Interpretación subversiva del cuerpo

Interpretación subversiva del cuerpo

Cuerpo y potencia, subjetividad y dominación

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 Subjetividad y dominación

 

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Hay que plantear el problema en su pluralidad; no es una relación sino muchas, no es una institución sino varias. Todas conforman el clima propicio de la dominación, que también es múltiple. Se refuerzan, se complementan, se concatenan y se entrelazan, conforman mallas de poder, mallas de captura, también mallas de inscripción; las redes se marcan en el cuerpo. De generación en generación esta domesticación aparece como si fuera natural.  La institucionalidad religiosa se refuerza con la institucionalidad familiar, ambas refuerzan la institucionalidad escolar, todas estas instituciones preparan a los cuerpos sometidos para la incorporación de otras instituciones al arduo trabajo del manejo de los cuerpos. El cuartel recibe a jóvenes ya amoldados, después la universidad o los politécnicos también reciben a jóvenes cuyos cuerpos han sido adecuados por las instituciones anteriores. Las instituciones públicas o las empresa privadas cuentan con la llegada de cuerpos profesionalizados, tecnificados o solo instrumentalizados. La malla institucional, que en el imaginario social es el Estado,  cuenta con individuos que son la internalización del poder, como telaraña institucional.

 

Se ha hablado de constitución de sujetos, teniendo como referente individual al sujeto, desde una perspectiva psicológica; también se ha desplazado el concepto a constitución de subjetividades, desde una perspectiva más amplia, más filosófica y hermenéutica, teniendo como referente a la subjetividad, que, mas bien, plantea un referente plural y curvo. Sin embargo, tenemos que preguntarnos si se trata de sujeto, en un caso, o de subjetividad, en otro caso. ¿Sujeto? ¿Subjetividad? Como lo ha mostrado Michel Foucault el concepto de sujeto está vinculado al concepto de soberano, el único sujeto; con el traspaso de la soberanía al pueblo, ¿todos son sujetos? ¿El individuo es soberano? Este tema filosófico junto a la etimología de sujeto, que señala al sujeto, mas bien, fijado, sujetado, plantea las complicaciones de una semántica, que no deja de tener contrastes, incluso contradicciones.

 

Queriendo resolver el problema por el lado de la constitución de subjetividad, que le da una connotación filosófica, filosófica y hermenéutica, aludiendo a un espesor imaginario, si bien mejora la interpretación, queda por explicar cómo se conforman estos espesores subjetivos. ¿Cómo se forman estos imaginarios singulares? ¿Qué es la subjetividad, fuera de ser esa dinámica curva de la inmanencia – no encuentro, por ahora, otra palabra – plural?   Parece que la fenomenología en cuestión es más compleja que sólo imaginaria. Para decirlo de una manera simple, es el poder el que se inscribe en el cuerpo; está inscripción se da en los espesores del cuerpo. El cuerpo no es pasivo; al contrario, el cuerpo actúa ante esta inscripción; si se quiere, utilicemos la frase se defiende. Lo que queda son como inscripciones, en algunos casos, encapsuladas, en otros casos, inscripciones abiertas a sus propios despliegues. El cuerpo como vida es memoria sensible; interpreta esta experiencia de la inscripción del poder. Por otra parte, los discursos dominantes también interpretan esta inscripción; lo hacen de otra manera; lo hacen como legitimación. El psicoanálisis ha querido interpretar esta memoria sensible corporal mediante la interpretación de los sueños, mediante la interpretación de los lapsus, las metáforas, explicitas e implícitas, después, abiertamente, convirtiendo al inconsciente en lenguaje figurativo que cruza el lenguaje propiamente dicho.  Este concepto de inconsciente es como la consciencia de dentro, la consciencia interior, la consciencia no realizada en lenguaje, quizás tampoco en figuras claras, se trata de una consciencia no llegada a ser tal, a la que el psicoanálisis le otorga la palabra, le da voz. El psicoanálisis viene a ser la voz de lo sin voz.

 

Esta inversión de la consciencia, propuesta por el psicoanálisis, este encapsulamiento o, si se quiere, esta inhibición de la consciencia imposible,  reprimida, por lo tanto, quedada en condición de abigarramiento, no hace más que prolongar la tesis de la psicología y de la filosofía de la consciencia, es decir, de la razón, a las cavernas, por así decirlo. Encuentra en las cavernas a la hermana minusválida de la consciencia ocultada, escondida, puesta en la sombra. Lo que sigue en cuestión es la tesis de la consciencia, que es una tesis racionalista. En este caso, una especie de contra-cara de la razón, una contra-cara irracionalista, hace de complemento a la razón misma. El inconsciente es la contra-cara de la consciencia, el espejo oscuro, si se quiere. El psicoanálisis ha dado un desplazamiento curvo, para encontrarse con lo mismo que pretendía criticar.

 

No se trata ni de consciencia ni de inconsciencia, de razón ni de irracionalidad. No se trata del drama del racionalismo, sus dilemas, sus terrores y sus satisfacciones. No se trata nuevamente de la narrativa filosófica, contada ahora por psicoanalistas. Se trata del cuerpo, al que se lo excluye cuando se tiene que hablar de él, pero se lo ignora, como lo ha hecho en toda su historia la filosofía. La pregunta no es qué hace el inconsciente, que es un concepto abstracto como el de la consciencia, sino qué hace el cuerpo.  Sabemos que el cuerpo percibe, que es dinámica perceptual, con toda la complejidad que esto implica. El cuerpo deviene percepción, en sentido integral, por lo tanto, percepción y memoria, además de devenir interpretaciones, recorriendo el devenir sensación,  el devenir imagen, el devenir lenguaje. Interpretaciones que son como substratos de lo que van venir a ser expresiones estéticas, expresiones poéticas, expresiones literarias, expresiones culturales, mitológicas, leyendas, incluso alegorías; es decir, composiciones narrativas plurales.

 

El cuerpo reacciona como complejidad dinámica integrada, por así decirlo; no deja de interpretar lo que ocurre, usando distintos códigos, decodificando de distintas maneras, recepcionando informaciones, fijándolas, reelaborándolas, activando distintas partes del cuerpo, componiendo interpretaciones lingüísticas singulares, relativas a la singularidad del cuerpo, así como interpretaciones lingüísticas sociales, que asume la persona como suyas. El cuerpo compone respuestas de todo tipo, como interacción con los otros cuerpos, sobre todo como reacción a las relaciones con las llamadas instituciones, que actúan con el cuerpo de manera sistemática. El cuerpo se convierte en un campo de batalla, por así decirlo; también en un campo de interpretaciones diversas. El cuerpo no oculta nada, lo muestra todo; los que no ven el cuerpo, sino su mapa de conceptos repetido en el cuerpo disecado racionalmente, creen que se oculta secretos, que tienen que ser descifrados con códigos estructurales o dualistas. Estos enfoques de la filosofía y de las ciencias de la modernidad, lo único que han hecho es ocultar el cuerpo.

 

¿Qué es lo que muestra el cuerpo? Su actividad defensiva; pero, también su actividad de apertura, incluso ofensiva, en algunos casos. El cuerpo interviene en su territorio, que no es sólo su cuerpo sino los entornos. Así como la huella se inscribe en el cuerpo, el cuerpo también deja su huella en los otros cuerpos con los que actúa, pone su densidad como resistencia frente a las instituciones con las que entra en contacto, es como si dijera: existo.

 

Cuando las instituciones actúan con violencia para imponerse, el cuerpo se defiende agresivamente o retrocede, marcando esta experiencia perturbadora como amenaza, después como mandato, orden, que si no se cumple se repite la violencia. No se trata del estímulo-respuesta, de la tesis pavloviana, de algo tan simple como esta teoría conductista, sino de defensa en el más amplio sentido de la palabra. No es una respuesta mecánica, no es una reacción lineal, un efecto derivado de la causa, sino una estrategia diseñada por el cuerpo como defensa.

 

La estrategia de defensa es ya resistencia.  No se acepta el mandato sin discusión, sino que se acepta como una tregua, después, quizás, se acepta el mandato a regañadientes, por así decirlo, para después aceptarlo como una larga espera hasta encontrar la ocasión para liberarse. El cuerpo no se entrega, no se rinde; lo que se rinde es la persona, que es una composición identitaria del poder. Para decirlo en otras palabras, lo que se rinde es la representación. La rendición se da en el campo discursivo, también en el campo de las conductas, extendiendo un poco más, de los comportamientos; sin embargo, esto no ocurre en el espesor de las actividades dinámicas del cuerpo. Para decirlo, usando una metáfora mitológica, el cuerpo es un guerrero, siempre está predispuesto a la caza y al combate.

 

El cuerpo es vida, en cambio el poder es narrativa, simulación. Los sujetos, para hablar de las representaciones, se mueven en las narrativas del poder, creyendo que estas se repiten efectivamente en el mundo en devenir. Hay como un acuerdo entre los sujetos, acuerdan que las narrativas son la realidad, entonces interpretan lo que ocurre en los marcos de las tramas aceptadas. Sin embargo, se les escapa a los sujetos el acontecimiento, el acontecer del acontecimiento, donde están envueltos los cuerpos plenamente.

 

Nadie le ha dado la palabra al cuerpo, menos el psicoanálisis, salvo Baruch Spinoza y las corrientes epistemológicas influenciadas por el pensamiento de Spinoza, aunque lo hayan hecho parcialmente y cediendo mucho al racionalismo vigente o al empirismo descriptivo. El cuerpo tampoco pide la palabra, no la necesita, actúa, es autónomo, se mueve en el mundo en devenir, en los espesores del acontecimiento, al que no accede la mirada iluminista racionalista y empirista.

 

Cuando el cuerpo ya no tiene capacidad de defensa se entrega a la invasión, se entrega a la enfermedad, muere. Mientras hay capacidad de defensa hay vida, mientras hay capacidad de resistencia hay vida, hay también capacidad de ofensiva, de acción, de intervenir afectando, hay capacidad de crear y de transformar.

 

Las acciones integrales de defensa son conocidas descriptivamente por la etología. La agresión animal en defensa del territorio, ¿en pugna por las hembras? – habrá que discutir esta tesis a la luz de la crítica a los constructos culturales de género -, el mimetismo como forma de defensa, la complementariedad como defensa colectiva, la colaboración, en contraste el antagonismo y la depredación; incluso la creación y transformación ecológica, si salimos de la etología e ingresamos a la ecología.

 

El cuerpo no es un cuerpo solitario, forma parte de asociaciones de cuerpos, de ecologías corporales, además de llevar inscrito, en el sentido directo de la palabra, no como metáfora, el genoma, la información de la especie, por lo tanto la memoria genética. La defensa entonces articula varios espesores de intensidad.

 

Hay que abandonar esa mirada negativa de la enfermedad, así como esa mirada traumática  de los comportamientos y conductas.  Hay que retomar los enfoques positivos, vitales, que parten de las capacidades, de las posibilidades; es decir, de la potencia, que no puede ser sino del cuerpo.

 

La enfermedad puede ser, mas bien, una defensa integral ecológica. Los comportamientos, calificados como traumáticos, pueden ser más bien escudos ante agresiones violentas. Las reprogramaciones genéticas, en los ciclos largos vitales, son, desde ya, más que defensas, intervenciones creativas y transformadoras.

 

El cuerpo deviene, está en constante devenir; lo que se llaman subjetividades son representaciones de narrativas filosóficas y científicas, que corresponden a recortes parciales fijados del devenir. Lo que hay es una dinámica compleja de percepciones, experiencias, memorias, interpretaciones corporales diversas, que aunque no adquieran lenguaje, que aunque no tomen la palabra, aunque no formen narrativas, están y siguen. Las narrativas son las que pretenden que sólo lo que es narrativa existe. Esto es ciertamente una pretensión, no exactamente de las narrativas, sino del poder que las emplea.

 

Por más esfuerzo que haga el poder para hacer desaparecer el cuerpo, no lo puede, pues es su condición de posibilidad, en el cuerpo radica la potencia con la que se alimenta para reproducirse institucionalmente. Lo que hace es ignorarlo, no darle la palabra, ponerlo como en la sombra, donde no llega la luz de su palabra y ley. Pero esto no es más que “ideología”, una ilusión del poder. Sin embargo, el poder prefiere apegarse a sus narrativas, pues es la única manera de concebirse indispensable.

 

Se entiende pues que la subjetividad, como representación, explique narrativamente las dominaciones, la subjetividad que aparece como internalización del poder, empero, internalización como constitución imaginaria, incluso simbólica. Las sensaciones en su proliferación abigarrada, la percepción en su complejidad dinámica, no son captadas por la representación de subjetividad. Las dominaciones son dominaciones de sujetos, para hacerlo más fácil, son dominaciones realizadas en subjetividades, si se quiere; empero, estas dominaciones no llegan al cuerpo como complejidad integral y en devenir. La misma dominación es una ilusión del poder, forma parte de su “ideología”. La vida no está al alcance del poder, por más que intervenga en la superficie de los cuerpos, inscribiendo su historia política, por más que intervenga en los cuerpos, pero tomados como objetos, por lo tanto parcialmente, por más que intervenga como tecnología bio-molecular, pues sólo interviene aislando analíticamente factores. No puede alcanzar la complejidad y el acontecimiento de la vida, en los múltiples espesores en los que se mueve de una manera integral.

 

El poder está derrotado de antemano. Solo puede institucionalizar su teatro político, sólo puede convertir en ley su propia narrativa. Pero con esto sólo crea burbujas especulativas, como ahora lo hace la forma hegemónica del capitalismo financiero.

 

La pregunta es entonces: ¿Hay que dejar al poder en sus burbujas mientras la vida continúa? Esto sería como asumir un dualismo absoluto, algo que está lejos de nuestra crítica; al contrario, hemos planteado que el poder es producto de asociaciones fijadas, de composiciones cristalizadas, de las fuerzas capturadas de la potencia social. Entonces, ¿Por qué se constituyen estas burbujas donde el poder deambula como en una fortaleza de cristal? ¿Es una defensa de los cuerpos humanos de las asociaciones, del conjunto de asociaciones y composiciones de los cuerpos humanos llamada sociedad? ¿Defensa de qué? ¿De los mismos entornos a los asentamientos humanos? ¿De las ecologías donde se encuentra? ¿De la vida misma? Estas quizás sean las preguntas más perturbadoras sobre la condición humana.

 

¿Hay antagonismo entre el ser humano y sus entornos, entre el ser humano y las ecologías, entre el ser humano y la vida? Esto es lo que nos ha hecho creer la narrativa moderna, narrativa que ha construido el concepto de naturaleza en oposición al concepto de cultura o al concepto de civilización. Por eso su premisa primordial de dominación de la naturaleza. Sería complicado aceptar esta interpretación pues no se podría responder a la pregunta ¿Qué es el ser humano si no forma parte de la vida, de las ecologías, de los entornos? A no ser que se crea en eso del espíritu o del alma como atributos propios del ser humano; la tesis religiosa de los monoteísmos trascendentales. Estas tesis forman parte, si se puede hablar así, de la episteme cuyo suelo era la física de Tolomeo, donde la tierra es el centro del universo y el centro del centro es el hombre. Esta episteme ha quedado en los museos de curiosidades y anécdotas de la historia de las estructuras de pensamiento, a pesar que las iglesias monoteístas insisten, de una u otra manera, en preservar los prejuicios de esta episteme. Unas más que otras, alguna sin ningún disimulo y rubor.

 

No puede haber antagonismo entre cuerpo y vida, son lo mismo; no puede haber antagonismo entre cuerpos humanos y vida, son parte del devenir vida; no puede haber antagonismo entre las ecologías humanas y las ecologías de las biodiversidades, pues las ecologías humanas forman parte de estas ecologías biodiversas, que son tales en sentido propio de la palabra. El antagonismo aparece entre ciertas composiciones cristalizadas institucionalmente y los entornos, las ecologías y la vida. ¿Por qué ocurre esto? ¿Hay como una perversión en estas composiciones institucionalizadas? ¿Qué hace que se de esta perturbación peligrosa en la armonía dinámica de las ecologías de la biodiversidad? ¿Una estrategia de defensa de la vida para autodestruirse? ¿Defensa ante qué?

 

Las sociedades humanas han copado todo el planeta, todos los continentes, circundan todos los mares, recorren los cielos, explotan los yacimientos, tanto de los continentes como de los zócalos marinos, avanzan con las fronteras agrícolas. Visto, desde una perspectiva modernista, se diría que la vida ha sido subsumida por las acumulaciones de las sociedades humanas; hablamos del sistema-mundo capitalista. Tomando en cuenta esta información descriptiva y cuantitativa, los colectivos ambientalistas, también los colectivos ecologistas, sacan las consecuencias de que la vida está en peligro por la indiscriminada explotación de la sociedad industrial, por la extensión desmesurada del extractivismo, de la contaminación y la depredación, afectando a tal punto que todo esto ha ocasionado el cambio climático, el llamado calentamiento global.

 

Estamos ante la siguiente paradoja: por un lado, la vida está más acá y más allá del poder, que, mas bien, se comporta como parasitismo institucional, alimentándose de las fuerzas de la potencia social que captura, entonces, el poder no domina la vida, sino solo a las representaciones, a las composiciones cristalizadas institucionalmente; por otro lado,  la expansión de la población, el copamiento del planeta por las sociedades humanas, sobre todo su desarrollo destructivo, basado en el dominio de la naturaleza, el extractivismo y la explotación sin límites de la riquezas, han puesto en peligro la vida. En este último caso, la vida sería vulnerable.

 

La vida no se reduce a las descripciones de las ciencias, por más exhaustivas que sean. La vida, en sentido biológico, es invención de las dinámicas moleculares, en sentido físico, relativista y cuántico, es explosión de las partículas infinitesimales asociadas, en composición e interacción, abarcando tanto la materia y energía oscuras, como la materia y energía luminosas. No parece sostenible la hipótesis de la desaparición de la vida por la crisis ecológica provocada por las sociedades humanas modernas, lo que sí parece aceptable es que la supervivencia humana es la que se encuentra en peligro. La vida continuará sin los seres humanos.

 

Respondiendo a la pregunta, diremos que no se puede dejar al poder en sus burbujas donde deambula, sino que es necesario hacer explotar las burbujas, liberando a los humanos de su propio imaginario institucional, que se ha convertido en una pesadilla.

 

De todas maneras no hay que confundir el imaginario institucional con la materialidad institucional; el imaginario institucional emerge sostenido por la materialidad institucional. El imaginario institucional afecta a los imaginarios colectivos y a los imaginarios particulares; la materialidad institucional afecta a las fuerzas capturadas de la potencia social, afecta a los cuerpos. La malla institucional burocrática, la malla institucional pública, está articulada a otras mallas institucionales; las educativas, que no dejan de ser, en todo caso estatales, incluyendo a las privadas y de convenio; las empresariales; las llamadas instituciones de la pequeña empresa; las llamadas unidades familiares; así como está conectada a los organismos y organizaciones internacionales, a sus estructuras normativas, de representación, de derechos universales consagrados. El conglomerado de estas mallas institucionales afecta los territorios y los cuerpos, interviene en los ciclos vitales, afectándolos.

 

Hacer explotar las burbujas donde deambula el poder implica también trastrocar las materialidades de este conglomerado de mallas institucionales. Liberarse del imaginario institucional también implica transformar la materialidad, las estructuras, las relaciones, del conglomerado de mallas institucionales. La importancia de hacer explotar las burbujas consiste en que se desvanece el fetichismo del poder, el fetichismo institucional, el fetichismo del Estado; este desvanecimiento es primordial para actuar transformando las estructuras, las relaciones y las prácticas en las que se mueven las mallas institucionales.

 

La fuerza para hacer todo esto se encuentra en la potencia de los cuerpos, en la potencia social. Por eso, la activación de la potencia de los cuerpos, la activación de la potencia social es indispensable. La tarea activista consiste en esta activación de las potencias corporal y social.

 

 

 

 

 

 

 

 

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