Reiniciando el debate en los espesores de la coyuntura

Reiniciando el debate

en los espesores de la coyuntura

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Reiniciando el debate

Escena crepuscular

 

Debate sobre las perspectivas

Ciertamente es menester un balance, a estas alturas de las experiencias acumuladas de las sociedades humanas; pero no un balance como el que se acostumbra; separando lo positivo de lo negativo, separando fortalezas de debilidades, sacando enseñanzas de las lecciones aprendidas. Este balance plano, correspondiente a un cuadro comparativo, no nos sirve. Requerimos responder a la pregunta: ¿Por qué las sociedades humanas no se han emancipado hasta ahora? Vamos a iniciar el debate, poniendo, como quien dice, las cartas sobre la mesa, es decir, nuestras premisas, de las que partimos, para abordar, después, interpretaciones y análisis, derivados de las premisas.

 

El concepto de República

República significa res-publica, la cosa pública; el Estado moderno es República en la forma de Estado nación. La institucionalidad democrática, por lo menos, en su forma jurídico-política, es decir, constitucional, es la estructura operativa de la República. Supone la composición equilibrada de la compensación de poderes. Incluso cuando se destruye un Estado, considerado oprobioso, como el correspondiente al imperio zarista, y se conforma, por lo menos jurídica y políticamente, el Estado socialista, sigue siendo República. Hablamos de la Unión de Repúblicas Socialistas de la Unión Soviética. No se deja de ser República en la composiciones, descomposiciones y recomposiciones del Estado moderno por más transformaciones que se efectúen, mientras siga siendo la cosa pública, es decir la realización de la acción de la sociedad en el ámbito público. Mucho menos deja de ser República cuando se hacen reformas y modificaciones en la misma estructura del Estado liberal, de una manera barroca, como ocurre con las formas de gubernamentalidad populistas y neopopulistas. Tampoco deja de ser República una Constitución del Estado Plurinacional; su condición jurídica y política se enmarca en el preformato de la República.  Incluso si se hubieran dado transformaciones estructurales, como demandan las Constituciones de Bolivia y Ecuador, lo que no ha ocurrido, pues se ha mantenido la estructura del Estado-nación, si se hubiera conformado una Confederaciones, lo que implica un Estado Plurinacional, seguiría siendo República.

La diatriba panfletaria y el balbuceo ideológico que contrapone Estado Plurinacional a República evidencia su descomedido desconocimiento de la teoría política, de la filosofía política y de la ciencia política, mucho más si se trata de la crítica de la razón política. Esta gente, “revolucionarios” de pacotilla, charlatanes y demagogos, no saben de lo que hablan. Al final, su discurso endémico sirve para justificar la decadencia política, la restauración y el derrumbe ético moral de la casta política; busca legitimar el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, que lo llaman “modelo social comunitario”. La Constitución define, en el marco del pluralismo económico, la economía social y comunitaria, distinguiendo lo comunitario de un proyecto de características socialistas, retomando ambas tendencias de manera diferenciada y complementaria. Empero, para ser proyecto comunitario se requiere la preservación de las territorialidades nativas, la mantención y la institucionalización de los bienes comunes. Para ser proyecto socialista se requiere la socialización de los medios de producción, la reforma agraria radical, la nacionalización de la banca; pero todo esto brilla por su ausencia en la forma de gubernamentalidad clientelar neopopulista, ahora retornado después de las elecciones nacionales. Lo que se tiene es una administración barroca, acompañada de un discurso demagógico, sin retórica y argumentación, del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. 

El concepto de ciclo político

¿Qué es un ciclo político? A diferencia del ciclo económico, sobre todo del mediano – el ciclo largo tiene otra concepción, más bien histórica -, que es caracterizado por las oscilaciones de expansión y contracción, el ciclo político puede caracterizarse por cuatro fases, la del entusiasmo, la del desencanto, la de la regresión y la de la decadencia. Si bien puede haber un parecido en la gráfica de la curva, ascenso y descenso, la diferencia radica en que cuando asciende el proceso político abulta, al principio, la curva, en el período del entusiasmo, alargando el descenso gráfico en una bajada diferida, abrupta al final. Cualitativamente un ciclo político está definido por un perfil contradictorio, que contrasta y hace concurrir la motivación transformadora versus la desmotivación restauradora. Cuando la motivación transformadora prepondera se da el ascenso político o el cambio, en contraposición, cuando la motivación restauradora se va imponiendo, comienza el descenso, a partir de un punto de inflexión. Cuando la motivación transformadora desaparece culmina el ciclo político, se clausura.

Desde el comienzo de la movilización prolongada (2000-2005) hasta el 2009 se podría decir se da como la preponderancia del entusiasmo, a partir de la promulgación de la Constitución, que es como la cúspide, también punto de inflexión, comienza a imponerse el pragmatismo de la desmotivación, obligando, por así decirlo, ilustrativamente, al descenso de la gráfica del ciclo político, hasta llegar a su finalización.

También, subjetivamente, en términos de interpretación narrativa, a través de personajes, se puede evaluar el ciclo político como concurrencia simbólica. Una interpretación literaria puede encontrar un personaje de la motivación y, en contraste, un personaje de la desmotivación. Desde este enfoque metafórico Felipe Quispe aparece como el personaje de la motivación política, en cambio Evo Morales aparece como el personaje de la desmotivación política. Con el fallecimiento de Felipe Quispe habría desaparecido el motor, por así decirlo de la motivación, que también le otorgó un perfil propio a la narrativa del ciclo político en cuestión. En consecuencia, desde distintos ángulos de la lectura del ciclo político, el ciclo político habría concluido. 

Ilusión y poder

Podemos hablar del consumo masivo de ilusiones, pero también de distracciones masivas, de inclinaciones grupales y colectivas a tomar por realidad las invenciones del poder y de los medios de comunicación. Se ocupan de “problemas” existentes en la difusión mediática y sensacionalista, también en la mentalidad delirante política. Las problemáticas efectivamente existentes en el mundo efectivo son soslayadas, son ignoradas, desperdiciando la oportunidad y el tiempo de resolverlas.

El pueblo está embaucado por los aparatos ideológicos, que ahora son los medios de comunicación, articulados eficazmente a las estructuras de poder.  No hay opinión pública, sino, más bien, opinión masiva inducida por los medios de comunicación y partidos políticos, sean de “izquierda” o sean de “derecha”. En la modernidad tardía y crepuscular no hay tampoco exactamente ideología, sino un conglomerado barroco de bricolaje discursivos, que pretenden parecerse a una ideología, empero solo llega a pronunciarse como estridencia espectacular. Por eso no tiene sentido hablar y distinguir, usar la referencia figurativa del esquema dualista de “izquierda” y “derecha”, para orientar el análisis político. Lo que se da efectivamente es la rotación de mandos, diferenciados en la pose y en el discurso, que, empero, comparten las mismas prácticas paralelas de poder. Esto se hace evidente cuando ejercen como gobierno.

Se trata de la reproducción de estructuras y diagramas de poder, establecidas como dispositivos y maquinarias de dominación. Por ejemplo, el diagrama de poder de la corrupción, compartido por ambas contrastadas opciones políticas. Así como se comparte el mismo modelo económico, el colonial extractivista del capitalismo dependiente. También se comparte la usurpación y la manipulación de las voluntades populares por parte de los “representantes del pueblo”.

La “izquierda” ha posesionado imaginariamente que se lucha por la justicia social, en tanto que la “derecha” ha posesionado imaginariamente que se lucha por la “libertad”, tratándose, obviamente de la “derecha” liberal, no así de la ultraconservadora. Sin embargo, esto es discursivo, pues, en la práctica, se pelea por el poder y por conservarlo. La “justicia social” y la “libertad” son términos usuales de “legitimación”.

Lo que ocurre efectivamente es muy diferente a la narrativa política y mediática; lo que ocurre tiene que ver con el ejercicio de las dominaciones, por un lado, y con la emergencia intermitente de las resistencias. En la actualidad, la recurrencia discursiva a la ideología desaparecida sirve para desarmar al pueblo, para castrarlo, quitándole sus capacidades de lucha. La recuperación de la capacidad de lucha solo es posible si se libera la potencia social; esto requiere de una comprensión profunda de las causas de la crisis múltiple, ecológica, civilizatoria y del sistema mundo moderno.

La madurez del pueblo radica en el logro del uso crítico de la razón, en la capacidad de autogestión y autogobierno; esto implica no depender de representantes, ni desear al amo, sea éste un caudillo o un líder liberal. Esto significa la construcción colectiva de la decisión política y del consenso.

 

Subsunción y subordinación

La subsunción de la rebelión se efectúa por la vía electoralista, la subordinación del pueblo pasa por la incorporación al “sistema” de partidos políticos, el vaciamiento de la interpelación pasa por la candidatura, la sujeción del sujeto social pasa por el acceso a la casta política.  El poder y la dominación, la colonialidad y la explotación, se reproducen mediante la farsa electoral, la simulación grotesca de la democracia.

Ha pasado una y otra vez, este fenómeno de la subsunción y la subordinación es reiterativo y recurrente. Hay como un apego explícito al reconocimiento por parte de la institucionalidad y la casta política.  Los símbolos y los discursos “ideológicos” solo sirven para encubrir la entrega de la acción y la movilización, dadas en el pasado inmediato, a las estructuras de poder institucionalizados, al constante retorno del colonialismo, las dominaciones polimorfas, la explotación capitalista.

Se puede hablar de un servilismo matizado, disfrazado de aparente “radicalismo” vacuo. Se olvida que lo radical tiene que ver con raíz, con llegar a la raíz del problema, no con desgarramiento de las vestiduras, tampoco victimizarse, menos con la gesticulación grandilocuente.

Por el camino del pragmatismo electorero se domestica la rebelión inherente en el pueblo. Esta salida de la simulación democrática disemina la potencia social, la dociliza y la hace funcional al poder, al diagrama de poder de la colonialidad y al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

Para salir de la condena de la reiteración fatal de la subsunción y subordinación de la acción a la reproducción de la colonialidad, la dominación y la explotación se requiere mantener el fuego, buscar, en contraposición, la liberación de la potencia social, la constitución de la comunidad, la autogestión y el autogobierno.

La maquinaria de la corrupción

 

Se podría decir que se trata de un “sistema”, si no fuera que este concepto se refiere a la complejidad del funcionamiento de las formas de vida y sociales, pero la analogía al funcionario mecánico, correspondiente a la articulación de la composición de los engranajes conectados, muestra la “reproducción” máquina de su funcionamiento perverso; entonces solo provisionalmente se puede hablar de “sistema” de corrupción.  Se trata de la maquinaria de la corrupción, cuyo diagrama de poder atraviesa las instituciones del Estado.

La maquinaria de la corrupción atraviesa al campo político, es más, los partidos políticos son parte de sus engranajes, articulados a los Órganos de Poder del Estado; articulados a la empresas, sobre todo a las empresas trasnacionales y extractivistas; articulados al sistema financiero, internacional y nacional. Particularmente los partidos son piezas de la maquinaria cuando están en función de gobierno, también en función legislativa, judicial y electoral. El poder ejecutivo es el dispositivo de la realización del funcionamiento maquínico de la corrupción, el poder legislativo “institucionaliza” la administración adulterada de la “legitimación” sobornada, el poder judicial legaliza la corrosión política y económica institucionalizada, el poder electoral otorga la apariencia “democrática” a la maquinaria de la corrupción.

Se podría decir que todo está pactado y acordado, empero no es del todo así, salvo en los casos efectivamente dados de esta manera; más bien, se da todo anteladamente, como preformación, ya se encuentra inscrito en el mecanismo. Los perfiles políticos y de los funcionarios son tan solo singularidades del funcionamiento de la maquinaria conformada en un pasado mediato e inmediato, que no controlan, pero sí con el que se comprometen. No escapan a la complicidad de la proliferación de delitos encubiertos de la maquinaria de la corrupción, inherente a la maquinaria del poder del Estado.

La población votante asiste a todas las tramoyas de la casta política, a todo el funcionamiento perverso de la maquinaria de la corrupción, embaucada por los aparatos ideológicos del sistema mundo moderno, a escala mundial y a escala nacional. Sin embargo, a pesar de estar sometida al bombardeo mediático, publicitario y propagandístico, en condición de enajenación masiva inducida, también es cómplice, aunque inocente, de la maquinaria de la corrupción.

Salir de círculo vicioso de la corrupción implica la demolición de esta monstruosa maquinaria. Para que ocurra esto se requiere el asumir la responsabilidad de lo que ocurre por parte del pueblo y, en consecuencia, actuar en la demolición. Si no se lo hace se es no solamente cómplice, sino que se establece y reproduce una relación sadomasoquista con el poder.

No hay “retorno a la democracia”

La decadencia política se expresa fehacientemente en la ausencia de imaginación de la casta política; solo atina a repetir mecánicamente trasnochadas consignas, sin contextuarlas ni entenderlas. Habla por inercia un discurso sin contenido, aparentando que dice algo cuando efectivamente no dice nada. Solo es espectáculo mediático. Todas estas falencias se hacen evidentes cuando pretende justificar sus actos anodinos refiriéndose a la “democracia”, que cree que es una puesta en escena para dar lugar a su protagonismo, que también es otro montaje circunstancial.

No hay “retorno a la democracia”, puesto que ésta se ha diseminado hace tiempo, cuando se restringió la democracia, el gobierno del pueblo, el autogobierno, a la democracia representativa y delegada, la democracia institucionalizada como República liberal, el Estado-nación. Después, esta misma democracia se deteriora, adulterándose el funcionamiento de sus instituciones. Formas paralelas de poder, opacas y oscuras, atraviesan a las instituciones del Estado de Derecho. La Constitución se convierte en un escrito simbólico, mientras, efectivamente, en la práctica, no se acata ni se cumple. En la modernidad tardía, ya el lado oscuro del poder controla al Estado, las instituciones “democráticas” son tan solo una máscara, que encubre la realización de los objetivos del lado oscuro del poder. Los medios de comunicación coadyuvan en este encubrimiento al desplegar el aparataje de la invención de la realidad.

Liberalismo y socialismos, aparentemente contradictorios, hicieron de lados opuestos de la simetría en un dualismo de poder, cuyo esquematismo permitía la complementariedad del sistema mundo moderno, la geopolítica contrastante del sistema mundo capitalista. Después, neoliberalismos y neopopulismos, pretendidamente opuestos, desplegaron el esquematismo dualista complementario, conformando un teatro político grotesco, donde las prácticas de gobierno son equivalentes, efectuándose paradigmáticamente, aunque buscando diferenciarse mediante bricolaje discursivos.

La casta política, con todas sus variantes, responde a la reproducción diferida de la acumulación ampliada de capital, en la fase dominante del capitalismo financiero, especulativo y extractivista. El montaje mediático de la pelea de gallos, cada vez más desplumados, los espectáculos mediocres electoreros, están destinados a distraer a la población votante y a embaucar al pueblo.

No se puede salir del círculo vicioso del poder si el pueblo no se libera de la ideología, la máquina fabulosa de la fetichización, de las ilusiones del poder, sobre todo si no se libera de la casta política y del teatro político. Comprender la realidad efectiva, sus dinámicas complejas, requiere de confiar en su propia potencia social. 

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