembros del Comité Central del Partido Comunista. Como bien dice Alejandro Almaraz (2009: 710):

“El viaje que Sergio (Almaraz) hizo a la Unión Soviética en 1956 le reveló, amargamente, el carácter burocrático y represivo de aquel Estado socialista que los comunistas bolivianos de entonces creían revolucionario y liberador. La constatación de lo que ya percibía en la actitud estrecha y dogmática de la dirigencia del movimiento comunista internacional, que supuso su contacto directo con el socialismo real, probablemente lo decidió a apartarse del partido”.

Es pues este viaje el que le dio a Sergio Almaraz la imagen de un Estado autoritario, despótico, burocratizado, y con una serie de cuestiones socioculturales sumamente opresivas y represivas, que le impactaron de modo muy especial. Según esos mismos testimonios, está el hecho que los dirigentes sindicales de la URSS no eran obreros, nunca habían sido trabajadores, jamás habían producido en el centro de trabajo al que representaban, sino que eran profesionales, burócratas, especializados en esta especie de rubro administrativo, que era la dirigencia sindical.

Y al propio Alejandro Almaraz, después de un par de décadas, le tocó ver esta misma impostura en la juventud comunista. Él era dirigente de la juventud comunista (de Bolivia), cuando tenía 21 años, era Secretario General, pero sus pares del Komsomol leninista (el Komsomol era la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética) eran tipos de 40 o 50 años, eran pues exactamente eso, burócratas profesionalizados en y con esa ‘especialidad’ de la dirigencia ‘juvenil’.

Consideramos así que existió una suerte de ruptura silenciosa en Sergio Almaraz, quizás no absolutamente, pero podemos encontrar ciertos testimonios -relativamente consistentes- de esa disidencia o incluso disyunción en los temas más bien de carácter sociocultural, que Almaraz abordó en artículos como el “Buscando el De Profundis de una generación” (en: Almaraz, 1979a), en el que él es muy crítico con el realismo socialista, de-mostrando además el execrable temperamento autoritario y totalitario del pensamiento único, monopolista y monopolizador. Al respecto, Alejandro Almaraz (2009: 710) refiere que:

“La relación de Sergio (Almaraz) con el Partido Comunista empezó a experimentar los malestares y tensiones que serían irremediables. El dogmatismo del partido, cada vez más subordinado a la Unión Soviética, lo coartaba y asfixiaba intelectualmente. Se sentía sofocado por la falta de imaginación y creatividad para la acción política, por la incapacidad de interpretar la realidad nacional y actuar en función a ella, y por el rechazo a todo pensamiento o expresión que no se encuadrara estrictamente en el realismo socialista”.

Aquí hay que decir que las opciones teóricas, culturales y literarias de Almaraz eran extraordinariamente amplias. Él leía no solamente los ensayos políticos, la doctrina política e ideológica, sino también le gustaba la literatura, tanto que –al menos en ciernes- hay en él una faceta de crítico literario, que ya está bien expresada precisamente en el “Buscando el De Profundis de una generación” (óp. cit.).

A propósito, hace poco se ha vuelto a difundir una crítica literaria de Almaraz al escritor y poeta paceño Jaime Sáenz (cfr. Almaraz, 2018 y también Almaraz, 1979c), a quien admiraba y le apreciaba mucho y por eso publicó sobre este poeta. Almaraz tenía pues una inclinación muy marcada hacia el arte, la narrativa, el cuento, ensayo, historia, incluso hacia el cine, el teatro, la pintura, y es por ello que escribía también sobre crítica literaria.

Almaraz era pues muy amplio, diremos heterodoxo en el campo político e intelectual y esta característica ha sido la fuente de una de las mayores tensiones y malestares con el Partido Comunista (PC). Es así que de lo que más Alejandro Almaraz le escuchaba protestar a su madre (doña Elena) era precisamente sobre este ámbito, es decir sobre las estrecheces y miserias estéticas y artísticas de y en los comunistas, principalmente por no ser capaces o no tener la perspicacia de apreciar el arte y, casi por un formulismo figurativo o por una especie de consigna o instrucción, considerar como único arte valioso y válido el realismo socialista.

En este sentido, Almaraz es un pensador revolucionario y por ello mismo cambió a lo largo de su vida, como todas las personas que se renuevan, como la propia realidad que también fluye y está en constante devenir. Y el sentido del cambio de Almaraz ha sido el de la aproximación a una realidad nacional que estaba muy lejana en la óptica del marxismo ortodoxo (por decir lo menos), tanto que bien podríamos hablar de un marxismo no marxista, de un marxismo simulado, de un marxismo colonial y eurocéntrico, como bien diría Edgardo Lander (2006), que ha sido el marxismo de la mayoría de los partidos políticos de la izquierda latinoamericana, incluyendo el del partido comunista (de Bolivia) y las propias ideas que –al menos en un primer momento juvenil- asumiera el mismo Sergio Almaraz.

Si algo podría rescatarse de esta primera etapa, serían las ideas que, en algún momento, tuvo José Antonio Arze[3], escritor, sociólogo y político boliviano, que era el intelectual al que Sergio Almaraz admiraba[4], y cuya influencia en el PIR fue reemplazada no solamente por un marxismo de la Academia de Ciencias de la UR.S.S., de cuño konstantinov (de Fedor Vasilievich Konstantinov), sino también por otro de carácter oportunista, ya que terminó en el barrientismo (del dictador militar René Barrientos), después de colgar al presidente Gualberto Villarroel (el 21 de julio de 1946).

La aproximación de Sergio Almaraz a la realidad nacional ha sido también un acercamiento a la revolución nacional de 1952. De acuerdo con Alejandro Almaraz (2009: 711), “el pensamiento nacional de Sergio Almaraz tiene una referencia central en su valoración del proceso revolucionario de 1952”. Sin embargo, Almaraz no ha sido militante del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), pero bien podríamos decir –es al menos admisible y/o plausible- que ha sido militante de la revolución nacional.

“Por eso –continúa Alejandro Almaraz (ibíd.)- asumió la defensa de la Revolución desde dentro, precisamente desde donde era más atacada y vulnerada. Esta posición (sin embargo) no significó, en momento alguno, asumir la militancia del MNR, pues no obstante su adhesión a la Revolución nacional, su distancia ideológica respecto al MNR fue siempre importante y se expresa también, muy nítidamente, respecto a la conducción de la Revolución”.

Almaraz ha sido por tanto militante de las transformaciones sociales, económicas y políticas que supusieron la nacionalización de las minas y el voto universal. No estamos seguros de la misma valoración positiva de la reforma agraria. De hecho, no deja de ser sintomático -esto es algo que no conocíamos y recién hemos sabido gracias a la obra reunida (cfr. Almaraz Sergio Paz, 2009)- un comentario que él hace sobre el famoso libro, muy mencionado y poco leído curiosamente, que se llama Feudalismo en América latina del padre teórico de la reforma agraria boliviana, que es Arturo Urquidi (cfr. Urquidi, 1966), pirista (del PIR), de la línea de José Antonio Arze, y que tenía una antigua amistad, por razones de militancia política, con Sergio Almaraz. Y quien parece haberle pedido un artículo/reseña sobre su libro, y tan elocuente como el libro es el artículo sobre el mismo, porque el comentario (de Almaraz) es no-comentario, es no decir nada, son unas apostillas evasivas, ambiguas e imprecisas, que nos hacen suponer que no quería decir lo que en verdad le parecía, seguramente por consideración a este señor ya muy mayor (nació el 6 de mayo de 1905), y que además había sido un buen amigo (cfr. Almaraz, 1979b).

Sergio Almaraz no toma pues una posición clara sobre la reforma agraria, básicamente porque no es el tema que él estudió. Y, en todo caso, la interpretación de la versión oficial, que hace Arturo Urquidi, que es el autor de la ley de reforma agraria, no es la de Almaraz. No es el tema en el que nos tendríamos que extender, pero -en síntesis- la reforma que pretendió hacer el MNR es una no-reforma agraria, básicamente porque no quiso redistribuir la tierra del latifundio entre los colonos, no era ese su proyecto, el plan era el de conservar a los latifundistas con lo básico de su patrimonio (denominado propiedad mediana) y –diríamos- con lo principal de sus privilegios coloniales u oligárquicos (cfr. “La Reforma Agraria continúa pendiente 50 años después”, en: La Razón, 30 de julio de 2003).

Sergio Almaraz valoraba, en cambio, la nacionalización de las minas, que entre paréntesis parece -hay también indicios en el propio Almaraz- que fue tan forzada por la movilización popular, como la propia reforma agraria que se dio en los hechos, más allá de la firma de la ley. Pero, aún en su adhesión, mantiene no solamente una distancia crítica con su conducción, sino que también asume una clara actitud de confrontación con el manejo del MNR en muchos temas, como cuando nos habla, por ejemplo de “el tiempo de las cosas pequeñas” (cfr. Almaraz, 1969b), muestra las múltiples claudicaciones y sometimientos del gobierno del MNR, pese a que él fue funcionario de ese gobierno, primero en el Ministerio de Trabajo (ocupó la Subsecretaría de Previsión Social) y luego en el de Minas (ocupó la Subsecretaría de Minas), con la mediación del ala izquierda del MNR, conformado por gente como Franco-Guachalla y Zavaleta. Pero, pese a eso no inhibió sus denuncias fuertes y radicales contra el MNR.

En el último periodo de su vida Almaraz sufrió, con profunda angustia, la opresora y opresiva penetración norteamericana en la economía y el poder político del país. Y por ello mismo denunció energéticamente la ocupación imperialista y neo-colonialista del país (cfr. Almaraz, 1979).

En resumen, diríamos que Almaraz es (no sólo era) un pensador revolucionario que madura y desarrolla, pese a que no pasó de los 39 años, como ya lo decíamos. No obstante, tiene tiempo de y para una interesante gestación ética, teórica y política que consolida sus convicciones revolucionarias acercándolas –de una manera cada vez más consciente y comprometida- a las problemáticas fundamentales –sociales, económicas y políticas- de la realidad nacional popular boliviana.

 

La decadencia de la revolución nacional y la intromisión imperialista      

Aquí la pregunta medular es: qué nos dice hoy la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz. Para empezar, el contexto es muy parecido, tanto que en la tarea de interpretar y reflexionar acerca de lo que actualmente está ocurriendo en Bolivia, de la problemática social hoy presente[5], que esencialmente es la de la derrota y capitulación de -por lo menos- la potencialidad transformadora de la movilización social contemporánea: la del 2000 al 2005, la analogía con la decadencia del proceso revolucionario del 52 (vivido y sufrido por Almaraz) es insoslayable e ineludible.

Para la reflexión de esta analogía transitoria, rescatamos dos formulaciones claves para la historia contemporánea de Bolivia, en particular para estos dos procesos de declinación y decadencia revolucionarias, una de René Zavaleta y otra del propio Sergio Almaraz. La noción de Zavaleta es la de la paradoja señorial, que en el fondo es el mismo de la burguesía incompleta, que está en el libro Lo nacional-popular en Bolivia (cfr. Zavaleta, 1986), que nos muestra la capacidad singular de las clases dominantes bolivianas de apropiarse de lo adverso, incluso de lo revolucionario y/o subversivo, que por ser tal lo cuestiona, y de echar mano -sobre todo en términos simbólicos y discursivos- e incluso de desarrollarlos ampliamente en las formalidades retóricas y discursivas de carácter y perspectivas e irradiaciones político-estatales.

Si repasamos la historia de Bolivia, veremos cómo las clases dominantes, tradicionalmente opresivas y represivas, de manera particular en la contemporaneidad económica, política y cultural, han sido y son todo lo que pudieron o tuvieron que hacer, al menos discursivamente, para preservarse del asedio nacional popular. En este sentido, sin pudor alguno, han sido liberales, nacionalistas, socialistas (de distintas vertientes: marxistas y no marxistas o social demócratas), y ahora incluso están siendo indigenistas, muy a despecho de su racismo y segregacionismo atávicos.

Hay así una clave profunda aportada por Zavaleta y relacionada con ella, muy directamente concernida, en Almaraz está la tesis de que la revolución nacional fue derrotada desde adentro, no desde afuera, es decir que ha sido minada interiormente. Ha habido pues una revolución que efectivamente logró transformaciones con una profundidad y radicalidad que hoy no tiene –en modo alguno- el llamado ‘proceso de cambio’ (boliviano). El MNR hizo la revolución contra las clases dominantes u oligárquicas y la hizo en gran medida contra el interés y el parecer de los factores de poder interno (oligárquico) y externo (imperialista).

En el contexto de la revolución nacional del ’52, los actores revolucionarios se consolidaron en el poder, la sedición contrarrevolucionaria fue derrotada una y varias veces, así como los levantamientos de los falangistas (de derecha) y los diversos intentos de golpes de Estado. Pero, es desde esos mismos actores insurrectos que se consumieron la derrota y la consiguiente capitulación de la revolución. Esto lo explica con mucho detenimiento Almaraz y en verdad así fue. Y tal vez así ha sido desde el comienzo, quizá había una plataforma o ‘cabecera de playa’ para ese devenir contrarrevolucionario, aun antes del 9 de abril (de 1952), en el propio presidente Víctor Paz, y en esta cúpula de ‘parientes pobres de la oligarquía’, como decía Zavaleta.

 

La defensa intransigente de los recursos naturales

Aquí conviene discurrir en torno a la segunda e importante problemática trabajada por Sergio Almaraz y preguntar-nos por qué la recuperación de los recursos naturales es el tema medular de su obra escrita. No lo sabemos con precisión, tampoco lo ha escrito así o -por lo menos- no manifiestamente; pero, según lo conversado con la gente próxima a él, Almaraz pensaba y quería darle contenidos más ideológicos, filosóficos e interpretativos a sus próximas obras. Pareciera que él partía de una base empírica, que exponía -con solidez argumental- los aspectos fundamentales: históricos y –mejor dicho- materiales de la realidad nacional, para -desde ellos- construir propuestas de transformación en y con la perspectiva –decíamos- de una obra más ideológica y quién sabe filosófica y por tanto hermenéutica.

Y lo que Almaraz muestra, en esta revelación materialista de la realidad nacional, que comprende gran parte de su obra, es que los recursos naturales constituían y constituyen (ahora mismo) el campo y, más aún, la disposición orgánica de la dominación y explotación capitalista e imperialista en el país. A Bolivia, a la compleja sociedad boliviana, se la ha dominado primero desde la apropiación: usurpación y despojo impune de los minerales (oro y plata), luego del petróleo y el gas, y después de los recursos naturales renovables y bienes comunes (como la biodiversidad).

Es pues este ámbito material u orgánico de la dominación y explotación colonialista, capitalista e imperialista, la base tangible de la condición de posibilidad de construir otra nueva sociedad en condiciones cualitativamente distintas, radicalmente dignas y soberanas, es decir bio-céntricas. Dicho de otra manera, no es pues posible pensar en fundar una nueva sociedad bajo la dominación del capitalismo e imperialismo, con sus nexos subsidiarios, fuertemente arraigados en la oligarquía y –más grave aún- en la lumpen burguesía (ligada al narcotráfico), hablamos pues del Chapare.

A ello podríamos agregar –a modo de síntesis- que lo que Almaraz nos plantea es rescatar y reconquistar la dignidad y soberanía nacionales sobre los recursos naturales, pero desde la maduración de la propia conciencia nacional popular (como también diría Zavaleta, 1986). Y asimismo en lo que hoy podríamos interpretar como un sentido de sociedad democrática, plural, integral e integrada. Esto es lo que él ya no ha llegado a desarrollar, es lo que le quedó en el tintero, recuperar nuestra dignidad y soberanía nacional desde una profunda conciencia popular radicalmente democrática y por tanto potencialmente revolucionaria. Y es también desde esa conciencia rebelde, subversiva e insurgente que se podría (y se tendría que) re-construir una nueva sociedad o una nación (en los términos que eran más empleados en ese tiempo) intercultural y/o plurinacional.

 

Imperialismo colonial, dependencia transnacional y extractivismo depredador

En relación con la comprensión de estos complejos campos, Almaraz es plenamente leninista. Podríamos pues inclinarnos a pensar que lo más rescatable en la teoría aportada por Lenin al marxismo es la explicación del imperialismo como internacionalización del capital, como una particular forma de internacionalización del capital (cfr. Lenin, 2012)[6]. Y, claro, la sustancia material del imperialismo está nuclearmente constituida por las empresas transnacionales, incluyendo en ellas -con una importancia especial- a los bancos, que -como nos explica Lenin- son las instancias de fusión del capital industrial con el capital mercantil y financiero.

Y si bien el gobierno boliviano hoy habla de imperialismo, no solamente de imperio, sino también de imperialismo, incurre en una de sus más agresivas imposturas, porque mientras emite cotidianamente toda clase de epítetos de los más altisonantes contra el imperio e imperialismo, al mismo tiempo regala a las empresas transnacionales la plata de este país pobre, los ahorros, que en el fondo son las reservas internacionales netas. El gobierno boliviano, siguiendo un dictado típicamente neoliberal, ha optado pues por mantenerlos en la oxigenación de este núcleo material, que es el imperialismo, es decir los bancos transnacionales (cfr., por ejemplo, “La banca en Bolivia logró una utilidad histórica en 2019”, La Razón, 29 de enero de 2020). Ahí están nuestras reservas internacionales devengando intereses miserables del 0.25% al año.

Así, dada la formación teórica y política que tenía Sergio Almaraz, entendemos que esta interpretación del imperialismo estaba muy clara. Y es precisamente esta lectura la que queda de manifiesto en su obra, con el agregado que -ésta es una explicación muy importante- hay un vínculo más complejo, no es una dominación directa al estilo formal y violentamente colonial, sino que mantiene una intermediación activa de parte de la oligarquía randa, que no es tampoco un actor pasivo, un mediador indiferente, sino que ayuda su iniciativa, inclusive problematizando los esquemas concebidos por los agentes globales del imperialismo, como en su momento (al menos en las décadas pasadas) ha sido el gobierno estadounidense.

Esta cuestión espinosa la podemos ver claramente en la problemática agraria de Bolivia, desde el Plan Bohan[7] (1942), los Estados Unidos consideran recomendable una reforma agraria, que ciertamente supere la concentración latifundista de la tierra o en condiciones de producción serviles, pero la oligarquía boliviana, por muy pro-yanqui que pueda ser, como en verdad lo ha sido y aún lo es, se resistía a esa reforma agraria, hasta el último momento, la seguía combatiendo incluso en la misma ley de reforma agraria. Y esa reforma agraria en la región andina (no en la Amazonia) sólo es posible por la lucha y la movilización campesinas y que superan con creces a la propia ley e incluso a la administración gubernamental (cfr. Almaraz, 2019).

En los términos actuales, homologando los planteamientos de Almaraz a las expresiones más usadas en el debate social y/o político de hoy, diríamos que lo que él mostraba era esencialmente el modelo primario exportador, propio de un país históricamente aprisionado desde la tradicional detentación extranjera y foránea de sus recursos naturales, que –aún ahora- lo condenan a mantenerse bajo esos mismos patrones productivos de carácter radicalmente extractivista y depredador, bajo similares rubros productivos (minerales e hidrocarburos) y que le impiden por tanto desarrollar sus propias potencialidades, tales como diversificar la producción, transformar la matriz productiva y/o avanzar hacia la transición energética del país.

Hay, por tanto, de una manera efectiva, un componente fuerte del extractivismo en la obra y el pensamiento de Sergio Almaraz, precisamente el vinculado a la cuestión del modelo primario exportador. Y probablemente por ello resulta escaso el componente ambiental, porque –claro- en esos tiempos no teníamos la crisis climática, ni los actuales trances ambientales del planeta. Si bien podríamos decir que ya había algunos hechos que mostraban que íbamos camino a la escasez y agotamiento de los recursos naturales, también podríamos decir que es un componente del extractivismo, al que lo podríamos rastrear –con cierto detenimiento- en la obra de Almaraz, pero no así el factor ambiental o muy escasamente.

 

Entre la rosca[8] oligárquica y el agro-empresariado racista y fascista

En el campo de la vieja y nueva rosca (Almaraz, 1969a) hay una cierta continuidad lógica, pero también hay innovación. La continuidad es evidente, la podemos constatar con nombres y apellidos. Esta nueva rosca, que se sitúa especialmente en la región occidental del país -Sergio Almaraz no estudió la zona oriental, que tiene sus propias especificidades-, se ubica en la minería grande y mediana y también en la banca.

Y uno de los tropos que más interesa de Almaraz está precisamente en esa comparación que él hace de la nueva rosca con la vieja, con la de Patiño, con la de los barones del estaño, que dice ante las imposibilidades, muy frecuentemente alegadas por los nuevos rosqueros, de hacer una y otra cosa por el país o por ellos mismos, considerándola muy grande o muy difícil. Almaraz dice que Patiño se habría sonreído porque sabía que sus dimensiones (esmirriadas) eran también las del país. Es así que la oligarquía criolla se consideraba del tamaño del país y con eso le daba o pretendía darle un fundamento subjetivo a su condición de clase –en realidad casta- dominante.

Los nueva-rosqueros eran las mismas familias, los mismos apellidos articulados hoy –principalmente por la vía de la banca- a la oligarquía agraria del oriente, que, a diferencia de la occidental, tiene una continuidad de mucha más larga data porque para ellos la revolución y la reforma agraria fueron de signo contrario que para el latifundio andino o altiplánico. En general, la oligarquía (de ayer y de hoy) y la lumpen (cuando no narco) burguesía se han constituido en un muy eficiente dispositivo institucional, financiero, y de expansión del régimen MASista, pero no de hegemonía (sino sólo de dominación) (cfr. Guha, 2019).

Y hay muchos ejemplos de miembros activos de una oligarquía oriental que, teniendo un pasado mucho más largo que el de la nueva rosca occidental, se consolidó con la revolución nacional, además de asociarse con los otros componentes de la nueva clase dominante (esencialmente cocaleros y colonizadores, mal llamados interculturales). Y no ha dejado de ejercer el poder, salvo muy breves y/o fugaces paréntesis de tiempo, digamos cuando la Unidad Democrática y Popular (UDP) o tal vez en el primer tiempo del presidente Evo, cuando precisamente Alejandro Almaraz fungía como Viceministro de Tierras (y por ello mismo lo atacaron acerba y cobardemente).

La oligarquía criolla no ha dejado pues de mandar u ordenar en la política agraria del país y lo ha hecho bajo dos modalidades cardinales, que son precisamente las que Sergio Almaraz da cuenta. Una: que las clases dominantes gestionaban sus intereses en el gobierno, ya sea directamente, como con los Arce y los Pacheco, los patriarcas de la plata, de la minería de la plata, o ya sea por interpósita persona, la rosca propiamente dicha, que son los abogados y los políticos que rodeaban y servían a los barones del estaño (Patiño, Hochschild y Aramayo), de la gran minería.

La oligarquía agraria del oriente también ha utilizado las dos estrategias, según su necesidad y/o conveniencia, porque es obviamente pragmática, no se anda con enredos doctrinales, ni nada parecido (cfr., por ejemplo, “En Santa Cruz dicen que Evo les favoreció más que Banzer”, Urgente.bo, 25 de junio de 2016). Y en su momento, por ejemplo en el tiempo neoliberal, eran sus hombres, directamente, los que estaban de ministros, de viceministros, de directores del INRA, de magistrados agrarios, eran los terratenientes Guiteras, Monasterios, etc., y en el Comité Cívico también mandaban.

Y cuando las cosas se complicaron o cambiaron, han sabido –sin mayores dificultades- reponer sus intereses, utilizando las tradicionales intermediaciones clientelares, a las que ingeniosa y/o ladinamente han podido acceder. Y esas mediaciones son muy significativas en la continuidad de la paradoja señorial, porque han supuesto no solamente instrumentar y/o domesticar a los jóvenes rebeldes, salidos de la misma clase dominante, como ocurrió antes con el MNR, o de repente más antes con los izquierdistas (del MIR), y ahora con los líderes surgidos no solamente del movimiento campesino e indígena, sino también de posiciones victoriosas en el enfrentamiento con los intereses transnacionales de la oligarquía q’ara (blanco-mestiza) dominante.

Hay por tanto continuidad en esta nueva rosca, que supo o pudo derrotar el levantamiento popular, además de ‘embolsillarse’ a la revolución nacional, es decir convertirla en su instrumento y -al hacerlo- la estuvo sometiendo/minando desde adentro, como bien dice Almaraz. La oligarquía también ha sabido capear y derrotar las otras amenazas que ha tenido, en diferentes momentos, tales como los nacionalismos militares (de los presidentes Torres y Ovando) o civiles (de la UDP y del MAS). Y aquí podemos decir, observando con más cuidado su propia historia, que a cuenta de lanzarse a la sedición violenta, como lo hicieron el 2007 y 2008, llevándonos al borde de la guerra civil, debieron ser más cautos y esperar no más para logros mayores, como es el de darle línea programática al gobierno del presidente Evo, al gobierno del llamado ‘proceso de cambio’ (cfr. “Pablo Solón: Destrozamos bosques por ganancias temporales de una oligarquía”, Página Siete, 01 de septiembre de 2019).

Ante esta constatación empírica hemos tenido, en algunos debates, la explicación de los voceros MASistas, también lo ha hecho y dicho el propio vicepresidente García, que “consumada la victoria revolucionaria, lo que queda es asimilar al enemigo derrotado” (cfr. Página Siete, 20 diciembre 2017). Nosotros podemos decir ¡qué maravillosa asimilación para el derrotado que el ejercer la condición de vencedor dando y/o determinando la línea programática del gobierno!, nada menos que en un asunto tan fundamental -para este proceso- como es el agrario y, más propiamente, agroalimentario, porque a partir de la Cumbre agropecuaria (del 2015), que se relata en el libro El MAS abraza el modelo capitalista (cfr. Saavedra, 2015), ellos (los empresarios) dan pues la línea política y económica de y al gobierno.

Ahora, lo nuevo o novedoso en este proceso llamado de cambio es que no hay -como algunos sugieren-, hablando de revolución política, un desplazamiento de las clases dominantes, es decir de las que actuaron como tales durante los regímenes del neoliberalismo, antes del llamado ‘proceso de cambio’, continúan -hoy mismo- ejerciendo el dominio del poder; ergo, no ha habido arrinconamiento alguno de las clases opresoras u opresivas. Lo que hoy vemos es más bien que la asimilación se da al revés, estamos pues en la típica situación que Guha (1919) denomina “dominación sin hegemonía”.

Para fundar y/o fundamentar esta afirmación podemos con-centrarnos en el campo de la cuestión agraria, donde vemos que desde el 2010 todos los actos del gobierno son los que interesan (exclusiva y por tanto excluyentemente) a la oligarquía agraria (la de los agro-negocios), tanto que la política financiera frente a la banca privada es la misma o quizás peor que la del ex presidente neoliberal Sánchez de Lozada (Goni) (cfr. “De la economía boliviana ganan los empresarios y crecen las desigualdades en el pueblo”, en: Semanario Aquí, 21 diciembre 2013). “Los banqueros, en este tiempo de Evo Morales, ganan pues de manera sostenida y mucho más que durante el neoliberalismo”, tanto que la banca ha ganado y gana mucho más que nunca en estos últimos diez años (cfr. BARRIOS, Rafael, “Ministerio de Economía: La banca incrementa su ganancia en un 600 % en 12 años”, periódico digital de Radio Fides, 15 febrero 2018).

Las empresas transnacionales, ya lo hemos dicho y lo reafirmamos, están mejor que cuando el régimen neoliberal de Goni. Si bien tienen que tributar un poco más, están exentas de la nacionalización por el hecho de que la actual política de hidrocarburos se llama paradójicamente ‘nacionalización’ (cfr. Barrios, 2018). He aquí una forma concreta de la paradoja señorial: proteger los mecanismos ilegítimos de dominación con su impugnación retórica, se trata pues de resguardar a las empresas transnacionales precisamente con la nacionalización, es decir con el recurso simbólico, demagógico y discursivo de la nacionalización (cfr. “Saqueo, devastación ambiental y recolonización de territorios indígenas: la frustrada nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia”, Cuadernos de Coyuntura, enero de 2019, Nº 22 y “García Linera descarta estatización de la minera San Cristóbal y garantiza sus operaciones”, La Razón, 27 julio 2015).

Entonces, la banca, las empresas transnacionales y particularmente las empresas mineras, no creemos que hubieran recibido mayor beneficio de Sánchez de Lozada, que el que les ha otorgado el gobierno del presidente Evo, sobre todo con la Ley de minería y metalurgia (Ley N° 535, del 28 de mayo de 2014). Y están muy eficazmente preservadas de lo que tendría que ser el compromiso prioritario del gobierno, que es el de la consulta previa, del derecho a la consulta previa, libre e informada; aunque -a nombre de la consulta- otra vez aparece la instrumentación simbólica y la prebenda clientelar para el fin real, que es absolutamente contrario a los intereses de los pueblos y territorialidades indígenas u originarias.

Así, las clases dominantes que han oprimido y explotado en -por lo menos- el último medio siglo, en Bolivia, hoy mismo siguen sometiendo y más aún ellas -mediante una vinculación más o menos subterránea y/o promiscua con el llamado ‘proceso de cambio’ y especialmente con su núcleo blanco mestizo de poder- han asimilado a ciertos sectores emergentes, como los cocaleros (del Chapare), que van ganando con la coca destinada al narcotráfico (hay informes de las Naciones Unidas que sostienen que el 94% de la producción de la hoja va destinada al narcotráfico [ver por ejemplo El Día del 23 abril 2016 ]), y se han vuelto comerciantes, contrabandistas e incluso ‘loteadores’ de tierras suburbanas.

También cuentan las elites burguesas relativamente encubiertas en y por el cooperativismo minero y obviamente las señoras –como Gabriela Zapata o Lorgia Fuentes- amigas de las empresas chinas (por ejemplo CAMC, Sinohydro y Sinosteel), una nueva clientela en cuya existencia también se reproduce la decadencia de la revolución nacional. Esta es otra analogía muy reveladora, además de singular, respecto a la historia anterior, en la que la revolución nacional, con el MNR en el poder, ampliara los mecanismos clientelares del Estado y más aún los masificara y los corrompiera.

Actualmente estamos viviendo un nuevo momento de exacerbación de estas relaciones clientelares y creemos que -producto de ella- hay una burguesía chola emergente, una burguesía azul, tomando los términos de Amalia Pando, pero que no ha desplazado, insistimos en esto, no ha desalojado a la oligarquía criolla ya establecida, sino más bien se ha acoplado, se ha sumado en una condición además secundaria y/o subsidiaria. Al fin y al cabo, es sólo un par más de cubiertos que se añaden a la mesa del banquete de los privilegios y privilegiados.

 

El mensaje profético de Sergio Almaraz  

Un tema que suele señalarse como un vacío, en la obra de Almaraz, es el de la problemática colonial, del colonialismo interno, más específicamente de la opresión moderna colonial sobre los pueblos indígenas u originarios. Ciertamente, es un tema que él no aborda, no con una especificidad definida, pero tampoco lo ignora, menos en una realidad tan desigual y heterogénea como es la boliviana.

Aunque en el otro polo de la contradicción uno puede ver la psicología de la vieja rosca y ahí están descritas las estructuras mentales e ideológicas del colonialismo interno (cfr. Almaraz, 1969a), de aquellos –dice- que desprecian al país del que viven y en el que se han hecho ricos; dicho de manera más precisa, los oligarcas “Se sentían dueños del país, pero al mismo tiempo lo despreciaban”, relegando, desterrando y proscribiendo –lo dice específicamente- al indio, pese a que secularmente han vivido y (hoy como ayer) viven de su trabajo.

Esta problemática Almaraz no la conocía por haberla estudiado sino por haberla vivido (durante sus primeros años en el valle alto de Cochabamba), porque él era de una familia terrateniente, de Cochabamba, de la provincia Esteban Arce, aunque su madre ya había perdido las tierras, era pues de una familia de terratenientes en crisis, originalmente por los trances de la guerra del Chaco.

Almaraz conoció la realidad de la hacienda y no le era indiferente la constatación de esta realidad, en la que los que se arreglaban para trabajar, en absolutamente todo, no solamente en poner sus manos, sino también en organizar el proceso de producción, suministrar la semilla, trasladar la producción, ir a vender (en el pueblo) la producción a cuenta del patrón, poner sirvientes (pongos) en la casa de los patrones, eran pues los indios. Y los patrones lo único que hacían era recibir las rentas, como bien dicen Zavaleta (1986) y Platt (1982), eran estrictamente recaudadores de las múltiples formas coercitivas del tributo indígena.

Estas atingentes situaciones son las que Almaraz las vivió en su infancia y las rebulló con dolor, porque en esas mismas familias de terratenientes, había pues ‘ovejas negras’, y había quienes percibían que eso estaba mal, por injusto e indigno, y que no podía continuar así. Él lo denunció acremente, dentro de esta república moderno colonial u oligárquica, y lo describe pormenorizadamente en El poder y la caída (cfr. Almaraz, 1967), es decir de manera firme y contundente.

Almaraz ya no ha vivido algo que de repente le hubiera parecido insólito, inesperado, que es que esos pueblos sometidos u oprimidos se sobrepongan al aplastamiento, al desprecio racista, a la densa explotación económica y opresión política, así como a la violencia etno/genocida de las masacres y represiones sangrientas, y a pesar de todo ello: del dolor y la herida coloniales (Mignolo, 2007), sean capaces de abrir procesos y senderos de lucha, de emancipación y liberación.

Si bien sabemos que el llamado ‘proceso de cambio’ se ha congelado, en realidad ha colapsado –por un natural proceso de entropía- y ha sido traicionado por el régimen MASista, y hoy está siendo instrumentado por el enemigo imperialista. También estamos al tanto de que han sido los pueblos indígenas los que lo abrieron con sus luchas, principal y originalmente por el agua, el territorio y la vida. Cuánto nos hubiera gustado hablar con Sergio Almaraz acerca de estas emergencias e insurgencias, escuchar qué hubiera dicho él viendo estas bullentes resistencias, rebeldías e insubordinaciones…

Al menos en tierras altas es en verdad sorprendente que Arturo Urquidi (1966), en los años 60, decía que las últimas comunidades andinas estaban agonizando, que vivían sus últimos hálitos de vida. No obstante, Urquidi murió en los ‘80, ha tenido que -por lo menos- enterarse de la Ley Agraria Fundamental (cfr. CSUTCB, 1984), en la que el grueso del campesinado andino, ya emancipado de la tutela blanco-mestiza, dice “no a la propiedad privada, queremos tierras comunales, queremos economía comunitaria, queremos valores colectivos en una nueva sociedad, en un nuevo Estado” plurinacional.

 

Conclusiones para seguir reflexionando 

Aquí reivindicamos de Sergio Almaraz (1969) dos afirmaciones radicales: la primera, que “la revolución es el camino necesario”, no es literal, pero es ciertamente la idea primordial, “revolución –dice- es dignidad”, “es soberanía”, “es liberación”, y por lo tanto es el camino luminoso de los pueblos. La segunda, muy a propósito de eso, dice (retomando una frase lúcida de Albert Camus) que: “Lo difícil en efecto es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta”.

Se trata, entonces, de entender que lo que están haciendo los burócratas del gobierno actual, del régimen MASista, no es revolución, sino más bien es continuar ese sino trágico de nuestra historia, que es el de tras-poner la rebelión en manos de sus enemigos. Es por tanto la paradoja señorial, que hoy deviene como la derrota de la revolución minándola y socavándola desde a-dentro. No obstante, eso no quita ni la necesidad, ni la obligación ética, política e intelectual que tenemos por y para ese futuro cualitativamente distinto y mejor, que es la revolución, al menos los que queremos vivir de manera distinta a la actualidad, es decir con justicia, democracia y libertad.

Aun cuando se nos pueda decir “pero, a ver, cuál es la alternativa al capitalismo”, tenemos la esperanza (en el sentido de El principio esperanza de Ernst Bloch) que la vamos a ir fundando en la misma medida en que la vayamos construyendo con nuestras propias manos. En la construcción de este horizonte de emancipación/liberación retomamos al maestro Aníbal Quijano (2015), quien nos dice que estos nuevos tiempos son de una necesaria desconcentración epistémica y más específicamente de un “modo de subversión epistémica del poder”.

Se trata por tanto de ser fieles al legado de Almaraz y de no reiterar la concentración epistémica, es decir una fórmula de solución que pueda inclusive, como lo hacían los soviéticos, reducirse a una mera receta, en el sentido que el socialismo es A, B, C, no, sino más bien comprender que estamos en una realidad diversa, compleja y dinámica. Y que es desde estos distintos y complejos frentes teóricos, políticos y epistémicos, que se hostigará y se derrotará al colonialismo, al capitalismo y al patriarcado (cfr. Santos, 2017).

Y es también desde y a partir de estos mismos frentes que hoy devienen las luchas anti-post-decoloniales, en el caso nuestro contra el colonialismo interno, que sigue acaeciendo aun con el presidente Evo, gobernante indígena. Hoy el colonialismo interno está más robusto, pero –a la par- también está la lucha de las mujeres contra la dominación y la violencia patriarcales y por supuesto está el combate de los pueblos indígenas u originarios contra el extractivismo moderno colonial y las revueltas ciudadanas para que nuestra Pachamama siga habiendo y viviendo para nosotros y para nuestros hijos y nietos.

¡Jallalla!

 

Bibliografía

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ZAVALETA, Rene. (1986). Lo nacional-popular en Bolivia. México: Siglo XXI.

[1] En la década del 40, del siglo pasado, en Bolivia, el marxismo fue representado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), que nació el 26 de julio de 1940 en un congreso realizado en Oruro, y cuyos principales líderes eran José Antonio Arze y Ricardo Anaya. El PIR llegó a ser el partido más prestigioso de la década del 40, y fue el primero que (en Bolivia) aceptó el marxismo como fundamento de su ideología.  Propugnó la revolución democrática burguesa como una instancia previa a la instauración del socialismo, la reforma agraria y, sin mucha claridad, el control del Estado sobre los ingresos mineros.

[2] Según Alejandro Almaraz (2009: 708), la rebelión de la Juventud del PIR contra sus mandos partidarios derivó en la ruptura y en la fundación del Partido Comunista de Bolivia en enero de 1950. Sergio Almaraz fue uno de los principales líderes y dirigentes del naciente partido.

[3] José Antonio Arze y Arze es considerado uno de los principales sociólogos y teóricos del marxismo en Bolivia. Fundó el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y fue uno de los líderes del movimiento promotor de la autonomía universitaria en Bolivia.

[4] Sergio Almaraz sentía admiración por José Antonio Arze, el fundador y principal dirigente del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), y por ello mismo le siguió precisamente en el PIR.

[5] Actualmente –en Bolivia- está pasando casi lo mismo que con el agotamiento de la revolución nacional, mutatis mutandis («cambiando lo que haya que cambiar»), es decir salvando las correspondientes distancias y diferencias histórico-temporales entre la revolución nacional y el llamado “proceso de cambio”.

[6] Lenin elaboró este texto marxista, enormemente influyente, para explicar en detalle los defectos inevitables y el poder destructivo del capitalismo, que conduciría ineludiblemente al imperialismo, a los monopolios y al colonialismo. Profetizó que los países del Tercer Mundo usados meramente como mano de obra capitalista no tendrían más opción que unirse a la revolución comunista en Rusia.

[7] Este plan fue realizado por una misión económica de Estados Unidos a Bolivia. Llamado así por el nombre del jefe de la misión, Merwin L. Bohan. Fue un trabajo de ayuda del gobierno norteamericano a la recuperación y al desarrollo económico y social boliviano.

[8] Rosca, bolivianismo, alude a la colusión de intereses minero feudales y la constitución de las élites locales dominantes.

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