Acto heroico del pueblo colombiano

Acto heroico del pueblo colombiano

 

Sebastiano Mónada

 

Acto heroico del pueblo colombiano

Rebelión en Colombia

Te levantas como volcán, emerges desde las profundidades.

Cavernas donde se guarnecieron los antepasados del comienzo

de todo, del nomadismo ligero, perseguidor de los rebaños,

que no huyen, sino buscan en la extensión interminable

de la tumba de su sombra.

Guardas en la memoria mineral de tus huesos la mirada de tus muertos.

Poblaciones asesinadas por las armas acumuladas por los señores de la propiedad,

cazadores de tierras, de la animalidad en fuga y de los bosques incinerados.

Los ancestros, memorias carnales de la tierra y de las piedras talladas,

jeroglíficos indescifrables por la ciencia de la lengua y la cultura,

no fueron dominados, tampoco conquistados, sino desaparecieron,

en la clandestinidad que ocasiona la mirada oscura de la luna.

¡Pueblo intenso de la cordillera y de la Amazonia!

¡Pueblo inmenso de los llanos y de los valles!

¡Pueblo de los bordes de los océanos ondulantes!

¡Pueblo, coraje resplandeciente y fogoso!

No pueden vencerte los que te temen y conspiran tu muerte.

Reinventas la rebelión intermitentemente, como arte creador

de la piel fulgurante deseada e imaginada por los dioses.

Son más de cien años, son siglos, los que laten en la compulsión

irreverente de tus gestos iconoclastas, destructores de imperios.

Me conmociono al saber de ti, rebeldía eterna, eres la esperanza.

Por ti sé que no podrán vencernos en ninguna parte.

La casta gamonal quiere imponerse por el terror,

delirio imaginario de ángeles caídos y estériles.

La casta política quiere embaucarte usando sus destrezas

especulativas del teatro cruel de la simulación

y la impostura desesperada y agonizante.

Los salvadores vienen a tu encuentro con promesas repetidas,

que no cumplen.

Eres la cenicienta que los déspotas desean, imaginan sumisa,

culpable y capturada por las redes que hila la burocracia somnolienta.

No entienden que eres ingobernable, insumisa y libre como la mariposa

de la eterna consagración de la primavera.

No te conocen, no pueden, encerrados en las burbujas de sus prejuicios.

No te quieren, te temen, pues saben que puedes emerger volcánica,

Por azar o por furia, por vocación o por estética.

Ahora ocupas las calles de las ciudades ingobernables,

arrinconas al régimen de la represión y la masacre,

enseñoreas en los espacios abiertos y en las atmósferas candentes,

empujando a los guardianes del régimen podrido al abismo de la nada,

pues solo pueden mostrar sus instrumentos de muerte.

Ahora que has vuelto inquietante, insobornable y temida,

anuncias el crepúsculo de los patriarcas otoñales,

escondidos en sus fortalezas carcomidas por el olvido del atardecer

y de la muerte.

Pueblo incodificable e indescifrable, hermenéutica desbordada,

paro nacional elocuente,

te parapetas en las barricadas contra las ilusiones de los patrones anacrónicos.

Eres el fuego, el estallido inicial repetido, tantas veces

como para vencer el olvido.  

Eres la noche en el día y el día en la noche.

Vences el rigor de la gravitación y de la oscuridad

Desconocida e incierta.  

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