Ética y responsabilidad

Ética y responsabilidad

 

Raúl Prada Alcoreza

 

Desafios 6

 

¿Qué pregunta es esa: Se puede cambiar la realidad?  La realidad siempre cambia, cambios imperceptibles, cambios perceptibles, desplazamientos, cambios trascendentales. La pregunta no apunta a algo tan general, quizás viene de la nostalgia romántica: ¿Es posible la revolución, es posible que triunfe la revolución y que logre sus objetivos transformadores y liberadores? ¿O toda revolución está condenada a padecer sus contradicciones? Estas preocupaciones vienen de las tradiciones románticas,  que son convocativocativas, correspondiendo a las emociones generosas y embriagantes, de entrega al acto heroico. La pregunta contiene la preocupación sobre el decurso de la acción, en el sentido de que, a pesar del acto heroico, a pesar de la entrega, del halo romántico, no todo cambia, como se quiere y se busca.

 

No se trata ni de ponerse optimista, ni ponerse pesimista, se trata de hurgar en las preguntas y las preocupaciones, que sostienen estas preguntas. Sobretodo se trata de tener la mirada en el acontecimiento, la mirada abarcadora de la complejidad del acontecimiento, de la multiplicidad de sus singularidades. Mirada que comprenda los desenlaces de las acciones y de  las prácticas, de las voluntades involucradas en los actos. Para decirlo de la manera figurativa, al modo de la epopeya, mirada y percepción comprometida con los actos heroicos, las entregas románticas, las búsquedas de transformación. De todas maneras, hay algo importante en todo esto,  independientemente de si se logra o no la utopía. La incertidumbre, el juego del azar y la necesidad, los efectos y consecuencias no controladas, constituyen el campo de posibilidades, los decursos sinuosos y el devenir.

 

Todo se hunde en un conjunto de de procesos, inherentes al acontecimiento, al conglomerado de eventos, de sucesos, de hechos, que no se controlan, sino que se desatan desbordantemente. Toda acción desata consecuencias que no se controlan. Sin embargo, independientemente de esto, de esta imprescindible complejidad, hay algo  ineludible, la actitud ante la violencia, la inaceptabilidad de su despliegue, en consecuencia, la denuncia de la misma, la interpelación de su desenvolvimiento. Esto se efectúa contra las violencias concretas y singulares, contra la multiplicidad de violencias desatadas. Contra los asesinatos y feminicidio, contra los etnocidios, genocidios y ecocidios. En este sentido, apuntando a las causas y dispositivos de la causalidad dramática, se actúa contra los agenciamientos concretos de la violencia, contra la intervención de organizaciones e instituciones responsables de la violencia, contra el lado institucional del poder y contra el lado oscuro del poder, contra lo controles territoriales de los grupos paralelos, contra las formas del terrorismo de Estado y no estatales. Es decir, hablamos de la predispoisición contra la multiplicidad de violencias proliferantes.

 

 La pregunta específica es: ¿Se puede detener la violencia? Esta pregunta implica, necesariamente, la responsabilidad. La responsabilidad de actuar contra la violencia. La responsabilidad ética. Se trata de  la predisposición en contra de la violencia, de la voluntad de parar la violencia. Claro que  esta resultante depende de la correlación de fuerzas.  Sin embargo aquí hay algo que es ineludible, no se puede ser indiferente ante la violencia. En consecuencia, el mismo hecho de la violencia exige una responsabilidad, una actitud ética, respuesta moral, de parte de nosotros. Esta exigencia si es ineludible.

 

¿Cuáles son los desafíos?

¿Cuáles son los desafíos que atañen a la ética y la responsabilidad contra la violencia? Esta es la pregunta involucrada en la actitud misma de predisposición contra la violencia, que podemos también llamar contra la dominación, por lo tanto, contra el poder.

 

Obviamente no se trata de caer en el voluntarismo, la voluntad de por sí misma no cambia la situación en cuestión. Tampoco la acción devenida de la voluntad. En esta perspectiva, no basta el acto heroico para que cambie la situación adversa, obstaculizadora, inhibidora, correspondiente al desenvolvimiento de la violencia. No es suficiente la denuncia, tampoco la interpelación sobre los hechos de violencia. La experiencia social y la memoria social nos enseñan de que es indispensable comprender, entender y conocer las dinámicas involucradas en los despliegues de la violencia. Sabemos que la violencia es padecida por los sujetos sociales; los sujetos sufren la violencia. La asumen como tal en la medida qué interpretan estas fuerzas que afectan al cuerpo como violencia. Es decir la violencia es asumida como lo que afecta el cuerpo, lo inhibe, lo descompone, lo enferma, lo hiere y lo destruye.

La violencia es vivida corporalmente y subjetivamente. Para que haya violencia tiene que haber dominación o pretensiones de dominación, es decir, hay ejercicio de poder. El poder, como sabemos, implica relaciones de fuerza, fuerzas que afectan y fuerzas afectadas. Fuerzas que suponen la separación de su potencia, fuerzas que actúan contra sí mismas, vaciándose de contenido,  usando su magnitud de fuerza contra otras fuerzas, buscando su desarticulación. Desencadenando la energía de una manera destructiva.

 

Se da lugar, apoteósicamente, la máquina abstracta de poder, cuya manifestación concreta e institucional aparece en el Estado, en la estructura estatal, en la composición del Estado. En los aparatos y dispositivos del Estado, aparatos administrativos, aparatos ideológicos, dispositivos de emergencia. Que son, efectivamente, aparatos administrativos de la violencia, aparatos de legitimación de la violencia, aparatos de represión. Frente al poder se han constituido formas de contra-poder, la resistencias han adquirido las características propias de formas de contrapoder, incluso de organismos y organizaciones de contrapoder, conformando composiciones singulares de contrapoder.

 

Una forma elocuente de resistencias corresponde a las movilizaciones sociales, que se han hecho elocuentes en la historia reciente de América Latina y el Caribe. Algunas veces las movilizaciones sociales han resultado en levantamientos y rebeliones, incluso han tenido consecuencias políticas y estatales, incidiendo en la forma de gobierno, es decir, en lo que hemos venido llamando forma de gubernamentalidad.  De alguna manera las demandas se han manifestado, no solamente como pliegos, sino como reivindicaciones colectivas, incluso proyecciones sociales, que atañen y comprometen a la sociedad. En la historia reciente, del ciclo corto y del ciclo mediano, las movilizaciones, los levantamientos y rebeliones han devenido en revoluciones, aunque escasas, pero con mayor incidencia en el perfil del Estado y en el perfil de la sociedad, incluso en el perfil de la economía, es más, en el perfil cultural. En este caso, se puede decir que han habido cambios, pero estos cambios no terminan de transformar las estructuras de poder y, por lo tanto, los diagramas de poder en cuestión, en consecuencia, en las formas polimorfas de dominación. Se puede decir, acudiendo a esa frase del gatopardo, de que todo cambia para que nada cambie. Como hemos dicho varias veces, las revoluciones cambian el mundo pero se hunden en sus contradicciones, destruyen el Estado y lo vuelven a restaurar, vuelven a reconstruir lo que han destruido, entonces ingresamos a lo que hemos llamado el ciclo vicioso del poder, el eterno retorno de las dominaciones polimorfas. Parece una paradoja, también una condena y una fatalidad. ¿Por qué ocurre esto? Esta es una buena pregunta, requiere de un balance exhaustivo, de una evaluación crítica de lo que ha ocurrido, de una evaluación crítica de la historia; parafraseando a Emmanuel Kant podríamos decir que se trata de una crítica de la razón histórica, una crítica de la razón crónica o, si se quiere, puesta en escena de la razón ucrónica. Sin embargo, esta apreciación tiene su equívoco, porque no hay una razón histórica, no hay una razón crónica y, por lo tanto, no es tan pertinente hablar de ucrania; lo que hay es el acontecimiento, en el acontecimiento la multiplicidad de procesos singulares, que dan lugar a distintos perfiles singulares del acontecimiento en devenir.  

 

Hay el juego entre azar y necesidad, donde los actos generan efectos que no se controlan; ingresamos a la perspectiva de la complejidad, que supone dinámicas complejas integradas, que atraviesan y articulan distintos planos y espesores de intensidad, definiendo perfiles singulares del acontecimiento, en una coyuntura, en un presente, en un momento, en los espesores del presente. Esta apreciación implica la comprensión del funcionamiento de esta complejidad, sinónimo de realidad. Esto equivale a construir soluciones que resuelvan la complejidad o, si se quiere, disminuyan la complejidad. El entendimiento de esta complejidad nos puede llevar a un potenciamiento de las prácticas, de los actos, de las acciones, de la intervención en coyunturas específicas, incidiendo en los decursos de la realidad efectiva. De eso se trata.

 

Volviendo al tema, ¿por qué caemos, una y otra vez, en el círculo vicioso del poder?, ¿por qué no se puede salir de este círculo vicioso del poder?, ¿por qué las movilizaciones, si bien plantean demandas, incorporan denuncias, interpelan a la institucionalidad, que ha instituido las formas de dominación vigentes, no logran trastocar la situación adversa de las dominaciones, la estructura de poder, que se repite, una y otra vez, como condena y fatalidad, repitiendo el eterno retorno de lo mismo? En el último ensayo, que contiene el análisis de los recientes movimientos sociales, particularmente del reciente movimiento social dado en Ecuador contra el gobierno de Guillermo Lasso, hemos dicho que no se puede resolver el problema dentro de el marco del Estado nación, dentro de la cartografía política definida por el orden mundial, dentro del contexto del mapa institucional conformado por el Estado nación y el orden mundial; este mapa institucional forma parte del problema. Esta aseveración es importante, tiene consecuencias prácticas, exige ir más allá de lo que se ha venido haciendo hasta ahora, incluyéndo a las movilizaciones sociales, a los levantamientos, rebeliones y a las revoluciones. Hay que salir de lo acostumbrado. Después de la evaluación crítica y de la crítica de los procesos de cambio, dados en Sudamérica, después de las nuevas críticas de las dominaciones y del poder, después de la crítica al círculo vicioso del poder, hemos llegado a la conclusión de qué no se trata de tomar el poder, pues cuando se toma el poder, los que lo toman se convierten en marionetas de la máquina fabulosa de las dominaciones, que es la máquina abstracta de poder.

 

En el balance de los “gobiernos progresistas” hemos observado que, de una manera repetitiva, por lo tanto, comediante, se ha vuelto al círculo vicioso del poder, se ha repetido la historia, no como tragedia sino como farsa, tal como decía Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte. En el balance que hicimos de la revoluciones, en la historia reciente, en la historia política moderna, hemos constatado lo que dijimos anteriormente, que las revoluciones se hunden en sus contradicciones, no salen del círculo vicioso del poder, lo repiten de una manera dramática. La conclusión es que hay que salir del círculo vicioso del poder. Empero, ¿cómo se hace esto? Esta es la pregunta. En términos teóricos dijimos que se trata de no tomar el poder sino de destruirlo. De abrir los decursos y devenires de la autogestión, de la autodeterminación, del autogobierno.

 

Otras formas de resistencia se han dado, como la conformación de comunidades autogestionarias, particularmente agrícolas, que han planteado el retorno al campo, una recampesinización, que podemos incorporarla a una de las variantes de la vía campesina. Esta forma de resistencia es sugerente, puesto que no solamente incide en las prácticas y en los órdenes de relaciones, sino que plantea, de inicio, la construcción de otro horizonte societario. Alguien puede leer estas iniciativas, estas conformaciones autogestionarias como relativas a lo que se llamó, en su tiempo, socialismo utópico. Este término es inadecuado, lo usó Marx para mostrar los límites de este socialismo utópico, planteando, mas bien, como alternativa, una revolución social y una revolución política, basada en el conocimiento de la sociedad moderna, concretamente del modo de producción capitalista. Ya conocemos el desenlace de estas revoluciones socialistas, que derivaron en el socialismo real, que derivaron en el Estado absolutista del socialismo real, que se parece, caricaturescamente, a una monarquía socialista. Visto en perspectiva, resulta mucho más prometedor esto que llamó Marx socialismo utópico; es una experiencia de resistencia social alternativa. Ahora bien, lo que podemos ver y de lo que se trata es de experiencias actuales, que todavía no se convierten en alternativas expansivas a la sociedad institucionalizada, a la sociedad moderna, al modo de producción capitalista y, en términos del contexto mundial, al sistema mundo capitalista. Esta circunscripción no habla del fracaso, de ninguna manera, de estas experiencias alternativas puntuales, de estos proyectos inherentes; se dan, de manera práctica, como alternativas, todavía no alterativas. Se puede esperar que prosperen, que proliferen, convirtiéndose en verdaderas alternativas alterativas a la sociedad capitalista. ¿De qué depende esto que esto acontezca?

 

No hay que olvidar que lo que llamamos sociedad capitalista, teóricamente modo modo de producción capitalista, históricamente sistema mundo capitalista, ha emergido de las anteriores formas de sociedad, para así decirlo, de anteriores modos de producción; en otras palabras, apuntamos a decir lo siguiente: Que una nueva sociedad emerge de manera espontánea, no como ingeniería social, no como proyecto político. La ingeniería social y el proyecto político son pretensiones, no solamente de verdad, sino pretensiones esquemáticas, impotentes, en comparación con la complejidad que conllevan las dinámicas sociales y las composiciones de la sociedad misma. Ninguna ingeniería social ni proyecto político controla la multiplicidad proliferante de variables intervinientes. Hacerlo lleva a semejante pretensión y proyecto a forzar la realidad efectiva, como ha ocurrido  en el  socialismo real; esto ha terminado no solamente en fracaso, en frustración, sino en una monstruosidad histórico y política. De lo que se trata es precisamente de hacer emerger a la nueva sociedad o, mejor dicho, a la ecosociedad, de manera espontánea, a partir de las mismas dinámicas inmannentes, sociales, ecológicas y vitales. Parte de este ejercicio, en la espontaneidad social, puede tener que ver con estas resistencias de la que acabamos de hablar, de recampesinización. Sin embargo, estos esfuerzos no parecen suficientes, pues la mayor parte de la población de la sociedades están atrapadas en estructuras sociales, en mapas institucionales, en relaciones sociales y prácticas sociales, que reproducen la sociedad capitalista. Entonces la pregunta es: ¿Cómo se activa la potencia social, cómo se libera la potencia social, cómo se interpela a los sujetos sociales, atrapados en estas redes de la reproducción capitalista y de las dominaciones, de sus propias dominaciones? ¿Cómo se los convoca a liberarse de sus propias cadenas? Otra vez, no bastan las denuncias, tampoco las interpelaciones, así que como no son suficientes las utopias, tampoco es suficiente la crítica, es indispensable el remozamiento, el desplazamiento y las rupturas histórico-politico-culturales en los ámbitos y contextos de las prácticas sociales. Éste es uno de los desafíos.

 

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